
Si usted desea ganar mucho dinero, o usted anhela un gran poder, me temo que no puedo ayudarle. Nunca he sabido muy bien cómo conseguir esas cosas. Ahora bien, si lo que usted ansía es la fama, tengo un método rápido que ofrecerle aquí. Aunque quizá ya lo tenga intuido.
A veces he sopesado usarlo yo mismo. ¿Quiero una ronda de entrevistas en todas las televisiones? ¿Quiero amplias entrevistas en nuestros periódicos? ¿Quiero que me abran un espacio en las radios nacionales? El procedimiento es sencillo.
Lo primero que debería hacer es afiliarme a Vox. Eso, por supuesto, no será noticia alguna: el partido se halla en máximos históricos de militantes; según la prensa (nunca simpatizante suya) hace seis meses rozaba ya los 70.000 carnés. Pero este es el paso previo, imprescindible, para lo que vendrá después.
Una vez ya afiliados a Vox, lo siguiente que tendríamos que hacer usted o yo es tratar de medrar en el partido. Este es el paso más complicado, claro. De hecho, hay numerosos despechaditos de Vox —el ejemplo más palmario tal vez lo constituya Javier Ortega-Smith— que consideran que tal partido debería funcionar como el funcionariado más carca: un empleo donde solo cuente, como mérito, tu antigüedad. (Es probable que Ortega-Smith recurra a este criterio por el evidente beneficio que le reportaría: como él lleva desde 2014 en la formación, entonces él habría de gozar de todo privilegio sobre cualquiera que haya llegado después).
Por fortuna, empero, la «tesis Ortega-Smith» es minoritaria en Vox. Y bien que esto le cunde. El predominio del voto a Vox es tan arrasador entre los jóvenes, que resultaría estúpido negarse a incorporar a jóvenes valores a sus mandos, solo por el hecho de que todavía fueran adolescentes allá por 2014. Esta semana hemos conocido que, incluso, el secretario general de las Nuevas Generaciones del PP, Carlo Angrisano, ha pedido el voto para Vox. Es ley de vida. (El Partido Popular lidera el voto entre los jubilados, como consolación).
«Grite que se va de Vox porque no le van a renovar como concejal y eso indica una patente ausencia de democracia interna»
Y bien, volviendo a nuestro método para alcanzar la fama: decíamos que, tras afiliarse a Vox, usted debería procurarse algún cargo, aunque fuera como concejal de alguna pedanía ignota. No se preocupe mucho por la entidad de tal puesto: la fama no se la dará esa tarea. De hecho, aunque usted consiguiera que la citada pedanía ignota fuera seleccionada entre las pedanías más atractivas por National Geographic y The Economist a la vez, resulta improbable que, siendo afiliado de Vox, usted obtuviera entonces alguna gloria pública. La clave para ser famoso, para que le entrevisten en todas partes y para que hablen de usted en toda tertulia, viene justo después.
Pues he aquí el tercer paso y el más importante: usted debe, al cabo de un tiempo, abandonar Vox. Y debe, eso sí, anunciarlo de modo estentóreo. No importa que sus motivos sean contradictorios. Grite, por ejemplo, que se va de Vox porque no le van a renovar como concejal pedáneo de Vitigudino de Arriba y eso indica una patente ausencia de democracia interna. No se preocupe: ningún periodista le planteará la pregunta, por lo demás obvia, de por qué es poco democrático que Vox no le renueve como concejal, pero sí fue muy democrático que Vox le colocara como tal.
Lo sé, lo sé: si usted no sigue demasiado la actualidad política, sentirá usted de seguro desconfianza ante este método que le propongo para la fama. ¿Cómo es posible que sea tan fácil y tontorrón el procedimiento? Pero le aseguro que funciona.
