Las elecciones europeas a lo mejor las tienen los europeos, que nosotros con Sánchez lo que tenemos son unas elecciones domésticas e intimísimas, entre sus suspiros y su próstata, entre su honra y sus gananciales. Sánchez ha decidido que ya no tiene mucho más que hacer en política, así que se guioniza dramones que movilicen al personal como un capítulo final y despechugadísimo de culebrón. Todo el Estado se ha reducido a una boda con mariachis o de mariachis, que a un dúo de mariachis se van pareciendo cada vez más Sánchez y señora. Sánchez y Begoña, personalización del Estado y de la democracia, católicas majestades, matrimonio peronista en bicicletita tándem, se pasean ya por los mítines con coronas de margaritas y la mano de madera de los príncipes hermosos y benefactores, aunque con más iconografía caribeña o filipina que austrohúngara. Se proclaman víctimas de una persecución fascista, pero lo único que ocurre es que los jueces y la Fiscalía Europea están haciendo su trabajo y ellos no son héroes sino que, como mucho, podrían llamarse Sergio Alfredo y Verdemar, o J.R. y Pamela, y vivir en un viñedo de cartulina (a lo mejor la Moncloa ya es eso). 

Las elecciones europeas las tendrán por ahí, que aquí la campaña del PSOE se va a cerrar como una procesión rociera. A Begoña ya la recibieron el otro día en un mitin como con vivas a la Blanca Paloma, y hasta María Jesús Montero, esa ministra con delantalillo, flor caída y cimarronismo palmípedo, estaba allí para completar el cuadro. El tablaíllo, la verdad, no es tan raro en el PSOE, que sólo hay que recordar cómo se aplaudía a Chaves, Griñán y los demás mendas de los ERE, con su pinta todos como de hermanos de Manolo Escobar. Y tampoco es raro el movimiento de Sánchez. Una vez que nos ha asegurado que todo lo que pasa es porque lo están persiguiendo los fascistas de pollo y bigote sollamados, y que él es el único que puede salvarnos de la ultraderecha y del comando ninja de toreros, periodistas y jueces fachas, lo siguiente es aparecer con corcel, damisela y puesta de sol contra las mandíbulas y las melenas, desafiante y zambo como John Wayne 

Sánchez ya ha perdido todos los argumentos y eso le ha llevado también a perder la vergüenza. Ahora es trumpista, peronista, bolivariano, propalestino, mariachi, juglar, trampero, rociero y lo que haga falta, y todo a la vez, cosa que él lleva con alegría y cargazón de hombre orquesta o de circo pobre. Además, todo se sucede a gran velocidad, que aún no hemos procesado o glosado lo que ha dicho o hecho ayer y ya tenemos enseguida otra carta húmeda, otra dama de las camelias, otro elefante con tutú bailándonos delante (aquí habría que abundar en que ése es justo el principio de renovación de Goebbels, pero la referencia, como a Lampedusa, ya es kitsch, y además Sánchez ya tiene agotado y quebrado a Goebbels como al sastre). Justo cuando Begoña nos aparecía en parihuela, atufada de flores y rebujito, o nos aparecía la Fiscalía Europea buscando ya papeles en nuestras empresas públicas, nos sale por ejemplo Albares nada menos que con que España se une a la demanda contra Israel por genocidio. Y esto son ya muchas películas para seguir.