Comentando una forma de vivir creativa y pasional, la textura es de rabia y emotividad, hay desesperación y un poco de ansiedad. ¡¡BASTA YA¡¡.
Juan Pardo Navarro
Este irresponsable se propone ahora
desmoñingar la Constitución, descoronar a la Monarquía, y desmembrar
España, como mismo hizo Fidel Castro con Cuba
Ruego
me disculpen por el título, pero no se me ocurre otro después de
haberme metido a cucharadas y con la nariz tapada, cual remedio amargo,
el tochito no escrito por el autor que la cubierta anuncia. Sí, no. Ya
ven, una solución a la francesa, el «sí, pero no». Sí, es un libro por
la forma y no por el contenido. No, no lo escribió quien lo firma, y
quien lo escribió tampoco lo mejora. Y el título es un plagio de otro
libro de Matilde Asensi publicado por ¡el mismo grupo editorial!
Estamos
frente a un panfleto ideologizante en el peor estilo del género, que
coincide en cuanto a transformaciones estructurales de acción,
experimentación y de puesta en marcha, de varios tipos de terrorismo:
real, criminal, psíquico y de gobierno, no menos delincuente; y juro que
en el fondo esperaba estas coincidencias, aunque no tan exactamente con
otros tres panfletos que le precedieron:
-El Islam Revolucionario.
Del terrorista venezolano Carlos El Chacal, verdadero nombre Ilich
Ramírez (por Lenin), quien cumple cadena perpetua en una cárcel en
Francia.
-La guerra periférica y el islam revolucionario. Orígenes, reglas y ética de la guerra asimétrica.
Donde… «Jorge Verstrynge analiza cómo en realidad el Islam
revolucionario ha asumido la modernidad, fundiendo ésta con la idea de
revolución y con la tradición islámica, insertándose en el actual
proceso de mundialización de una forma peculiar al crear un nuevo
internacionalismo desestatalizado. El desarrollo de las armas
bacteriológicas, la aparición de las armas genéticas, las
investigaciones en torno a nuevas armas químicas son señales claras de
hacia donde se orientarán las guerras asimétricas del futuro…». Aunque
valga la distancia y diferencia con el anterior, sus mensajitos
conlleva, y ahí lo dejo… El autor es franco-español, nacido en Tánger, y
lo mismo fue de extrema derecha que de extrema izquierda.
-Cien horas con Fidel: Conversaciones con Ignacio Ramonet, periodista de Le Monde Diplomatique,
el menos diplomático de todos los medios de prensa, tal vez porque sólo
se ha dirigido durante un buen rato exclusivamente a diplomáticos de la
ultraizquierda. Panfleto en forma de entrevista que «recoge el
contenido de las largas conversaciones sostenidas entre el Comandante
(Comediante ) en jefe Fidel Castro y el intelectual y periodista francés
(ah, tiens, de origen marroquí) Ignacio Ramonet entre principios
de 2003 y mediados del 2005...» O sea, de la peor antiliteratura
política que se pueda tropezar uno en la vida, con diferencia. De la
insoportable lamebotas y sobaojete.
Mierda Firme
no aporta nada a lo que ya sabemos, sólo baba sibilina. Sin embargo,
destacaría que la coincidencia reside en el sentido de la «takiya»,
valor de la mentira, islamista, que es el sentimiento que mueve al
terror y la guerra desatada recientemente por Hamas en Israel el 7 de
octubre del 2023, apoyada por palestinos gazatíes, tal como se puede
observar en los vídeos tomados por los propios terroristas y palestinos,
y que se han ido revelando de a poco.
Quien
firma el panfleto, que no es quien lo escribió, es más que un
socialcomunista en su conformación de pensamiento y acción, tal como ha
probado en las últimas semanas, con relación a Israel, al mostrar su
hermandad con los terroristas de Hamas, a tal punto que estos le
agradecieron públicamente y le han pedido colaboración directa e
inmediata; este tipejo es profundamente «islamorevolucionarista», un
islamoguerrillero radical, de los peores. Este irresponsable se propone
ahora desmoñingar la Constitución, descoronar a la Monarquía, y
desmembrar España, como mismo hizo Fidel Castro con Cuba. No va a parar.
