Ya pocos relacionan libertad, verdad y belleza. ¿Políticos?

Prácticamente han desaparecido el acto de leer y la mirada reflexiva sobre el arte producido durante milenios. Síntoma de este deterioro es la abrupta sustitución de la lógica filosófica por la del emprendedor en la reforma educativa

Posiblemente lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema —o, más bien, el síntoma— no eran los bajos niveles de venta de libros sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno epocal que necesariamente marcará el futuro. El preocupado editor —un buen editor, de buena literatura— añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellers tradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.

De querer preocupar todavía más al editor, y a los que piensan como él, se podría analizar detenidamente la última encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareció en los medios de comunicación. No sólo un tanto por ciento muy elevado de la población jamás leía un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contemporáneos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas más útiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro está, a leer un texto que vaya más allá de la instrucción de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duración temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.

El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no está en condiciones de confrontarse con el legado histórico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de más de dos milenios. Este pseudolector —en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos— no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, “cultura”.

El mundo político ha expulsado sin titubeos de su retórica cualquier conexión cultural. Quien escuche una opinión semejante rápidamente alegará que hemos sustituido la cultura de la palabra por la cultura de la imagen, el argumento favorito cuando se conversa de estas cuestiones. De ser así, habríamos sustituido la centralidad del acto de leer por la del acto de mirar. Surgen, como es lógico, las nuevas tecnologías, extraordinarias productoras de imágenes, e incluso las vastas muchedumbres que el turismo masivo ha dirigido hacia las salas de los museos de todo el mundo. Esto probaría que el hombre actual, reacio al valor de la palabra, confía su conocimiento al poder de la imagen. Esto es indudable, pero, ¿cuál es la calidad de su mirada? ¿Mira auténticamente? A este respecto, puede hacerse un experimento interesante en los museos a los que se accede con móviles y cámaras fotográficas, que son casi todos por la presión del denominado turismo cultural.

Les propongo tres ejemplos de obras maestras sometidas al asedio de dicho turismo: La Gioconda en el Museo del Louvre, El nacimiento de Venus en los Uffizi y La Pietà en la Basílica de San Pedro. No intenten acercarse a las obras con detenimiento porque eso es imposible; apóstense, más bien, a un lado y miren a los que tendrían que mirar. La conclusión es fácil: en su mayoría no miran porque únicamente tienen tiempo de observar, unos segundos, a través de su cámara: de posar para hacerse un selfie. Capturadas las imágenes, los ajetreados cazadores vuelven en tropel a la comitiva que desfila por las galerías. ¿Alguien tiene tiempo de pensar en la ambigua ironía de Leonardo, o en la sensualidad de Botticelli, o en el sereno dramatismo de Miguel Ángel? Es más: ¿alguien piensa que tiene que pensar en tales cosas?

Paradójicamente, nuestra célebre cultura de la imagen alberga una mirada de baja calidad en la que la velocidad del consumo parece proporcionalmente inverso a la captación del sentido. El experimento en los museos, aun con su componente paródico, ilustra bien la orientación presente del acto de mirar: un acto masivo, permanente, que atraviesa fronteras e intimidades, pero, simultáneamente, un acto superficial, amnésico, que apenas proporciona significado al que mira, si este niega las propiedades que exigiría una mirada profunda y que, de alguna manera, se identifican con los que requiere el acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libre elección desde la libertad. Frente a estas propiedades la mirada idolátrica es un vertiginoso consumo de imágenes que se devoran entre sí. Al adicto a esta mirada, al ciego mirón, le ocurre lo que al pseudolector: tampoco está en condiciones de confrontarse con las imágenes creadas a lo largo de milenios, desde una pintura renacentista a una secuencia de Orson Welles: las mira pero no las ve.

