La noche de los cristales rotos. El código Bilbao y el ignorado antisemitismo


Los nuevos antisemitas y sus cómplices usan métodos que tienen resonancias con los viejo.
Isaac Nahón Serfaty,  profesor en la Universidad de Ottawa, Canadá. Para blog de Juan Pardo.
En los años 50 y 60 del siglo XX los judíos del norte de Marruecos, sefardíes hispanohablantes, usaban la palabra clave “Bilbao” para referirse al Estado de Israel. En las cartas que enviaban a sus familiares informaban que algún conocido se había ido a “Bilbao”, para decirles que había emigrado al Estado judío. En la Guerra de los Seis Días en 1967 comentaban el conflicto refiriéndose a la “situación en Bilbao”.

El uso del código “Bilbao” respondía a la preocupación de mencionar abiertamente la palabra “Israel” en un contexto hostil a la “Entidad sionista” (uno de los términos preferidos de la propaganda anti-israelí), como lo era el Marruecos que se identificaba con la causa árabe del momento. La prudencia judía, resultado de siglos de antisemitismo que los sefardíes conocieron en múltiples ocasiones en carne propia desde que fueron expulsados de España en 1492, obligaba a ser discretos con respecto al país de los hebreos.

El antisemitismo adopta hoy nuevos rostros. Después del Holocausto se hace cuesta arriba manifestar abiertamente el odio a los judíos, particularmente en Europa, escenario de la barbarie nazi y de otros horrores contra el pueblo hebreo. La palabra código en estos días para canalizar el antisemitismo es “sionismo” o “sionista”, el “Bilbao” de los progres antijudíos para descalificar a personas e instituciones identificadas con el Estado de Israel.

Ha pasado recientemente con la decisión de los organizadores de un festival de música de vetar al cantante estadounidense judío Matisyahu por “sionista” y por “’la indisponibilidad’ del artista a la hora de pronunciarse sobre el derecho del pueblo palestino” (El País, 15 de agosto, 2015). No sorprende, sin embargo, que este incidente haya ocurrido en España, país en el que el antisemitismo prevalece, como lo han mostrado varios estudios de opinión. Fue en el marco del festival de música reggae Rototom Sunsplash, cuyos organizadores anularon el concierto del cantante hebreo debido a la presión ejercida por BDS País Valencià (Boicot, Desinversiones y Sanciones), asociación que hizo una campaña contra Matisyahu acusándolo de “sionista” y de "justificar un Estado -Israel- que practica el apartheid y la limpieza étnica".


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El radicalismo de izquierdas ha muerto.


Alexis Tsipras, en su día,  convocó el referéndum pretendiendo reforzar su posición. El resultado fue todo lo contrario. Ha encajado que su programa inicial haya sido vapuleado y borrado. Al final ha tenido la lucidez de no condenar a su pueblo a la condición de paria mundial deberá emplear esa lucidez en este momento para convencer a sus conciudadanos de que, ahora, puede ser responsable. Como era de esperar ha llegado la dimisión Tsipras y la convocatoria de elecciones legislativas para el próximo septiembre son el desenlace lógico del pulso que el líder de Syriza echó a sus socios de la Unión Europea desde que llegó al poder a finales de enero de 2015 y que ha terminado con un corralito bancario que ha durado varias semanas, la posterior aceptación por parte de Atenas de un tercer rescate en unas condiciones de las que Tsipras renegó durante la campaña electoral y un profundo cisma en el partido gobernante griego.

El primer ministro dimisionario ha optado por volver a las urnas mientras la oposición sigue desorganizada y bajo los efectos de la derrota que sufrió en enero. Al mismo tiempo, todavía no han comenzado a notarse las consecuencias económicas impopulares que supondrán la aplicación de las medidas pactadas con Bruselas para la concesión del tercer rescate. Tsipras busca el respaldo en las urnas porque necesita un mandato claro para los ajustes que debe realizar. A pesar de todo, el chico, como se le conoce en Grecia, sigue representando el espíritu del cambio y lidera las preferencias de voto según las últimas encuestas.

Resulta positivo que la convocatoria electoral le sirva a Tsipras para deshacerse definitivamente de los elementos más radicales de su entorno, un proceso que ya comenzó cuando se empezó a atisbar que la crisis griega terminaría en un acuerdo con la Unión Europea y no con la ruptura de incalculables consecuencias que adelantaban algunos miembros de su partido y su Gobierno. El líder griego tiene ahora la ocasión de romper definitivamente con el aventurerismo de algunos de sus compañeros de viaje y colocar a su formación dentro de unos parámetros parangonables al resto de grandes partidos de la UE. Es resaltable que en apenas ocho meses Tsipras haya pasado de ser el líder del rupturismo político a ocupar el lugar central de la política griega —que no el centro político— y, como se apuntaba ayer en Atenas, se haya convertido en un líder que podría conducir a Grecia al centro de la estabilidad.


Es necesario que Grecia se instale cuanto antes en la estabilidad económica e institucional. Para la primera, ya dispone de las condiciones y los mecanismos necesarios: Ha crecido el 0,8% en el segundo trimestre de este año, sigue dentro del euro y dispone del rescate concedido y aprobado por sus socios de la Unión Europea. Para la segunda, las elecciones son un paso imprescindible. Lo importante es que de las urnas surjan un Parlamento y un Gobierno que devuelvan a Grecia al camino de la normalidad y el progreso. Una senda que nunca debió abandonar.

El virus de China es contagioso. Ojo a Occidente.



El frenazo de la economía China es más que sospechoso. Un crecimiento vertiginoso, una compra y acaparamiento a nivel mundial sin precedentes, la fábrica del mundo, la aglutinadora voraz de materias primas sufre síntomas de agotamiento y colapso de su modelo económico. En tres días, tres devaluaciones del Banco Popular de China. Jaque al mundo, respiración contenida en las economías occidentales. Miedo en los parqués. En cuarenta y ocho horas algunas empresas extranjeras, también españolas, han perdido miles de millones de euros. Los vaivenes de vértigo en las dos últimas semanas en la bolsa china han hecho saltar las alarmas en los mercados financieros, las dos devaluaciones sembrado cierta inquietud e incertidumbre que por el momento no asustan pero sí alertan. Solo es cuestión de tiempo que los tipos de interés tanto en Estados Unidos como en Europa empiecen a subir. Lo emergente se consolidó y ahora sufre la misma sintomatología que las economías europeas y norteamericanas. Estamos en puertas de una más que posible guerra de divisas. La devaluación del yuan y el fortalecimiento y apreciación del euro y el dólar lo auguran. El gigante exporta en yuanes e importa sobre todo materias primas en dólares. Conviene no olvidarlo.

