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Umberto Eco decía que las RRSS y la tontuna llevan el mismo camino.

Umberto Eco: Tuiteo, luego existo. Artículo muy irónico sobre Twitter Los teléfonos móviles, los libros de papel, las redes sociales, la política en Italia o el 11-M en España son algunos de los asuntos que Umberto Eco, abordó en sus artículos de prensa. La semana que viene Lumen publica una recopilación de esos textos con el título De la estupidez a la locura. Cómo vivir en un mundo sin rumbo, traducido por Helena Lozano Miralles y Maria Pons Irazazábal. El volumen es un diagnóstico de la sociedad actual y un retrato del Eco más escéptico respecto a las nuevas tecnologías. Yo no estoy en Twitter ni en Facebook. La Constitución me lo permite. Pero obviamente en Twitter existe una dirección mía falsa, como parece que también la hay de Casaleggio. En cierta ocasión me encontré con una señora que con una mirada llena de agradecimiento me comunicó que me seguía siempre en Twitter y que algunas veces había intercambiado mensajes conmigo con gran provecho intelectual. Intenté explicarle que se trataba de un falso yo, pero me miró como si le estuviera diciendo que yo no era yo. Si estaba en Twitter, existía. Tuiteo ergo sum. No me preocupé de convencerla porque, fuera lo que fuese lo que la señora pudiera pensar de mí (y si estaba tan contenta era porque el falso Eco le decía cosas con las que estaba de acuerdo), la cosa no cambiaría la historia de Italia, y tampoco la del mundo, y ni siquiera cambiaría mi historia personal. Hace un tiempo, recibía regularmente por correo enormes dossieres de otra señora que afirmaba haberlos enviado al presidente de la República y a otros personajes ilustres para denunciar que la perseguían, y me los enviaba a mí para que los examinara porque, según afirmaba, todas las semanas en esta columna salía a defenderla. De modo que cualquier cosa que yo escribiera la entendía referida a su problema personal. Nunca la desmentí porque habría sido inútil, y esa paranoia tan peculiar no cambiaría la situación en Oriente Próximo. Con el tiempo, y al ver que no recibía respuesta, por supuesto dirigió su atención hacia otra persona cualquiera, y no sé a quién debe estar atormentando ahora. La irrelevancia de las opiniones expresadas en Twitter es que habla todo el mundo, y entre este todo el mundo hay quien tiene fe en las apariciones de la Virgen de Medjugorje, quien va al quiromante, quien está convencido de que el 11 de septiembre fue una trama judía y quien cree en Dan Brown. Siempre me han fascinado los mensajes de Twitter que aparecen en la pantalla en los programas de Telese y Porro. Dicen de todo y más, cada uno lo contrario del otro, y en conjunto no transmiten la idea de lo que piensa la gente sino solo de lo que dicen algunos pensadores sin ton ni son.   Twitter es como el bar Sport de cualquier pueblo o suburbio. Habla el tonto del pueblo, el pequeño terrateniente que cree que le persigue Hacienda, el médico amargado porque no le han dado la cátedra de anatomía comparada en la gran universidad, el que está de paso y se ha tomado ya muchas copitas de grapa, el camionero que habla de prostitutas fabulosas en la vía de circunvalación, y (a veces) el que expone opiniones sensatas. Sin embargo, todo se acaba aquí, las charlas de bar nunca han cambiado la política internacional y solo preocupaban al fascismo, que prohibía hacer discursos de alta estrategia en el bar, pero en conjunto lo que piensa la mayoría de la gente es solo ese dato estadístico que aparece en el momento en que, tras haber hecho las oportunas reflexiones, se vota, y se vota teniendo en cuenta las opiniones expresadas por algún otro, olvidando lo que se ha dicho en el bar. De modo que el cielo de Internet lo surcan opiniones irrelevantes, porque además, si bien se pueden expresar ideas geniales en menos de ciento cuarenta caracteres (como «Ama a tu prójimo como a ti mismo»), para escribir La riqueza de las naciones de Adam Smith se necesitan más, y tal vez más aún para aclarar qué significa E = mc2.   Y si esto es así, ¿por qué escriben mensajes en Twitter hombres importantes como Letta, que podrían simplemente entregarlos a la ANSA, la principal agencia de prensa italiana, y serían citados en periódicos y telediarios, con lo cual llegarían también a la mayoría que no está conectada a Internet? ¿Y por qué el Papa manda escribir a algún seminarista con contrato temporal en el Vaticano breves resúmenes de lo que ya ha dicho urbi et orbi delante de millones y millones de telespectadores? Con franqueza, no acabo de entenderlo, alguien debe de haberles convencido de que todo vale con tal de fidelizar a una gran cantidad de usuarios de la Web. Tiene un pase en el caso de Letta y de Bergoglio, pero ¿por qué usan también Twitter los señores Rossi, Pautasso, Brambilla, Cesaroni y Esposito? Tal vez para sentirse como Letta y el Papa. Publicado 13th March 2021 por Juan Pardo Etiquetas: Adam Smith ANSA Brambilla Cesaroni E = mc2 Esposito Helena Lozano Miralles Maria Pons Irazazábal Pautasso Rossi Umberto Eco

Umberto Eco: Tuiteo, luego existo. Artículo muy irónico sobre Twitter



Los teléfonos móviles, los libros de papel, las redes sociales, la política en Italia o el 11-M en España son algunos de los asuntos que Umberto Eco, abordó en sus artículos de prensa. La semana que viene Lumen publica una recopilación de esos textos con el título De la estupidez a la locura. Cómo vivir en un mundo sin rumbo, traducido por Helena Lozano Miralles y Maria Pons Irazazábal. El volumen es un diagnóstico de la sociedad actual y un retrato del Eco más escéptico respecto a las nuevas tecnologías.


Yo no estoy en Twitter ni en Facebook. La Constitución me lo permite. Pero obviamente en Twitter existe una dirección mía falsa, como parece que también la hay de Casaleggio. En cierta ocasión me encontré con una señora que con una mirada llena de agradecimiento me comunicó que me seguía siempre en Twitter y que algunas veces había intercambiado mensajes conmigo con gran provecho intelectual. Intenté explicarle que se trataba de un falso yo, pero me miró como si le estuviera diciendo que yo no era yo. Si estaba en Twitter, existía. Tuiteo ergo sum. No me preocupé de convencerla porque, fuera lo que fuese lo que la señora pudiera pensar de mí (y si estaba tan contenta era porque el falso Eco le decía cosas con las que estaba de acuerdo), la cosa no cambiaría la historia de Italia, y tampoco la del mundo, y ni siquiera cambiaría mi historia personal. Hace un tiempo, recibía regularmente por correo enormes dossieres de otra señora que afirmaba haberlos enviado al presidente de la República y a otros personajes ilustres para denunciar que la perseguían, y me los enviaba a mí para que los examinara porque, según afirmaba, todas las semanas en esta columna salía a defenderla. De modo que cualquier cosa que yo escribiera la entendía referida a su problema personal. Nunca la desmentí porque habría sido inútil, y esa paranoia tan peculiar no cambiaría la situación en Oriente Próximo. Con el tiempo, y al ver que no recibía respuesta, por supuesto dirigió su atención hacia otra persona cualquiera, y no sé a quién debe estar atormentando ahora. La irrelevancia de las opiniones expresadas en Twitter es que habla todo el mundo, y entre este todo el mundo hay quien tiene fe en las apariciones de la Virgen de Medjugorje, quien va al quiromante, quien está convencido de que el 11 de septiembre fue una trama judía y quien cree en Dan Brown. Siempre me han fascinado los mensajes de Twitter que aparecen en la pantalla en los programas de Telese y Porro. Dicen de todo y más, cada uno lo contrario del otro, y en conjunto no transmiten la idea de lo que piensa la gente sino solo de lo que dicen algunos pensadores sin ton ni son.

