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Churchill, el líder conservador inglés que ganó la segunda guerra mundial.


En la Segunda Guerra Mundial, la peor conflagración que ha vivido el globo hasta hoy, Winston Churchill ejerció un liderazgo enérgico y por momentos visionario. Con la fuerza de su oratoria, demostrada en discursos como el legendario de “sangre, sudor y lágrimas”, supo congregar al Reino Unido en torno a una misión colectiva, la lucha contra Hitler. Tiempo después, el laborista Clement Attlee, al ser preguntado sobre lo que hizo Churchill para ganar la guerra, respondió que había hablado de ella.

 

Desde luego, como se dijo, supo movilizar el idioma inglés y enviarlo al combate. Pero hizo mucho más que eso. En aquella situación de vida o muerte, Churchill cortejó a Roosevelt con sus mejores artes de seducción para convencerle de que Estados Unidos se implicara en el conflicto. Porque sabía que Gran Bretaña, por sí sola, no podía ganar. Por otra parte, logró sobrellevar la primera etapa de la guerra, en la que se sucedieron los desastres.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

 Dominio público

Pero el mítico premier también fue el artífice de numerosos descalabros que la memoria histórica ha relegado a un segundo plano. En los inicios del conflicto, su puesto fue el de primer lord del Almirantazgo, dentro del gabinete de Neville Chamberlain. Desde este cargo, primero imaginó que Hitler no tenía intención de ocupar Noruega . Cuando la invasión se produjo, declaró en la Cámara de los Comunes que el Führer había cometido un gran error.

Tanto optimismo carecía de fundamento. Churchill respondió a los nazis con una expedición al país nórdico y no consiguió más que una calamidad. Su actuación solo sirvió para empeorar las cosas. Como señala el historiador Antony Beevor, “constantemente cambiaba de idea e intervenía en las decisiones operacionales para exasperación del general Ironside y de la Armada Real”. Además de perder 1.800 hombres, Gran Bretaña se quedó sin un portaaviones, dos cruceros, siete destructores y un submarino.

Churchill dio muestras de una tendencia que se repetiría una y otra vez, la de entrometerse en la dirección de la guerra, convencido de que su visión estratégica era superior a la de los generales.

En ocasiones eso era cierto. Pero no faltaron otras en las que al líder conservador le traicionó su exceso de confianza. El embajador soviético, Iván Maiski, asistió al discurso parlamentario en el que dio explicaciones por el fracaso. Nunca le había visto en un estado semejante: “Está claro que ha pasado varias noches sin dormir. Estaba pálido, le costaba encontrar las palabras, se encallaba y no dejaba de confundirse”.

Aunque él era el principal responsable de la derrota en Noruega, tuvo la suerte de que las críticas se centraran en el primer ministro. Su reacción fue apoyarle de un modo muy medido: lo suficiente para quedar como un patriota ante la opinión pública, pero no tanto como para cerrarse las puertas como posible sucesor.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

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Enfermo y desacreditado, Neville Chamberlain acabó por dimitir. En la cuerda floja Churchill se convirtió entonces en el nuevo gobernante del Reino Unido. Se le recuerda, sobre todo, por su tenaz negativa a llegar a un acuerdo con Hitler cuando Gran Bretaña sufría las temibles incursiones de la Luftwaffe, la aviación del Tercer Reich.

Por eso es tan sorprendente y revelador el libro de Anthony McCarten El instante más oscuro, que muestra cómo el premier inglés estuvo peligrosamente cerca de claudicar ante el Führer. En aquellos días dramáticos, tras la caída de Francia, muchos pensaban que Gran Bretaña iba a hundirse si se obstinaba en proseguir su lucha en solitario contra Alemania. Estados Unidos mantenía aún su neutralidad. Si entregaba armas a los británicos, las hacía pagar antes en efectivo.

Churchill se enfrentaba a decisiones dolorosas. El 27 de mayo de 1940 comentó a los miembros de su gabinete de Guerra que estaba dispuesto a alcanzar la paz aunque fuera al precio de entregar a los germanos Gibraltar, Malta y algunos territorios africanos. No obstante, este era una especie de plan B. En público hacía todo lo posible por mantener alta la moral de guerra de los británicos.

