EastEnders murder suspect was a jealous thug who used to beat me and our daughter

'EastEnders murder suspect was a jealous thug who used to beat me and our daughter': Ex-wife says fugitive took steroids, racked up £40,000 in debts and was part of black supremacist cult

  • Arthur Simpson-Kent had two children with ex-EastEnders star Sian Blake
  • Bodies of Miss Blake and her sons were found buried in family's garden
  • Murder suspect Simpson-Kent is now believed to be on the run in Ghana
  • His ex-wife has said he was a thug who would often beat her and their baby
  • Also told of how he took steroids and was part of a black supremacist cult


Ex-wife: Dominique Deblieux and murder suspect Arthur Simpson-Kent on their wedding day in 1999

Ex-wife: Dominique Deblieux and murder suspect Arthur Simpson-Kent on their wedding day in 1999
The ex-wife of murder suspect Arthur Simpson-Kent has told how he turned from a ‘kind, quiet gentleman’ into a depressed, jealous thug who beat her and their baby daughter.
Dominique Deblieux, 42, said her ex-husband – who is suspected of murdering East Enders actress Sian Blake and their two young sons – also took steroids and was a member of a black supremacist cult. 
She told the Mail how the couple divorced in 2008 after she grew tired of supporting him financially.
But he left her and their daughter Isis, now 18, destitute after racking up £40,000 of debt in her name. 
Speaking from her home in southern France yesterday, Miss Deblieux said she was ‘horrified’ to learn what her former husband, 48, is suspected of.
But she said it was her daughter who had been most affected, saying she was ‘traumatised’ to hear her father is a suspected triple killer.
According to Miss Deblieux, Mr Simpson-Kent has fathered eight children by six women, including Miss Blake – whose body and those of her sons Zachary, eight, and Amon, four, were found buried in the family’s garden in Erith, south east London, on Tuesday. 
The hairdresser is now believed to be on the run in Ghana.
‘My daughter is heartbroken,’ said Miss Deblieux. ‘She was already so upset that he rejected her all her life and now this is like stab through the heart.’
But despite revealing her ex-husband’s violent past, she said she could not believe he was a killer, saying: ‘When I heard the news, I was completely shocked – I thought “have I been living with a child murderer?”’
‘Beating, yes, but killing, cold blooded murder, and killing children, I can’t believe it.’
Discussing his current whereabouts, she said: ‘I think he will be in Ghana. Even with me, he always wanted to go back to Ghana. But I think he may kill himself before they find him. I hope he does.’ 

Absent: Simpson-Kent with Isis, the daughter he had with Miss Deblieux
Actress Sian Blake
Absent: Simpson-Kent with Isis, the daughter he had with Miss Deblieux. Right, actress Sian Blake
Suspect: Simpson-Kent with  Amon, four, one of two sons he had with former EastEnders actress Miss Blake
Suspect: Simpson-Kent with Amon, four, one of two sons he had with former EastEnders actress Miss Blake
Tragic: The bodies of Miss Blake and her two sons, Zachary, eight, pictured, were buried in the family's garden

Four-year-old Amon








Tragic: The bodies of Miss Blake and her two sons, Zachary, eight, left, and Amon, right, were found in garden
Miss Deblieux first met Mr Simpson-Kent in 1995 when she moved from her native France to Kentish Town, north London, to work as a belly dancer. 
He was also living in London after moving with his mother, Selina, from Ghana when he was eight. Selina, who has seven other children, met his British father Donald while he was working in the diamond trade in Ghana
















































































































































Una lágrima como la mar no es suficiente para cubrir el vacío que dejan los asesinados en París





Ni una lágrima como la mar es suficiente para cubrir el vacío que dejan los asesinados en  París, es triste, inmensa la pena, desgarrador el dolor; maldita la muerte que se lo has llevado cuando a todos les quedaba parte  por vivir. Cada día quedan menos dioses aburridos. A lo que  vamos:

Hay que saber para diferenciar aquello que nos conviene conocer, tampoco faltan quienes conocen mucho y saben poco. Saber no es sólo conocer. También hay quienes ni saben ni conocen suficiente. Y aquellos que se sorprenden de lo que no saben los demás, sin cuestionarse sus propias carencias. En todo caso, hablamos más de adquirir conocimiento o de mostrarlo que de procurarnos saber. Conviene reivindicar el conocer y, a la par, no olvidar que en ello no se agota lo que significa el saber, y menos aún la sabiduría, que comporta todo un modo de saber, un modo de vivir. En la sociedad del conocimiento, en ocasiones lo identificamos con saber cosas. Pero saber no es un simple medio para conocer. Más bien, de movernos en estos términos, diríamos que el conocer busca saber.

Preferimos quienes son sabios a aquellos que conocen, si bien al respecto no deberíamos caer en maniqueísmos. No se trata de un elegir que rechaza. Que tanto tengan que ver no significa que siempre sea fácil deducir el saber de la medición del conocimiento adquirido.

Todo ello para insistir en que no hemos de ignorar o desconsiderar el conocimiento. Y menos aún reducirlo a un acopio de informaciones, o a un cúmulo de contenidos recitables. Sin embargo, no es menos cierto que la desatención del contenido afecta radicalmente al conocimiento y asimismo al saber. Y a veces por amor a este hemos olvidado que late en su corazón como algo constitutivo.

Basten semejantes sugerencias para cuidarnos de extraer con precipitación demasiadas consecuencias de la identificación del conocimiento con determinados contenidos, por muy decisivos que parezcan ser para el saber. No sería menos desatento creer que el conocimiento es mera forma, capacidad que se sostiene como una estructura al margen de todo contenido. Si a nadar se aprende nadando, a conocer conociendo. Y si no hay posibilidades de conocer, no hay modo de saber.

La complejidad es suficiente para andarse con cautela ante afirmaciones y deducciones contundentes sobre la relación entre los contenidos conocidos y el conocimiento. No es menos cierto que algunas displicencias para con lo que conviene conocer han ido, en ciertos casos, tan lejos que propiamente parecería que saber no tiene que ver con lo que se sabe, o que es tal la importancia del saber hacer que en la práctica sólo es interesante aquello que es directamente aplicable para la producción: de objetos o de expertos. Entonces sí que todo ello tendría que ver con una caracterización de lo que significa ser competente  o estar cualificado.