 

Twitter es como el bar Sport de cualquier pueblo o suburbio. Habla el tonto del pueblo, el pequeño terrateniente que cree que le persigue Hacienda, el médico amargado porque no le han dado la cátedra de anatomía comparada en la gran universidad, el que está de paso y se ha tomado ya muchas copitas de grapa, el camionero que habla de prostitutas fabulosas en la vía de circunvalación, y (a veces) el que expone opiniones sensatas. Sin embargo, todo se acaba aquí, las charlas de bar nunca han cambiado la política internacional y solo preocupaban al fascismo, que prohibía hacer discursos de alta estrategia en el bar, pero en conjunto lo que piensa la mayoría de la gente es solo ese dato estadístico que aparece en el momento en que, tras haber hecho las oportunas reflexiones, se vota, y se vota teniendo en cuenta las opiniones expresadas por algún otro, olvidando lo que se ha dicho en el bar. De modo que el cielo de Internet lo surcan opiniones irrelevantes, porque además, si bien se pueden expresar ideas geniales en menos de ciento cuarenta caracteres (como «Ama a tu prójimo como a ti mismo»), para escribir La riqueza de las naciones de Adam Smith se necesitan más, y tal vez más aún para aclarar qué significa E = mc2.

 

Y si esto es así, ¿por qué escriben mensajes en Twitter hombres importantes como Letta, que podrían simplemente entregarlos a la ANSA, la principal agencia de prensa italiana, y serían citados en periódicos y telediarios, con lo cual llegarían también a la mayoría que no está conectada a Internet? ¿Y por qué el Papa manda escribir a algún seminarista con contrato temporal en el Vaticano breves resúmenes de lo que ya ha dicho urbi et orbi delante de millones y millones de telespectadores? Con franqueza, no acabo de entenderlo, alguien debe de haberles convencido de que todo vale con tal de fidelizar a una gran cantidad de usuarios de la Web. Tiene un pase en el caso de Letta y de Bergoglio, pero ¿por qué usan también Twitter los señores Rossi, Pautasso, Brambilla, Cesaroni y Esposito? Tal vez para sentirse como Letta y el Papa.

Liberalismo, nuevo siglo de oro en España.

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El liberalismo es una corriente de pensamiento (filosófico y económico) y de acción política que propugna limitar al máximo el poder coactivo del Estado sobre los seres humanos y la sociedad civil. Así, forman parte del ideario liberal la defensa de la economía de mercado (también denominada “sistema capitalista” o de “libre empresa”); la libertad de comercio (librecambismo) y, en general, la libre circulación de personas, capitales y bienes; el mantenimiento de un sistema monetario rígido que impida su manipulación inflacionaria por parte de los gobernantes; el establecimiento de un Estado de Derecho, en el que todos los seres humanos -incluyendo aquellos que en cada momento formen parte del Gobierno- estén sometidos al mismo marco mínimo de leyes entendidas en su sentido “material” (normas jurídicas, básicamente de derecho civil y penal, abstractas y de general e igual aplicación a todos); la limitación del poder del Gobierno al mínimo necesario para definir y defender adecuadamente el derecho a la vida y a la propiedad privada, a la posesión pacíficamente adquirida, y al cumplimiento de las promesas y contratos; la limitación y control del gasto público, el principio del presupuesto equilibrado y el mantenimiento de un nivel reducido de impuestos; el establecimiento de un sistema estricto de separación de poderes políticos (legislativo, ejecutivo y judicial) que evite cualquier atisbo de tiranía; el principio de autodeterminación, en virtud del cual cualquier grupo social ha de poder elegir libremente qué organización política desea formar o a qué Estado desea o no adscribirse; la utilización de procedimientos democráticos para elegir a los gobernantes, sin que la democracia se utilice, en ningún caso, como coartada para justificar la violación del Estado de Derecho ni la coacción a las minorías; y el establecimiento, en suma, de un orden mundial basado en la paz y en el libre comercio voluntario, entre todas las naciones de la tierra. Estos principios básicos constituyen los pilares de la civilización occidental y su formación, articulación, desarrollo y perfeccionamiento son uno de los logros más importantes en la historia del pensamiento del género humano. Aunque tradicionalmente se ha afirmado que la doctrina liberal tiene su origen en el pensamiento de la Escuela Escocesa del siglo XVIII, o en el ideario de la Revolución Francesa, lo cierto es que tal origen puede remontarse incluso hasta la tradición más clásica del pensamiento filosófico griego y de la ciencia jurídica romana. Así, sabemos gracias a Tucídides (Guerra del Peloponeso), como Pericles constataba que en Atenas “la libertad que disfrutamos en nuestro gobierno se extiende también a la vida ordinaria, donde lejos de ejercer éste una celosa vigilancia sobre todos y cada uno, no sentimos cólera porque nuestro vecino haga lo que desee”; pudiéndose encontrar en la Oración Fúnebre de Pericles una de las más bellas descripciones del principio liberal de la igualdad de todos ante la ley.

 

Posteriormente en Roma se descubre que el derecho es básicamente consuetudinario y que las instituciones jurídicas (como las lingüísticas y económicas) surgen como resultado de un largo proceso evolutivo e incorporan un enorme volumen de información y conocimientos que supera, con mucho, la capacidad mental de cualquier gobernante, por sabio y bueno que éste sea. Así, sabemos gracias a Cicerón (De re publica, II, 1-2) como para Catón “el motivo por el que nuestro sistema político fue superior a los de todos los demás países era éste: los sistemas políticos de los demás países habían sido creados introduciendo leyes e instituciones según el parecer personal de individuos particulares tales como Minos en Creta y Licurgo en Esparta . . . En cambio, nuestra república romana no se debe a la creación personal de un hombre, sino de muchos. No ha sido fundada durante la vida de un individuo particular, sino a través de una serie de siglos y generaciones. Porque no ha habido nunca en el mundo un hombre tan inteligente como para preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros en la cabeza de un mismo hombre, le sería a éste imposible tener en cuenta todo al mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que se deriva de la práctica en el transcurso de un largo periodo de la historia”. El núcleo de esta idea esencial, que habrá de constituir el corazón del argumento de Ludwig von Mises sobre la imposibilidad teórica de la planificación socialista, se conserva y refuerza en la Edad Media gracias al humanismo cristiano y a la filosofía tomista del derecho natural, que se concibe como un cuerpo ético previo y superior al poder de cada gobierno terrenal. Pedro Juan de Olivi, San Bernardino de Siena y San Antonino de Florencia, entre otros, teorizan sobre el papel protagonista que la capacidad empresarial y creativa del ser humano tiene como impulsora de la economía de mercado y de la civilización. Y el testigo de esta línea de pensamiento se recoge y perfecciona por esos grandes teóricos que fueron nuestros escolásticos durante el Siglo de Oro español, hasta el punto de que uno de los más grandes pensadores liberales del siglo XX, el austriaco Friedrich A. Hayek, Premio Nobel de Economía en 1974, llegó a afirmar que “los principios teóricos de la economía de mercado y los elementos básicos del liberalismo económico no fueron diseñados, como se creía, por los calvinistas y protestantes escoceses, sino por los jesuitas y miembros de la Escuela de Salamanca durante el Siglo de Oro español”. Así, Diego de Covarrubias y Leyva, arzobispo de Segovia y ministro de Felipe II, ya en 1554 expuso de forma impecable la teoría subjetiva del valor, sobre la que gira toda economía de libre mercado, al afirmar que “el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso aunque tal estimación sea alocada”; y añade para ilustrar su tesis que “en las Indias el trigo se valora más que en España porque allí los hombres lo estiman más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es la misma en ambos lugares”. Otro notable escolástico, Luis Saravia de la Calle, basándose en la concepción subjetivista de Covarrubias, descubre la verdadera relación que existe entre precios y costes en el mercado, en el sentido de que son los costes los que tienden a seguir a los precios y no al revés, anticipándose así a refutar los errores de la teoría objetiva del valor de Carlos Marx y de sus sucesores socialistas. Así, en su Instrucción de mercaderes (Medina del Campo 1544) puede leerse: “Los que miden el justo precio de la cosa según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros”.

