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La guerra de Ucrania ya no tiene sentido, solo comercial.

 


La guerra de Ucrania ya no tiene sentido, solo comercial.

Como puede ver en el vídeo que acompaña esta noticia, Rusia y Ucrania fueron miembros de la Unión Soviética hasta la independencia y disolución, en 1991. Los mapas que incorpora este vídeo explicativo reflejan la posición estratégica de este país, en el centro de influencias del tablero europeo. Moscú trata de evitar el giro de Ucrania hacia Occidente; si Kiev se une a la OTAN, como aspira, perderá posibilidades de influencia en el país. La OTAN, hasta ahora, no ha abierto la puerta a Ucrania. El proceso de admisión en la organización, en cualquier caso, es largo y complejo y no solo depende de la voluntad de Kiev, que tiene en su mira entrar desde 2008. Moscú quiere vetarla. Asegura que supondría una amenaza para la seguridad de Rusia.

 Por Juan Pardo

juanpardo15@gmail.com

https://blogdejuanpardo.blogspot.com/

Blog de Juan Pardo

La confrontación entre los dos países está en marcha desde marzo de 2014. Las protestas proeuropeas y contra la corrupción en Kiev de miles de ciudadanos contra el presidente prorruso Víctor Yanukóvich se reprimieron con mucha violencia. El vídeo resume en una secuencia los duros enfrentamientos en la capital ucrania de aquellos días, que derivan en la huida de Yanukóvich.

La vida en tensión bajo la amenaza de guerra en Ucrania: “La incertidumbre es un abejorro en el estómago”

El presidente ruso, Vladímir Putin, aprovechó estos enfrentamientos para en 2014 invadir la península de Crimea, en el sur de Ucrania, y organizó allí un referéndum (celebrado con militares sobre el terreno) para anexionársela considerado ilegal por la comunidad internacional. En el mapa se aprecia que Crimea es un lugar estratégico porque ofrece una importante salida al Mar Negro. Putin aspiraba a su control. Merece la pena ver cómo celebró la anexión, en un acto multitudinario y pronunciando una frase que explica muy bien el significado de Crimea para Putin.

 

La invasión de Crimea ha desencadenado protestas internacionales, sanciones económicas para Rusia y peticiones constantes de que devuelva el territorio. Putin ha dicho que nunca lo hará. Desde 2014, apoya política y militarmente a los separatistas prorrusos en el este de Ucrania en la guerra que libran contra el ejército ucranio. Informes independientes internacionales han trazado el envío de armas rusas a las regiones de Donetsk y Lugansk. En la del Donbás, la última guerra de Europa, han muerto unas 14.000 personas, según estimaciones de la ONU.

 


La tensión se ha disparado ahora, con la concentración de decenas de miles de soldados rusos en torno a las fronteras con Ucrania y un goteo constante de maniobras militares de Rusia, que flexiona su potentísimo músculo militar. Estados Unidos cree que puede lanzar otra invasión a Ucrania, y que esta puede ser inminente.



¿Qué hace Europa? ¿Qué posición ha tomado Washington? ¿Qué pide Putin para acabar con la tensión en la zona? En este vídeo respondemos a estas preguntas para entender dónde está el origen de la crisis de seguridad en Europa por la concentración de tropas rusas a lo largo de sus fronteras y el empuje de Putin para mantener el país bajo su influencia.

 Por Juan Pardo

juanpardo15@gmail.com

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Blog de Juan Pardo

Ucrania huele a guerra civil, la UE a chamusquina.


La UE está obligada a ofrecer a Ucrania ayuda real, tangible y sustancial. El ambiente cada vez está más caldeado y huele a Guerra Civil.  

¿Por qué, cuando parecía que las cosas iban a ir a mejor, que Ucrania estaba avanzando hacia un acercamiento a Europa que significara una mejor vida para el grueso de sus habitantes, todo se hunde? La respuesta es que quizá en realidad Ucrania no estaba avanzando. El fracaso del acuerdo con la UE no tiene sólo que ver con la presión rusa. El presidente Yanukóvich —como sus antecesores desde la independencia— no fue capaz de realizar las reformas necesarias para que el acuerdo no costara a los ucranianos la destrucción de su renqueante sistema económico. Las transformaciones estructurales que la apertura a Europa traía consigo habrían desintegrado por completo el sistema aún pos-soviético, basado en una agricultura aún casi koljosiana y una industria de bienes de equipo secuestrada por sus ventas a Rusia. Las altas cifras de crecimiento económico ucranio tenían mucho que ver con una moneda mantenida a niveles artificialmente altos por el banco central.

