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La amnistía que condujo a la Guerra Civil

La amnistía que condujo a la Guerra Civil

La amnistía que condujo a la Guerra Civil

Se ha incidido poco en la importancia y consecuencias que tuvieron las tres amnistías concedidas en los años treinta.
 

La Restauración (1874-1931) y la Segunda República (1931-1936) fueron regímenes donde abundaron las amnistías y los indultos, para conspiradores, terroristas, delincuentes políticos y delincuentes sociales, a pesar de los daños y el dolor que hubieran causado.

Por ejemplo, en 1911 una horda movida por la CNT tomó el pueblo valenciano de Cullera y linchó al juez de Sueca y a dos funcionarios de su juzgado que trataron de sofocar el motín. Los criminales fueron detenidos y condenados por la jurisdicción militar, pero una campaña de las izquierdas dentro y fuera de España llevó al Gobierno liberal de José Canalejas a indultarles, con la excepción del cabecilla, que había matado al juez a hachazos. A éste lo indultó personalmente el rey Alfonso XIII. Y a las viudas y huérfanos, una plaquita y para casa.

Por eso, se hablaba de la “peste de los indultos”. Porque dejaba impunes las muertes de ciudadanos o de humildes funcionarios y, a la vez, animaba a los delincuentes a repetir sus actos, sobre todo cuando las acciones políticas pasaron, de ser cuartelazos y manifiestos, a atentados, descarrilamientos de trenes y bombas contra procesiones.

Una de las escasísimas lecciones de nuestra historia contemporánea que incorporó la Constitución de 1978 fue la prohibición de las amnistías y los indultos generales, quizás porque ya no eran necesarias merced a la invención del Tribunal Constitucional, cuyos miembros son nombrados todos por instancias políticas. Fuera por el disimulo o fuera por el escarmiento, los constituyentes dejaron claro su repudio a unas instituciones jurídicas que convertían a los políticos y los terroristas en grupos privilegiados por encima del Código Penal, se burlaban de los tribunales de verdad y desmoralizaban a la sociedad.

Ahora que el principal partido de España, el PSOE, está dispuesto a conceder una ley de amnistía a los sediciosos catalanistas a cambio de recibir sus votos en el Congreso para hacer presidente a su secretario general, conviene recordar las consecuencias que tuvieron otras amnistías en el siglo XX. La más destacada de aquellas fue la de no disuadir a los beneficiarios de no volver a cometer los actos que el régimen les había perdonado hasta el extremo de borrarlos.

EL GOBIERNO PERDONA A QUIENES ATACAN AL PUEBLO

El PSOE y la UGT convocaron en agosto de 1917 una huelga revolucionaria que pretendía derrocar la Monarquía parlamentaria y contaba con el respaldo de varios partidos políticos, en concreto de los republicanos y los catalanistas ‘moderados’ de Francesc Cambó, más la CNT anarquista. En la huelga murieron más de 70 personas. Los miembros del comité de huelga, los socialistas Julián Besteiro, Daniel Anguiano, Andrés Saborit y Francisco Largo Caballero, fueron condenados a cadena perpetua.

El PSOE, dirigido por Pablo Iglesias, se sentía tan orgulloso de lo hecho que incluyó a los condenados en las listas para las elecciones de febrero de 1918 y salieron elegidos diputados. Las Cortes aprobaron en mayo una amnistía que les permitió sentarse en sus escaños.

Para los implicados en esa acción violenta contra un régimen democrático, todo fueron beneficios. El socialista Largo Caballero fue nombrado por real orden de 1924 miembro del Consejo de Estado; el republicano Alejandro Lerroux alcanzó la presidencia del Gobierno en 1933; y el catalanista Cambó obtuvo un puesto en el consejo de ministros en marzo de 1918.

TRES AMNISTÍAS EN CINCO AÑOS

Uno de los primeros actos del Gobierno Provisional de la Segunda República, en abril de 1931, consistió en promulgar un decreto que concedía una amnistía a los condenados o procesados por “delitos políticos, sociales y de imprenta”, ya que se les atribuía como causa un “elemento de elevada idealidad”. Entre los liberados, aparte de miles de ladrones, estafadores, violadores y homicidas, estuvieron los dos terroristas anarquistas que habían asesinado en 1921 al conservador Eduardo Dato, presidente del Gobierno.

Las Cortes de mayoría derechista aprobaron la Ley de 24 de abril de 1934 que amnistiaba a los implicados en el pronunciamiento del general Sanjurjo, en agosto de 1932, a los funcionarios que había excluido el decreto del Gobierno Provisional y a sindicalistas implicados en huelgas y paros laborales. Durante los debates, algunos diputados de las derechas recordaron la amnistía de 1918 concedida a los huelguistas de 1917.