Un hombre, por decir que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel

En esos momentos se especulaba con la incorporación al bando alemán de la España franquista. Downing Street hizo todo lo posible para mantenerla en una situación de neutralidad, aunque fuera por medios poco confesables. El embajador soviético Maiski refirió en su diario el trato desconsiderado hacia Juan Negrín, antiguo primer ministro de la Segunda República, por entonces exiliado en el Reino Unido. El político socialista recibió un mensaje inequívoco: podía permanecer en el país, pero el gobierno de Su Majestad deseaba que hiciera las maletas “por voluntad propia”.

El significado del gesto estaba claro. Londres intentaba satisfacer a Franco con una demostración de hostilidad hacia uno de sus enemigos.

Gran Bretaña hacía la guerra para defender, además de su independencia, la democracia, pero la Normativa 18B permitió a Churchill encarcelar a determinadas personas sin juicio previo. Andrew Roberts trata de disculpar esta medida al indicar que el propio primer ministro la consideraba “odiosa”, una solución provisional en circunstancias extraordinarias, y que liberó en cuanto tuvo ocasión a los afectados, cuando ya no constituían una amenaza para la seguridad del país.

En un clima de absoluta incertidumbre, bajo la permanente amenaza de una invasión nazi, había que combatir el derrotismo. Para neutralizarlo se aplicaron métodos que coartaban las libertades civiles. Se detuvo, por ejemplo, a una persona que se quejaba por el precio del pan. Un individuo de Leicestershire, por decir en un pub que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel.

Cualquiera que pusiera en duda la victoria final cometía un delito. Porque, como señalaría el propio Churchill en su historia de la Segunda Guerra Mundial, las circunstancias de la guerra pronto exigieron “la subordinación casi completa del individuo al Estado”.

Retrato de Winston Churchill tomada en 1941.

Foto de Winston Churchill tomada en 1941.

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Entretanto, en el trabajo diario con sus colaboradores, Churchill demostraba una y otra vez su mal carácter. Se le puede disculpar con el argumento de que estaba sometido a una enorme presión, pero nunca fue un hombre fácil. Hería a la gente de su entorno con sus comentarios sarcásticos. A los que no eran capaces de entenderle, cosa no siempre fácil si soltaba gruñidos o sonidos incomprensibles, les preguntaba por qué no habían leído más o dónde se habían educado.

Su esposa, Clementine, alarmada, le envió una carta advirtiéndole que había notado que ya no era tan amable como antes y que debía cuidar más sus modales. Él admitía que podía ser brusco en exceso. En un discurso ante la Cámara de los Comunes en 1941, reconoció que nadie le superaba en el uso de un lenguaje de escarnio y severidad: “Bien pensado, no sé por qué muchos de mis compañeros no me han retirado ya la palabra”.

Según Roberts, un autor que le es abiertamente favorable,si se hubiera comportado de la misma forma en la actualidad, habría acabado ante los tribunales. No obstante, aunque en demasiadas ocasiones pecara de falta de tacto, también es cierto que conservaba una dosis de encanto que por lo general le permitía calmar las aguas tras haber desatado una tormenta.

Una derrota tras otra

Por razones políticas, Churchill envió tropas para apoyar a Grecia, aunque no existían posibilidades de victoria. No deseaba presenciar la caída de un aliado sin hacer nada para defenderlo. El resultado fue el esperado: la península helénica cayó de todas formas en manos de los alemanes. Geoffrey Regan, en su Historia de la incompetencia militar, deja claro que se trató de una chapuza política, más que militar.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

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El fracaso en tierras helenas afectó a las operaciones en África, al distraer unas fuerzas que habrían servido para oponerse al Afrika Korps de RommelEl Zorro del Desierto infligiría humillantes derrotas a los británicos, en parte motivadas por el apresuramiento de su primer ministro. Este, impaciente por obtener resultados, se inmiscuía una y otra vez en las operaciones de sus generales. Hasta que dio con Harold Alexander y Bernard Montgomery, que supieron ponerle en su sitio.

