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Pedro Sánchez será influencer o torero en el destierro.

 

Sánchez de futbolista o de torero

A Pedro Sánchez le falta vestirse de torero, con borlón azabache de cojón y patilla hasta la faja, y seguro que lo hará cuando se ponga de moda, ahora que se está poniendo de moda todo lo que la izquierda beatona odia y desprecia (va a volver hasta la copla de la cretona, el caracolillo y el jabón verde). Nuestro presidente, que ya es más influencer que gobernante y casi más mozalbete que fiambre (es como una momia adolescente), lo mismo sale disfrazado de lagarto de V que se pone la camiseta de la selección de fútbol, aunque no como un presidente deportivo, a lo Obama, sino como una novieta. Quiero decir como cuando la novieta se pone de pijama o negligé la camiseta deportiva del noviete, queriendo hacer de algo ajeno y lejano lo más propio, natural y sexy del mundo. Claro que Sánchez se la había puesto por encima de la camisa de vestir, con lo que parecía Steve Carell en The office o Mortadelo disfrazado de futbolista. Además, con una camiseta deportiva sólo se pueden anunciar borceguíes o cervezas, o si acaso implantes capilares, como Cristiano Ronaldo. Así que todo lo de la Seguridad Social que pretendía publicitar Sánchez se nos perdía en el desconcierto y en el corte, algo así como ver a la novieta insinuarse con el nombre de Iniesta en la espalda.

Todo esto seguro que está muy pensado, que hasta los anuncios de yogures para ir al váter están muy pensados. Aunque uno no termina de entender una política reducida no ya al marketing, ni siquiera al marketing del yogur que da gustirrinín, de la cerveza idiosincrásica o del jamón cocido convertido en moral nacional, sino a este nuevo marketing que nos toma a todos por adolescentes con el chicle estallado en los morros y la gorra para atrás, como colaboradores de Broncano. Parece que en la Moncloa piensan que ponerle a Sánchez una camiseta de la Selección sobre la camisa de vestir es como ponérsela de top a Aitana. O sea, que Sánchez está buscando votantes imposibles entre los chavales de 13 años con pelusilla, o España entera ha vuelto a tener de repente 13 años y pelusilla, o el que tiene 13 años y pelusilla es el que está en el sotanillo de la Moncloa, preparándole a Sánchez disfraces y coreografías de gato para los reels. Hasta lo de Iván Redondo al principio, esos posados heroicos y ridículos de Sánchez como un Kennedy de detergente Colón, parecían historiográficos y riefenstahlianos al lado de este Sánchez de ahora que sale en TikTok vestido de Geyperman o de Forrest Gump.

La camiseta de la Selección es de lo más chiquillo o de lo más Leticia Sabater que se podría poner uno en política, sobre todo si te la pones fuera del ámbito deportivo (recordamos todavía a Sánchez en los Juegos Olímpicos de París, mimetizado junto a Begoña como entre jueces de gimnasia artística o entrenadores de waterpolo). Pero Sánchez se había puesto la camiseta no para hablar de la Selección, ni para jugar a la pelota temerariamente como Almeida (Almeida es más de hacerlo al revés, de darle a la pelota vestido con el traje, como el cura que juega con sotana). No, lo que pretendía Sánchez era jugar con el concepto de equipo, y darse las gracias a sí mismo, capitán deportivo con cuello de cura, dando las gracias a todo el país por los datos de afiliación de la Seguridad Social. La verdad es que darles las gracias a los trabajadores para que parezca que los trabajadores te la dan a ti es un truco muy barato y tiene mucho de pitorreo. Pero además es que el país está frito y las estadísticas de empleo tienen trampa, así que eso de la cosa futbolera parecía el consuelo o el disimulo del fracaso, como si fuéramos argentinos.

Lo que pretendía Sánchez era jugar con el concepto de equipo, y darse las gracias a sí mismo, capitán deportivo con cuello de cura

Sánchez, con la camiseta por encima de la camisa, no ya como un yuppie sino como un grunge (creo que nada de eso se dice ya, por cierto), lo que hacía era presentarnos un vídeo muy de jamón cocido, de aseguradora o de gran eléctrica, y casi agradecía uno este recurso adulto de volver a la publicidad sentimentaloide y estereotipada, de una higiene enfermiza y de un optimismo que no puede engañar a nadie. Salía el autónomo frito levantando su persiana metálica, o el camarero que no puede pagar el alquiler llevando su bandeja, o esos médicos que ahora están de huelga poniéndose los guantes, no para hacerle una prostatectomía a Sánchez sino, como los demás, agradecidos, dispuestos y concienciados, deseando hacer equipo con el presidente, alrededor del quarterback o, en este caso, del capitán españolísimo con cara de orgullo e ictericia como la de Iniesta.

Sánchez tenía que aparecer con esa camiseta o con algo, pero no podía dejar sin más el afectado y desinfectado anuncio de los trabajadores haciendo patria o sólo sanchismo, que da aún más grima que el presidente con su épica como de pimpón en la oficina. Con la camiseta ya se tapa un poco, como el culo de la novieta, cómo están el trabajo, la vivienda, la corrupción, las instituciones o todo en España en general. No hay mucho que publicitar por sí mismo, así que, como los refrescos, Sánchez intenta vendernos el asunto poniendo otra cosa por delante, deporte, corros, arboledas, domingos, gente en bikini o gente con libro y gafas como Rosa León, o un presidente con 13 años y pelusilla. Sánchez tiene que aparecer ya así, con la camiseta mantera, o con gafas de extraterrestre camastrón o de montañero ciego o de malo de Colombo o de comisión del Senado, o tiene que aparecer con un cómic sideral, o con el disco de Rosalía brillante y flotante a su lado como una virgen de robledal. Es que, si no, sólo le queda la realidad.

Sánchez se vestiría de torero, ya digo, o de furry con orejitas de gato, o de monaguillo con campanilla, ahora que ha hecho una TVE católica, romana y hasta visigoda. Quizá podría organizar rezos en la Moncloa como Trump en la Casa Blanca, rodeado de periodistas del Movimiento que lo tocan o lo abrazan telúricamente, como esos hippies que tocan y abrazan a los árboles. Haría esto y más, no por la moda ni por la magia sino por la necesidad de que estemos hablando de un presidente bailón o dominguero en vez de hablar de un país que no funciona por su culpa. Yo no sé si hay nuevas órdenes en el sotanillo de la Moncloa, nuevo gurú milenial o nuevo equipo perdedor apelando a la furia española o al milagro del patadón o el cojón. Pero habría que irles diciendo que hasta de futbolero o tiktokero Sánchez es un paquete.

Abascal, para nada, mejora a Pedro Sánchez. Gobernar por poder.

