Principales catedrales de España. II

 

Estas son las CATEDRALES a las que el satanizado Gobierno de España cambiará de uso para dar refugio a los refugiados.



  Por Juan Pardo Navarro
 
Son las obras cumbre del patrimonio arquitectónico español y testigos imperecederos de épocas pasadas. Si pudieran hablar, tendrían cientos de historias que contar. Desde Blog de Juan Pardo, te mostramos las 25 catedrales más espectaculares de España.


La Catedral de Mallorca, conocida también como la Catedral del mar, se alza majestuosa sobre el Mediterráneo y dibuja su apuntada silueta en el sky line de la Ciudad de Palma. Construida en el momento de máximo esplendor del estilo gótico, abre sus muros a cincuenta y siete vitrales y a cinco rosetones que bañan de luz y color la austeridad del marés del interior. Catorce columnas, altas y esbeltas, se alzan casi cincuenta metros para sostener las bóvedas de crucería que cierran la que han descrito como una de las salas más amplias de la cristiandad."Las olas de rodillas


CATEDRAL DE TOLEDO


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Inspirada en el gótico francés, puede presumir de ser una de las catedrales más espectaculares de España. Además, se trata de la única que ostenta el título de Catedral Primada de España. En su interior encontramos el llamado Transparente, obra escultórica bendecida por el sol a través de los tragaluces.

CATEDRAL DE GRANADA


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Sepultura de los Reyes Católicos en la Capilla Real anexa, el conjunto arquitectónico simboliza la cristianización de la última ciudad musulmana de España. Asentada sobre la mezquita mayor nazarí, la cabecera simula un panteón imperial. Un majestuoso edificio que se funde con las calles de la Alcaicería, antiguo zoco árabe, y la popular plaza de las Pasiegas.

CATEDRAL DE BURGOS

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La Catedral, emblema monumental de la ciudad de Burgos es una de las joyas del arte gótico español. Del exterior son únicas sus agujas, filigrana del siglo XV y su poderoso cimborrio renacentista, uno de los más altos y esbeltos de España. Del interior destacan numerosas y ricas capillas así como obras tan espectaculares como la Escalera Dorada ingeniosa solución que une innovación y belleza.

CATEDRAL DE JAÉN

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Construida sobre una antigua mezquita aljama, la Catedral de Jaén es uno de los mejores ejemplos del Renacimiento andaluz. Desde sus balcones, que le dan un aire palaciego, se mostraba el Santo Rostro para bendecir a los peregrinos que llegaban en multitud y a los campos de cultivo que rodean la ciudad. Su monumental fachada retablo, preciosamente decorada con esculturas, relieves y elementos constructivos, es pieza destacada del Barroco español.

MEZQUITA DE CÓRDOBA

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Posiblemente nos encontremos ante la catedral más singular de todas las de nuestro país. La catedral de Córdoba es el mejor resumen de todas las civilizaciones que han pasado por nuestro país, como se puede comprobar por los materiales utilizados en su construcción. Desde columnas romanas a cimientos visigodos, pasando por yerserías y mosaicos omeyas en la mezquita circundante a la sobriedad de la piedra renacentista de la catedral propiamente dicha.

CATEDRAL DE LEÓN

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El que fuera declarado primer Monumento Nacional de España, destaca por su cuerpo vítreo (vidrieras) único que da al interior del templo una luminosidad espectacular.  Es el máximo exponente del gótico francés en España y uno de los mejores del mundo. En su interior se puede disfrutar del mayor órgano de Europa y algunos tesoros como el Belén del siglo XV y leyendas como la del misterioso Topo.

CATEDRAL DE HUESCA

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Templo gótico de elegante portada con espectacular retablo renacentista tallado en alabastro por Damian Forment.  A finales de marzo y comienzos de octubre se produce el misterioso fenómeno de la asolación en la imagen de la Inmaculada Concepción. El Papa Luna concedió el privilegio de que el retablo  tuviera un óculo expositor, que custodiaba la sagrada forma de Cristo convirtiéndola en una catedral con gran esplendor.

