Comentando una forma de vivir creativa y pasional, la textura es de rabia y emotividad, hay desesperación y un poco de ansiedad. ¡¡BASTA YA¡¡.
Juan Pardo Navarro
La filosofía ha desertado de su misión de proponer un relato totalizador a la sociedad.
La Universidad se ha quedado sin iniciativa.
La orfandad teórica ha permutado en la historia o la crítica a la modernidad.
De
izda. a dcha. y de arriba abajo: Nietzsche, Platón, Aristóteles, Gianni
Vattimo, Walter Benjamin, Immanuel Kant, Julia Kristeva y Martha
Nussbaum. FERNANDO VICENTE
Este artículo no es un artículo sino un telegrama que mando a los
lectores. No caeré en la tentación de agotar el limitado espacio
disponible con nombres de filósofos y títulos de libros. Citaré sólo
unos pocos para ilustrar la tesis principal. Y no mencionaré a los
españoles porque a todos me los encuentro en el ascensor. Y no porque
hubiera decir de ellos cosas poco amables. Todo lo contrario: es una
desconcertante paradoja que la ausencia de gran filosofía coincida en el
tiempo con la generación de profesores de filosofía más competente,
culta y cosmopolita que ha existido nunca, al menos en España, y yo ante
ellos, de los que tanto he aprendido, me descubro con admiración. En
todo caso temería encontrarme en el ascensor sólo a los no citados.
1 La
misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La
gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la
realidad, de sociedad justa, de belleza, de individuo.
En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia),
un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su
maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles
introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo
cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre;
Heidegger, el Dasein originario
o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia
de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia
individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los
filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal
y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos
perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los
aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.
La filosofía se asemeja a la ciencia en que, como ésta, su instrumento
de trabajo son los conceptos. Pero los conceptos de las ciencias
empíricas son verificados en los laboratorios o los experimentos. En
cambio, nadie ha verificado nunca las proposiciones filosóficas de
Platón. Si volvemos a Platón una y otra vez no se debe a que la verdad
de su filosofía haya sido validada empíricamente sino a que su lectura
sigue siendo de algún modo significativa. En esto la filosofía se
hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba
explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de
convencer, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se
diferencia del literato que usa con habilidad los recursos retóricos
para mover al lector y captar su asentimiento. De ahí que, en la
abrumadora mayoría de los casos, la gran filosofía, pensadora del ideal
en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a
la forma. El filósofo es sobre todo, como el novelista, el creador de un
lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las
que manufactura un relato veraz —aunque inverificable— para el lector.
El filósofo produce textos que han de persuadir, de seducir, y en este punto, no se diferencia en nada del literato
Esta función retórica de la filosofía es algo que, por desgracia, ha ido
echando al olvido la filosofía contemporánea acaso por el vano achaque
de querer parecerse a la ciencia. Los dos últimos libros de filosofía
realmente influyentes, Teoría de la justicia de Rawls (1971) y Teoría de la accióncomunicativa de
Habermas (1981), son ambos piezas literariamente muy negligentes,
áridas, técnicas, secas y demasiado prolijas, que reclaman un lector
especializado y muy paciente dispuesto a acompañar al autor en todos los
tediosos meandros intermedios que preceden a las conclusiones,
ciertamente susceptibles de ser presentadas con mayor claridad, brevedad
y atractivo. Lejos quedan los tiempos en que los filósofos —Russell,
Sartre— merecían el premio Nobel de Literatura.
2 Un
genuino ideal aspira a ser una oferta de sentido unitaria, intemporal,
universal y normativa. Ha de componer una síntesis feliz a partir de
muchos elementos heterogéneos y aun contrapuestos. Además, debería estar
dotado de intemporalidad y universalidad porque, aunque nacido en un
contexto histórico concreto, siempre pretende tener validez para todos
los casos y todos los momentos, por mucho que inevitablemente de facto quede
relativizado por otros posteriores de signo opuesto. Por último, el
ideal no describe la realidad tal como es —ése es el cometido de las
ciencias— sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los
ciudadanos que reconocen en esa perfección algo de una naturaleza que
es ya la suya pero a la vez más hermosa y más noble, como una versión
superior de lo humano que despierta en quien la contempla un deseo
natural de emulación. Que la realidad ignore la realización efectiva de
un ideal en cuestión no desmiente la excelencia de éste sino sólo su
falta de éxito histórico-social por razones que pueden ser
circunstanciales.
La tesis aquí defendida dice que, en los últimos treinta años, la
filosofía contemporánea ha desertado de su misión de proponer un ideal a
la sociedad de su tiempo, el ciudadano de la época democrática de la
cultura. La institución que durante varios siglos había sido la casa de
la gran filosofía, la universidad, se ha quedado sin iniciativa en estos
tres últimos decenios. La esplendorosa universidad alemana, otrora a la
vanguardia del pensamiento europeo y fuente incesante de nuevos
sistemas filosóficos, ha dado muestras preocupantes de pérdida de
creatividad. La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana
se ha apagado y ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento,
cultivados por esos mismos académicos doblados de divulgadores o por
periodistas y profesionales que escriben sobre temas de actualidad
económica, política, social, moral o sentimental, oportunamente
confeccionados para complacer la curiosidad de un público mayoritario,
no versado, en una alianza consumada hace poco entre el ensayo
generalista y la industria editorial, dispuesta a explotar a escala
global la demanda de un mercado de lectores potencialmente amplio. En
esto, como en otras cosas relacionadas con la mercantilización de la
cultura, la industria editorial de Estados Unidos ha sido pionera y
extraordinariamente potente; allí es aún más marcada que en Europa la
separación entre la sociedad y la universidad, la cual, replegada en su
campus, propende al especialismo extremo. Por lo que a la filosofía se
refiere, la academia norteamericana estuvo tradicionalmente dominada por
la escuela del pragmatismo heredero de William James, por el
positivismo analítico después y en el último cuarto de siglo —en un giro
que denunció Allan Bloom en su resonante The Closing of American Mind(1987)— por el posestructuralismo y los cultural studies, alérgicos de suyo a la gran teoría humanista, integradora y universal que, entre unos y otros, permanece hoy sin dueño.
La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana ha sido sustituida por ensayos
de entretenimiento
3 En
ausencia de gran filosofía, lo que con el nombre de filosofía
encontramos en estos últimos treinta años se compone de una variedad de
formas menores que serían estimables y aun encomiables si acompañaran a
la forma mayor pero que, sin el marco comprensivo general que sólo ésta
suministra, acusan la insuficiencia de dicha orfandad teórica.
La primera de estas formas se hallaría representada por la filosofía que
hoy se practica mayoritariamente en la universidad, donde la filosofía
se permuta por historia de la filosofía. Una filosofía indirecta,
mediada por una tradición filosófica reverenciada y al mismo tiempo
puesta del revés. Richard Rorty, Charles Taylor o Hans Blumenberg, tan
distintos entre sí, representan la mejor versión de este modo vicario de
filosofar. Es filosofía, incluso buena filosofía, pero no gran
filosofía porque carece de intención propositiva, abarcadora y
normativa, de una imagen del mundo completa y unitaria. En el ámbito
académico se aprecia una resistencia, casi una negación de legitimidad, a
enfrentarse a la objetividad del mundo directa y autónomamente, como
hicieron los clásicos del pensamiento, sino sólo, precisamente, a través
de una reinterpretación de esos mismos clásicos. Pensar es haber
pensado. Todo está ya escrito, nada realmente nuevo cabe decir. No se
trata ya de hablar de la vida, sino sólo de libros que hablaron de la
vida: Marx, Nietzsche, Freud o Walter Benjamin.
Esta aproximación revisionista se torna programa en el
“posestructuralismo”: la deconstrucción de Derrida, las arqueologías de
Foucault, los retornos de Deleuze a Spinoza, Nietzsche o Bergson, o esa
revolución poética que para Kristeva rompe la aparente unidad del
pensamiento, entre otros nombres posibles, abrieron camino para una
multitud de posteriores hermenéuticas del pasado que hoy llenan los
anaqueles de las bibliotecas universitarias —tanto como escasean en las
bibliotecas de las casas particulares, en parte porque parecen escritas
en “gíglico”, el lenguaje inventado por Cortázar para Rayuela—
y cuya originalidad reside en la constante revisión de la tradición
filosófica desde el punto de vista de la lingüística, el psicoanálisis,
el lacanismo, el marxismo, la crítica literaria, el feminismo o el
poscolonialismo. Un exponente de este método híbrido, animado con
ingredientes histriónicos que le han granjeado el buscado éxito
mediático, sería la obra de Slavoj Zizek. Sin desdeñar esos mismos
ingredientes, pero con mayor aliento filosófico, cabría emplazar aquí la
abundante bibliografía de Peter Sloterdijk.
