Comentando una forma de vivir creativa y pasional, la textura es de rabia y emotividad, hay desesperación y un poco de ansiedad. ¡¡BASTA YA¡¡.
Juan Pardo Navarro
Necesitamos
nuevos liderazgos que regeneren, en el amplio sentido de la expresión,
la vida política de España. Otra izquierda, comprometida con la
Constitución, el bien común y la democracia
La
nación española, el conjunto de los ciudadanos, es la mayor víctima de
la traición que Sánchez va a perpetrar con la amnistía a los dueños de
los escaños que necesita –que eso, y no otra cosa, es lo que ocurre–.
Hay, sin embargo, un segundo escalón de enorme gravedad: la traición a
los valores que se suponía defendía la izquierda en general y el PSOE en
particular, que no es otra cosa que la igualdad de los ciudadanos ante
el imperio de la ley, que desaparecerá el día que se apruebe la
amnistía. La fascinación del PSOE moderno con el retrógrado nacionalismo
ha sido siempre un expediente X del análisis político español, pero lo
de Sánchez es menos complejo, es sencillísimo: solo quiere gobernar y lo
hará a cualquier precio, incluso llevándose por delante a su país y,
por supuesto, a su propio partido.
Ahora
más que nunca se necesita una alternativa a este PSOE que ha dejado en
el camino todos los atributos de un partido democrático y moderno. Con
el actual socialismo se ha retrocedido cien años. Hemos vuelto al PSOE
que apoyaba dictaduras e intentaba golpes de todo tipo. Es preocupante
comprobar cómo nos tenemos que enlodar en expresiones graves. Creíamos
que nunca tendríamos que escribir lo que ahora usted está leyendo, pero
Sánchez nos obliga a ello. Los propios jueces reconocen que con la
amnistía a los golpistas de 2017 se cargan la democracia tal y como la
entendemos y desaparece el Estado de derecho. ¿Podemos delinquir todos a
partir de ahora?
Sánchez
y la corte de los milagros que le acompaña han deteriorado la
democracia tanto, que ahora mismo vivimos en un país donde un periodista
no puede hacer una pregunta incómoda. La clase política no responde a
los periodistas, solo a sus corifeos. Hasta aparecen personajes
increíbles tratando de tapar las cámaras de un reportero que pregunta
con toda educación a una señora que pretende limitarnos los vuelos. Si
nos lo cuentan hace diez años, no nos lo creemos.
Necesitamos
nuevos liderazgos que regeneren, en el amplio sentido de la expresión,
la vida política de España. Necesitamos una nueva izquierda y al
agonizante PSOE, por muy vivo que se crea en estos momentos, hay que
darle una alternativa. España clama por otra izquierda, comprometida con
la Constitución, el bien común y la democracia.
El
hecho mismo de que Sánchez, uno de los hombres públicos de mayor
indigencia intelectual y moral, pueda representar una corriente
política es la mejor demostración del lamentable momento que vivimos.
Pedro Sánchez y Ursula von der Leyen, en la última visita de la presidenta de la Comisión Europea a Madrid.
La Comisión Europea no parará la amnistía de Sánchez sin un texto jurídico que se considere anticonstitucional
El
equipo de la presidenta Ursula Von der Leyen sigue echando balones
fuera y tilda el problema de «asunto nacional» ante el que prefiere no
pronunciarse
La Comisión Europea con Ursula von der Leyen a la cabeza evita por enésima vez pronunciarse respecto a la posibilidad de una amnistía a los golpistas catalanes, incluso después de que el presidente Pedro Sánchez se haya mostrado a favor en un acto de su partido el pasado fin de semana.
Desde que Carles Puigdemont lanzara el órdago de sus condiciones para apoyar al líder socialista en una supuesta investidura, la respuesta desde el edificio Berlaymont de Bruselas ha sido la misma: «es un asunto nacional y no comentamos sobre estos temas».
La comparación con otros casos es obligada. La Comisión sí actuó contra Rumanía, Polonia y Hungría contra reformas que hubieran dado impunidad a los políticos, según su parecer.
En el caso de Rumanía se actuó para evitar que se amnistiara a políticos que habían sido condenados por corrupción. El presidente de la Comisión en su momento, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, consideró la opción como «un paso atrás en el Estado de Derecho».
Contra Varsovia y Budapest se
actuó por considerar que había leyes contrarias al propio Estado de
Derecho europeo, aunque siempre se ha entendido que la supervisión tuvo
que ver más con motivos ideológicos que políticos.
Sánchez tiene las espaldas cubiertas
Ahora que Pedro Sánchez ha anunciado su apoyo a una posible amnistía como condición sine qua non para ser investido, la Comisión Europea parece no ver la misma violación del Estado de Derecho que en anteriores ocasiones.