 

Otra notable aportación de nuestros escolásticos es su introducción del concepto dinámico de competencia (en latín concurrentium), entendida como el proceso empresarial de rivalidad que mueve el mercado e impulsa el desarrollo de la sociedad. Esta idea les llevó a su vez a concluir que los llamados “precios del modelo de equilibrio”, que los teóricos socialistas pretenden utilizar para justificar el intervencionismo y la planificación del mercado, nunca podrán llegar a ser conocidos. Raymond de Roover (“Scholastics Economics”, 1955) atribuye a Luis de Molina el concepto dinámico de competencia entendida como “el proceso de rivalidad entre compradores que tiende a elevar el precio”, y que nada tiene que ver con el modelo estático de “competencia perfecta” que hoy en día los llamados “teóricos del socialismo de mercado” ingenuamente creen que se puede simular en un régimen sin propiedad privada. Sin embargo, es Jerónimo Castillo de Bovadilla el que mejor expone esta concepción dinámica de la libre competencia entre empresarios en su libro Política para corregidores publicado en Salamanca en 1585, y en el que indica que la más positiva esencia de la competencia consiste en tratar de “emular” al competidor. Bovadilla enuncia, además, la siguiente ley económica, base de la defensa del mercado por parte de todo liberal: “los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de vendedores”. Y en cuanto a la imposibilidad de que los gobernantes puedan llegar a conocer los precios de equilibrio y demás datos que necesitan para intervenir en el mercado, destacan las aportaciones de los cardenales jesuitas españoles Juan de Lugo y Juan de Salas. El primero, Juan de Lugo, preguntándose cuál puede ser el precio de equilibrio, ya en 1643 concluye que depende de tan gran cantidad de circunstancias específicas que sólo Dios puede conocerlo (“pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum”). Y Juan de Salas, en 1617, refiriéndose a las posibilidades de que un gobernante pueda llegar a conocer la información específica que se crea, descubre y maneja en la sociedad civil afirma que “quas exacte comprehendere et pondedare Dei est non hominum”, es decir, que sólo Dios, y no los hombres, puede llegar a comprender y ponderar exactamente la información y el conocimiento que maneja un mercado libre con todas sus circunstancias particulares de tiempo y lugar. Tanto Juan de Lugo como Juan de Salas anticipan, pues, en más de tres siglos, las más refinadas aportaciones científicas de los pensadores liberales más conspicuos (Mises, Hayek). Por otro lado, tampoco debemos olvidar al gran fundador del Derecho Internacional Francisco de Vitoria, a Francisco Suárez y a su escuela de teóricos del derecho natural, que con tanta brillantez y coherencia retomaron la idea tomista de la superioridad moral del derecho natural frente al poder del estado, aplicándola con éxito a múltiples casos particulares que, como el de la crítica moral a la esclavización de los indios en la recién descubierta América, exigían una clara y rápida toma de posición intelectual. Pero, sin duda alguna, el más liberal de nuestros escolásticos ha sido el gran padre jesuita Juan de Mariana (1536-1624) que llevó hasta sus últimas consecuencias lógicas la doctrina liberal de la superioridad del derecho natural frente al poder del estado y que hoy han retomado filósofos liberales tan importantes como Murray Rothbard y Robert Nozick. Especial importancia tiene el desarrollo de la doctrina sobre la legitimidad del tiranicidio que Mariana desarrolla en su libro De rege et regis institutione publicado en 1599. Mariana califica de tiranos a figuras históricas como Alejandro Magno o Julio Cesar, y argumenta que está justificado que cualquier ciudadano asesine al que tiranice a la sociedad civil, considerando actos de tiranía, entre otros, el establecer impuestos sin el consentimiento del pueblo, o impedir que se reúna un parlamento libremente elegido. Otras muestras típicas del actuar de un tirano son, para Mariana, la construcción de obras públicas faraónicas que, como las pirámides de Egipto, siempre se financian esclavizando y explotando a los súbditos, o la creación de policías secretas para impedir que los ciudadanos se quejen y expresen libremente. Otra obra esencial de Mariana es la publicada en 1609 con el título De monetae mutatione, posteriormente traducida al castellano con el título de Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla y de algunos desórdenes y abusos. En este notable trabajo Mariana considera tirano a todo gobernante que devalúe el contenido de metal de la moneda, imponiendo a los ciudadanos sin su consentimiento el odioso impuesto inflacionario o la creación de privilegios y monopolios fiscales. Mariana también critica el establecimiento de precios máximos para “luchar contra la inflación”, y propone la reducción del gasto público como principal medida de política económica para equilibrar el presupuesto. Por último, en 1625, el padre Juan de Mariana publicó otro libro titulado Discurso sobre las enfermedades de la Compañía en el que ahonda en la idea liberal de que es imposible que el gobierno organice la sociedad civil en base a mandatos coactivos, y ello por falta de información. Mariana, refiriéndose al gobierno dice que “es gran desatino que el ciego quiera guiar al que ve”, añadiendo que el gobernante “no conoce las personas, ni los hechos, a lo menos, con todas las circunstancias que tienen, de que pende el acierto. Forzoso es se caiga en yerros muchos, y graves, y por ellos se disguste la gente, y menosprecie gobierno tan ciego”; concluyendo Mariana que “es loco el poder y mando”, y que cuando “las leyes son muchas en demasía; y como no todas se pueden guardar, ni aun saber, a todas se pierde el respeto”.

 

Toda esta tradición se filtra por los ambientes intelectuales de todo el continente europeo influyendo en notables pensadores liberales de Francia como Balesbat (1692), el marqués D’Argenson (1751) y, sobre todo, Jacques Turgot, que desde mucho antes que Adam Smith, y siguiendo a los escolásticos españoles ya había articulado perfectamente el carácter disperso del conocimiento que incorporan las instituciones sociales entendidas como órdenes espontáneos. Así, Turgot, en su Elegía a Gournay (1759) escribe que “no es preciso probar que cada individuo es el único que puede juzgar con conocimiento de causa el uso más ventajoso de sus tierras y esfuerzo. Solamente él posee el conocimiento particular sin el cual hasta el hombre más sabio se encontraría a ciegas. Aprende de sus intentos repetidos, de sus éxitos y de sus pérdidas, y así va adquiriendo un especial sentido para los negocios que es mucho más ingenioso que el conocimiento teórico que puede adquirir un observador indiferente, porque está impulsado por la necesidad”. Y siguiendo a Juan de Mariana, Turgot concluye que es “completamente imposible dirigir mediante reglas rígidas y un control continuo la multitud de transacciones que aunque sólo sea por su inmensidad no puede llegar a ser plenamente conocida, y que además dependen de una multitud de circunstancias siempre cambiantes, que no pueden controlarse, ni menos aún preverse”.

 

Desafortunadamente, toda esta tradición liberal del pensamiento hispano fue barrida en la teoría y en la práctica, como indica Francisco Martínez Marina (Teoría de las Cortes o Grandes Juntas Nacionales de los Reinos de León y Castilla) por los Austrias y los Borbones que han producido una “monstruosa reunión de todos los poderes en una persona, el abandono y la abolición de las Cortes y siglos de esclavitud del más horroroso despotismo”. Se termina de consolidar así en nuestro país un marco político y social intolerante e intervencionista ajeno a las más genuinas tradiciones representativas y liberales de los viejos reinos de España: la antigua tolerancia y modus vivendi entre las tres religiones de judíos, moros y cristianos de la época de Alfonso X El Sabio, es sustituida por la intolerancia religiosa de los Reyes Católicos y sus sucesores, que Americo Castro (La realidad histórica de España) y otros han interpretado como una desviación mimética de la cultura y sociedad españolas que paradójicamente terminan reflejando e incorporando en su esencia más íntima las características más negativas de sus seculares “enemigos”: el integrismo religioso musulmán justificador de la Guerra Santa contra el infiel, y la obsesión por la pureza de la sangre, propia del pueblo judío. No se absorben, por contra, la proverbial iniciativa y espíritu empresarial de los comerciantes y artesanos hebreos y moriscos que hasta su expulsión constituyeron la médula económica del país. En España se termina menospreciando, por considerarse impropia de cristianos viejos, la función empresarial y prácticamente hasta hoy el éxito económico se valora negativamente a nivel social y se critica con envidia destructiva, en vez de ser considerado como una sana y necesaria muestra del avance de la civilización, que es preciso emular y fomentar. Si a todo esto añadimos la “Leyenda Negra” que impulsada por el mundo protestante y anglosajón tuvo como objetivo desprestigiar todo lo español, se comprenderá la soledad y el vacío ideológico con que se hallaron los ilustrados españoles del siglo XVIII, como Campomanes y Jovellanos, y los padres de la patria reunidos en las Cortes de Cádiz que habrían de redactar nuestra primera Constitución de 1812, y que fueron los primeros en el mundo en calificarse a sí mismos con el término, introducido por ellos, de “liberales”.