China vive tiempos de cambios políticos y económicos. Los primeros, lentos, pero la lucha frente a la corrupción y a las viejas prácticas del partido único y un halo de cierta modernidad se unen a un nuevo paradigma económico. Cambiar el modelo es el gran reto. De fábrica del mundo, con unos índices de contaminación brutales, donde la industria y la exportación eran el eje vertebral se pasa ahora a un modelo donde la prioridad es el consumo, la demanda interna y la competitividad para las exportaciones. Hacer una transición en esto último no será complejo. Juegos de suma cero: unos ganan todo, otros lo pierden. De aquí a dos décadas serán trescientos millones de chinos quienes engrosen la lista de millonarios y viajen y consuman en Europa. La transición política y social llegará, pero no de momento. China ha entrado en una senda de reformas no exentas de frenos y contrapesos que incluyen reajustar su sistema financiero y tarde o temprano su sistema bancario. Banca pública y empresas públicas y privadas dilucidarán en el tiempo su posición y su estrategia. No son pocas las empresas públicas, auténticas gigantes, que se han lanzado a comprar por todo el mundo. Dinero público y deuda pública que algún día frenarán y convulsionarán. El crédito tiene precio y las inversiones públicas, umbrales de máximo en un país que crecerá, a pesar de este freno, por encima del 7 %. Si la locomotora china se recalienta, como está sucediendo, el drama lo sufrirán además países de América Latina y África que exportan masivamente sus materias primas, desde combustibles y biocombustibles hasta alimentos. Pero China necesita ser competitiva, avanzar por la calidad y la tecnología en la fabricación de productos y componentes. Basta acercarse a Cobo Calleja y ver el salto en calidad que ofrecen sus productos textiles y de marroquinería con respecto a hace simplemente cuatro o cinco años. Los costes de producción han crecido exponencialmente. Ya no son tantos los miles de contenedores que entran por los puertos europeos.
Devaluando su moneda, sus bienes, productos y servicios son más atractivos y competitivos para la exportación, lo que sectores como las manufacturas y la automoción estaban necesitando.


Habrá que esperar y ver lo que suceda en las próximas semanas, y cómo afecta la subida de los tipos de interés anunciada para septiembre en Estados Unidos. El primer efecto podría ser una guerra de divisas entre China y sus vecinos Japón y Corea, e incluso la emergente Indonesia.  Habrá que `restar mucha atención.

La economía de Andalucía está bastante peor que la de Grecia...y sigue.

Ya es inaplazable, el prometido,  acuerdo/nacional que impida el uso partidista de las autonomías. Por ejemplo la andaluza era y es de las peores, bien, para 2016 estará estrangulada  y, además, cumpliendo con la gilipollez de la estabilidad que no es más que gastar de acuerdo con los ingresos –eso ya me lo decía mi abuela-
No hay ni un solo país que podamos considerar de los más avanzados del mundo —a los que hemos de parecernos para poder vivir los “mejores años” que nos prometió Susana Díaz (a está mujer le deberían dar un toque de atención rápidamente) nada más ganar las elecciones— que haya llegado a serlo sin una administración pública eficaz, transparente y al servicio efectivo de los intereses generales. Algo que no tenemos en Andalucía como acaba de poner de relieve el audio que delata su vergonzoso uso clientelar por parte de la ex delegada de Empleo de la Junta de Andalucía en Jaén, candidata del PSOE el pasado 22-M y en las próximas municipales, o la carta a los funcionarios de la delegada de Educación en Córdoba.

Los andaluces no viviremos tiempos mejores sino que volveremos a las peores épocas del caciquismo si no se extirpan de raíz esas conductas y si sus responsables no pagan el daño que están produciendo. Y lo cierto es que con Susana Díaz no se ha avanzado lo suficiente en ese sentido. Ni en su calidad de secretaria general ha impuesto en su partido mecanismos de selección que eviten la promoción de personas que actúen de modo tan bochornoso, ni como presidenta ha reformado nuestra administración pública para evitar ese tipo de cosas. Más bien lo contrario, como lamentablemente demuestran bastantes de sus nombramientos.

Viendo los datos que aporta la presindenta, parece imprescindible que Susana Díaz muestre algo más que buenas palabras para que no solo los dirigentes políticos sino el conjunto de la ciudadanía puedan confiar en que tiene algo más que propósitos a la hora de combatir las malas prácticas y los brotes podridos que es evidente que hay en su partido (PSOE)

Es ya impostergable el acuerdo entre todas las fuerzas políticas (porque a todas les afecta y para que no haya vuelta atrás) que impida el uso partidista de las administraciones. Hay que profesionalizar la función pública y dimensionarla en virtud de su utilidad social y no de la de los partidos. Hay que poner en su sitio el sector público instrumental (fundaciones, consorcios...) para hacerlo “eficiente y coherente”, como en su anterior investidura prometió hacer la presidenta pero no ha hecho. Hay que hacerla transparente, pero no solo un poco, y someterla a un constante control ciudadano e independiente y no de empleados de los propios partidos que la usan para sus intereses, como ocurre con la Cámara de Cuentas.


A la farsa de Susana le llega la hora de la verdad, en la que ha de ofrecer hechos y no solo humo. Debe poner sobre la mesa algo grande y realmente convincente si quiere que podamos creer que lucha de veras contra la corrupción que ha brotado y brota tan cerca de ella.

Podemos y PSOE son producto del mal, para el mal y muy nocivos para la salud de las personas.

Es cierto y verdad que nada más entrar en el poder el Partido Popular tuvo que  hacer fuertes recortes económicos y políticos.  Pero no es menos cierto que la raíz, el foco, la miseria que tocaba a la puerta era consecuencia de la pésima y corrupta gestión de la banda de Zapatero muy allegada al PSOE y al rancio proceder de la izquierda insana.