Tomemos el ejemplo de la última salida de Vox, la de su candidato por la Región de Murcia. Es probable que usted no sea capaz de recitar su nombre y apellidos, cosa poco extraña, dado que ningún gran medio de comunicación le había entrevistado por extenso hasta hace pocos días. Es probable que esto se cumpla incluso si usted es murciano. Los políticos tienden a creerse que todo el mundo los conoce (digamos que les gusta creer que han alcanzado la fama antes de tiempo). Pero a mí hubo un dato que me sacó de ese engaño hace tiempo: en 2015, una encuesta en Castilla y León reveló que nada menos que al presidente de su Junta, que llevaba siéndolo desde 14 años atrás, aún resultaba desconocido para seis de cada diez castellanos y leoneses. Si esto le ocurre a todo un presidente autonómico, Juan Vicente Herrera, ¡imagínese usted, señor político, quién le conocerá si es usted un mero candidato, un mero diputado o un mero concejal!
«Solo dos o tres despechaditos conservan fama y titulares años después de abandonar sus cargos»
Volvamos no obstante al candidato de Vox por Murcia: desde que la dirección nacional de su partido le pidió dar un paso atrás —al parecer, por habérsele detectado irregularidades económicas que han ido saliendo estos días—, y él optó por agarrarse con uñas y dientes a su cargo cual toxicómano a una última jeringuilla, el lector atento habrá notado que su nombre y apellido figuran en todos los medios de comunicación de masas. Por fin es famoso. Escojo, además, su caso porque se trata de un antiguo baloncestista, que llegó a jugar en la selección nacional sub-16, sub-18 y sub-20: podría, en suma, haber alcanzado la fama antes. En especial porque, según se dice, fue expulsado del equipo nacional por su mal comportamiento de aquella época. Pero no: ha debido esperar a largarse de Vox para acariciar una fama auténtica. No se me dirá que no estoy proponiéndoles un método bien eficaz.
Llegados a este punto, es probable que usted, amigo lector, tenga dos objeciones bien razonables que hacerme. La primera es que la fama que le ofrezco es algo efímero, de usar y tirar; que sí, que tal vez durante dos días o incluso una semana se hable de usted si obedece el método que le he detallado. Pero que pronto pasará al olvido ante los nuevos casos de resentidos con Vox que llegarán tras usted; de hecho, solo dos o tres despechaditos de tal partido (Macarena Olona, Espinosa de los Monteros…) conservan fama y titulares años después de abandonar sus cargos.
Ante esta objeción he de darle toda la razón, mas también parafrasear a Andy Warhol: en nuestros tiempos, me temo que todos tenemos derecho a 15 minutos de fama, sí, pero solo durante esos 15 minutos. Lo que yo le ofrezco implica pues que, en lugar de 15 minutos, tal vez sean 15 horas las que aguante usted en el candelero. No se nos queje, vaya, en exceso ni a Warhol ni a mí. Es el signo de nuestra época. Vivimos en una civilización que confunde prestigio con notoriedad mediática. Los despechaditos son buen ejemplo de ello.
La segunda objeción que acaso usted desee ofrecerme es que el título de este artículo prometía hablar de los despechaditos de Vox… mas de momento solo hemos explicado cómo llegar a ser un despechadito más. ¿No cabe analizar un tanto el carácter, las obras, el espelde (como lo llamamos en Salamanca y Portugal) de estas despechaditas gentes? Aquí he de dar una vez más la razón a semejante protesta.
Dedicaré el resto de este artículo a tal asunto, pues. Y voy a acometerlo mediante el modo antiguo de hacer estas cosas: con tres modelos de personajes clásicos que nos ayudarán a entender los personajillos de hoy. Esos tres modelos son Calígula, Tiberio y Craso. Un trío de la vieja Roma, pero de lo más instructivo para la política de cualquier época.
1. Calígula o la obsesión por el poder
Lo hemos venido señalando en párrafos anteriores: muchos políticos sienten una adicción a la fama, al cargo, al poder (por minúsculo que este sea) que solo cabe comparar con el de los drogadictos por sus sustancias. Y esto no constituye una metáfora: representa lo que la neurociencia más reciente nos ha demostrado.
«El neuroquímico principal implicado en la recompensa del poder es la dopamina, el mismo transmisor responsable de producir una sensación de placer», explica Nayed Al-Rodhan, de la Universidad de Oxford. «El poder activa, pues, el mismo circuito de recompensa en el cerebro y crea un ‘subidón’ adictivo de forma muy similar a la adicción a las drogas. Como los adictos, la mayoría de las personas en posiciones de poder buscarán mantener el subidón que les provoca, a veces a toda costa… así como se opondrán con todas sus fuerzas a dejarlo».
Pocos personajes reflejan esa adicción al poder como el emperador Calígula. Al igual que todo toxicómano, no se conformó con el cargo más alto de todo un Imperio romano: necesitó dosis cada vez más altas. Así, llegó a imponer que se le tratara como si fuera un dios; obligó a que se le representara con los atributos de Júpiter, Neptuno o incluso Venus y Diana; exigió que las cabezas de sus estatuas se sustituyeran por la propia; ordenó que se le hicieran sacrificios similares. Incluso pretendió instalar una gigantesca estatua propia en medio del Templo de Jerusalén, si bien falleció antes de que se cumpliera tan explosiva ambición. Sí tuvo tiempo, empero, de declarar la guerra al dios del mar, Neptuno, para lo que exigió a sus soldados atacar las olas con sus lanzas o recoger conchas de la playa como botín de guerra. También nombró cónsul —en todo un ejercicio de poder ilimitado— a su caballo, Incitatus, para lo que le dotó de casa propia, sirvientes y vajilla de marfil. Un drogadicto nunca sabe dónde detenerse.
«¿Tiene sentido que años después de haber salido de Vox sigan hablando solo de Vox?»
¿No nos recuerdan muchos despechaditos de Vox esa adicción de Calígula, ese síndrome de abstinencia que nos describen tanto la neurobiología como Nayed Al-Rodhan? ¿Tiene sentido que años después de haber salido de Vox sigan hablando solo de Vox, un poco como algunos maniáticos adolescentes se quedan años estancados en su primera novia?
La contradicción resulta patente, además, cuando solo despotrican de ese primer noviazgo, pero se niegan a pasar página, avanzar con su vida y olvidarse de él. Algo que de nuevo recuerda al toxicómano con síndrome de abstinencia: ese que lo mismo nos reitera cuánto le dañaban las drogas, como se confiesa incapaz de olvidarse de ellas.
2. Tiberio o la fosa del resentimiento
Para entender mejor a esos despechaditos que vuelven una vez y otra a hablar de ese partido que en teoría aborrecen, puede sernos útil otro emperador romano: Tiberio Julio César Augusto. Al cual Gregorio Marañón dedicó un libro delicioso titulado Tiberio: historia de un resentimiento.
Ahí se explica bien la diferencia entre estar resentido (como Tiberio) o tener algún rencor, como puede ocurrirnos a cualquiera. Un rencoroso se sentirá herido, sí, pero si algún día lograra devolvérsela a aquel que le hirió, o (mejor aún) le perdonara, ese rencor quedaría saciado. Desaparecería. Y dejaría de acongojarle a él, al rencoroso.
«El resentido cree que la vida lo ha tratado mal y por eso él quiere tratar mal a la vida»
El resentido, por el contrario, acaba por no sentir rencor hacia nadie concreto, sino hacia todos y hacia ninguno. El resentido cree que la vida lo ha tratado mal y por eso él quiere tratar mal a la vida. Su tarea, por tanto, nunca culmina. Puede maltratar a los demás, pero sobre todo maltratarse a sí mismo, atribulado por un deseo de venganza que nunca sacia, que le ocupa el resto de su existencia.
Así le acaeció al emperador Tiberio: ni al llegar a tal cargo pudo calmar su resentimiento, sus heridas, sus obsesiones con lo mal que le habían tratado antes de instalarse ahí. Y por ello siguió resentido hasta sus días finales de desenfreno en Capri. Murió como un despechado. Y por eso nos ilumina para entender a nuestros despechaditos.