La consciencia nos hace libres, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general
Cercana a esta forma de filosofía y a veces indistinguible de ella
estaría esa literatura, hoy todo un género, que pronuncia una solemne
sentencia condenatoria contra la modernidad en su conjunto. Como es
evidente que la sociedad democrática, al menos en el último medio siglo,
ha proporcionado dignidad y prosperidad al ciudadano sin parangón con
tiempos anteriores, la actual filosofía hermenéutica heredera de
Nietzsche-Heidegger, por un lado, o aquella de raíz marxista en la
estela de Dialéctica de la Ilustración de Adorno-Horkheimer, Marcuse y
la Escuela de Frankfurt, por otro, creen adivinar unos fundamentos
ideológicos ocultos que estarían alienando taimadamente al ciudadano sin
que éste lo supiera y, contra todas las apariencias, restituyéndolo a
la antigua condición de súbdito. El Holocausto judío es traído al centro
de la meditación filosófica como prueba del fracaso definitivo del
proyecto moderno y hay quien como Giorgio Agamben —en su trilogía Homo sacer—
se atreve incluso a proponer el campo de concentración nazi como
paradigma del espíritu de las democracias contemporáneas. En el delta de
esta impugnación total de la modernidad desembocan por igual, afluentes
procedentes de la derecha y la izquierda, hermeneutas como Gianni
Vattimo, fundador del “pensamiento débil”, y críticos posmarxistas de
las ideologías como Antonio Negri, autor (con M. Hardt) de Imperio (2000).
No raramente, la crítica a la modernidad adopta la modalidad de
denuncia de un sistema capitalista que convertiría al ciudadano en
consumidor enajenado, mayormente por culpa de las multinacionales, cuyas
estrategias de dominación analiza Naomi Klein en No logo (2000).
Escritos antisistema del prestigioso lingüista Noam Chomsky alimentan
de contenido panfletos y libelos producidos por activistas y movimientos
antiglobalización, algunos de gran difusión.
A falta de un marco general, la filosofía echa mano ahora de esos
socorridos “análisis de tendencias culturales” que nos explican no cómo
debemos ser (ideal) sino cómo somos, las más de las veces expresado con
un matiz reprobatorio: somos una sociedad-líquida (Zygmunt Bauman) o una
sociedad-riesgo (Ulrich Beck). Por la misma razón, la filosofía ha
experimentado recientemente un “giro aplicado”, uno de cuyos iniciadores
fue el filósofo animalista Peter Singer. Ese giro supone el esfuerzo
por determinar unas reglas éticas para sectores específicos de la
realidad como el mercado (ética de la empresa), el cuerpo (bioética), el
cerebro (neuroética), los límites de la ciencia y la tecnología, los
animales o la naturaleza. En los últimos años la filosofía práctica ha
disfrutado de mucha más atención general que la hermenéutica heredera de
Gadamer y ha suscitado amplios debates entre los que destaca la
contestación al liberalismo por el comunitarismo de las costumbres
(Sandel, MacIntyre) y por el republicanismo de la virtud (Pocock,
Pettit). Uno de los principales continuadores de Habermas ha sido Axel
Honneth y su La lucha por el reconocimiento (1992);
también a Rawls le han salido muchas secuelas, siendo una de las
últimas el “enfoque de las capacidades” desarrollado por la polígrafa
Martha Nussbaum, quien asimismo ha contribuido a los estudios feministas
y posfeministas que filósofas como Nancy Fraser, Seyla Benhabib o
Judith Butler han llevado a una segunda madurez.
El vacío dejado por la gran filosofía y por sus propuestas de sentido
para la experiencia individual es llenado ahora por ensayos de corte
existencialista de un estilo muy francés: Luc
Ferry, Lipovetsky, Finkielkraut, Onfray, Comte-Sponville. En una línea
cercana, pero degradada, reclaman la atención de los lectores usurpando a
veces el nombre de filosofía títulos de sabiduría oriental, libros de
autoayuda que recomiendan positividad para superar las adversidades y
recetarios voluntaristas emanados por las escuelas de negocio.