Los ciudadanos han dejado de relacionar su libertad con la búsqueda de la verdad y la belleza. De ser cierto esto, la cultura de la imagen no ha sustituido a la cultura de la palabra sino que ambas culturas han quedado aparentemente invalidadas, a los ojos y oídos de muchos, al mismo tiempo. El pseudolector, que ha aceptado que a su alrededor se desvanezcan las palabras, marcha al unísono con el pseudoespectador, que naufraga, satisfecho, en el océano de las imágenes. La casi desaparición del acto de leer y, pese a la abundante materia prima visual, el empobrecimiento del acto de mirar llevan consigo una creciente dificultad para la interrogación. En nuestro escenario actual el espectáculo tiene una apariencia impactante pero las voces que escuchamos son escasamente interrogativas. Y con bastante justificación puede identificarse el oscurecimiento actual de la cultura humanista e ilustrada con nuestra triple incapacidad para leer, mirar e interrogar. Cuando en la última reforma educativa se defiende enfáticamente que la lógica filosófica va a ser sustituida, en la enseñanza escolar, por la “lógica del emprendedor” no hace sino sancionarse el fin de una determinada manera de entender el acceso al conocimiento. Aunque ni siquiera quien ha acuñado esta frase sabe qué diablos significa la “lógica del emprendedor”, aquella sustitución es perfectamente representativa del modo de pensar dominante en la actualidad.

El mundo político se ha adaptado sin titubeos al nuevo decorado, expulsando de su retórica cualquier conexión cultural. Esto habría sido imposible en los últimos tres siglos. Pero el mundo político, el que más crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, más o menos distorsionadamente. La expulsión de la cultura —o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogación— es un proceso colectivo que afecta a todos los ámbitos, desde los medios de comunicación hasta, paradójicamente, las mismas universidades. No obstante, en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesión parecen, hoy, valores más sólidos en la supuesta conquista de la felicidad.


Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho más feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar.

Shakira y Gerard Piqué se refirieron al video sexual que internet tanto busca. ¿Otro caso de un video filtrado?

Shakira y Gerard Piqué se refirieron al video sexual que internet tanto busca

Shakira

¿Otro caso de un video filtrado? Shakira y Piqué.

Las especulaciones en torno a la existencia de un vídeo sexual protagonizado por Shakira y su marido, el futbolista Gerard Piqué, han ido cobrando cada vez más fuerza durante los últimos días, llegando incluso a comentarse que estarían siendo víctimas de chantaje por parte de un antiguo empleado, que les habría solicitado una suma de dinero desconocida a cambio de no difundir las imágenes que la pareja había grabado supuestamente en la intimidad. Sin embargo, tanto el deportista como la cantante han desmentido ahora esa información a través de terceras personas.

¿Shakira dejará la música para convertirse en profesora?

Aunque son una de las parejas más famosas del mundo del fútbol, tanto Shakira como Piqué tratan de ser siempre lo más discretos posible con su vida privada y con todo lo relacionado con la privacidad de sus hijos, Milan (2) y Sasha (9 meses). De hecho, la cantante anunció el pasado mes de noviembre que a partir de ese momento no expondría tanto a su hijo mayor, a pesar de que hasta aquel entonces publicaba fotografías suyas con frecuencia en sus redes sociales.

Shakira hace alarde de sus hijos con una adorable fotografía

“Me ha gustado poder compartir con los fans y con las personas que siempre nos han apoyado la experiencia de ser padres y los primeros meses de vida de mi hijo. Pero ahora que Milan crece y que está dejando de ser un bebé, preferiría que la prensa no se enfocara tanto en él. Me gustaría que disfrutara de una infancia normal, en la medida en que sea posible “


























































































¿Habría que actuar con dureza/legal ante la crueldad de los independentistas?

¿Quién garantiza la democracia? La ley. Por tanto, los marcos normativos han de ser acatados, respetados y cumplidos. El espectáculo montado por parte de algunos partidos y personas en Cataluña contiene todos los ingredientes de una mala y nefasta estrategia. No porque no se pueda plantear, discutir y llegar a votar planteamientos de mayor autonomía o de singularidades más amplias que otras comunidades autónomas dentro del Estado; sino porque los denominados defensores del secesionismo, la desconexión y la independencia (todos juntos, aunque con objetivos y ambiciones diferentes) han hecho una apuesta escasamente consistente y viable. Muy semejante a los del hooliganismo antidemocrático.

