En política, las palabras a menudo son armas. Pero en la España actual se observa una tendencia aún más inquietante: la mentira ya no es un recurso ocasional, sino el negocio fundamental de los políticos que han hecho del oportunismo su modo de vida.
Se suele afirmar que el negocio de la izquierda es el poder. Puede ser. Pero, mientras ese poder llega, o cuando se pierde, la mentira es lo que garantiza la supervivencia y el sustento de muchos dirigentes.
Es su herramienta primera, su fuente de ingresos y, sobre todo, el
lubricante que mantiene en marcha carreras que de otro modo habrían
gripado.
De cajera a ministra
El caso de Irene Montero
es paradigmático. De cajera en un supermercado pasó en pocos años a ser
ministra de Igualdad y, tras la debacle electoral de Podemos, encontró
refugio como eurodiputada en 2024. Todo ello sin tener que lidiar con
clientes que piden cambio de 50 euros para un paquete de chicles. Hoy
ocupa un escaño en Bruselas con un salario neto superior a los 8.000
euros, más dietas y privilegios asociados, tal y como consta en el
portal del Parlamento Europeo. Una cifra que dobla los ingresos de un ministro español y multiplica al menos por ocho el salario del español medio.
¿Logros concretos? Privados, ninguno. Políticos, uno, y con consecuencias devastadoras: la llamada ley del sólo sí es sí, que provocó la revisión de condenas y la excarcelación anticipada de centenares de agresores sexuales. Un experimento ideológico que dañó precisamente a las mujeres a las que decía proteger.
Más allá de ese episodio, lo que sostiene la carrera de Irene y su
inmerecido estilo de vida es otra cosa: su capacidad para difundir
relatos falaces y polarizadores. En Irene no hay programa, ni gestión, ni beneficio social tangible. Sólo falsos relatos. Y el falso relato, cuando logra polarizar, paga muy bien.
Del oportunismo a la mentira sistemática
Pedro Sánchez encarna esta lógica en su versión más exuberante y ambiciosa.
Su carrera política se ha construido sobre una sucesión de giros y
contradicciones que, paradójicamente, refuerzan su imagen de
«resiliencia». La hemeroteca está llena a rebosar: negó que gobernaría
con Podemos, negó los indultos, negó la amnistía. Hoy gobierna con
Podemos, ha concedido indultos y ha impulsado una amnistía. La lista es
interminable, pero con estos ejemplos debería bastar.
La mentira, en su caso, ha tenido un beneficio doble. Primero, le permitió conquistar el poder en un contexto en el que parecía imposible: desde la moción de censura de 2018 hasta la remontada electoral de 2023. Segundo, le ha servido para blindar a su entorno más cercano,
incluso en medio de acusaciones de corrupción que alcanzan a
familiares, como su esposa y hermano, y colaboradores íntimos, como
Cerdán, Ábalos y Koldo.
En el caso de Sánchez, el poder opera como un escudo:
permite obstaculizar investigaciones, ralentizar procesos y desviar la
atención mediática hacia escenarios externos. Pero hasta el poder, que
Sánchez se empeña en conservar a cualquier precio, palidece frente a la
mentira como forma principal de supervivencia.
No se trata de un recurso ocasional, sino de un método. La mentira de Sánchez no es sofisticada ni sutil. Es descarada, burda, y, hasta la fecha, sorprendentemente eficaz.
Lo que en cualquier otro político sería un escándalo terminal, en
Sánchez se convierte en un episodio más de resistencia. Como esas
cucarachas que sobreviven a todo, incluso al insecticida de la
contrastación.
«La pregunta clave es por qué las mentiras de Sánchez prosperan. La respuesta está en la polarización»
La pregunta clave es por qué estas mentiras prosperan. La respuesta
está en la polarización. En una sociedad pacificada, con instituciones
fuertes y desacuerdos razonables, la mentira tiene menos recorrido. Pero
cuando se inocula miedo –a la catástrofe climática, al
fascismo, a enemigos internos o externos– la emotividad desplaza a la
razón.
El miedo al apocalipsis climático, por ejemplo, permite convertir
cualquier disenso en una amenaza existencial. Quien cuestiona la
emergencia climática no es un discrepante, sino un enemigo del planeta y
un peligro para nuestra supervivencia. De igual forma, la
invocación al fascismo transforma a cualquier escéptico de los dogmas
izquierdistas en un «peligro para la democracia» con el que no cabe el diálogo, sólo el aislamiento y la destrucción.