Sin un cambio fundamental en la política económica, sin una rotunda voluntad de transformar las estructuras del país, Ucrania no resistirá. Las tensiones identitarias sólo son peligrosas si la situación económica se degrada. Mientras el este y el sur de Ucrania podían crecer económicamente, vendiendo a Rusia y a Occidente, pero manteniendo las libertades ucranias, esa peculiar mezcla de tolerancia y corrupción, nadie pensaba en una separación del resto del Estado. El abismo económico al que se dirigía el país bajo la falta de dirección de Yanukóvich y su casta de magnates hizo reaccionar a las masas, pero las respuestas, habida cuenta de los resquemores étnicos y los intereses propios, han sido muy distintas en distintas regiones.


Y en distintas personas. La situación no es tan simple como la presentan muchos analistas. La división evidente entre los ucranios no es puramente lingüística, ni étnica, ni ideológica. Escucho en la televisión ucrania los discursos en directo desde el Maidán y me encuentro con lo que ya he visto muchas otras veces, en las ciudades y los pueblos: un político habla en ruso, el siguiente en ucranio, hay otro que comienza en ruso y termina diciendo frases en ucranio. Rusos y ucranianos —incluso los nacionalistas— se sienten parte de un mismo tronco étnico. Pero eso no implica que quieran lo mismo. Las divisiones cruzan las mismas familias, el puesto de trabajo marca también la conciencia: quienes dependen de que sus empresas vendan a Rusia no ven con buenos ojos a la UE, los estudiantes que han vivido y estudiado en Fráncfort del Oder, Berlín o París quieren disfrutar también en Kiev de las libertades ciudadanas que han disfrutado durante los meses o años pasados en la Europa comunitaria. Es cierto que ni la crisis del euro, ni las imposiciones alemanas a Grecia y los países deudores, ni la constante impotencia internacional de la UE han ayudado a incrementar la confianza en una organización que muchos —sobre todo los más ancianos— siguen percibiendo como un enemigo de tiempos de la Guerra Fría. La UE —y todas sus formas anteriores— fueron difamadas acerbamente por la propaganda oficial en la URSS y lo siguen siendo ahora en Rusia. Los nacionalistas ucranios —fuertes en el oeste del país— son temidos en el este y contemplados como fascistas y criminales. Es el resultado de la demonización del nacionalismo ucranio llevada a cabo por el régimen soviético, pero hunde sus raíces en un proceso histórico: el nacionalismo radical ucranio realizó una campaña de limpieza étnica durante la Segunda Guerra Mundial en la que murieron al menos 50.000 conciudadanos polacos (aunque las propias milicias polacas respondieran acabando con otros 15.000 ucranios). Con la ocupación de Ucrania Occidental por la URSS al término de la guerra, los radicales lanzaron una guerra de guerrillas de alta intensidad que les llevó a ser aniquilados por las fuerzas del Ministerio del Interior soviético. Es con estos nacionalistas, con su legado, con el que se identifican los ultras actuales. Su rechazo a todo lo que recuerde a Rusia —y Yanukóvich era para ellos un siervo ruso— les imposibilita para llegar a acuerdos. Ellos tienen una agenda propia, su objetivo no es la democracia, pero su lucha ha servido para quebrar el sistema.

Europa se ha convertido para muchos jóvenes ucranios en la imagen de un futuro que quisieran para sí y sus hijos. Resulta difícil para muchos occidentales acostumbrados al cinismo y el nihilismo con respecto a Europa comprender las emociones que la bandera azul con las doce estrellas despierta en ellos. Pero si Europa no reacciona el desastre será mucho mayor. Una Ucrania soberana, democrática, libre impulsará a una Rusia que avance por esa senda. Porque la Rusia de Putin no es, pese a todo, una dictadura, pero el cumplimiento de sus designios sobre Ucrania reforzaría en Rusia las tendencias aislacionistas, imperiales, contrarreformistas. Europa ni quiere, ni puede vivir al lado de un imperio. Y para ello Ucrania, el pueblo ucranio, es clave.
Tras los movimientos habidos en los últimos días, el gran peligro ahora sería la desmembración del territorio ucraniano. No se trata simplemente que las partes más industrializadas y ricas del país se fueran, se independizaran o se unieran a Rusia. Me llegan ciertamente voces de allá que dicen eso, que afirman que con “esa Ucrania”, la de los seguidores del nacionalismo de Stepan Bandera, ellos no tienen nada que ver. Pero no es así. Dada la interrelación de personas y territorios, la separación del este y el sur, del Dnieper y de Crimea, no sería en realidad un divorcio, sino una amputación. Y en una amputación los dos pierden: el miembro separado muere y el cuerpo queda herido y mutilado para siempre.