Es una advertencia desde mi libertad individual y desde mi experiencia.
Si no lo sacan del poder, conseguirá sus ambiciones más temprano que
tarde.
Hay un cuarto libro con el que también coincide en falta de principios y carencia absoluta de humanidad: Mi Lucha, de Adolfo Hitler. Aunque –y porque– todo lo que en este libro, que yo he retitulado Mierda Firme,
hay que leerlo al revés, donde dice cualquier cosa de «justicia social»
sólo se hallará «takiya», embuste, y destrucción inhumana, donde
escribe «progresismo», sólo quiso decir, y así lo vivirán de forma
todavía más grave los españoles: «Pobrecismo».
¿Peligro?
Sí, lo tiene, y mucho. Porque como mismo en una época en que Hitler
quiso hacer de Europa y del mundo su coto de caza, y casi lo logra, la
complicidad mundial con este monstruo es todavía tan importante como
incomprensible a estas alturas, y como lo fue en el pasado. Sólo veamos
lo que es el «islamoguevarismo», o «islamochacalismo»… Terror a pulso,
fachocomunismo a la orden del día, tinieblas contra la luz.
Doña
Leonor ha de ser una Princesa todavía mejor preparada que Don Felipe
cuando fue Príncipe, porque España es el único país de Occidente que
tiene miembros del Partido Comunista en el Gobierno
La
jura de la Constitución de la Princesa de Asturias en un momento en que
España tiene el Gobierno más hostil a la Corona desde 1931 es un faro
de esperanza. La Princesa Leonor es una heredera que está recibiendo una
formación específica para asumir un día la corona. Ya en su día se dijo
que Don Felipe era el Príncipe mejor preparado de la historia de
nuestra Monarquía. Pues con el conocimiento de los retos que está
teniendo el reinado de Don Felipe, Doña Leonor ha de ser una Princesa
todavía mejor preparada. Porque España es el único país de Occidente
que tiene miembros del Partido Comunista en el Gobierno, incluyendo a
una vicepresidente del mismo. Y nunca ha habido hasta ahora una
Monarquía que haya superado un Gobierno comunista.
Frente a estas adversidades, quiero recordar una vez más mis cinco razones por las que una Monarquía es un sistema mejor.
1.- La Monarquía representa la pluralidad de identidad y la constante renovación dentro de la continuidad. La
democracia exige el cambio cíclico de gobernantes. Ningún partido puede
estar permanentemente en el poder y la alternancia es un componente
básico del sistema. Pero en ese mismo sistema, el Monarca puede y debe
representar los valores de un país en el que ostenta la jefatura del
Estado. Y al representarlos se convierte en un elemento de convergencia
entre diferentes intereses de identidad política y étnica. Un Rey de
España que ostenta títulos como Rey de Castilla, de León, de Aragón, de
Navarra, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Córdoba, de Murcia, de
Gibraltar, de las Islas Canarias, de Conde de Barcelona y de Señor de
Vizcaya, por hablar sólo de los territorios que hoy son españoles o
aspiramos unánimemente a que lo sean, necesariamente es visto como una
referencia incluso por quienes no necesariamente se sienten españoles. Y
en esta hora, la Princesa de Asturias tiene ante sí una amenaza sobre
partes del Reino cuyos títulos llevará un día: Reina de Navarra, Condesa
de Barcelona y Señora de vizcaya.
2.- La Monarquía es un sistema más moderno.
La República es un sistema más natural; es decir, es más elemental, más
retrasado. Toda la civilización es una resta a lo natural. Todo lo que
es más natural es más inferior. El reparto comunal de los bienes es más
natural que la propiedad. Toda la civilización –los Reyes, la propiedad,
el contrato matrimonial– implica un elemento de modernidad y es
complicación y artificialismo, sobrepuestos, como freno y límite, a esas
naturalidades. Como son también añadiduras a lo natural la educación,
los modales o la corbata. Y precisamente por la elaboración y
decantación a través de los siglos que conlleva una Monarquía, hay que
entender que no está en la mano de cualquier pueblo tener una Monarquía,
pero sí lo está el tener una República. Una revolución se hace en 24
horas; una Monarquía resulta de la decantación de los siglos. Y la
Princesa de Asturias que mañana jura la Constitución es un eslabón en
una dinastía que de padres a hijos o nietos ha reinado desde Vermudo I
de Cantabria en el 789, hace 1.234 años.