Tiene razón Duran i Lleida (ex líder de CiU) cuando afirma que «flaco favor le están haciendo a sus ideas» los que están planteando dicha estrategia insurgente. Porque lo cierto es que la propuesta de resolución del Parlamento «instando al futuro Gobierno catalán a iniciar el proceso de independencia y de desconexión del Estado español», es ilegal. Tiene como objetivo provocar un enfrentamiento con el resto de la sociedad española; significa un desafío y un reto al Estado democrático de derecho; y supone un fraccionamiento dentro de su propia sociedad.

A mi juicio, la propuesta que desean votar el próximo lunes, saltándose los procedimientos y normas democráticas hasta ahora vigentes, y en base a una supuesta mayoría no lograda ni conseguida en las urnas, está llena de desesperación. Pone de manifiesto su escasa capacidad de liderazgo, al impedir ellos mismos abrir un proceso de negociación. Su actitud es la de imponer, muy forzadamente, su criterio, sea cual sea la fórmula arbitrada, como expresó con claridad el conseller de presidencia de la Generalitat, cuando dice: «Lo vamos a hacer, pues de una manera u otra se acabará votando», o cuando alguien de la CUP expresa, en tono amenazante: «Esto solo es el principio».

Llama la atención, en segundo lugar, cómo el presidente de la Generalitat no negocia el proceso, sino que se lo imponen. Da a entender que solo le preocupa salvar una imagen autoconstruida para una próxima historia tergiversada. De ahí, la presión de la CUP, que no tiene nada que perder y, sin embargo, mucho que ganar, pudiendo desplazar al anonimato al histórico partido de Jordi Pujol, con sus militantes, simpatizantes y su seny, hoy puesto en entredicho.

¿Cómo entender las respuestas? Tensar las instituciones catalanas al punto de hacerlas quebrar es una apuesta sin sentido, pienso yo. Querer tumbar a un Estado democrático de derecho no es fácil, si las propias instituciones del mismo funcionan y lo hacen utilizando los amplios márgenes que poseen. Lo lógico es que aquellos que presumen de no acatar las normas, de promover el incumplimiento de las mismas, de promover la trasgresión permanente y constante de los procedimientos democráticos, de alentar una falta de respecto a las normas, y una desobediencia a las autoridades, no deben seguir manteniendo su puesto, por lo que sería aconsejable proceder a la contención y al desarme jurídico de dichos actos y actitudes.

Al mismo tiempo, quienes han utilizado toda esta estratagema para presionar en el tablero de una negociación con el Estado y con el resto de los españoles, se han equivocado, porque han apostado por un rumbo de colisión, de enfrentamiento y de falta de empatía para poder sentarse a plantear cuestiones serias y de compromiso.

Me ofenden quienes afirman que el Estado español no es un Estado democrático; que nuestra democracia es débil; que no es solidaria y que no está legitimada. Por eso, me inclino a pensar que ante los que apuestan por la ruptura y una vez que estos hayan pasado las denominadas líneas rojas, debe existir una respuesta contundente, gradual y eficaz, contando con la fortaleza de la sociedad y que, al mismo tiempo, los partidos políticos actúen bajo el crisol de la legalidad y la legitimidad en una necesaria acción de freno.

Ahora es el momento y la oportunidad de debatir; no de desobedecer. Es la hora de tender la mano a quienes desean conformar un Estado estable, federal y cohesivo, no de asumir exclusivismos trasnochados y antidemocráticos. Hoy se exigen nuevos planteamientos y no pensar en ucronías. Es decir, actuemos políticamente.


