Algunos lo han descubierto ahora con el gaditanísimo pelotazo de Adelante Andalucía, pero el andalucismo es un romanticismo tan suspirante y tan de manita usada de visera o estetoscopio como los demás. Eso sí, es un romanticismo más teñido de carbonilla y hollejo, y de cal y cebolla, que de genética e historia sangrientas o sanguinolentas. Un dirigente andalucista me dijo hace ya mucho que la identidad de Andalucía no era esencialista, sino puramente política. O sea, que se basaba en el hambre de justicia más que en hambres mitológicas, folclóricas o incluso agropecuarias (la reforma agraria que pedía Blas Infante no era tanto una cuestión técnica como el signo de un cambio de paradigma político, social y hasta moral). A pesar de esto, Blas Infante, pope como de un goticismo moruno, estaba bastante atufado de idealismos e idealizaciones, cruzaba los latifundios con Bagdad y confundía Al-Ándalus con el Reino de los Cielos. En realidad la mitología siempre lo simplifica todo, los orígenes, los procesos, los objetivos, las explicaciones y la venta del concepto o la marca. Pero también lo pervierte todo, igual que el sentimentalismo. Que el andalucismo se pueda unir en alguna hermandad común con el independentismo catalán, siempre señorito, es un ejemplo de esto, y creo que Adelante Andalucía ya está ahí.

Adelante Andalucía es, decía yo ayer, el andalucismo lírico (o sea sentimental) y sin mácula (la izquierda sin contaminación de Sánchez), aunque debí decir mejor “el andalucismo lírico que queda” y “todavía sin mácula”, que no es lo mismo. Gabriel Rufián parece que ya ha acogido a la formación andaluza entre sus huestes a la vez nacionales, plurinacionales, universales y disolventes (Victoria Prego hablaba precisamente del “independentismo disolvente”). “Es el momento de las izquierdas soberanistas”, escribía en X al hilo de la sorpresa y el sorpaso del partido andaluz. También Teresa Rodríguez, que sigue siendo la musa de manto verde de Adelante Andalucía, mencionaba este concepto, el de “izquierda soberanista”, que no es nuevo en ella pero no forma parte del andalucismo puro o clásico sino que es una mutación para competir en el nicho podemita, primero, y postpodemita, luego. Así que Adelante Andalucía no es andalucismo sino el andalucismo que ha quedado, el andalucismo mutante superviviente, y no estará mucho tiempo libre de mácula porque ya lo ha incorporado Rufián, o sea el sanchismo, a los cálculos y milicias para su milagro.

No va a entrar uno en la exégesis de Blas Infante, como si él fuera un profeta con sandalias o un padre de la Iglesia, aunque tenía algo de eso. Pero su lema clásico es “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”, que es un mensaje humanista y universalista, o sea lo contrario al nacionalismo etnicista y egoísta de los socios de Sánchez. Lo característico del andalucismo de Blas Infante es su “nacionalismo antinacionalista”, como creo que llegó a decir alguna vez. O sea que Adelante Andalucía aún podría ser nacionalista en este sentido cívico, en el sentido en el que me decía aquel dirigente andalucista. Pero ni el independentismo catalán ni el nacionalismo vasco, sean de izquierdas o de derechas, son cívicos sino esencialistas. O sea, no conciben la nación como contrato social de ciudadanos, sino como tautología casi mística: la nación está formada por los que reclaman ser nación. Por eso no son ni una mayoría ni una minoría, sino una totalidad. Por eso su acto fundante no es un proceso democrático (o sea siguiendo la legalidad, la Constitución) sino la mera voluntad. Y ese afán de totalidad que no necesita la democracia es lo que los sitúa, sigue creyendo uno, en el totalitarismo donde están.