 

La situación en el resto del mundo intelectual europeo no evolucionó mucho mejor que en España. El triunfo de la Reforma protestante desprestigió el papel de la Iglesia Católica como límite y contrapeso del poder secular de los gobiernos, que se vio así reforzado. Además el pensamiento protestante y la imperfecta recepción en el mundo anglosajón de la tradición liberal iusnaturalista a través de los “escolásticos protestantes” Hugo Grocio y Pufendorf, explica la importante involución que respecto del anterior pensamiento liberal supuso Adam Smith. En efecto, como bien indica Murray N. Rothbard (Economic Thought before Adam Smith, 1995), Adam Smith abandonó las contribuciones anteriores centradas en la teoría subjetiva del valor, la función empresarial y el interés por explicar los precios que se dan en el mercado real, sustituyéndolas todas ellas por la teoría objetiva del valor trabajo, sobre la que luego Marx construirá, como conclusión natural, toda la teoría socialista de la explotación. Además, Adam Smith se centra en explicar con carácter preferente el “precio natural” de equilibrio a largo plazo, modelo de equilibrio en el que la función empresarial brilla por su ausencia y en el que se supone que toda la información necesaria ya está disponible, por lo que será utilizado después por los teóricos neoclásicos del equilibrio para criticar los supuestos “fallos del mercado” y justificar el socialismo y la intervención del Estado sobre la economía y la sociedad civil. Por otro lado, Adam Smith impregnó la Ciencia Económica de calvinismo, por ejemplo al apoyar la prohibición de la usura y al distinguir entre ocupaciones “productivas” e “improductivas”. Finalmente, Adam Smith rompió con el Laissez-faire radical de sus antecesores iusnaturalistas del continente (españoles, franceses e italianos) introduciendo en la historia del pensamiento un “liberalismo” tibio tan plagado de excepciones y matizaciones, que muchos “socialdemócratas” de hoy en día podrían incluso aceptar. La influencia negativa del pensamiento de la Escuela Clásica anglosajona sobre el liberalismo se acentúa con los sucesores de Adam Smith y, en especial, con Jeremías Bentham, que inocula el bacilo del utilitarismo más estrecho en la filosofía liberal, facilitando con ello el desarrollo de todo un análisis pseudocientífico de costes y beneficios (que se creen conocidos), y el surgimiento de toda una tradición de ingenieros sociales que pretenden moldear la sociedad a su antojo utilizando el poder coactivo del Estado. En Inglaterra, Stuart Mill culmina esta tendencia con su apostasía del Laissez-faire y sus numerosas concesiones al socialismo, y en Francia, el triunfo del racionalismo constructivista de origen cartesiano explica el dominio intervencionista de la Ecole Polytechnique y del socialismo cientificista de Saint-Simon y Comte  , que a duras penas logran contener los liberales franceses de la tradición de Juan Bautista Say, agrupados en torno a Frédéric Bastiat y Gustave de Molinari.

 

Esta intoxicación intervencionista en el contenido doctrinal del liberalismo decimonónico fue fatal en la evolución política del liberalismo contemporáneo: uno tras otro los diferentes partidos políticos liberales caen víctimas del “pragmatismo”, y en aras de mantener el poder a corto plazo consensúan políticas de compromiso que traicionan sus principios esenciales confundiendo al electorado y facilitando en última instancia el triunfo político del socialismo. Así, el partido liberal inglés termina desapareciendo en Inglaterra engullido por el partido laborista, y algo muy parecido sucede en el resto de Europa. La confusión a nivel político y doctrinal es tan grande que en muchas ocasiones los intervencionistas más conspicuos como John Maynard Keynes, terminan apropiándose del término “liberalismo” que, al menos en Inglaterra, Estados Unidos y, en general, en el mundo anglosajón pasa a utilizarse para denominar la socialdemocracia intervencionista impulsora del Estado del Bienestar, viéndose obligados los verdaderos liberales a buscarse otro término definitorio (“classical liberals”, “conservative libertarians” o, simplemente, “libertarians”).

En este contexto de confusión doctrinal y política no es de extrañar que en nuestro país nunca haya cuajado una verdadera revolución liberal. Aunque en el siglo XIX se puede distinguir una señera tradición del más genuino liberalismo, con representantes tan conspicuos como Laureano Figuerola y Ballester, Alvaro Flórez Estrada, Luis María Pastor, y otros, se desarrolla doctrinalmente muy influida por el tibio liberalismo de la Escuela Anglosajona (la traducción española de José Alonso Ortiz de La Riqueza de las Naciones ya se había publicado en Santander en 1794), o por el racionalismo jacobino de la Revolución Francesa. En el ámbito político el liberalismo español se enfrenta primero a las poderosas fuerzas absolutistas y después al pragmatismo disgregador de los “moderados”, todo ello en un entorno continuo de guerra civil desgarradora. De manera que el triunfo de la Gloriosa Revolución Liberal de 1868 es efímero y cuando se produce la Restauración Canovista de 1875, triunfa el arancel proteccionista y se traicionan principios liberales esenciales, por ejemplo en el ámbito de la autodeterminación del pueblo cubano, con un coste tremendo para la nación en términos de sufrimientos humanos. Y ya entrado el siglo XX la pérdida de contenido doctrinal del Partido Liberal Democrático se hace cada vez más patente y en cierta medida culmina con el “reformismo social” de José Canalejas que impregna su política de medidas intervencionistas y socializadoras, restablece el servicio militar obligatorio y sigue adelante con la inmoral y nefasta política de gradual implicación militar de nuestro país en Marruecos. En este contexto de vacío doctrinal no es de extrañar que los pocos españoles que continúan aceptando calificarse de “liberales” crean que el liberalismo, más que un cuerpo de principios dogmáticos a favor de la libertad, es un simple “talante” caracterizado por la tolerancia y apertura ante todas las posiciones. Así, para Gregorio Marañón (véase el “Prólogo” a sus Ensayos liberales) “ser liberal es, precisamente estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por tanto, es mucho más que una política”. Posición que en gran medida es compartida por otros grandes liberales españoles de la primera mitad del siglo XX, como José Ortega y Gasset o Salvador de Madariaga, y que en gran parte explica por qué el protagonismo político, primero durante la Dictadura del General Primo de Ribera, después durante la República y más tarde durante el Franquismo, nunca estuviera en manos de verdaderos liberales, sino más bien en la esfera de ambos extremos del intervencionismo (el socialismo obrero o el fascismo o socialismo conservador o de derechas), o bajo el control de políticos racionalistas jacobinos como Manuel Azaña.

 