Tras la victoria de El Alamein, tendió a dejar que los profesionales de la guerra hicieran su trabajo, pero no le fue fácil. Montgomery tendría que pararle los pies antes del desembarco de NormandíaChurchill antepuso otra vez las consideraciones políticas a las militares en 1942, al enviar una fuerza naval a Singapur que no podía evitar que la plaza cayera en manos japonesas. El Prince of Wales y el Repulse, sin cobertura aérea, no tardaron en ser hundidos, con un saldo de 840 muertos.

Regan señala que, con Singapur, el Reino Unido se dejó llevar por su orgullo imperial. Se empeñó en defender una plaza sin valor estratégico, solo por su importancia como símbolo moral, más allá de consideraciones estratégicas o políticas. Se suponía que la ciudad, con su resistencia ante el Imperio nipón, exhibiría ante el mundo la capacidad de recuperación de los británicos.

Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera

Métodos crueles

Tras ocupar Singapur, los japoneses se apoderaron de Birmania. Al ver amenazada la frontera oriental de la India, Churchill aplicó una política de tierra quemada en la región de Bengala. Los excedentes de arroz y otros alimentos debían ser destruidos. Y de lo que no se destruía, buena parte se exportaba hacia el Reino Unido, en lugar de satisfacer las necesidades de la población local. Se provocó así una hambruna en la que murieron alrededor de tres millones de personas.

Para Antony Beevor, este fue, probablemente, el episodio “más vergonzoso y escandaloso” de la dominación británica. Cuando recibió informes sobre la terrible escasez, el premier inglés preguntó por qué, si faltaban tantos alimentos, Gandhi no había muerto todavía. Sentía por el líder pacifista hindú una tremenda animadversión. Entre otros motivos, porque había sugerido a los británicos que se rindieran al Tercer Reich: “Dejad que tomen posesión de vuestra hermosa isla con su sinfín de hermosos edificios. Les daréis todo esto, pero no vuestra alma y vuestra mente”.

En 1940, Gandhi creía que Hitler no era “tan malo” y que estaba alcanzando victorias sin un excesivo precio en vidas. En Europa, la guerra cambió en sentido favorable a los británicos a partir de 1942. Pero aún quedaba una lucha larga y sangrienta. Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera.

No consideraba que su país tuviera que ligarse a un código caballeresco mientras los nazis combatían sin ningún límite ético. Por eso autorizó bombardeos despiadados sobre ciudades alemanas, como el de Dresde, que se justificaron con mentiras sobre su importancia estratégica o industrial. El verdadero objetivo era aterrorizar a la población germana.

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

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Con el fin de prevenir un hipotético ataque sobre Londres con armas biológicas, el premier británico dio luz verde a los ensayos de la Operación Vegetariana. La idea consistía en arrojar sobre territorio enemigo pastillas de pienso contaminadas con carbunclo. Las pruebas que se efectuaron en Escocia hacían presagiar un efecto devastador, puesto que la isla de Gruinard quedó inhabitable, y permaneció así hasta 1990.

La derrota final del Tercer Reich hizo innecesaria esta medida drástica, que hubiera debido afectar, en teoría, solo a los rebaños, no a los seres humanos. En realidad, la utilización controlada del carbunclo resultaba por completo imposible.

Poco antes de que concluyeran las hostilidades, Churchill, preocupado por la hegemonía soviética en el este de Europa,ordenó a los militares que trazaran un plan de contingencia contra la URSS. La Operación Impensable planeaba lanzar un ataque que iniciaría una nueva contienda, que se preveía larga.

El asunto, por fortuna, quedó tan solo en una especulación. El Reino Unido, agotado por la larga lucha contra el Tercer Reich, no estaba en condiciones de desencadenar otro enfrentamiento. De haberlo intentado, no habría encontrado ningún apoyo internacional, porque Estados Unidos no estaba por la labor. El proyecto permaneció en secreto hasta que, medio siglo después, se revelaron todos los detalles.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

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Como señala Max Hastings, fue una suerte para la reputación de Churchill que se tardara todo ese tiempo en hacer pública la documentación. El líder británico creyó posible doblegar a los soviéticos cuando se produjo la invención de la bomba atómica, una noticia que recibió con júbilo. Su existencia permitiría, a su juicio, amenazar a Stalin con destruir, en caso de necesidad, Moscú, Stalingrado, Kiev y otras ciudades.

Tanto optimismo no tenía en cuenta que, con la tecnología de la época, era muy complicado materializar un ataque nuclear. A diferencia de los japoneses en Hiroshima y Nagasaki, con defensas antiaéreas ya muy disminuidas, la URSS sí poseía los medios para derribar cualquier avión que transportara el terrible explosivo antes de su destino.

Cómo no ser reelegido

En teoría, el hombre que había dirigido Gran Bretaña a lo largo de la Segunda Guerra Mundial tendría que haber ganado fácilmente las elecciones de 1945. Sucedió justo lo contrario. Es un tópico infundado la idea de un pueblo británico ingrato con su salvador. Lo cierto es que la gente se dio cuenta de que Churchill no era el hombre idóneo para gestionar la paz. No prestaba atención a los asuntos cotidianos del país.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

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Por otra parte, empezó a realizar declaraciones alarmistas. Advirtió que, si ganaba la izquierda laborista, el país se vería en manos de una nueva Gestapo. Además, tras el largo combate contra el nazismo, los británicos deseaban un cambio, una sociedad nueva. Churchill, con su conservadurismo, se oponía a las aspiraciones de renovación. No quería saber nada, por ejemplo, de los planes de la izquierda para establecer un estado del bienestar.

Por eso sufrió una derrota espectacular. Apenas obtuvo 188 diputados contra 394 de los laboristas. Su mayor error, en palabras de Antony Beevor, “fue no haber mostrado ningún interés por la reforma social ni durante la guerra ni durante la campaña electoral”.

En La Segunda Guerra Mundial, Beevor explica que la mayoría del Ejército votó contra Churchill para romper con el tradicionalismo del pasado, en el que las Fuerzas Armadas reproducían las desigualdades de clase. Un sargento, al ser preguntado por su capitán acerca del sentido de su voto, resumió así sus motivos: “Socialista, señor, porque estoy harto de recibir órdenes de estos malditos oficiales”.

La pérdida de los comicios no sentó bien al líder de los conservadores. Su esposa Clementine trató de consolarlo. Afirmó que, tal vez, la derrota fuera una bendición disfrazada. Obtuvo una réplica mordaz: “Pues si es una bendición, desde luego se ha disfrazado muy bien”.

Una figura crepuscular

Había luchado contra Hitler, entre otros motivos, por preservar el Imperio británico. Pero, tras la Segunda Guerra Mundial, el agotamiento de la metrópoli y el auge de los movimientos nacionalistas hacían inviable su pervivencia. En 1947, la India se convirtió en un estado independiente.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento Británico, en Londres.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento británico, en Londres.

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En sus memorias sobre la Segunda Guerra Mundial, Churchill escribió que los primeros pasos de la nueva nación se habían dado en medio de horribles matanzas, por las divisiones entre la población hindú y la musulmana. Nada semejante había tenido lugar “durante nuestra ocupación”, añadió, dando a entender que, después de todo, él había estado en lo cierto con su enérgica defensa de la dominación inglesa.

Churchill regresaría a Downing Street en 1951. Permaneció en el poder cuatro años más, pero solo era una figura decadente. Ya no exhibía la descomunal capacidad de trabajo demostrada en el pasado. Por el contrario, se desinteresaba de temas tan importantes como la economía o la política interior.

Dejaba hacer a su gabinete hasta tal punto que no se apreció ninguna diferencia en el gobierno cuando, en 1953, sufrió una apoplejía. Las pocas veces que intervenía en los asuntos de los ministerios, según Andrew Roberts, solo conseguía empeorar la situación.

Durante este segundo mandato se produjo un incidente que dio mucho que hablar. En uno de sus discursos, el premier aseguró que había dado instrucciones al mariscal Montgomery en el sentido de que estuviera preparado para repartir armas entre los alemanes vencidos. En caso de continuar el avance soviético, los antiguos enemigos podían convertirse en aliados para luchar contra el comunismo.

¿Un intento de continuar la guerra? El plan sorprendió a propios y extraños, con lo que se originó una enorme polémica en la que Churchill quedó como un irresponsable. Prácticamente como si hubiera pedido ayuda a Hitler contra Stalin, por más que el Tercer Reich, en aquellos momentos, estuviera ya fuera de juego. En privado, el primer ministro no dudó en confesar que con su comentario desafortunado había “hecho el ganso”.

Vox, escuela de sinopsis con espíritu bélico, el mismo que emplearon en la matanza de Atocha.


El populismo o demagogia política, en principio,  debería luchar en defensa de los intereses y aspiraciones de la sociedad. En España, las diferencias entre populistas de Vox y Podemos es mínima, aunque no haya quien opine que es un todo. En ambos casos, sus líderes actúan como caudillos sin dejar de ser músicos arruinados.

Nadie puede dejar claro si Hitler era populista de  izquierdas o de derechas, sí que el Führer y del poder que le otorgaba ese caudillaje hacía todo lo contrario a lo que la lógica y el sentido común dictaminaban. Nadie, nadie puede asegurar si lo que pretendía era la unión de Europa o que Europa fuese Alemania. Ahora bien, desde el minuto cero de la guerra, Hitler sabía que le había fallado su sentido común, el de las personas y sin titubear mandó sus tropas a morir, en este caso, de frío y hambre. Su historia puede ser muy leída, pero nunca por defensa de los intereses del pueblo alemán.

Abascal trotando con sus caballos e Iglesias poniendo música de fondo con su guitarra, tampoco es que quieran dilapidar al pueblo español, pero si dejarle bastante herido. Ambos son euroescépticos. La barbaridad del Spexit o abandonar la UE, provocaría un éxito de los partidarios de ETA en todo el estado tal o parecido a la simbología maliciosa de Vox y, por descontado, un tremendo batacazo en la economía; es más, en este caso bien el frío o bien el calor o bien las metralletas haría que la naturaleza dispusiera de nuestros cuerpos con adelanto. 

El que Ricardo Chamorro del grupo neonazi Democracia Nacional o Juan J. Aizcorbe Torra, antiguo  candidato por el Frente Nacional y Fuerza Nueva, ahora diputados de VOX es como para pensar. No hay que olvidar que Fuerza Nueva “asesinó” a los abogados de Atocha, solo porque eran abogados, así como a otros tantos agricultores que se opusieron a la incautación de sus tierras ¿es que las balas de los extremistas de derechas tomaban menos velocidad que las de ETA? De Iglesias, poco o nada que no sepáis puedo contar, solo que es un rufián de Maduro y del Ahrimán iraní, donde la vida de una persona vale menos de medio dólar.

Las 10 frases del discurso en el que Casado rompió con la extrema derecha.

Mucho antes de que Santiago Abascal convocara una moción de censura condenada al fracaso y en plena pandemia, dirigentes del PP venían reclamando el discurso que su líder ha hecho justo este jueves, en el momento más difícil, cuando tenía que responder a la encerrona de Vox puso la moción de censura contra Casado, no contra Pedro Sánchez y se llevó estos 10 latigazos con los que os dejo.

1. “No es que no nos atrevamos, que nos hayamos rendido. Es que no queremos ser como ustedes”. Durante mucho tiempo, Casado ha evitado referirse a Vox como “extrema derecha”. Despidió su primera campaña electoral prometiendo a los electores que dudaban entre ellos y Vox que se habían despojado de los “complejos” ideológicos que atribuían a la era Rajoy. Les abrió, incluso, la puerta de su Gobierno si ganaba. Este jueves, el líder popular ha marcado claramente las distancias, volviendo a la idea del PP como partido de gestión, moderado. “Estamos en los lados opuestos. No somos equiparables, son muchas nuestras diferencias. Tantas como la distancia que media entre el liberalismo reformista y el populismo antiliberal. Entre el patriotismo integrador y el antipluralismo. Entre la economía abierta y el proteccionismo autárquico. Entre la vocación europea y atlantista y el aislacionismo. Entre el interés general y el oportunismo demagógico”.