Fernando González Laxe, Expresidente de la Xunta de Galicia. Para Blog de Juan Pardo

Cataluña es una barriada de España. El Constitucional ha querido decir que berree


Cataluña y las cosas que temen menos de la mitad de sus pobladores, las graves cosas de Cataluña, avanzan según el calendario y las estrategias previstas. La señora Forcadell, presidenta del Parlament, interpreta el reglamento a su gusto, convoca el pleno de la ruptura y cumple con los deseos independentistas, de los que es promotora y acicate. Los grupos constitucionales presentan recursos de amparo ante el Constitucional y lo hacen de forma conjunta, pero con textos distintos, como para dar más trabajo a un tribunal al que se reclama urgencia máxima.

Pase lo que pase con este episodio inicial del choque de trenes, la historia inmediatamente posterior está escrita y será una sucesión de recursos y suspensiones que desembocará en incitaciones a la desobediencia. El primero en desobedecer, el Parlamento catalán. Si alguien del Gobierno central o de las estructuras del Estado cree que resolverá algo, se equivoca: quien gana en estas peleas jurídicas es el soberanismo, que encuentra caldo de cultivo para hacerse la víctima y lucir los famosos tópicos del «Estado contra Cataluña», «ganan en los tribunales lo que pierden en las urnas» y otra frases de ritual ya escuchadas, que cuentan con público dispuesto a creerlas.

Ante ello, estoy comenzando a pensar que la solución del endiablado problema vendrá de la propia Cataluña y una vez más de un viejo principio: «Hace falta que todo se ponga muy mal para que se empiece a arreglar». Quien se está encargando de agravar todo, aprovechando la debilidad de Mas y sus secuaces es la CUP (Candidatura de Unitat Popular). Con sus diez diputados impone condiciones y programa, condiciona el calendario, se permite vetar a miembros del Gobierno y tiene sin vivir al propio presidente, al que cada día (ayer mismo otra vez) niega el voto de investidura. Solo faltaría que acabase imponiendo el nombre del nuevo presidente de la Generalitat, después de imponer una ideología sectaria, anticapitalista, anarquizante y revolucionaria.

Esto es lo que asusta y en algunos casos aterroriza a la sociedad catalana. Esto es lo que espanta al catalanismo que cree en la pujanza y en la creatividad de su tierra, pero desde una perspectiva liberal en el mejor sentido de la palabra. Esto es lo que ya provocó una primera rebelión interna en el Gobierno catalán, que Artur Mas trata de ahogar con la vieja y tópica amenaza de que «el que se mueve no sale en la foto». Y esto es lo que pienso que será más eficaz que los recursos y demás instrumentos de poder: que la sociedad catalana empiece a percibir en qué manos se puede poner si se sale del Estado español. Les aseguro que he escrito estas líneas porque ya empecé a percibir ese clima. Espero que nadie de Madrid lo estropee, como suele ser habitual.

Abertzales, radicales de izquierda, independentistas, populistas y gente de mal vivir.


Alberto Garzón, candidato de Ahora en Común a la presidencia del Gobierno de España con el que no comparto nada y, políticamente, ni ha sido ni será nada. En cambio me parece  un tipo  honrado  de los  de antes del 36.  No le veo posibilidad de ganar las elecciones, ni siquiera de tener un grupo parlamentario grande, pero es culpa de la sociedad, que abandonó su ideología. El único pecado de Garzón es que no supo integrar su pensamiento en las corrientes mayoritarias y eso también le honra: cree en lo que cree por convicción, no por oportunidad.

Reconocido todo eso, son inevitables dos preguntas. Una dirigida al presidente del Gobierno. Señor Rajoy: ¿por qué invita a la Moncloa al joven Garzón, si sabía de antemano que iba a rechazar un acuerdo con usted? Rajoy respondería que él habla con todos, como es su obligación incumplida durante toda la legislatura. Y yo le replicaría: de acuerdo, presidente, pero una negativa en este momento traslada a la sociedad la idea de que no hay unanimidad en torno a la idea de España. Es más: se percibe mayor barullo entre los unionistas que ganas de responder a los separatistas con una sola voz.