En una de mis estanterías esperan diez o doce libros de jóvenes poetisas ucranias. Teníamos la intención de hacer algún día una antología suya, mostrar en España de qué caldo de cultivo habían surgido movimientos como las Femen, esas mujeres capaces de luchar contra un patriarcado aún extremadamente brutal sin más arma que su propio cuerpo. Aunque pueda parecer anecdótico, estas mujeres son una muestra de lo mucho que Ucrania tiene que ofrecerle a Europa. Ellas, como muchos activistas del Maidán, luchan por cosas que todos damos aquí por sentadas —incluso aunque la crisis nos haya arrebatado alguna—. La Unión Europea tiene que moverse y ofrecerle a Ucrania ayuda real, tangible, sustancial.


¿Y España? ¿Pero, me dirán muchos, qué le importa a esta cansada España de la crisis lo que suceda al otro lado del continente? ¿No será mejor que nos dejen en paz, qué nos interesa a nosotros aquel lejano país? Yo, sin embargo, estoy hablando cada pocas horas con mi hermano, que está en el sur de Ucrania. Hace unos días se fue, como otras veces, a través de Odessa, para entregar unas máquinas de tecnología española, diseñadas y construidas por su empresa y que reportarán quizá nuevos contratos. Algunos familiares preocupados le han animado a volverse. Pero no se va a volver hasta que termine lo que ha ido a hacer allí. Porque ¿cómo les va a decir a sus empleados que deja escapar unos contratos que pueden significar la diferencia entre el desempleo y un trabajo digno? Aunque muchos no se den cuenta, nada de lo que pase en Europa nos es ya ajeno y todo nos afecta directamente a cada uno de nosotros

El amanecer menos cuarto de la III guerra mundial



 ¡Bebe, Ángela, bebe¡ ya lo mearás.
El Gobierno de Ucrania rechazó, el pasado 21 de Noviembre, la firma de un acuerdo de asociación con la UE y anunció que reforzaría sus relaciones con Rusia. La oposición convocó manifestaciones de protesta. En los siguientes días, una multitud tomó la plaza de la Independencia de Kiev proclamando consignas proeuropeas y en contra del Gobierno. Yanukóvich ignoró las exigencias de los manifestantes y firmó con el presidente ruso, Vladímir Putin, un acuerdo que incluía la concesión de ayuda económica y una rebaja en el precio del gas ruso. Los opositores se instalaron en el llamado Euromaidán (euro, por la UE, y maidán, que significa plaza) y exigieron desde las barricadas elecciones anticipadas y una reforma constitucional

Vladimir Putin tiene su razón cuando dice que, después de lograrse un acuerdo en Ucrania el 21 de febrero entre el presidente Víktor Yanukóvich y las fuerzas opositoras, glorificado por las superpotencias, se produjo un «asalto armado al poder» alentado por Occidente, que derrocó por métodos inconstitucionales al presidente democráticamente elegido. No es un jeroglífico, es su argumento interesado y, como dijo enigmáticamente el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, «los malos ejemplos son muy contagiosos y hay que ser consecuentes con todas las acciones». Véase lo que está ocurriendo en Crimea y se entenderá la advertencia.

Cierto, ahora es muy difícil  lograr que las agujas del reloj se muevan hacia atrás y nos sitúen de nuevo en el momento en que Yanukóvich y sus opositores alcanzaron un acuerdo tutelado por las grandes potencias. Cuando la historia se hace a empellones y golpes, estos regresos son casi imposibles. Por eso la situación es la que es y cabe temer que empeore, incluso con la partición de Ucrania. Excluir esto sería no recordar a Putin en sus comportamientos pasados, por ejemplo en la guerra con Georgia (2008), que significó la expropiación de Osetia del Sur y Abjasia.
No basta con decir que Putin es un ogro. Porque Putin es ahora el ogro, pero los que tomaron el poder por las armas en Kiev le llenaron el depósito de munición argumental. ¿Qué puede ocurrir ahora? Todo. ¿Qué debe ocurrir? Que un gran acuerdo internacional aleje los males que se ciernen sobre este país. ¿Y esto posible? Solo si se dan dos condiciones: 1) que EE.?UU. y la UE acepten que el resultado no sea una victoria sobre Rusia, y 2) que Rusia no se sienta atacada, ni derrotada, ni desplazada, ni disminuida?


El optimismo aun existe, pero cotiza muy a la baja. Los intereses contrapuestos de las grandes potencias no son fáciles de armonizar, sobre todo cuando no apuestan por el entendimiento, sino por los viejos equilibrios.