 

2. “Querían cortar dos orejas al PP y han acabado de monosabio de Iglesias”. El PP leyó enseguida la jugada de Abascal al anunciar la moción de censura el pasado verano. No se trataba de echar a Sánchez, sino de incomodarles a ellos. Anunciaron que no la apoyarían, pero dudaron entre la abstención y el voto en contra. Tras anunciar un rotundo no, Casado ha calificado la maniobra de Vox como una “moción de impostura”. “Mucho ruido y pocas nueces, como todo lo que hacen. Su única aportación ha sido Vista Alegre y un autobús descapotable", dijo. Casado subrayó que la moción fallida solo refuerza al Gobierno. “Hoy Sánchez saldrá de este coso a hombros de los diputados de Vox con su tendido ovacionándole. ¡Vaya capote le ha echado y vaya bajonazo con el que remata la faena, señor Abascal! Querían cortar dos orejas al PP y han acabado de monosabio de Iglesias”.

 

3. “Qué dislate. ¡Si hasta citó a Hitler!”. Casado ridiculizó el discurso de Abascal: “El dislate que hemos presenciado no es una moción de censura contra Sánchez, sino contra China, Soros, Botín, la Unión Europea, las autonomías y hasta la vestimenta de los políticos. ¡Si hasta citó a Hitler y la URSS!”, recordó el líder del PP. “Y no será por falta de tiempo. Mientras usted preparaba concienzudamente su particular puesta de largo, apareciendo solo siete veces en público en tres meses, la política adulta ha seguido trabajando”.

 

4. “La alternativa no se construye recitando hazañas bélicas y cabalgando un ejército de trolls”. Casado situó a Vox claramente en la ultraderecha, aunque es el partido de Santiago Abascal el que permitió con sus votos, que el PP presida los Gobiernos de Madrid, Andalucía y Murcia.

 

5. “Víctor Frankenstein”. El PP suele referirse al bloque que apoyó la investidura de Pedro Sánchez como “el Gobierno Frankestein”. Este jueves, Casado ha señalado a Abascal como el hombre que “sutura las cicatrices que se estaban abriendo” en la coalición de Gobierno. “Ha llegado en auxilio de la criatura en su peor momento, para revivirla una temporada más”. “Vox es el seguro de vida política de Sánchez para seguir de inquilino en Moncloa. Ya se sabe que la política hace extraños compañeros… de colchón, en este caso”.

 

6. “No quiere cambiar al Gobierno sino suplantar al PP, pero abandone toda esperanza”. “Permítame que rebaje un poco sus expectativas y le ponga los pies en el suelo”, se dirigió a Abascal. “Usted acaba de tener cero diputados en Galicia y un solo diputado en el País Vasco, y al coste de hacer perder tres escaños al constitucionalismo, como pasó en las elecciones generales en las que los amigos de los asesinos de Miguel Ángel Blanco consiguieron el escaño de su hermana, porque los restos de votos de Vox no sirvieron para nada”.

 

7. “Ha llegado el momento de pasar del enfado a algo constructivo”. “Voy a aprovechar la oportunidad para dirigirme los que votaron a Vox”, ha anunciado Casado durante su intervención. “No merecen pasar por radicales o extremistas, porque no lo son y no merecen ser utilizados para una agenda que aleja la gran alternativa centrada y ganadora que España necesita”. “Ha llegado el momento de pasar del enfado a algo que pueda ser más constructivo y que no regale nunca más una victoria a Sánchez, con menos votos, debido a la división de sus adversarios. Usted, señor Abascal, solo ofrece a España fracturas, derrotas y enfados y lo que es peor, ofrece a la izquierda una garantía de victoria perpetua”.

 

8. “Sánchez es el peor presidente de los últimos 40 años. Cuarenta, sí, cuarenta”. Casado se desmarcaba así de la frase que Abascal ha repetido en las últimas semanas, también durante la moción de censura: que el Gobierno es el peor “en los últimos 80 años”, es decir, peor que la dictadura franquista.

