Gabriel Rufián e Irene Montero,
sentados en pequeñas sillas o tronas rojas en un auditorio de la Pompeu
Fabra que era como una pecera, parecían eso, diminutos reyes submarinos
de lo suyo. Lo suyo, su izquierda, su lucha, es una cámara de eco, es
una jarra de cristal en la que viven y se entienden sólo ellos, como
sirenitos. De todas formas, la conclusión más curiosa que saca uno sobre
el encuentro o debate es que quizá sea posible una confluencia de las
izquierdas, pero nunca será posible que se pongan de acuerdo. A pesar
del ambiente propicio o climatizado, precalentado con rap combativo (por
lo visto eso existe como género musical, una especie de degeneración
del punk o del ska que ha terminado sonando a música de chiringuito, a
anuncio de cerveza); a pesar, decía, del escenario preparado como una
tarta matrimonial o como un baile de príncipes sirenitos, casi con
estrellas de mar flamígeras, lo que decía Montero era lo contrario a lo
que decía Rufián, y lo que proponía Montero era lo contrario a lo que
proponía Rufián. Aun así se echaban piropos, se aplaudían, se citaban en
las trincheras o en la unidad como el que se cita en el Empire State, o
quizá el que se cita en el callejón para el ajuste de cuentas, porque
ese lenguaje fraterno y zalamero siempre es sospechoso. O sea, lo que
pasa siempre en la izquierda, y que termina siempre en lo que termina.
La izquierda
verdadera no va a cambiar, y esa postura, esa pureza de virgen de la
causa, de mártir con espinas en los ojos y en el costado, es la que
veíamos en Irene Montero, que estaba incluso afónica, como después de
sufrir y gritar mucho por lo suyo, y movía un zapatito rojo como una Cenicienta
con zapatito rojo a punto de perderlo. Rufián es ya otra cosa. Rufián
se ha afilado el perfil, o se lo ha afilado el instinto de
supervivencia, ese hormigueo en el estómago o en los zapatos que yo creo
que no siente Irene Montero, que sigue viviendo y hablando como una
esnob, como una burguesa con biblioteca izquierdista heredada igual que
un cafetal o un poni. Hablaba Irene Montero de “recuperar el orgullo de
lo que somos”, que en realidad quiere decir recuperar el orgullo de lo
que ella es, de lo que ella hizo, a pesar de que precisamente es eso,
entre otras decepciones o traiciones, lo que ha llevado al derrumbe de
su partido y de su izquierda. Hablaba Montero desde cierta infalibilidad
autoindulgente o vanidosa, porque si la izquierda sólo puede hacer lo
que hace (lo que hizo y hace ella), aplaudir a la izquierda es
aplaudirse ella y perdonar a la izquierda es perdonarse ella. Y esa
izquierda que eres tú siempre resulta mosqueante.
Irene Montero es
la izquierda de toda la vida que se descubre a sí misma periódicamente,
como se descubre la maravilla de la primavera, y se indulta también
periódicamente, declarándose perfecta aunque, eso sí, perseguida o
incomprendida. Es esa izquierda un poco iglesia milenarista, un poco
testigo de Jehová, siempre con la venida que no viene y que, cada vez
que no viene, se reafirma aún más en los dogmas y explica los fracasos
como una prueba de fe, de fortaleza o de pureza. Irene cree que hay que
ser más puros, más feministas, más sindicalistas, más anticapitalistas,
más fetichistas, y darle mucho a Mercadona, que ella mencionó más que
cualquier asunto que preocupe a los votantes, suyos o de los otros. Ni
siquiera habló de la unidad, de la mecánica específica de la confluencia
o de la supervivencia de la izquierda. Dogmática, enfática y
severamente, Montero pedía “no renunciar a nuestro derecho a soñar que
otra sociedad es posible”, incluso “aunque esto no dé votos”. Y yo le
doy la razón, que la izquierda verdadera nunca fue de votos, sino de
sueños. Ella misma vive más de los sueños que de los votos. Para ella,
me parece, no se trata tanto de frenar al fascismo sino de no quedarse
sola en el cafetal, en el poni o en la siesta de señorita con cafetal o
poni.
Si la izquierda
está así, con Montero montada en poni y Rufián convertido casi en
hereje, es justo porque ellos no convencen con la realidad
Rufián estaba
ciertamente allí, pero como al otro lado. Ya digo que se ha afilado, se
ha lobunizado quizá al verle las orejas al otro lobo de la derechona
pecholobo, aunque no sé si eso lo hace para ser visto como líder o, al
revés, ha terminado siendo visto como líder por eso mismo. Si Montero
hablaba de pureza y paciencia, como una abadesa, y de que hay que
“perder 700 veces para ganar una”, Rufián recordaba que “sólo tienen una
bala”, unas elecciones (sigue creyendo que si gobierna la derecha habrá
ilegalizaciones, éxodos o cadenas, o intenta meter miedo con ese lobo).
