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Todas las encuestas europeas dan a Macri como vencedor absoluto en Octubre.



Nadie o casi nadie ha llegado a creer que uno de cada dos argentinos votase por el clan CFK, según resultados manipulados de las primarias. La realidad es todo lo contrario. Por primera vez desde del siglo pasado, Argentina vende más que compra y crece al 5.3%.

Las metáforas nunca son demasiado precisas. Pero tal vez sirva imaginar en este caso un barco pequeño y averiado, en medio del mar, bastante lejos de la costa, en una mañana serena, cálida, celeste, transparente. Se siente bien. Sobre todo, si uno recuerda que hace unas horas, el mismo barco debió enfrentar una tormenta perfecta: vientos huracanados, mar embravecido, la muerte al alcance de la mano. Entonces, la mañana soleada es un buen momento para relajar, aliviarse, disfrutar de la paz de un día hermoso. Y, por supuesto, no es tiempo de pensar en el futuro. Ya llegará.

Argentina ha atravesado un último año tremendo. A principios de abril del 2018 los grandes fondos de inversión del mundo, motivados por la crisis turca y por las inconsistencias locales, decidieron huir del país. Desarmaron sus posiciones en pesos. Vendieron todo, compraron dólares y se fueron. Eso generó que todo el mundo en la Argentina comprara dólares. La moneda se devaluó violentamente: el dólar valía 20 y pasó, en un abrir y cerrar de ojos, a valer 45. Y ese salto se trasladó a los precios. No hay que ser un genio para anticipar los efectos: subió violentamente la pobreza, bajó el consumo, cayó brutalmente el producto. Todo eso tuvo sus efectos políticos: la imagen del presidente Macri rodó por el suelo.

La tormenta empezó en abril del 2018 y encontró reparo recién en abril del 2019, en la fecha que ya se conoce como 29A. Ese día, el Fondo Monetario Internacional anunció que, de producirse una nueva corrida en contra del peso argentino, el Gobierno podría vender los dólares que quisiera para frenarla. Es un episodio digno de estudio sobre cómo funcionan las cosas.

En lo peor de la tormenta, apareció el FMI y le otorgó a la Argentina de Macri el mayor préstamo de su historia. Pero lo hizo con una condición: que no vendieran los dolares prestados para frenar la fuga de capitales. Solo servirían para cubrir el déficit , de manera que la Argentina no tuviera que recurrir a los mercados a pedir deuda.

Algo de razón tenía esa prohibición. ¿Tiene que ser el Fondo Monetario quien facilite el dinero para que los especuladores se vayan cuando quieran con él? ¿No es tirar plata? Pero había un problema político. Si no le permitían usar el dinero, el Gobierno perdería las elecciones. Por eso, cuando en abril de este año, pareció que se desataba una nueva corrida contra el peso, el Fondo Monetario violó todos sus principios y anunció que permitiría que se usaran las reservas. Macri es un aliado confiable de Estados Unidos en la región. Decidieron no dejarlo caer al costo que fuera.

Y entonces volvió la calma. Ahora que el Gobierno tenía dinero para parar una corrida, los inversores dejaron de correr. Iban a perder mucha plata.

En dos meses y medio, el clima cambió de manera radical. Todos los indicadores negativos se volvieron positivos: la confianza del consumidor, la confianza en el Gobierno, la imagen presidencial. La inflación, que sigue siendo altísima, empezó a moderarse: del 6% mensual, cayó al 2,5. Gracias a la monumental devaluación, la Argentina le ha vuelto a vender al mundo más de lo que le compra. Y, por primera vez en seis meses, Macri tiene ahora chances de ser reelecto. Si esto ocurre, una de las explicaciones posibles será que el FMI salvó a Macri. No la única: siempre conviene desconfiar de las simplificaciones.

En la cubierta del barco hay un recuerdo ciertamente aterrador de la tormenta reciente. Además, hubo víctimas que no se olvidan. Pero el mar luce sereno, refleja los rayos del sol. Es cierto que con el mar nunca se sabe. Por lo pronto, los particulares, cada día, siguen comprando dólares. El Gobierno mantiene tasas de interés altísimas para que los inversores ganen mucho dinero si se mantienen en pesos. Eso ahoga la economía. Y, además, alguna vez habrá que pagarlas. Los precios suben menos pero muy por encima del dólar. Y, cada vez que eso ocurrió, tarde o temprano el dólar se puso a la par a lo bruto.

O sea, que, en cualquier momento, tal vez después de las elecciones de noviembre, volverán a moverse las olas y la barcaza empezará a sacudirse de nuevo. O, al menos, hay una alta probabilidad de que eso suceda. Si uno mira la historia reciente argentina, sería un hecho realmente exótico que no ocurriera.

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juanpardo15@gmail.com 

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Juan Pardo, international policy and economics analyst.


Argentina y el mundo saben que la CFK y su banda hicieron FRAUDE ELECTORAL Y LA Kirchner sabe que lo saben. El FMI….


Argentina y el mundo saben que la CFK y su banda hicieron FRAUDE ELECTORAL Y LA Kirchner sabe que lo saben. El FMI….
                                                 
Una bomba política impactó sobre Argentina y las consecuencias son aún difíciles de calibrar. Mauricio Macri, que busca la reelección, sufrió una paliza de votos en las elecciones primarias ante Alberto Fernández. El candidato del peronismo se impuso por casi 15 puntos de diferencia, 47% contra 32%, un resultado que no preveía absolutamente nadie en el país. La situación es delicada, porque las verdaderas elecciones son dentro de 11 semanas, el 27 de octubre, pero la Argentina, de economía endémicamente frágil, podría tener problemas a partir de hoy, cuando se abran los mercados financieros. ¿Resistirá el peso o sufrirá una fuerte devaluación? Pregunta abierta que sitúa a Macri ante un dilema tan claro como amargo: seguir luchando o acordar.