 

Vox, la herencia del viento
El presidente de Vox, Santiago Abascal

Vox parece que va subiendo y desintegrándose a la vez, como un petardo español, como la traca festera y destructiva que suele ser casi todo lo español. Abascal dirige el partido (o eso nos hace creer) a gorrazos de señorito, no deja de expulsar a rebotados, a críticos y a históricos, esos padres fundadores de Vox como con gorro de hebilla que salen luego por ahí llorando, unos por el alma perdida del partido y otros por la silla de fraile también perdida. Sólo va a quedar Abascal con su cara de medallón o de sumo sacerdote, más un coro o secta de gente indistinguible, brumosa y encapuchada detrás. Lo de la secta, con yunque ario, espada artúrica o Corazón de Jesús con luces de autos de choque, como un santo de Almodóvar, será o no leyenda (aunque Macarena Olona o Jiménez Losantos están bastante seguros). Pero, de todas formas, no es normal que haya tanto hereje ni tanta hoguera sin que haya detrás gente que maneje esos conceptos, ese martirio, esa determinación y esa escatología. La gente no suele huir ni señalarse en los partidos, que están hechos de silencio y paciencia como un cristo sedente. Menos aún si se supone que están en la cresta de la ola o de la nube gótica, que van a gobernar, que van a cambiar España o el mundo. Algo no funciona.

Macarena Olona, con resolución y presencia de guardia civil guapa; Rocío Monasterio, con autoridad e hilo de voz de monja bajita; Ortega Smith, como un confederado descabalgado; Iván Espinosa de los Monteros, que hablaba y sigue hablando desde los cuadros como los señores de las cámaras de comercio o de las camiserías antiguas… Ahora ya no está ninguno, por el gorrazo de Abascal, por la luz de gas o por lo que sea. Otros también se fueron o se alejaron, como Vidal-Quadras, quizá demasiado clásico para los populismos de talega y mamporro, o Juan Luis Steegmann, que tenía la españolísima y maldita condición de liberal (aquí nunca se ha sabido qué es eso) y además se vio venir las maguferías y santerías en las que empezaba a meterse Vox, ya más de agua bendita que de vacunas. Por las provincias hay algunas otras víctimas, incluso asambleas enteras voladas por el rayo de Bambú, pero éstos que he mencionado eran los que hacían que Abascal no pareciera un ermitaño o un endemoniado, que había algo más detrás, gente, estructura, partido, cabezas. Ahora, es justo eso lo que parece Abascal, un ermitaño o un endemoniado con sus rezos y sustos, solo, suficiente, convencido, orgulloso o loco.

Lo que está haciendo Abascal es eliminar a cualquiera que cuestione la fantasía, que como toda fantasía depende de que el personal se la crea

Este descabezamiento, esta limpieza, esta purga de Vox no la veíamos desde Podemos, que ya hemos dicho muchas veces que es como su hermano especular, el populismo al otro lado del espectro y de la cueva (y aun así está la diferencia de que su mesías, Pablo Iglesias, desertó, no se quedó en el castillo ya vacío, como Abascal o como Drácula). Lo que extraña es que la gente suele enfrentarse o escaparse cuando el partido está en descomposición, no cuando está rozando ese Cielo con visillos o con reja que también creyó tocar Podemos. No sólo Vox está gobernado desde un torreón con veleta, aunque en el de Vox haya más armaduras y fantasmas. Todos los partidos son verticales, eclesiales, siempre manda el que manda con esa corte como romana de escribas, aduladores y envenenadores. Por eso mismo el que está en política suele obedecer y esperar, incluso durante los terremotos, y ahí tenemos al PSOE sanchista. Si la pelea en Vox es por sillones, no debe de haber muchos disponibles, contradiciendo el futuro que se promete Abascal. Y si es por el dogma o la pureza, entre tantos y tan significativos, es que Vox está perdiendo el rumbo. En cualquier caso, se trata de una pelea por la supervivencia (si tu ideología no sobrevive, no hay ni sillones ni puristas). Y, en cualquier caso también, el partido está decepcionando a demasiados, dentro y fuera del castillo.

Abascal yo creo que tiene el síndrome del emperador, la paranoia de ser destronado por un cuñado o un legionario (en Vox hay muchos) o ser asesinado por un copero. Al principio, los enemigos son ideológicos, que es lo que ha pasado cuando se ha ido purgando a los liberales para dejar sólo la rama falangista y nacionalcatólica (otra vez quieren dividirse el país entre señores con bigotillo y curas con pistola). Luego, cualquiera que cuestione al líder o su estrategia es una amenaza, hasta el confederado Ortega Smith. La verdad es que yo creo que el miedo de Abascal está justificado, que sabe que su estrategia y su apuesta son más débiles de lo que puede parecer cuando lo vemos empalomado en las campañas. Primero, Abascal tiene miedo a gobernar porque, como todos los populismos, no está hecho para eso y decepcionará. A la vez, sabe que si no gobierna se convertirán en un partido inútil y lo dejarán de votar igual. Segundo, su apuesta total por Trump, por Orban, por los terraplanismos y la xenofobia (verdadera fobia, o sea cague), por los autoritarismos de cascajo, posverdad y ultranación, puede ser una apuesta por una moda que ya no dure mucho (lo que ocurre con los autoritarismos, como el de Trump o el de Sánchez, es que son muy pedagógicos).

El Vox de Abascal es una frágil fantasía, puede esfumarse si gobierna y si no gobierna, si gana Trump y si pierde Trump… Lo que está haciendo Abascal, o los que mandan con el yunque o el cilicio por encima de Abascal, es eliminar a cualquiera que cuestione la fantasía, que como toda fantasía depende de que el personal se la crea. Abascal ha apostado por su ínsula trumpista y por su Occidente calatravo y ha ligado su futuro no tanto a que se haga realidad su fantasía como a que su votante, que se cree a Torrente de verdad, se la crea. Espinosa de los Monteros, desde su cuadro de comerciante o camisero, ya maneja números sobre los votos que tendría un nuevo partido, que como todos los nuevos partidos sería el más puro y prometedor. Aunque lo más gracioso es imaginarse a Sánchez dándose cuenta de que todavía puede haber algo mejor que Vox para él, y es otro Vox más. Y es que está escrito: “El que turba su casa heredará el viento”.

Gobierno de EEUU: "NO necesitamos de la Ayuda de España"....

 Internacional | "Ni se autorizan las bases y por supuesto tampoco se  autoriza la utilización del espacio aéreo español para actuaciones que  tengan que ver con la guerra en Irán", declaró la

Pedro Sánchez, ángel custodio de ese “no a la guerra” que le exigen sus socios de extrema izquierda, ha amenazado reiteradamente con la paralización de las bases de Rota y Morón dejando a ambas fuera de juego en la contienda entre Estados Unidos e Israel contra Irán.

Donald Trump se ha mofado sobre las pulidas barbas de Pedro Sánchez porque Rota y Morón “se han convertido en piezas imprescindibles en la logística de la guerra en Oriente Próximo”. Y Donald Trump ha ordenado, según informa Marina Pina en el diario El Mundo -nada menos que 70 vuelos en los últimos días. Donald Trump paga unas bases que cuestan un ojo de la cara, se ríe de las pretensiones de Pedro Sánchez y utiliza sus instalaciones en función de lo que considera conveniente para beneficiar a Estados Unidos y a Israel en la compleja guerra que ambas naciones mantienen contra el Irán de los ayatolás y la tiranía.