«En
el nombre de España, en el interés de España, en defensa de la
convivencia entre españoles, defiendo hoy la amnistía en Cataluña por
los hechos acaecidos en la década pasada», afirmó Sánchez en su
intervención en abierto en el Comité Federal del PSOE, máximo órgano del partido entre Congresos, del que forman parte entre otros los miembros de la Ejecutiva Federal y los líderes territoriales.
Puigdemont y sus acólitos no fueron condenados por corrupción, sino por saltarse el orden constitucional vigente, llevar a cabo un golpe de Estado suave y romper el principio de igualdad de todos los españoles.
Esto
no se considera suficiente para intervenir, no al menos mientras no
haya un texto jurídico y una sentencia que lo considere
anticonstitucional.
Y
es que este es el quid de la cuestión. Según fuentes consultadas por
este medio, la Comisión Europea no tomará medidas al respecto mientras
no exista un documento en firme.
Aun suponiendo que esa ley sea recurrida ante el Tribunal Constitucional, la CE se escuda en que no interviene en asuntos que afecten al ordenamiento constitucional de un país.
La realidad es que el Tribunal lo controla el PSOE a través de Cándido Conde-Pumpido, por lo que Sánchez tendría las espaldas cubiertas de antemano.
Por otro lado, el comisario de Justicia Didier Reynders
dejó claro hace unos días que solo actuaría en caso de que en la ley se
incluyera una modificación incuestionable del delito de malversación.
Un
delito que ya ha sido modificado por otra vía de manera previa. Por lo
tanto, la vía Reynders es una vía muerta desde el principio.
Incluso en ese caso, cualquier recurso de la Comisión tardaría demasiado tiempo en resolverse en el Tribunal de Justicia Europeo.
Es
decir, que para entonces Pedro Sánchez no sería ya presidente de la UE
-algo realmente grave si se le condena durante este cargo-, pero ya
habría sido nombrado presidente de España por lo que sería imposible una
decisión de dicho Tribunal que sirviera para revocar un nombramiento
semejante.
Lo
que se extrae de todo esto es que la Comisión Europea por el momento no
quiere oír ni hablar de intervenir al Gobierno por el tema de la
amnistía (una patata caliente que prefiere evitar); que de hacerlo es
bajo unos supuestos que no se van a dar y que Pedro Sánchez conoce esto
de sobra y sabe que no hay manera de que su supuesta ley de amnistía le
pase factura desde Europa.
Doña
Leonor ha de ser una Princesa todavía mejor preparada que Don Felipe
cuando fue Príncipe, porque España es el único país de Occidente que
tiene miembros del Partido Comunista en el Gobierno
La
jura de la Constitución de la Princesa de Asturias en un momento en que
España tiene el Gobierno más hostil a la Corona desde 1931 es un faro
de esperanza. La Princesa Leonor es una heredera que está recibiendo una
formación específica para asumir un día la corona. Ya en su día se dijo
que Don Felipe era el Príncipe mejor preparado de la historia de
nuestra Monarquía. Pues con el conocimiento de los retos que está
teniendo el reinado de Don Felipe, Doña Leonor ha de ser una Princesa
todavía mejor preparada. Porque España es el único país de Occidente
que tiene miembros del Partido Comunista en el Gobierno, incluyendo a
una vicepresidente del mismo. Y nunca ha habido hasta ahora una
Monarquía que haya superado un Gobierno comunista.
Frente a estas adversidades, quiero recordar una vez más mis cinco razones por las que una Monarquía es un sistema mejor.
1.- La Monarquía representa la pluralidad de identidad y la constante renovación dentro de la continuidad. La
democracia exige el cambio cíclico de gobernantes. Ningún partido puede
estar permanentemente en el poder y la alternancia es un componente
básico del sistema. Pero en ese mismo sistema, el Monarca puede y debe
representar los valores de un país en el que ostenta la jefatura del
Estado. Y al representarlos se convierte en un elemento de convergencia
entre diferentes intereses de identidad política y étnica. Un Rey de
España que ostenta títulos como Rey de Castilla, de León, de Aragón, de
Navarra, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Córdoba, de Murcia, de
Gibraltar, de las Islas Canarias, de Conde de Barcelona y de Señor de
Vizcaya, por hablar sólo de los territorios que hoy son españoles o
aspiramos unánimemente a que lo sean, necesariamente es visto como una
referencia incluso por quienes no necesariamente se sienten españoles. Y
en esta hora, la Princesa de Asturias tiene ante sí una amenaza sobre
partes del Reino cuyos títulos llevará un día: Reina de Navarra, Condesa
de Barcelona y Señora de vizcaya.
