Abascal, un chiquilicuatre al servicio del sanchismo.

 CIS: Sánchez, el mejor valorado; y Abascal, el peor

Por Juan Pardo Navarro

Vox tiene, igual que Sánchez, una oleosa fábrica de palabros, de buñuelos literarios, de churros churriguerescos, de morcillas quevedescas, de garbanzadas léxicas o cuchareras como garbanzadas de Fraga. Sánchez ya sabemos que no gobierna, sino que cada día se mira al espejo, dolorosamente, como una momia desvendada, y manda inventarse acertijos, distracciones, escapatorias, embestidas o quejidos para que el personal se olvide y se atice. Vox, que a lo mejor tampoco quiere gobernar, no vaya a ser que nos demos cuenta de que no sabe, parece que también se quiere salvar o escapar con la frase matasuegras o matamoros. “Prioridad nacional” es eso, un eslogan, una frase de gorra o de peto, de azulejo o de botijo. Como eslogan está bien embutido, porque amarra la urgencia o la emergencia con lo “nacional”, que es una palabra que funciona como gatillo ideológico y emocional inmediato. La prioridad nacional, la legumbre nacional, la música nacional y hasta la morena nacional suenan ya nuestros, importantes, orgullosos, irrenunciables y trascendentes frente a lo minúsculo, lo personal, lo pueblerino, lo partidista o lo invasor. Lo que pasa es que, en democracia, es aplicable al grano, a la cerámica o al fútbol, pero aplicarlo al ciudadano ya sería discriminación, aquí y en Europa (en la China de Sánchez seguro que no).

 

Vox está con la manga churrera o de bombero de los palabros gruesos y los conceptos chorreantes porque ahora se encuentra en la delicada situación, quizá existencial, de tener que elegir entre el populismo antisistema y ser un partido de gobierno. Yo creo que, simplemente, ha escogido la opción más cómoda pero más complicada, que es querer ser las dos cosas a la vez, quizá porque aún no sabe qué ser. Por los salones, firma con el PP acuerdos de gobierno, y, por las esquinas, sigue siendo ese populismo de verborrea, desahogo y tentetieso. Lo de la “prioridad nacional” es una frase de toldillo, como de ferretería española, pero choca con la Constitución, con nuestras leyes y con las europeas, porque aunque los extranjeros no tengan todos los derechos que tienen los españoles, sí mantienen un núcleo importante de ellos. Incluso si en los papeles con el PP, que parecen ya papeles papales, de tanto tiempo y tanta teología gastadas en ellos, se exige lo imposible, no podrá llevarse a cabo. Pero, mientras, en la calle y en los medios, los de Vox pueden seguir quedando como españolazos cimarrones, dándole a la demagogia como a la coz.

Vox tiene ahora dos necesidades, cree uno, y va a intentar satisfacerlas desdoblándose o contradiciéndose. La primera necesidad es la económica, que me parece a mí que haber perdido a Orban ha sido mucho más que perder una referencia, ha sido perder el padrino del aguinaldo, del duro de domingo o del caramelo de domingo, sacado de esos monederos de padrino que son como maletines de médico del Oeste. Vox necesita pisar moqueta, necesita medallones y macetones autonómicos, sillas de mesonero en los cabildos, necesita gobernar o al menos estar donde se gobierna, siquiera dándole a un botafumeiro o desembolando toros. La otra necesidad es mantener a su votante entre ilusionado y cabreado, más cabreado que ilusionado si puede ser, porque ya hemos dicho que sus imposibles siguen siendo imposibles. Vox necesita llegar con votos y poderío a las generales, y eso intenta mientras espera que su gobernanza o desgobernanza no decepcione mucho. Casi todo lo que piden es irrealizable o folclórico, o sea que la decepción, esa decepción de todos los populismos, está asegurada y ellos lo saben. Como saben que el cabreo puede vencer a la decepción, y en eso andan.

La prioridad nacional de Vox resulta que es la prioridad nacional de Sánchez, que también sabe usar gatillos ideológicos y emocionales, y mejor que Vox

Lo de la “prioridad nacional” es un concepto inaplicable, sin significado y puramente sonoro, casi pastoril, lo que no significa que sea inútil. Otros conceptos que llegaron también así de la fábrica del sotanillo de Sánchez fueron y aún siguen siendo muy útiles. Lo curioso es que Sánchez le ha proporcionado a Vox el eslogan y el cabreo, y Vox le puede proporcionar a Sánchez la pieza, o sea el PP, más concretamente Moreno Bonilla. Yo creo que María Jesús Montero sólo está en Andalucía de feria, paseando el clavel altísimo como un farol de náufrago, y que la única esperanza de Sánchez, su verdadero candidato, es Vox. La regularización de Sánchez, caótica, esperpéntica, sin recursos, sin garantías, sin dinero, sin tiempo, y que además está llenando la propia calle de esa imagen de tribu en las calles que describe y quiere Vox; la regularización, decía, es el regalo, el duro de domingo, el aguinaldo de padrino que Sánchez le da a Vox. Sánchez está alimentando el miedo, la polémica y hasta el folclore de Vox con carne humana, que es aún más despreciable que hacerlo con los recursos que él no pone (al final, todo, los servicios y el caos, lo pagarán las autonomías).


La prioridad nacional de Vox resulta que es la prioridad nacional de Sánchez, que también sabe usar gatillos ideológicos y emocionales, y mejor que Vox. En realidad, Sánchez no se queda en el palabro, en la literatura, en el relato, porque para mantener ese relato tiene que intervenir carniceramente en la realidad. Cada relato de Sánchez destroza realmente el Estado, nuestros recursos, nuestra democracia, nuestros servicios, nuestro futuro. Cada vez que necesita un estribillo, un socio, una causa, un enemigo, una escapatoria, de los indepes a China, lo pagamos con realidad, a veces en dinero, a veces en libertad y a veces en libras de carne y sangre. La prioridad nacional, qué macabro, es lo que siempre han exigido los nacionalistas, los indepes, todos los socios de Sánchez (la prioridad identitaria), dándole la vueltecita sentimental, democrática, perversa. Aunque esto casi resulta romántico al lado de la prioridad puramente doméstica de Sánchez. Y la verdad es que les ha funcionado, a Sánchez y a sus socios. Decíamos que la prioridad nacional no se puede aplicar al ciudadano, que sería discriminación, pero las prioridades de Sánchez han conseguido discriminaciones, privilegios, mangazos, impunidades y hasta milagros sobrenaturales. Sí, quizá no sea la cosa tan imposible. Vox aún tiene la guía y la esperanza de Sánchez.

Para Rajoy, el caso Kitchen, sólo fue un caso Bárcenas.


El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy abandona este jueves la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares tras testificar en el juicio del 'caso Kitchen'.
El ex presidente del Gobierno Mariano Rajoy abandona este jueves la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares tras testificar en el juicio del 'caso Kitchen'. | Mariscal / EFE
 

Mariano Rajoy respondió a las preguntas de la acusación con la tranquilidad y la sorna a la que nos tiene acostumbrados. Él iba como testigo y estaba obligado a decir la verdad. Podía negar los hechos ("es absolutamente falso", contestó en varias ocasiones) y haberse quedado ahí. Pero no se conformó con dar titulares ("Yo me llamo Mariano Rajoy, como todo el mundo sabe. Y luego cada uno me llama como quiere"), sino que lanzó un misil a la línea de flotación del caso Kitchen: "Aquí, en todo este tema, no hubo una operación política. Hubo una operación policial, cuyo objetivo fundamental era coger el dinero de Bárcenas y sus testaferros". Y añadió: "Estoy convencido de que esa operación policial se adecuó a la legalidad".