A pesar de que el siglo XX será tristemente recordado como el siglo del Estatismo y de los totalitarismos de todo signo que más sufrimiento han causado al género humano, en sus últimos veinticinco años se ha observado con gran pujanza un notable resurgir del ideario liberal que debe achacarse a las siguientes razones. Primeramente, al rearme teórico liberal protagonizado por un puñado de pensadores que, en su mayoría, pertenecen o están influidos por la Escuela Austriaca que fue fundada en Viena cuando Carl Menger retomó en 1871 la tradición liberal subjetivista de los Escolásticos Españoles. Entre otros teóricos, destacan sobre todo Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek que fueron los primeros en predecir el advenimiento de la Gran Depresión de 1929 como resultado del intervencionismo monetario y fiscal emprendido por los gobiernos durante los “felices” años veinte, en descubrir el teorema de la imposibilidad científica del socialismo por falta de información, y en explicar el fracaso de las prescripciones keynesianas que se hizo evidente con el surgimiento de la grave recesión inflacionaria de los años setenta. Estos teóricos han elaborado, por primera vez, un cuerpo completo y perfeccionado de doctrina liberal en el que también han participado pensadores de otras escuelas liberales menos comprometidas como la de Chicago (Knight, Stigler, Friedman y Becker), el “ordo-liberalismo” de la “economía social de mercado” alemana (Röpke, Eucken, Erhard), o la llamada “Escuela de la Elección Pública” (Buchanan, Tullock y el resto de los teóricos de los “fallos del gobierno”). En segundo lugar, cabe mencionar el triunfo de la llamada revolución liberal-conservadora protagonizada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Estados Unidos e Inglaterra a lo largo de los años ochenta. Así de 1980 a 1988 Ronald Reagan llevó a cabo una importante reforma fiscal que redujo el tipo marginal del impuesto sobre la renta al 28 por 100 y desmanteló, en gran medida, la regulación administrativa de la economía, generando un importante auge económico que creó en su país más de 12 millones de puestos de trabajo. Y más cerca de nosotros, Margaret Thatcher impulsó el programa de privatizaciones de empresas públicas más ambicioso que hasta hoy se ha conocido en el mundo, redujo al 40 por ciento el tipo marginal del impuesto sobre la renta, acabó con los abusos de los sindicatos e inició un programa de regeneración moral que impulsó fuertemente la economía inglesa, lastrada durante decenios por el intervencionismo de los laboristas y de los conservadores más “pragmáticos” (como Edward Heath y otros). En tercer lugar, quizás el hecho histórico más importante haya sido la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del socialismo en Rusia y en los países del Este de Europa, que hoy se esfuerzan por construir sus economías de mercado en un Estado de Derecho. Todos estos hechos han llevado al convencimiento de que el liberalismo y la economía de libre mercado son el sistema político y económico más eficiente, moral y compatible con la naturaleza del ser humano. Así, por ejemplo, Juan Pablo II, preguntándose si el capitalismo es la vía para el progreso económico y social ha contestado lo siguiente “Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, el mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de ‘economía de empresa’, ‘economía de mercado’, o simplemente ‘economía libre'”.

 

El pensamiento español no se ha mantenido ajeno a este resurgir mundial del liberalismo. Pensadores como Lucas Beltrán o Luis de Olariaga supieron mantener viva la llama liberal durante los largos años del autoritarismo franquista, llevándose a cabo un importante esfuerzo de estudio y popularización del ideario liberal por parte de los profesores, intelectuales y empresarios aglutinados en torno a la sociedad liberal Mont Pèlerin fundada por Hayek en 1947, y al proyecto de Unión Editorial que, a lo largo de los últimos 25 años, ha traducido, publicado y distribuido incansablemente en nuestro país las principales obras de contenido liberal escritas por pensadores extranjeros y nacionales. Entre éstos destacan los hermanos Joaquín y Luis Reig Albiol, Juan Marcos de la Fuente, Julio Pascual Vicente, Pedro Schwartz, Rafael Termes, Carlos Rodríguez Braun, Lorenzo Bernaldo de Quirós, Francisco Cabrillo, Joaquín Trigo, Juan Torras, Fernando Chueca Goitia y, como principal representante de la tradición liberal subjetivista en nuestro país, el prof. Jesús Huerta de Soto. La influencia de esta corriente doctrinal no ha dejado de sentirse en la vida política de nuestro país a partir del restablecimiento de la Monarquía constitucional, primero dentro de la extinta Unión del Centro Democrático a través de Antonio Fontán y del ya fallecido Joaquín Garrigues Walker; después vino el Partido Demócrata Liberal de Antonio Garrigues Walker, que integrado en el Partido Reformista de Miguel Roca no logró representación parlamentaria en las elecciones de 1986; posteriormente tuvieron representación parlamentaria la Unión Liberal de Pedro Schwartz y el Partido Liberal de Antonio Segurado, ambos integrados dentro, primero de Alianza Popular, y después en la Coalición Popular (1982-1987). Y tras los años de gobierno del PSOE, en los cuales, y a pesar de sus atentados al principio liberal de separación de poderes, también cupo distinguir una tímida corriente liberal de la mano de Miguel Boyer y Miguel Angel Fernández Ordóñez, tanto el Presidente del Gobierno del Partido Popular, José María Aznar, como alguno de sus ministros más significados (como Esperanza Aguirre y otros) no han dudado en calificarse como los herederos actuales del liberalismo y del centrismo político.

Dada la trágica trayectoria del socialismo a lo largo de este siglo no es aventurado pensar que el liberalismo se presenta como el ideario político y económico con más posibilidades de triunfar en el futuro. Y aunque quedan algunos ámbitos en los que la liberalización sigue planteando dudas y discrepancias -como, por ejemplo, el de la privatización del dinero, el desmantelamiento de los megagobiernos centrales a través de la descentralización autonómica y del nacionalismo liberal, y la necesidad de defender el ideario liberal en base a consideraciones predominantemente éticas más que de simple eficacia- el liberalismo promete como la doctrina más fructífera y humanista. Si España es capaz de asumir como propio este humanismo liberal y de llevarlo a la práctica de forma coherente es seguro que experimentará en el futuro un notable resurgir como sociedad dinámica y abierta, que sin duda podrá ser calificado como “Nuevo Siglo de Oro español”.

 

Todo socialista es un dictador disfrazado.


Todo socialista es un dictador disfrazado.

Nuestra época la actual, en España, debería estar marcada por el pensamiento neoliberal. Tras el hundimiento de casi todos los sistemas socialistas y la creación del "capitalismo" totalitario en China, en la actualidad todo el mundo alaba los valores del individualismo, o sea, liberalismo, La palabra “liberal” tiene fuertes connotaciones en las discusiones políticas modernas. Muchas personas se auto-identifican como liberales en sus puntos de vista políticos, pero evitan tal etiqueta. Toda esta confusión se debe en parte a que las raíces históricas del Liberalismo han producido un sistema rico y diverso de ramas filosóficas. De hecho, muchas de estas ramas del Liberalismo destacan por ser opuestas entre sí en muchas cuestiones políticas y económicas. La palabra “liberal”  no refleja adecuadamente la definición de este concepto filosófico.

El Liberalismo fue el producto del pensamiento ilustrado. John Locke es considerado el padre del pensamiento político liberal, basado en su prolífica escritura acerca de los derechos naturales de los individuos, la separación entre Estado y religión, el contrato social y otros conceptos filosóficos – muchos de los cuales se incorporaron en las revoluciones democráticas que tuvieron lugar décadas después de su muerte. Lo cual hizo del Liberalismo un movimiento que facultaba el papel del individuo y desafiaba a las monarquías absolutas.

Liberaslismo

Sin embargo, a finales del siglo XIX y principios del XX , el Liberalismo pasó de ser una filosofía individualista a una que es más común en la naturaleza humana. Inspirándose en concepto utilitario de John Stuart Mill de proporcionar “la mayor felicidad para el mayor número de personas”, el Liberalismo trató de defender el “bien común”;  es decir, un sistema político y económico que maximiza el progreso social para el grupo en su conjunto y no para beneficiar a una porción de  individuos. Franklin D. Roosevelt es quien mejor encarna este valor con el “New Deal” en la década de 1930. Este cuerpo de legislación, produjo una infraestructura gubernamental a gran escala; que se caracterizó por proyectos de obras públicas, redes de seguridad social, el bienestar y las reformas de las instituciones financieras. Con el propósito de mitigar los efectos del individualismo desenfrenado que se asoció comúnmente con la Gran Depresión en 1929.

Hoy en día, la interpretación moderna del Liberalismo se asocia con causas de izquierda. Inspirándose en el New Deal, el pensamiento económico liberal faculta fuertemente a las instituciones públicas como medios para apoyar a las personas que se ven afectadas negativamente por los efectos externos - como la pobreza y la contaminación – del Capitalismo de libre mercado. En temas de los derechos políticos, el Liberalismo se esfuerza por asegurar las libertades civiles de los grupos minoritarios. 

Neoliberalismo

Durante las últimas décadas, una nueva forma de Liberalismo o más bien una reinterpretación del concepto original  surgió en la forma Neoliberalismo. No contentos con la falta de poder del Liberalismo moderno en favor del Estado, los filósofos neoliberales vuelven a los principios fundamentales que ofrece “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith. Considerado como uno de los ejes para el Capitalismo de libre mercado, Smith describe la necesidad de que la actividad económica humana sea impulsada por la “mano invisible” del mercado, en lugar de alguna institución gubernamental.