CATEDRAL DE SALAMANCA

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Salamanca es una de las ciudades españolas que tienen el privilegio de poseer dos catedrales. La Catedral Vieja data del siglo XII y destaca por su cimborrio, denominado ‘Torre de Gallo’. Junto a ella se ubica la Catedral Nueva, uno de los templos más tardíos de estilo gótico que se construyeron en el país.

CATEDRAL DE SEVILLA

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Considerada la mayor catedral gótica del mundo, se levantó en el punto donde estaba la Gran Mezquita. El más fiel testigo del dominio musulmán es la Giralda, antiguo minarete y actual campanario de la Catedral y símbolo de Sevilla.

CATEDRAL DE LLEIDA

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El Conjunto Monumental del Turó de la Seu Vella está presidido por su imponente catedral antigua que se erige como símbolo identitario de la ciudad de Lleida. Su fascinante claustro gótico, considerado uno de los más grandes de Europa, cuenta con una de sus galerías abierta excepcionalmente hacia la ciudad. Emplazado en la parte más alta de la colina sobresale la nave meridional del Castillo del Rey / La Suda, un notable edificio que fue residencia de los reyes de la antigua Corona de Aragón. Actualmente este singular paisaje histórico opta a ser candidato de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

CATEDRAL DE ZARAGOZA

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La Catedral de San Salvador, conocida también como la Seo, se constituye como la primera catedral cristiana de Zaragoza. En ella convergen diversos estilos, desde el románico del ábside central hasta el gótico del retablo mayor, o el estilo neoclásico que luce la portada.

CATEDRAL DE CÁDIZ

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La Catedral de Cádiz presenta una mezcla de estilos que van desde el barroco hasta el neoclásico. No solo notoria es la fachada principal, sino también el interior del templo. En la cripta está enterrado el célebre compositor gaditano Manuel de Falla.

CATEDRAL DE TERUEL

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Teruel es la capital del arte mudéjar en España, siendo su mayor exponente la Catedral de Santa María de Mediavilla. Destacan la torre, el cimborrio y la techumbre, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

CATEDRAL DE MURCIA

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A pesar de que Murcia es una ciudad eminentemente barroca, lo curioso es que su catedral es, en esencia, gótica. En la capilla mayor se encuentra el secreto mejor guardado del templo, pues ahí está enterrado el corazón de Alfonso X El Sabio.

CATEDRAL DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

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La más grande catedral románica de España ha sido durante mil años la añorada meta de millones de peregrinos que han recorrido el Camino de Santiago para llegar a la tumba del Apóstol Santiago. Desde el siglo XII goza del privilegio papal de abrir su Puerta Santa y  celebrar el Año Santo Compostelano cada vez que el 25 de julio cae en domingo. Esto sucede cada 6, 5, 6 y 11 años: el próximo es 2021. Su bellísima fachada barroca, con torres que casi rozan los 80 metros, figura en las monedas de 1, 2 y 5 céntimos de euro.

CATEDRAL DE BARCELONA

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En el barrio gótico se alza la imponente Catedral de Santa Cruz y Santa Eulalia. De estilo gótico catalán, data del siglo XIII, aunque las obras no finalizarían hasta el siglo XX. El claustro es uno de los espacios que más interés suscita, no solo por su belleza, sino porque, por extraño que resulte, en él habita una decena de ocas.

CATEDRAL DE SEGOVIA

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La Plaza Mayor acoge a un impresionante inquilino de estilo gótico tardío. Los esbeltos pináculos de la catedral segoviana no solo es lo primero que atrae a los visitantes, sino también a las cigüeñas. Su grandeza monumental la convierte en una de las catedrales más espectaculares de España.

CATEDRAL DE MADRID (LA ALMUDENA)

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La Catedral de la Almudena es una de las visitas obligadas en Madrid. Su construcción arrancó a finales del siglo XIX a las órdenes del arquitecto Francisco de Cubas. De exterior neoclásico, fue el templo en el que contrajeron matrimonio los actuales reyes de España.