Como quien no quiere la cosa, echó abajo el relato del caso Kitchen (supuestamente, una operación policial montada para robarle a Bárcenas material que podía perjudicarle a él y al PP). ¿Quién podría objetar una operación policial para descubrir dónde escondía Bárcenas una fortuna multimillonaria conseguida de manera inconfesable?

Rajoy no sólo ha cuestionado la esencia de delito, sino que le ha proporcionado a los dos principales imputados, el ex ministro Jorge Fernández Díaz, y el ex secretario de Estado, Francisco Martínez, el argumento para cohesionar sus defensas, el respaldo político del que era entonces nada menos que presidente del Gobierno.

Las acusaciones van a tener que afinar para demostrar que lo que declaró el ex tesorero del PP ante el tribunal es cierto. Que la operación partió de la dirección del PP y que luego se trasladó a la cúpula de Interior. La credibilidad de Bárcenas está por los suelos; ha cambiado tanto de versión que ya no se sabe cuando dice la verdad y cuando no. Con parsimonia Rajoy dijo al tribunal que si Bárcenas hubiera tenido material contra él lo habría publicado, "como hizo con otros documentos" (los llamados papeles de Bárcenas; o, como él los llama, la "contabilidad extracontable"). La documentación que supuestamente fue robada del estudio de su esposa –junto con el misterioso pendrive– estuvo en la sede del PP durante dos meses y hubo que avisarle a su dueño para que alguien vinera a recoger las cajas que la contenían. ¿Para qué montar una operación de robo cuando el PP había tenido en Génova la bomba incriminatoria sin que su beneficiario la reclamara?

El ex presidente del Gobierno dijo estar convencido de que "la operación policial se adecuó a la legalidad"

Que Rajoy era El Asturiano (un mote muy al estilo Villarejo), como apuntó el inspector jefe Gonzalo Fraga, principal investigador del caso Kitchen, resulta difícil de sostener. No sólo porque Rajoy es, como todo el mundo sabe, gallego, sino porque, conociendo su prudencia, nunca hubiera admitido que se le dieran pormenores de un asunto tan feo.

Como el propio Bárcenas ha declarado ante el tribunal, sus cambios de versión obedecen a sus intereses particulares (o bien porque no quería perjudicarse en otros procedimientos o bien porque estaba negociando con el PP). En esa estrategia de negociación hay que interpretar las filtraciones que se produjeron encaminadas a crear el mito de que tenía en su poder material muy comprometedor para Rajoy. Era una forma de subir la presión, la manera que tenía de forzar al Gobierno a doblarle el brazo a la Fiscalía para fuera comprensiva con sus posibles delitos.

En realidad, Bárcenas soltó su principal obús contra Rajoy y el PP con los papeles de la contabilidad B, y después, ya en plan rabieta, al filtrar los mensajes sms que se intercambió con Rajoy ("Luis, se fuerte"). Pero nada más.

¿Pudo algún policía tratar de averiguar si realmente Bárcenas tenía algo comprometedor en su poder? Es muy posible. De hecho, alguno presumía de ello. ¿Hubo una orden del ministro o del secretario de Estado para que llevaran a cabo esa operación delictiva? Eso es lo que tiene que dirimir el tribunal y lo que podrá dilucidarse cuando los principales imputados tengan que declarar. Por ahora, la tesis de Bárcenas es humo.

El asistente Pedro Sánchez contra la GENERAL AYUSO.

 El "nº 1" Sánchez lanza su último intento contra "la jefa" Ayuso: Óscar  López, ya candidato para Madrid | España

Por Juan Pardo Navarro

El piloto que sacó a Franco por los aires, esa cosa que quedó entre política, industrial y teológica, como la santa dormición de una grúa de Fomento, va a ser el representante militar ante Ayuso. Esto, más otras responsabilidades que tienen esos militares de vuelo de hormigonera y de tránsito angelical. No sabía uno que el piloto de aquel traslado o ballet celeste, de aquella ceremonia un poco egipciaca o de Indiana Jones, con sarcófagos volando, momias crujiendo, maldiciones resurgiendo y remolinos de ira divina y grava, es ahora nada menos que general de división. Usamos tan poco el Ejército que tenemos a los generales de conductores de funeraria o de limusina, por aprovechar el uniforme, o de gruistas, llevándose a un dictador igual que un palé de ladrillos. En realidad, cuando el traslado aún era coronel, que no deja de ser un rango muy elevado para llevar un helicóptero por la sierra, como lleno de montañeros. Quizá tenía que ser un coronel de aviación el que se llevara a un generalísimo de mesa camilla, bastante degradado ya por la historia y por el meneo, y así se simulaba un combate igualado y una revancha justa entre los Cielos sanchistas y los avernos fascistas. Lo mismo ahora se trata de que el general tenga otro combate con Ayuso, o de que se la lleve enganchada por el moño, que de otra manera Sánchez no puede.

Alfonso María Reyes Leis, entre general y chófer, entre héroe y operario, ha sido nombrado nuevo jefe del Mando Aéreo General del Ejército del Aire, que además implica ser representante institucional de las Fuerzas Armadas en Madrid y en Castilla-La Mancha (nuestros generales no se reparten continentes, potencias, cabezas de puente ni escuadrones de MiG, sino las tejas y las cigüeñas de las comunidades autónomas). Este cargo, este mando general del general, me parece a mí un poco como llegar al cielo de la aviación acarreando gavillas o llevando al jefe de obra, o sea con mucho mérito de obrero santo o de santo obrero más que de santo militar, matadragones o matamoros. No encuentra uno ahora si Reyes Leis ha llevado alguna vez al propio Sánchez en helicóptero bíblico, papal, justiciero, dragontino o wagneriano, pero desde luego estaba entre sus funciones y los helicópteros de su ala, ala VIP con helicópteros como de plumón, son los que suelen trasladar a los reyes, al presidente del Gobierno y a otros altos cargos cuando tienen que parecer ángeles que ya no hay o yupies que tampoco hay. Si fuera así, podríamos ver al general un poco como un Koldo de altos vuelos, un poco Koldo y un poco Hannibal Smith del Equipo A. Pero esto sólo se lo imagina uno, como se puede imaginar su misión secreta en Madrid.

 

Al general Reyes Leis a lo mejor lo han mandado a Madrid contra la generala Ayuso, que me parece un combate más interesante que contra la momia de encofrado de Franco y contra las prisas de montañero friki o de festivalero pijo de Sánchez (se fue en el Falcon a ver a The Killers yo creo que para hacerles competencia de pop star, sólo para bajar por el aire igual que Katy Perry). El 2 de Mayo ya está aquí y a Ayuso le gusta ir de mujer de bandera con bandera, de Margarita se llama mi amor, de hija del regimiento, de generala de zarzuela, con los soldados, los ayusers o simplemente los madrileños tirándole el capote y la gorra. Ayuso queda bien en las procesiones y los desfiles, con esa cosa suya de morena de relicario y celosía, con los pecados más castos o la castidad más pecadora, y de novia de la mili, entre la patria, la fidelidad y la pasión, con caricia y ojos de pasamanería. Eso se tiene o no se tiene, y por ejemplo no lo tienen Pedro Sánchez, que está en los desfiles como un ciprés, de mal agüero, o Margarita Robles, que está en los desfiles como una maestra de gimnasia, que se nota que manda pero en otra cosa, en algo que se parece pero no es lo mismo.

