
Es curioso, la diva y vicepresidenta de España acudió a la entrega de los Óscar para apoyar al director Hispano/francés Óliver Laxe, pobre por insuficiente su apoyo. A lo mejor
nuestra izquierda verdadera ya sólo tiene sentido en Los Ángeles, con su lujo de utopías y sus lentejuelas de lágrima. A lo mejor donde no pega,
como un guiri con camisa hawaiana, es en El Bierzo o en la Maragatería.
Se ha criticado mucho a Yolanda Díaz por irse a los
Óscar en carroza de pétalos o en avión de plumón justo cuando su partido
desaparecía de Castilla y León dura y escandalosamente, como expulsado a
gorrazos por los paisanos. Pero a mí me parece de lo más coherente,
porque lo de Yolanda sólo se puede hacer en un ministerio
cinematográfico o en un plató ideológico, así que ella iba a los Óscar a
trabajarse lo suyo con mucho más fundamento y beneficio que si se
hubiera ido a predicar o a llorar a una hoya, a una peraleda o incluso
ante la desganada realeza de los pavos del Campo Grande. A los Óscar se
puede ir vestida de princesa con hucha o de hombre orquesta con
pegatinas, como iba Javier Bardem, héroe de bombo y
platillo. Pero si vas así al campo o a la barriada, si sales así a la
realidad y al relente de España, ya casi te apedrean. Yolanda tenía que
irse a Los Ángeles / La La Land porque aquí ya no puede bailar el claqué
de los pobres y los deshollinadores con zapatitos de Cenicienta. El
único que puede todavía es Sánchez, que ha borrado a la izquierda a su izquierda, simplemente, bailando mejor con sus botines de estafador.
De Castilla y
León a La La Land va una fina señorita del Titanic a morir con la
sombrillita, o va una comunista de oasis a beber por última vez de esas
cascadas de musical que aún hacen allí con las tragedias o la moralina.
Pero a mí me sigue pareciendo más necesidad que caprichito, homenaje o
vanidad subvencionada (todos los políticos tienen la vanidad
subvencionada, y a veces sale más caro dejarlos por esos restaurantes de
Madrid con los camareros vestidos de barbero antiguo que pasearlos por
Beverly Hills en una limusina como un enganche sevillano). A Yolanda no
le hemos visto ni el pelo ni una pluma allí en Los Ángeles, con lo que
no creo que se pueda decir que lo suyo era una misión institucional (no
se puede representar ni al Estado, ni a la cultura española, ni al
Gobierno progresista o sólo almodovariano si nadie te ve). Sin embargo,
el viaje aparecía en su agenda institucional y fue pagado, por supuesto,
con espléndido y esplendoroso dinero del contribuyente. Pero no la
hemos visto para nada. Sí, lo que me parece sospechoso no es el viaje,
sino su discreción.
Yolanda en Los
Ángeles, la izquierda en La La Land, qué buscaría ahí un político que
luego no quiere figurar, que se cuela por la puerta de atrás, como una
espía de embajada vestida como para un asesinato nupcial; que no va a la
fiesta con el elenco de Sirat, que uno imagina con algo de baile de vampiros de Eduardo Casanova...
No se trata de hacer demagogia ni de ser cutre, que ya digo que ir de
paradores nos puede resultar más caro que ir a Santa Mónica. Aunque sí
pienso que tal inversión pública se hubiera merecido ver a la presidenta
vestida de cisne proletario (esperanza para todos los parias del
mundo), de repollo progresista, de musa de los desmayos o los
escándalos, de Mary Poppins rubia al lado de ese Bardem
también de Mary Poppins, o de lo que se hubiera vestido. El viaje se
merecía discursito y hasta pegatinazo, que si no para qué. Pero no hubo
nada de eso. Yo creo que el viaje de Yolanda era íntimo y definitivo,
era como su despedida del mundo, su adiós a la vida. Yo creo que Yolanda
fue a morir a Los Ángeles como Nicolas Cage se fue a morir a Las Vegas.
En España ha quedado Sánchez, que maneja las mentiras, las excusas, las indulgencias y el claqué de la izquierda verdadera
Yolanda se
despide de la vida, la izquierda se despide de su La La Land yendo
precisamente a Los Ángeles / La La Land. Es un final cinematográfico
para este último ciclo vital de una ideología cinematográfica, algo que a
mí me parece poético y casi piadoso. En la ciudad de los sueños,
Yolanda sueña el último sueño rodeada de cristales y charcos de luz o de
linfa. A Yolanda le han robado la izquierda, le han robado la vida, se
la ha robado Sánchez, por supuesto, que le ha regalado la última noche
bajo estrellas y burbujas. No se la ha robado a ella sola, claro, que IU
también parece ahora huérfana de votos como de aperos (Podemos ya hace
mucho que sólo era un bar de parroquianos muertos, algo como de Amenábar, aunque yo creo que Irene Montero
también se hubiera ido a Los Ángeles, quizá con moño rosa o quizá con
alguna clase de luto feminista, reivindicativo o sólo de mala sombra,
como el luto de Chloé Zhao, la directora de Hamnet).
Sí, a toda la izquierda le han robado el cielo por asaltar y las
escalinatas doradas por las que subir, pero Yolanda era como su alegoría
con traje de papel, luz de palmatoria y cabellera jónica. Yolanda en La
La Land es toda la despedida de esta izquierda.
Nuestra izquierda
verdadera cada vez tiene menos sitio, y va desapareciendo de los
parlamentos como si fueran ascensoristas. Ya sólo tiene sentido, o más
bien descanso o consuelo, en Los Ángeles, ciudad de santos, locos,
artistas, mendigos, estafadores, criminales, ilusos, a veces
indistinguibles, sobre todo cuando se echan encima la chistera o el
duelo. Aquí en España ha quedado otra cosa, o sea ha quedado Sánchez,
que maneja las mentiras, las excusas, las indulgencias y el claqué de la
izquierda verdadera mejor que la propia izquierda verdadera. No es que
él sea más hábil que los popes o zarinas de la izquierda de siempre, es
que la izquierda de siempre nunca tuvo el poder, la fuerza bruta y hasta
las chistorras blandas o ablandadoras que tiene Sánchez.
Yolanda fue y
volvió de Los Ángeles como un fantasma empolvado. No le importaba
Castilla y León como ya no le importa la vida, me parece a mí. Ahora, a
la izquierda de fantasía y grillos sólo le queda construirse otro La La
Land, como una noria, y llamarlo refundación o melancolía. Por allí
pasarán el tafetán, la melena y las solapas, en ceremonias de
autoexpiación y autoindulgencia, mientras el país les da la espalda.
Sánchez ha mandado a Yolanda a morir o a congelarse bajo las crueles
estrellas de Los Ángeles, pero él es la misma mentira y el mismo futuro,
sólo que con un poco más de cuerda, de recursos y de sangre aún. Uno
puede presentarse en los Óscar con una chapa, un molinillo de papel o
unos chapines rojos, pero no puede presentarse así ante la realidad, el
relente y la catástrofe de España. Ya no. Yolanda fue y volvió de Los
Ángeles como una paloma que se mandaba Sánchez a sí mismo. También a
Sánchez sólo le queda La La Land, aunque no se perderá sin más en una
cama de tallos, como Yolanda, que ahora parece Ofelia, sino que lo veremos caer todavía bailando en su musical.