3.- La Monarquía permite la independencia. El
sucesor o Príncipe Heredero, en este caso la Princesa de Asturias,
igual que el Rey Felipe VI, no puede ser utilizada por políticos, pues
debe su condición a la naturaleza; está designada desde que nace y la
nación la conoce como tal anulando potenciales luchas por el poder en la
cúpula. En una época racionalista como la nuestra, puede parecer
anacrónico el principio hereditario: se basa en la parte física del
hombre que el racionalismo e idealismo desprecian y que nuestra sociedad
cultiva sin medida.
La Corona Real, símbolo de la Monarquía española. Casa de S.M. el Rey
Pero
en realidad el cuerpo es tan humano como el espíritu, y la herencia es
la única forma de designación de jefe de Estado que no es manipulable,
lo que inviste al Rey de independencia, la condición más importante en
su función. Lo que da un valor inigualable a la Monarquía es la herencia
en la jefatura del Estado por la independencia de que le dota la
condición hereditaria. Y la condición hereditaria ha de darse dentro de
una familia. Es lo que el político y diplomático francés Charles Benoist
resumió en la máxima «una dinastía, siempre la misma, en una Monarquía
siempre renovada».
Como
sostenía don José María Pemán en sus «Cartas a un escéptico en materia
de formas de gobierno»: «Por mucho que se aguce el ingenio no se
encontrará jamás ninguna forma de transmisión inmediata, sin intervalo
ni solución de continuidad, comparable en claridad y rapidez a la
transmisión familiar de padre a hijo. Por eso todos los fundamentos
sociales que requieren características de continuidad y permanencia
tienen histórica y científicamente carácter familiar; por eso «el padre»
es la gran palabra sillar e inconmovible que aparece escondida en la
raíz etimológica de todo cuanto designa algún sostén fundamental de la
sociedad humana. A cosa de padre suena la patria, que es la nación; y el
patrimonio, que es la propiedad, y el patriarca, que es la autoridad. A
cosa de padre tiene que sonar también, si no en su nombre, en su
realidad entrañable, la mejor forma de Gobierno», la Monarquía. Y para
rematar su idea Pemán concluye: «La familia, que no el individuo, es
secularmente el sujeto de la propiedad, de la preeminencia o del honor.
¿Qué tiene de extraño que sea también el sujeto del Gobierno?» Y fuera
de la herencia, no hay otra salida que la elección, con sus
condicionantes de dependencia, incluso servilismo y de busca de
beneficio en el plazo de poder.
4.- El peor Rey es mejor.
La condición humana es impredecible. La historia de todas las
monarquías que en el mundo hay o hubo ha generado buenos y malos
Soberanos. Y con frecuencia no han sido los peores los que estaban en el
trono en el momento de un cambio de régimen. Pero la Monarquía ha
evolucionado con el concepto de soberanía nacional y hoy en día, en
Occidente, forma parte de regímenes constitucionales. En un sistema
constitucional –como el español al que jura lealtad la Princesa– la
potestas de la que dispone un Rey está muy limitada.
Y
un mal Rey tendría pocas posibilidades de hacer daño a la nación
precisamente porque sus poderes están muy circunscritos. En cambio, un
buen Rey se va llenando de auctoritas gracias a su forma de reinar –de
ninguna otra manera puede lograr esa autoridad–. En cambio, un mal
presidente de una república está constantemente actuando para conseguir
dar continuidad a su labor; con frecuencia intenta desbordar sus
competencias para justificar su presencia al frente del Estado y genera
crisis.
5.- No es el sistema perfecto; es, simplemente, el mejor posible.
Si es relativamente fácil diferenciar entre los políticos que piensan
siempre en las próximas elecciones y los que piensan en las próximas
generaciones cabe afirmar, a priori, que, de natural, el político
sometido a las urnas tiene que pensar en las próximas elecciones
mientras que para la Princesa, cuando sea Reina será más fácil pensar
siempre en las próximas generaciones. Porque el Rey es el diputado de
todos: los que votan a unos, los que votan a otros y los que no votan.