Para citar a John Smith: “Si todas las personas se esfuerzan tanto como pueden en emplear su capital en apoyo de la industria nacional, asimismo pueden dirigir esa industria para la cual su producto puede ser de gran valor. Cada individuo trabajaría necesariamente para hacer que los ingresos anuales de la sociedad sean tan grandes como puedan”.

Es decir, a los ojos del Neoliberalismo; permitir que los individuos sean libres de comerciar en los mercados sin restricciones produciría una mayor cantidad de riqueza y las condiciones necesarias para una sociedad opulenta.

El neoliberalismo, también es conocido como ”liberalismo clásico”; ya que toma prestado algunos principios filosóficos del siglo XVIII - se debe principalmente a una escuela de pensamiento económico. Puso de relieve la importancia de la desregulación de los mercados y la privatización de las instituciones públicas. La transición de esta filosofía de la economía a un movimiento político ha cobrado impulso en los últimos años con el aumento de Liberalismo en los Estados Unidos. Aunque los liberales modernos pueden ser equiparados con lo que se considera “conservadurismo moderno” (si bien esas ideas son liberales en algunas políticas económicas, están en total desacuerdo con las políticas que se relacionan con el papel del Estado en la vida privada de los ciudadanos); para ser más específicos, los derechos de los ciudadanos a casarse libremente, no pueden ser objeto de vigilancia del gobierno y la libertad para la compra y producción de sustancias prohibidas como la marihuana. Para esta corriente, el individuo es el verdadero árbitro de una sociedad libre; tanto en términos económicos como políticos.

Se supone que el individuo aislado es el protagonista de la vida económica, en la que desarrolla sus iniciativas, así como de la vida política, social y afectiva, en la que cada cual tiene derecho a desarrollarse y expresarse según sus necesidades. Se olvida sin embargo que los verdaderos protagonistas de todos los campos de la vida humana no son los individuos, sino las instituciones. El mercado está regido por las instituciones económicas (empresas, instituciones públicas e instituciones financieras), que son las que marcan las reglas del juego. Un inversor aislado puede mover su dinero en la Bolsa, pero esta es una institución que se rige por unos mecanismos específicos, y que puede ser manipulada no por los individuos aislados, sino por los grandes inversores institucionales, compradores básicos de las acciones y de la deuda pública.

El pensamiento neoliberal es una exaltación de lo que Macpherson llamó en 1962 la teoría política del individualismo posesivo. De acuerdo con esta teoría, desarrollada en el siglo XVIII, los derechos básicos del individuo serían la vida, la libertad y la propiedad, pero de modo tal que la propiedad a veces tendría prioridad sobre las otras dos. La defensa de la propiedad se consagró en Europa en los códigos penales, en los que las penas por los delitos contra ella eran cuantitativamente desproporcionadas en relación con los demás delitos. En la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, pequeños hurtos se castigaban con grandes penas, y el Imperio británico montó una colonia penal de la que nació Australia. Si los condenados hubiesen sido asesinos, violadores o psicópatas, sus descendientes probablemente hubieran generado una sociedad muy problemática. No fue así, y Australia llegó a ser un país muy civilizado porque sus padres fundadores solo habían cometido pequeños hurtos.

El olvido del papel de las instituciones es general en todos los campos. La vida política no la protagonizan los individuos aislados, sino los partidos, y todo el entramado de las instituciones públicas; la religión no es una relación personal de cada individuo con la divinidad, sino que está protagonizada por las diferentes iglesias.
Y lo mismo podríamos decir de las instituciones militares, judiciales? La antropóloga Mary Douglas dedicó todo un libro, titulado Cómo piensan las instituciones (1986), a reivindicar el papel esencial de las olvidadas instituciones. No solo existen y tienen unas reglas, sino que siempre están controladas por grupos de personas, ya sea para el bien de la mayoría o en perjuicio de la misma.

Existe una curiosa institución en España, la universidad pública, cuyo costo es superior a los 15.000 millones de euros anuales, en la que el individualismo posesivo está creciendo de una forma asombrosa. De acuerdo con él, profesores, investigadores y aspirantes a serlo se consideran protagonistas exclusivos de la vida institucional. 

Si se midiese las veces que muchos profesores utilizan el pronombre yo y los posesivos de primera persona, descubriríamos la importancia que le dan a su ego. Es normal oír cosas como: «La universidad está muy mal, pero a mí no me importa porque yo tengo lo mío»; «Yo tengo mis proyectos»; «Yo tengo un gran índice de citas»; «Porque mi currículo?». Estos protagonistas de la vida académica predican la guerra de todos contra todos y luchan por monopolizar los recursos de todo tipo que el Estado ofrece a sus instituciones. Podríamos decir que hay profesores que hasta padecen una especie de síndrome de Diógenes, porque si les dejasen se quedarían con todo: proyectos, plazas de investigador para sus grupos, plazas de profesor para sus asignaturas, aparatos, libros, y hasta edificios. El límite de su ambición solo lo frena la ambición de los demás. En contra de lo que pueda parecer, no existe un libre juego competitivo entre todos estos individualistas posesivos, porque, de la misma manera que el mercado lo controlan las instituciones, los juegos académicos de reparto de proyectos, medios y dotación de plazas forman parte de un entramado institucional que en el caso de la Universidad, como en el de todas las demás instituciones conocidas en la historia, está controlado por determinados grupos de personas, que son las que ejercen la autoridad y las que distribuyen los recursos. El problema no es que a las universidades las controlen grupos de personas, lo que es inevitable, sino que las controlen para el beneficio colectivo o para la creación de pequeñas oligarquías que van devorando a la institución, consolidándose como un grupo de poder que actúa como si fuesen propietarios de una empresa, que no existe porque es una institución pública, y de la que ellos no tiene el derecho de propiedad.

Las oligarquías están regidas por la ley de Michels, que afirma que para mantenerse en el poder necesitan ofrecer una cooptación limitada, es decir, que alguna gente pueda aspirar a integrarse en ellas. Pero solo unos pocos, porque de lo contrario dejarían de ser oligarquías. Sabemos que existen oligarquías financieras, económicas, militares, políticas y de todo tipo. El problema es que cuando grupos de funcionarios se convierten en una oligarquía dentro de una institución pública, esa institución va directamente camino del desastre entonando alabanzas al mercado, al emprendimiento y a la iniciativa que teóricamente permitiría a algunos hacerse ricos gracias al conocimiento y a sus conocidos.

Política económica de libre mercado.

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Milton Friedman, Premio Nobel de Economía

Es bastante frecuente que se  piense, equivocadamente, que quienes están a favor del libre mercado también están a favor de todo lo que hacen las grandes empresas. Nada podría alejarse más de la verdad.
Como alguien que cree en la búsqueda del interés propio en un sistema capitalista competitivo, no puedo culpar a un empresario que va a Washington y trata de conseguir privilegios especiales para su compañía. Ha sido contratado por los accionistas para que haga tanto dinero como pueda dentro de las reglas del juego; y si éstas son que hay que ir a Washington a buscar privilegios, no lo culpo por hacerlo. Échemos la culpa al resto de nosotros por ser tan tontos como para dejar que se salga con la suya.

Sí culpo a los empresarios, individuales y organizaciones, cuando a través de sus actividades políticas toman posiciones que no son en su mejor interés propio y tienen más bien el efecto de minar el apoyo a las empresas libres privadas. En ese respecto, los empresarios tienden a ser esquizofrénicos. Cuando se trata de sus propios negocios, tienen visión de muy largo plazo, pensando en el negocio dentro de cinco o diez años; pero cuando se meten a la esfera pública y empiezan a enredarse en los problemas de la política, tienden a ser bastante miopes.

El ejemplo más obvio es el proteccionismo. ¿Puede usted nombrar una industria norteamericana que se haya beneficiado de los aranceles y del proteccionismo? Alexander Hamilton, en su famoso reporte sobre los industriales, alaba en forma vehemente a Adam Smith a la vez que argumentaba que Estados Unidos era un caso especial con industrias jóvenes, incluyendo la del acero, que necesitaban ser protegidas. Después de 200 años, el acero sigue siendo protegido.

La banca comercial es otro ejemplo. Al final de la Segunda Guerra Mundial la banca comercial abarcaba aproximadamente la mitad del mercado de capitales, mientras que hoy tan sólo cubre más o menos un quinto. ¿Por qué se ha deteriorado? ¿Por qué es Londres el mercado financiero internacional, y no Nueva York?

