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Ayer expiró el plazo para presentar los PGE. Sánchez debería dimitir o convocar elecciones. Ni la una ni la otra...

 Hoy expira el plazo para la presentación de los Presupuestos

La Constitución Española de 1978 exige que el Gobierno que "comanda" Pedro Sánchez presentara lo más tarde hoy la Ley de los Presupuestos Generales del Estado. No lo ha hecho por tercer año consecutivo, si bien sigue realizando gestiones con los veinte partidos que respaldaron su investidura con la esperanza que los PGE sean respaldados por la Cámara Baja.

En el año 2023, en el 2024, en este 2025, el presidente del Gobierno no ha querido dar el espectáculo de que los diputados echen abajo los Presupuestos, confirmando ante la opinión pública la debilidad parlamentaria del sanchismo. Lo que ocurre es que, para evitar ese rechazo democrático, Pedro Sánchez incumple de manera flagrante el mandato del artículo 134.3 de la Constitución española, lo que significa un atropello a la legalidad constitucional.

El artículo 134.3 exige: “El Gobierno deberá presentar ante el Congreso de los Diputados los Presupuestos Generales del Estado al menos tres meses antes de la expiración de los del año anterior”.

Los Presupuestos, en fin, pueden ser respaldados o pueden ser rechazados. Lo inconcebible es que no sean presentados. Aún más. La normal práctica democrática exige que si los Presupuestos no son aprobados, el presidente del Gobierno debe democráticamente hacer una de estas dos cosas: o dimitir o convocar elecciones generales para que el pueblo decida. Pedro Sánchez, hasta ahora, no ha contemplado ninguna de esas dos posibilidades. Las ha sorteado con el mayor descaro. Y si tras incumplir el mandado constitucional, el líder socialista terminara por llevar este año a la Cámara Baja su proyecto de PGE y se encontrara con una respuesta hostil, continuaría en su poltrona monclovita sin pestañear. Esta es para muchos la realidad autocrática española. Por eso la rebelión antisanchista crece. Crece incluso entre socialistas destacados. Son incontables las reuniones más o menos enmascaradas que se están celebrando en círculos del PSOE para ponerse de acuerdo en el nombre de un socialista destacado que sustituya a Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez, mercancía peligrosa.

 

En política, las palabras a menudo son armas. Pero en la España actual se observa una tendencia aún más inquietante: la mentira ya no es un recurso ocasional, sino el negocio fundamental de los políticos que han hecho del oportunismo su modo de vida.

Se suele afirmar que el negocio de la izquierda es el poder. Puede ser. Pero, mientras ese poder llega, o cuando se pierde, la mentira es lo que garantiza la supervivencia y el sustento de muchos dirigentes. Es su herramienta primera, su fuente de ingresos y, sobre todo, el lubricante que mantiene en marcha carreras que de otro modo habrían gripado.

De cajera a ministra

El caso de Irene Montero es paradigmático. De cajera en un supermercado pasó en pocos años a ser ministra de Igualdad y, tras la debacle electoral de Podemos, encontró refugio como eurodiputada en 2024. Todo ello sin tener que lidiar con clientes que piden cambio de 50 euros para un paquete de chicles. Hoy ocupa un escaño en Bruselas con un salario neto superior a los 8.000 euros, más dietas y privilegios asociados, tal y como consta en el portal del Parlamento Europeo. Una cifra que dobla los ingresos de un ministro español y multiplica al menos por ocho el salario del español medio.

¿Logros concretos? Privados, ninguno. Políticos, uno, y con consecuencias devastadoras: la llamada ley del sólo sí es sí, que provocó la revisión de condenas y la excarcelación anticipada de centenares de agresores sexuales. Un experimento ideológico que dañó precisamente a las mujeres a las que decía proteger.

Más allá de ese episodio, lo que sostiene la carrera de Irene y su inmerecido estilo de vida es otra cosa: su capacidad para difundir relatos falaces y polarizadores. En Irene no hay programa, ni gestión, ni beneficio social tangible. Sólo falsos relatos. Y el falso relato, cuando logra polarizar, paga muy bien.

Del oportunismo a la mentira sistemática

Pedro Sánchez encarna esta lógica en su versión más exuberante y ambiciosa. Su carrera política se ha construido sobre una sucesión de giros y contradicciones que, paradójicamente, refuerzan su imagen de «resiliencia». La hemeroteca está llena a rebosar: negó que gobernaría con Podemos, negó los indultos, negó la amnistía. Hoy gobierna con Podemos, ha concedido indultos y ha impulsado una amnistía. La lista es interminable, pero con estos ejemplos debería bastar.

