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A Pedro Sánchez no le interesa descubrir la verdad sobre Zapatero, sino proclamar la suya

👥 El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no descarta volver a reunirse  este verano con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, un encuentro  que desde Moncloa enmarcan, en caso de producirse, dentro 

 Juan Pardo Navarro

Sorprende a propios y extraños que los padres de la patria «progresista» estén implicados en casos de corrupción contrarios a sus prédicas. Por ejemplo, aquella de Zapatero en la que afirmaba que los socialistas «nos conformamos con poco, pero damos mucho». En realidad, yo creo que se equivocó y lo dijo al revés: «Los socialistas tenemos mucho (oculto) y damos poco». En fin, un galimatías digno de un filósofo cínico y tan mentiroso como su hijo putativo, Sánchez. Es ya un género cinematográfico y literario, desde la antigüedad, la historia de un político ejemplar, que es sorprendido practicando algunas de las inmoralidades por él denunciadas y perseguidas.

El progresismo de izquierdas, especialmente el que tiene su origen más contemporáneo en el viejo Marx, da numerosas pruebas de ello. Él fue un maestro de atrocidades y aberraciones en su propia vida. Un ejemplo a no seguir. Para quienes no la conocen, o se han olvidado, conviene recordar sucintamente algunos pasajes de la biografía del que aún hoy en día es el profeta del «progresismo woke». Y, por cierto, uno de los autores que sigue siendo aún de entre los más leídos en el mundo.

Para comenzar, Marx no solía bañarse. Por lo general, nuestros políticos actuales se duchan. Y los independentistas más aún, cuando están en los grandes hoteles madrileños que pagamos todos los españoles. El filósofo alemán era abusivo, lo fue con su madre, intolerante, manipulador, borracho, especulador en bolsa (¡abajo el capitalismo!), pero sobre todo era un traidor. Algo así como los arrepentidos de hoy. Denunciaba a sus colegas socialistas para cobrar por sus delaciones. Incluso llegó a entregar los documentos de la Internacional al ministro del Interior británico.

Marx, el gran inspirador del progresismo, fue violador de sirvientas (¡viva el feminismo!, «¡soy feminista porque soy socialista!»), padre de hijos ilegítimos, admirador de jóvenes aristócratas en costosísimos balnearios, explotador de su esposa e hijos, e igualmente de su amante y amigos. A su familia la abandonó. Era un aristócrata feudal, depresivo, cuya mayor fantasía era convertirse en un dictador revolucionario. Y, volviendo al feminismo marxista, prohibió a sus hijas estudiar una carrera. Eleanor se suicidó. También su otra hija Laura y su marido Paul Lafargue, de origen cubano, al que su suegro le llamaba «negrillo» en vez de afroamericano, lo hicieron. Despilfarrador, Marx empeñó todas sus posesiones. No fue al entierro de su padre, pero litigó por su herencia. Y a Engels le hizo pasar por padre de un hijo ilegítimo suyo para no cargar con el escándalo. Niño que fue dado en adopción. Otra hija suya murió de bronquitis, y otro de gastroenteritis, ambos sin que su padre hiciera nada por ellos.

Edgar Bauer, hermano de Bruno Bauer, amigo de Marx, en un poema, describe la personalidad del filósofo de esta manera: «Su puño maligno está cerrado, ruge sin fin, / como si diez mil demonios lo tuvieran agarrado por los cabellos». La derecha también tiene sus santos infernales, por supuesto. Pero, a diferencia de la izquierda, nunca ha presumido de progresismo ni de superioridad moral. Por tanto, la izquierda debe cargar con todo este peso de vergüenza cuando se descubre que sus homilías no provienen de seres angelicales, sino de espíritus luciferinos. Sí, también angelicales, pero de los malos, de los rebeldes. 

