Si Leire Díez es una fontanera, es por lo menos la fontanera del emperador, igual que aquella panadera del emperador de la película de Romy Schneider, que era todavía más cursi haciendo de campesina enharinada que de princesa enharinada. Leire no es una fontanera que va por las barriadas haciendo el apaño español, con tartera, transistor y raja del culo, sino que se diría que tiene la concesión o la encomienda de la realeza para todo su oficio. Ya no es que vaya con librea y carroza mientras trabaja, amasa o desatasca, sino que se le cuadran las autoridades y los funcionarios del Estado cuando pasa con el cestillo. Leire, para llevar su panecillo vienés a palacio, o en este caso su juez o guardia civil muerto, como un archiduque austrohúngaro muerto, parece que podía dar órdenes a chambelanes, gendarmes, administrativos, contables y hasta queseros del PSOE y de la nación. Según el sumario, Leire presumía de su línea directa con el One, aunque fuera a través de las cocinas y distancias palaciegas (los encargos palaciegos tienen esos caminos y esas distancias). Esto podría ser un delirio vienés de pastorcilla de pueblo, salvo que nadie cumple las órdenes de una loca que viene a palacio con bollos y requesón. Y la directora de la Guardia Civil, Mercedes González, parece que las cumplía o al menos actuaba como si las cumpliera.

Leire Díez no era una fontanera de la mierda sino de las griferías de oro (en las griferías de oro la mierda se diluye o se destila y se convierte en otra cosa, en poder, política y hasta razón de Estado). Leire era una fontanera de los palacios de nata o de los palacios de chistorras, era una fontanera hasta de los cuarteles con vigas de cañón y garitas de vírgenes, y se jactaba de manejar la cúpula de la Guardia Civil igual que si manejara la calefacción. Los informes de la UCO que ya advertían de las maniobras de la cloaca contra sus agentes se perdían o se enterraban; según Rafael Yuste, exjefe de la UCO, la directora Mercedes González, otra mandada, estaba al tanto pero no hacía nada, y, mientras, los jefazos ordenaban “ponerse de perfil” en las investigaciones que afectaban al PSOE. Yo ya no sé si se puede llamar a Leire fontanera, que es como llamar escayolista a Miguel Ángel. La que manda en todo esto, la que dispone todo esto con un gesto de mocho como de báculo, por lo menos debería ser gobernanta, dueña, coronela, generala o hasta princesa de las alcantarillas, como una princesa mutante del submundo. Aunque a lo mejor basta con ser la fontanera del emperador para que te obedezcan igual en los retretes que en los cenáculos.

Si Leire Díez es una fontanera, tiene que ser una fontanera real como esos halconeros reales o esos cuidadores de cisnes reales (la Corona británica tiene un par de cargos alrededor de los cisnes, que deben de ser como el espíritu santo de su monarquía). Lo de Leire, con su cosa de señora de patinillo que se inventa aventuras, tragedias y grandezas, decían que era fantasía, mitomanía, o que en todo caso iba por su cuenta, como la pelota que le prepara una sorpresa al jefe. Lo que ocurre es que la autoridad no se inventa, no es como un novio aristócrata o una gloria de vicetiple del cuplé que ya se perdió por los carromatos y las verbenas. La autoridad sólo se ejerce cuando se tiene, y lo que desmonta el delirio pastoril, la fantasía de chica de pueblo en La La Land o de loca de mirilla por Madrid, es que a ella la obedecían. O, al menos, todo el sanchismo, que llega desde Ferraz a la Benemérita, se comportaba como si la obedecieran. Igual que cuando llamaba Koldo, otro que nos parecía increíble sólo porque parecía venir del pueblo en burra.