Pero no es menos decisivo ser alguien capaz de vincular el conocimiento con unas mejores condiciones de vida plena y digna. Desde luego, para resolver problemas. Aunque no sólo. También para cuestionarlos o para abrir otros. El saber se enfrentaría entonces con la debida cuestión de qué es eso, en qué consiste, de qué modo actuar para lograrlo. Qué y cómo conocer no está tan establecido como para que no hayamos de pensar el modo de dilucidar el asunto. Y éste es el asunto, la vinculación del conocer y del saber con el pensar. Y caben supuestos dictámenes que algunos estiman fundamentales, aunque no siempre explícitamente: que sepan aunque no piensen, pensar distrae de saber, conocer no tiene que ver con pensar, o el pensar es un medio para saber o conocer. Todos ellos son absolutamente discutibles, si bien sostienen el proceder de quienes están empeñados, al parecer sin dudas, en qué es lo que ha de saberse.

Amparados en tamaña complejidad, hay quienes asimismo han entendido que lo mejor para pensar es no ocuparse del conocer. O se han limitado a identificarlo con su adquisición. Que el conocimiento sea por sí solo insuficiente no significa que no sea imprescindible. Si bien las aptitudes y las competencias se desarrollan en el ejercicio de conocer, este ejercicio no es coyuntural ni pasajero. Y puestos a reivindicar la importancia decisiva de los valores, es determinante no dejar de plantearse a qué obedece, no ya la necesidad de conocer, sino la de conocer explícitamente tal o cual cosa.

Es razonable pensar que quien no sabe nada, efectivamente no sabe de lo que pedimos que sepa. Pero incluso es difícil ignorarlo todo. Habría de desconocerse asimismo que se ignora. Quizá se sepa algo otro. Y por ello, puestos a preguntar y a responder, lo interesante no es sólo dar cuenta de lo que no se sabe, por cierto una inmensidad para cada cual, sino lo importante es ser capaz de valorar, poner en valor, hacer ver, evaluar, lo que alguien sabe. Si se desea comprobar lo que alguien conoce no basta con relatar lo que desconoce. Ni siempre se deduce directamente de lo que ignora el nivel de lo que sabe.

No se desprende de lo dicho que no hayamos de mejorar nuestro conocimiento. Incluso es imprescindible y urgente hacerlo en asuntos bien concretos. No es cuestión de exhibirlo sino de transmitirlo. Y de generarlo y de recrearlo. Todos y cada uno tenemos esa tarea, hasta quienes creen saber ya lo que ha de saberse. Y puestos a conocer, conviene que atendamos no sólo a lo que se aprende para que procedamos a desarrollar las capacidades del aprender, sino asimismo a lo aprendido y al aprender necesarios para proseguir en el conocimiento, en el saber, en el vivir.

El conocimiento ha de liberar modos de vida para saber desempeñarse en la existencia,  para dar respuesta, para ofrecer nuevas posibilidades, para abrir otro horizonte personal pero, puestos a reivindicar el saber, y con razón, no ha de ser un saber sometido a unos precisos y determinados contenidos de conocimientos. Que sea indispensable procurárnoslos no significa que no hayamos de debatir sobre cuáles han de acompañarnos a lo largo de la vida. Quizá no son tantos, y tal vez los olvidemos en la maraña de lo sabido, muy sabido, demasiado sabido, y no reconocido. Algo ha de saberse. Pero eso no siempre se logra sólo con saber más. Es preciso saber mejor.

El cultivo de sí y la cultura no crecen tanto por acumulación. Proceden más vertebral y rizomáticamente. Como la vida. Y por eso mantenemos con ellos una relación afectiva. Cuando se ama el conocimiento, se sabe que su contenido es tan decisivo como para no descuidarlo, tan decisivo como para no darlo por clausurado, tan decisivo como para no considerarlo aisladamente, tan decisivo como para no utilizarlo únicamente para nuestros intereses y menos aún para ratificar nuestras posiciones.
Ángel Gabilondo Pujol, catedrático de Universidad.


Yihadistas y afines han de ser matados, muertos y sepultados sin diálogo previo.

Si nunca hubiese habido diálogo con los terroristas, viviríamos la realidad, lo auténtico. El yihadismo es un neologismo occidental utilizado para denominar a las ramas más violentas y radicales dentro del islam político/radical, caracterizadas por la frecuente y brutal utilización del terrorismo, en nombre de una supuesta yihad, a la cual sus seguidores llaman una «guerra santa» en el nombre de Alá.

No se puede pasar por alto la trascendencia del paso dado por el titular de Defensa francés, quien por primera vez en la historia de la Unión ha invocado un artículo que hace referencia directa a la ayuda de todos los socios europeos, en términos de Defensa, a un país atacado. Y aunque es cierto que cada Estado es libre de considerar hasta qué punto debe ayudar, no lo es menos que se trata de una medida de carácter legal que abre la puerta a una vía de colaboración existente sobre el papel pero que hasta ahora no había sido transitada.

Pablo Iglesias, más cerca de la Yihad que de ETA.
Aquí no se trata pues de asumir acciones bélicas —la política de Defensa es mucho más que eso—, sino de poner los medios disponibles que ayuden a la defensa del país agredido. En este sentido, la ampliación de la información compartida sobre movimientos de yihadistas ofrecida por la mayor parte de los socios comunitarios es probablemente el arma más eficaz para evitar que se repitan tragedias como la del viernes en París, negro, negro de muerte.

Después de reunirse los ministros de Defensa de la UE reunidos han escenificado el compromiso real de sus Estados con la defensa de los valores de libertad y democracia sobre los que se funda el proyecto europeo ahora amenazado por el Estado Islámico. La lucha contra el terrorismo islámico no puede ser labor de un solo país ni el fruto de acciones individuales descoordinadas y como reacción a acontecimientos concretos. Solo una colaboración sin fisuras y el compromiso de todos los países de Europa pueden hacer que la posibilidad de vencer al yihadismo sea real, aunque no autçentico.

¿Quién y cómo se financia el Yihadismo del EI?


El Estado Islámico es un grupo terrorista con unas posibilidades de financiación muy superiores a las habituales de una organización con sus características: aparte de los cobros por rescates, los atracos a bancos, operaciones de contrabando y recaudación de impuestos, tiene acceso a infraestructuras estatales de las zonas que controlan en Siria e Irak.