«Muchos intelectuales han ayudado a lavar los trapos sucios del socialismo más extremo cuyo relativismo es una traición a la razón»

Por eso, a la vista de lo aquí contado, que debería recordarse más a menudo, ¿qué nos puede importar a los españoles que Sánchez haya salido de las saunas y los prostíbulos cuando él tanto los ha vilipendiado e incluso promovió una ley contra la prostitución? ¿Qué nos importa a los españoles que Zapatero, un alma en pena, reciba de la Santa Compaña un regalo de más de un millón de euros, así como que tenga otros cuantos millones de euros desparramados por medio mundo? Zapatero que, como Marx, se ha aprovechado de su mujer e hijas. Marx, para muchos de sus contemporáneos, era un ser despreciable y fáustico. Aunque, la impericia de ZP y Sánchez ha impedido que lo sean a su mismo nivel. Marx tuvo fieles seguidores como Stalin. Y, por supuesto, la derecha no le fue a la zaga. Pero, al menos, no se vanagloriaron de hacerlo todo por el progreso común. 

Muchos intelectuales, y lo estamos viendo en los últimos años en nuestro país, han ayudado a lavar los trapos sucios del comunismo o el socialismo más extremo, cuyo relativismo es una traición a la razón y a la humanidad. Estos intelectuales, por generalizar, han instalado y remachado los tópicos de que el socialismo neomarxista en el que estamos instalados por nuestro gran líder Pedro Sánchez es la única ideología igualitaria posible; que este régimen autocrático es bueno y noble porque busca y defiende esa igualdad, que la derecha no solo no creó, sino que combate. Que ama al prójimo y que la derecha, a través del capitalismo, convierte a ese prójimo en un cuasi esclavo. Si la derecha española, el centroderecha o incluso la socialdemocracia no atajan estas mentiras ya muy profundamente arraigadas en la sociedad española, no saldrán adelante en las próximas elecciones con una mayoría suficiente para poner orden en tantos desmanes.

El lema de «nosotros somos vosotros y ellos son quienes os explotan» está muy presente. También hay que explicar que la clase media española es la que más ha sufrido la presión económica de estos corruptos. El centro derecha tiene la obligación de explicar claramente que todo lo público no va a desaparecer de la mañana a la noche, porque vaya a ser saneado y mejor gestionado por estos infames. Además, para tranquilidad de los ciudadanos, tiene que insistir en que la corrupción va a ser perseguida más duramente cuando ellos gobiernen. Y que el Estado, en vez de repartir limosnas, creará más puestos de trabajo y más empleos cualificados.

Si los genocidios de las extremas derechas nunca se han tapado, no ha sucedido lo mismo con los de la izquierda. Los gulags y el resto de torturas más o menos sofisticadas soviéticas tardaron décadas en ser difundidas y reconocidas por los intelectuales europeos. Según ha proclamado el mismo Sánchez, tan solo el izquierdismo es el que siempre está del lado correcto de la historia, cargue con los millones de muertos que sean.

«A Sánchez no le interesa descubrir la verdad sino proclamar la suya, a través de tropelías legislativas y pactos con golpistas y asesinos»

Nuestro Conducator sigue machacando con esta monserga una y otra vez. Sánchez, «el gran progresista», como le gustaría ser reconocido, incluso por encima de «gran timonel», rechaza visceralmente la realidad, lo mismo que ahora está haciendo Zapatero. Zapatero y Sánchez son dos fraudes «intelectuales». A un mayor nivel este último. Sánchez es insuperable en todo, un maestro de lo luciferino. Como Bertrand Russell decía de Marx, «no le importaba la verdad, sino azuzar a las masas para generar destrucción». Sánchez, a su propio nivel y manera, ha azuzado la destrucción de nuestra democracia.

A Sánchez, como a Marx, no le interesa descubrir la verdad, sino proclamar la suya. La suya, a través de tropelías legislativas y pactos con golpistas y asesinos. Un gran ejemplo para la juventud española. Pero, claro, las hijas de Sánchez o las de Zapatero no estudian en los depauperados institutos públicos españoles, sino en los carísimos privados extranjeros. Tanto es así que la insigne «catedrática» Begoña nos ha descubierto, al pedir la devolución de su pasaporte, donde se ha graduado su hija en el Reino Unido.

Como escribe el filósofo alemán Eric Voegelin, Marx ensalzaba la prohibición de preguntar, es decir, de pensar. ¿Acaso alguna de las portavoces del Gobierno ha dicho algo racional en sus intervenciones públicas? Sánchez, como Marx, habla proféticamente. Solo lo superaba el papa Francisco II (Zapatero). Su mayor profecía es que lo necesitamos en Moncloa, de aquí a la eternidad. Ambos hablan como dando voz a una verdad revelada, una verdad indiscutible. Uno lo hará pronto desde la cárcel y el otro ya debería estar preparando su defensa.

