Mostrando entradas con la etiqueta doctorado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta doctorado. Mostrar todas las entradas

A Cristina Cifuentes se le juzga desde el corredor de la muerte, a Pedro Sánchez, desde el palacio de Miraflores en Caracas.

   


Aquel padre que orgulloso de su hijo/a dice: “Con 21 años ha terminado Derecho y un máster en derecho internacional, ahora quiere hacer otro de derecho laboral, pero no me queda dinero. Un máster, sólo  trata de profundizar conocimientos en una materia específica y, por desgracia, es una de las principales fuentes de ingresos de los “fondos reservados” de las universidades que, normalmente, tiene una duración de un curso académico, menos de un año. . En el 95% de los casos se trata de plagios que lejos de mejorar los conocimientos de los graduados, los vicia de por vida. Estudiar derecho, para ejercer la abogacía es como visualizar la teta de una vaca para opositar a astronauta de la NASA. Bien, pues hacer un máster es obtener un diploma para colocar detrás de la foto del Rey, con la  ventaja que cada vez que quieras le puedes dar la vuelta.


Quiero decir que, Cristina Cifuentes, a pesar de la petición del fiscal, solo se adelantó al principio de la nueva normalidad, tan de moda en ministros y copuladores del Gobierno que nos azota con decretos temerarios.



Con Cristina, salvada; vamos a con el doctor, Pedro Sánchez.

El doctorado, en teoría,  debería ser el grado máximo de los estudios de postgrado. El Ministerio a tales efectos explica que estos estudios pueden durar entre cuatro y seis años. El objetivo es que el estudiante pueda tener una formación y una aptitud en la parte investigativa de su área escogida y formar docentes universitarios. O sea, Pedro Sánchez pretendía ser profesor universitario y, posteriormente, catedrático, en caso de fracasar en política. Por cierto el que sea inquilino de La Moncloa no significa que no haya fracasado de la aplicación de la política como base social.

 

Para poder realizar el doctorado tienes que tener terminada la carrera y un máster como mínimo. ¿Dónde está el máster de Pedro Sánchez? Su tiempo de duración suele oscilar entre  cuatro y seis años. La mayoría de las tesis aplican el método científico para llegar a conclusiones. Estos estudios realizados son altamente valorados por entes gubernamentales, empresas privadas, profesionales del área e instituciones de diversas índoles. Es obligatorio defender la investigación ante un tribunal universitario compuesto por otros doctores.

 

Es obligatorio recordar que Pedro Sánchez estudió? Económicas en La Universidad PRIVADA Camilo José Cela (Entre 50 y 60.000 euros un curso académico) que ahora tanto dificulta con Isabel Celaá. Tesis cum laude hay muchas, por desgracia hay mucha gente mediocre con tribunales mediocres, pero como “lo del Sánchez” no lo he visto nunca, es inverosímil.

 

Pedro Sánchez nunca escribió ninguna tesis. Si lo hicieron y muy mal hecho,   Carlos Ocaña, el que fuera director general del Ministerio de Industria y el propio Miguel Sebastián a petición de Zapatero que ya runruneaba por Venezuela.  Pero: ¿por qué la escribe Ocaña si el libro se limita básicamente a reproducir la tesis de Sánchez? Además, al buscar el libro en plataformas de venta digital como Amazon, Sánchez aparece como coautor o simplemente no figura, mientras en la portada del libro el único autor reseñado es Pedro Sánchez Pérez-Castejón como "director". Pero ¿cómo puede ser director de un libro su propio autor?


Quiero decir que Pedro Sánchez, como Pérez Reverte otro plagiador con condena en firme por la Audiencia de Madrid, no escriben, sólo lo hacen sus “negros”. LINCHAR A CRISTINA CIFUENTES que siendo culpable es inmaculada ante el desnaturalizado presidente del Gobierno es una crueldad cometida por colabores destacados del mundo del hampa.  

España al borde de la desaparición. ¡ES LA DEMOCRACIA¡


JP Logística

Entristece constatar que Pedro Sánchez es incapaz de aclarar sus intenciones a los españoles ni en su propia sesión de investidura. Incapaz de asumir que tiene 123 escaños y necesita negociar con lealtad. Incapaz de ser sincero con nadie que no sea de su círculo estratégico más íntimo. Incapaz de renunciar a la táctica electoralista de vuelo corto y abrazar de una vez su responsabilidad de Estado. Cuando parecía que el movimiento de Pablo Iglesias, asumiendo el veto personal que le planteó el propio Sánchez, iba a desbloquear la investidura en virtud de un Gobierno de coalición con ministros de Podemos, Sánchez se plantó en el Congreso y leyó un discurso ensimismado y autocomplaciente.


El presidente en funciones desgranó su programa con la pasividad terca de quien cree que debe ser votado por obligación. Ni una propuesta concreta expuso sobre fiscalidad ni sobre Cataluña. Es la actitud propia de alguien que entiende la política como un puro juego de poder, carente de programa y socios coherentes para llevarlo a cabo.

