Juan Pardo Navarro

Zapatero era padre de la izquierda tanto como de sus dos hijas góticas o shakesperianas, princesas con velo amarillo como dice Oscar Wilde de la luna en su Salomé. La izquierda está ahora huérfana, triste, errante y a oscuras con la luna, como un fantasma de sanatorio, como Rufián leyendo autos con luz de visillo, o como las propias hijas de Zapatero, que tienen algo de novias viudas de padre. El otro día, lo que son las casualidades, me sobresaltó una hija de Zapatero, que no era una hija de Zapatero sino la Salomé de una oscura producción de la obra de Richard Strauss en la Ópera Nacional de París. A la soprano Elza van den Heever, por estas cosas de las escenografías modernitas, la habían vestido de hija de Zapatero, o sea de sombra y saco, y además mojada como de pozo (esta versión está en Mezzo y My Opera Player, por si quieren asustarse como yo). “Seguramente algo terrible pasará”, dice Herodes, y así fue. Justo al otro día de ver yo esto y de extrañarme de que Salomé se pudiera parecer a una hija de Zapatero, cayó el profeta y cayó toda la izquierda en un charco de sangre, sombra y luna de márgenes indistinguibles. Eso sí, las hijas de Zapatero pueden terminar imputadas o amarilleando en el torreón, pero nuestra izquierda seguro que sobrevive.

Zapatero era el padre de la izquierda, de sus sombras ojivales y sus sombras metálicas, pero la izquierda olvida pronto a sus padres y más pronto aún a sus sombras. Sánchez ya se prepara para olvidar a Zapatero y Rufián ya se prepara para tomar su lugar entre los profetas y hasta para tomar, como rayos jupiterinos, las nubosas y quebradas cejas de sabiduría y autoridad del expresidente (Rufián ya intentaba fulminar con las cejas, a veces incluso una sola ceja, que le quedaba un gesto como de tuerto de ceja, pero hasta ahora le faltaba jurisdicción, escalafón o voltaje). Zapatero era el padre de la izquierda, no ya un padre ideológico sino un padre con hacienda, con negocio, que les dejó la herencia casi agraria del guerracivilismo, el identitarismo, la plurinacionalidad, la política simbólica o literaria, la vacuidad posmoderna y las buenas intenciones con fondo siniestro y aciagas consecuencias. De eso vive la izquierda ahora, y sobre todo de eso vive Sánchez. Les dejó más que a sus hijas, creo, que parece que sólo han heredado de él un corazón rosa para poner en el despacho (es el logo de chicle de su empresa de chicle), alguna factura increíble y unos cuantos metros de tela de saco y de encaje antiguo para asustar por los pasillos. Ahora sus hijos de la izquierda se enfocarán en la herencia, en el negocio, y enterrarán a Zapatero como al fundador de una cadena de mercerías.

Toda la rapidez del duelo o del olvido la vimos en Rufián, que pasó en un día del lawfare a estar “jodido” y parecía la Veneno en el Congreso. Hay una potente simbología de lasitud moral en el olvido, la debilidad mental como paralela a la debilidad de la voluntad ética, la mente que se evade o el yo que se desconecta justo cuando necesita claridad conceptual o moral (“Traedme... ¿qué es lo que quería? Lo he olvidado”, decía el otro día Herodes no sé si vestido de rey o de drag). La rústica coloquialidad de Rufián era una manera de transmitir prisa y contundencia para su olvido o para el nuestro, porque él había adoptado una postura ideológica (lawfare) y necesitaba olvidarla (y que la olvidáramos) para adoptar otra postura supuestamente ética. La verdad es que esa postura ética también es sólo ideológica, la de la supervivencia política. Y es que los juicios morales no tienen un borrador previo y una segunda versión al otro día. Los juicios políticos, sí. Rufián se postuló ideológicamente a favor del padre (Zapatero es un poco padre de Rufián porque es un poco padre del procés, con su Estatuto inconstitucional) y luego se postuló ideológicamente a favor de sacrificar al padre para salvar su proyecto de izquierda nacional plurinacional o lo que sea. La moral no da esos saltos, pero qué le vamos a decir a Rufián y, sobre todo, a Sánchez.