 

9. “Decimos no a este engendro antiespañol que patrocinan con esa política cainita”. Casado argumentó así su voto en contra de la moción. “Decimos no a la ruptura que usted busca, a la polarización que usted necesita, como Sánchez. No a esa España a garrotazos, en blanco y negro, de trincheras, ira y miedo. No a ese engendro antiespañol que también patrocinan ustedes. Esa antipolítica cainita, de izquierda o de derecha destinada a hacer que los españoles se odien y se teman”, dijo, dirigiéndose a Abascal. “No da la batalla de las ideas, su única idea es arrastrar a los españoles a una batalla”.

 

10. “Política sin complejos, sí, pero con cabeza”. “Desde el PP seguiremos activos en la guerra cultural, sí, pero sobre todo en la de aquí y la de ahora. No contra conspiraciones judeomasónicas, ni con el cantoral castrense”. “El colectivismo y el intervencionismo no se combaten con demagogia y populismo sino con libertad y tolerancia con cada persona, tenga el color de pie que tenga, rece al dios que rece, ame a la persona que ame, sueñe en la lengua que sueñe".

El juicio de los EREs de Andalucía que, desde la oscuridad, dirige Garzón no se celebrará nunca Al final un simple error administrativo. Susana Díaz adelanta las elecciones, mientras su “equipo” se gasta 32.000 euros en mujeres necesitadas.




Hoy, la juez Núñez Bolaños acatando órdenes de la Ministra y marioneta de Garzón, Lola Delgado abre diez nuevas piezas separadas de los EREs y ordena a la UCO investigar otras cinco ayudas fraudulentas.

¿De qué vale mentirnos? Los españoles somos como somos y, en la mayoría de los casos, como otros quieren que seamos. La historia nos acredita en los acontecimientos y en las circunstancias, esas de las que otro español que nos conocía como fue Ortega y Gasset, explicaba de manera resumida. Los españoles aparentemente somos contradictorios, anárquicos, individualistas, apasionados, superficiales, vitalistas, novios de la muerte, enamorados de la vida, dejados, obsesivos. Los españoles no obedecemos a patrones predeterminados y tópicos, salvo quizás la paella y los toros, que, en realidad, para quienes somos españoles, sabemos que sólo son nada más que eso, simples tópicos como también lo son otros muchos que no responden a la propia realidad. Cuando digo españoles, digo españolas, que ese es otro debate, otra moda que ahora se enraíza en el lenguaje político de manera algo artificial.

Sirva esta introducción para exponer que dentro de nuestras contradicciones patrias se encuentra la de la exigencia pública. El Estado, la Administración, viene obligada a prestarnos medios y ayuda. El Estado, la Administración tiene que prestarnos servicios, ”porque yo lo valgo” y ¡ojo!, buenos servicios. Servicios de calidad. Servicios de Alemania, de Dinamarca. Queremos, exigimos, sanidad, educación, protección y seguridad. Exigimos subvenciones, fiestas, descanso, calidad, e, incluso, exigimos hasta que España vuelva a ganar un Mundial. En realidad, eso es bueno. Requerir a las administraciones que inviertan de manera razonable en bienestar social es signo de país desarrollado.

Ahora bien, la pregunta es ¿qué estamos dispuestos cada uno a aportar? Y, sobre todo, ¿cómo se deben distribuir los ingresos públicos? Supongo que cada español, haríamos una distribución a nuestra medida y según nuestras necesidades y valores. No obstante, nadie puede negar que junto a Sanidad y Educación –y como si de una Cenicienta se tratase–, la Justicia constituye la base del propio armazón del Estado democrático y de Derecho, de un Estado libre social y base de la propia convivencia. La Justicia lo impregna todo para bien. Crea seguridad, estabilidad, riqueza. La Justicia iguala y evita abusos de quienes pretenden ser más fuertes. La justicia cobija con su manto para lo bueno y lo malo a todos y cada uno con independencia de circunstancias personales y profesionales.