CATEDRAL DE VALENCIA

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Uno de los iconos indiscutibles de Valencia es la torre de la catedral, conocida como el Miguelete. Sus 51 metros de altura hacen que pueda divisarse desde varios puntos de la ciudad. El templo data del siglo XIII, siendo el gótico el estilo predominante.

CATEDRAL DE PALENCIA

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No sin razón, la Catedral de Palencia es conocida popularmente como “la bella desconocida”. Su fachada austera contrasta con un interior gótico con diversos encantos. Lo más llamativo del interior es, sin duda, el triforio de doble arco.

CATEDRAL DE ZAMORA

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La Catedral de Zamora se construyó en el siglo XII bajo el mandato de Alfonso VII. El cimborrio es la pieza más destacada de este templo románico, así como el elemento que mejor se conserva del exterior junto a la puerta del Obispo.

CATEDRAL DE CUENCA

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Sobre los restos de una antigua mezquita se levanta la catedral conquense, que data del siglo XII. Sorprende su fachada principal de estilo neogótico, una reconstrucción de la original realizada en el siglo XX.

CATEDRAL DE SORIA

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Antes de convertirse en el templo de mayor importancia de Soria, la Concatedral de San Pedro era una colegiata. Construida en el siglo XII, su principal atractivo es el magnífico claustro románico.

CATEDRAL DE VALLADOLID

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Lo primero que asombra de la Catedral de Valladolid es que, a diferencia de la mayoría de las catedrales castellanoleonesas, no es de arquitectura medieval, sino herreriana. Se trata de un estilo del siglo XVI atribuido a Juan de Herrera caracterizado por las formas clasicistas y la ausencia de ostentación.

Principales catedrales de España



Almería

La inmensa Catedral de Almería, Ntra Sra. de la Encarnación, está en el corazón de la parte vieja de la ciudad. Es la Catedral más curiosa que se pueda ver, se parece más a un castillo que a un templo de Dios. En realidad son las dos cosas a la vez. Su estilo es fundamentalmente gótico.
Se empezó a construir en el año 1.524 terminándose su construcción  en 1.562 por Diego de Siloé para proteger a los vecinos almerienses de las continuas tropelías de los piratas y debido también a la destrucción por un terremoto dos años atrás de la original iglesia de San Juan de la Almedina.
En el año 1.620 el poder político almeriense compra diferente armamento para esta nueva Catedral que disponía de unas estupendas troneras cañoneras. El más importante de los templos de la capital presenta, en el exterior, un robusto aspecto defensivo, caracterizado por sus contrafuertes, almenas y torreones.
En cuanto a su arquitectura es una combinación del Gótico y el Renacimiento, siendo su apariencia de fortificación debida a que sufría numerosos ataques por parte de piratas del norte de África, de planta rectangular con tres naves, girolas y tres capillas, cuenta con una fuerte guardia, la Torre del Homenaje del siglo XVII. El patio de armas y el actual Claustro son de un siglo más tarde.



La fachada norte muestra un elaborado diseño de mitad del siglo XVI realizada por Juan de Orea.
En su interior es de destacar el altar y el tabernáculo de Ventura Rodríguez y las capillas, la de San Indalecio y la Piedad son renacentistas con obras de enorme valor artístico. La capilla de detrás del altar principal contiene la tumba del Obispo Villalán fundador de la Catedral, y es otro trabajo de Juan de Orea del año 1.558,  como también lo es el coro con sus aposentos hechos de madera de nogal, y la sacristía mayor con su techo finamente tallado en piedra.




Ávila

Catedral
Cuenta la tradición de Ávila que Pedro Sánchez Zurraquines,
nombrado obispo tras un viaje a Roma, halló el templo de San Salvador asolado e malparado e el maderaje podrido con las aguas, que obtuvo del rey Alfonso VI licencias y dineros para reedificar el templo y que fue el maestro navarro Alvar García de Estella, home de gran sabiduría en jometría, quien, a partir de 1091, construyó la nueva catedral.