Robert Payne, en su biografía dedicada a Marx, al referirse a este, dice que tenía una visión diabólica y encarnaba la propia malignidad del diablo. Zapatero y Sánchez no llegan a tanto. No porque no quieran, sino porque son incapaces, incluso como dúo, de tener esa sabiduría de su antepasado. ¿Son ambos conscientes del mal que le han estado haciendo a los españoles, al Partido Socialista y a toda la clase media que levantó durante décadas este país? Dudo ya no solo de la moralidad, sino de la cordura de los dos.

«El marxismo que, realmente, nunca acabó de extirparse del PSOE, hoy florece como populismo autocrático y analfabeto»

Descartes, Condorcet, Rousseau (menuda vida ejemplar y progresista la suya también) o Robespierre son algunos de los orígenes del marxismo que, realmente, nunca acabó de extirparse del PSOE y hoy florece como populismo autocrático y analfabeto. Según ellos, no existe ningún límite en la razón humana para diseñar el orden social, lo cual conduce, y condujo, a la planificación central y al totalitarismo. El resultado de todo es que el individuo está en peligro, así como la verdad, la libertad, la democracia, la Constitución, la monarquía parlamentaria, el país mismo.

Sánchez tiene como ejemplo a Lysenko (del cual no sabe ni quién es). En el año 1948, Stalin lo nombró director de la Academia de Ciencias Soviéticas. El motivo era implantar el marxismo en todas las actividades, también en la agricultura. De resultas de esta gran estrategia murieron de hambre millones de rusos. Sánchez nos quiere aplicar su sanchismo-amiguismo a todos nosotros y así depauperarnos en masa. Afortunadamente, no le está saliendo bien del todo porque nuestra sociedad sigue estando mejor preparada que él.

Por Juan Pardo Navarro

¿Qué prefieres: La Monarquía de Felipe VI o la República bolivariana de Maduro?

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¿Qué prefieres: La Monarquía de Felipe VI o la República bolivariana de Maduro?

Artículo 56 de la constitución española.  

La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo

Esta es la pregunta a los españoles que la decencia política exigiría plantear a los que claman por un estúpido referéndum Monarquía o República. Depende de qué Monarquía o de qué República se trate. Yo prefiero la República de Finlandia a la Monarquía de Arabia Saudí. Pero prefiero, por supuesto, la Monarquía danesa a la República castrista.

Además, resulta absurdo hacer en España una pregunta sobre esta cuestión. He repasado las encuestas más solventes de este año 2020 que ahora concluye. El resultado me parece concluyente. Solo entre el 0,1% y el 0,3% de las españolas y los españoles sienten preocupación por la Monarquía, mientras el paro supera el 60% y los partidos políticos ocupan el segundo o el tercer lugar entre los diez grandes problemas que agobian a la ciudadanía.

Un sector del Gobierno, los partidos secesionistas vascos y catalanes y los de extrema izquierda, encabezados por el PC, se esfuerzan frenéticamente por crear un problema -Monarquía o República- que no existe en España. Desde hace muchos meses han desencadenado una desmesurada campaña en los medios de comunicación afines contra el Rey padre, pero está claro que el objetivo no es Juan Carlos I, sino Felipe VI y la Monarquía parlamentaria votada abrumadoramente por el pueblo español en 1978, dentro de una Constitución que consagra la democracia pluralista plena y que ha proporcionado a España cuarenta años de paz, de libertad y de prosperidad.

La dimensión de la campaña contra el Rey padre, sustentada en las declaraciones de un policía corrupto y encarcelado y de una aventurera despechada, ha sido de tal calibre que me ha hecho recordar el consejo de Talleyrand a los que defendían sus propósitos institucionales. Pas trop de zèle. No demasiado celo. La gente suele reaccionar contra las exageraciones, las desmesuras y los despropósitos. La obsesiva campaña de las agrupaciones secesionistas, del Partido Comunista y otros de extrema izquierda, así como de un sector del Gobierno, no ha conseguido que el pueblo español sienta la menor preocupación por la cuestión Monarquía o República. El Rey Felipe VI mantiene su alto nivel de popularidad y su discurso navideño, sereno, mesurado, constructivo, se ha visto acompañado por la general aceptación.