Setenta bofetadas seguidas son muchas bofetadas. Pedro Sánchez, impertérrito continúa afirmando la prohibición española para utilizar Rota y Morón en favor de la guerra. Donald Trump también impertérrito multiplica su utilización sin dar cuenta a Pedro Sánchez. Se limita a cruzarle la cara ante la opinión internacional. Y también ante Podemos y otros partidos de izquierda radical.

¿Qué puede hacer Pedro Sánchez? Prácticamente nada. Estados Unidos está en guerra y su presidente considera que tiene todo el derecho a la utilización de unas bases que suponen costoso reglón económico para la gran nación americana.

Se suceden, en fin, las bofetadas y el diario El Mundo ha tenido el acierto periodístico de poner en evidencia las contradicciones de Pedro Sánchez obligado a soportar lo que prohíbe.

EEUU , nunca olvidará del "feo" a la bandera estadounidense que hizo Zapatero en el desfile conjunto Hispano-USA del día de las fuerzas armadas....Zapatero lleva el mismo camino que Maduro y Sánchez.

El verdadero odio de Pedro Sánchez a Israel, no es otro que el espionaje de PEGASUS.

El chantaje de Israel a Sánchez con Pegasus: la teoría que cobra fuerza en  el CNI

Por Juan Pardo Navarro

Usa al pueblo judío como un chivo expiatorio de sus problemas con Marruecos

Pegasus, la auténtica causa de la campaña antisemita instigada por Pedro Sánchez

Sánchez sabía que Marruecos fue el autor del espionaje a su móvil...

Como recordaréis, el pasado jueves The Objective publicó con todo detalle en qué día y de qué modo se produjo ese espionaje al móvil de Sánchez por parte de los servicios de inteligencia marroquíes. Esa noticia arrojó luz sobre la política de servilismo que Sánchez ha aplicado desde entonces hacia Marruecos, comprometiendo gravemente los intereses de España y también nuestra seguridad nacional.

Este martes, The Objective arroja luz sobre otras consecuencias de ese espionaje: las relacionadas con Israel. El software Pegasus utilizado por Marruecos es fabricado por una empresa israelí. El citado diario digital revela que Sánchez envió en secreto a varias delegaciones a Israel para conocer el alcance del espionaje marroquí (recordemos que el gobierno español tardó un año en reconocer ese robo de información). La empresa fabricante sólo pudo confirmarle que el espionaje fue cometido por Marruecos, de modo que el gobierno español sabía quiénes fueron los que robaron esa información.

... pero dirigió su enfado contra Israel y no contra Marruecos

Según The Objective, el gobierno de Sánchez no creyó las explicaciones israelíes: "La respuesta israelí fue recibida con gran irritación por parte del equipo de Sánchez y del propio presidente: le dijeron que no sabían cuál era el material robado y negaron tener ninguna copia de esa información, versión que Moncloa no se creyó". Este medio añade: "Fuentes de probada solvencia relacionan aquella situación con ciertas decisiones que tomaría años más tarde el Ejecutivo de Sánchez sobre Israel, llegando prácticamente a la ruptura de relaciones diplomáticas".

Al final, más allá de sus pretextos políticos e ideológicos, todo lo que Sánchez hace está marcado por la prioridad que otorga a sus intereses personales, incluida su relación como presidente del gobierno con otros países. En el caso del Estado judío, Sánchez ha acusado falsamente a Israel de "genocidio" (una acusación que nunca ha hecho contra la Rusia de Putin por sus masacres en Ucrania), ordenó un embargo de armas contra Israel (que ha acabado perjudicando a las Fuerzas Armadas Españolas, haciéndoles perder el acceso a importantes sistemas de armas) e incluso lamentó no tener "bombas nucleares" para usarlas contra ese país, en una escandalosa declaración que puso en evidencia el grado de trastorno del dirigente socialista.

Su iracunda reacción contra Israel contrasta con su docilidad hacia Marruecos, el país autor del espionaje, que debería ser el que mereciera el enfado de Sánchez, pues es Marruecos, y no Israel, el que robó la información y el que posee la información robada. La reacción del dirigente socialista es tan irracional como si ante un atropello perpetrado con un automóvil Chrysler, Sánchez ordenase represalias contra Estados Unidos (fabricante del coche) y no contra el conductor.

Una reacción que expone el antisemitismo de Sánchez

Esa irracionalidad deja al descubierto un prejuicio muy habitual en la izquierda española y que Sánchez ya exhibe sin ninguna vergüenza: el antisemitismo. Si Israel no fuese un Estado judío, no habría sufrido unas represalias como las que Sánchez ha emprendido contra él. Esto no es una mera especulación. Tras el espionaje contra él, Sánchez tenía razones para ordenar represalias contra Marruecos, pero no lo hizo (al contrario: todo indica que cedió al chantaje marroquí para que la información robada no saliese a la luz). Por otra parte, en septiembre de 2024, la dictadura de Nicolás Maduro secuestró a ciudadanos españoles sin recibir ningún tipo de represalia por parte de Sánchez, cuyo partido, el PSOE, votó en contra de exigir a ese dictador el fin de la represión en Venezuela tres meses después.

La campaña antisemita instigada por Sánchez como represalia

A Sánchez le importan los palestinos tan poco como le importaban cuando eran víctimas de los crímenes de Hamás sin que el dirigente socialista dijese absolutamente nada. Pegasus es la verdadera causa de su campaña antisemita contra Israel, una represalia por un robo de información cometido por Marruecos, un robo que sólo benefició a ese país africano y en el que la información robada está en Rabat, no en Tel Aviv ni en Jerusalén. Sánchez antepuso una vez más sus intereses personales a los de España, instigando una ola de antisemitismo con episodios tan graves como el boicot violento instigado por el gobierno contra La Vuelta en Madrid, por haber aceptado a un equipo israelí, y que ayer mismo dio lugar a un nuevo incidente antisemita en el Museo Reina Sofía, dependiente del Ministerio de Cultura.

Sánchez demuestra ser un irresponsable y un incendiario que sólo mira por sus intereses personales y que no tiene reparos en destrozar la relación de amistad entre España e Israel por un hecho cometido por Marruecos, simplemente porque sus prejuicios no aceptan que un país musulmán pueda ser la causa de sus problemas (para la izquierda española el islamismo es un importante aliado en su odio contra Occidente), y prefiere utilizar al pueblo judío como un chivo expiatorio, como ya antes hicieron otros charlatanes antisemitas.

Jordi Sevilla, exministro socialista: "Hay que empezar a pensar en pasar página de Sánc


Jordi Sevilla, exministro socialista: 'Hay que empezar a pensar en pasar página de Sánchez'



El exministro socialista Jordi Sevilla se ha mostrado crítico con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este lunes en una entrevista en Onda Cero, en la que ha reconocido que el PSOE atraviesa por horas bajas y apunta a un próximo escenario: "Hay que empezar a pensar en pasar página de Pedro Sánchez".

Según Sevilla, por lo que conoce al jefe del Ejecutivo, no ve al secretario general socialista "metiendo la mano en la caja".