2.- La Monarquía es un sistema más moderno.
La República es un sistema más natural; es decir, es más elemental, más
retrasado. Toda la civilización es una resta a lo natural. Todo lo que
es más natural es más inferior. El reparto comunal de los bienes es más
natural que la propiedad. Toda la civilización –los Reyes, la propiedad,
el contrato matrimonial– implica un elemento de modernidad y es
complicación y artificialismo, sobrepuestos, como freno y límite, a esas
naturalidades. Como son también añadiduras a lo natural la educación,
los modales o la corbata. Y precisamente por la elaboración y
decantación a través de los siglos que conlleva una Monarquía, hay que
entender que no está en la mano de cualquier pueblo tener una Monarquía,
pero sí lo está el tener una República. Una revolución se hace en 24
horas; una Monarquía resulta de la decantación de los siglos. Y la
Princesa de Asturias que mañana jura la Constitución es un eslabón en
una dinastía que de padres a hijos o nietos ha reinado desde Vermudo I
de Cantabria en el 789, hace 1.234 años.
3.- La Monarquía permite la independencia. El
sucesor o Príncipe Heredero, en este caso la Princesa de Asturias,
igual que el Rey Felipe VI, no puede ser utilizada por políticos, pues
debe su condición a la naturaleza; está designada desde que nace y la
nación la conoce como tal anulando potenciales luchas por el poder en la
cúpula. En una época racionalista como la nuestra, puede parecer
anacrónico el principio hereditario: se basa en la parte física del
hombre que el racionalismo e idealismo desprecian y que nuestra sociedad
cultiva sin medida.
La Corona Real, símbolo de la Monarquía española. Casa de S.M. el Rey
Pero
en realidad el cuerpo es tan humano como el espíritu, y la herencia es
la única forma de designación de jefe de Estado que no es manipulable,
lo que inviste al Rey de independencia, la condición más importante en
su función. Lo que da un valor inigualable a la Monarquía es la herencia
en la jefatura del Estado por la independencia de que le dota la
condición hereditaria. Y la condición hereditaria ha de darse dentro de
una familia. Es lo que el político y diplomático francés Charles Benoist
resumió en la máxima «una dinastía, siempre la misma, en una Monarquía
siempre renovada».
Como
sostenía don José María Pemán en sus «Cartas a un escéptico en materia
de formas de gobierno»: «Por mucho que se aguce el ingenio no se
encontrará jamás ninguna forma de transmisión inmediata, sin intervalo
ni solución de continuidad, comparable en claridad y rapidez a la
transmisión familiar de padre a hijo. Por eso todos los fundamentos
sociales que requieren características de continuidad y permanencia
tienen histórica y científicamente carácter familiar; por eso «el padre»
es la gran palabra sillar e inconmovible que aparece escondida en la
raíz etimológica de todo cuanto designa algún sostén fundamental de la
sociedad humana. A cosa de padre suena la patria, que es la nación; y el
patrimonio, que es la propiedad, y el patriarca, que es la autoridad. A
cosa de padre tiene que sonar también, si no en su nombre, en su
realidad entrañable, la mejor forma de Gobierno», la Monarquía. Y para
rematar su idea Pemán concluye: «La familia, que no el individuo, es
secularmente el sujeto de la propiedad, de la preeminencia o del honor.
¿Qué tiene de extraño que sea también el sujeto del Gobierno?» Y fuera
de la herencia, no hay otra salida que la elección, con sus
condicionantes de dependencia, incluso servilismo y de busca de
beneficio en el plazo de poder.
4.- El peor Rey es mejor.
La condición humana es impredecible. La historia de todas las
monarquías que en el mundo hay o hubo ha generado buenos y malos
Soberanos. Y con frecuencia no han sido los peores los que estaban en el
trono en el momento de un cambio de régimen. Pero la Monarquía ha
evolucionado con el concepto de soberanía nacional y hoy en día, en
Occidente, forma parte de regímenes constitucionales. En un sistema
constitucional –como el español al que jura lealtad la Princesa– la
potestas de la que dispone un Rey está muy limitada.
Y
un mal Rey tendría pocas posibilidades de hacer daño a la nación
precisamente porque sus poderes están muy circunscritos. En cambio, un
buen Rey se va llenando de auctoritas gracias a su forma de reinar –de
ninguna otra manera puede lograr esa autoridad–. En cambio, un mal
presidente de una república está constantemente actuando para conseguir
dar continuidad a su labor; con frecuencia intenta desbordar sus
competencias para justificar su presencia al frente del Estado y genera
crisis.
5.- No es el sistema perfecto; es, simplemente, el mejor posible.