También es cierto, sin embargo, que la organización tiene un nivel de gastos muy elevado, por lo que no existen datos concretos sobre la verdadera riqueza del grupo. Una de las principales fuentes de ingresos de la organización es la venta de petróleo extraído de los campos de Libia, Irak, Al Tanak y Al Omar al oeste de Siria. El grupo lo extrae también de pequeñas y arcaicas refinerías y luego los vende como contrabando a través de las fronteras turca y en la región kurda iraquí aprecios muy bajos.

Expertos estadounidenses estiman que los ingresos del grupo por la venta de petróleo alcanzan casi dos millones de dólares al día. Este es el principal motivo por el que la Fuerza Aérea francesa fijó las refinerías como uno de los principales objetivos a golpear, para así cortar ingresos económicos. Antes lo  probó Inglaterra, pero ponen escudos humanos. 

Además, el grupo recauda impuestos en su Califato, algo que los expertos estiman en otro millón de dólares al día. El Grupo de Acción Financiera en Contra del Lavado de Dinero (FATF), entre cuyos objetivos está ayudar a combatir la financiación de grupos terroristas, calificó el sistema de recaudación del grupo como una «extorsión sofisticada» a pequeños comerciantes y empresarios. Aquellos que no son musulmanes deben pagar un impuesto especial.

La organización terrorista ingresa unas cantidades enormes de dinero gracias a la venta de objetos y tesoros de la Antigüedad. Expertos estadounidenses explicaron al Wall Street Journal que el grupo podría llegar a ingresar unos 100 millones de dólares al año con esta práctica. El expolio de Irak, no  es real, las  obras de ate y monumentos son falsos los originales ya los han vendido. "La limitación del tráfico ilegal de bienes culturales tiene que convertirse en una prioridad, ya que esta actividad, junto al tráfico de droga y armas y la trata de personas, proporciona fondos financieros a los extremistas, quienes han privado de sus hogares a miles de personas en Siria e Irak"

Los rescates cobrados por secuestros, generan el ingreso de otras decenas de millones. Además, el grupo podría haber ingresado unos 318 millones de euros cuando tomó la ciudad de Mosul y accedió a su banco central. Esta cifra, sin embargo, no está confirmada.


El Estado Islámico recibe también donativos del mundo "rico árabe". Diferentes organizaciones islamistas almacenan cantidades monetarias para proyectos supuestamente humanitarios. Donantes privados de las monarquías del Golfo reunieron muchos millones de dólares en los comienzos de la organización. Actualmente no se sabe si ese dinero continúa fluyendo. Estados Unidos intenta seguir el rastro del dinero para identificar a los bancos involucrados en la trama y poder cortar los flujos financieros.

Haga vd. como yo, no se meta en política" -joder- somos 46 millones de politólogos en España.

Con Franco no hubiese pasado la masacre de Francia. Siempre decía que a todo lo que oliese a moro había que darle por donde no cojease. Posiblemente, Franco dejó muchas órdenes por cumplir, todas ellas perduran, pero ninguna de obligatorio cumplimiento -órdenes ligth-. Posiblemente, la más suspicaz fue  la de Emilio Romero: "Haga vd. como yo, no se meta en política". Está considerada como una ironía galaica o como exhibición de cinismo, pero en realidad no es sino puro y declarado realismo: y no digo "realismo socialista" porque no quiero molestar a nadie. Franco era realista, a falta de mayores virtudes (aunque hoy tenemos algunos gobernantes que carecen hasta de ésa): sabía por tanto que allí donde manda exclusivamente uno -o unos pocos elegidos- no debe hablarse de política. Las dictaduras sólo pueden hacer política exterior -porque fuera mandan también otros-, pero hacia dentro no hay más que represión de la política, es decir, persecución de los competidores en la facultad de mandar. Y trucos para seguir mandando a pesar de los pesares, como podrán ver si se fijan un poco los que asistan en Pekín a los Juegos de la Villanía Olímpica.

La política (para Franco –dictador social del siglo XXI-, para los dictadores chinos, para la familia Castro y para tantos otros) no es más que la actividad sediciosa de quienes se oponen al régimen y tratan de derrocarlo con malas artes, es decir, con artes subversivas que pueden poner en peligro el monopolio antipolítico de la autoridad establecida.

Cuando digo que la orden de Franco de no meterse en política sigue vigente no pretendo insinuar que hoy en España mande sólo uno o sólo unos cuantos, lejos de mi tan comprometedora insidia. Pero creo que aún perdura cierta nostalgia de los tiempos en que las decisiones importantes estaban reservadas a una casta restringida, excluyente y poco acogedora para quienes no tenían debidamente aprobadas las pruebas de acceso.

Ahora la libertad de opinar está reconocida, faltaría más: se puede criticar severamente a quienes gobiernan, a diferencia de la época franquista felizmente dejada atrás. Incluso está comúnmente admitido que se puede despotricar y dar coces contra el aguijón, con todo el estruendo del caso. No son prácticas recomendadas, pero se las acepta como males inevitables que acompañan las sencillas alegrías populares de la vida democrática, un poco como el ruido ensordecedor de los fuegos de artificio es a la vez un inconveniente (y también un aliciente para muchos) de las jornadas festivas en nuestro país propenso a la traca.

Criticar, vociferar, patalear... pues venga, que no falte de nada, también el Gobierno tiene sus adictos dispuestos en los medios de comunicación a devolver como frontones las censuras que se le hacen contra los partidos de la oposición que pudieran beneficiarse de ellas. Pero cosa diferente es que ciudadanos sin mejores títulos políticos (es decir, simples especialistas en obedecer) pretendan con descaro plantear iniciativas y promover acciones que puedan interferir de algún modo eficaz en lo que los especialistas en mandar han acordado entre ellos. Tanto atrevimiento es visto e inmediatamente descalificado como intrusismo profesional por parte de los políticos que manejan el mundo de las decisiones, no ya de las opiniones.

El dicterio que utilizan para derogar esa injerencia resulta cuando menos sorprendente: pretenden insultarla tachándola de "política". No hay nada peor que hacer política o moverse por razones políticas si uno no tiene la debida autorización oficial. Hacer política cuando no es político reconocido equivale a poner multas sin ser guardia municipal: una forma de usurpación. Y de poco sirve recordar a quien corresponda que en una democracia los políticos -no por afición sino por institución- somos todos los ciudadanos.