A Sánchez le pegan los desfiles como no le pega el Congreso. Y rabia con Ayuso, o con el rey Felipe, que se lo recuerdan constantemente

A Ayuso ya no le quieren poner soldados el 2 de Mayo, no porque no pegue sino precisamente porque le pega demasiado, que es como si le pusieran tunos. Aunque no se trata de si a Ayuso le pega ir de muñeca legionaria o de cupletera con bandera. Lo que pasa realmente es que todavía no hemos normalizado la presencia militar en los actos institucionales, que a algunos les sigue pareciendo una amenaza o un desafío al poder civil. Eso de que un desfile o una salva, con o sin dama de justa, con o sin generala con encaje y banda, parezca que llama al tejerazo o al porrazo no es una opinión democrática sino al contrario, antidemocrática. El Ejército cumple una función constitucional y su presencia sólo recuerda esa función, que no está mal recordar, por cierto. Los militares ya no son guardianes de alegorías ni de purezas, los generales al final obedecen al Gobierno y no a las sombras ojivales de los cuartos de banderas, y no van a formar un batallón malasañero tras Ayuso aunque le echen piropos de recluta. No es que los militares no sepan estar en las celebraciones institucionales, es que son algunos políticos los que no saben estar en lo institucional, que es lo que le pasa al sanchismo.

 

Un general con helicóptero como con pajarita, un general que se llevó a Franco como el que va a vaciar un cenicero de Cinzano, va a representar a las Fuerzas Armadas ante Ayuso, que en principio, aunque curioso, es lo normal, lo institucional, lo educado. No pasa nada porque el general se ponga al lado de Ayuso con tacón y bandera (Ayuso, no el general), y hasta le rinda honores, que me parece una bella manera de recordar que los militares están sometidos al poder civil. Yo no voy a pensar que el general viene en misión sanchista, que los militares hacen política o complot en vez de recibir, simplemente, órdenes, que es lo que piensan en la izquierda. Yo lo que pienso es que Sánchez ya no puede ser institucional, ni ante un batallón de infantería ni ante un batallón de operarios de Renfe, ni ante las rotondas con artillero ni ante los leones de Ponzano, ni ante una verbena ni ante los jueces.

A Sánchez no es que no le pegue lo castrense, es que no le pega la democracia. No le pegan los desfiles como no le pega el Congreso. Y rabia con Ayuso, o con el rey Felipe, que se lo recuerdan constantemente, creo yo, no porque sean generales o generalas, o más o menos pintureros al sol de las cornetas, sino porque no contradicen la simbología con los hechos. En realidad, lo de Ayuso sólo es estética, que igual que una plaza con soldados, como un tren con soldados, le pegaría un cántaro de aceite o un cura enamorado de ella. Si Sánchez ha enviado a su general contra una generala, es que no ha entendido nada.

La eutanasia abre la vía a otra situación de graves consecuencias: el derecho a la eutanasia colectiva.

La despenalización de la eutanasia en España: 9 razones a favor y 9  respuestas - Bioetica en la Red: La bioética

 

Por Juan Pardo Navarro

Las corrientes de pensamiento que influyen en el proceso bioideológico del que forma parte la eutanasia son el posthumanismo ―“la fe inherente a la religión secularista del hombre nuevo”, (D. Negro) ―, el humanitarismo nihilista, nacido del radicalismo psicológico de Nietzsche y el biologismo darwinista. Estas corrientes, junto al consenso político de la postguerra y la influencia de pensadores como Popper, Hayek, Camus, etc. tenían la intención de debilitar el Ser e impedir que el individuo se adhiriera a cualquier dogma metafísico, a fin de que no fuera considerado más allá de un ser biológico, prescindiendo de la cualidad esencial del ser humano: la espiritualidad. Uno de sus efectos ha sido la extensión de las bioideologías humanitarias, promotoras de la eutanasia, cuyo propósito es que los padecientes acepten voluntariamente liberarse del dolor y del sufrimiento de la vida (A. Schopenhauer). Siendo un sintetizador de las bioideologías, el progresismo considera a la eutanasia como una afirmación de la libertad humana y un rechazo (momentáneo) a la “ley severa”, una especie de escape espacio temporal a la imposición cruel de la naturaleza. Las bioidelogias evolucionistas y naturalistas ante una naturaleza indiferente (R. Dawkins), ponen el mayor interés en la progresiva desaparición de los que dejen de ser socialmente útiles.

Motivo por el que la eutanasia sería una intervención deliberada para la mejora social, al librarse de quienes han dejado de tener interés para la colectividad. La corriente progresista ha influido para que el Estado –el monstruo más frio de los monstruos fríos (Nietzsche)—sea cada vez más eugenésico, y fomente la idea de que deberán desaparecer los adultos que no sobrevivirían sin ayudas sociales ―¿progresar desprendiéndose de los débiles?―. Estas ideas han partido del enfoque de K. Marx defensor de que lo propio del sujeto no tiene importancia. Lo fundamental es el ser genérico, para quien la muerte no es el final, aunque lo sea para cada persona –¿el exterminio macabro de la naturaleza?―. ¡Qué importa que cada individuo fallezca mientras el género siga existiendo! Se colige que la muerte voluntaria sería un acto de solidaridad con la humanidad, contribuyendo al bienestar psicológico de otros individuos. Mejor aún. El eutanásico aumentaría su cuota ecologista y solidaria si donara sus órganos y fuera reciclable.

La eutanasia está abriendo la vía a otra situación de graves consecuencias: el derecho a la eutanasia colectiva, que puede llegar a ser un proyecto humano extraordinario. Los derechos colectivos consisten principalmente en la obligación de que los individuos, salvo los que integran la clase privilegiada, habrán de desaparecer de la sociedad cuando ya no estén en las condiciones adecuadas. La relación individualismo, colectivismo y solidaridad, ha asumido los principios éticos del humanitarismo práctico, lo que permitirá justificar la eutanasia. Con ella se pretende administrar la muerte con un sentimiento benévolo, por amor al género humano, y naturalmente por solidaridad –arsénico por aparente compasión-. De esta manera, la axiología jurídica en la que se asienta la Ley de la eutanasia remarcará el sacrificio humano sanitario como un progreso de la “moral médica”. Al mismo tiempo que un grupo de médicos se adaptarán a los nuevos tiempos, recurriendo a utilizar la muerte por ser el mejor tratamiento probado científicamente para curar las dolencias extremas.

Sea de forma colectiva o individual, la práctica eutanásica requiere no solo que la persona haga lo que quiera con su vida, sino la voluntad del médico, que pondrá en práctica la ética biológica, haciendo de ejecutor compasivo a los enfermos que no deseen seguir sufriendo. La Ley de la eutanasia española, ajena al garantismo del Estado de Derecho, habilita a un médico a desproveer a cualquier persona del derecho a continuar con la vida y proyectarse al futuro. Por ello, para conformarse al derecho, el médico solo necesita la habilitación legal para decidir lo que estime oportuno, estando respaldado por los demás intervinientes de la supuesta rama médica. Solo se negaría a matar legalmente el médico objetor de conciencia mientras la ley lo permita. Los apoyos sociales e individuales a la eutanasia, prefieren ignorar que en el futuro su vida quedará en un aparato con función exterminadora, dedicada a poner fin a una persona en su tránsito por el tiempo. Los integrantes voluntarios de esta sección decidirán sobre la vida humana bajo el espíritu del darwinismo social.

El personal sanitario sentenciador y el ejecutor, verdugo burocrático sostenible, en nada se parecerán a los excelentes profesionales de cuidados paliativos, que son modelos de ética profesional, cuyo objetivo radica en hacer llevadera la vida de una persona desahuciada, enfrentándose a una situación dramática con una predisposición ejemplar de ayuda humana, y con los medios disponibles, tratará de aliviarle el dolor corporal y espiritual, Desgraciadamente, al legalizar la eutanasia posiblemente desaparecerá esta formidable unidad médica, sustituyéndola por una única sección que se encargará de poner en marcha el mecanismo que conducirá al individuo a la muerte.

Sánchez, en carroza por la feria de Abril sevillana, sin Begoña ni Ábalos.