El hombre es capaz de entender los principios universales, y como
consecuencia, a veces, piensa que existen en el mundo creado: grave
error, pueden habitar su entendimiento, impulsar su voluntad, pero no
son aplicables porque son entes de razón.
El Rey y la Princesa de Asturias, durante los actos con motivo del Día de la Hispanidad.
Le
hacen buscar la perfección, mas se equivoca cuando ajusta normas a
entelequias. La Monarquía hereditaria no es la pauta perfecta para el
gobierno de la sociedad, es, nada más y nada menos, la mejor posible
para el gobierno de unos seres limitados. Y la distinción entre límite y
perfección es clara, pero se olvida a menudo. Recordemos el ejemplo
clásico: el mulo no entiende un silogismo, pero no es por imperfección
del silogismo, es por limitación del mulo, que es, sin embargo, un
perfecto mulo sin saber la teoría del conocimiento.
Terminemos
con un sentimiento. Irracional y, quizá por ello, muy cierto. Decía don
José María Pemán en la obra citada: «Al lado del Carlos V de Tiziano,
un presidente de República tiene un cierto aire de retorno, no diré que
hacia el jefe de tribu, pero sí hacia el alcalde pedáneo o el juez de
paz». Esa afirmación es de 1937. A muchos nos parece plenamente válida.
Con mi devota lealtad, Alteza.
Si el PSOE y agregados aprueban la reforma penitenciaria, solo para favorecer a los golpistas catalanes, estarían cometiendo un acto dictatorial y, hoy, no sería juzgado, pero cuando deje de ser Pte. lo será. Pedro tiene mucho miedo.
Es necesario preservar
los valores éticos y eso “obliga a todos sin excepción”, por encima de
cualquier consideración familiar. Con estas palabras, Felipe VI se refirió sin
citarle al Rey padre y a las tensiones que en su entorno se han producido,
multiplicadas por una frenética campaña orquestada en varios canales de
televisión por la extrema izquierda y los partidos secesionistas.
Esfuerzo, unión y solidaridad, pidió el Monarca para enfrentarse con la
pandemia, con la crisis económica y con el desempleo. “Ni el virus ni la crisis
económica nos van a doblegar”, afirmó Felipe VI. Hay que evitar que esa crisis
económica derive en una crisis social, lo que exige la atención a los sectores
más desfavorecidos.
Dedicó el Rey palabras de elogio al personal sanitario, al tejido
empresarial, a las Fuerzas Armadas y a la colaboración europea, afirmando de
forma concluyente que todos tenemos el deber de respetar la Constitución, que
es la garantía de la democracia y la libertad en España.
Felipe VI ha demostrado una vez más su independencia diciendo en el
discurso navideño lo que debía decir y no lo que pretendía la ultraizquierda,
que dijera. Por otra parte, algunos quieren enfrentarle con Sánchez y el sector
socialista del Gobierno, cuando el discurso se ha negociado como todos los años
con Moncloa, sin tensiones y con acuerdo.
Felipe VI es la mesura, la prudencia, la serenidad. La Reina Letizia,
inteligencia viva, le ha enseñado a hablar ante las cámaras. Y el Monarca lo
hace con la sencillez y la soltura de un profesional. A pesar de las especiales
circunstancias de este año, el Rey ha pronunciado su discurso como siempre, sin
un fallo ni una vacilación.
Y no, no existe en España el problema Monarquía o República. Las encuestas
más solventes cifran entre el 0,1% y el 0,3% el porcentaje que esta cuestión
suscita en el pueblo español, cuando el paro supera el 60% y los partidos
políticos ocupan el segundo de los diez grandes problemas que agobian a los
españoles, entre los que no está ni de lejos la cuestión Monarquía o República.
A pesar de la obsesiva campaña audiovisual desencadenada por un sector del
Gobierno y los partidos secesionistas y de ultraizquierda, campaña no contra
Don Juan Carlos, que es el pretexto, sino contra la Institución Monárquica, la
Corona mantiene la estabilidad y Felipe VI conserva sus altos índices de
popularidad.