No hay, sin embargo, rastro de documento alguno que confirme la veracidad de las fechas ni la existencia del obispo ni el trabajo del maestro navarro.
La primera referencia documental data de los años 1130 o siguientes, cuando Alfonso VII concede el tercio de censos y heredades que tenía la corona en Ávila a la catedral, que, después de haber estado abandonada durante más de trescientos años, fue nobiliter edificata por el conde Raimundo de Borgoña, padre del rey. En los años siguientes los datos documentales se suceden: en 1138, la confirmación del territorio diocesano y los bienes adquiridos y por adquirir; en 1142 la donación de Alfonso VII de lo que le correspondía de los molinos del puente y de la Serna de Linares; en 1175 Alfonso VIII concede al obispo don Sancho nuevas dádivas y derechos,... Respecto al edificio, absoluto silencio hasta 1192, fecha en que se produce un trueque en favor de la iglesia chatedral de San Salvador de Ávila... de las heredades que poseyó en vida Fruchel, maestro de obras de dha chatedral, que dejó al rey D. Alfonso por su heredero, por otras que el obpo. y cavildo tenían en Toledo.
Por consiguiente, la catedral de Ávila se está construyendo en el siglo XII, antes de 1192 y presumiblemente, según hipótesis de Gómez-Moreno, a partir de 1150 e interviene en ella el maestro Fruchel que es, junto al maestro Mateo de Santiago de Compostela, uno de los grandes representantes de la arquitectura ojival del siglo XII cuyos nombres se han librado del olvido y han llegado hasta nosotros.




Es la de Ávila una compleja catedral. Está trazada sobre la base de un rectángulo duplo, de 300x150 pies - con una valoración para el módulo de 30,00 cm.- y fue en proyecto, según teoría de Merino de Cáceres (Ávila, 1994), una iglesia de tres naves con cuatro tramos, crucero triple y girola sencilla con siete capillas excavadas en el grueso muro del ábside; a los pies, pórtico abierto entre dos torres, de forma similar a como se dispone en la iglesia de San Vicente. El crucero se organizaría a base de tres naves iguales a las del cuerpo longitudinal de la iglesia, con idéntica disposición de bóvedas.
Lo primero en hacerse, como de costumbre, fue la cabecera, desarrollando su gran hemiciclo fuera de la tela oriental del muro, enlazado con éste y sobresaliendo como enorme cubo fortificado, llamado cimorro. Por dentro queda la girola o deambulatorio. Sostiene Merino de Cáceres, a quien hemos citado con anterioridad, que en el proyecto original la girola era sencilla, de una sola nave, y que hubo que recurrir a la girola de doble nave como solución constructiva coyuntural, al encontrarse los constructores con problemas para cubrir unos tramos de tanta anchura como eran los previstos inicialmente. Resulta así una girola de dos naves, rodeada de absidiolos o capillas excavadas en el muro del cimorro, que abraza el majestuoso edificio de la capilla mayor.

Seguidamente se construyó el crucero. Y poco después debió sufrir una primera transformación. Posiblemente por influencia gótica se decidió aumentar la profundidad del presbiterio, a fin de dar cabida al coro, lo que llevó consigo la supresión de la nave más oriental del crucero y el aumento de dos capillas en el deambulatorio. Resultaban así una girola de nueve capillas y un crucero de dos naves, tal y como lo conocemos en la actualidad.