Censurar al PSOE, hoy en día, sería contraproducente y poco ético.  Además de sospechoso ya que de sobra es conocido como lo peor de la peor política habida y por haber en España. ¡Pasemos página¡ (RIP)

Es curioso, los españoles tenemos un referente bien definido, el Quijote. La España  de los Quijotes.

Podemos, socio de Gobierno del PSOE,  nace de la tiranía bolivariana de Maduro/Chávez, presidente en el ocaso de Venezuela.  “”país””  latinoamericano  donde ha habido más asesinatos (35.000) que muertos por el Ébola, terrorismo, guerras árabes, terremotos en todo el mundo e incluso niños muertos  por el hambre en toda el África subsahariana.  Este, este es el socio de Podemos/PSOE.  La inflación ya ha superado  a la de toda Hispanoamérica.


En  una reunión en La Paz (Bolivia) –Menuda paz- Se les une Tsipras (Syriza) toda la literatura que narre del binomio….sobra. Hoy, Tsipras ha pedido a la UE que investigue con lupa a Podemos………….No tienen metas políticas, solo  facilitar el paso al crimen organizado,  narcotráfico y prostitución. 

El PP arroya en la España sensata, PSOE desaparece y Podemos/Cius se meten a cartujanos.

Nadie duda de que en España solo hay cuatro fuerzas políticas que se reparten el bacalao. Sus líderes no dejan de manifestar su convencimiento de que van a triunfar en las próximas elecciones generales, pero la realidad viven en el temor de sus propios desaciertos, ya sea por no vencer o por quedar fuera del poder a causa de una alianza adversa. Es algo que comparten PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos, cuatro fuerzas que parecen mirar al electorado como las vacas al tren.

Los algoritmos  van despejando dudas y la más clara es que el Partido Popular va a ganar por más de dos cuerpos al 2º que, posiblemente, sea el PSOE que ha sido arrollado por el tren de la vergüenza propia al dejar de ser socialistas. Pero, no es menos cierto que al PP le van a faltar 30/35 escaños para la mayoría y más les convendría pactar con el diablo que con Ciudadanos. Aunque muy bien puede pactar con el PNV a lo que si sumamos la más que posible abstención de BILDU y las mareas poco o nada les faltaría para satanizar de una vez para siempre a los Podemos y cía, así como dividir el PSOE en átomos –sin implosión-

Lo malo de la broma, si a los españoles nos da por ponernos cachondos, es que podría salirnos cara, con la generación de una inestabilidad duradera que podría desequilibrar o escoñarlo todo. Por eso, al margen de la jarana que a cada uno le pida el cuerpo, habría que pensar en eso de votar en conciencia, para que luego no acabemos arrepentidos de haber jugado con el pan de cada día, con las libertades y con el futuro.


Hay quienes se manifiestan claramente por un voto de castigo, así, en abstracto, sin más especificaciones. Y yo me pregunto: ¿para castigar a quién? ¿A nosotros mismos? Después de pensarlo un poco, y superada la perplejidad inicial, solo se me ocurre responder: «No, no se molesten, ya están siendo castigados todos». Porque ni uno de nuestros partidos tiene atada y bien atada la menor certeza en sus cuarteles demoscópicos sobre sus resultados electorales. Ninguno. Así vamos, aunque no sepamos hacia dónde. Todavía.

China tiene más dólares que EEUU y más Euros que la UE ¿Crisis?


La política es una guerra sin efusión de sangre; la guerra una política con efusión de sangre.

El modelo económico es insostenible y necesita sanear el sistema bancario que más del 70% está en manos extranjeras. En 1978 Deng Xiaoping sustituye al fallecido Mao Zedong al frente del partido comunista chino. El 90% de los precios eran fijados por el Estado, hoy, tras la transición económica que comenzó Deng, el 90% de los precios se fijan en el mercado. En estos 35 años, China ha vivido un milagro económico. Su renta por habitante en paridad de poder de compra se ha multiplicado por 40 veces y ha pasado del 2% de la EE UU al 22%, el mismo nivel que tenía a mediados del siglo XIX.

Pero China tiene más de 1.000 millones de habitantes y no hay que perder el sentido de la magnitud. En 1980 su PIB suponía el 2% del PIB mundial y ahora es el 16%. Y en clave de desarrollo humano gracias a este gran salto más de 500 millones de chinos han abandonado la pobreza extrema. Un logro sin precedentes históricos.

Pero el modelo que ha permitido este milagro da señales de agotamiento. China orientó su modelo al exterior y gracias a sus bajos salarios se convirtió en la fábrica del mundo. Pero en la última década, el salario medio se ha triplicado y el tipo de cambio se ha apreciado un 25% contra el dólar. Por lo tanto, China ha perdido su ventaja comparativa y necesita incorporar tecnología, diseño, diferenciación a sus productos para poder exportar.

No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato

El Gobierno lo anticipó y en 2010, con el inicio de la crisis del euro, su principal cliente, comenzó el cambio de modelo a uno basado en el consumo y la demanda interna. Pero el consumo sólo pesa el 35% del PIB chino mientras la inversión supone el 50% y su PIB potencial ha caído significativamente sin lugar a dudas para "subastar" dólares y Euros, además, de diseñar una excusa para que Occidente le pague lo mucho que le debe. China, si se lo propone puede comprar Rusia, de momento, mantienen a los soviéticos. 

Además de un tipo de cambio infravalorado, el otro pilar era financiación abundante y barata. El sistema bancario captaba depósitos a tipos por debajo de la inflación y se lo prestaba a sectores de rentabilidad y gestión dudosa. Ahora la deuda pública y privada china en porcentaje de su PIB supera a la de EE UU y a Alemania.

Para evitar sanear el sistema bancario y las empresas públicas el Gobierno optó por alentar la inversión de particulares en Bolsa, que se convirtieron en gestores de alto riesgo comprando las acciones a crédito. Ahora la burbuja ha pinchado y la opción es devaluar el yuan, reactivar la inversión pública y meter más crédito en inversiones de dudosa rentabilidad.

Los chinos han estudiado en profundidad la crisis japonesa pero parecen no haber entendido las lecciones. El modelo es insostenible y necesita sanear el sistema bancario y concentrar el ahorro en inversiones y empresas rentables a los salarios actuales. China tiene esas empresas, tiene capital humano y tiene reservas para hacerlo sin rescates y frenazo brusco de la economía, como sucedió en España en 2012. Pero hacerlo tendría coste social y político ya que millones de chinos del campo no podrían encontrar empleo en las fábricas.


La crisis bancaria y financiera se producirá, pero como los huracanes nadie sabe cuándo y con qué intensidad. Veremos y veremos el fin. 

En Cuba, escondite de Podemos, con apariencia de paz estalla la guerra.

Aunque suene a guerra continuada."¡Estalló la paz!”, se le oyó decir a un viejo maestro el mismo día en que Barack Obama y Raúl Castro informaron del restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. La frase recogía el simbolismo de un momento que tuvo todas las connotaciones del armisticio alcanzado después de una larga guerra.
Aquel 17 de diciembre, en Cuba los soldados de la concluida contienda no saben si deponer las armas, brindar con el enemigo o reprocharle al Gobierno tantas décadas de inútil conflagración. Cada cual vive el alto al fuego a su manera, pero una indeleble marca temporal ya se ha establecido en la historia de la isla. Los niños nacidos en las últimas semanas estudiarán el conflicto con el vecino del Norte en los libros de texto y no lo tendrán como centro de la propaganda ideológica de cada día. Esa es una gran diferencia. Hasta la bandera de barras y estrellas ha ondeado estos días en La Habana, sin que el fuego revolucionario la haya hecho arder en la hoguera de algún acto antiimperialista.

Para millones de personas en el mundo, este es un capítulo que pone fin al último vestigio de la Guerra Fría, pero para los cubanos es una interrogante aún sin resolver. La realidad va más despacio que los titulares de prensa desatados por el acuerdo entre David y Goliat, pues todavía los efectos del nuevo talante diplomático no se han notado sobre los platos, en los bolsillos ni en la ampliación de las libertades ciudadanas.


Se vive a dos velocidades, latimos en dos diferentes frecuencias de onda. Por un lado, la lenta cotidianidad de un país atorado en el siglo XX, y por otro, la prisa que parece dispuesto a imprimirle a todo el proceso el gigante del Norte. Las medidas aprobadas el 16 de enero pasado, que flexibilizaban el envío de remesas, los viajes a la isla o la colaboración en telecomunicaciones y muchos otros sectores, dan la idea de que la Administración de Obama parece dispuesta a seguir rindiendo al contendiente a fuerza de ofrecimientos. Obligarlo a izar la discreta bandera blanca de la conveniencia material y económica. O sea, nada.

La impresión de que todo puede acelerarse ha hecho que dentro de Cuba algunos reevalúen el precio del metro cuadrado de sus viviendas, otros proyecten dónde se ubicará el primer Apple Store que se abrirá en La Habana y no pocos comiencen a vislumbrar la silueta de un ferri que unirá la isla con Florida. Las ilusiones no han hecho, sin embargo, que se detenga el flujo migratorio. “¿Para qué voy a esperar que los yumas lleguen aquí, si yo puedo ir a conocerlos allá?”, decía pícaramente un joven que a finales de enero aguardaba en la fila para una visa de reunificación familiar a las afueras del consulado de Estados Unidos en la capital cubana.


Millones de cubanos se aferran a la ilusión de que EE UU les salvará de las penurias. El temor a que durante el restablecimiento de relaciones pueda derogarse la Ley de Ajuste cubano, aprobada por el Congreso estado­unidense en 1966 y que ofrece considerables beneficios migratorios a los cubanos, ha multiplicado las salidas ilegales. Quienes no quieren partir, se aprestan a sacarle ventaja al nuevo escenario.

Si hace unos años la fiebre migratoria hizo a miles de compatriotas desempolvar sus ancestros españoles en aras de obtener un pasaporte comunitario, ahora el que tenga algún pariente en Estados Unidos se siente con ventaja en la carrera por la Cuba futura. De allí puede venir no solo el ansiado alivio económico, piensan muchos, sino también la necesaria apertura política. A falta de una rebeldía popular que obligue al cambio de sistema, los cubanos vuelven a poner sus esperanzas en las transformaciones condicionadas desde afuera. Ironías de la vida, en un país cuyo discurso público se ha apoyado tanto en la soberanía nacional.

Quienes han tenido más dificultad para tramitar lo sucedido son aquellos cuya vida y energías giraron alrededor del diferendo. Los más recalcitrantes militantes del Partido Comunista sienten que Raúl Castro los ha traicionado. Dieciocho meses de conversaciones secretas con el adversario es demasiado tiempo para quienes en sus centros laborales estigmatizaron a un colega porque se carteó con un hermano que vivía en Miami o porque gustaba de la música norteamericana.

A las afueras de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA, por sus siglas en inglés), el oficialismo no ha vuelto a colocar aquellas feas banderas negras que se interponían entre las ansiosas miradas de los cubanos y el protegido edificio. Nadie puede ubicar siquiera el momento en que se retiró la valla que a pocos metros de allí alardeaba: “Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo”. Hasta la programación televisiva se percibe un tanto vacía, ahora que los presentadores no tienen que dedicar largos minutos a emprenderla contra Obama y la Casa Blanca.

Miriam, una de los periodistas independientes que vapulea a la televisión oficial, se pregunta si ahora ya no satanizarán a nadie por acercarse a diplomáticos norteamericanos o por traspasar el umbral de la temida –pero seductora– SINA. Muchos se cuestionan lo mismo después de ver a funcionarios cubanos, como Josefina Vidal, sonriendo a Roberta Jacobson, secretaria de Estado adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental. El mito de la discordancia se ha quebrado.

La Plaza de la Revolución no quiere hacer notar su fracaso y ha rodeado el restablecimiento de relaciones con EE UU con una aureola de victoria, victoria americanada.
Veinticuatro horas después de aquel histórico anuncio, los alrededores del capitalino parque de la Fraternidad eran un hormiguero. Ahí convergen los viejos autos norteamericanos que recorren La Habana como taxis colectivos. El dueño de un Chevrolet de 1954 pontificaba en una esquina que ahora “los precios de estos carros se van a disparar”. De seguro, concluía el hombre, “los yumas van a comprar esta chatarra como pieza de museo”. Un país a remate aguarda por los amplios bolsillos de los que hasta ayer eran sus rivales.