La razón es el efecto a largo plazo de la insistencia de la industria bancaria de pedir favores gubernamentales especiales. En los inicios, bajo lo que se conocía como Regulación Q, el gobierno ponía un límite a las tasas de interés que los bancos podían pagar, incluyendo una al tipo cero de  interés sobre depósitos a la vista. Esta tasa impuesta por el gobierno motivó el surgimiento de fondos en el mercado de dinero, así como de otros substitutos y alternativas para los bancos. La industria bancaria apoyó consistentemente los tipos de cambio fijos. Cuando el dólar estuvo en problemas, el Presidente Johnson introdujo restricciones a los préstamos extranjeros y un impuesto para igualar los intereses. El resultado fue empujar la industria bancaria comercial hacia Londres. Ambas medidas hicieron que la industria pasara de ser el principal proveedor de crédito a ser un jugador menor. De nuevo, una política carente de visión.

Lo más obvio es el tipo de contribuciones por que optan las corporaciones. La industria petrolera contribuye a organizaciones conservacionistas que están tratando de reducir drásticamente el uso de petróleo; y la industria nuclear contribuye a organizaciones que apoyan alternativas a la energía nuclear. El Capital Research Center analizó las donaciones que hacen las grandes corporaciones a organizaciones de política pública, y encontró que las instituciones no lucrativas de izquierda reciben tres veces lo que reciben las instituciones no lucrativas de derecha.

¿Por qué han de decidir las corporaciones los propósitos caritativos del ingreso de sus accionistas? ¿Por qué no son los accionistas quienes deciden? ¿Y por qué es que la comunidad empresarial, en general, insiste tanto en apoyar a sus propios enemigos?

Ahora consideremos la educación. Como es sabido, desde hace mucho tiempo he estado a favor de la privatización de este sector por medio de un sistema de notas de crédito. Un argumento fuerte a favor de la privatización tiene que ver con los valores inculcados por nuestro sistema de educación pública.

Cualquier institución tiende a expresar sus propios valores y sus propias ideas; nuestro sistema de educación pública es una institución socialista. Una institución socialista enseñará valores socialistas, no los principios de la empresa privada. Eso no era tan malo cuando la educación primaria y secundaria estaba más dispersa, de manera que había mayor control local. Cuando yo me gradué de secundaria había 150,000 distritos escolares en los Estados Unidos. Hoy hay menos de 15,000 y la población es dos veces más grande.

¿Cuál ha sido la actitud de la comunidad empresarial frente a la educación? Miembros de la comunicad empresarial han estado muy conscientes del hecho de que las escuelas inculcan valores antagónicos al sistema privado de libre empresa; también están conscientes de que es difícil encontrar empleados con las habilidades apropiadas; pero, ¿han tratado de promover una industria educativa privada? Para nada. Su principal actividad ha constado en asignar a algunos de sus empleados para que den clases en escuelas públicas y en contribuir computadoras y otros artículos a escuelas públicas. No puedo culpar a un individuo por lo que hace, pero puedo pensar que es trágico que Walter Annenberg contribuyera cientos de millones de dólares a escuelas gubernamentales; no a colegios privados, sino a escuelas públicas. No había visto un solo movimiento en la comunidad empresarial en general, sino hasta hace muy poco, para tratar de promover un sistema educacional bajo el cual el consumidor, es decir padre e hijo, tenga una verdadera opción acerca de la escolaridad que el hijo ha de recibir.

Ahora llegamos a Silicon Valley y Microsoft. No voy a escribir sobre los aspectos técnicos de si Microsoft es culpable o no bajo las leyes antimonopolio; mis propios puntos de vista hacia este tipo de leyes han cambiado bastante con el tiempo. Cuando me inicié en este negocio, como creyente en la competencia, apoyaba las leyes antimonopolio, pues pensaba que hacerlas cumplir era una de las pocas cosas deseables que el gobierno podía hacer para promover más competencia. Pero a medida que vi lo que ocurrió, observé que estas leyes tendían a hacer exactamente lo opuesto, porque tendían, como muchas otras actividades gubernamentales, a ser controladas por la gente que supuestamente debían regular y controlar. De modo que con el tiempo he llegado gradualmente a la conclusión de que las leyes antimonopolio hacen mucho más mal que bien, y que estaríamos mejor si no las tuviéramos, si pudiéramos deshacernos de ellas. Pero, las tenemos.

Bajo estas circunstancias, dado que tenemos leyes antimonopolio, ¿está realmente en el interés propio de Silicon Valley poner al gobierno en contra de Microsoft? Su industria, la industria de la computación se mueve tanto más rápido que el proceso legal, que quién sabe cómo será la industria para cuando se resuelva esta demanda. Esto sin mencionar que la energía humana y el dinero que se gastará contratando a mis colegas economistas, y de otras maneras, sería mucho mejor empleado productivamente, mejorando sus productos. ¡Es un desperdicio! Pero más allá de esto, se arrepentirán del día en que llamaron al gobierno. De ahora en adelante la industria de la informática, que hasta ahora había tenido la suerte de estar relativamente libre de la intromisión gubernamental, experimentará un continuo crecimiento de la regulación gubernamental. La legislación antimonopolio pronto se convierte en regulación. Este es otro caso que, para mí, ejemplifica el impulso suicida de la comunidad empresarial.

Ahora llego a la parte difícil: ¿Por qué existe este impulso suicida? ¿Por qué se comporta así la gente de negocios? Espero que ustedes piensen al respecto y traten de encontrar una respuesta. Yo les daré algunas sugerencias, pero ninguna de ellas me parece una explicación adecuada. Una de las razones la señaló hace más de un siglo un hombre ejemplar, el General Francis A. Walker, profesor de Yale y luego presidente de M.I.T. Él escribió:
Pocos son tan presuntuosos como para disputar a un químico o a un mecánico en temas relacionados con la disciplina de su vida, pero casi cualquier hombre que sabe leer y escribir se siente con la libertad de formar y mantener opiniones propias acerca del comercio y del dinero. (...) La literatura económica de todo año subsiguiente acepta obras concebidas en el verdadero espíritu científico, así como obras que exhiben la ignorancia más vulgar de la historia económica y el mayor desprecio por las condiciones de la investigación económica. Es muy similar a si se colocara la astrología a la par de la astronomía o a la alquimia al lado de la química.

Cuando se trata de economía, todo el mundo es un experto que casi siempre se equivoca y los ejecutivos de negocios no son la excepción.

La economía de Europa Latina asusta al miedo. L'économie de l'Europe latine fait peur peur. L'economia di Europa latina spaventa paura.

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Recuerdo que a finales de 2011 y 2012, cuando a las dificultades y problemas le llamaban crisis, los medios de comunicación nos inundaban de datos macroeconómicos  que por supuesto ni antes ni ahora eran ciertos o, al menos,  próximos a la realidad. Sin. Al unísono,  todo el mundo tuvo que especializarse en los nuevos conceptos y porcentajes que anunciaban el apocalipsis. ¡¡La prima de riesgo¡¡ antes era un referente de escasa o nula referencia, ni más ni menos que como en la actualidad. El paro aumentaba el 2 % y media España entraba en riesgo de exclusión. El interés del bono a 10 años subía el 0,3 % y el rescate se hacía inevitable. El índice de morosidad crecía el 1 % y la inversión extranjera huía despavorida. Los comentaristas le cogieron afición a la catástrofe. Y todos aprovechaban la última décima de cualquier indicador para anunciar que «este país» -que además de su dignidad había perdido su nombre- era la vergüenza hispana.

Todos, todo el mundo añadía crisis a la crisis, pero fueros unos cuantos economistas desvergonzados quienes más cosecharon de la crisis. Por  primera vez en la historia se abría el circo de la mentira televisada donde utilizaban términos y cifras más propias de charlatán que de docto en la materia. Aquí, cualquiera censuraba o alababa a Adam Smith, a  Karl Marx, a John Maynard Keynes, a  François Quesnay, a Milton Friedman….y hasta enterraban vivo al euro cuando, realmente, muerto está ahora.