La segunda pregunta va dirigida al propio Alberto: si no coincide en nada con el Gobierno, ¿para qué pierde su precioso tiempo en acudir a la presidencia y pasar una hora de charleta con el primer ministro? ¿A qué fue usted allí? ¿A escuchar una oferta de diálogo o a aprovechar los altavoces de la Moncloa para exponer sus ideas sobre el modelo de Estado? Está claro que lo segundo, igual que Pablo Iglesias. Utilizaron la Moncloa para lanzar su alternativa, y el Gobierno les facilitó la tribuna. ¿Se sabe a quién benefició? ¿A la unidad de España o a los soberanistas que predican la perversión de una democracia que no permite convocar un referendo? ¿A la cohesión de la vieja España o a la aventura de meterse en una reforma constitucional que llevará dentro el virus de la autodeterminación?


Da la impresión de que estos impulsivos izquierdistas no alcanzan a entender de qué va la vaina catalana. No consiguen ver que el soberanismo pretende empezar a proclamar la república catalana el día 9 como muy tarde, dentro de seis días. No se dan cuenta de que el desafío está planteado ahora mismo, no para un futuro lejano. Son tan ingenuos que creen que la «desconexión» se puede detener solo por el hecho de anunciar hermosos acuerdos para una nueva y arcangélica Constitución que consagrará para siempre nuestra infinita bondad. Y como piensan así les sobran los tribunales, empezando por el Constitucional. Supongo que Artur Mas y la CUP les habrán enviado a Iglesias y Garzón un cálido telegrama de gratitud.

Los secesionistas catalanes, de nuevo, retan al Estado español, su única Patria.

El problema es cuestión de Estado.  En este escenario: los separatistas catalanes perdieron el plebiscito en que ellos mismos convirtieron las elecciones autonómicas. A pesar de su derrota incontestable y en contra de toda lógica democrática, van a aprobar una resolución en el Parlamento catalán con la que pretenden dar inicio a la instauración de una república en Cataluña al tiempo que declaran su desobediencia a las leyes españolas. No cabe duda de que estamos ante un golpe de Estado con el que una minoría pretende imponerse a una mayoría y ni cortos ni perezosos, hoy, piden  2.300 millones de euros para antes de fin de año. ¡Chantajismo puro¡

¿Qué hay enfrente? Mariano Rajoy se ha enrocado en la defensa de la ley, 
o cual es una obviedad, y ya con el órdago plasmado negro sobre blanco ha convocado a los partidos políticos para formar un frente común antisecesionista. Pedro Sánchez presenta como única solución al desafío independentista una reforma federal de la Constitución que reconozca la singularidad de Cataluña. Ni él mismo se puede creer que esa sea la solución. Este Pedro Sánchez es poco inteligente. El habilidoso, Albert Rivera, ha tomado la iniciativa proponiendo un pacto por España, que como ya le han dicho algunos ya está implícito en la Constitución. Por su parte, Pablo Iglesias juega a la equidistancia, defendiendo un referendo de autodeterminación en el que dice que votaría no. Rajoy, Sánchez y Rivera compiten a ver quién de los tres es más hombre de Estado, mientras el líder de Podemos se suicida, políticamente, al intento de quedar bien con separatistas y no separatista como si aquí no pasara nada. 

Un círculo cuadrado. Los cuatro parecen mirar más al 20D que al desastre institucional que se avecina, con una más que probable espiral de desobediencias por parte de las autoridades catalanas que no se sabe cómo va a terminar. En todo caso, muy mal. Pero, esta vez, solo van a quedar mal los secesionistas ya que de ninguna de las maneras lograrán su firme propósito. ¡PROVOCAD¡

El Papa de Podemos, PI, es la vergüenza nacional

Hace, relativamente, poco  tiempo, Pablo Iglesias encandiló a millones de españoles con las mismas artes y artimañas que hoy lo muestran, a las claras, como un vanidoso insufrible, un cursi y un inoportuno depredador de seres vivos. Por eso ha pasado, en un tris tras, de ser el dirigente de partido mejor valorado del país a viajar en el pelotón de los colistas.