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido, a veces, en nombre de una utopía
4 La
tesis era que en estos últimos treinta años no ha habido gran filosofía
por la deserción de su misión histórica consistente en proponer un
ideal. Varios factores culturales parecen haber conspirado para causar
este resultado deficitario.
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se
han cometido con harta frecuencia en nombre de una utopía, como señaló
con énfasis Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, lo cual ha inoculado al hombre actual esa insuperable alergia hacia lo utópico que destila Günther Anders en La obsolescencia del hombre. Por otro lado, la condición posmoderna sospecha de los llamados grands récits que
se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico
indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que
el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno,
posestructuralista, poshistórico, posnacional, posindustrial) incluye
también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio
exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la
complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se
deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su
parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso
cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados
libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la
imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo.
La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien
hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué
lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo
fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado!
con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann.
Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre
los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del
conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus
delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función,
por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La
hipercrítica es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y
fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el
ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a
conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta
ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun
antes de definirlo.
Si, tras este hiato de treinta años, la filosofía quiere recuperarse
como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico
para el hombre democrático… y hacerlo además con buen estilo.
La política siempre ha traído en desgracia al ser humano Sólo la filosofía de la vida con amor la ha derrotado....
Cualquier artículo que en su
contenido incluya el término “corrupción” en su título de cualquier libro, ya
tiene ganado medio ojeo, no por lo interesante, sino por lo repugnante. Tenida
en cuenta de que las conciencias se
precipitan a la agitación nada más activar el resorte, esto es, al encadenar
las doce letras sagradas: corrupción. Pero que nadie espere encontrar en el
libro del que se ocupa esta reseña ningún libelo revolucionario ni tan siquiera
invitaciones más o menos directas a la desobediencia civil. Se trata, más bien,
de un manual clásico de filosofía política en el que se han compendiado, a modo
de antología, algunos de los textos utilizados por los clásicos para referirse
al poder, a sus límites y al tan actual fenómeno de la corrupción.
No es tarea fácil vestir de
guapa poner a la filosofía política a fin de convertirla en atractiva para el
gran público, pero el profesor Bonete lo ha conseguido. La principal arma de la
que se sirve a tal efecto no es sino la de abordar el poder como un ejercicio
personal, como el comportamiento de los sujetos que toman decisiones. El autor
se pregunta: “¿Es posible una ética del poder? Sí. ¿Dónde puede encontrarse? En
las reflexiones de los clásicos. ¿Para que sirve? Para revisar el actual
sistema democrático, la práctica de la política”.
La dialéctica entre política
y ética sólo preocupa al político cuando éste reconoce la existencia de “un
tribunal situado por encima de los poderes seculares en lucha”, ya sea un Dios
o una conciencia moral vinculada a una ética racional. La moral de procedencia
divina y la de procedencia racional representan el haz y el envés de un mismo
imperativo moral. A partir de esta aseveración, el autor nos pasea por una
galería de textos clásicos que ilustran la evolución ética de la política: de
la racionalidad metafísica de los autores precristianos a la teología política;
posteriormente, tras el giro copernicano impulsado por Machiavelo, Bonete pone
el foco sobre las aportaciones de los filósofos modernos, particularmente sobre
las del cuarteto formado por Hobbes, Kant, Hegel y Weber.
Al deshacerse Machiavelo de
la moral cristiana, el ejercicio del poder político queda al albur de los
intereses del gobernante de turno. Apoyados en este nihilismo moral, los
filósofos de la modernidad se proponen descifrar una moral nueva, distinta de
la cristiana y de raíces meramente humanas, que discipline el ejercicio del
poder. Según Hobbes en el Leviatán, la moral no es la que debe impulsar el
comportamiento del gobernante, sino que ésta es absorbida por la política; “no
existen criterios morales y legales desde los cuales censurar el comportamiento
del gobernante”. No obstante, para garantizar una adecuada praxis, el pensador
inglés establece tres criterios conformadores de su ética de mínimos: equidad:
“un soberano está tan sujeto como el más humilde individuo del pueblo”;
transparencia: el soberano debe promulgar “buenas leyes”, necesarias y claras;
y receptividad: el soberano debe mostrarse atento a las voces de los consejeros
y también del pueblo.
A finales del siglo XVIII,
el provinciano universal de Köninsberg sentencia en La paz perpetua que “la
verdadera política no puede dar un paso sin haber antes rendido pleitesía a la
moral”. Immanuel Kant se propone domeñar las tendencias corruptas del político
con el eficaz ronzal de la dignidad humana: “obra de tal modo que uses la
humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre
como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio”. Kant entierra los
criterios mínimos establecidos por Thomas Hobbes y levanta sobre ellos una
ética totalizadora y propositiva basada en la conciencia racional de la propia
dignidad del individuo. Para Kant, “la posesión del poder daña inevitablemente
el juicio de la razón”, y por ello recomendaba a reyes y príncipes que dejasen
hablar con libertad a los filósofos.
La moral kantiana, que
aspiraba a agotar en sus postulados la eterna dialéctica entre la ética y la
política, entra en crisis y exige una redimensión de sus exigencias en el siglo
XIX. Las individualidades desaparecen. Hegel defiende la superación de la
moralidad personal por las grandes hazañas políticas -“el espíritu del pueblo”-
y sus poquísimos criterios morales aparecen solamente insinuados, empero,
afirma que “el gran político será aquel que sabe orientar sus decisiones hacia
el fomento de la libertad, núcleo de la conciencia principal que de sí mismo
posee todo pueblo maduro, y expresión suprema de la realización del espíritu”.
¿Y la corrupción? Gracias a Hegel, ésta de ser una tendencia pasional
desordenada para convertirse en instrumento para la realización de lo
universal. Hegel formula una concepción preterintencional de los intereses
particulares ya que, anhelando satisfacer sus propios intereses, los políticos
producen realidades superiores a sus intenciones.
Otra buena muestra de la
importancia que para los filósofos ha revestido desde siempre el fenómeno de la
corrupción la encontramos en La política como vocación y corre a cargo del
sociólogo alemán Max Weber, quien reivindica el gobierno de los económicamente
autosuficientes. Incide, por otra parte, en una distinción muy actual: el político
que vive de la política o para la política, siendo capital en tan célebre
distinción el criterio de la servicialidad. Esta vocación de servicio puede
fundamentarse en las propias convicciones del político o en el sentido de la
responsabilidad, si bien “todo hombre público con verdadera vocación y entrega
debe tener siempre presente que las responsabilidades y las convicciones son
elementos complementarios del ejercicio del poder”.
Quien escribe estas líneas
no ha pretendido en absoluto acometer de manera exhaustiva una descripción
resumida de cada uno de los autores tratados, pues esto nos llevaría a comentar
textos de Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham, Marx, Stuart Mill, Bakunin,
Hannah Arendt, Carl Schmitt, Ortega, Rawls, Berlin, Popper o Habermas. El
propósito de la reseña no es otro que el de incitar al lector a atreverse con
una antología que trata de “desempolvar y abrir las mejores páginas de
intelectuales y sabios para que sus voces, libres y críticas, pronunciadas
desde lejanos siglos o decenios, resuenen todavía con fuerza en las conciencias
de quienes, por méritos o sin ellos, nos parezca bien o mal, son hoy en España
y en Europa nuestros representantes y gobernantes”. La lectura de este libro
aprovecha sobremanera, aunque sólo sea para cerciorarse de que en materia de
corrupción, como en materia de casi todo, desde Sodoma está todo inventado. Que
le pregunten si no a la mujer de Lot.
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Desde el interior de las
ciencias humanas la sociología es un fenómeno contemporáneo y específicamente
francés. No es extraño que haya sido en Francia donde se produjeron las
primeras manifestaciones de sistematización política, fenómeno del cual Marx en
el siglo XIX sirvió de base a lo que sería la teoría materialista de la
historia. La sociología como ciencia de la sociedad y ciencia histórica por
antonomasia, y lo digo por aquellos retrógrados que piensan que las ciencias
sociales y humanas están inconexas y que el historiador, el sociólogo, el
economista, el antropólogo y el filósofo tienen discursos sobre la realidad
totalmente en las antípodas de aquello que el padre Teilhard de Chardin llamaba
“el fenómeno humano”. Aunque la ciencia histórica es más rigurosa en términos
epistémicos, esto está determinado por los niveles ontológicos de saber social.
La sociología es más joven en sus planteamientos epistemológicos y
metodológicos, de forma tardía Emile Durkheim y Max Weber (clásicos duros de la
sociología) crearon los supuestos metodológicos que caracterizan a la
sociología como ciencia fáctica o ciencia de hechos, sin emular los postulados
de la ciencia experimental-
El historicismo alemán con
Wilhem Dilthey insistió en el carácter autónomo que deberían tener las ciencias
humanas coincidiendo con el historicismo marxista (Lukács, y Gramsci desde los
cuadernos de la cárcel). El historicismo supedita la subjetividad del hombre, a
los designios del progreso, la teleología y la escatología, en términos
sencillos el historicismo es una bifurcación entre la sociedad y el mundo
natural, es decir el entorno en donde la conciencia histórica se desarrolla. En
estos temimos de maduración temática, surge la sociología política o del
fenómeno político, a pesar de lo que dice el profesor, Norberto Bobbio, fue
Marx el fundador de una sociología política aunque de forma esbozada antes que
Max weber iniciara sus aportes sobre el fenómeno del poder.
En Marx hay una filosofía y
una sociología política, es decir una especulación sobre el fenómeno del poder
en términos generales, que es el poder en términos metafísicos, antes de su
caracterización sociológica, es decir concreta. Marx es sociólogo en la medida
de que comienza hacer una –deconstrucción- de la sociedad burguesa y sus
interrelación y contradicción inherentes. El análisis de las clases sociales en
Marx es un tema que no desarrolló y que murió antes de dar su concepto de
clases sociales en el último capítulo del capital. De la lucha entre capital y
trabajo se desprende una contradicción entre explotadores y explotados, la
extracción de plusvalía por parte de la clase empresarial a la clase obrera,
cuestión de donde Marx creará su teoría de la explotación, la teoría de la
plusvalía y su teoría del valor-trabajo. El valor de la cosas (mercancías) está
determinado por el tiempo socialmente necesario para su producción, y el precio
de las cosas está determinado por los vaivenes del mercado no por cuestiones subjetivas
como aseveró la teoría Marginalista (teoría subjetiva del valor). La teoría
marxista del Estado será otro de los aportes al surgimiento de una sociología
política, el Estado es para Marx una empresa que tendrá un carácter de clase,
el Estado es un fenómeno coercitivo que regula las contradicciones en la
sociedad (F. Engels) cuestión que van sintonía con las aspiración de la
pluralidad de la democracia representativa que la burguesía decimonónica
propondría como solución para resolver las contradicciones entre capital y
trabajo, entre movimiento obrero y burguesía.
Max Weber será otro intento
de crear una sociología del poder y la coerción política, para weber la
política será una actividad reguladora de la vida social, para weber el poder
es coerción por antonomasia, es excluyente, lo es porque se forja al calor de
la contradicción social entre los diferentes grupos que configuran una sociedad
concreta.
Maurice Duverger insiste en
que la sociología política compite con la ciencia política y la filosofía
política por el lugar de la interpretación en el cosmos científico, y su rango
como disciplinas autónomas. La sociología política fue por mucho tiempo
análisis del fenómeno estatal concepción que es totalmente hegeliana y pasó de
ahí al análisis marxista. La sociología política pasará a ser análisis del
Estado al análisis del poder, es decir ciencia del fenómeno del poder.
En el caso del profesor
Duverger la sociología política ha sido análisis constante de los sistemas
políticos, los orígenes y problemas de los partidos políticos continuando los
análisis de Robert Michels en Alemania, de la élite gobernante de Gaetano Mosca
en Italia y Wilfredo Pareto sobre las tendencias oligárquicas en el seno de
todo grupo humano.
Giovanni Sartori un experto
y erudito autor de muchos textos sobre la democracia ha dado mucho que hablar
junto con el profesor italiano Norberto Bobbio, Sartori ha creado una muy
refinada teoría elitista de la democracia, muy acorde con los designios y
necesidades de la democracia occidental, el sistema capitalista y la clase
empresarial. Las teorías elitistas de la democracia han insistido al borde de
la locura en la incapacidad cultural e intelectual de las masas por crear
mecanismos que coadyuven a la configuración de una cultura democrática, muy por
el contrario según estos teóricos las mayorías “incultas” y descarriadas minan
tal desarrollo.