En efecto, basta contemplar a estos para saber que nada podrá ya saldar la herida que sienten en su alma. Esta sangra según Vox logra éxitos electorales y sube en las encuestas, cierto; pero si Vox fracasara, si Vox desapareciera, ¿quedarían saciados? Es dudoso: al igual que el cocainómano, poco se regocijaría si la coca se dejara de cultivar. Parecen necesitar un motivo con que justificar sus vidas obsesas; aunque sea un motivo que ya no les reporta alguna satisfacción.
3. Craso o la sima de la estupidez
Vivir toda la vida enganchado a una droga (la del poder) que no te suministrarán ya más; pasar los años resentido por algo que sucedió hace tiempo, cuando no te volvieron a proponer como diputado o como concejala; lo que venimos describiendo son, ante todo, vidas instaladas en una actitud bien irracional.
Siempre se dice que el pecado más absurdo es la envidia, pues hace sufrir sobre todo al que cultiva, al envidioso —mientras que, al menos, aquellos que incurrimos en la lujuria, la gula o la pereza, un buen rato de sexo, comilonas o remoloneo logramos disfrutar—. El adicto al poder como Calígula, el resentido como Tiberio comparten este rasgo con los envidiosos: sus vidas parecen poco deseables. Así, uno se pregunta por qué no olvidan nuestros despechaditos de una vez su antigua etapa voxera. Por qué no se dedican a escuchar ópera, aprender papiroflexia o estudiar el Egipto antiguo. Disfrutarían más.
Es aquí, pues, cuando hemos de aprender de una tercera figura romana. Craso, el riquísimo Marco Licinio Craso, que tenía todo lo que un romano podía desear: era el hombre más rico de Roma, había formado parte del Primer Triunvirato junto a Pompeyo y César, había aplastado la rebelión de Espartaco. Pero no le bastaba. Quería gloria militar comparable a la de sus colegas del triunvirato.
Así que a sus casi 60 años se lanzó a una campaña contra el Imperio parto que cualquier estratega sensato habría desaconsejado. El resultado: la batalla de Carras, una de las derrotas más humillantes de Roma. Siete legiones aniquiladas. Y Craso ejecutado de la manera más simbólica: los partos le vertieron oro fundido en la boca, burlándose de su sed de riqueza.
La estupidez de Craso no fue militar; fue vital. Tenía todo para ser feliz, pero eligió perseguir lo único que no necesitaba. Y es aquí donde nuestros despechaditos le imitan.
«Colocan en segundo plano resolver la crisis que atraviesa España… por obtener a cambio 15 minutos de fama»
Porque la característica más llamativa de estos personajes no es su resentimiento ni su adicción al poder. Es su estupidez. Despotrican contra un partido en ascenso, en cuyos principios se supone que creían… por meras rencillas personales. Colocan en segundo plano resolver la crisis que atraviesa España… por obtener a cambio 15 minutos de fama. Olvidan la lucha contra los desastres del actual Gobierno… por el gustirrinín de desahogarse en un micrófono.
Es difícil escribir mucho más sobre la estupidez: porque escribir es tratar de poner en orden las ideas, y los estúpidos son justo los que desbaratan cualquier orden posible de ellas. Por eso, en suma, es difícil escribir aquí mucho más sobre la estupidez de Craso, o sobre la de los despechaditos de Vox.
Además, buena parte de su estupidez reside, justo, en que no leerán nada que pueda salvarlos; y si lo leen, no lo entenderán; y si lo entienden, no lo pondrán en práctica. Los romanos sabían bien que el Furor ciega el intelecto humano y conduce a sus víctimas al desastre; nosotros, menos trágicos, quizá hemos de conformarnos con verlas precipitarse hacia el ridículo. Los romanos, en suma, habían aprendido esas cosas en Cicerón y Virgilio; nosotros, menos elevados, habremos de aprenderlas de Gabi, Fofó y Milikito.
Por Juan Pardo Navarro