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Tras el crucero se erigió el primer cuerpo de las naves, con el pórtico y torres, cuyas capillas estaban terminadas a principios del siglo XIII. El cuerpo de las naves también varió, según Merino de Cáceres, en el transcurso de las obras reduciendo a tres los cuatro tramos que se preveían en el plan inicial. Como no aumentó la longitud de las naves, se produjeron ciertos desajustes en el trazado de las naves laterales, así como la necesidad de incorporar nuevos pilares columnados sobre los muros de cerramiento, además de los ya levantados de acuerdo con el plan original.
En todo caso, sea por la muerte de Fruchel sea por las zozobras que provocó el desastre de Alarcos, las obras se paralizaron, cuando estaban a punto de abovedarse las naves colaterales. Se reanudaron a mediados de siglo, pero entonces hubo preferencia por la sala capitular, el sagrario y la claustra. Finalmente, en el siglo XIV se concluyeron la claustra y la iglesia siendo obispo D. Sancho Dávila. Sus armas lucen en la alta bóveda del crucero.
En los siglos siguientes continuaron las obras. Significativa es la traslación de la puerta de los Apóstoles, que en principio estaba en el nártex del templo, al muro septentrional frente a la entrada del palacio episcopal. La traslación permitió alargar la iglesia construyendo una puerta en el exterior que se vería deteriorada por la intemperie a lo largo del tiempo y que sería sustituida por la que conocemos en la actualidad que construyó Ceferino Enríquez de la Serna entre 1779 y 1786. Significativa es también la construcción del coro en la nave central que se realiza en el siglo XVI y que supone un cambio en la concepción y percepción del espacio del templo. Y significativa es, finalmente, la construcción continuada de capillas después de la conclusión de las obras del templo: La capilla de la Librería o capilla del Cardenal, en el siglo XV; las de Las Cuevas, La Blanca y la Concepción, en el siglo XVI; y las de San Segundo y Velada, en el siglo XVII. Paralelamente se enriquece el templo con retablos, con vidrieras y obras escultóricas, con pinturas, miniaturas, libros y obras de arte de bronce, hierro y plata que pueden contemplarse en su museo.

Dedicada a San Salvador, está levantada sobre un templo románico y es la catedral más antigua del gótico español. Su construcción data del último tercio del siglo XII, iniciando las obras el maestro Fruchel utilizando piedra arenisca de la Colilla produciéndole su singular aspecto, El cuerpo principal de sillares graníticos se finalizó el siglo XIV. Su planta tiene forma de cruz latina, crucero y girola; cuatro pilares góticos sostienen las bóvedas. En los siglos XV y XVI se añadieron el coro y el claustro.

Badajoz
CATEDRAL DE BADAJOZ
Catedral
Esta Catedral comenzó a realizarse a mediados del siglo XIII, aunque definitivamente se terminaría en el XV. Con probabilidad este emplazamiento anterior sería un templo mozárabe o visigodo. El edificio es un templo románico y gótico con elementos ornamentales renacentistas, destaca la sillería del coro, obra de Jerónimo de Valencia y los magníficos tapices flamencos del siglo XVI de la sacristía. En sus paredes cuelgan cuadros de Zurbarán, Morales, Ribera y Bocanegra. La fachada principal es de mármol gris y fue restaurada en el siglo XVI, con predominio del estilo renacentista. En el mismo siglo se terminaron las capillas laterales, parte superior de la torre y claustro. En el siglo XVII se finalizaron las portadas occidental y septentrional.

 Qué es el amor platónico? La filosofía del amor verdadero a través de Platón

En su origen, AMOR era filosofía pura de ahí, AMOR PURO.

La filosofía ha desertado de su misión de proponer un relato totalizador a la sociedad.

La Universidad se ha quedado sin iniciativa.

La orfandad teórica ha permutado en la historia o la crítica a la modernidad.


De izda. a dcha. y de arriba abajo: Nietzsche, Platón, Aristóteles, Gianni Vattimo, Walter Benjamin, Immanuel Kant, Julia Kristeva y Martha Nussbaum. FERNANDO VICENTE