Contradictoriamente, la
teoría marxista insiste en el carácter creador de las masas en la construcción
de una cultura democrática, una sociedad de iguales, de pluralismo democrático.
Muchos de los postulados de la democracia occidental fueron ganados al calor de
la lucha de clases y no fueron unos regalos de la benevolencia divina y la
sensibilidad elitista ante el sufrimiento humano de masas.
Lamentablemente la
democracia desde sus inicios fue un movimiento de masas y violento muchas
veces, desde la Atenas de Pericles hasta el republicanismo de los levelers en
la Inglaterra de Cromwel , desde la democracia radical de los jacobinos hasta
la república de Weimar. Democracia y autoritarismo, democracia y revolución no
se excluyen como bien lo dice George Novack, la experiencia histórica lo ha
demostrado.
La democracia es un
constructo histórico, un fenómeno de masas, un manifestación de la radicalidad
ontológica del ser socio histórico del hombre, por encontrarle justificación a
su existencia (Sartre). Por eso argumento y en esto me baso en Heidegger y
Sartre filósofos que a primera vista no tienen que ver con la filosofía y
sociología política, pero su argumento ontológico puede ser usado para
argumentar una ontología política, un estudio del fenómeno de lo político desde
el ser, desde la radicalidad de su constitución metafísica, como animal de
realidades, como ser histórico. La política es la búsqueda del hombre de sí
mismo, la búsqueda de sus contradicciones históricas inherentes, para darle
solución al problema societal en el cual está diluido por ser animal político
como bien lo decía Aristóteles, el gran filósofo griego.
Fue Max Weber el pensador de
lo social, de hecho sociológico que le dio a la sociología su etapa de madurez
epistemológica, con Weber la sociología obtuvo lo que desde Comte a Spencer no
había tenido, y era más rigurosidad epistémica y temática. En este caso los
aportes de Weber a la sociología política son muy amplios y diversos. Con Weber
ya vemos con mayor acabado los análisis de las relaciones humanas y las
relaciones de lo político, y el hecho político. Es de hacer notar que Marx se
interesó por las relaciones de lo político y son muy importantes sus aportes en
esta parte, su reflexión giró más en torno a el funcionamiento de la economía y
el modo de producción capitalista, posiblemente fue su mayor aporte y máximo
teórico. Con Weber sucede a la inversa, Weber le dio más importancia y teorizó
más sobre los aspectos que en el marxismo clásico se llamaban “superestructura,
es decir, los fenómenos que estaban supeditados a la esfera económica, pero que
no estaban desconectados, sino interrelacionados de forma dialéctica, sobre esto
el lector puede consultar a George Ritzer, Raymond Aron solo para mencionar a
algunos teóricos que se estudian en Honduras.
La importancia de Weber
destaca hoy cuando muchos de sus intérpretes lo consideran ya un clásico, y
esto consiste que el autor de alguna manera es insuperable en algunos temas
específicos, como la dominación, la burocracia, autoridad, legitimidad y
carisma. La sociología comprensiva inaugurada por Weber será la teoría que le
dará madurez a la sociología ulterior, digamos que a diferencia de Marx, el
proceso de racionalización de la sociedad occidental que para Marx fue su
enajenación, para Weber fue el proceso de racionalización, tipología usada por
Weber para explicar la realidad social como acción social y tipos ideales.
Los tipos ideales son como
categorías para aprehender la fenomenología social en tu proceso y desarrollo,
algo similar como en Karl Popper y el falsacionismo epistemológico. Lo que era
enajenación y distorsión en Marx para Weber era racional, lo racional es real y
lo real es racional, aseveración hegeliana y que no es accidental encontrarla
en la sociología comprensiva y todo el edificio teórico de Weber. Para Weber la
sociedad capitalista encarnaba esa racionalidad y toda su estructura societal y
burocrática. Para Weber la burocracia es el producto racional más genuino de la
racionalidad de occidente, es la piedra angular de ese orden, es también el
funcionario especializado, piedra angular del Estado moderno y de la economía
capitalista. En ese sentido la burocracia será el fenómeno sobre el cual Weber
edificará su sociología política. La burocracia como forma de dominación legal
como lo dice en su Sociología de la Dominación, una obra que podemos encontrar
en nuestra librería de Honduras.