Esa sensación de que EE UU salvará a la isla de las penurias económicas y el desabastecimiento crónico apuntala una ilusión a la que se aferran millones de cubanos. Hemos pasado de ¡Yankee go home! a ¡Yankee welcome!.

Cuanto más negro pintaba la propaganda oficial el panorama en EE UU, más ayudaba a fomentar el interés por ese país. Cada intento de provocar rechazo hacia el poderoso vecino trajo su cuota de fascinación. Entre los más jóvenes ese sentimiento ha crecido en los últimos años, apoyado también por la entrada al país de producciones audiovisuales y musicales que ensalzan el modo de vida norteamericano. “A veces para molestar a mi abuelo me pongo este pañuelo con la bandera de Estados Unidos”, confiesa Brandon, un adolescente que los fines de semana espera las madrugadas sentado en algún banco de la calle G. Alrededor de él, una fauna de emos, rockeros, frikis a destiempo y hasta imitadores de vampiros se juntan para conversar en voz alta y cantar a coro. Para muchos de ellos, sus sueños parecen más cercanos de concretarse después del abrazo entre la Casa Blanca y la Plaza de la Revolución.

“Tenemos un grupo de jugadores de Dota 2”, cuenta Brandon sobre su pasatiempo favorito, un videojuego que causa furor en Cuba. Él y sus colegas llevaban meses preparándose para un torneo nacional, pero después del 17 de diciembre han empezado a soñar en grande. “El campeonato internacional será en el mes de agosto en Seattle, ­Washington, así que ahora quizá podamos participar”. El año pasado, el equipo de China se coronó campeón, por lo que los gamers cubanos no pierden la esperanza.

El primer usuario de Netflix en Cuba fue un extranjero, un diplomático europeo que corrió a hacerse una cuenta en el reconocido servicio de streaming nada más saber que ya era posible. Costeó una tarifa de apenas 7,99 dólares mensuales, pero el ancho de banda necesario para reproducir vídeo lo obligó a pagarle a la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba otros 380 dólares al mes por una conexión a Internet. Ahora disfruta en su mansión del Netflix más caro del mundo.

Partidos de béisbol con equipos de las grandes ligas; célebres bandas de rock que llegan a la isla; tarjetas MasterCard que funcionan en los cajeros de todo el país; empresas de telecomunicaciones que establecen llamadas directas desde EE UU; granjeros colorados dispuestos a ofrecer insumos a los atribulados guajiros cubanos; presentadores de televisión made in USA que vienen a filmar sus shows en las calles habaneras, y atractivas modelos –con varios escándalos sobre los hombros– que se hacen un selfie con el primogénito de Fidel Castro. Cuba cambia a la velocidad de una jicotea que vuela agarrada a las patas de un águila.

A pesar de todo, la Plaza de la Revolución no quiere hacer notar su fracaso y ha rodeado el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos con una aureola de victoria. Dice haber ganado el pulso sostenido por más de cinco décadas, pero lo cierto es que ha perdido la más importante de sus batallas. No importa que la derrota se enmascare ahora con frases fanfarronas y alardes de tenerlo todo bajo control; como dice un hastiado santiaguero, “después de tanto nadar han terminado por ahogarse en la orilla”. En busca de esa imagen de control, Raúl Castro no ha disminuido la represión contra disidentes, que en febrero alcanzó la cifra de 492 arrestos arbitrarios. El castrismo tiende su mano hacia la Casa Blanca, mientras mantiene la bota presionada sobre los inconformes del patio.

No obstante, la desproporción de fuerzas para la negociación entre ambos Gobiernos se ha hecho notar incluso en los chistes populares. “¿Sabes que EE UU y Cuba volvieron a romper relaciones?”, le espetaban burlonamente a los incautos en diciembre. Ante un incrédulo “¿Noooo?”, respondían con cara muy seria: “Sí, Obama se molestó porque Raúl lo llamó por teléfono a pagar allá”. Toda la indigencia material de nuestra nación contenida en esa frase.

Ahora bien, para que nadie vaya a creerse que el castrismo terminará aplastado ante los McDonald’s y los Star­bucks, la propaganda oficial reaviva de vez en cuando un antiimperialismo de cartón que ya no convence a nadie. Como en el altisonante discurso de Raúl Castro ante la III Cumbre de la CELAC en Costa Rica, en el que ponía duras exigencias para el restablecimiento de relaciones con Washington. Pura fanfarria. O como el último mensaje de Fidel Castro a Nicolás Maduro, brindándole su apoyo “frente a los brutales planes del Gobierno de EE UU”. O como los llamamientos a defender la Revolución “ante el enemigo que intenta nuevos métodos de subversión”.


Lo cierto es que aquel día, la diplomacia, el azar y hasta el venerado santo milagroso se ocuparon de las llagas del país. Habíamos necesitado medio siglo de doloroso caminar de rodillas por el asfalto de la confrontación para que nos llegara un poco del bálsamo del entendimiento. Nada está solucionado todavía y todo el proceso para la tregua es precario y lento, pero aquel 17 de diciembre el alto el fuego llegó para millones de cubanos que solo habíamos conocido la trinchera.

Ulises se ligaba a todas las sirenas. ¿Sería un topo del PP o del PSOE?

A pesar de las lecciones que da la historia, aún queda mucha gente que cree que el poder es caprichoso e incondicionado, y que si alguien tiene «vontade política» -que era el talismán infalible de Ceferino Díaz-, puede hacer lo que quiera. Como es lógico, los que creen en la voluntad política como última ratio del ejercicio del poder también creen que la voluntad puede ser buena o mala, y que por eso hay políticos que trabajan solo para los bancos -como Rajoy- o solo para la gente, como las Mareas. Porque unos son capitalistas y los otros angelitos.

Este pensamiento tan simple es la clave existencial de los Tsipras, las Colaus y los Iglesias, a los que muchos ciudadanos les creen que todo está mal porque gobiernan los malos, pero que todo se arreglará cuando lleguen ellos y gobiernen «para la gente». Porque, partiendo del principio de que el Estado genera dinero sin límites, y que la consolidación fiscal es una ensoñación escolástica, están convencidos de que se puede gastar a esgalla, y sin temor alguno, porque, aunque aparentan ser laicos, creen a pies juntillas que Dios proveerá.

