Al palacete parisino del PNV (o para el PNV) hay que llamarlo palacete, no edificio ni inmueble ni gaitas, y no tanto por tamaño ni estilo sino por cómo ha aparecido aristocráticamente ante nuestra vista, como una carroza entre pobres de ciénaga. El palacete, almendrado de pastelero más que de arquitecto, con sus frontones y medallones de chocolate blanco y galleta, nos ha emergido como floripondio o como bombonera en medio de subidas a pensionistas, bonos para el tren y ayudas por la dana. Es como si el PNV pasara en velero, saludando con pañuelito, por delante de las escombreras de España y de la parada del bus u ómnibus con su escudo social que sigue sonando a escudilla. Aunque no sólo es eso. A los demás, la memoria democrática sólo les deja huesos y sermones, esa sopa de monjitas. Al PNV, sin embargo, le devuelven o le regalan los palacios enteros, con piano y pavo real. Y es que siempre hubo clases, ya saben.