"El Partido Socialista ha pasado página de Felipe González, pasó página de Zapatero y creo que hay que empezar a pensar en pasar página de Pedro Sánchez"

El extitular de Administraciones Públicas observa descontento en la militancia del PSOE, en concreto, "gente que se ha ido yendo y que al final el partido ya no existe, es Pedro Sánchez".

Sevilla ha relatado que colaboró con Sánchez hasta que el "abrazo" a Pablo Iglesias, en alusión al acuerdo de coalición con Podemos.

 

A Pedro Sánchez, en realidad, sólo le importa él mismo. NO DIMITIRÁ.

 

Lo que de verdad importa es Sánchez

Lo que de verdad importa es Sánchez
Pedro Casare

Sánchez defiende la inocencia del fiscal general, "más aún tras lo visto en el juicio"

 
Sánchez está haciendo ahora vídeos de adolescente con pústulas o de jubilado con hortensias. Visita la radio pública con camisetucha, alabando el indie que escuchan, en realidad, los cuarentones de la precariedad, y recomendando libros que no ha leído como desde un sillón de Emmanuelle o una mecedora de Rosa León (la referencia es tan lejana y kitsch como eso de hacer culturetismo de bibliotecaria virgen). Después, se pone a celebrar sus dos años de legislatura muerta o agónica como desde un jardín de sanatorio. Sánchez, el hombre de la máscara, se había sentado delante de un jardín que no sé si pretendía ser curativo, medicinal, tranquilizador para sus males de nervios o para los del españolito, un jardín un poco infantil en su terapia y su selvosidad, como una selva de Henri Rousseau (más culturetismo kitsch). Pero yo diría que el jardín, como la misma España, sólo parecía violentado por su presencia, como por un bulldozer. Este país que crece más que nadie, este Gobierno que trabaja por lo que le preocupa realmente a la gente, todo lo que salía en su vídeo, como en una teletienda de fertilizantes, lo niega lo que vemos y lo que sabemos. El jardín entero de su vídeo o de España parecía que le iba a atacar, en defensa propia, como una planta carnívora.

Los vídeos, el jardín, sus libros que se abren con flores en relieve y pensamientos planos, la música vulgar del que intenta ir de guay, el querer dirigirse a una juventud que no conoce, a la que causan cringe los intentos de Bolaños y Óscar Puente de resultar molones (el carrozón molón que espanta a todos), o el querer dirigirse a una madurez indistinguible de la adolescencia, zangolotina e infantilizada, como la que se cita en lo de Broncano, cuarentones con pelos, zapatones y latiguillos de Lamine Yamal… Todo esto me parece un esfuerzo desesperado de Sánchez, el hombre de la máscara, por tomar un breve hálito de vida en cualquier cosa que parezca tener vida. Le sirve el papel pintado, un jardín de hule, la juventud inverosímil y pasada, como de la tuna (Radio 3 es más carroza que Radio Clásica, e incluso que decir “carroza”), le sirve pegarse a Rosalía como si se posara sobre un nenúfar o, simplemente, le sirve acercarse a la juventud en el ritual, en el lenguaje o en los iconos, aunque sea siniestramente, como el que sólo está pensando en bañarse en su sangre. Sánchez no entiende la juventud, ni le importa la juventud, como no entiende la política ni le importa la política. Él sólo se mimetiza, por eso en el vídeo era como un insecto palo en una maceta de nuestra ventana.

Sánchez, asomado a la ventana de nuestra casa con manos de bicho palo y ojos de camaleón, nos decía que estos dos años de supervivencia y jadeos habían sido dos años de “avance, compromiso y políticas útiles”, dos años “defendiendo lo que de verdad importa”. Lo que de verdad importa, por lo visto, debe de ser él. Porque perder la mayoría en el Congreso, no poder aprobar leyes, no tener presupuesto, estar sometido al chantaje de unos y de otros (o peor, no tener ni la posibilidad de someterse al chantaje porque no le creen ni los que lo exprimen), ir pudriéndose por dentro por las humedades del búnker, querer convertir todo el Estado en su botín y vivir o morir cada día pendiente de qué miembros de su familia, de su camarilla o de su partido se sientan ante los jueces; todo eso, en fin, seguramente es anecdótico. Como lo son las cifras macroeconómicas que saca, un poco así como soviéticamente, en porcentajes aturdidores y cantidades inconmensurables, como de grano, para que hasta los pobres se deleiten y se alimenten con su riqueza teórica.

 

Después de negarlo todo y negarse a sí mismo, Sánchez, aunque sobreviva, nunca podrá negar que lo único importante, desde el principio, fue sólo él

La verdad es que cuando nos habla de crecimiento desde la oquedad de sus ojos, a Sánchez se le olvida lo de siempre, que si crecemos más es porque venimos de más abajo, que crecemos como el desnutrido que va recuperando peso. Se le olvida la inflación, que nos hace mirar los tomates como rubíes y la estufa como si fuera un deportivo, se le olvida la deuda, que con los niveles actuales tardaríamos casi medio siglo en pagar, el empleo precario, el paro (el juvenil, sobre todo) y los índices de riesgo de pobreza. Se le olvida que todo lo que dice sobre la vivienda se vaporiza con sus palabras ante nuestros ojos, y se le olvida que no nos funcionan los trenes ni nos funciona el Estado porque todo se queda en pagar la propaganda, la colonización institucional o social, la fontanería basta e impúdica y ese negocio carnicero entre la mordida, el muslamen y la chistorra que nació de ese Peugeot como de una furgonetilla de bragas anchas y calcetines gordos. Igual que se le olvida que la política exterior no es sino su interés particular y su propaganda doméstica que usan banderas con alfanjes y calaveras extranjeros. La verdad es que ni Europa ni Estados Unidos cuentan ya con nosotros, que somos más de Marruecos, Venezuela o China, donde salen, casualmente, servidumbres y negocios que suenan a tráfico de carne de gato.

Sánchez, en la pantalla como en nuestra ventana, parece pedirnos alpiste, agua, migajones, como un gorrioncillo. Sobrevivir un invierno más, respirar siquiera un día más, que es lo que se oye en el vídeo sobre todo, su intento de respirar por encima de la respiración planetaria del jardín, de la verdad o de la democracia, su intento antinatural de respirar como un tren de Óscar Puente o una rosa de plástico. A Sánchez se le olvida todo lo que dijo, todo lo que prometió, todo en lo que creía (nunca creyó en nada, salvo en lo importante, o sea él), se le olvida todo lo que pasa y todo lo que pasó, ante sus narices y ante sus garbeos. Pero es normal que se olvide todo cuando uno sólo intenta respirar. Casi se le olvida que ya no gobierna, que sólo sobrevive, que es lo que importa.