Los líderes de PP, Ciudadanos y Podemos coincidieron en una misma idea: la necesidad de desenmascarar a Sánchez. Significativo propósito que retrata al candidato. Porque más de 80 días después de las elecciones, el político propuesto por el Rey para formar Gobierno -se supone que en virtud de unos apoyos ya negociados y atados- se demoró en vaguedades buenistas que solo persiguen ganar tiempo para seguir negociando la coalición con Podemos o para seguir empujando su deseo de repetición electoral, en la confianza de que las encuestas le sonríen. La irresponsabilidad de semejante plan merecería, sin embargo, un castigo electoral en consonancia. Quizá por miedo a ese escenario, Sánchez se avino al final de la jornada a expresar su voluntad de llegar a un acuerdo con Iglesias, con quien mantuvo un agrio enfrentamiento después de que este le advirtiera de que no serán un "mero decorado" del PSOE ni entienden, como socios preferentes, el afán de Sánchez de buscar la colaboración de PP y Cs. No lo entiende nadie. Si hubiera apostado por una opción netamente constitucionalista, no habría esperado al día de la investidura para reclamar su exploración. Y sobre todo no la habría dinamitado pactando con nacionalistas y populistas en Navarra, Valencia, Baleares o Barcelona.

La dureza frontal de Albert Rivera o el tono más institucional de Pablo Casado vinieron a confluir en lo evidente: Sánchez no puede aspirar a carecer de oposición democrática. Y sus hechos han demostrado que no es un político de fiar. Sánchez busca evadir sus responsabilidades, apela indistintamente a izquierda y derecha para ser investido sin ofrecer nada a cambio y espera que la geometría variable le permita luego ir capeando la legislatura. Pero eso no es un proyecto ni una investidura. Eso es un trágala con amenaza electoral. Y eso no es aceptable en buena lógica democrática.

Harto del ninguneo, Iglesias estalló en una intervención briosa y coherente en demanda de aquello que Sánchez nos regatea a todos: claridad. No se puede engañar a todos todo el tiempo. Quizá hoy Sánchez se avergüence de sus socios de censura, pero ese remordimiento llega ya tarde: debió haberlo pensado cuando solo ansiaba llegar a La Moncloa a cualquier precio. Ahora debe asumir las consecuencias de la deriva radical que impuso al PSOE y de la que ya no puede retractarse sin quedar como un trilero ante todos los españoles, empezando por los de izquierdas. España no se merece el chantaje de Sánchez.
 es incapaz de aclarar sus intenciones a los españoles ni en su propia sesión de investidura. Incapaz de asumir que tiene 123 escaños y necesita negociar con lealtad. Incapaz de ser sincero con nadie que no sea de su círculo estratégico más íntimo. Incapaz de renunciar a la táctica electoralista de vuelo corto y abrazar de una vez su responsabilidad de Estado. Cuando parecía que el movimiento de Pablo Iglesias, asumiendo el veto personal que le planteó el propio Sánchez, iba a desbloquear la investidura en virtud de un Gobierno de coalición con ministros de Podemos, Sánchez se plantó en el Congreso y leyó un discurso ensimismado y autocomplaciente.


El presidente en funciones desgranó su programa con la pasividad terca de quien cree que debe ser votado por obligación. Ni una propuesta concreta expuso sobre fiscalidad ni sobre Cataluña. Es la actitud propia de alguien que entiende la política como un puro juego de poder, carente de programa y socios coherentes para llevarlo a cabo.

Los líderes de PP, Ciudadanos y Podemos coincidieron en una misma idea: la necesidad de desenmascarar a Sánchez. Significativo propósito que retrata al candidato. Porque más de 80 días después de las elecciones, el político propuesto por el Rey para formar Gobierno -se supone que en virtud de unos apoyos ya negociados y atados- se demoró en vaguedades buenistas que solo persiguen ganar tiempo para seguir negociando la coalición con Podemos o para seguir empujando su deseo de repetición electoral, en la confianza de que las encuestas le sonríen. La irresponsabilidad de semejante plan merecería, sin embargo, un castigo electoral en consonancia. Quizá por miedo a ese escenario, Sánchez se avino al final de la jornada a expresar su voluntad de llegar a un acuerdo con Iglesias, con quien mantuvo un agrio enfrentamiento después de que este le advirtiera de que no serán un "mero decorado" del PSOE ni entienden, como socios preferentes, el afán de Sánchez de buscar la colaboración de PP y Cs. No lo entiende nadie. Si hubiera apostado por una opción netamente constitucionalista, no habría esperado al día de la investidura para reclamar su exploración. Y sobre todo no la habría dinamitado pactando con nacionalistas y populistas en Navarra, Valencia, Baleares o Barcelona.

La dureza frontal de Albert Rivera o el tono más institucional de Pablo Casado vinieron a confluir en lo evidente: Sánchez no puede aspirar a carecer de oposición democrática. Y sus hechos han demostrado que no es un político de fiar. Sánchez busca evadir sus responsabilidades, apela indistintamente a izquierda y derecha para ser investido sin ofrecer nada a cambio y espera que la geometría variable le permita luego ir capeando la legislatura. Pero eso no es un proyecto ni una investidura. Eso es un trágala con amenaza electoral. Y eso no es aceptable en buena lógica democrática.

Harto del ninguneo, Iglesias estalló en una intervención briosa y coherente en demanda de aquello que Sánchez nos regatea a todos: claridad. No se puede engañar a todos todo el tiempo. Quizá hoy Sánchez se avergüence de sus socios de censura, pero ese remordimiento llega ya tarde: debió haberlo pensado cuando solo ansiaba llegar a La Moncloa a cualquier precio. Ahora debe asumir las consecuencias de la deriva radical que impuso al PSOE y de la que ya no puede retractarse sin quedar como un trilero ante todos los españoles, empezando por los de izquierdas. España no se merece el chantaje de Sánchez.