La mentira, en su caso, ha tenido un beneficio doble. Primero, le permitió conquistar el poder en un contexto en el que parecía imposible: desde la moción de censura de 2018 hasta la remontada electoral de 2023. Segundo, le ha servido para blindar a su entorno más cercano, incluso en medio de acusaciones de corrupción que alcanzan a familiares, como su esposa y hermano, y colaboradores íntimos, como Cerdán, Ábalos y Koldo.

En el caso de Sánchez, el poder opera como un escudo: permite obstaculizar investigaciones, ralentizar procesos y desviar la atención mediática hacia escenarios externos. Pero hasta el poder, que Sánchez se empeña en conservar a cualquier precio, palidece frente a la mentira como forma principal de supervivencia.

No se trata de un recurso ocasional, sino de un método. La mentira de Sánchez no es sofisticada ni sutil. Es descarada, burda, y, hasta la fecha, sorprendentemente eficaz. Lo que en cualquier otro político sería un escándalo terminal, en Sánchez se convierte en un episodio más de resistencia. Como esas cucarachas que sobreviven a todo, incluso al insecticida de la contrastación.

«La pregunta clave es por qué las mentiras de Sánchez prosperan. La respuesta está en la polarización»

La pregunta clave es por qué estas mentiras prosperan. La respuesta está en la polarización. En una sociedad pacificada, con instituciones fuertes y desacuerdos razonables, la mentira tiene menos recorrido. Pero cuando se inocula miedo –a la catástrofe climática, al fascismo, a enemigos internos o externos– la emotividad desplaza a la razón.

El miedo al apocalipsis climático, por ejemplo, permite convertir cualquier disenso en una amenaza existencial. Quien cuestiona la emergencia climática no es un discrepante, sino un enemigo del planeta y un peligro para nuestra supervivencia. De igual forma, la invocación al fascismo transforma a cualquier escéptico de los dogmas izquierdistas en un «peligro para la democracia» con el que no cabe el diálogo, sólo el aislamiento y la destrucción.

En ambos casos, lo que se impone no es la verdad ni la evidencia, sino la disciplina emocional. Y en ese clima emocional, la mentira, incluso la más mostrenca, puede prosperar.

La instrumentalización de Gaza

El episodio reciente del informe de una comisión de Naciones Unidas sobre Gaza constituye un ejemplo de manual. Apenas unas horas después de hacerse público, tanto Pedro Sánchez como Irene Montero lo habían elevado a la categoría de verdad revelada. El presidente lo utilizó como base para una ofensiva diplomática contra Israel, presentándose como adalid internacional de los derechos humanos. Montero, desde Estrasburgo, lo amplificó en plenos y redes sociales, repitiendo el término «genocidio» con la vehemencia de quien encuentra en esa palabra su supervivencia política… y material.

«Para Sánchez, el término ‘genocidio’ sirve para polarizar y desviar la atención de los escándalos de corrupción que le asedian»

El problema es que el informe no resiste el análisis más elemental. Omite el contexto esencial de los atentados de Hamás del 7 de octubre, el lanzamiento simultáneo de 5.000 cohetes contra Israel y la existencia en Gaza de un ejército terrorista con más de 30.000 efectivos, construye su relato sobre una narrativa unilateral y presenta carencias flagrantes en términos de Derecho internacional. No se trata de matices: son elipsis colosales que convierten el documento en un panfleto con sello de la ONU.

La rapidez con que Sánchez y Montero lo abrazaron, sin la más elemental cautela, demuestra que lo que importaba no era el rigor, sino la utilidad política. Para Sánchez, el término «genocidio» sirve para polarizar y desviar la atención de los escándalos de corrupción que le asedian. Para Montero, sin poder real como Sánchez, funciona como recurso de visibilidad y como justificante de un nivel de vida inmerecido.

En ambos casos, el resultado es el mismo: un informe tendencioso convertido en mercancía política. No hay ningún humanitarismo, sino explotación de una narrativa emotiva y divisiva. Esto es, la mentira como negocio personal.

Veneno interno

El filósofo francés Jean-François Revel lo advirtió con brutal claridad: «La democracia se suicida si se deja invadir por la mentira, el totalitarismo si se deja invadir por la verdad». La mentira no es un recurso más: es el fundamento del poder totalitario. Cuando se normaliza en democracia, se convierte en un veneno interno. De igual forma que el que inocula una cobra destruye los tejidos y los órganos internos, el veneno de la mentira política destruye las instituciones y la paz civil.