 

Sánchez, en carroza por España y por el mundo

Pedro Sánchez durante su intervención en el evento Global Progressive Mobilisation, el sábado en Barcelona.
Pedro Sánchez durante su intervención en el evento Global Progressive Mobilisation, el sábado en Barcelona. | Kike Rincón / Europa Press
 
Por Juan Pardo Navarro

Sánchez ya sólo puede ir de carroza en carroza, como una sirena de carroza. Se monta en Barcelona un trono de sirena ante la progresía mundial que no hace progresar nada, ante la democracia puramente sentimental que desmantela la separación de poderes, como ha hecho Sheinbaum a pesar de sus poemas al amor (decía Gide que con los buenos sentimientos sólo se hace mala literatura). Luego, se monta otro trono de sirena entre las parras podridas del PSOE andaluz, ante lo que queda de las “criaturitas” de los ERE y de los señoritos, mayorales y saeteros socialistas que mantuvieron Andalucía en el atraso y la pobreza 40 años. Entre carroza y carroza, Sánchez irá en pecera, en cubito de playa o en brazos de algún marinero. Si pusiera en la tierra, o sea en la realidad, el pie, la cola, la extremidad de escama o colágeno que tenga, caería, colapsaría, o lo freirían como un salmonete, que es lo que le pasa luego, en la calle, en las urnas y en los tribunales. De Barcelona a Huelva, como una miss de champú, como una trapecista de sombrillita, como una sirena asardinada, como una drag queen gallinácea, Sánchez ha viajado de carroza en carroza, de pompa en pompa, de tirabuzón en tirabuzón, de estanque en estanque. Nada de eso es la realidad, ni España, ni la política, ni la izquierda. Sólo es Sánchez intentando respirar por branquias y lentejuelas.

Los progresistas incapaces de progreso, los demócratas autocráticos, el pomponeo iliberal de una izquierda populista, folclórica, retórica y ruinosa… Sí, no se puede decir que Sánchez no mereciera el trono de la cumbre de Barcelona, con contouring, peluca y hasta tridente, un trono como de Maléfica, a quien Sánchez cada vez se parece más. Lo de Barcelona, una reunión de poetastros chancleteros, populismos de fideo, peronismos de bata de cola y tribalismos de alpaca, no tiene nada que ver con la socialdemocracia europea, la de Mitterrand, Brandt, Palme y hasta Felipe González. Ya hace mucho que Sánchez no está ahí, y no me refiero ideológicamente (Sánchez no tiene ideología) sino estratégicamente. El Sánchez de Barcelona, con trono de palafito, es el Sánchez de Pekín, con disco chino. O sea, alguien que ya busca la polarización extrema, global, mundial (la mezquina polarización nacional ya no le sirve), alguien que ya se alinea directamente con las potencias, regímenes o literaturas (algunas ya no son ni ideologías) que se enfrentan a Trump. A pesar de esto, no es que Sánchez quiera ganarle a Trump en nada, ni tampoco gobernar él el hemisferio de las moscas, de los desiertos o de la paz. Su estrategia es internacional, pero sus objetivos no.

Sánchez ha tenido que escapar de España cada vez más lejos, hasta irse con flauta a la China o a los Andes. Antes le bastaba irse a la Europa albina de Von der Leyen vestido como de majo o torero, hacer de cicerone o de posta en las cosas de la UE o de la OTAN, persiguiendo a Biden como a Bob Dylan. Así, minimizaba las cuestiones nacionales proyectándose como un líder europeísta, atlántico o atlante, que volvía del extranjero como un indiano rico y respetado por los fondos, consejos y cumbres ultramarinos. Lo que pasa es que pronto no necesitó tanto tener socios, colegas y bailes de embajada como tener enemigos. Es el enemigo el que polariza, es el enemigo el que enardece, y cuando los enemigos de aquí no funcionaban, cuando Franco se volvía a perder por los bolsillos y cajones como sus pesetas, y cuando la derecha no era ya un miedo sino más bien una esperanza, Trump se convirtió en el enemigo perfecto. Pronto, a Sánchez ya no le importó ser un apestado en Europa, porque podía alzarse como enemigo pequeñito y global, descarado y ridículo, del nuevo emperador del mundo.

La paz contra la guerra, la rosa contra la espada, el poeta contra el coronel, son cosas mucho más fáciles de defender y explicar que lo de su Gobierno, su partido, su familia, su Peugeot y su España

Sánchez no es que pretenda ganarle a Trump nada en el planeta, ni una guerra ni una discusión. Es que cree que es más fácil ganar aquí enfrentándose a Trump que enfrentándose a Feijóo, a Ayuso y hasta a Abascal (a Abascal ya se le va acabando la cuerda del populismo, porque no se puede ser antisistema y partido de gobierno a la vez sin perder la credibilidad y el pecho de palomo). No es que Feijóo se le haya quedado pequeño a nuestro líder mundial de las izquierdas de poncho y ponchera, sino al contrario. Trump, el emperador niño o el viejo con pañales que gobierna el mundo, le parece a Sánchez más fácil, más asequible, más abatible que Feijóo con su sosera de realidad. La paz contra la guerra, la rosa contra la espada, el poeta contra el coronel, son cosas mucho más fáciles de defender y explicar que lo de su Gobierno, su partido, su familia, su Peugeot y su España. Sánchez sólo pretende cambiar el tema de conversación. Lo que ocurre es que lo contrario a Trump está más cerca de María Corina que de Petro y más cerca de Feijóo que del mismo Sánchez, que es lo más parecido a Trump que tenemos aquí.

 

Sánchez ya no puede pisar el suelo, o sea la realidad, con su piecito de agua o su tentáculo de lentejuelas. Está en Barcelona o está en Andalucía y no está realmente ni en España ni en la política, ni siquiera está en combate planetario contra el mal, sino simplemente en un estanque, palanganita o fuentecilla entre sus fieles, adoradores o mantenidos. La izquierda populista e iliberal es normal que corone a Sánchez, Sánchez es normal que goce entre la izquierda populista e iliberal, y ahí están de hecho, mirándose y hablándose un poco como besugos en el estanque. Lo significativo es que el Sánchez de Barcelona es el Sánchez de Pekín y es también el Sánchez de Andalucía, el que hace campaña contra Moreno Bonilla haciendo campaña contra Trump, contra la guerra y contra los niños muertitos porque es más fácil y eufónico, y olvidando que su candidata, María Jesús Montero, fue capataz del cortijo socialista allí. Sánchez va en carroza por España y va en carroza por el mundo, y eso no es estar en España ni en el mundo sino sólo ir en carroza. Se lo volverán a recordar en las calles, en las urnas y en los tribunales, se baje o no de la carroza con su colita de plata, su tiara de ángel o su poncho de poeta de las moscas.

La líder venezolana y nobel de la paz, María Corina Machado en Madrid y Barcelona con honores de Jefa de Estado.

 

María Corina en Madrid (y Sánchez con chándal de Maduro)

María Corina en Madrid (y Sánchez con chándal de Maduro)
La líder opositora venezolana y nobel de la paz María Corina Machado | EFE

Vamos a tener en Madrid a María Corina Machado y en Barcelona la cumbre mundial progre, esa especie de fiesta de cumpleaños con amigos y piñatas que se ha montado Sánchez para que le hagan líder del mundo retroizquierdista, un honor que uno imagina que viene con tocado o chándal de guacamayo (se podría poner la camiseta de la selección debajo o encima). María Corina viene de gira por España y Europa, después de andar un poco perdida u olvidada en sus gestas y su lucha, como si en vez de premio Nobel fuera una medallista de patinaje. Trump entró en Venezuela como un ladrón de gallinas y se llevó a Maduro con su chándal de guacamayo original, pero dejó a Delcy, o sea dejó intacto el régimen. María Corina no está pues de paseo triunfal, en carroza de patinadora o de astronauta, sino que sigue luchando porque sospecha, como muchos, que un bolivarismo sumiso, con diezmo de petróleo, puede ser más conveniente y sencillo que una democracia escéptica (Trump, que está majareta, está volviendo escépticos incluso a los suyos). Mientras María Corina intenta de nuevo explicar la democracia, y que no se olvide la democracia, las izquierdas fetichistas, retóricas, folclóricas y plumíferas no sé si le pedirán a Sánchez que sea el nuevo Maduro (“no war, yes peace”), pero él seguro que lo espera.