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Bajo la
Constitución de 1978 España ha pasado a formar parte de la OTAN, de la Unión
Europea, de la zona euro y, además, a jugar un papel revelador en el contexto
internacional. Al mismo tiempo, la economía española acompañó los grandes
ciclos de crecimiento y recesión que caracterizaron la economía mundial en
estos últimos 40 años. Dicho de otra manera, con monarquía o sin ella, nuestro
pasado inmediato hubiera sido prácticamente el que fue. Lo mismo de lo mismo y
como siempre peor en doble y mitad que nuestros vecinos.
Jamás como ahora,
a excepción de los calzoncillos, me han dado tanto por el mismo culo como las
idioteces que he escuchado sobre Monarquía y República. En el debate que se plantea desde algunos
sectores, hay un elemento que merece especial atención: la calidad de la
democracia española. Decía K. Marx que la democracia es como el embarazo: la
hay o no la hay, sin que exista algún punto intermedio. Sin embargo, entre
nosotros llama la atención la frecuencia con la que se usa el calificativo
democrático aplicado por la clase política a una situación concreta. A su
entender, una votación puede ser poco democrática y una ley muy democrática.
Por fortuna esto no es así. Las votaciones y las leyes son conforme a derecho o
no, y el que diverja, puede recurrir ante las instancias pertinentes. Y todo
esto es posible si existe democracia. Incluso modificar las reglas del juego
constitucional y de la misma biblia.
No obstante, la
idea de la calidad de la democracia tiene un aspecto interesante, si se
entiende como la calidad de las instituciones en un sentido amplio. Y en este
terreno podemos avanzar mucho, aunque con las dificultades que generan los
vicios ocultos de la misma democracia. Debemos incrementar o totalizar la
independencia del poder judicial frente a injerencias externas, en todos los
niveles en los cuales se imparte justicia. Debemos aumentar la independencia
del poder ejecutivo frente a los grupos de presión que tratan de influir en sus
decisiones para provecho propio. Y desarrollar una opinión pública poderosa e
influyente que sirva de contrapeso a un poder legislativo que trata de ampliar
su área de influencia a costa de la intimidad de los ciudadanos poco o nada
conformes a ello.
Este debe ser el
objetivo a perseguir de inmediato. Y la
dificultad de la tarea no va a cambiar mucho bajo una monarquía o una
república. En definitiva, Monarquía es un Rey que hereda corona y República es
un político que a base mentiras le coronan votantes poco discretos. No voy a
defender a Monarcas, porque entre otras cosas, ni me interesa su proceder que,
al parecer, no es ninguno……si, ser Rey. Pero, el nuevo Rey, solo con la emisión
de la moneda -sin validez, recuerdo- de 40 euros. Ya amortiza el presupuesto de
la Casa Real de los próximos seis y casi 7 años. No me cabe la menor duda, si
acuñan monedas de Zapatero o Rajoy, no las compran ni los coleccionistas. Vamos
a ser sensatos.
Ya tiene España,
Rey, alto y que habla no sé cuantos idiomas. Del mismo modo que su padre,
hereda un país con una crisis económica e institucional de una envergadura
mayor, es más diría en quiebra técnica.
En otro tono. A mi
juicio, la recuperación de la imagen pública de la monarquía y la cuestión
territorial desbordada por catalanes equivocados van a centrar la atención del
nuevo rey, ya que, ambos aspectos representan un desafío realmente mayúsculo al
orden constitucional vigente.
Sin embargo hay
algo inquietante en todo esto. El Rey Juan Carlos I asume el trono por causa de
fuerza mayor, la muerte del caudillo -Rey porque no quiso- y Felipe VI lo hace
por abdicación de su padre en unas circunstancias claramente adversas y
mejorables. Tampoco hay que sorprenderse. El papa de Roma se ha bajado de su
cruz por su propia voluntad y hoy tenemos dos por el precio de uno. Al final va
a tener razón Ignacio de Loyola al advertirnos que en tiempo de desolación
nunca se debe hacer mudanza. Me da pena, mucha pena del pobre que después del
verano, siga siendo pobre.
Ahhhhh, Felipe, el
nuevo gran jefe, no va a recibir a los rojos de la selección española y con los
23 millones de euros que nos ahorramos en primas, no estoy seguro, pero a
Cáritas no se los van a dar. ¿Dónde irán a parar? Para mí, en mejorar las
vacaciones de los políticos que bien merecidas las tienen.