Pero el poder es lo contrario de eso. Un juego de intereses tan legítimos como contradictorios que el egoísmo de la gente mantiene al rojo vivo, y que tiene que funcionar, por definición, sobre consensos muy escasos y una eficiencia siempre mejorable. Por eso hay una historia que se repite cíclicamente: que todos los que llegan al poder con pajaritos en la cabeza y una varita mágica en las manos, se dan de bruces contra la realidad, y enseguida aprenden a explicarle a la gente eso que Tsipras llamó «una elección forzada». «Ante un ultimátum para la salida temporal de Grecia de la eurozona -dijo el sabio Alexis-, tomamos la responsabilidad hacia el pueblo griego de seguir con vida, y continuar la lucha, en lugar de elegir el suicidio».

Lo malo es que Tsipras no le cantó milongas a los griegos porque estuviese equivocado, sino porque quiso llegar al poder a través del populismo. Y lo peor es que los males de Grecia ya no pueden regresar al punto anterior a Syriza merced a esa rectificación descarada, porque el país ha perdido inútilmente miles de millones de euros y gran parte de su crédito internacional. Y todo porque los griegos escucharon los cantos de sirena sin imitar al gran Ulises, su compatriota, que, ante el riesgo de encallar en los arrecifes, se tapó los oídos con cera y se encadenó al mástil de la nave, para que no lo volviesen loco los cantos de seducción.

La lección de Grecia es dolorosa y sangrante. Pero es igual. Porque mucha gente sigue creyendo que el buen o mal gobierno es cosa de buenos y malos. Y por eso acaban votando a empalagosas sirenas. Así que, si quiere que España no corra tal riesgo, péguese a esta hoja de ruta: cera, cadena y mástil. A Ulises le dio resultado.

Es más fácil conseguir la felicidad que fracasar en su intento.

La felicidad se refleja en el estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno. La acción creadora de la cultura siempre se basa en una perfección inalcanzable que produce nuevos, constantes e interminables sufrimientos. Choca, de esa manera, con la vida, que busca la desbordante plenitud sin más explicaciones

Por qué en vez de ver en la cultura algo que ayuda y enriquece al hombre, se la considera por el poder, y también por amplias capas de la población, como algo ajeno y alejado más y más de la verdadera meta de la existencia? ¿Es la felicidad un fin esencial en la cultura? Contra las artes y las ciencias se levantó Rousseau por enervar y reblandecer al hombre en lo moral, lo físico e intelectual. La cultura en vez de satisfacer sus necesidades había abierto innumerables enigmas. Kant, influido por Rousseau, dudó que la alta cultura intelectual pudiera llegar a resolver todas las inquietudes de la existencia.
La cultura no puede dar de inmediato la felicidad, pero puede ayudar de una manera decisiva a ser menos infeliz. ¿A través de qué? A través de la libertad. El ser racional se hace libre e independiente, adquiere criterios y los expresa, domina con la técnica la naturaleza, pero no precisamente para tiranizarla sino para procurar el dominio moral sobre sí mismo. La verdadera meta de nuestro saber no es el conocimiento de la naturaleza, sino el autoconocimiento. La naturaleza era obra de otro, el hombre solo podía llegar a comprender la estructura y el carácter peculiar de sus propias obras, no la esencia de las cosas. Ernst Cassirer en Las ciencias de la cultura se pregunta si es seguro que el hombre pueda realizar en la cultura y gracias a ella su verdadera naturaleza “inteligible”; que pueda llegar, por este camino, si no a la satisfacción de todos sus deseos, sí al desarrollo de todas sus capacidades y dotes espirituales.

Cassirer tituló uno de los capítulos del libro citado “La tragedia de la cultura”, que remite al libro de George Simmel El concepto y la tragedia de la cultura. Tanto uno como el otro dudan de que este asunto tenga solución, pues la filosofía —como tantas otras humanidades— no puede hacer otra cosa que señalar el conflicto, pero sin prometer su solución.

La verdadera razón de esta “tragedia”, según Simmel, reside en que la cultura nos promete una interiorización (una búsqueda natural de nosotros mismos) que se convierte en una especie de autoenajenación “media” entre el alma y el mundo, un conflicto permanente. Divorcio entre el proceso vital y creador del alma y sus contenidos y productos.
La meta de nuestro saber no es el conocimiento de la naturaleza, sino el autoconocimiento
La cultura no representa un todo armónico, sino que se halla, por el contrario, repleta de conflictos y dudas interiores. La cultura es permanentemente dialéctica y cambiante, no tiene meta. Es consustancialmente insatisfactoria en sí misma y muy compleja. La acción creadora de la cultura siempre se basa en una perfección inalcanzable que produce nuevos, constantes e interminables sufrimientos. La felicidad es una meta que se considera inalcanzable en su realización, pero la cultura aporta muchos elementos para adivinarla. La vida y la cultura chocan. La primera busca la desbordante plenitud sin más explicaciones; mientras que la cultura busca las explicaciones de esa plenitud que considera insatisfactoria mientras no encuentre las razones.

La vida sigue su curso, incluso prescindiendo de lo que nosotros consideramos como imprescindible para poder vivirla; la cultura también sigue su camino. Acepta a todos pero es exigente, no da la felicidad (¿quién la da?) pero ayuda a buscarla. La cultura se convierte en mediadora entre el yo (nunca el grupo) y la naturaleza; también entre el yo y el tú que, muchas veces, somos nosotros mismos. El individuo, creador o no, lucha permanentemente por no verse ahogado por la comunidad, lucha por no perder su libertad e independencia. Esto lo da la cultura que, según Croce, debe ser expresión del sentimiento y del estado individual de ánimo que conforma una sociedad.

