Los vídeos, el
jardín, sus libros que se abren con flores en relieve y pensamientos
planos, la música vulgar del que intenta ir de guay, el querer dirigirse
a una juventud que no conoce, a la que causan cringe los intentos de Bolaños y Óscar Puente
de resultar molones (el carrozón molón que espanta a todos), o el
querer dirigirse a una madurez indistinguible de la adolescencia,
zangolotina e infantilizada, como la que se cita en lo de Broncano, cuarentones con pelos, zapatones y latiguillos de Lamine Yamal…
Todo esto me parece un esfuerzo desesperado de Sánchez, el hombre de la
máscara, por tomar un breve hálito de vida en cualquier cosa que
parezca tener vida. Le sirve el papel pintado, un jardín de hule, la
juventud inverosímil y pasada, como de la tuna (Radio 3 es más carroza
que Radio Clásica, e incluso que decir “carroza”), le sirve pegarse a Rosalía
como si se posara sobre un nenúfar o, simplemente, le sirve acercarse a
la juventud en el ritual, en el lenguaje o en los iconos, aunque sea
siniestramente, como el que sólo está pensando en bañarse en su sangre.
Sánchez no entiende la juventud, ni le importa la juventud, como no
entiende la política ni le importa la política. Él sólo se mimetiza, por
eso en el vídeo era como un insecto palo en una maceta de nuestra
ventana.
Sánchez, asomado a
la ventana de nuestra casa con manos de bicho palo y ojos de camaleón,
nos decía que estos dos años de supervivencia y jadeos habían sido dos
años de “avance, compromiso y políticas útiles”, dos años “defendiendo
lo que de verdad importa”. Lo que de verdad importa, por lo visto, debe
de ser él. Porque perder la mayoría en el Congreso, no poder aprobar
leyes, no tener presupuesto, estar sometido al chantaje de unos y de
otros (o peor, no tener ni la posibilidad de someterse al chantaje
porque no le creen ni los que lo exprimen), ir pudriéndose por dentro
por las humedades del búnker, querer convertir todo el Estado en su
botín y vivir o morir cada día pendiente de qué miembros de su familia,
de su camarilla o de su partido se sientan ante los jueces; todo eso, en
fin, seguramente es anecdótico. Como lo son las cifras macroeconómicas que saca,
un poco así como soviéticamente, en porcentajes aturdidores y
cantidades inconmensurables, como de grano, para que hasta los pobres se
deleiten y se alimenten con su riqueza teórica.
Después
de negarlo todo y negarse a sí mismo, Sánchez, aunque sobreviva, nunca
podrá negar que lo único importante, desde el principio, fue sólo él
La verdad es que
cuando nos habla de crecimiento desde la oquedad de sus ojos, a Sánchez
se le olvida lo de siempre, que si crecemos más es porque venimos de más
abajo, que crecemos como el desnutrido que va recuperando peso. Se le
olvida la inflación, que nos hace mirar los tomates como rubíes y la
estufa como si fuera un deportivo, se le olvida la deuda, que con los
niveles actuales tardaríamos casi medio siglo en pagar, el empleo
precario, el paro (el juvenil, sobre todo) y los índices de riesgo de
pobreza. Se le olvida que todo lo que dice sobre la vivienda se vaporiza
con sus palabras ante nuestros ojos, y se le olvida que no nos
funcionan los trenes ni nos funciona el Estado porque todo se queda en
pagar la propaganda, la colonización institucional o social, la
fontanería basta e impúdica y ese negocio carnicero entre la mordida, el
muslamen y la chistorra que nació de ese Peugeot como de una
furgonetilla de bragas anchas y calcetines gordos. Igual que se le
olvida que la política exterior no es sino su interés particular y su
propaganda doméstica que usan banderas con alfanjes y calaveras
extranjeros. La verdad es que ni Europa ni Estados Unidos cuentan ya con
nosotros, que somos más de Marruecos, Venezuela o China, donde salen,
casualmente, servidumbres y negocios que suenan a tráfico de carne de
gato.
Sánchez, en la
pantalla como en nuestra ventana, parece pedirnos alpiste, agua,
migajones, como un gorrioncillo. Sobrevivir un invierno más, respirar
siquiera un día más, que es lo que se oye en el vídeo sobre todo, su
intento de respirar por encima de la respiración planetaria del jardín,
de la verdad o de la democracia, su intento antinatural de respirar como
un tren de Óscar Puente o una rosa de plástico. A Sánchez se le olvida
todo lo que dijo, todo lo que prometió, todo en lo que creía (nunca
creyó en nada, salvo en lo importante, o sea él), se le olvida todo lo
que pasa y todo lo que pasó, ante sus narices y ante sus garbeos. Pero
es normal que se olvide todo cuando uno sólo intenta respirar. Casi se
le olvida que ya no gobierna, que sólo sobrevive, que es lo que importa.
Sánchez ya no
sabe muy bien si hablarnos como un killer o como un mosqueperro, como el
césar de la socialdemocracia o un youtuber de muffins, depende de con
qué crea él que puede respirar en cada momento. Ahí vemos ahora a
Sánchez, el hombre de la máscara, en sus vídeos, en sus entrevistas, en
sus reels, como pegado a nuestra ventana, con manos de ventosa y
bocanada infinita e insuficiente. Detrás, la naturaleza (la realidad,
sin más), que nunca es mero decorado, está ya ahí, pasando lentamente de
difuminarlo a devorarlo. Después de negarlo todo y negarse a sí mismo,
Sánchez, aunque sobreviva, nunca podrá negar que lo único importante,
desde el principio, fue sólo él. Sólo esperamos que la democracia, como
el jardín, sobreviva ante el bulldozer