Para que os podáis hacer una remota idea de lo vulgar que llega a ser esta alimaña, hace unos días le “”invitó”” Rajoy a visitar Moncloa y PI se presentó con un libro de Machado, dándose aires de ser el único político que aún lee libros en España ¿Pensaba este animal leer a Machado mientras Mariano comentaba sobre asuntos de cierta importancia. Para insistir en esa idea, dedicó la obra al presidente del Gobierno con palabras de una vergonzosa cursilería. Y para completar la faena regaló a los periodistas una rueda de prensa interminable, en la que habló de lo humano y lo divino, probando una vez más que tras su palabrería se esconde un charlatán de la política, cuyo extremismo de boquilla y desvergonzado oportunismo le impiden conocer la realidad del país en el que vive.


Solo así se entiende el increíble llamamiento de Iglesias a que se acepte la diversidad de un Estado que, como el nuestro, la protege desde hace años más que cualquier otro en Europa. Y solo así cabe explicar su teatral apelación a levantar la España que soñó Machado, quien se reconocería en la actual -democrática, pacífica, social y solidaria- infinitamente mejor que en la que Podemos pretende construir.

La dilatadísima homilía del Papa de Podemos dejó, a la postre, dos ideas que lo sitúan al margen de cualquier consenso imaginable para defender la España constitucional amenazada por el secesionismo catalán: Iglesias, señalando con el dedo a su anfitrión, insistió, primero, en «hay que dejar de mirar hacia atrás y empezar a mirar hacia el futuro», que es al parecer adonde se dirigen, según él, los que quieren asentar una división territorial más propia de le Edad Media que del siglo XXI: ¡Qué efectos alucinógenos provoca el sectarismo! Después, demostrando su grave confusión sobre quienes son hoy entre nosotros los defensores de la modernidad, Iglesias citó al PP, al PSOE y a Ciudadanos como «fuerzas que se encierran como un búnker y no quieren escuchar»: se ve que los que escuchan son, para el cráneo privilegiado de Podemos, los que preparan a conciencia un golpe de Estado contra el orden democrático vigente. ¡Vaya por Dios!


¡Pobre Podemos y satélites¡¡Pobre PI! Del cénit al ocaso en menos de dos años, el líder de Podemos se revuelve en el pantano al que su mala cabeza lo llevó sin saber que cuanto más se mueve más se hunde. Y ahí está ahora, persiguiendo a su sombra, para volver a ser el que fue un día, ignorante de los efectos devastadores de la decepción social. Admiramos a los magos porque nada sabemos de sus trucos. Pero los de Pablo Iglesias los conocen ya, para su desgracia, gran parte de quienes un día creyeron, contra toda lógica, que llevaba su chistera llena de conejos.

¿Democracia o perversión electoral?


Y este era menos inepto que Pedro Sánchez
Ante el mayor desafío que se le presenta al Estado, de pronto se ha colado el argumento (habría que decir la perversión) electoral: a quién beneficia el órdago independentista. Y ya tienen ustedes publicadas las teorías más disparatadas. Oído a un político catalán: «Rajoy le hizo la campaña electoral a Artur Mas, y Artur Mas le devuelve el favor haciéndole la campaña a Rajoy». Leído en la prensa de ayer: Rajoy obtendrá una gran rentabilidad electoral porque hace el discurso que la sociedad española quiere escuchar ante Cataluña. Y también se pudo leer en los medios de Internet que Rajoy, al convocar a Albert Rivera a la Moncloa junto con Pedro Sánchez le da categoría de hombre y partido de Gobierno, casi lo eleva a los altares, al mismo tiempo que ningunea a Pablo Iglesias.

No es ninguna novedad. Comentarios así son frecuentes después de grandes acontecimientos. Aún hoy se debate si Rodríguez Zapatero hubiera llegado al Gobierno sin los atentados del 11M. