A Begoña Gómez la ha pillado el auto del juez Peinado por los palacios chinos, que uno ve ahora más cerca que nunca del palacio filipino que se montó la presidenta en la Moncloa. Allí, en esa Moncloa entre fortaleza y pagoda, recibía ella a padrinos, mecenas, socios o víctimas, uno se imagina que un poco a lo Imelda Marcos, con armadas de zapatos, a lo reina Amidala, con sombrillas o cojines en la cabeza, a lo abeja reina y a lo araña de lámpara de araña. A mí me parece lógico que Begoña Gómez, que va de reina en China, o sea sin separar la alcoba del Estado y la seda diplomática de la seda íntima, fuera aún más reina en su propia casa y recibiera con juego de té versallesco, chambelán de baraja, pinacoteca sobrecogedora y presencias poderosas y acojonantes a esos patrocinadores de sus negocios o de sus ínfulas. De hecho, así fue. Todo lo de los Sánchez es lógico en realidad, del Peugeot a coronarse uno a otro sobre el colchón. Es lógico hasta lo que parece una contradicción: que salgan los ministros en columna de a tres contra Peinado, con Óscar Puente como el recluta Patoso, a la vez que confían en que todo va a quedar en nada. ¿Por qué atizar a Peinado en vez de esperar a que la Audiencia de Madrid lo tumbe todo? Pues porque no se trata de confiar sino de presionar o acojonar, como bajo los cipreses, las presencias y las arañas de la Moncloa.
Ha sido el propio Sánchez, desde su China de cajita de música (Sánchez está en China como haciéndole el baile con tutú, hula hoop o falda de hierba al totalitarismo más poderoso del planeta); ha sido Sánchez, decía, el que ha pedido que “la Justicia haga justicia” y ha augurado, no como esperanza sino como certeza, “que el tiempo pondrá todo y a todos en su sitio”. El propio Sánchez, con bronceado rojo de banderas rojas, con aplomo de cuello Mao, educadísimo en China, como los reeducados de allí, nos ha dejado claro que ya sólo es cuestión de que la Justicia, como la señorita ciega o cegata que es, vaya por su camino más o menos derecho o torcido pero inevitable, y de que el tiempo vaya vertiendo su sustancia física o metafísica a la velocidad imparable de un segundo por segundo. Se supone, pues, que el asunto ya no necesita ni ministros ni tertulianos, ni escándalos ni improperios, ni la conspiración ni la venganza, ni el desahogo con Peinado ni con nadie más. Por supuesto, no ha sido así, porque ni las certezas ni la tranquilidad de Sánchez son tales.
Los ministros, en formación de tridente o algo así, en paracaídas, en tirolina o en avispero, un poco como los ángeles aerotransportados o los marines alados del póster de Trump, han salido contra Peinado, contra el auto de Peinado, contra el peinado de Peinado, contra la mala literatura de mosquetero de Peinado, que ha sacado nada menos que a Fernando VII, el rey felón y pollón (yo me hubiera quedado mejor en las tardes del palacio del Pardo, con Franco haciendo como bordadito con la señora, con las sentencias de muerte, con el café con leche y con los negocios de la Telefónica, algo más familiar y más cercano). Empezó Bolaños, que es como un monaguillo de un cura de Agustín González que tiene Sánchez, y no es la primera vez que ve el Demonio en el mundo, en el baile, en la heterodoxia o simplemente en la razón. No es un ministro de Justicia sino un ajusticiador de jueces, un alguacilillo de togas que hace caza de juez con estaca, como la caza del vampiro. Elma Saiz, que parece haber heredado de Isabel Rodríguez esa capacidad para tapar lo macabro con inocencia maliciosa de novicia, hacía más bien comentario de texto (lo de Fernando VII es como la coma o la tilde voladas con las que refutan los trolls de las redes). Y Óscar Puente, claro, que se sintió de nuevo llamado a la gloria y a la embestida, con su cosa de ariete caprino del Gobierno.
La Justicia no sólo rodea a su señora, reina de LinkedIn, sino a su familia, a su partido, a sus cloacas y a su concesionario de Peugeot
Óscar Puente, aburrido de nuestros trenes o sus trenes (supongo que hay poco que hacer cuando las desgracias simplemente ocurren, cuando los raíles simplemente se rompen y cuando los trenes simplemente llegan tarde); Óscar Puente, aburrido o desaprovechado últimamente, al menos hasta que lo llamen a él también a juicio, se sintió llamado, ya digo, a esa gloria entre mozo espontáneo y Ally McBeal, y quiso dejar su opinión de jurista, o sea de abogado de su pueblo, con gran revolera de toga. La verdad es que no fue ni original ni elocuente ni lógico, aunque tampoco lo esperábamos. Dijo que no puede haber “ni espacios de impunidad” ni “persecución”, que es una obviedad que no nos permite elegir, sin más, como hizo él, el caso de la persecución. O sea, citó los dos extremos malos olvidando la opción deseable, la buena, la investigación judicial legítima y proporcionada. Luego, se sintió desconcertado porque no veía “lucro” en lo de Begoña (decían lo mismo de Chaves o Griñán). Como si no fuera suficiente para los emperadores de la Moncloa, o de la China, el postureo, el ego, el andar por fálcones y cumbres, por palacios y palcos, por cátedras levemente salmantinas y oenegés levemente africanas igual que por cócteles de embajada, arrastrando la cola de pavo real.
Ha salido todo el Gobierno a defender a Begoña, como la Fiscalía, como la prensa del Movimiento, por si alguien dudaba que a los amantes de la China se les pueda haber ocurrido algo, alguna vez, que tenga que ver con el trato de favor, con el abuso de poder, con el manoseo de las instituciones, de los recursos públicos y hasta de la vajilla de la Moncloa. En realidad este ataque a Peinado no tiene sentido, porque si es él el juez corrupto, a sueldo o bajo el ala membranosa de la derecha-ultraderecha, ya su misión y su poder han terminado, y lo que queda ya sólo será reparación y liberación. No sé de qué sirve centrarse en su auto loco como de los autos locos, en su inquina y en su literatura. Lo que ocurre, claro, es que Sánchez no sólo no confía en la Justicia, sino que la teme. La Justicia no sólo rodea a su señora, reina de LinkedIn, de Manchuria y de Mongolia, sino a su familia, a su partido, a sus cloacas y a su concesionario de Peugeot.
Lo de los Sánchez es tan lógico que la conspiración es mucho más improbable y loca que no que todo sea, simplemente, lo que parece. Entre la persecución y la impunidad, está la investigación judicial legítima y proporcionada. Claro que eso es lo verdaderamente temible para ellos. Por eso salen los ministros y los esbirros, no contra Peinado, que ya no pinta nada, sino contra los que vengan después, que ya saben lo que les puede caer. Es lo que se llama un farol de poder, abrumar con los escenarios, con los cargos, con los entorchados. Eso es justo lo que hacía Begoña y lo que hace el propio Sánchez bajo los hormigueros de Miró, la gloria de nata y la platería de fraude de la Moncloa.