Sánchez ya no sabe muy bien si hablarnos como un killer o como un mosqueperro, como el césar de la socialdemocracia o un youtuber de muffins, depende de con qué crea él que puede respirar en cada momento. Ahí vemos ahora a Sánchez, el hombre de la máscara, en sus vídeos, en sus entrevistas, en sus reels, como pegado a nuestra ventana, con manos de ventosa y bocanada infinita e insuficiente. Detrás, la naturaleza (la realidad, sin más), que nunca es mero decorado, está ya ahí, pasando lentamente de difuminarlo a devorarlo. Después de negarlo todo y negarse a sí mismo, Sánchez, aunque sobreviva, nunca podrá negar que lo único importante, desde el principio, fue sólo él. Sólo esperamos que la democracia, como el jardín, sobreviva ante el bulldozer

Pedro Sánchez se atrinchera hasta 2027 en La Moncloa, antes no irá al banquillo de los acusados. MORIR MATANDO

 


Pedro Sánchez sabe que si pierde las elecciones del año 2027 no pasará a la oposición, sino al banquillo de los acusados. Él y su entorno corren el riesgo judicial del descrédito político e incluso de la cárcel. El presidente del Gobierno se afana por preparar las próximas elecciones generales. Sabe que las tiene perdidas y está dispuesto a gastar el dinero suficiente para contrarrestar el auge del Partido Popular. Se ha adueñado de Indra, de Correos, del CIS, de RTVE, de innumerables medios de comunicación, de Telefónica y de otras instituciones. Y forcejea por el grupo Prisa, no por El País, sino por la SER. Además, derrocha el dinero europeo y nacional para comprar votos de colectivos y de instituciones. Lo hace con mano diestra. Ahora ya ha puesto en marcha la regularización de 400.000 inmigrantes, según algunos de medio millón, que están condicionados por el resultado electoral. Tienen muchos obstáculos, pero consideran que saldrán airosos de la maniobra.

El acrecentado voto por correo del año 2023, robustecido al ser convocadas en la fecha más vacacional del año, abre sospechas e incertidumbre. No se descarta las manipulaciones de las sacas de votos. La sombra de los barrotes verticales amedrenta a muchos de los partidarios sanchistas y la sombra de José Luis Ábalos es alargada. El exministro confiaba en el indulto y eso aliviaba su contraria suerte, pero empieza a pensar que le dejarán en la escalada y ha dejado ya huellas de lo que está dispuesto a hacer. No quiere convertirse en un pardillo, víctima propiciatoria de los sanchistas. Espera evadirse de una situación cada vez más compleja y todo son incertidumbres y sospechas.

La regularización de medio millón de inmigrantes no es tarea fácil y puede enmarañarse en las denuncias judiciales. Pero la operación resulta especialmente provechosa y si el sanchismo acierta en la maniobra sumará miles de votos para encender la cesta de los votos agradecidos.

Alberto Núñez Feijóo no debe permanecer impasible, sino desperezarse y hacer frente a una operación más que puede fragilizar el resultado electoral.

España, si la justicia no lo remedia pasará de la crueldad del sanchismo a la dictadura bolivariana.

 Pedro Maduro y Nicolás Sánchez

España no puede aguantar ni un solo día más la presión y el desconcierto ocasionado por el desastre corruptivo del sanchismo. En la cúpula del la dictadura de Pedro Sánchez, quien no está imputado está pendiente de que le conmuten la condena de garrote vil a cadena perpetua irrevisable. En dicha cúpula no solo están citados los cargos políticos, véase la banda de Koldo, Pepa Bueno, el rector de la complutense o el mismísimo Rey de Marruecos. 

Con Pedro Sánchez lo estamos comprobando, con lágrimas, sudor y desesperación. El poder centralizado en La Moncloa es excesivo. El presidente puede gobernar al margen del Parlamento, prácticamente por decreto. Ni siquiera es condición imprescindible que logre la aprobación de los Presupuestos Generales. Puede prorrogar los anteriores y, según las necesidades, establecer partidas de gasto extraordinarias. No es lo ideal, pero funciona. Y al poder, es decir, a La Moncloa, le basta para que la máquina del Estado siga funcionando a su capricho.

Esta peligrosa anomalía nace del temor a la ingobernabilidad de un país tradicionalmente dividido, complejo y tendente a las pugnas nacionalistas, partidistas y sectarias. El miedo a que la España postfranquista fuera ingobernable llevó a que los padres de la Constitución de 1978 fortalecieran las capacidades de la institución de la presidencia del gobierno. Desgraciadamente, con el tiempo, este remedio se ha demostrado mucho peor que la amenaza que pretendía prevenir.

Hoy, el complejo de La Moncloa es el centro del poder, un poder casi absoluto que tiene un paradójico agravante en caso de que el gobierno sea débil, como sucede con el Gobierno socialista. Y es que el presidente usará ese inmenso poder como moneda de cambio y, en lugar de que esta institución actúe como fuerza centrípeta, se convertirá en una fuerza centrífuga, una motosierra con la que un solo individuo, para conservar la presidencia, troceará el país y lo repartirá entre mafias nacionalistas y políticas. Exactamente lo que está haciendo Sánchez.

Sometido a la dictadura del trueque presidencial, el Parlamento deja de representar al pueblo soberano. No propone, debate, audita, subsana o mejora leyes, sino que, mediante la articulación de una mayoría simple, ratifica el poder del presidente, quien a su vez usará ese poder para comprar su permanencia en La Moncloa. Un círculo vicioso que sólo atiende a la aritmética y que desemboca en el infierno.

Así se explica que los parlamentarios, salvo honrosas excepciones, no atiendan a los intereses generales ni sean constructivos, sino que escenifiquen la pugna entra facciones por los beneficios de ese poder desmedido, convirtiendo los debates en un espectáculo bochornoso, con descalificaciones, improperios, insultos, incluso mímica soez, como la escenificada por la ministra María Jesús Montero, que simuló comerse algo que no era una zanahoria, precisamente.

Nuestro Kremlin

Una de las pruebas más contundentes de este poder descontrolado está en su propio aparataje. El complejo de La Moncloa, que incluye la residencia oficial del presidente del Gobierno español y oficinas de trabajo, emplea a unas 370 personas. Esta cifra incluye funcionarios administrativos, auxiliares, y personal encargado de la gestión y mantenimiento del recinto. Además, se estima que más de 120 personas están asignadas específicamente a la protección y seguridad del complejo, lo que incluye fuerzas policiales y servicios técnicos especializados.

A esto hay que sumar que, de los 869 asesores reclutados por el presidente Sánchez, aproximadamente 383 están asignados a Moncloa. Esto equivale a casi la mitad del personal de confianza del Gobierno. Para hacerse una idea de la magnitud del complejo monclovita, Downing Street 10, la residencia y oficina de los primeros ministros británicos, emplea alrededor de 100 funcionarios y asesores, y una dotación de personal de seguridad equiparable. En comparación, La Moncloa tiene cuatro veces más personal que su equivalente británico.

Un país de ciudadanos dependientes

La concentración del poder es lo que ha permitido someter a las demás instituciones a las necesidades de un solo individuo o, a lo sumo, de una banda. Pero este proceso de acaparación no se ha detenido ahí, ha ido mucho más lejos. Su naturaleza expansiva se ha propagado como la pólvora, de tal forma que tanto los inquilinos de La Moncloa como sus émulos regionales han trabajado con ahínco para generar intensas dependencias en la sociedad, pues si lograban que una masa crítica de electores se volviera dependiente, incentivarían el voto cautivo a través de las redes clientelares y resultaría mucho más difícil cuestionar el modelo y exigir que se reforme.