Continuar la lucha quiere decir soñar con una hazaña homérica, una quimera: revertir el resultado. Acordar quiere decir llamar a Fernández y, juntos, generar un consenso que le dé previsibilidad y tranquilidad a la economía. El problema es que la Argentina nunca fue un país de consensos, sino de enfrentamientos. Y en la noche electoral ambos candidatos ratificaron esa tradición. Macri no felicitó al rival por el triunfo y Fernández no tuvo ninguna palabra de consideración hacia el jefe de Estado, que en medio de la devastación por el resultado tuvo la presencia de ánimo para dar una conferencia de prensa y responder preguntas críticas de los medios.

Todo indica que Mauricio deberá conformarse con el mérito de ser el primer presidente democrático no peronista en 91 años que logra terminar el mandato. Y en ese sentido la pregunta en el país es cómo lo termina. El recuerdo de la larga transición entre Raúl Alfonsín y Carlos Menem en 1989, en medio de una pavorosa hiperinflación, está presente. Alfonsín renunció al cargo cinco meses antes, vaciado de poder ante el pedido de un dólar "recontra alto" que reclamaban los futuros ministros de Menem. El peronismo, lo saben los argentinos, no se caracteriza por el cuidado de las formas institucionales, y cuando huele la cercanía del poder actúa como el tiburón ante una gota de sangre en el mar: sale a morder.

Claudio Jacquelin, analista político del diario La Nación, señaló que la Argentina no resistiría otra transición como la del 89: "Oficialistas y opositores están obligados a no repetir errores del pasado argentino. La madurez no puede seguir haciéndose esperar después de tantos años de fracasos y de crisis recurrentes". Coincide su colega Rosendo Fraga: "El tema ya no es la elección, sino la gobernabilidad. Lo único viable es un acuerdo Macri-Fernández, Argentina está en una situación económica muy frágil".

Macri convocó a su gobierno a una reunión de urgencia para hoy. El golpe al orgullo del presidente es tremendo, también al de Marcos Peña, su jefe de gabinete y considerado hasta hoy una máquina de ganar elecciones. Todos los análisis del gobierno fallaron: creyeron que Fernández era un "candidato horrible", que Cristina Kirchner se había equivocado al designarlo y que desde su nominación el peronismo solo había perdido votos. La realidad demostró exactamente lo contrario. Demostró, también, que el gobierno subestimó la novedad del peronismo reunificado, una situación diferente a la de los triunfos macristas de 2015 y 2017. Y demostró que las empresas de encuestas profundizan su ya recurrente falta de credibilidad: algunas hablaron el viernes de empate o incluso de un triunfo por la mínima de Macri. Ninguna pronosticó más de siete puntos de diferencia.

La crisis devaluatoria brutal desatada en abril de 2018, que impulsó la inflación, golpeó los salarios e incrementó la desocupación. Pero, con toda su gravedad, el gran error del gobierno fue insistir en las mismas recetas y reaccionar demasiado tarde con medidas heterodoxas que llevaran alivio a la población. Esa tierra arrasada en lo económico y lo social afectó gravemente a María Eugenia Vidal, la carismática gobernadora de la provincia de Buenos Aires que debía ser la sucesora natural de Macri en 2023.

Tampoco influyó en el voto de los argentinos el tema de la corrupción. Ni los 13 procesamientos y siete pedidos de prisión preventiva para Cristina Kirchner, en libertad gracias a sus fueros de senadora, ni la impactante revelación periodística de hace un año del diario La Nación, conocida como los "cuadernos de la corrupción".

En su discurso de celebración del triunfo, Fernández buscó llevar calma al país: "No venimos acá a restaurar un régimen, venimos a crear una nueva Argentina en la que todos tienen lugar. Se terminó el concepto de venganza, de grieta y de cualquier cosa que nos divida. Vamos a hacer ese país, se lo debo a Estanislao (su hijo) y ustedes a todos sus hijos (...). Los que están intranquilos que no se intranquilicen. Nunca fuimos locos, siempre arreglamos los problemas que otros generaron. La Argentina hoy está pariendo otro país".

Todo indica que en las últimas dos semanas, y tras un muy mal inicio de campaña, Fernández sumó valiosos votos al prometer que bajaría los intereses que paga el Banco Central por unos bonos emitidos (Leliq) y utilizaría el ahorro para aumentar las pensiones y otras prestaciones sociales. Inviable en los hechos, pero efectivo de cara al votante. No se conoce aún al referente económico de Fernández, que mucho más pronto que tarde deberá mandarle un mensaje claro al FMI, atrapado por una Argentina a la que le prestó 57.000 millones de dólares.

¿Y Cristina? Votó en la patagónica provincia de Santa Cruz y allí se quedó. Envió un mensaje grabado que quedó desfasado y en el que se la vio claramente apagada. Tan apagados como deben estar los presidentes Jair Bolsonaro y Donald Trump, que apoyaron explícitamente a Macri y muy probablemente deban lidiar a partir de diciembre con un revigorizado kirchnerismo, una opción política que en sus 12 años en el poder tuvo relaciones bajo cero con Estados Unidos y la mayoría de las potencias europeas. Alerta, también, para el acuerdo Unión Europea-Mercosur. Y una alegría para la Venezuela de Nicolás Maduro.

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Juan Pardo, analista internacional de política y economía.