Se nos dirá entre dientes que puede que así sea en teoría pero que no hay derecho a tomárselo tan en serio en la práctica... fuera de las debidas y reguladas convocatorias electorales. Para hacer política hay que sacarse licencia, igual que para dar de comer los restaurantes londinenses exhiben en la puerta, a fin de evitar problemas legales, su fully licensed.

A los aficionados a las novelas decimonónicas estas precauciones institucionales nos resultan sobradamente conocidas. Son muy similares a las que rodeaban en aquellos días ese otro negocio oscuro y peligroso, el amor.

Tal como la política, el amor es también ardiente y sucio pero imprescindible para el mantenimiento de la sociedad. El amor no es nada de lo que hay que ser: no es objetivo, ni desinteresado, ni equilibrado, ni renunciativo (en amor nadie dice "pase usted primero" salvo los gilipollas y Humphrey Bogart en Casablanca): exactamente igual que el afán político, que comparte esas características apasionadamente viciosas y también lo tempestuoso de sus consecuencias.


Amor y política tienden a la obsesión monotemática, a excluir todo lo demás para imponerse, es decir -en los casos más graves e incurables-, al romanticismo. Como expuso Gregory Vlastos en su excelente estudio sobre la figura de Sócrates (Cambridge University Press, 1991): "Singularizar uno de los muchos valores de nuestra vida, elevarlo tan alto por encima del resto que debamos elegirlo a cualquier precio, es una de las muchas cosas que han sido llamadas romanticismo en la época moderna. Su típica expresión es el amor sexual". Añado por mi cuenta que la política es otra de ellas. Y por supuesto el aura romántica no disculpa ni aminora las barbaridades que en último extremo algunos posesos pueden cometer al dejarse arrastrar por su manía fatal: los celosos que asesinan a su pareja cuando decide abandonarles o los terroristas que matan sin escrúpulos a quienes se oponen al cumplimiento de su ideal son probablemente románticos en fase terminal y no por ello menos abominables.

De modo que el amor y la política son obnubilaciones arrebatadoras aunque socialmente imprescindibles, y por lo tanto las autoridades pretenden encauzarlas para minimizar riesgos. En cuestiones de amor se aconsejaba un noviazgo largo y casto (si es posible, dirigido por los padres de ambos), un matrimonio conveniente bendecido por la Iglesia ("es mejor casarse que abrasarse", San Pablo dixit), los hijos que correspondan, la resignación a un aburrimiento digno y sin encharcamientos sensuales.

Dentro de tales rutinas y normas el amor resultaba cosa productiva, tan edificantemente provechosa como la inversión en fondos del Estado. Fuera de ellas podía convertirse en una fiebre lujuriosa, destructiva, tal como atestiguan los tristes destinos de Emma Bovary o Anna Karenina. Y después lo mismo ocurre en política: quien sienta la comezón participativa, debida a una sobreexcitación de sus hormonas democráticas, debe afiliarse a un partido sólido y acrisolado, pasar en él los largos y abnegados años de meritoriaje, ascender poco a poco en la jerarquía burocrática, obedecer a los líderes hasta llegar a serlo uno mismo y sobre todo barrer siempre para casa. Por esta vía cualquier peón indocumentado adicto a la propaganda sectaria puede convertirse en un respetable hombre de Estado: ejemplos no faltan, miren a su alrededor.

En caso contrario, la pasión política asilvestrada lleva a los más atroces desvaríos: crispación, hacer el juego al adversario y sobre todo inoportunidad. Ninguna iniciativa política propuesta desde fuera de los partidos puede corresponder al espíritu del momento ni a lo que pide la situación presente, porque la oportunidad y lo que pide el momento presente son la principal manufactura monopolizada por los partidos. Fuera de la Iglesia no hay salvación, ni en el amor ni en la política... y así para siempre.

Bueno, para siempre no. Hace más de un siglo que los amores se libraron del corsé pudibundo y hoy leemos las desventuras de los viejos amantes con melancólico alivio. Esperemos que no haga falta otro siglo más para que la participación política reciba también de forma pública y efectiva la bendición del libertinaje.


Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

A los musulmanes se les debe prohibir hasta el oxígeno para respirar. -Si, musulmanes-

El silencio es denso, cerrado, mucho silencio, demasiado silencio. Cierras los ojos y siguen desfilando imágenes de cadáveres sobre las aceras, voces en off de las televisiones, galería de los horrores de una noche que parece no terminar nunca. Sabes que a tu teléfono siguen llegando mensajes “¿estás bien?”, “¿estáis todos bien?”, pero lo dejas mudo con una desagradable sensación de aprensión, como un mal augurio de algo que todavía no ha ocurrido. Inicias entonces un macabro recuento de presencias que pueda conjurar ese miedo infantil a una noche plagada de fantasmas.

Bien entrada la noche, en medio de la oscuridad se oyen las sirenas y piensas en todas aquellas personas que esperan una noticia, en esos padres que se agolpan a la puerta de una discoteca para encontrar, puede ser, quizás, un cuerpo sin vida. Te revuelves. Sabes que, como tú, miles de personas están tendidas sobre sus camas escuchando esos mismos sonidos, acechados por esos mismos pensamientos; que esas sirenas son, en la noche muda, el hilo conductor de ese sentimiento extraño de sentirse uno y vulnerable. Esas sirenas se convierten en el canto fúnebre de esta cuidad herida. Los musulmanes están demás entre la humanidad.
Acaba de decirlo Erdogan, y la cortina de humo es lógica si tenemos en cuenta que está llevando una política de islamización en Turquía, muy distante de la imposición radical de la hisba, el orden impuesto por el Estado Islámico, pero con una convergencia de fondo en el sunnismo y pasadas tolerancias en cuanto al tráfico de armas y petróleo. Obama ha trazado esa misma vía, que siempre ha tenido por objeto evitar que los actos criminales de unos musulmanes se volvieran en Occidente contra todos los musulmanes. El problema reside en que si bien el islam no es terrorista, insistamos en ello, el yihadismo, y como culminación suya el Estado Islámico sí son una versión ultraortodoxa del islam. Y a partir de ahí se explica gran parte de su éxito. El resto corresponde a la revolución en las comunicaciones (Internet, teléfonos móviles) que han multiplicado tanto la expansión ideológica como las posibilidades de atentar.