Cataluña y Extremadura son casos paradigmáticos, aunque no los únicos. En la primera, de sus cuatro millones de población activa, 400.000 son funcionarios o empleados públicos dependientes de la Generalitat y ayuntamientos, a lo que hay que sumar la red clientelar de subsidios y subvenciones tejida por los nacionalistas. Algo que no va a cambiar con la presidencia de un presunto socialista no nacionalista. Al contrario, sólo para la proyectada Hacienda catalana Salvador Illa va a convocar 4.000 nuevas plazas con cargo a los presupuestos. Esto, sin embargo, es lo que se ve. Luego está lo que es opaco. La Generalitat gestiona una cantidad significativa de fondos que benefician a ciudadanos y empresas en diferentes niveles de dependencia económica, aunque, como es la costumbre, no se dispone de un desglose preciso de cuántas personas se benefician directamente de ellos.

«Se estima que alrededor de 17,2 millones de personas reciben ingresos del Estado»

En cuanto a Extremadura, de su población activa, que a duras penas supera las 400.000 personas, más de 90.000 son funcionarios o empleados públicos; es decir, casi uno de cada cuatro trabajadores extremeños cobra de la Administración. De las ayudas y subvenciones ni hablo. No hace falta.

El resultado de forma agregada es que una proporción muy significativa de la población española depende del sector público para su sustento, ya sea a través de empleo, pensiones, subsidios o prestaciones sociales. Se estima que alrededor de 17,2 millones de personas reciben ingresos del Estado, una cifra cercana a los 17,8 millones de empleados del sector privado. De esos 17,2 millones, 9,3 millones son pensionistas; 3,6 millones, empleados públicos, incluyendo todas las administraciones y empresas públicas; 1,8 millones, desempleados que reciben subsidios o prestaciones por desempleo; dos millones, personas beneficiarias del Ingreso Mínimo Vital (IMV); y, por último, cerca de 500.000 personas que reciben alguna ayuda o complemento.

Del otro lado habría, como digo, 17,8 millones de trabajadores que cotizan en el sector privado. Sin embargo, también muchos de ellos reciben algún tipo de ayuda o beneficio público (como subsidios a sectores específicos, deducciones fiscales especiales o beneficios sociales). No existe un dato exacto del número de trabajadores libres de cualquier tipo de dependencia del Estado, pero podemos calcular aproximadamente el número de los que no reciben beneficios sociales ni deducciones fiscales específicas: entre 12 y 13 millones, según los datos del mercado laboral.

Pero el poder se las ha ingeniado para que las dependencias también estén presentes en este último grupo. Muchas empresas privadas reciben ayudas estatales que indirectamente sostienen empleos. Por ejemplo, beneficios generalizados como reducciones en el IRPF o bonificaciones por contratación. Así, aunque sobre el papel 17,8 millones de españoles trabajan en el sector privado, sólo dos tercios están relativamente libres de dependencias directas del Estado: alrededor de 12 millones. Incluso esta cifra es cuestionable según cómo se definan los «beneficios estatales indirectos».

La ideología de la dependencia

A menudo se afirma que España es en su mayoría socialista. Una afirmación que, además de los numerosos gobiernos del PSOE, cobra fuerza al comprobar que las incontables tropelías del actual presidente, Pedro Sánchez, a duras penas merman su intención de voto. Hay, pues, un suelo sólido bajo sus pies, un pétreo suelo socialista. Discrepo de esta opinión. España no es un país socialista, es un país extremadamente dependiente, educado con perseverancia en la dependencia del poder y, en consecuencia, conservador en el peor sentido imaginable.

Dentro de este esquema no hay salida. La única opción es que este sistema de dependencia que tiende a infinito acabe colapsando, como ha sucedido en Argentina, y las magnitudes se inviertan. Al final, como sucedía en las postrimerías de la extinta Unión Soviética, el Estado simulará que paga y los ciudadanos a su vez fingirán que trabajan. Por lo pronto, la letra pequeña en exenciones y subsidios cada vez es más abundante, para que resulte más difícil acceder a ellos, o sus importes y reglas cambian constantemente para soltar lastre, mientras que las ayudas más apremiantes y justificadas, como son los casos de desastres naturales, tardan una eternidad o sencillamente nunca llegan.

Simultáneamente, los impuestos se disparan. Sólo durante la presidencia de Pedro Sánchez se han aprobado seis subidas en el IRPF y cuatro incrementos en el Impuesto de Sociedades, además de subidas en el Impuesto sobre el Patrimonio y cambios en el cálculo de plusvalías municipales; se ha revisado al alza el IVA en numerosos productos y aprobado aumentos en el Impuesto de Matriculación y de Hidrocarburos; se han llevado a cabo 19 subidas en las cotizaciones sociales, incluyendo el aumento de las cuotas para autónomos y una nueva «cuota de solidaridad»; y se ha creado la Tasa Google, la Tasa Tobin, nuevos gravámenes a los plásticos no reciclables e impuestos relacionados con transacciones digitales y productos contaminantes.

Sin embargo, esto, que es insostenible, ningún político se atreve a señalarlo, mucho menos a cambiarlo. Como tampoco está en discusión que La Moncloa se haya convertido en un centro de poder incontestable y en una monstruosa casa de subastas. Un potente electroimán que atrae a sociópatas como Sánchez.

Los votos de Pedro Sánchez, sin valor moral. Los votos de Maduro, manipulados. Ambas secuestradas por una dictadura emergente ¡BASTA YA¡

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La única esperanza posible es que la oposición afronte la política nacional e internacional como un solo hombre. No hay espacio para muchos matices, hay que sumar todos los votos contra Sánchez y sus socios. Ya es urgente


Muy cerca. En primer lugar, porque España tiene un deber moral inexcusable de no mirar hacia otro lado. Los españoles tenemos que solidarizarnos con esa nación hermana que es Venezuela y tenemos que hacerlo ahora, cuanto antes. Y tenemos que apoyar su lucha contra el dictador de turno y todos sus cómplices, algunos de ellos también españoles, por desgracia. Una complicidad vergonzosa que les lleva a mentir a lo bestia, esgrimiendo públicamente falsedades burdas y aplicándolas a nuestro presente. Una connivencia que les hace aplaudir a lo loco ese pucherazo electoral, retrasmitido en directo. Ese fraude trata de esconder un enriquecimiento injusto, para vivir a costa de los demás, incluso, acosta de asesinarlos y robarles la libertad. Un régimen político de delincuentes que mata, secuestra y pretende «reeducar» a la gente, para tiranizarla.

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Pero, muy cerca también, en segundo lugar, porque España empieza a parecer un Estado fallido. Por tanto, no estamos tan lejos de Venezuela, porque ellos empezaron así. Y nosotros ya tenemos un parlamentarismo inoperante y retorcido, cuyas normas mal aplicadas impiden al Legislativo cumplir su misión constitucional de controlar al Gobierno. Y admitimos dócilmente que la Diputación permanente del Congreso haya podido –mediante los votos debidamente calculados para su constitución, en su momento (y a pesar del desmarque puntual de Junts)– rechazar la comparecencia del Presidente, quien tenía que dar explicaciones, a juicio de la oposición del PP, sobre el fraude electoral venezolano, la emergencia de la emigración africana y el episodio de la fuga de ese socio prófugo de la justicia, al que se dejó escapar. Cuando el art.73.2 de la Constitución (CE), que es de aplicación directa, permitiría exigir una sesión extraordinaria de control, simplemente, a petición de un número de miembros del Senado que sume la mayoría absoluta de esta Cámara.

Por otra parte, resulta incomprensible que el Tribunal Supremo no admitiera la querella interpuesta por Vox en noviembre del 2023, acusando al Presidente de varios delitos y empezando por el de cohecho, por su maquinación secreta y fuera de España para obtener la investidura, mediante un pacto consistente en no cumplir con los deberes de su cargo de respetar la Constitución, a cambio de los votos necesarios para acceder a la Presidencia del Gobierno, para destruir el Reino de España, que es lo mismo que cambiar su configuración constitucional actual, pero por la puerta falsa. Y esa querella se archivó definitivamente a finales de abril del año en curso, de forma muy criticable, modestamente. Pues, aunque la política exige negociar, sin embargo, esa negociación tiene que ser lícita. Y no lo es e, incluso, se convierte por ello en un delito –como conducta prohibida a los funcionarios públicos (donde encajan los cargos políticos, a efectos penales)–, cuando el objeto del pacto consiste en violar la propia Constitución (la igualdad, en especial), y su causa (o finalidad) consiste en destruir a la nación española… Al menos, sigue habiendo otras decisiones judiciales mejores…

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Asimismo, tenemos ahora un Tribunal Constitucional (TC) parcial, dedicado a apoyar la política del Gobierno con su muy discutible mayoría ad hoc, en lugar de hacer un juicio en Derecho de lo que es o no constitucional, desde la independencia, la neutralidad y el respeto (no desde el seguidismo político). Ya es conocido que este TC ha decidido rehabilitar a los políticos andaluces corruptos del PSOE, en el caso del escándalo de los ERE, quienes consentían en dejar partidas presupuestarias sin asignación concreta (cantidades sin concretar el fin del gasto), para dedicar esos fondos públicos a distribuir favores y beneficios entre unos y otros. Pues bien, este TC, que no tiene atribuida la potestad pública de anular decisiones del TS, ha decidido rebajar las condenas de los implicados... Finalmente, tenemos un Gobierno que utiliza a la Fiscalía –cuya misión es defender la legalidad, los derechos de los particulares y el interés público– como arma arrojadiza y también, para defender sus intereses personales. Y esto se acepta ciegamente (era así en el franquismo…), cuando es una violación flagrante del art.124.2 CE, donde se dispone que el Ministerio Fiscal debe actuar con sujeción a la legalidad y a la imparcialidad, lo cual excluye su dependencia del Gobierno.

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En este contexto, con un Fiscal General imputado, con un Presidente del Gobierno involucrado en escándalos de partido y personales, con una minoría de independentistas (en el conjunto de España), que son la llave del primus inter pares al frente del desgobierno actual, y con una oposición dividida… La única esperanza posible es que la oposición afronte la política nacional e internacional como un solo hombre. No hay espacio para muchos matices, hay que sumar todos los votos contra Sánchez y sus socios. Ya es urgente.

Pedro Sánchez, gato acorralado.

 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/ Mariscal
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/ Mariscal | EFE / MARISCAL

Compareció Pedro Sánchez para ofrecer su balance del curso político y pronunció una frase que resume a la perfección los últimos meses en este país, que han sido de infamia y desparrame. Lo hizo con rictus duro, tono desafiante y mirada encendida, como le caracteriza en tiempos recientes, en los que parece más atribulado que nunca por la evaluación que realizan sus críticos sobre su Gobierno y sobre su persona.

 

Los periodistas le habían preguntado por su opinión sobre los recursos a la Ley de Amnistía que se presentarán ante el Tribunal Constitucional, ante lo que, con rotundidad, ha respondido: “En mi opinión, van a perderlos. Pero yo estoy satisfecho y feliz (…) con el pacto alcanzado con ERC”.

 

Le faltó añadir aquella afirmación que soltó, años atrás, en una entrevista televisiva, en la que aseguró: “¿Y de quién depende la Fiscalía General del Estado? Pues eso”. Con Álvaro García Ortiz y con Cándido Conde Pumpido aquí y allá no hay nada que temer. El primero torpedea los recursos y el segundo limpia, fija y da esplendor. Como la RAE. Como el KH7 o como el desatascador que utilizó con Chaves y Griñán. Por eso es posible aprobar la ley de amnistía e incluso defenderla frente a los avisos del Tribunal Supremo sobre su inconstitucionalidad.

Despreciar, como estrategia infalible

Resulta muy cómodo gobernar a sabiendas de que cada vez que un ministro se miccione en el Estado de derecho, va a haber una institución superior que ayudará a limpiar la huella o a firmar un papel en el que defienda que, en realidad, la orina no es tan corrosiva. ¿Lo de ERC y el concierto catalán? ¡Pero si ese pacto garantiza la solidaridad autonómica!

A todo esto lo llaman en el PSOE “hacer política”; y al resultado de pactos que se han forjado con esa filosofía -como el acuerdo fiscal con ERC- lo definen como “magnífico”. Es indiferente que María Jesús Montero calificara hace un tiempo como una “mentira de la derecha mediática” el hecho de que Moncloa se hubiera planteado el 'concierto catalán'. O que el propio Pedro Sánchez asegurara hace un año -durante la campaña electoral- que la amnistía no tenía encaje constitucional. La coherencia no es más importante que el sillón.

¿Y dónde queda el respeto a los instituciones y a los ciudadanos? Eso nunca puede prevalecer sobre el Ejecutivo.

Así que el camino a seguir no se decide en función de las necesidades del país, sino de lo que le convenga a Sánchez para mantenerse en su puesto. Si la cosa se complica, García Ortiz sale al rescate; y si la cuestión pasa a mayores, Cándido ya lo apaña, como en el caso andaluz. En caso de que la ímproba tarea de mantenerse en el poder requiera entregar un cheque en blanco a Junts y a ERC, siempre se puede afirmar que los socialistas han rebajado la tensión en Cataluña, al contrario que hizo el PP, que no pudo parar los sucesos de 2017.

En este último caso tiene razón Sánchez. Ahora bien, resultaría muy fácil terminar con las guerras si una de las partes accediera a colmar todos los deseos de la otra. Se puede rebajar la tensión entregando Ceuta y la llave de la caja en Cataluña. O incluso negando a los críticos la capacidad de transmitir sus mensajes y formular sus opiniones, llegado el caso. Así sería más fácil ser positivos e incluso imponer el “optimismo” que hoy defiende Sánchez como necesario.

¿Alguien replica a Sánchez en Moncloa?

Todo este discurso y esta actitud son disparatados. El problema es que no debe haber muchas personas alrededor del presidente que se atrevan a llevarle la contraria, lo cual es síntoma de que el gato está enfadado, con las uñas desencapilladas y la espalda contra el suelo... e inspira más temor que confianza.

Digo esto porque a la mínima réplica se enciende. Cuando le han preguntado por Emiliano García-Page ha respondido, altivo e iracundo: “La noticia sería que el presidente de Castilla-La Mancha diera una rueda de prensa apoyando al Gobierno de España”. Seguramente, ese estilo pasivo-agresivo -marca de la casa- habrá recordado a más de uno a un jefe o a un ex novio.

No debe haber muchas personas alrededor del presidente que se atrevan a llevarle la contraria, lo cual es síntoma de que el gato está enfadado, con las uñas desencapilladas y la espalda contra el suelo... e inspira más temor que confianza

Cuando el periodista Fernando Garea le ha trasladado algunas preguntas, incisivas y extraordinarias, le ha acusado de “hacer valoraciones”. Todo, entre otras cosas, por interesarse por su opinión sobre las cartas de recomendación a las empresas de Carlos Barrabés que rubricó Begoña Gómez. Sánchez no ha respondido a eso. Ha salido por peteneras. De hecho, ha atacado a la oposición y a quienes intentan derribar su Gobierno. Así ha hecho con las sucesivas preguntas. Ninguna respuesta al asunto, todo golpes a la oposición.

Sobra decir, que ha defendido su denuncia al juez Peinado. Hace falta tener un enorme contenido cárnico en la zona noble para utilizar a la Abogacía del Estado para presentar una querella contra el juez que investiga a tu mujer, con la excusa de que debe defender la institución de la Presidencia del Gobierno. ¿Por qué así? Porque Juan Carlos Peinado ha expresado su interés en las actividades profesionales que ha realizado Begoña Gómez desde que su marido ostenta ese cargo. El “desde que...” es muy diferente al “dado que” e incluso al “relacionadas con...”.

Pero Sánchez no tiene en cuenta ese matiz fundamental. ¿Para qué? Su objetivo no es colaborar con la justicia, sino engordar su discurso victimista con acciones que intenten demostrar que hay una conspiración judicial- y de otros poderes oscuros contra él.

Su estrategia es hoy ésa. Puro peronismo ibérico. Cuando nadie le pregunta, expone logros, y está en su perfecto derecho. Pero cuando alguien manifiesta dudas sobre sus acciones o, al menos, formula alguna cuestión sobre su conveniencia o su legitimidad, 'le salta el chivato' y cambia de registro. Es ahí cuando dedica ataques furibundos hacia la oposición, compuesta por "pseudo-medios", ultras y "agonías".

Cuando alguien demuestra tal desprecio por los críticos y exhibe una piel tan blanda ante las palabras que no desea escuchar, a lo mejor necesita descanso y reflexión; o a lo mejor se ha convertido en un soberbio insufrible al que, desde luego, le urge más resolver sus propias cuestiones que ponerse a gestionar las de los demás.

El enésimo chantaje de Pedro Sánchez.

 


Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez. | EUROPA PRESS

Acusa Carles Puigdemont a Pedro Sánchez de "chantaje" por su oferta de otorgar una financiación a la carta para Cataluña ligada al apoyo de ERC a la investidura de Salvador Illa. Yo es que me parto. ¡Puigdemont, que cambió la amnistía para él a cambio de investir a Sánchez, hablando de chantaje!

Pero, sí. Esta vez el ex president tiene razón. Sánchez ha planteado la financiación especial para Cataluña como un do ut des: dinero a cambio de que el candidato del PSC sea presidente de la Generalitat con los votos de ERC.

Luego alguien se extrañará de que mucha gente fuera de Cataluña esté hasta el gorro. Empezando por los presidentes de la comunidades que no son Cataluña, sean del PP o del PSOE, como Emiliano García Page, que ha visto en esta nueva cesión otra oportunidad para meterle el dedo en el ojo al líder de su partido.

El sistema de financiación autonómica vigente, caducado desde hace mucho más tiempo que el CGPJ, pero al que el Gobierno no le había prestado mucha atención hasta que ha necesitado los votos de ERC, incluso aunque sea desempolvando la vieja propuesta de "pacto fiscal" que en su día puso sobre la mesa Artur Mas, consiste básicamente en que las comunidades con más recursos financien a las que menos tienen. El sistema es mucho más complejo que todo eso, pero, finalmente, el resultado de lo que aporta cada autonomía menos lo que se recibe, coloca a Madrid como la comunidad más solidaria de todo el Estado, seguida muy de lejos de Cataluña y, en tercer lugar, de Baleares.

El Gobierno no puede ceder todos los impuestos a Cataluña sencillamente porque, si lo hace, el sistema se cae. Habría que replantearlo todo de nuevo y la conclusión sería que las comunidades con menos recursos recibirían menos dinero del que ahora reciben. De ahí el enfado de la mayoría contra esta nueva oferta de Sánchez a Cataluña para engatusar a ERC, cosa que, por cierto, está por ver.

Si el presidente cede todos los impuestos a Cataluña, el sistema de financiación autonómica se cae

Claro que todavía no sabemos en qué consiste esa financiación especial de la que habló Sánchez en su entrevista del domingo en La Vanguardia, especialmente dedicada a hacerle la pelota a ERC. ¿Hasta dónde llegará el presidente con tal de asegurarse el apoyo de los republicanos en el Parlament? ¿Se trata de otra añagaza más o bien de un plan para trasladar a Madrid el peso que se le quite a Cataluña?

El Gobierno y el PSOE han tirado definitivamente la toalla en la tarea de recuperar el liderazgo político en Madrid y Andalucía, comunidad que gobernaron durante casi cuarenta años y que, a este paso, no volverán a recuperar en varios lustros. Porque la autonomía que más dinero recibe con el sistema actual -aunque sea insuficiente- es Andalucía, que sería la más perjudicada si Cataluña logra el desenganche que anhelan tanto ERC como Junts.

Lo de Madrid es punto y aparte. La inquina de Sánchez a Díaz Ayuso le ha nublado la mente al presidente, que se olvida de que en esta comunidad viven más de siete millones de personas y que, además, es la que más aporta al PIB.

Sánchez no sólo ha situado en Madrid la sede social de la "máquina del fango", sino que la ha convertido en un ejemplo de "dumping fiscal", como ayer se encargó de remarcar la portavoz de la Ejecutiva socialista, Esther Peña. A pesar de las bajadas de impuestos, Madrid aporta al conjunto más de 6.000 millones netos al años, tres veces más que Cataluña. Eso es un hecho que no debería pasar por alto el presidente. Hoy por hoy, Madrid es la comunidad más solidaria con las que tienen menos renta.

En el PSOE se solía decir que el PP no puede aspirar a gobernar España con una representación débil en Cataluña y el País Vasco. Puede ser. Pero lo que es un hecho es que el PSOE no podrá superar el 30% de apoyo electoral si sigue manteniendo el raquítico resultado que ahora obtiene en Madrid y en Andalucía. Sánchez necesita a ERC y a Junts porque ha renunciado a tener un partido ganador en toda España.