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Las distopías de Abascal en pro de su caudillaje.



Abascal, el dueño de Vox piensa que todos estamos obligados a ser pacto de sus distopías, sin tener en cuenta que, en la realidad, pinta menos que follatabiques en Madrid. Ya, en breve, al atardecer lanzará a sus guerreros a destruir pensamiento y no sabe que España es más grande que su perverso acción. En verdad, en verdad, le acompañan los gregarios de Podemos por si enaltecen banderas al viento. La guerra que pretende instaurar el que dice ser Caudillo de España, solo es un asalto de comercios con intentos de malherir a los agentes del cuerpo de seguridad.

Hoy en día, nadie es dueño de sus propias ideas, de su pensar, de su propio intelecto; todo está condicionado al poder, dueños y amos de nuestro ser. En cambio somos más libres de concepto que los pudientes y no se trata de una espiral, sencillamente, hemos ganado solo en libertad de movimiento, pero ya tienen encargado "el collar" NO DEJEMOS QUE NOS ATEN. ¡¡GRITAD¡ ¡LA VERDAD¡

 

De sobra sabemos que la imparcialidad es imposible y más aún la verdad, que cada cual cuenta la historia a su manera porque la percibe también de forma singular y no idéntica a como la ven otros. Aun así, y aceptando estas limitaciones indiscutibles porque son humanas, existen intereses económicos que propician el poner el acento en lo que excita más la curiosidad, sea o no lo más importante. Más aún, existen ideologías interesadas en ocultar aspectos de la realidad, especialmente cuando ésta puede llegar a ser muy problemática, como tiende a serlo en el caso de la inmigración. Aunque las personas que inmigran son, de hecho, los sujetos de la noticia, éstos casi nunca son fuente de información, sino meros objetos de la misma. Las fuentes suele ser la policía, la administración, la política, fuentes, en cualquier caso, interesadas en ofrecer una determinada cara de los hechos. A todo ello hay que añadir, ese tejido de complicidad que mezcla al periodismo con la política de partidos y que tiene como consecuencia un discurso que es mero enfrentamiento, alejado de la voluntad de dar buena cuenta de algo que debe formar parte del interés público. No es que haya, por parte del informador, una clara intención de distorsionar los hechos. Los periódicos salen todos los días, deben llenar páginas y páginas con lo más noticiable, compitiendo con el periódico rival, sin tiempo para investigar a fondo temas que, en sí mismos, son muy complejos. La tarea del periodista no es sencilla. Fácilmente se crean inercias y rutinas que llevan, nadie sabe por qué, a incidir en aquellas imágenes y anécdotas que resultarán más impactantes y emotivas, sólo por eso se seleccionan. Pero ese cúmulo de razones pone de relieve que, en definitiva, vender el periódico es más importante que hacerlo bien. De ahí la necesidad de que el crítico y el estudioso planteen una serie de preguntas que hagan reflexionar al periodista: ¿por qué la noticia es noticia? ¿cuáles son los valores que orientan la narración? ¿qué se está buscando, además de informar?

 

 

Hoy ya nadie puede observar la realidad directamente. Sólo lo más cercano nos es dado ante nuestros propios ojos. Lo demás, los temas sobre los que se polemiza, se discute o se legisla, los conocemos sólo porque los medios de comunicación escriben y hablan de ellos. El modo como nos cuentan lo que ocurre determina sin duda nuestra percepción y nuestras creencias sobre muchos fenómenos que desconocemos. Si los inmigrantes provocan reacciones xenófobas, es porque alguien trata de convencernos de que su lugar está en otra parte mejor que entre nosotros.  Los relatos sobre los inmigrantes que recibe el ciudadano son todos negativos. Sólo atendiendo al lenguaje utilizado, uno percibe que éste se nutre de palabras que invitan al rechazo: ilegalidad, sin papeles, naufragios, desaparecidos, niños que deben ser atendidos, desbordamiento; en suma, sólo problemas para las islas y para la población. Las metáforas que se construyen representan al fenómeno migratorio como una situación incontrolable y amenazante: “goteo incesante de cayucos”, “riadas de inmigrantes”, “marea constante”, “oleada de irregulares”, “desembarco masivo”, “avalancha imparable”, “al borde del colapso”, “situación límite”

 

 

Quienes trabajan en los medios deben responsabilizarse de su trabajo y aprender a dilucidar entre la auténtica información y lo que no tiene otro objetivo que la propaganda: propaganda que el medio se hace a sí mismo llamando la atención, o propaganda del grupo político a cuyo servicio el medio se rinde. La profesión periodística se rebela fácilmente contra los controles, incluso las críticas, que ponen en cuestión su trabajo. Apelan a la autorregulación como única medida. A lo que hay que replicar que ojalá hubiera una auténtica autorregulación.

 

Porque ello significaría, en primer lugar, que las empresas periodísticas se dotan de libros de estilo o guías de buenas prácticas que tratan de dar respuesta a los problemas que plantean las informaciones más difíciles. Autorregulación significa, además, voluntad explícita de aplicar las normas que uno se ha dado a sí mismo. Tal es el auténtico sentido de la autonomía: ser libre, por supuesto, pero no para decir cualquier cosa, sino lo que se debe decir en cada caso, de acuerdo con los principios y valores que todos decimos compartir. Pero hay otra cuestión. El dicho habitualmente repetido de que tenemos los medios que nos merecemos no carece de fundamento. El ciudadano no debiera dejar pasar tranquilamente y sin inmutarse las informaciones que claramente distorsionan, manipulan o convierten en noticia lo que en puridad no lo es. Los medios de comunicación son piezas clave de una información que, por otra parte, no puede agotarse en ellos. Los medios dan datos sobre unas realidades que el ciudadano, si está comprometido con la democracia, tiene la obligación de intentar comprender por sí mismo. Más aún cuando los medios electrónicos, la red, nos sitúa ante un magma informativo que será mero ruido si no somos capaces de seleccionar y separar lo que vale de lo que sólo es bazofia.

 

Es inevitable que la información mediática simplifique los hechos. Es sintomático que el tratamiento dado a la inmigración oscile “entre la compasión y la xenofobia”. El problema de quedarse en las meras reacciones emotivas o viscerales es que lo mismo que genera compasión y solidaridad en el primer momento, producirá actitudes racistas cuando empiece a ser molesto. Con una información sesgada y superficial, nada abona el terreno adecuado para  que puedan discutirse y diseñarse las actitudes y las políticas que necesitamos a fin de que los inmigrantes trabajen en condiciones humanas, tengan acceso a los servicios públicos, tengan viviendas aceptables y se sientan bien recibidos y tratados por la sociedad en la que escogen vivir.

No es tan difícil ser Presidente de Gobierno en España. Zapatero, lo fue y Sánchez, lo es.



Pedro Sánchez pinta menos en el Gobierno del Reino de España que follatabiques en el Pentágono. Pero, claro ahora le escriben, el lee y otros hacen lo que les sale de los huevos. Eso no es gobernar más bien es un sistema de martirio para  los españoles. Si hubiera empezado la batalla contra la pandemia poniendo en marcha alguno de los argumentos que defendió en el Congreso, España no habría perdido un tiempo precioso, estaría hoy en una posición mucho mejor, los ciudadanos nos habríamos ahorrado contradicciones e incertidumbres, y el propio presidente del Gobierno habría podido gestionar y liderar las medidas económicas y sanitarias frente al covid-19 con mucha mayor eficacia y con más apoyo político gracias al gobierno con las comunidades autónomas. Si, después de dos meses de empeñarse tercamente en lo contrario, hubiera reconocido desde un principio que se han cometido errores, en lugar de presumir de que todo eran aciertos, su credibilidad ante los ciudadanos y su liderazgo político se habrían visto reforzados, aunque en decadencia.

Lo primero que hizo Pedro Sánchez fue tomar la poltrona de La Moncloa cubierto por la guardia pretoriana, intentando ganar con una banda de innobles semianalfabetos y dictatoriales la guerra contra el covid-19 mediante el ordeno y mando, sin dialogar con sus socios de investidura –soplo ofrecerles más dinero-, sin contar con la oposición, dejando al margen a las autonomías y sin informar de sus decisiones ni siquiera a sus compañeros de partido, que han llegado a plantear que salvar vidas está por encima de salvarle a él.

 ¿Tanta mentira para qué? Para terminar aplicando al final, a la fuerza y arrastrado por la posibilidad de quedar en minoría, algunas de las medidas lógicas que todos reclamaban, desde el independentismo a la extrema derecha pasando por el centro. Desligar los ERTE del estado de alarma, de forma que se mantengan cuando acabe la situación de excepcionalidad, y comprometerse a actuar siempre en coordinación con las autonomías, otorgándoles amplio margen para interpretar, en función de su especificidad geográfica y de la situación de sus sistemas sanitarios, las normas adoptadas por consenso.

La rectificación de Sánchez al separar las ayudas económicas del estado de alarma demuestra que el Gobierno faltaba conscientemente a la verdad cuando afirmaba que era imposible mantenerlas si se ponía fin al recorte de derechos y libertades que le permite la medida excepcional. Y que utilizaba a las empresas, autónomos y ciudadanos afectados económicamente por la pandemia como moneda de cambio para coaccionar a la oposición y tratar de lograr su apoyo incondicional.

Lo sucedido evidencia que Sánchez pretende gobernar como si dispusiera de mayoría absoluta pese a tener solo un tercio de los escaños del Congreso. Y que solo admite su minoría y su necesidad de apoyos cuando se ve presionado. Será necesario, por tanto, que haya una oposición que mantenga la presión, sin abandonar la política de estado, para evitar que caiga de nuevo en la autarquía y los españoles recuperen cuanto antes sus derechos y libertades sin mucha demora.

Lo más positivo del debate es que demuestra que el secesionismo solo utiliza a Sánchez como un instrumento para lograr sus fines y le importa un comino la estabilidad, la salud y la situación económica del resto de españoles. El presidente debería tomar nota. Es posible que Cs se esté suicidando, para mí que ya estaba suicidado. Pero si su sacrificio sirve para que el Gobierno de España no siga en manos del separatismo, habrá merecido la pena, aunque mucho me temo que no sea así.

Morir por lucir la bandera de España

Resultado de imagen de Víctor Láinez

Víctor Láinez había decidido lucir la bandera de España en los tirantes. Otros la hemos colocado recientemente en la fachada de nuestras casas. Es nuestra enseña nacional; un símbolo demasiado tiempo escondido por los complejos reinantes entre muchos de nuestros políticos. Es un emblema recuperado al fin para la vida pública, tras largos años de exilio, que los españoles exhibimos con orgullo creciente a medida que aumentan las ofensas que le infligen quienes han hecho del odio su oficio y de la mentira su negocio. Rodrigo Lanza, asesino (presunto) del compatriota zaragozano cobardemente abatido por manifestar de ese modo su amor a la bandera de todos, es un exponente claro de la ralea a la que me refiero.
Ralea de odiadores henchidos de buena conciencia son los podemitas que ampararon a este sujeto violento cuando cumplió su primera condena por dejar tetrapléjico de una pedrada a un guardia urbano de Barcelona que trataba de llevar a cabo un desalojo. Cinco años de prisión le cayeron. Poco, muy poco tiempo de reclusión, considerando que su víctima vive atada a una silla de ruedas. Por aquel entonces Pablo Iglesias se emocionaba (sic) al ver cómo la turba agredía a un policía antidisturbios de Madrid. Le conmovía esa "expresión de rabia", sabiamente agitada por él, y salía lógicamente en defensa del rabioso barcelonés venido de tierras chilenas, brindándole todo el apoyo de su formación política. También Ada Colau, actual alcaldesa de la Ciudad Condal formada en las filas de los movimientos antidesahucio, pese a no haber conocido la experiencia, hacía frente común con el agresor, llenando las redes sociales de mensajes de respaldo. No en vano el tal Lanza se ha dedicado a vivir del cuento en calidad de "okupa"; es decir, de gorrón con patente de corso. "Antisistema", se denominan los de su calaña, mientras ese sistema al que denuestan les da de comer, les educa y les cura cuando enferman, con cargo a los impuestos que pagamos otros trabajando. "Antifascistas", se autoproclaman, empuñando una barra de hierro para golpear por la espalda a un hombre cuyo "fascismo" consiste en llevar unos tirantes con los colores de la rojigualda. ¡Y no se les cae la cara de vergüenza! Ni siquiera ayer, a la vista de los hechos, tuvo el ayuntamiento podemita de Zaragoza la decencia de condenar sin paliativos lo sucedido. Se limitaron a deplorar "cualquier tipo de agresión", como hacían los batasunos y sus amigos peneuvistas cada vez que ETA "sacudía el árbol" con un atentado terrorista. Rechazamos la violencia "venga de donde venga", repetían. Cuñas de la misma madera podrida…

Lanza encarna, junto a sus valedores de extrema izquierda totalitaria, lo peor de una España minoritaria, resentida, envenenada de ira y de odio hasta el punto de matar por unos tirantes. Lo más siniestro de una patria grande que, pese a ellos, nos acoge a todos en libertad. De esta España escarnecida, amenazada, saqueada e insultada por muchos de sus propios hijos, mientras los demás, la mayoría, honramos sus emblemas y sus símbolos con la cabeza bien alta. En el extremo opuesto de la Nación se encuentra la mejor versión de sí misma. Instituciones como la Corona, las Fuerzas Armadas y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, cuya labor ejemplar se inspira en un alto sentido del honor, en la vocación de servir y en la lealtad a esa bandera que simboliza, precisamente, lo que es y representa nuestra España. La de verdad.