Si Montero decía que no había que entrar en el marco de la derecha
(tampoco sabe uno qué entienden por eso, quizá algo entre la
tauromaquia, el liberalismo, el sentido común y Hitler,
pero suena a valla electrificada, dañina o incluso asesina), Rufián
aseguraba que era precisamente en su marco en el que había que
combatirlos. Si Montero hablaba de sueños, Rufián hablaba de “llenarle
la nevera” al votante, literal y metafóricamente, o sea llenarla de
realidad, que a mí me parece lo más difícil. Si la izquierda está así,
con Montero montada en poni y Rufián convertido casi en hereje, es justo
porque ellos no convencen con la realidad, sólo con simbología o
literatura, no con la nevera sino con la guitarra.
El proyecto, me
parece a mí, tendrá que ser más matemático que programático, porque ya
digo que, aunque parecieran dos caballitos de mar reinando en la fiesta
de la pecera de la izquierda, Irene Montero y Rufián son ahora mismo
incompatibles. Si Rufián hablaba de abandonar la complacencia y de hacer
autocrítica (“hemos decepcionado”, confesaba), Montero justificaba su
empecinamiento, o su fracaso, con menciones a dignos huelguistas o a Rosa Parks
(de nuevo, lo que quería decir es que ella era tanto como Rosa Parks).
Si Montero hablaba de insistir en la ortodoxia para convencer (para
convencer no sé cuándo, que ellos ya insistieron hasta gobernar y ya
ven), Rufián se declaraba “harto de tener la razón”. Si Rufián hablaba
de entrar en temas incómodos para la izquierda (sus fetiches, en
realidad) como seguridad o inmigración, Montero argumentaba que lo que
da seguridad es el feminismo y los servicios públicos, que no tiene
mucho sentido pero queda bien enarbolado el fetiche. Rufián incluso
prefería “llenar TikTok a llenar bibliotecas”, aunque me parece
exagerado colocar a Montero en una biblioteca, como si fuera Miss Asturias.
Irene Montero y
Gabriel Rufián, cordiales, empiropados el uno del otro y negándose a la
vez el uno al otro, eran en realidad más puros en su izquierda que la
izquierda de purísima concepción de una y la izquierda pragmática o
superviviente del otro. Su izquierda pura, su pura izquierda, es justo
esa pelea irresoluble, contradictoria incluso con otras contradicciones,
librada en la pecerita, como peleas de peces de colores, y que no cesa a
pesar de que la supervivencia y la inteligencia exigirían otros
procederes. La izquierda, en realidad, es incapaz de librarse de sus
dogmas y de las peleas sobre sus dogmas, como sectas de pesados libros,
copones y ropajes. Por ejemplo, a pesar de la vocación nacional del
proyecto, el moderador, Xabier Domènech, empezó
tranquila, consciente o inconscientemente a hablar en catalán, igual que
el propio Rufián después (luego fueron alternando, creo que
arrepintiéndose cada vez). La gente en el chat de YouTube, claro, se
quejaba (“¿no hay subtítulos?”, “qué poco respeto a la izquierda del
Estado”, “así en Andalucía no ganan”). Pero es que son así. Incluso para
el ahora pragmático Rufián hay fetiches (la lengua, la identidad de
tribu) que no se pueden sacrificar ni siquiera para convencer, para
conseguir su objetivo.
Irene Montero y
Rufián podrían estar en el proyecto, o incluso liderarlo (“yo quiero
hacer equipo con Gabriel”, aseguraba Montero), pero no podrán ponerse de
acuerdo. La pecera de la izquierda es también, o sobre todo, eso. La
izquierda verdadera sigue siendo esa caverna o cabañita, esa platea, esa
cuota del 10%-15%, casi invariable porque no pueden convencer a nadie
más que a los convencidos y, cuando consiguen convencer a más,
irremediablemente los decepcionan. Era lo de siempre, la purista y el
pragmático, la diletante y el que necesita sobrevivir, abrazándose y
contradiciéndose bajo los mismos oleajes, banderas y constelaciones,
bajo las mismas lanzas o incluso bajo las mismas siglas. En ese sentido,
Rufián era tan puro o más que Irene Montero, y sin duda más
imprevisible o peligroso. Rufián puede ser ese posibilista que no ha
renunciado a sus dogmas, sino que quizá ha asumido la necesidad de la
doblez o de la mentira para preservarlos. En todo caso, nadie fuera los
entiende, ni poniendo ellos subtítulos ni poniéndonos los demás
escafandra.