Pero si la fe de las religiones y la cultura racional posponen, la primera, la felicidad para un más allá desconocido; y la cultura no la ofrece tampoco como realización inmediata, qué otra tercera vía puede existir para circular por ella en pos de esa utopía. Quizá esa tercera vía sea la tecnología. Mediante el empleo de instrumentos (dispositivos los denomina Agamben), el ser humano logra —o así lo cree— hacerse dueño de las cosas. Estos instrumentos o dispositivos traen consigo una bendición y, a la vez, una maldición. Muchas veces lo ayudan y otras muchas lo vuelven en su contra. El instrumento o dispositivo que parecía destinado a satisfacer sus necesidades también ha servido para crear innumerables necesidades artificiales. Hoy, toda esta desorientación ha sido creada conscientemente por los fabricantes del entretenimiento. De nuevo ¿dónde está la felicidad? Resurge entonces la nostalgia rousseauniana de la vuelta a la naturaleza.
El individuo lucha por no verse ahogado por la comunidad y no perder su libertad e independencia

Agamben en ¿Qué es un dispositivo? se refiere a la creación de dos nuevas clases sociales: los seres vivos (el ser humano); y los dispositivos, una especie de redes que sirven para capturar a los primeros y tiranizarlos. El filósofo italiano define a los dispositivos como cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes, entre ellos, los ordenadores y los teléfonos móviles. Dos clases sociales nuevas y, entre ambas, una tercera, los sujetos. Es decir, lo que resulta o queda del cuerpo a cuerpo entre los “vivientes” y los “dispositivos”. Instrumentos los hubo en todas las épocas, desde el origen de los tiempos, pero parecería que hoy no hay un solo instante en la vida que no esté organizado por algún “dispositivo” o “instrumento”. ¿Luchar contra ellos, entregarse en sus manos o manejarlos? El propio filósofo italiano habla de la “hominización” de las tecnologías. El ser humano cree haber encontrado la felicidad en estos objetos porque llenan constantemente el vacío de sus vidas sin exigirles nada.


Nuestro mundo contemporáneo, el occidental y democrático, vive en ese proceso de nueva subjetividad compartida o desubjetivación. Antes la política iba dirigida a individuos e identidades reales, por ejemplo, las clases sociales o estamentos; hoy el triunfo o la imposición de la economía solo se refiere a ella misma sin ninguna otra consideración. Los dispositivos, los aparatos tecnológicos le sirven para controlarnos permanentemente. Ni la fe, ni la cultura lograron dar la felicidad en la tierra (no hay felicidad posible mientras siga existiendo la muerte, a pesar de que la disimulemos con barrocas estrategias); mientras que los dispositivos ocupan todo nuestro tiempo y nos impiden pensar, y el no pensar —quizá— ya es una forma de felicidad. Ya lo dijo el Eclesiastés: “Donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor”. ¿Por qué culpar a quienes lo quieren evitar? ¿Tendrá razón Hegel cuando creía que el hombre solo sería libre rodeándose de un mundo enteramente creado por él? Que se lo pregunten a Theodore, el personaje de Her, la película de Spike Jonze.

Votar a Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, si se presentan; posiblemente, sea un crimen de lesa humanidad.

El metrosexual y la izquierda marginada de sexo. 
Aún estamos esperando una explicación del líder socialista, Pedro Sánchez, sobre su voto favorable a la compra del Banco de Miami por parte de Bankia y su decisiva aprobación sin avales de 260 millones de euros a Díaz Ferrán.

Pero estos son los números del PP a día de hoy. Después de Grecia, España es el país de la UE con el mayor problema de desempleo: una cifra enorme de desempleados agravada por el insoportable peso del paro de larga duración y el bajo nivel de protección. Por lo tanto necesitamos más recursos que nadie para incentivar la creación de empleo, ayudar de forma especial a los que por sus características se van a quedar al margen de la recuperación y proteger a las personas que no son capaces de encontrar empleo. Por eso es indignante el recorte en 5.071 millones de euros en el presupuesto para el 2016 del SEPE 

En el colmo del cinismo, el Gobierno del PP presume de este recorte diciendo que se debe a la reducción del paro, gracias a su milagro económico. Pero eso no es cierto, tal y como demuestran las cifras oficiales. En junio del 2011 había en España 4.121.801 parados registrados. En junio del 2015 hay 4.120.300, casi exactamente las mismas. Sin embargo, hay 578.320 personas menos cobrando prestaciones por desempleo y el gasto en protección se ha reducido en 10.723 millones de euros. Es evidente, por lo tanto, que no estamos ante un ahorro sino ante un durísimo recorte. Las razones por las que el gasto en desempleo se desploma desde que gobierna Rajoy son otras: la expulsión del sistema de protección de mucha gente y la pérdida de calidad de la prestación.

Poco tienen que agradecerle a Dios.
Empezando por este último factor, el gasto medio por beneficiario en junio del 2011 era de 901 euros/mes, mientras que en el mismo mes del 2015 es de 763 euros: una reducción de 138 euros que equivale a una pérdida nominal del 15 %. Esta caída de la cuantía media se debe a dos razones. La primera es que las prestaciones contributivas, las de más calidad, tienen un peso cada vez menor: en el 2012 las cobraban uno de cada dos parados con prestación y ahora solo uno de cada tres. Al ganar peso las prestaciones asistenciales, que son de 426 euros/mes en el caso general, el gasto medio se reduce. La segunda es que también se ha reducido la prestación contributiva, que pasa de 855 euros en el 2011 a 801 euros en el 2015, como consecuencia de los recortes aplicables con el RDL 20/2012.

El otro factor que reduce el gasto es la intensa reducción del número de personas protegidas, esto es, la expulsión de cada vez más gente del sistema, tal y como refleja la tasa de cobertura, que se ha reducido el 20 % desde el 2011. En cifras absolutas, ahora hay 1.959.907 parados sin prestaciones mientras que hace cuatro años eran 1.381.587. Ese es el verdadero milagro del Gobierno: deteriorar la calidad de la protección al desempleo, algo intolerable en un país en el que, según la EPA, solo uno de cada cuatro desempleados cobra prestaciones.


Los parados están pagando la crisis dos veces, primero perdiendo su empleo y después soportando un durísimo recorte de las políticas de empleo, que dificulta la vuelta al mercado de trabajo de los que tienen una menor empleabilidad y condena a la exclusión social a todos los que pierden el derecho a las prestaciones. Que el Gobierno presuma de esto es un insulto a los que peor lo están pasando, tal como lo verbalizó una diputada del PP en el Congreso de los Diputados.

Pedro Sánchez, un vulgar correveidile de la política, ha finiquitado el PSOE, porque nunca fue socialista


Pedro  Sánchez que nunca fue nada en política y menos inteligente que Zapatero ha confundido a todo la plebe socialista, entre otras cosas porque nunca pasaron e ser disfrazados de extrema derecha. 