Basta echar la vista atrás en recientes acontecimientos políticos, bancarios, territoriales para que quien no sea obtuso mental se dé cuenta. La Justicia en definitiva es esencial, un pilar decisivo para el armazón de la convivencia y el desarrollo personal y colectivo. Esa Justicia viene impartida por mujeres y hombres preparados, responsables y que en una cifra que ronda los 5.000, han resuelto en lo que va de año más de 5.000.000 de asuntos, es decir, los problemas de quien ahora lee este artículo, los problemas jurídicos de todos. Son mujeres y hombres que nada tienen que ver con las películas anglosajonas, esas en las que los jueces llevan peluca, viven en ostentosas mansiones y toman el té a las cinco en un club de golf elitista. Al contrario, los jueces en España están mal retribuidos, no hay que tener vergüenza en decirlo. Los jueces tenemos corazón y también gastos, como todos. (yo ya estoy en una edad que creo debo decir lo que pienso, tras razonar).

En teoría, somos un Poder. Claro que hay otros funcionarios que perciben menos, pero ese no es el tema ¡Que no nos confundan y enfrenten por ahí! Los jueces padecemos unas incompatibilidades, un horario, una responsabilidad y una necesidad de independencia, que desde luego no se retribuye en absoluto con lo que ahora se otorga de manera rácana por el Ejecutivo y el Legislativo. En realidad, no interesa pagar bien a los jueces. Conozco casos de compañeros que tienen que compartir piso en determinadas ciudades porque no les llega para pagar el alquiler. Conozco compañeros que ganan menos que el jefe de la Policía municipal, con mis respetos para todos.

Leo en el periódico que en una ciudad del sur, algunos alumnos que se han convertido en traficantes le decían al maestro: “¡Profesor, nosotros en un día cobramos lo que usted en meses!”. Eso no es bueno para una sociedad. Eso no es sano para un Estado moderno. No quiero eso para mis hijos. El esfuerzo, la valía, el sacrificio y la independencia frente a la corrupción, frente a los poderes fácticos, la creación de seguridad y riqueza, deben ser bien retribuidos. El servicio público y la Justicia de calidad deben ser bien pagados por la sociedad. Es una buena inversión para todos.


No pedimos nada especial, sólo que se nos reponga en lo que se nos ha ido detrayendo durante varios años desde 1989. Nadie va a ver recortados sus derechos porque el Ejecutivo y el Legislativo, como en otros países, garanticen una cierta capacidad adquisitiva de sus jueces. En un presupuesto, esa cuantía es mínima. Unos jueces que, por cierto, ni siquiera tenemos las mismas vacaciones y permisos del sector público, que no podemos elegir a nuestros representantes pese a que Europa lo dictamine, unos jueces que no poseemos un trabajo ni un horario predeterminado y, sin embargo, padecemos unas incompatibilidades y un régimen disciplinario extenso.

Unos jueces, también, que demostramos día a día responsabilidad y lealtad con la Constitución y con las personas, garantizando además la limpieza electoral. Unos jueces que padecemos una de las ratio más bajas de Europa por número de habitantes. Unos jueces, en definitiva, que creemos no merecer esto, que diría Almodóvar.

Por todo ello, nos vamos a movilizar. Vamos a hacerlo por nosotros, faltaba más, pero también por todos, por la propia sociedad de la que formamos parte. Por intentar alcanzar unas condiciones profesionales que beneficien a nuestra nación y una Justicia de mayor calidad, eficacia y rapidez. Llegaremos hasta donde haya que hacerlo para que se nos haga caso. Estas movilizaciones no se dirigen a un partido concreto, sino a una estructura que nos viene en cierto modo menospreciando desde hace tiempo o, lo que es igual, menospreciando a la sociedad normal. Las cosas pueden comenzar a cambiar. La sociedad española puede mejorar aún más. No somos ninguna casta. Los jueces –y esto sí que no es un tópico– somos usted y yo, y ambos tenemos corazón, deseos y necesidades vulgares.



Raimundo Prado Bernabéu es el portavoz nacional de la Asociación de Jueces y Magistrados Francisco de Vitoria.


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