En ambos casos, lo que se impone no es la verdad ni la evidencia, sino la disciplina emocional. Y en ese clima emocional, la mentira, incluso la más mostrenca, puede prosperar.
La instrumentalización de Gaza
El episodio reciente del informe de una comisión de Naciones Unidas
sobre Gaza constituye un ejemplo de manual. Apenas unas horas después de
hacerse público, tanto Pedro Sánchez como Irene Montero lo habían
elevado a la categoría de verdad revelada. El presidente lo
utilizó como base para una ofensiva diplomática contra Israel,
presentándose como adalid internacional de los derechos humanos.
Montero, desde Estrasburgo, lo amplificó en plenos y redes sociales,
repitiendo el término «genocidio» con la vehemencia de quien encuentra
en esa palabra su supervivencia política… y material.
«Para Sánchez, el término ‘genocidio’ sirve para polarizar y desviar la atención de los escándalos de corrupción que le asedian»
El problema es que el informe no resiste el análisis más elemental.
Omite el contexto esencial de los atentados de Hamás del 7 de octubre,
el lanzamiento simultáneo de 5.000 cohetes contra Israel y la existencia
en Gaza de un ejército terrorista con más de 30.000 efectivos,
construye su relato sobre una narrativa unilateral y presenta carencias
flagrantes en términos de Derecho internacional. No se trata de matices: son elipsis colosales que convierten el documento en un panfleto con sello de la ONU.
La rapidez con que Sánchez y Montero lo abrazaron, sin la más elemental cautela, demuestra que lo que importaba no era el rigor, sino la utilidad política.
Para Sánchez, el término «genocidio» sirve para polarizar y desviar la
atención de los escándalos de corrupción que le asedian. Para Montero,
sin poder real como Sánchez, funciona como recurso de visibilidad y como
justificante de un nivel de vida inmerecido.
En ambos casos, el resultado es el mismo: un informe tendencioso convertido en mercancía política. No hay ningún humanitarismo, sino explotación de una narrativa emotiva y divisiva. Esto es, la mentira como negocio personal.
Veneno interno
El filósofo francés Jean-François Revel lo advirtió con brutal claridad: «La democracia se suicida si se deja invadir por la mentira, el totalitarismo si se deja invadir por la verdad».
La mentira no es un recurso más: es el fundamento del poder
totalitario. Cuando se normaliza en democracia, se convierte en un
veneno interno. De igual forma que el que inocula una cobra destruye los
tejidos y los órganos internos, el veneno de la mentira política
destruye las instituciones y la paz civil.
«Ya ni siquiera hay un cuerpo doctrinal que se exponga y defienda: hay lemas, frases hechas, memes, señalamientos y sentencias»
La prueba de que la mentira se ha convertido en el principal negocio
de la izquierda es que la ideología ha desaparecido del debate político.
El marxismo clásico o el socialismo democrático han sido sustituidos
por consignas. Ya ni siquiera hay un cuerpo doctrinal que se exponga y
defienda: hay lemas, frases hechas, memes, señalamientos y sentencias.
El marxismo exigía, al menos, leer a Marx. La mentira, en cambio, apenas
necesita saber sincronizar el dedo con la pantalla del smartphone. Un avance tecnológico al servicio del retroceso político… y mental. Dicho de otra forma, la ideología requería una mínima formación; la mentira sólo exige automatización. Y en una sociedad previamente polarizada, resulta mucho más barata, eficaz a corto plazo y, sobre todo, rentable.
Todo apunta a un futuro inmediato dominado por la mentira acompañada
del imprescindible acelerante de la polarización. Pedro Sánchez,
acorralado por los casos de corrupción y por el desgaste institucional,
no tiene ya otro recurso que intensificar el uso combinado de las dos.
La mentira, para proyectar relatos falaces; la polarización, para
convertirlos en eficaces. De aquí a las elecciones generales,
cada causa susceptible de dividir –Gaza, la crisis climática, el
feminismo radical, el fantasma del fascismo– será utilizada hasta el
límite. Porque lo que está en juego no es ya la ideología,
mucho menos un proyecto nacional. Lo que está en juego es la
supervivencia personal de quienes han hecho de la mentira su negocio.