María Corina viene a Madrid, ciudad que ha visto huelgas, proclamaciones, asonadas, fascismo, checas, reyes cojoncianos, reinas cluecas y hasta un rey de la izquierda que no es ni de izquierda ni de nada, sino de lo suyo. O sea que espero que la líder opositora venezolana explique bien, a los suyos y a los nuestros, la democracia, la verdadera necesidad de democracia, ante esos romeros de la izquierda de Barcelona o de siempre. Almeida le dará una llave de oro, como un elfo, y Ayuso una medalla de oro, como una maestra de gimnasia, pero al que no va a ver va a ser a Sánchez. No porque Sánchez no quiera el posado con una nobel de la paz (seguro que le sale algo de colegueo de aspirante al mismo honor o de envidioso de ese honor), sino porque ha dicho la propia Machado que nuestro presidente, campeón de la democracia entre dudosos demócratas, ostentosos totalitarismos y ministros que atacan con lanzallamas a los jueces, ahora “no le conviene a la libertad de Venezuela”. En realidad, era más probable que Trump coronara a Zapatero como virrey o adelantado, y hasta a Koldo, que a la propia María Corina. El régimen que sobrevive en Delcy sobrevive también en la Moncloa, con su puente aéreo y hasta su zapatófono rojo, que seguro que había zapatófono, y rojo.

María Corina va a hacer lo suyo, una gira como de reivindicación y recordatorio, que ella no se ha retirado de la política ni del patín y Venezuela sigue esperando la transición democrática entre vasallajes y peloteos a Trump (el régimen podría salvarse a base de suficiente petróleo y suficiente peloteo). Es curioso, y aterrador, comprobar que hasta Kissinger recordaba la brújula ética, democrática, civilizadora de Estados Unidos en su política exterior, aunque colocara dictadores de gafas con nariz y aventara guerras de surf y napalm, pero Trump no tiene problema en pedir petróleo si quiere petróleo, lantánidos si quiere lantánidos, o la luna de Groenlandia si la otra está todavía muy lejos. Asumir que a Trump le interesa la democracia en Venezuela es lo mismo que asumir que le interesa la democracia en Irán, una ingenuidad e incluso una mala apuesta. María Corina, en la Puerta del Sol o en el Elíseo, recorriendo Europa como una pinacoteca (Europa es realmente una pinacoteca más que un ideal), quiere insistir y presionar para que haya elecciones libres pronto, antes de que a Trump le dé otro aire y antes de que el poschavismo encuentre el camino entre la supervivencia y el sometimiento.

En América aún hacen caso a los marxistas de quinta vuelta, a los populismos con tres sombreros, a los demagogos con cuatro frases. Es ahí donde Sánchez busca su cetro

María Corina va a hacer lo suyo en Madrid, entre sus diosas y vecindonas con alas y cerbatanas de las cornisas, y Sánchez va a hacer lo suyo en Barcelona, entre sus hogueras modernistas y sus hogueras reaccionarias (la izquierda ya no es progresista sino reaccionaria, ya lo explicó Félix Ovejero). A la cumbre, cumpleaños o fiesta de pijamas folclóricos de Barcelona van a acudir, entre otros, Petro, Lula y Sheinbaum, que son la nueva trova de la vieja trova de siempre, cantautores de la revancha y la miseria, esa izquierda pajarera de pueblos más que de ciudadanos, de palomas más que de prosperidad y de pasado más que de futuro, todavía echándoles las culpas de lo suyo a los reyes con peluca y a los contramaestres de los galeones. Yo creo que son los que importan, que la izquierda en Europa está en declive o en retirada, salvo la reacción anti-brexit en el Reino Unido. Quiero decir que sin el SPD, hundido, con la izquierda italiana reducida a mirones de mirilla y con el PS francés perdido en una macedonia frentepopulista, lo que quedan son socialismos como macedónicos. O socialismos de tramposo, como el nuestro. Es en América donde aún hacen caso a los marxistas de quinta vuelta, a los populismos con tres sombreros, a los demagogos con cuatro frases. Es ahí donde Sánchez busca su cetro, su supervivencia o su esperanza.

En Madrid, en un pícnic en la Puerta del Sol, como de majos, María Corina se va a dirigir a los venezolanos de aquí, a los que yo he visto alguna vez bailar y llorar como niños alegres y tristes, pero también se va a dirigir a toda España y a toda Europa. La esperanza de Venezuela es la esperanza de muchos, y la perspectiva de Venezuela es la enseñanza de muchos también. Al otro lado de España y de la historia, en Barcelona, en una jaula de grillos, todavía con púrpura china en los párpados y jueces en la chepa, Sánchez volverá a hablar de democracia entre populismos y peronismos, entre indigenismos y refranismos, que es justo lo suyo. Con la maraca de la derecha y la ultraderecha, con el guitarreo bongosero de la paz (“no war, yes peace”), Sánchez espera que pronto le pongan el chándal de Maduro como un poncho ceremonial. En América están sin Maduro y se van a quedar sin Cuba, y en Europa los izquierdistas de suscripción y los de revolución vuelven a caber en una diputación provincial o en un bar de altramuces y regüeldos. Pronto ya sólo les quedará el sanchismo, que no es izquierda (ni es nada) pero sobrevive en la miseria, en la mentira y en el carnaval todavía mejor.

Ministros contra jueces. Procesada "la catedrática Begoña", su marido, Jefe de La Moncloa embiste a sus pitbull contra los jueces.

 

Un juez, tres ministros y una emperatriz china
La ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, el ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, y el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente | Europa Press

A Begoña Gómez la ha pillado el auto del juez Peinado por los palacios chinos, que uno ve ahora más cerca que nunca del palacio filipino que se montó la presidenta en la Moncloa. Allí, en esa Moncloa entre fortaleza y pagoda, recibía ella a padrinos, mecenas, socios o víctimas, uno se imagina que un poco a lo Imelda Marcos, con armadas de zapatos, a lo reina Amidala, con sombrillas o cojines en la cabeza, a lo abeja reina y a lo araña de lámpara de araña. A mí me parece lógico que Begoña Gómez, que va de reina en China, o sea sin separar la alcoba del Estado y la seda diplomática de la seda íntima, fuera aún más reina en su propia casa y recibiera con juego de té versallesco, chambelán de baraja, pinacoteca sobrecogedora y presencias poderosas y acojonantes a esos patrocinadores de sus negocios o de sus ínfulas. De hecho, así fue. Todo lo de los Sánchez es lógico en realidad, del Peugeot a coronarse uno a otro sobre el colchón. Es lógico hasta lo que parece una contradicción: que salgan los ministros en columna de a tres contra Peinado, con Óscar Puente como el recluta Patoso, a la vez que confían en que todo va a quedar en nada. ¿Por qué atizar a Peinado en vez de esperar a que la Audiencia de Madrid lo tumbe todo? Pues porque no se trata de confiar sino de presionar o acojonar, como bajo los cipreses, las presencias y las arañas de la Moncloa.