Esta mañana me crispaba la teutona, Merkel, -Hitler se quiso adueñar de Europa con la explosión de las bombas y “esta”, la Merkel, con la explosión de las economías-. Decía, amenazaba con expulsar a Grecia, que ya es suya, si votaban a Syriza –ya lo ha dado a entender con Podemos- ¡Coño¡ si quieres expulsar a los griegos por la nefasta gestión económica de se gobierno ¿Por qué no dejas que sea el pueblo quien vote…..? ¡¡Democracia de mierda¡¡ Con  los mandos gubernamentales actuales, ni se cobrará la deuda de Grecia ni, por descontado, la España. Rajoy es menos tonto de lo que parece y su ardilla numérica, Montoro es más malo que tonto. En 2012, cuando veían que todo se les venía encima, cambiaron los parámetros que conforman los índices de medición…. En la actualidad, España, está bastante “peor” que en 2012.


No seré yo quien diga que Rajoy tiene una pizca de mérito en este nuevo escenario, entre otras cosas, porque no tendría sentido de la realidad. Pero, si es cierto que está destapando una inédita especialidad de la Economía Política cuya esencia consiste en decir y demostrar que los mismos datos e indicadores que antes eran inapelables, en el año 2015 ya no sirven para nada, no dicen lo que parece, y siempre deben ser cotejados con una realidad intuitiva que, sin declararlos falsos, desmiente sus mensajes y nos mantiene en la puta miseria. ¡Que baja la prima de riesgo! Un espejismo. ¡Que aumenta el empleo! Porque los contratos son basura. ¡Que España crece a la cabeza de Europa! Los desajustes siguen ahí y amenazan el futuro. ¡Que sube el consumo! Son los ricos, que ya no tienen más sitio para los billetes de quinientos. ¡Que bajan el petróleo, el coste de la deuda, las hipotecas, el coste de la vida y los ERE! Son indicadores de una crisis antitética que se está forjando en Rusia, Venezuela y Brasil y que España no podrá afrontar. ¡Que regresa la emigración! Son refugiados que huyen de la guerra y aceptan nuestra miserable sociedad a cambio de la vida. ¡Que todos los expertos de la economía real son optimistas! Quieren seguir royendo los huesos de los pobres. Porque cuando alguien ha decidido que somos un desastre las cifras y los indicadores no sirven para nada. Y porque las elecciones están a la vuelta de la esquina.

Carta póstuma de Adam Smith a los capitalistas del mundo


Adam Smtith

Smith que no tiene correo o no hay cobertura donde, eternamente, vive y se pregunta:
¿Qué ha sido de mi amado capitalismo? Se tambalean los países, la rabia, las protestas se multiplican por la carencia de empleo o puestos de trabajo, los déficits son atronadores, por tanto,  las virtudes del capitalismo están cuestionadas. Sobre la base de unos pocos cientos de años observando, tengo   nuevas ideas sobre como sostener el sistema para unos pocos cientos de años más, o al menos hacerlo mejor en 2012 que se hizo 2011.

Me complace ver como el capitalismo ha aniquilado al comunismo y, por descontado, ha humillado al socialismo en, prácticamente, todo el mundo. Es paradigmático ver, a tanto Kilómetros de altura,  como los mayores capitalistas  son, irónicamente, de los países donde el comunismo y el socialismo eran la base del régimen donde se acaudalaron. Ahora creo que le llaman mercados emergentes. ¿Recordáis cuando os lo dije?

Este triunfo se ha producido debido a la mayor fortaleza del capitalismo - la actividad económica productiva - ha logrado crear más oportunidades para más personas en detrimento del individuo. Y con más riqueza, miles de millones de personas de  clase media tienen garantizadas sus necesidades básicas y la educación de sus hijos. Base esta, que les garantiza una jubilación digna.
Hasta aquí, es la parte buena.
Lo que no es tan bueno o mejor dicho malo, es que el capitalismo tiene que funcionar a la perfección para justificar su presencia, no olvidemos que tenemos más, porque aminoramos a otros. Yo nunca dije que lo haría. Sólo dije que, el capitalismo, era la mejor de las alternativas posibles, como Winston Churchill dijo la famosa frase: “La democracia es el peor de los sistemas de Gobierno”

Nunca dude que, el capitalismo, tenía defectos de principios, por falta de moralidad agravados por la avaricia y el egoísmo, o sea, exuberancia y ya, ya los tenemos encima. La primera es que la exuberancia sin límites sobre la creación de riqueza, produce auges insostenibles y  accidentes inevitables, o lo que es igual, crisis. La recesión, impulsada por el crédito barato, es un perfecto ejemplo del óvulo que originará el derribo de la economía.

La segunda es la desigualdad que se produce cuando la carga hacia la creación de riqueza deja atrás a los menos capaces (en la mayoría de los casos por causas ajenas a ellos) para adaptarse o para competir con los cargadores duro. La disparidad de ingresos en muchos países ricos se encuentra ahora en su mayor nivel desde que salí de la escena  y ni era tan maravilloso antes, ni ahora.

Aunque no existe una cura simple de las dos grandes fallas del capitalismo, esto es lo que yo haría en el 2012, para que el sistema deje de hacer aguas y se tapen muchas vías;  modulando  las disparidades de ingresos, dicho de otra forma, “bajando sueldos para ser competitivos a la hora de exportar”

1. Mantener el Euro y la Unión Europea. El buen funcionamiento  de la UE , la más grande del mundo unidad,  es esencial para la prosperidad global. Los mayores países que usan el euro e incluso los que están fuera de la zona euro o los que dependen de una próspera de la UE tienen que poner todo lo que puedan y algo más para salvar el euro. Si no lo hacen, el dolor y el coste será mayor en el futuro y los de más escasos recursos serán los más afectados, si el euro desaparece.

2. Controlar la deuda de USA y su déficit. Fue grande mi sorpresa, cuando el comité federal no logró llegar a un acuerdo para evitar que la deuda acumulada arrollase al déficit. Pero ojo, los americanos siempre tienen una cata guardad en la chistera y no, precisamente,  como la de zapatero. No se cuando pero en algún momento del 2012m los mercados van a despertar y decir: "¡No! No podemos esperar hasta después de las elecciones presidenciales para solucionar este problema. "El gobierno de Obama y el Congreso tienen que admitir la deuda acumulada e improvisar el reajuste que, dicho sea de paso,  los paganos vamos a ser todos menos ellos. De lo contrario, al igual que en Europa, las soluciones de los mercados será muy dura y desproporcionada para las clases media  y  esto ni es aceptable, ni  bueno para el capitalismo.

Goya, los fusilamientos del 3 de Mayo.
3. Integración de los mercados. El mundo necesita reconocer que el centro del capitalismo se está desplazando hacia los mercados emergentes  donde el mayor  crecimiento será, precisamente,  en 2012. Sin embargo, China, India y Brasil,  entre otros, deben estar plenamente integrados en la toma de decisiones  de la económica global del proceso. Si no es así,  sus economías emergentes se verían dañadas por falta de compradores; si aquello de economía de mercado libre. Una vez más, este lío afectará más a los pobres que los ricos, De modo que  gran parte del despilfarro lo van a pagar los emergentes.

4. Educar. Educar. Educar. Tal vez la mayor causa de la desigualdad de ingresos es el pésimo estado de la educación primaria y secundaria. La falta de correspondencia entre ofertas de trabajo y candidatos cualificados es cada vez mayor, lo que conduce a la reducción de la actividad económica, un mayor sentido de la disparidad entre los ricos y los pobres y el malestar social. Para abordar estas cuestiones, los gobiernos deben aceptar la reforma, garantizar una financiación eficaz y asignar recursos de manera más eficiente. 

 Aunque ha pasado mucho tiempo desde la última vez poner sobre el papel, mi fe en el capitalismo es firme. Los problemas que enfrentan - ahorro de la UE, la fijación del presupuesto de los EE.UU, dando la bienvenida naciones surgieron como socios de pleno derecho y hacer de la educación una prioridad real, son los grandes desafíos que deben abordarse ahora.
No hay otra forma de seguir generando riqueza a todas las naciones y personas, solo eso, es lo que el  capitalismo  necesita para prosperar.

"Bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre. Bajo el comunismo, es justo la frase al revés.