Sin embargo para Weber la
burocracia era la forma de esa racionalización eso no impedía que la democracia
representativa no se llegara a edificar, es de hacer notar que Weber no centró
su atención en la democracia como forma de racionalización, esto lo hicieron
sociólogos posteriores, Pareto, Michels Mosca y Schumpeter posteriormente
desarrollaron una sociología de la democracia y su formas de realización; una
teoría de la democracia elitista que con Weber tendrá su iniciación teórica.
Esa tendencia de las sociedades a la burocratización también las pudo observar
Cornelius Castoriadis en su libro EL Ascenso de la Insignificancia, con una
impronta evidentemente weberiana, Castoriadis hace suyo el análisis de Weber
pero no para argumentar la imposibilidad del socialismo como sí hizo Weber de
forma no tan explícita. ¿Será esa tendencia a la burocratización racional un
impedimento para la construcción de sociedades más autónomas, más democráticas
y el mismo socialismo? Todo ese edificio teórico que fundamenta la racionalidad
de occidente, es decir, que la sociedad capitalista descansa sobre supuestos
que no podrían ser otros que los de la racionalidad burguesa. En ese sentido
weber es un legitimador del derecho burgués y que esa racionalidad burocrática,
esa tendencia de la sociedad a hacer uso de la legalidad y la violencia para
hacer ejercer el poder del estado sobre el resto de la sociedad hace difícil
construir otra tipo de racionalidad. El tema del liderazgo también fue
teorizado por Weber, en su teoría del carisma. El sostenía que el líder debía
salir del parlamento que sólo un sistema parlamentario podía brindar líderes
auténticos, y calificados para la administración pública. Aunque Weber no fue
un teórico explícito de la democracia pero sí de la burocracia y de las
tendencias oligárquicas de las naciente sociedad de masas, La Rebelión de las
Masas diría Ortega Y Gasset, para él la democracia era un procedimiento, y de
aquí vemos los argumentos teóricos sobre los cuales Schumpeter creará su teoría
de la democracia procedimental y elitista hasta llegar a Sartori y Robert Dahl.
Weber pensaba que a pesar de esa irrupción de las masas en la vida pública esta
no modificaba la realidad de la dominación de las minorías, de nuevo en esto no
era muy diferente que Schumpeter, para él siempre la acción política se rige
por principio del pequeño número, con esto nuestro sociólogo seguía los mismos
postulados de Robert Michel, el teóricos de los partidos políticos y de la
aseveración de La Ley de hierro de la oligarquía, es decir, toda la tendencia
de las organizaciones políticas a la burocratización y el elitismo, y esto
valía también para los sindicatos cuestión analizada por Lenin también en esa
época.
Weber no pensaba en la
imposibilidad de la profundización de la democracia, pero que esta se hacía
mucho más compleja en la creciente complejización y racionalización burocrática
de la sociedad de masas e industrial. El conocimiento es siempre una
aproximación a la realidad, ella es mucho más variada en sus manifestaciones y
en sus cambios, pero el hombre de ciencia no renuncia por ello a captar la
realidad en todas sus dimensiones posibles, ese es el acicate del científico
social; y Weber encarnó muy bien esa sociología de la acción social, la
racionalidad y la comprensión sociológica. Definitivamente que Weber es ya un
clásico, posiblemente el último clásico, aunque hay debates sobre si Talcot
Parsons lo es, pero son debates que se dan en otras latitudes y desconozco si
se dan en España.
El enciclopedismo de la
sociología de Weber no fue óbice para que incluso sea estudiado por marxistas,
siendo respetados por sociólogos de casi todas las tendencias desde Parsons a
Habermas que en su Teoría de la acción comunicativa le dedica mucho análisis.
Es necesario volver a los clásicos, es algo que se hace de forma dialéctica, y
otras veces no, sobre todo los marxistas que siempre están regresando a los
clásicos en la crisis periódica del marxismo, lo cual es anti marxista, pero
que en Weber no está censurado por la propia metodología del autor.