Ha sido el propio Sánchez, desde su China de cajita de música (Sánchez está en China como haciéndole el baile con tutú, hula hoop o falda de hierba al totalitarismo más poderoso del planeta); ha sido Sánchez, decía, el que ha pedido que “la Justicia haga justicia” y ha augurado, no como esperanza sino como certeza, “que el tiempo pondrá todo y a todos en su sitio”. El propio Sánchez, con bronceado rojo de banderas rojas, con aplomo de cuello Mao, educadísimo en China, como los reeducados de allí, nos ha dejado claro que ya sólo es cuestión de que la Justicia, como la señorita ciega o cegata que es, vaya por su camino más o menos derecho o torcido pero inevitable, y de que el tiempo vaya vertiendo su sustancia física o metafísica a la velocidad imparable de un segundo por segundo. Se supone, pues, que el asunto ya no necesita ni ministros ni tertulianos, ni escándalos ni improperios, ni la conspiración ni la venganza, ni el desahogo con Peinado ni con nadie más. Por supuesto, no ha sido así, porque ni las certezas ni la tranquilidad de Sánchez son tales.

Los ministros, en formación de tridente o algo así, en paracaídas, en tirolina o en avispero, un poco como los ángeles aerotransportados o los marines alados del póster de Trump, han salido contra Peinado, contra el auto de Peinado, contra el peinado de Peinado, contra la mala literatura de mosquetero de Peinado, que ha sacado nada menos que a Fernando VII, el rey felón y pollón (yo me hubiera quedado mejor en las tardes del palacio del Pardo, con Franco haciendo como bordadito con la señora, con las sentencias de muerte, con el café con leche y con los negocios de la Telefónica, algo más familiar y más cercano). Empezó Bolaños, que es como un monaguillo de un cura de Agustín González que tiene Sánchez, y no es la primera vez que ve el Demonio en el mundo, en el baile, en la heterodoxia o simplemente en la razón. No es un ministro de Justicia sino un ajusticiador de jueces, un alguacilillo de togas que hace caza de juez con estaca, como la caza del vampiro. Elma Saiz, que parece haber heredado de Isabel Rodríguez esa capacidad para tapar lo macabro con inocencia maliciosa de novicia, hacía más bien comentario de texto (lo de Fernando VII es como la coma o la tilde voladas con las que refutan los trolls de las redes). Y Óscar Puente, claro, que se sintió de nuevo llamado a la gloria y a la embestida, con su cosa de ariete caprino del Gobierno.

La Justicia no sólo rodea a su señora, reina de LinkedIn, sino a su familia, a su partido, a sus cloacas y a su concesionario de Peugeot

Óscar Puente, aburrido de nuestros trenes o sus trenes (supongo que hay poco que hacer cuando las desgracias simplemente ocurren, cuando los raíles simplemente se rompen y cuando los trenes simplemente llegan tarde); Óscar Puente, aburrido o desaprovechado últimamente, al menos hasta que lo llamen a él también a juicio, se sintió llamado, ya digo, a esa gloria entre mozo espontáneo y Ally McBeal, y quiso dejar su opinión de jurista, o sea de abogado de su pueblo, con gran revolera de toga. La verdad es que no fue ni original ni elocuente ni lógico, aunque tampoco lo esperábamos. Dijo que no puede haber “ni espacios de impunidad” ni “persecución”, que es una obviedad que no nos permite elegir, sin más, como hizo él, el caso de la persecución. O sea, citó los dos extremos malos olvidando la opción deseable, la buena, la investigación judicial legítima y proporcionada. Luego, se sintió desconcertado porque no veía “lucro” en lo de Begoña (decían lo mismo de Chaves o Griñán). Como si no fuera suficiente para los emperadores de la Moncloa, o de la China, el postureo, el ego, el andar por fálcones y cumbres, por palacios y palcos, por cátedras levemente salmantinas y oenegés levemente africanas igual que por cócteles de embajada, arrastrando la cola de pavo real.

Ha salido todo el Gobierno a defender a Begoña, como la Fiscalía, como la prensa del Movimiento, por si alguien dudaba que a los amantes de la China se les pueda haber ocurrido algo, alguna vez, que tenga que ver con el trato de favor, con el abuso de poder, con el manoseo de las instituciones, de los recursos públicos y hasta de la vajilla de la Moncloa. En realidad este ataque a Peinado no tiene sentido, porque si es él el juez corrupto, a sueldo o bajo el ala membranosa de la derecha-ultraderecha, ya su misión y su poder han terminado, y lo que queda ya sólo será reparación y liberación. No sé de qué sirve centrarse en su auto loco como de los autos locos, en su inquina y en su literatura. Lo que ocurre, claro, es que Sánchez no sólo no confía en la Justicia, sino que la teme. La Justicia no sólo rodea a su señora, reina de LinkedIn, de Manchuria y de Mongolia, sino a su familia, a su partido, a sus cloacas y a su concesionario de Peugeot.

Lo de los Sánchez es tan lógico que la conspiración es mucho más improbable y loca que no que todo sea, simplemente, lo que parece. Entre la persecución y la impunidad, está la investigación judicial legítima y proporcionada. Claro que eso es lo verdaderamente temible para ellos. Por eso salen los ministros y los esbirros, no contra Peinado, que ya no pinta nada, sino contra los que vengan después, que ya saben lo que les puede caer. Es lo que se llama un farol de poder, abrumar con los escenarios, con los cargos, con los entorchados. Eso es justo lo que hacía Begoña y lo que hace el propio Sánchez bajo los hormigueros de Miró, la gloria de nata y la platería de fraude de la Moncloa.

La izquierda de la izquierda de Rufián e Irene Montero.


Rufián y Montero en la pecera de la izquierda
El portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados, Gabriel Rufián (d) y la secretaria política de Podemos y eurodiputada, Irene Montero (i), durante el diálogo 'Què s'ha de fer?', moderada por Xavier Domènech (c) | Europa Press

Gabriel Rufián e Irene Montero, sentados en pequeñas sillas o tronas rojas en un auditorio de la Pompeu Fabra que era como una pecera, parecían eso, diminutos reyes submarinos de lo suyo. Lo suyo, su izquierda, su lucha, es una cámara de eco, es una jarra de cristal en la que viven y se entienden sólo ellos, como sirenitos. De todas formas, la conclusión más curiosa que saca uno sobre el encuentro o debate es que quizá sea posible una confluencia de las izquierdas, pero nunca será posible que se pongan de acuerdo. A pesar del ambiente propicio o climatizado, precalentado con rap combativo (por lo visto eso existe como género musical, una especie de degeneración del punk o del ska que ha terminado sonando a música de chiringuito, a anuncio de cerveza); a pesar, decía, del escenario preparado como una tarta matrimonial o como un baile de príncipes sirenitos, casi con estrellas de mar flamígeras, lo que decía Montero era lo contrario a lo que decía Rufián, y lo que proponía Montero era lo contrario a lo que proponía Rufián. Aun así se echaban piropos, se aplaudían, se citaban en las trincheras o en la unidad como el que se cita en el Empire State, o quizá el que se cita en el callejón para el ajuste de cuentas, porque ese lenguaje fraterno y zalamero siempre es sospechoso. O sea, lo que pasa siempre en la izquierda, y que termina siempre en lo que termina.

La izquierda verdadera no va a cambiar, y esa postura, esa pureza de virgen de la causa, de mártir con espinas en los ojos y en el costado, es la que veíamos en Irene Montero, que estaba incluso afónica, como después de sufrir y gritar mucho por lo suyo, y movía un zapatito rojo como una Cenicienta con zapatito rojo a punto de perderlo. Rufián es ya otra cosa. Rufián se ha afilado el perfil, o se lo ha afilado el instinto de supervivencia, ese hormigueo en el estómago o en los zapatos que yo creo que no siente Irene Montero, que sigue viviendo y hablando como una esnob, como una burguesa con biblioteca izquierdista heredada igual que un cafetal o un poni. Hablaba Irene Montero de “recuperar el orgullo de lo que somos”, que en realidad quiere decir recuperar el orgullo de lo que ella es, de lo que ella hizo, a pesar de que precisamente es eso, entre otras decepciones o traiciones, lo que ha llevado al derrumbe de su partido y de su izquierda. Hablaba Montero desde cierta infalibilidad autoindulgente o vanidosa, porque si la izquierda sólo puede hacer lo que hace (lo que hizo y hace ella), aplaudir a la izquierda es aplaudirse ella y perdonar a la izquierda es perdonarse ella. Y esa izquierda que eres tú siempre resulta mosqueante.

Irene Montero es la izquierda de toda la vida que se descubre a sí misma periódicamente, como se descubre la maravilla de la primavera, y se indulta también periódicamente, declarándose perfecta aunque, eso sí, perseguida o incomprendida. Es esa izquierda un poco iglesia milenarista, un poco testigo de Jehová, siempre con la venida que no viene y que, cada vez que no viene, se reafirma aún más en los dogmas y explica los fracasos como una prueba de fe, de fortaleza o de pureza. Irene cree que hay que ser más puros, más feministas, más sindicalistas, más anticapitalistas, más fetichistas, y darle mucho a Mercadona, que ella mencionó más que cualquier asunto que preocupe a los votantes, suyos o de los otros. Ni siquiera habló de la unidad, de la mecánica específica de la confluencia o de la supervivencia de la izquierda. Dogmática, enfática y severamente, Montero pedía “no renunciar a nuestro derecho a soñar que otra sociedad es posible”, incluso “aunque esto no dé votos”. Y yo le doy la razón, que la izquierda verdadera nunca fue de votos, sino de sueños. Ella misma vive más de los sueños que de los votos. Para ella, me parece, no se trata tanto de frenar al fascismo sino de no quedarse sola en el cafetal, en el poni o en la siesta de señorita con cafetal o poni.

Si la izquierda está así, con Montero montada en poni y Rufián convertido casi en hereje, es justo porque ellos no convencen con la realidad

Rufián estaba ciertamente allí, pero como al otro lado. Ya digo que se ha afilado, se ha lobunizado quizá al verle las orejas al otro lobo de la derechona pecholobo, aunque no sé si eso lo hace para ser visto como líder o, al revés, ha terminado siendo visto como líder por eso mismo. Si Montero hablaba de pureza y paciencia, como una abadesa, y de que hay que “perder 700 veces para ganar una”, Rufián recordaba que “sólo tienen una bala”, unas elecciones (sigue creyendo que si gobierna la derecha habrá ilegalizaciones, éxodos o cadenas, o intenta meter miedo con ese lobo). Si Montero decía que no había que entrar en el marco de la derecha (tampoco sabe uno qué entienden por eso, quizá algo entre la tauromaquia, el liberalismo, el sentido común y Hitler, pero suena a valla electrificada, dañina o incluso asesina), Rufián aseguraba que era precisamente en su marco en el que había que combatirlos.  Si Montero hablaba de sueños, Rufián hablaba de “llenarle la nevera” al votante, literal y metafóricamente, o sea llenarla de realidad, que a mí me parece lo más difícil. Si la izquierda está así, con Montero montada en poni y Rufián convertido casi en hereje, es justo porque ellos no convencen con la realidad, sólo con simbología o literatura, no con la nevera sino con la guitarra.

El proyecto, me parece a mí, tendrá que ser más matemático que programático, porque ya digo que, aunque parecieran dos caballitos de mar reinando en la fiesta de la pecera de la izquierda, Irene Montero y Rufián son ahora mismo incompatibles. Si Rufián hablaba de abandonar la complacencia y de hacer autocrítica (“hemos decepcionado”, confesaba), Montero justificaba su empecinamiento, o su fracaso, con menciones a dignos huelguistas o a Rosa Parks (de nuevo, lo que quería decir es que ella era tanto como Rosa Parks). Si Montero hablaba de insistir en la ortodoxia para convencer (para convencer no sé cuándo, que ellos ya insistieron hasta gobernar y ya ven), Rufián se declaraba “harto de tener la razón”. Si Rufián hablaba de entrar en temas incómodos para la izquierda (sus fetiches, en realidad) como seguridad o inmigración, Montero argumentaba que lo que da seguridad es el feminismo y los servicios públicos, que no tiene mucho sentido pero queda bien enarbolado el fetiche. Rufián incluso prefería “llenar TikTok a llenar bibliotecas”, aunque me parece exagerado colocar a Montero en una biblioteca, como si fuera Miss Asturias.

Irene Montero y Gabriel Rufián, cordiales, empiropados el uno del otro y negándose a la vez el uno al otro, eran en realidad más puros en su izquierda que la izquierda de purísima concepción de una y la izquierda pragmática o superviviente del otro. Su izquierda pura, su pura izquierda, es justo esa pelea irresoluble, contradictoria incluso con otras contradicciones, librada en la pecerita, como peleas de peces de colores, y que no cesa a pesar de que la supervivencia y la inteligencia exigirían otros procederes. La izquierda, en realidad, es incapaz de librarse de sus dogmas y de las peleas sobre sus dogmas, como sectas de pesados libros, copones y ropajes. Por ejemplo, a pesar de la vocación nacional del proyecto, el moderador, Xabier Domènech, empezó tranquila, consciente o inconscientemente a hablar en catalán, igual que el propio Rufián después (luego fueron alternando, creo que arrepintiéndose cada vez). La gente en el chat de YouTube, claro, se quejaba (“¿no hay subtítulos?”, “qué poco respeto a la izquierda del Estado”, “así en Andalucía no ganan”). Pero es que son así. Incluso para el ahora pragmático Rufián hay fetiches (la lengua, la identidad de tribu) que no se pueden sacrificar ni siquiera para convencer, para conseguir su objetivo.

Irene Montero y Rufián podrían estar en el proyecto, o incluso liderarlo (“yo quiero hacer equipo con Gabriel”, aseguraba Montero), pero no podrán ponerse de acuerdo. La pecera de la izquierda es también, o sobre todo, eso. La izquierda verdadera sigue siendo esa caverna o cabañita, esa platea, esa cuota del 10%-15%, casi invariable porque no pueden convencer a nadie más que a los convencidos y, cuando consiguen convencer a más, irremediablemente los decepcionan. Era lo de siempre, la purista y el pragmático, la diletante y el que necesita sobrevivir, abrazándose y contradiciéndose bajo los mismos oleajes, banderas y constelaciones, bajo las mismas lanzas o incluso bajo las mismas siglas. En ese sentido, Rufián era tan puro o más que Irene Montero, y sin duda más imprevisible o peligroso. Rufián puede ser ese posibilista que no ha renunciado a sus dogmas, sino que quizá ha asumido la necesidad de la doblez o de la mentira para preservarlos. En todo caso, nadie fuera los entiende, ni poniendo ellos subtítulos ni poniéndonos los demás escafandra.

Pedro Sánchez será influencer o torero en el destierro.