Así, pudo regresar a España José Calvo Sotelo, al que se le había condenado a doce años de cárcel por haber aceptado el nombramiento de ministro en el Gobierno del general Primo de Rivera. Sanjurjo salió de la cárcel, pero no pudo reincorporarse el Ejército, por lo que se estableció en Portugal y allí se dedicó a conspirar. Si esto último lo habían hecho Niceto Alcalá-Zamora, Indalecio Prieto, Alejandro Lerroux y Miguel Maura, ¿por qué no podía hacerlo él?

La represión de la revolución de octubre de 1934 llenó las cárceles de implicados, ya que el PSOE, la UGT y ERC (todas ellas organizaciones existentes hoy) habían planeado el golpe de Estado como una guerra civil, para la que habían elaborado hasta listas negras de personas a las que detener y asesinar. Fue el caso del diputado tradicionalista Marcelino Oreja Elósegui, tiroteado en la casa del pueblo de Mondragón.

La de 1934 se trató de la sublevación marxista mejor preparada en Europa desde el golpe de estado bolchevique de 1917, pero que no tuvo un castigo ni cercano al de la Comuna de París de 1871 ni el levantamiento espartaquista (comunista) alemán de 1919.

La coalición del Frente Popular, formada por republicanos burgueses y los partidos de izquierdas marxistas (PSOE, PCE, POUM y el Partido Sindicalista) planteó como primer punto de su programa una nueva amnistía, la tercera en menos de cinco años de régimen republicano.

“Como suplemento indispensable de la paz pública, los partidos coaligados se comprometen: 1) A conceder por ley una amplia amnistía de los delitos político-sociales cometidos posteriormente a noviembre de 1933, aunque no hubieran sido considerados como tales por los Tribunales.”

La misma noche del 16 de febrero las izquierdas comenzaron los disturbios y las algaradas. Su prensa y sus dirigentes se atribuyeron la victoria mientras el recuento no había terminado. La violencia fue de tal intensidad que el 19 de febrero el centrista (republicano y masón) Manuel Portela Valladares, al que Alcalá Zamora había nombrado presidente sin ser siquiera diputado, se negó a decretar el estado de guerra para tratar de detener los disturbios y dimitió. Muchos de los gobernadores civiles nombrados por él, huyeron. En algunas ciudades, la chusma socialista (totalmente organizada) forzó la apertura de las cárceles.

SUBVERSIÓN MEDIANTE DECRETOS

El intrigante Alcalá Zamora, que había disuelto las Cortes para no tener que nombrar a José María Gil Robles presidente del Gobierno, tuvo que llamar, de manera ilegal, a Manuel Azaña. Éste formó un Gobierno con ministros burgueses y chantajeó a las derechas para que en la Diputación Permanente aprobasen una rápida amnistía a fin de calmar a las masas. Un ejemplo claro del juego del policía bueno y el policía malo.

Se convocó a toda prisa una sesión especial de la Diputación Permanente mediante telegrama para el 21 de febrero y por unanimidad de los diputados presentes aprobaron, también de manera ilegal, la amnistía general para todos los acusados o encarcelados por “delitos políticos y sociales” desde las elecciones de noviembre de 1933, incluidos los acusados de asesinatos políticos. Se liberaron unos 15.000 presos, muchos de ellos pistoleros encallecidos.

A continuación, el Gobierno disolvió la mitad de los municipios españoles y nombró comisiones gestoras. Los republicanos burgueses de izquierdas pasaron a desempeñar los gobiernos civiles, mientras que los socialistas y los comunistas se hicieron con los ayuntamientos.

La violencia no se detuvo, porque ese era el plan del Frente Popular. Así lo describió Alcalá Zamora en sus memorias:

“La prensa de izquierda muestra con insensato rencor que la amnistía no la concibe como tregua y sí como una fase más de la guerra civil. A la hora misma en que obtiene la impunidad para los suyos, y procurara extenderla a los crímenes comunes con el pretexto de ser conexos, pretende que se castigue severamente a Gil-Robles y a Salazar Alonso.”

Además, sigue contando Alcalá Zamora, el Frente Popular procedió a la depuración de policías y otros funcionarios.

En la revolución de octubre desencadenada por las izquierdas, murieron, según la Dirección General de Seguridad, 1.335 personas y fueron heridas 2.951. Las investigaciones posteriores han elevado un poco esos números. La amnistía dejó impunes esos delitos.

Y el Frente Popular añadió la humillación a las víctimas, pues un decreto del 28 de febrero ordenó la reincorporación a sus puestos de todos los obreros despedidos por su implicación en la huelga revolucionaria o su dedicación a la subversión, así como el abono de una indemnización. En consecuencia, las empresas donde los pistoleros afiliados a la UGT habían matado a propietarios o a directivos tuvieron que convivir con esos asesinos engreídos. Azaña, escribió Alcalá Zamora, sabía que semejante decreto era ilegal, pero se justificó ante él con que era imprescindible para mantener el orden público.

El 1 de marzo, un nuevo decreto del Gobierno de Azaña canceló las consecuencias del golpe sedicioso de la Esquerra en Cataluña: repuso en sus funciones al Parlamento regional suspendido y a Lluís Companys, condenado por el Tribunal Supremo a treinta años de cárcel, en su puesto de presidente de la Generalidad.

LOS ASESINOS DE CALVO SOTELO

La amnistía del Frente Popular también benefició a los militares que se habían unido al golpe de estado de las izquierdas. Uno de ellos fue el oficial de la Guardia Civil Fernando Condés Romero. En octubre de 1934, él y otros compañeros y militares intentaron apoderarse del Parque de Automóviles de la Guardia Civil, en Madrid, pero fueron rechazados. Se le juzgó y se le expulsó de la Guardia Civil. La amnistía le devolvió el uniforme y el servicio.

La noche del 12 al 13 de julio de 1936, Condés encabezó el comando terrorista formado por pistoleros y guardias de Asalto que detuvieron al diputado José Calvo Sotelo en su domicilio. Condés, tirando de grado y de placa, se impuso a la escolta oficial de Calvo Sotelo y convenció a éste con su “palabra de Guardia Civil” de que le iban a llevar a la Dirección General de Seguridad.

Una vez acomodados en la camioneta, se sentó detrás del diputado el socialista Luis Cuenca Estevas. Éste era un militante socialista de gatillo fácil al que su partido había desplazado a la provincia de Cuenca como ‘delegado’ del Ministerio de Gobernación para romper las urnas en las elecciones del 3 de mayo en la provincia de Cuenca. Sacó su pistola y le disparó por la espalda a Calvo Sotelo en la nuca. Cuatro días más tarde, comenzó la guerra civil.

De esta manera, encontramos a amnistiados por el Frente Popular y, antes, por la Monarquía parlamentaria en el origen de la guerra civil. Esa amnistía, en el reino de la ‘memoria histórica’, poco se ha recordado.

Y un punto en común entre los amnistiados de entonces y los que se preparan para recibirla es la falta de arrepentimiento de los delincuentes. Los separatistas que pretendieron destruir la Nación y la Constitución en 2017 han convertido en lema su grito de satisfacción “ho tornarem a fer”. De nosotros depende que la historia no se repita.

Hasta los más fanáticos del PSOE saben que Zapatero y Pedro Sánchez nos conducen a la tiranía venezolana en Europa.


JP Logistica

¿Firmaría el Rey, Felipe VI el indulto prometido? Nooo, seguro?
Esto es una anarquía o ausencia total de estructura gubernamental en un Estado.

Hay límites que jamás pueden sobrepasarse, de modo que cuando una organización acepta hacerlo debe comenzar a sospechar que está perdida. Con un día de diferencia se han producido en España esta semana dos hechos de extraordinaria gravedad: el martes, Zapatero, en una entrevista radiofónica, defendió el indulto a los dirigentes del procés pendientes de sentencia; al día siguiente, el Canal 24 horas de TVE emitió en horario de máxima audiencia una entrevista con el ex miembro de ETA y actual dirigente de Bildu, Arnaldo Otegi.

Las barbaridades de Zp, que no son las primeras de un destacado socialista a favor de indultar a los separatistas catalanes insurrectos (lo hicieron antes Iceta, dirigente del PSC, y Cunillera, delegada del actual Gobierno en Cataluña), suponen, sin embargo, por la relevancia de quien las pronuncia (nada más y nada menos que quien fue durante 7 años presidente del Gobierno) una inadmisible e incalificable injerencia en la independencia judicial. Zapatero sabe que su opinión, hecha pública antes incluso de que se dicte sentencia, interfiere de forma totalmente irresponsable en la delicadísima tarea del Tribunal Supremo, al que desautoriza de plano y deja por completo al descubierto. El indulto, del que se ha abusado en España hasta el delirio, no puede ser nunca un instrumento al servicio del poder político para alcanzar sus objetivos al precio de anular la potestad jurisdiccional del Estado sin la que no puede existir ninguna democracia digna de tal nombre. ¿Firmaría el Rey dicho indulto?

La entrevista a Otegi en TVE se ha traducido, como era previsible, en un intento de blanquear la imagen política de un sujeto de trayectoria deleznable y la de la propia historia de la banda terrorista cuyos horrendos crímenes Otegi justificó durante años. Basta recordar una de sus frases anteayer para captar el tono vomitivo de su intervención: «Lo siento de corazón si hemos generado más dolor a las víctimas del necesario o del que teníamos derecho a hacer». TVE ha dado voz, pues, a un sujeto que sigue aún convencido del derecho de ETA a matar, extorsionar y secuestrar. 

Como tengo desde hace décadas muchos y muy buenos amigos en el PSOE estoy seguro de que no pocos compartirán mi estupor, y el de millones de españoles, por las palabras de Zapatero a favor del indulto y por la decisión de TVE de darle al tal Otegi sus micrófonos para justificar su infame historia. Por eso algo debe pasar en el PSOE para que prácticamente nadie haya levantado la voz contra una y otra indignidades. Algo muy triste y preocupante, que yo, podéis creerme, siento de verdad.

Podemos y VOX, dos bandas populeras al servicio del mal.


JP Logística

España es un mar de partido políticos de  nueva creación cuyos efectos pueden ser determinantes de una acción bélica, aunque sea a pedradas.

Todos o casi todos hemos visto como evolucionaba el partido bolivariano de Podemos  a base de escraches contra políticos –hoy a sus líderes les puede hasta que las personas pasen por la puerta de su enorme casa, la demonización constante de los empresarios y la imposición a base de estigma social de una visión estalinista de género, los sectores de izquierda que tanto criticaban a los de derecha por practica aquello que denominaban «el discurso del miedo», no paran de practicarlo ahora. Es decir, cuando Pablo Iglesias abiertamente afirmaba que tenía relaciones financieras con Irán, o cuando su exsocio, Errejón alaga en un medio de tirada nacional la gestión del gobierno bolivariano de Venezuela no hay que tener miedo. Los venezolanos comen tres veces al día.

Vox, prácticamente nació ayer mañana y ya susurran que en España se van a asesinar a homosexuales y negros, se va a perseguir la libertad de expresión, las mujeres tendrán que rezar, al menos dos rosarios al día y los hombres cantar el cara al sol de alba la salve marinera a la bajada de bandera.

Bajo mi punto de vista, Podemos y Vox representan un peligro para la convivencia en España:

Podemos es un partido que nació autodenominándose «transversal», sin ideología. A medida que fue viendo cuáles eran los caladeros electorales donde podía sacar votos, fue virando hacia la «socialdemocracia nórdica» hasta acabar aliándose con los comunistas de Izquierda Unida en lo que hoy conocemos como Unidos Podemos. Un partido de izquierda radical que propugna valores propios del estatalismo más despótico que ha conocido la humanidad. Sus propuestas económicas son un desmadres desde todos los puntos de vista: banca pública, tributación, pensiones… populeros terroristas del bien donde los haya.

Pero la cuestión no es meramente económica: su control efectivo de los medios de comunicación –los cuales manejan de forma extraordinaria- junto con el apoyo expreso del PSOE y la inactividad del pueblo ha conseguido crear en España el falso relato de que, si te opones a leyes como la de violencia de género o la de promoción (subvención) del colectivo LGTBI, eres un fascista. Una estigmatización social y una imposición hegemónica de lo políticamente correcto, al más puro estilo Gramsci, que ha dado sus frutos. Artífices de ingeniería social, Podemos es un partido que piensa que los ciudadanos somos peones de una ajedrez que pueden manejar a su entero antojo y están muy equivocados.

VOX, sencillamente es un partido financiado por el PSOE para restar votos al PP, para el resto de sus actuaciones tienen plena libertad. VOX, para nada es un partido liberal-conservador. Se trata de una banda de fascistas, cuyo único fin es la represión del pueblo. Su pretensión es llegar al poder estatal para desde él imponer a toda la sociedad española una visión única de vida buena. Para ser más precisos, la visión católica. Entre otras cosas, quieren hacer ley de dogmas religiosos como el matrimonio indisoluble –su dueño y amo está casado, al menos, dos veces y exclusivamente heterosexual o la prohibición absoluta del aborto.

Entre otros grandes males que tiene Vox está sus coqueteos con la extrema derecha europea. Desde Marine Le Pen hasta Nigel Farage, euroescépticos de pro y colectivistas de primera, han saludado el programa de Vox y se han puesto de su lado. De hecho, el lema de Vox para las pasadas elecciones «Hacer España grande otra vez» no es más que una traducción cursi del «Make America Great Again» de Donald Trump. Ese atisbo de xenofobia es un grave riesgo para nuestro sistema de libertades.

En definitiva, dos partidos contrarios a la libertad de elección del individuo, tanto en su ámbito personal como moral y económico, que no tienen el más mínimo reparo en reconocer que usarán las estructuras del Estado para imponer a través de sus medios coactivos su visión de lo que España debe ser. Son los dos grandes problemas que tiene España ahora mismo.