«Ya ni siquiera hay un cuerpo doctrinal que se exponga y defienda: hay lemas, frases hechas, memes, señalamientos y sentencias»

La prueba de que la mentira se ha convertido en el principal negocio de la izquierda es que la ideología ha desaparecido del debate político. El marxismo clásico o el socialismo democrático han sido sustituidos por consignas. Ya ni siquiera hay un cuerpo doctrinal que se exponga y defienda: hay lemas, frases hechas, memes, señalamientos y sentencias. El marxismo exigía, al menos, leer a Marx. La mentira, en cambio, apenas necesita saber sincronizar el dedo con la pantalla del smartphone. Un avance tecnológico al servicio del retroceso político… y mental. Dicho de otra forma, la ideología requería una mínima formación; la mentira sólo exige automatización. Y en una sociedad previamente polarizada, resulta mucho más barata, eficaz a corto plazo y, sobre todo, rentable.

Todo apunta a un futuro inmediato dominado por la mentira acompañada del imprescindible acelerante de la polarización. Pedro Sánchez, acorralado por los casos de corrupción y por el desgaste institucional, no tiene ya otro recurso que intensificar el uso combinado de las dos. La mentira, para proyectar relatos falaces; la polarización, para convertirlos en eficaces. De aquí a las elecciones generales, cada causa susceptible de dividir –Gaza, la crisis climática, el feminismo radical, el fantasma del fascismo– será utilizada hasta el límite. Porque lo que está en juego no es ya la ideología, mucho menos un proyecto nacional. Lo que está en juego es la supervivencia personal de quienes han hecho de la mentira su negocio.

Jessica, Ábalos, Koldo y Pedro Sánchez o los caciques franquistas del Siglo XXV

La exhumación de Franco en 2019, con su parafernalia retransmitida en directo entre helicópteros rugiendo sobre el Valle de los Caídos, y este año los cientos de actos organizados por el Gobierno en recuerdo de los 50 años de su muerte han supuesto una suerte de resurrección del dictador. Pero nada mejor que las andanzas de Jéssica Rodríguez y su “relación particular” con Ábalos para retrotraernos a los tiempos y costumbres del régimen anterior.

Como ha reconocido ante el Tribunal Supremo, la que fuera pareja de un ministro vivía en un piso de lujo sin “saber quién lo pagaba”. Cobraba de dos empresas públicas, Ineco y Tragsatec, dependientes de los Ministerios de Transportes y Agricultura, “sin tener que ir a trabajar”. Y acompañó a su novio “a 15 o 20 viajes oficiales” y “él lo pagaba todo” al igual que los regalos “de lencería y ropa” que compraba en las mejores tiendas del mundo. Ni un ministro de Franco se hubiera atrevido a tanto.

No hay que olvidar el trato de favor a la mujer y el hermano de Pedro Sánchez en sus respectivos chanchullos con la Universidad Complutense y la Diputación de Badajoz. Begoña Gómez dirigió una cátedra que crearon a su antojo sin tener siquiera el título universitario. Y David Sánchez, al igual que Jéssica, cobró sin tener que ir a trabajar. Estos casos son, en efecto, algunos de los síntomas más conocidos del proceder de un Gobierno que se autoproclama progresista, pero actúa al más puro estilo de una dictadura. Como los caciques de otras épocas. Como corruptos que gastan el dinero público como si fuera suyo.

La frivolidad y el componente sexual que rodea el caso de Jéssica Rodríguez no son el problema. Sí lo es, la desfachatez de un ministro que paseaba a su novia por medio mundo en viajes oficiales, alojándose en hoteles de lujo, haciéndole regalos en las mejores tiendas, sin tener el menor cometido laboral. Y, naturalmente, lo más grave de todo ello es el componente de corrupción, pues todos esos gastos se cargaban en los presupuestos del Ministerio. Porque Ábalos lo pagaba todo a costa del erario público. Hasta el alquiler de un piso de 2.7000 euros al mes en la torre de la plaza de España.

Pedro Sánchez fue investido presidente del Gobierno para “erradicar la corrupción del PP”. Y fue precisamente José Luis Ábalos el encargado de subir a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados a defender la moción de censura y prometer a los diputados y a todos los españoles que comenzaba la “regeneración de la política española”. Ese Gobierno, sin embargo, imita las prácticas más corruptas de los de Franco. Pero sin disimulos; más burdamente. Podía parecer el guión de una película de Ozores de los años 70. Pero se trata de unos hechos que ha protagonizado recientemente el que entonces era la mano derecha tanto en el Gobierno como en el PSOE de Pedro Sánchez, el hombre que llegó al Gobierno a “regenerar la democracia” y ha terminado acechado por incontables casos de corrupción y actuando como un cacique franquista.