Si es relativamente fácil diferenciar entre los políticos que piensan
siempre en las próximas elecciones y los que piensan en las próximas
generaciones cabe afirmar, a priori, que, de natural, el político
sometido a las urnas tiene que pensar en las próximas elecciones
mientras que para la Princesa, cuando sea Reina será más fácil pensar
siempre en las próximas generaciones. Porque el Rey es el diputado de
todos: los que votan a unos, los que votan a otros y los que no votan.
El hombre es capaz de entender los principios universales, y como
consecuencia, a veces, piensa que existen en el mundo creado: grave
error, pueden habitar su entendimiento, impulsar su voluntad, pero no
son aplicables porque son entes de razón.
El Rey y la Princesa de Asturias, durante los actos con motivo del Día de la Hispanidad.
Le
hacen buscar la perfección, mas se equivoca cuando ajusta normas a
entelequias. La Monarquía hereditaria no es la pauta perfecta para el
gobierno de la sociedad, es, nada más y nada menos, la mejor posible
para el gobierno de unos seres limitados. Y la distinción entre límite y
perfección es clara, pero se olvida a menudo. Recordemos el ejemplo
clásico: el mulo no entiende un silogismo, pero no es por imperfección
del silogismo, es por limitación del mulo, que es, sin embargo, un
perfecto mulo sin saber la teoría del conocimiento.
Terminemos
con un sentimiento. Irracional y, quizá por ello, muy cierto. Decía don
José María Pemán en la obra citada: «Al lado del Carlos V de Tiziano,
un presidente de República tiene un cierto aire de retorno, no diré que
hacia el jefe de tribu, pero sí hacia el alcalde pedáneo o el juez de
paz». Esa afirmación es de 1937. A muchos nos parece plenamente válida.
Con mi devota lealtad, Alteza.
Cada día hay más indecencia
a la Constitución. El 41 aniversario de la Constitución será recordado como el más amargo de la democracia. Este aniversario
es constitucionalmente, anticonstitucional por su insinuación a terroristas,
sectarios y bandidos comunitarios. Nunca como hasta ahora había sido tan
cuestionada la vigencia del ordenamiento legal que desde el 6 de diciembre de
1978 sanciona la libertad y la igualdad de todos los españoles. Más allá del
debate sobre la necesidad de su reforma -que no puede plantearse sin aclarar
previamente en qué extremos, para qué fines y con qué mayoría-, hoy lo urgente
no es incurrir en el marco mental del separatismo señalando deficiencias
susceptibles de enmienda, sino reivindicar el orden democrático que nos ha
permitido disfrutar del periodo más largamente próspero y pacífico de nuestra
historia.
Bajo ningún concepto deberíamos
resignarnos a la total degradación de la cultura de la Transición, por más que
las señales de agotamiento del sistema a nadie se le ocultan. El auge del
populismo y el desafío en vigor del secesionismo han desatado una crisis de
Estado que conviene reconocer para mejor afrontarla. Esa crisis tiene muchos
padres, pero ya deberíamos ser capaces de identificar una causa principal: la
contumacia en la deslealtad del nacionalismo y la necesidad que ha tenido de
sus votos el bipartidismo para completar mayorías de gobierno, aumentando sus
cesiones hasta vaciar de presencia del Estado las zonas controladas por
nacionalistas.
Esta deriva ha alcanzado el
grado de exaltación bajo la presidencia de Pedro Sánchez. Ningún otro gobernante
se había atrevido a tensionar tanto las costuras de la democracia del 78,
tratando de normalizar por la vía de los hechos consumados alianzas e hipotecas
que hasta su llegada se habían considerado infames. Vivimos un momento político
en que el presidente en funciones del Gobierno de España provoca un titular
cuando afirma que su negociación con ERC para granjearse el respaldo a su
investidura se desarrollará dentro de la ley y será pública. Que se sienta obligado a advertirlo resulta revelador de su fama
pero no supone siquiera garantía de nada, habida cuenta del deleznable valor de
la palabra de Sánchez. Un político que hizo campaña contra el separatismo y que
tras abrir las urnas fue a depositar la llave del gobierno en la cárcel de
Lledoners, donde cumplen pena los condenados por sedición. Por debajo de los
fastos constitucionales de hoy, proseguirá la humillante subasta al precio
indigno de no recurrir las resoluciones desafiantes del Parlament o de pactar
una institucionalidad paralela como la mesa de partidos que exigen ERC y Junts
per Catalunya, partidos responsables de la mayor agresión al orden
constitucional desde el 23-F.
El protocolo que conmemora
la Constitución resulta hueco si no compromete a sus protagonistas. Hoy es un
día para rechazar tanto la beligerancia de los antisistema como la hipocresía
de los oportunistas, y para renovar la lealtad a los valores sobre los que se
erige nuestra convivencia.