Ese éxito se traduce en la captación creciente de oriundos del islam y conversos en Occidente. Pero no parece que en las matanzas de París hayan sido sino cómplices, según las primeras informaciones. El hecho es que la policía francesa estima en 1.800 los terroristas potenciales en su territorio; una justificación para el estado de urgencia decretado. Conviene entonces preguntarse por las razones de que el ISIS gane tantos seguidores.

La primera es que superando a Al Qaeda, tiene una base territorial, es una especie de Estado con su califa al frente, y no solo un aguijón terrorista que golpea. El terror es aquí el instrumento de la comunidad islámica, organizada políticamente, germen de una expansión que deberá abarcar a todos los musulmanes primero y al mundo después, como prescribe el Corán. Y que cubre los supuestos de la lucha apocalíptica contra el Satán occidental, que llevará a la victoria definitiva de Dios, yihad mediante. Un terror cuya práctica ilimitada autoriza también el libro sagrado. Eliminados todos los matices, tanto en la práctica de la yihad como respecto de otros (gentes del libro), la creencia deviene un maniqueísmo de aniquilación.


La idea de Dios emerge de una relación de dependencia absoluta bien real, la existente entre el esclavo y aquel que lo posee sin límite alguno, y esta superioridad se proyecta sobre los no creyentes, los cuales, de no someterse, han de ser exterminados. Los creyentes construirán entonces la sociedad islámica perfecta, que el ISIS exhibe en sus vídeos, por contraste con la depravación occidental. Un atractivo más, mientras sus éxitos muestren que su empresa responda a la ejemplaridad de la conducta atribuida al profeta. El yihadista del ISIS se ve así en lo imaginario como un guerrero de la primera expansión islámica. La brutalidad, el trato depravado a las mujeres, la deshumanización en una palabra, no cuentan.

Los trileros de Cataluña y sus soplagaitas de la botifarra.

Posiblemente resultaba menos costoso parar el tren antes de que llegara a esta estación, donde el retorno es prácticamente imposible. A la vista de una situación donde ya no cabe, para los independentistas, aceptar compromisos que encaucen constitucionalmente su aspiración, ni para el Gobierno proponer una negociación desde otras posiciones de fuerza que las que llevan al artículo 155, resulta lícito pensar en la pertinencia de que la reforma legal que asigna al Tribunal Constitucional facultades ejecutivas frente a la desobediencia de las instituciones de Barcelona, hubiese entrado en vigor antes de la fantasmagórica consulta alegal/ilegal del pasado año. O que el Constitucional se hubiese olvidado de la pretensión de exhibir una imparcialidad que ya no es reconocida en Cataluña, impidiendo que la sesión de hoy hubiese tenido lugar. El orden del día y la propuesta de independencia de Cataluña estaban ya presentadas, y era mejor que la presidenta del Parlament, que en cualquier caso iba a ignorar la resolución, no tuviese tras de si más que su santa voluntad de romper, sin respaldo alguno, en vez de contar como ahora con la legitimación (ilegal eso sí) derivada del voto del Parlament para seguir adelante.

Todo esto tiene que ver con el propósito, no de interrumpir una trayectoria ya irreversible, sino de abrir tiempo para una necesaria negociación. La huida hacia adelante del bloque independentista, si no es interrumpida por sus esperpénticas fracturas internas, no puede detenerse sin graves costes para sus componentes. En la vertiente opuesta, aquí no cabe el stand by. En términos de respeto a la Constitución, y más aún, a las reglas de la democracia y a los intereses vulnerados de los ciudadanos —españoles en conjunto, mayoría de catalanes no independentistas— no le cabe otro remedio a Rajoy que poner en marcha inmediatamente los mecanismos legales para detener la secesión. Solo de haber existido, o de existir en el futuro, un tiempo suficiente para acordar una solución que ante todo defienda el orden constitucional, pero también responda a la innegable presión independentista, sería posible evitar el choque de trenes.


El referéndum en 2016 no es salida, dada la situación política de Cataluña, nada propicia para un debate pluralista. Nuestros politólogos a la violeta de Podemos debieran saber que no hay condiciones democráticas hoy para un referéndum, por añadidura constitucional, con un ambiente independentista que sofoca toda otra alternativa (la inspirada en el sentimiento dual de identidad, por ejemplo). La única solución residiría en un pacto por abrir una reforma constitucional para reordenar en sentido federal al actual Estado de las autonomías, en el cual fueran comprendidos las condiciones, y los límites, para el ejercicio de una eventual autodeterminación. Y también una reordenación de la fiscalidad, sin privilegios y sin solidaridades territoriales ya demasiado costosas políticamente. Pero hace falta tiempo y no lo hay.

Gobernará Rajoy, pero con rarezas.


¿Estaremos ante una legislatura breve? ¿Los resultados que salgan de las urnas impedirán una estabilidad para que se pueda gobernar? Los dos grandes partidos, PP y PSOE, son los que más mueven este mensaje, molestos, asustados, con la irrupción de Ciudadanos y Podemos. Tratan de que no se les escape ningún voto con ese mensaje del miedo. Pero la política, esta vez más que nunca, es una extraña contabilidad basada en la emoción. El escenario está más vivo y más abierto que en cualquiera de las anteriores elecciones generales que hemos vivido. La votación del 20D es para cuatro años, pero no pasa nada, en un país maduro, por que tengamos que vivir una legislatura más breve, si no hay acuerdos. España tiene que madurar. Ha sucedido y sucede en otros países. Y el oficio del político es el diálogo y el pacto. Si los pactos no llegan o son inestables, se vuelve a votar. Es muy posible que así suceda en Cataluña, con el Parlamento que salió de la voluntad de los catalanes. Es muy probable que estemos, como dicen los pensadores, en un nuevo tiempo. Un tiempo que es fronterizo, un momento de la Historia en la que, como asegura el clásico, parece que nos han cambiado todas las preguntas y todas las respuestas. Ya hay quien la ha puesto nombre a esta década. La década rara. Nunca tantas certidumbres se habían derrumbado tan de golpe. También en España. También en la política española. Se acabó el turno del bipartidismo. Tenemos que aprender a convivir de nuevo. ¿Será un Congreso de los Diputados de media o un tercio de legislatura? Lo decidiremos los electores que para eso estamos llamados. 

Suspendida cautelarmente la autonomía de Cataluña.

La presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, será responsable directa de posibles incumplimientos de las resoluciones judiciales sobre la declaración independentista que se aprobaron el  lunes en el Parlamento catalán.  Aunque la suspensión cautelar puede afectar a todos los parlamentarios que incidieron con su voto favorable un acto delictivo.
Si bien hace hace diez días solo había una declaración de desconexión redactada y hoy esta declaración está aprobada por el Parlamento. Se cumplió el programa previsto, votaron sí los que iban a votar sí, votaron no los que iban a votar no y Rajoy hizo la declaración institucional que tenía preparada. Ninguna sorpresa, como tampoco lo habrá a partir de ahora: Consejo de Estado, Consejo de Ministros, recurso al Constitucional, suspensión automática de la resolución, desobediencia institucional, más recursos, más desobediencias, sanciones, protestas en la calle y así durante el tiempo que el independentismo disponga.

Lo que inquieta es otra cosa: el tono de las palabras. El independentismo que se escuchó ayer no tiene ningún reparo en sus expresiones. Da por deslegitimado al Tribunal Constitucional. Está convencido de que inicia la construcción del Estado catalán. Proclama su «insubordinación democrática». Habla con desparpajo de república catalana. Y se aplauden a sí mismos con el fervor del soldado que acaba de conquistar una loma, sin importarle nada las víctimas que deja. «Palabras épicas», dijo el diputado Coscubiela. Y tampoco ha sido menos épico el presidente al cumplir con la otra parte del guión: «Cataluña no se desconectará de nada».

Más allá de las palabras, la crisis constitucional está servida. El desgarro se sigue produciendo con intensidad cada día mayor. Cuanto más agresivo y rotundo es el lenguaje nacionalista, más agresiva es la respuesta de los representantes del Estado. Desde los sucesos de 1934 nunca la unidad española había sido tan amenazada. Hemos pasado momentos peores, entre ellos nada menos que una guerra civil, pero nunca hubo un desafío tan intenso ni dramático en período de paz. Ahora vamos a asistir a un fenomenal combate también anunciado: el que enfrenta el imperio de la ley y el de una voluntad popular manipulada. Esa es la confrontación, con un agravante: el vacío de poder ejecutivo en Cataluña, con un presidente Mas al que todo el mundo considera provisional y, encima, no deseado.


Rajoy viene utilizando dos conceptos para hacer frente al desafío: proporcionalidad y prudencia. Seguramente los mantendrá, pero sigue siendo inevitable que añada alguna reflexión sobre el mañana: desde la ley se puede frenar esta locura, pero solo se puede frenar. El independentismo no va a renunciar y ha dejado la semilla de la utopía en boca de Romeva: no hay otra opción y la independencia se conseguirá ahora o la conseguirán otros, pero seguirán luchando por ella. ¿Cómo? Con el pueblo detrás. Eso es lo que le falta de forma clara, indiscutible, al Estado español.

El golpe de Estado en el Parlamento español instaurado, puntualmente, en Cataluña, cuestiona a Rajoy.

Seguro que el ruín de Pedro Sánchez, el dueño  de Ciudadanos o don Quijote en Podemos hubiesen contado para nada con la oposición ni con el Tribunal Supremo (políticos e ineptos) para "dar un golpe en la mesa" ¡¡YA¡¡ a la cárcel con los secesionistas de los cojones. Solo quieren dar forma legal al 3% y otras muchas más tropelías cometidas por los parlamentarios  

La resolución independentista –rompemos con España-  que Convergència, Esquerra, la CUP y otros bichos raros han aprobado hoy  en el Parlament catalán es un asunto muy grave y de implicaciones peligrosas para nuestra democracia. No debe ser, pues, frívolamente minusvalorada.

Nunca hubiese permitido que los catalanes....
Se equivocan quienes recalcan su presunta factura táctica, los que subrayan que obedece solo a la voluntad de provocar reacciones mayúsculas o los que sostienen que su aplicación sería más moderada que su literalidad. Al contrario, es una proclama de destrucción del ordenamiento legal: apela a romper con la Constitución, quiebra las principales previsiones de reforma del propio Estatut, viola la voluntad de la mayoría de los ciudadanos de Cataluña y llama al desacato frontal contra las instituciones democráticas. Supone un verdadero golpe al Estado, uno de los desafíos más graves infligidos a la democracia española y a la autonomía catalana.

No se trata de una mera provocación abstracta, sino de un plan muy concreto de ruptura del orden constitucional. Porque ordena que antes de 30 días se tramiten en la Cámara concretas leyes para su ruptura. Un golpe de Estado en toda regla delictiva.  Tanto los componentes del Tribunal Supremo como TODOS los parlamentarios  que han votado afirmativamente, esta noche, deberían estar en la cárcel.

La operación entraña graves riesgos de itinerario. Su retórica y objetivos golpistas no dejan al Gobierno opción a ignorarla. Viene obligado a recurrirla ante el Tribunal Constitucional, y este, a admitirla a trámite con el efecto de suspenderla. Y así, automáticamente con todas las violaciones de la ley que se deriven. El riesgo futuro de esta dinámica viene de la pasada demostración de irresponsabilidad de las actuales autoridades autonómicas, del presidente de la Generalitat en funciones, Artur Mas, a la nueva titular del Parlament, Carme Forcadell. De la propensión al engaño, el desprecio al orden, la desleal astucia y la corrupción del propio partido de aquel, se sabe casi todo. De Forcadell quedan sus extemporáneos vivas a una inexistente República; su confusión de la Cámara con la agitación que organizaba como jefa de la Asamblea Nacional Catalana, y el despliegue de su sectarismo ninguneando a los partidos de oposición.

La presunción de que líderes de esta ínfima calidad democrática traten de oponerse a las decisiones judiciales no solo con recursos, sino con algarabías callejeras, es, pues, de cajón. Y ya se sabe que la estrategia de la tensión multiplica los riesgos de accidentes, deseados o no. De efectos más dañinos en un período de transición, como el preelectoral. La sensatez de unos y la proporcionalidad de todos debería ser la aguja de navegar siempre. Pero sobre todo hasta el 20-D y más allá, hasta la consolidación de un nuevo Gobierno.