Este artículo no es un artículo sino un telegrama que mando a los lectores. No caeré en la tentación de agotar el limitado espacio disponible con nombres de filósofos y títulos de libros. Citaré sólo unos pocos para ilustrar la tesis principal. Y no mencionaré a los españoles porque a todos me los encuentro en el ascensor. Y no porque hubiera decir de ellos cosas poco amables. Todo lo contrario: es una desconcertante paradoja que la ausencia de gran filosofía coincida en el tiempo con la generación de profesores de filosofía más competente, culta y cosmopolita que ha existido nunca, al menos en España, y yo ante ellos, de los que tanto he aprendido, me descubro con admiración. En todo caso temería encontrarme en el ascensor sólo a los no citados.
1 La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, de individuo.
En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.
La filosofía se asemeja a la ciencia en que, como ésta, su instrumento de trabajo son los conceptos. Pero los conceptos de las ciencias empíricas son verificados en los laboratorios o los experimentos. En cambio, nadie ha verificado nunca las proposiciones filosóficas de Platón. Si volvemos a Platón una y otra vez no se debe a que la verdad de su filosofía haya sido validada empíricamente sino a que su lectura sigue siendo de algún modo significativa. En esto la filosofía se hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de convencer, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se diferencia del literato que usa con habilidad los recursos retóricos para mover al lector y captar su asentimiento. De ahí que, en la abrumadora mayoría de los casos, la gran filosofía, pensadora del ideal en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a la forma. El filósofo es sobre todo, como el novelista, el creador de un lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las que manufactura un relato veraz —aunque inverificable— para el lector.

El filósofo produce textos que han de persuadir, de seducir, y en este punto, no se diferencia en nada del literato

Esta función retórica de la filosofía es algo que, por desgracia, ha ido echando al olvido la filosofía contemporánea acaso por el vano achaque de querer parecerse a la ciencia. Los dos últimos libros de filosofía realmente influyentes, Teoría de la justicia de Rawls (1971) y Teoría de la acción comunicativa de Habermas (1981), son ambos piezas literariamente muy negligentes, áridas, técnicas, secas y demasiado prolijas, que reclaman un lector especializado y muy paciente dispuesto a acompañar al autor en todos los tediosos meandros intermedios que preceden a las conclusiones, ciertamente susceptibles de ser presentadas con mayor claridad, brevedad y atractivo. Lejos quedan los tiempos en que los filósofos —Russell, Sartre— merecían el premio Nobel de Literatura.
2 Un genuino ideal aspira a ser una oferta de sentido unitaria, intemporal, universal y normativa. Ha de componer una síntesis feliz a partir de muchos elementos heterogéneos y aun contrapuestos. Además, debería estar dotado de intemporalidad y universalidad porque, aunque nacido en un contexto histórico concreto, siempre pretende tener validez para todos los casos y todos los momentos, por mucho que inevitablemente de facto quede relativizado por otros posteriores de signo opuesto. Por último, el ideal no describe la realidad tal como es —ése es el cometido de las ciencias— sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los ciudadanos que reconocen en esa perfección algo de una naturaleza que es ya la suya pero a la vez más hermosa y más noble, como una versión superior de lo humano que despierta en quien la contempla un deseo natural de emulación. Que la realidad ignore la realización efectiva de un ideal en cuestión no desmiente la excelencia de éste sino sólo su falta de éxito histórico-social por razones que pueden ser circunstanciales.
La tesis aquí defendida dice que, en los últimos treinta años, la filosofía contemporánea ha desertado de su misión de proponer un ideal a la sociedad de su tiempo, el ciudadano de la época democrática de la cultura. La institución que durante varios siglos había sido la casa de la gran filosofía, la universidad, se ha quedado sin iniciativa en estos tres últimos decenios. La esplendorosa universidad alemana, otrora a la vanguardia del pensamiento europeo y fuente incesante de nuevos sistemas filosóficos, ha dado muestras preocupantes de pérdida de creatividad. La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana se ha apagado y ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento, cultivados por esos mismos académicos doblados de divulgadores o por periodistas y profesionales que escriben sobre temas de actualidad económica, política, social, moral o sentimental, oportunamente confeccionados para complacer la curiosidad de un público mayoritario, no versado, en una alianza consumada hace poco entre el ensayo generalista y la industria editorial, dispuesta a explotar a escala global la demanda de un mercado de lectores potencialmente amplio. En esto, como en otras cosas relacionadas con la mercantilización de la cultura, la industria editorial de Estados Unidos ha sido pionera y extraordinariamente potente; allí es aún más marcada que en Europa la separación entre la sociedad y la universidad, la cual, replegada en su campus, propende al especialismo extremo. Por lo que a la filosofía se refiere, la academia norteamericana estuvo tradicionalmente dominada por la escuela del pragmatismo heredero de William James, por el positivismo analítico después y en el último cuarto de siglo —en un giro que denunció Allan Bloom en su resonante The Closing of American Mind(1987)— por el posestructuralismo y los cultural studies, alérgicos de suyo a la gran teoría humanista, integradora y universal que, entre unos y otros, permanece hoy sin dueño.

La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana ha sido sustituida por ensayos
de entretenimiento

3 En ausencia de gran filosofía, lo que con el nombre de filosofía encontramos en estos últimos treinta años se compone de una variedad de formas menores que serían estimables y aun encomiables si acompañaran a la forma mayor pero que, sin el marco comprensivo general que sólo ésta suministra, acusan la insuficiencia de dicha orfandad teórica.
La primera de estas formas se hallaría representada por la filosofía que hoy se practica mayoritariamente en la universidad, donde la filosofía se permuta por historia de la filosofía. Una filosofía indirecta, mediada por una tradición filosófica reverenciada y al mismo tiempo puesta del revés. Richard Rorty, Charles Taylor o Hans Blumenberg, tan distintos entre sí, representan la mejor versión de este modo vicario de filosofar. Es filosofía, incluso buena filosofía, pero no gran filosofía porque carece de intención propositiva, abarcadora y normativa, de una imagen del mundo completa y unitaria. En el ámbito académico se aprecia una resistencia, casi una negación de legitimidad, a enfrentarse a la objetividad del mundo directa y autónomamente, como hicieron los clásicos del pensamiento, sino sólo, precisamente, a través de una reinterpretación de esos mismos clásicos. Pensar es haber pensado. Todo está ya escrito, nada realmente nuevo cabe decir. No se trata ya de hablar de la vida, sino sólo de libros que hablaron de la vida: Marx, Nietzsche, Freud o Walter Benjamin.
Esta aproximación revisionista se torna programa en el “posestructuralismo”: la deconstrucción de Derrida, las arqueologías de Foucault, los retornos de Deleuze a Spinoza, Nietzsche o Bergson, o esa revolución poética que para Kristeva rompe la aparente unidad del pensamiento, entre otros nombres posibles, abrieron camino para una multitud de posteriores hermenéuticas del pasado que hoy llenan los anaqueles de las bibliotecas universitarias —tanto como escasean en las bibliotecas de las casas particulares, en parte porque parecen escritas en “gíglico”, el lenguaje inventado por Cortázar para Rayuela— y cuya originalidad reside en la constante revisión de la tradición filosófica desde el punto de vista de la lingüística, el psicoanálisis, el lacanismo, el marxismo, la crítica literaria, el feminismo o el poscolonialismo. Un exponente de este método híbrido, animado con ingredientes histriónicos que le han granjeado el buscado éxito mediático, sería la obra de Slavoj Zizek. Sin desdeñar esos mismos ingredientes, pero con mayor aliento filosófico, cabría emplazar aquí la abundante bibliografía de Peter Sloterdijk.

La consciencia nos hace libres, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general