La práctica totalidad de los modernos sistemas representativos descansan sobre dos grandes fuerzas (una conservadora y otra progresista) que, compartiendo un consenso fundamental sobre aspectos básicos de la economía y la política, garantizan esa alternancia sin la que la democracia corre gravísimos peligros. Es verdad, claro, que desde 1945 varios de ellos han vivido, en momentos diferentes, experimentos y experiencias (una cosa es muy distinta de la otra) que, pretendiendo romper tal dinámica, no han conseguido alterar de modo sustancial ese esquema bipolar, que no tiene por qué ser bipartidista.

España, que ha funcionado desde 1977 con un esquema similar, corre hoy el riesgo de que su bipartidismo imperfecto acabe por irse a hacer puñetas como consecuencia de la debilidad extrema del PSOE, fuerza básica en la construcción de nuestra democracia que podría acabar siendo un partido irrelevante (uno más, y ni siquiera el hegemónico, de los que compiten en la izquierda) como consecuencia de dos factores diferentes: uno organizativo (en el PSOE se ha invertido hasta extremos de delirio el mecanismo de selección de las élites políticas, lo que favorece que, como en la ley de Gresham, la moneda mala desplace a la buena) y otro político: su absoluta confusión sobre dos problemas centrales de la política española.

El primero es, sin duda, el territorial, donde el PSOE proclama una cosa (la inmensa bandera de la presentación de Pedro Sánchez era todo un programa) y hace justamente la contraria: apoyar de hecho a las fuerzas independentistas en todo el territorio nacional con tal de cerrar un cordón sanitario frente el PP. La incoherencia es de tal envergadura que llegará un momento en que no le será posible al PSOE engañar a todo el mundo todo el tiempo. Por si ello fuera poco, los socialistas proponen una absurda solución para el problema del secesionismo catalán que, además de inútil, por ingenua, ha puesto de uñas, con toda la razón, a los poderes regionales del partido.

El otro gran problema del PSOE es que no ha discutido qué quiere ser de mayor: si un partido de centro izquierda que, en la tradición del felipismo, lucha por competir con el PP (y ahora también con Ciudadanos) o una fuerza de la izquierda clásica que pugna con la extrema izquierda para ser la cabeza de una coalición de todos los partidos antisistema que existen en España. Esta segunda estrategia, que, sin debate interno alguno, es la que impulsa Pedro Sánchez, podría (aunque lo dudo) darle el poder a corto plazo, pero constituye a medio plazo un auténtico suicidio.


Como un barco desarbolado, el PSOE marcha a la deriva, hoy con un rumbo, mañana con el contrario, ante la mirada tan atónita como preocupada de los que sabemos que sin él la democracia española sería en el futuro mucho peor de lo que es hoy.

PSOE, Podemos e IU han fracasado. Mariano Rajoy, de nuevo, Presiente de España.


Había pasado un mes desde las elecciones autonómicas y municipales y se habían producido todo tipo de acuerdos entre las fuerzas políticas cuando se realizaron las entrevistas del barómetro de julio del CIS. Ciudadanos dio gobierno al PP y al PSOE, mientras que los socialistas, Podemos y otros se aseguraron numerosos municipios y comunidades autónomas desplazando al PP. La encuesta recoge, como única novedad, cierta sensación de inseguridad sobre las políticas que podían desplegar las nuevas mayorías, como factor removilizador de un número significativo de electores del PP de la mitad más antigua del censo electoral. Con ello, el partido de Rajoy, Esperanza Aguirre y García Albiol consigue en este estudio sus mejores valores del año: 7,5 millones de votos y 142 escaños.

Según el CIS, el PP lidera la intención de voto con el 28,2 %, seguido por el PSOE con el 24,9 %, una diferencia de 3,3 puntos de votos válidos que es el doble según nuestras estimaciones (PP 29,5 % y PSOE 22,4 %). Y, en cualquier caso, todas las encuestas que se publican, excepto las de Metroscopia, coinciden en que el Partido Popular ganará las elecciones generales en España. La ventaja del PP sobre el PSOE se fundamenta en el voto de los pensionistas y otros electores próximos a la jubilación, peor formados y menos urbanos, ahora ampliada a todos los que son sensibles al mito de la capacidad insustituible del PP para gestionar la economía española.

El PSOE defiende 5,7 millones de votos, en el entorno de los 95 escaños, una desventaja de más de un millón y medio de electores frente al PP, precisamente cuando los socialistas podían esperar cierto repunte en sus posiciones, de acuerdo con el poder territorial recuperado. Ni rastro, porque sus pactos contra el PP no salvan los peores resultados del PSOE en unas municipales desde el año 1979. Tienen problemas, y graves, porque resulta cínico que Pedro Sánchez distinga el resultado electoral de Antonio Carmona y a continuación le ofrezca el Senado mientras plantea la reforma de la Cámara para que esto no suceda. Y como no aceptó, Ferraz lo puso en la calle. Problemas graves, porque la mitad de quienes votan al PSOE en Madrid ahora están más cerca de Izquierda Unida que de cualquier otro lugar.

Buenas noticias para el joven Garzón si entiende que Leticia es reina antes que Leticia y aprende a ser el más viejo de los leones. Y malas para Pedro Sánchez, criticado y caricaturizado por sus compañeros y amigos, porque no entienden la decisión ni comparten las formas con que las que actúa Ferraz. Esto, antes de que el PSC se estrelle en Cataluña, porque después vendrá lo peor.

El CIS también nos dice que Podemos alcanzar los cuatro millones de votos en las elecciones generales mientras que Ciudadanos superaría los tres, lo que significa que Podemos y Ciudadanos obtengan el mismo número de escaños ya que el voto de los morados está muy centralizado en grandes poblaciones, por ejemplo, en Madrid son necesarios 80.000 votos para sacar diputado, o sea, se podrían perder restos de 75.000 votos y el 50% de los votos totales de España. Ese solo ese, es el motivo por el que ha dimitido, Pablo Iglesias. De modo que el  PSOE no va a ganar, pero tampoco alcanzará los 176 escaños con Podemos e Izquierda Unida. Rajoy, otros cuatro años.