Todo desatinos. Que la declaración unilateral de independencia como secuencia a iniciarse hoy no va por ahí lo indica la agenda económico-social adicional aprobada por los dos grupos secesionistas. De perfiles ambiguos y perfume radical (renegociación de la deuda), lo peor no son sus herejías para un partido business friendly, como perjuraba ser el de Mas. Lo peor es que no condena las comisiones del 3% ni los otros turbulentos negocios pujolistas, ni obliga al Gobierno autonómico entrante (algún día lo habrá) a personarse ante el juez contra ellos. Por eso el secesionismo, también el de Esquerra y la CUP, está jugando en la práctica, diga lo que diga su teoría, en favor de esa ingente corrupción. 

El Parlamento de Cataluña, hoy, ha sido sitiado y saqueado por talibanes. Ellos son los dueños.

El Parlamento catalán aprobó los 9 puntos de la propuesta de resolución

El Ejecutivo pedirá al Consejo de Estado el informe preceptivo para recurrir la resolución ante el Tribunal
Ni los propios visigodos se ensañaron con los monumentos romanos, ni los cristianos los versículos del Corán de la Alhambra, pero algunos partidos políticos catalanes sí quieren borrar la historia. Como los talibanes dinamitando las estatuas milenarias de Buda en Afganistán, el Parlamento de Cataluña ha aprobado sustituir el escudo que preside la fachada de este edificio, el de armas de Felipe V, por las cuatro barras de la bandera catalana.

Primer paso del desafío total al Estado

Los independentistas tratan de imponer la «desconexión» con el resto de España frente a un Gobierno dispuesto a utilizar todo el arsenal jurídico de que dispone para

El Parlamento catalán aprobará hoy la resolución pactada por Junts pel Sí y la CUP que da inicio al proceso secesionista y llama a la desobediencia de las leyes españolas. Lo que equivale a una declaración unilateral de independencia de facto. Los independentistas harán valer su mayoría absoluta de escaños para seguir adelante con su hoja de ruta, que supone la «desconexión» con el Estado español, pese a haber perdido el plebiscito en que ellos mismos convirtieron las elecciones autonómicas, ya que no llegaron ni al 48 % de los votos. Su objetivo es completar el proceso de separación en un plazo de 18 meses.

Se trata de un desafío total al Estado y a la Constitución, que está provocando una crisis institucional sin precedentes. Políticos como el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, el exvicepresidente Alfonso Guerra o el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, han coincidido en calificar como golpe de Estado institucional o civil.

¿Qué dice la resolución independentista?

Declara el inicio del proceso para crear un Estado catalán independiente en forma de república, proclama la apertura de un proceso constituyente para establecer las bases de una constitución catalana, pide iniciar la tramitación de las leyes del proceso constituyente, de seguridad social y de hacienda pública en un plazo máximo de 30 días, llama a la desobediencia de la legislación española, especialmente de las decisiones del Tribunal Constitucional, e insta al futuro Gobierno a cumplir exclusivamente las normas o mandatos emanados del Parlamento autonómico.

¿Qué hará el Gobierno?

Impugnará inmediatamente la resolución ante el Constitucional, que lo admitirá a trámite, lo que supondrá su suspensión automática. Esto quiere decir que todos los actos que emanen de la misma serán nulos. Existe un precedente, la llamada declaración soberanista del 23 de enero del 2013, que no iba ni mucho menos tan lejos como la que se va a aprobar hoy, que consideraba al pueblo catalán como sujeto político y jurídico soberano. Primero fue suspendida tras la impugnación del Gobierno y posteriormente, el 24 de marzo del 2014, el tribunal dictó una sentencia por la que la declaraba nula e inconstitucional el principio de soberanía.

¿Qué sucederá si se desobedece la suspensión?

Los independentistas han dejado claro que no van a obedecer lo que dictamine el Constitucional. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría señaló el viernes a la presidenta del Parlamento catalán, Carme Forcadell, como la máxima responsable política pero también jurídica de los posibles incumplimientos. El Gobierno está dispuesto a aplicarle la reforma del Tribunal Constitucional, que se aprobó hace un mes únicamente con los votos del PP, para inhabilitarla. El tribunal enviaría a Forcadell una notificación personal de su decisión de suspender la resolución secesionista para que quede constancia de su responsabilidad en caso de incumplimiento. Desde ese momento, Forcadell no podría realizar ningún acto que emane de la declaración aprobada por el Parlamento catalán. En caso de que desobedeciera, el propio tribunal, de oficio o a instancias del Gobierno, la requeriría para que diera explicaciones. Si transcurrido el plazo fijado se mantiene el incumplimiento, el TC la suspendería. También podría recabar la colaboración del Gobierno para que adopte las medidas necesarias que aseguren el cumplimiento de sus resoluciones.

¿El Gobierno podría aplicar el artículo 155 de la Constitución?

Sí, podría hacerlo ya porque con la aprobación de la resolución separatista se darían los dos supuestos que establece ese artículo, que una comunidad autónoma no cumpla la Constitución y las leyes o que actúe de forma que dañe gravemente el interés general de España. Para el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago Roberto Blanco Valdés, el momento de aplicarlo sería cuando el Parlamento catalán desobedeciera al Constitucional. El Gobierno quiere esperar lo más posible antes de acudir a la medida más extrema que existe en el Estado autonómico. La pata caliente quedaría para el próximo ejecutivo salido del 20D.

¿Por qué ha aceptado Artur Mas las exigencias de la CUP ?

Quiere ser presidente de la Generalitat a toda costa. Por ello, ha cedido a todas las demandas de la CUP, una formación antisistema en las antípodas ideológicas de su partido. Mas considera que su única posibilidad de repetir en el cargo pasa por otorgar a la CUP el trofeo de una resolución que va más allá de lo que recogía el programa de Junts pel Sí. Eso explica que el presidente, que ha sido campeón de los recortes haya aceptado añadir un anexo a la declaración para blindar derechos que supone desobedecer leyes españolas vigentes. Mas se juega su supervivencia política, acosado por el caso del 3 % que señala a CDC y por el escándalo de corrupción que implica a su padre político, Jordi Pujol, y su familia.

¿Será Mas presidente de la Generalitat?


De momento solo cuenta con el respaldo de su grupo, Junts pel Sí, que no llega a la mayoría absoluta que necesita para ser investido el martes. Si, como se espera, no la consigue se volverá a votar el jueves. Ya le bastaría con la mayoría simple (más votos a favor que en contra). A partir de ahí, se podrán ir celebrando votaciones hasta el 9 de enero, fecha límite. La CUP insiste en que no facilitará su investidura y va a proponer un candidato alternativo de CDC. En el caso de que ningún aspirante a la Generalitat lograra ser investido habría nuevas elecciones. De hecho, Mas ya trabaja en un plan B que contempla ir a las urnas en marzo, ya que no está dispuesto a dar un paso atrás.

El populismo y su farsa promesa económica.






Las políticas de derroche económico han delimitado a la clase media y baja. ¿Por qué seguir con este sufrimiento?

Dice el viejo adagio que los hechos no encajan en la teoría, cambia la teoría. Pero muy a menudo, es más fácil mantener la teoría y cambiar los hechos, o eso es lo que parece creer la canciller alemana Angela Merkel y otros líderes europeos partidarios de la austeridad. Aunque los hechos siguen mirándoles a la cara, ellos continúan negando la realidad. Tampoco es buena la teoría de a mayor déficit, mayor gasto; esta es semiasesina para las clases medias –que ya no hay- y bajas.

Nunca ha fallado el control del gasto, pero hay quienes dicen que la austeridad ha fracasado. Pero sus defensores están dispuestos a cantar victoria sobre la base de la evidencia más débil posible: la economía ya no se está hundiendo; por tanto, ¡la austeridad debe estar funcionando! Pero si ese es el punto de referencia, podríamos decir que saltar desde un acantilado es la mejor manera de bajar de una montaña; al fin y al cabo, ya se ha dejado de caer.

Sin embargo, todas las crisis llegan a su fin. El éxito o el fracaso, en consecuencia, no se debe medir por el hecho de que la recuperación se haya producido, sino por la rapidez con la que dicha recuperación se afiance y cuán extensos han sido los daños causados por la caída.

Visto en estos términos, la austeridad descontrolada ha sido un desastre total y absoluto, desastre que se ha hecho cada vez más evidente a medida que las economías de la Unión Europea se enfrentan una vez más al estancamiento, —si es que no se enfrentan ya a la tercera recesión en siete años— con un desempleo que persiste en niveles récord y, en muchos países, con un PIB real per capita (ajustado según la inflación) en niveles que permanecen por debajo de los niveles anteriores a la crisis. Incluso en las economías que han funcionado mejor, como la de Alemania, el crecimiento desde la crisis de 2008 ha sido tan lento que en cualquier otra circunstancia sería clasificado como pobre.

Los países más afectados están en depresión. No hay otra palabra para describir economías como la española o la griega, donde casi una de cada cuatro personas —y más del 50% de los jóvenes— no puede encontrar trabajo. Decir que la medicina está funcionando porque la tasa de paro se ha reducido en un par de puntos porcentuales, o porque uno puede ver un atisbo de magro crecimiento, es similar a que un barbero medieval diga que una sangría está funcionando porque el paciente todavía no ha muerto.

Aún más preocupante es el hecho de que la brecha se está ampliando, en vez de cerrarse (como sería de esperar después de una crisis, cuando el crecimiento suele típicamente ser más rápido de lo normal ya que la economía trata de ganar el terreno perdido).


En pocas palabras, la larga recesión está reduciendo el crecimiento potencial de Europa. Los jóvenes, que deberían estar acumulando habilidades, no lo están haciendo. Hay pruebas abrumadoras de que dichos jóvenes se enfrentan a la perspectiva de que los ingresos que alcancen durante su vida profesional serán significativamente menores a los que habrían obtenido si hubieran entrado en el mercado de trabajo en un periodo de pleno empleo.

Mientras tanto, Alemania está obligando a otros países a seguir políticas que debilitan sus economías —y sus democracias—. Cuando los ciudadanos votan en reiteradas ocasiones por un cambio de políticas —y pocas políticas les importan más a dichos ciudadanos que aquellas que afectan a su nivel de vida—, pero se les dice que estos asuntos se deciden en otra parte o que no tienen otra opción, tanto la democracia como la fe en el proyecto europeo se deterioran.

La Francia -socialista- votó a favor de un cambio de rumbo hace tres años. A pesar de ello, a los votantes se les ha dado otra dosis de austeridad proempresarial. Una de las propuestas más antiguas en economía es el multiplicador del presupuesto equilibrado: aumentar en sucesión los impuestos y el gasto público sirve para estimular la economía. Y cuando los impuestos se dirigen a gravar a los ricos y los gastos se dirigen a beneficiar a los pobres, ese multiplicador puede ser especialmente alto. Sin embargo, el llamado Gobierno socialista de Francia está bajando los impuestos de sociedades y reduciendo el gasto público, una receta que con casi toda seguridad va a debilitar la economía, pero que recibirá los parabienes de Alemania.

La esperanza es que los impuestos más bajos a las empresas estimularán la inversión. Esta idea es un auténtico disparate. Lo que está frenando la inversión (tanto en Estados Unidos como en Europa) es la falta de demanda, no los altos impuestos. En efecto, teniendo en cuenta que la mayor parte de la inversión se financia con deuda, y que los pagos de intereses son fiscalmente deducibles, el nivel de impuestos corporativos tiene poco efecto sobre la inversión.

Del mismo modo, se está alentando a que Italia acelere su proceso de privatizaciones. Pero el primer ministro Matteo Renzi tiene el sentido común de reconocer que la venta de los bienes nacionales a precio de saldo no tiene mucha razón de ser. Son las consideraciones a largo plazo, no las exigencias financieras a corto plazo, las que deberían determinar qué actividades se producen en el sector privado. La decisión debería basarse sobre de qué forma las actividades se llevan a cabo de manera más eficiente, sirviendo de la mejor manera a los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

No siempre, la privatización de las pensiones, por ejemplo, ha demostrado su alto coste en los países que han intentado el experimento. El sistema de atención sanitaria estadounidense, en su mayoría privado, es el menos eficiente del mundo. Estas son preguntas difíciles, pero es fácil demostrar que la venta de activos públicos a precios bajos no es una buena manera de mejorar la solidez financiera a largo plazo.


Todo el sufrimiento en Europa —infligido al servicio de un artificio hecho por el hombre, el euro— es aún más trágico por ser innecesario. A pesar de que se acumulan las pruebas de que la austeridad no funciona, Alemania y los otros halcones han redoblado su respaldo a dicha austeridad, apostando el futuro de Europa por una teoría desacreditada desde hace ya mucho tiempo. ¿Para qué seguir dándoles más pruebas de ese hecho a los economistas?