 

Sánchez de futbolista o de torero

A Pedro Sánchez le falta vestirse de torero, con borlón azabache de cojón y patilla hasta la faja, y seguro que lo hará cuando se ponga de moda, ahora que se está poniendo de moda todo lo que la izquierda beatona odia y desprecia (va a volver hasta la copla de la cretona, el caracolillo y el jabón verde). Nuestro presidente, que ya es más influencer que gobernante y casi más mozalbete que fiambre (es como una momia adolescente), lo mismo sale disfrazado de lagarto de V que se pone la camiseta de la selección de fútbol, aunque no como un presidente deportivo, a lo Obama, sino como una novieta. Quiero decir como cuando la novieta se pone de pijama o negligé la camiseta deportiva del noviete, queriendo hacer de algo ajeno y lejano lo más propio, natural y sexy del mundo. Claro que Sánchez se la había puesto por encima de la camisa de vestir, con lo que parecía Steve Carell en The office o Mortadelo disfrazado de futbolista. Además, con una camiseta deportiva sólo se pueden anunciar borceguíes o cervezas, o si acaso implantes capilares, como Cristiano Ronaldo. Así que todo lo de la Seguridad Social que pretendía publicitar Sánchez se nos perdía en el desconcierto y en el corte, algo así como ver a la novieta insinuarse con el nombre de Iniesta en la espalda.

Todo esto seguro que está muy pensado, que hasta los anuncios de yogures para ir al váter están muy pensados. Aunque uno no termina de entender una política reducida no ya al marketing, ni siquiera al marketing del yogur que da gustirrinín, de la cerveza idiosincrásica o del jamón cocido convertido en moral nacional, sino a este nuevo marketing que nos toma a todos por adolescentes con el chicle estallado en los morros y la gorra para atrás, como colaboradores de Broncano. Parece que en la Moncloa piensan que ponerle a Sánchez una camiseta de la Selección sobre la camisa de vestir es como ponérsela de top a Aitana. O sea, que Sánchez está buscando votantes imposibles entre los chavales de 13 años con pelusilla, o España entera ha vuelto a tener de repente 13 años y pelusilla, o el que tiene 13 años y pelusilla es el que está en el sotanillo de la Moncloa, preparándole a Sánchez disfraces y coreografías de gato para los reels. Hasta lo de Iván Redondo al principio, esos posados heroicos y ridículos de Sánchez como un Kennedy de detergente Colón, parecían historiográficos y riefenstahlianos al lado de este Sánchez de ahora que sale en TikTok vestido de Geyperman o de Forrest Gump.

La camiseta de la Selección es de lo más chiquillo o de lo más Leticia Sabater que se podría poner uno en política, sobre todo si te la pones fuera del ámbito deportivo (recordamos todavía a Sánchez en los Juegos Olímpicos de París, mimetizado junto a Begoña como entre jueces de gimnasia artística o entrenadores de waterpolo). Pero Sánchez se había puesto la camiseta no para hablar de la Selección, ni para jugar a la pelota temerariamente como Almeida (Almeida es más de hacerlo al revés, de darle a la pelota vestido con el traje, como el cura que juega con sotana). No, lo que pretendía Sánchez era jugar con el concepto de equipo, y darse las gracias a sí mismo, capitán deportivo con cuello de cura, dando las gracias a todo el país por los datos de afiliación de la Seguridad Social. La verdad es que darles las gracias a los trabajadores para que parezca que los trabajadores te la dan a ti es un truco muy barato y tiene mucho de pitorreo. Pero además es que el país está frito y las estadísticas de empleo tienen trampa, así que eso de la cosa futbolera parecía el consuelo o el disimulo del fracaso, como si fuéramos argentinos.

Lo que pretendía Sánchez era jugar con el concepto de equipo, y darse las gracias a sí mismo, capitán deportivo con cuello de cura

Sánchez, con la camiseta por encima de la camisa, no ya como un yuppie sino como un grunge (creo que nada de eso se dice ya, por cierto), lo que hacía era presentarnos un vídeo muy de jamón cocido, de aseguradora o de gran eléctrica, y casi agradecía uno este recurso adulto de volver a la publicidad sentimentaloide y estereotipada, de una higiene enfermiza y de un optimismo que no puede engañar a nadie. Salía el autónomo frito levantando su persiana metálica, o el camarero que no puede pagar el alquiler llevando su bandeja, o esos médicos que ahora están de huelga poniéndose los guantes, no para hacerle una prostatectomía a Sánchez sino, como los demás, agradecidos, dispuestos y concienciados, deseando hacer equipo con el presidente, alrededor del quarterback o, en este caso, del capitán españolísimo con cara de orgullo e ictericia como la de Iniesta.

Sánchez tenía que aparecer con esa camiseta o con algo, pero no podía dejar sin más el afectado y desinfectado anuncio de los trabajadores haciendo patria o sólo sanchismo, que da aún más grima que el presidente con su épica como de pimpón en la oficina. Con la camiseta ya se tapa un poco, como el culo de la novieta, cómo están el trabajo, la vivienda, la corrupción, las instituciones o todo en España en general. No hay mucho que publicitar por sí mismo, así que, como los refrescos, Sánchez intenta vendernos el asunto poniendo otra cosa por delante, deporte, corros, arboledas, domingos, gente en bikini o gente con libro y gafas como Rosa León, o un presidente con 13 años y pelusilla. Sánchez tiene que aparecer ya así, con la camiseta mantera, o con gafas de extraterrestre camastrón o de montañero ciego o de malo de Colombo o de comisión del Senado, o tiene que aparecer con un cómic sideral, o con el disco de Rosalía brillante y flotante a su lado como una virgen de robledal. Es que, si no, sólo le queda la realidad.

Sánchez se vestiría de torero, ya digo, o de furry con orejitas de gato, o de monaguillo con campanilla, ahora que ha hecho una TVE católica, romana y hasta visigoda. Quizá podría organizar rezos en la Moncloa como Trump en la Casa Blanca, rodeado de periodistas del Movimiento que lo tocan o lo abrazan telúricamente, como esos hippies que tocan y abrazan a los árboles. Haría esto y más, no por la moda ni por la magia sino por la necesidad de que estemos hablando de un presidente bailón o dominguero en vez de hablar de un país que no funciona por su culpa. Yo no sé si hay nuevas órdenes en el sotanillo de la Moncloa, nuevo gurú milenial o nuevo equipo perdedor apelando a la furia española o al milagro del patadón o el cojón. Pero habría que irles diciendo que hasta de futbolero o tiktokero Sánchez es un paquete.

NASA. Primera foto de la cara oculta de la Luna.

 

La NASA publica la primera imagen de la cara oculta de la Luna

 
Imagen de la cara oculta de la Luna publicada por la NASA.

La NASA ha publicado este domingo una fotografía de la cara oculta de la Luna captada por la tripulación de la misión Artemis II. La nave se encuentra a tan solo un día de alcanzar su objetivo, convirtiéndose en la primera misión tripulada en llegar a la órbita del satélite natural en más de medio siglo.

 En la imagen, tomada este sábado, se observa la Luna desde una perspectiva invertida, con su Polo Sur apuntando hacia arriba. La captura ofrece una vista completa de la cuenca Oriental, una región que nunca antes había sido vista en su totalidad por ojos humanos, según describió la agencia espacial.

La cuenca Oriental será objeto de estudio continuo para la tripulación —compuesta por el comandante Reid Wiseman y los astronautas Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen—, que espera llegar este lunes a un punto estratégico de observación. Durante este trayecto, alcanzarán la mayor distancia jamás recorrida desde la Tierra: 406.773 kilómetros.

Este domingo, los astronautas revisaron una lista detallada de las características de la superficie lunar que fotografiarán y analizarán durante su sobrevuelo de seis horas la tarde del lunes, 6 de abril. En ese momento, las ventanas de la cabina principal de la nave Orión apuntarán directamente hacia la superficie del satélite.

Cuando la tripulación pase mañana por la cara oculta de la Luna, perderá la comunicación por radio con el control de misión durante unos 40 minutos. La NASA ha confirmado que este silencio radiofónico está totalmente previsto y controlado. Tras una aventura de diez días, los cuatro astronautas tienen previsto amerizar en la costa de San Diego el próximo viernes, donde la cápsula Orión se zambullirá en el mar.