Cercana a esta forma de filosofía y a veces indistinguible de ella estaría esa literatura, hoy todo un género, que pronuncia una solemne sentencia condenatoria contra la modernidad en su conjunto. Como es evidente que la sociedad democrática, al menos en el último medio siglo, ha proporcionado dignidad y prosperidad al ciudadano sin parangón con tiempos anteriores, la actual filosofía hermenéutica heredera de Nietzsche-Heidegger, por un lado, o aquella de raíz marxista en la estela de Dialéctica de la Ilustración de Adorno-Horkheimer, Marcuse y la Escuela de Frankfurt, por otro, creen adivinar unos fundamentos ideológicos ocultos que estarían alienando taimadamente al ciudadano sin que éste lo supiera y, contra todas las apariencias, restituyéndolo a la antigua condición de súbdito. El Holocausto judío es traído al centro de la meditación filosófica como prueba del fracaso definitivo del proyecto moderno y hay quien como Giorgio Agamben —en su trilogía Homo sacer— se atreve incluso a proponer el campo de concentración nazi como paradigma del espíritu de las democracias contemporáneas. En el delta de esta impugnación total de la modernidad desembocan por igual, afluentes procedentes de la derecha y la izquierda, hermeneutas como Gianni Vattimo, fundador del “pensamiento débil”, y críticos posmarxistas de las ideologías como Antonio Negri, autor (con M. Hardt) de Imperio (2000). No raramente, la crítica a la modernidad adopta la modalidad de denuncia de un sistema capitalista que convertiría al ciudadano en consumidor enajenado, mayormente por culpa de las multinacionales, cuyas estrategias de dominación analiza Naomi Klein en No logo (2000). Escritos antisistema del prestigioso lingüista Noam Chomsky alimentan de contenido panfletos y libelos producidos por activistas y movimientos antiglobalización, algunos de gran difusión.
A falta de un marco general, la filosofía echa mano ahora de esos socorridos “análisis de tendencias culturales” que nos explican no cómo debemos ser (ideal) sino cómo somos, las más de las veces expresado con un matiz reprobatorio: somos una sociedad-líquida (Zygmunt Bauman) o una sociedad-riesgo (Ulrich Beck). Por la misma razón, la filosofía ha experimentado recientemente un “giro aplicado”, uno de cuyos iniciadores fue el filósofo animalista Peter Singer. Ese giro supone el esfuerzo por determinar unas reglas éticas para sectores específicos de la realidad como el mercado (ética de la empresa), el cuerpo (bioética), el cerebro (neuroética), los límites de la ciencia y la tecnología, los animales o la naturaleza. En los últimos años la filosofía práctica ha disfrutado de mucha más atención general que la hermenéutica heredera de Gadamer y ha suscitado amplios debates entre los que destaca la contestación al liberalismo por el comunitarismo de las costumbres (Sandel, MacIntyre) y por el republicanismo de la virtud (Pocock, Pettit). Uno de los principales continuadores de Habermas ha sido Axel Honneth y su La lucha por el reconocimiento (1992); también a Rawls le han salido muchas secuelas, siendo una de las últimas el “enfoque de las capacidades” desarrollado por la polígrafa Martha Nussbaum, quien asimismo ha contribuido a los estudios feministas y posfeministas que filósofas como Nancy Fraser, Seyla Benhabib o Judith Butler han llevado a una segunda madurez.
El vacío dejado por la gran filosofía y por sus propuestas de sentido para la experiencia individual es llenado ahora por ensayos de corte existencialista de un estilo muy francés: Luc Ferry, Lipovetsky, Finkielkraut, Onfray, Comte-Sponville. En una línea cercana, pero degradada, reclaman la atención de los lectores usurpando a veces el nombre de filosofía títulos de sabiduría oriental, libros de autoayuda que recomiendan positividad para superar las adversidades y recetarios voluntaristas emanados por las escuelas de negocio.

Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido, a veces, en nombre de una utopía

4 La tesis era que en estos últimos treinta años no ha habido gran filosofía por la deserción de su misión histórica consistente en proponer un ideal. Varios factores culturales parecen haber conspirado para causar este resultado deficitario.
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido con harta frecuencia en nombre de una utopía, como señaló con énfasis Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, lo cual ha inoculado al hombre actual esa insuperable alergia hacia lo utópico que destila Günther Anders en La obsolescencia del hombre. Por otro lado, la condición posmoderna sospecha de los llamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, posindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologíasEl advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo.
La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La hipercrítica es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo.
Si, tras este hiato de treinta años, la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático… y hacerlo además con buen estilo.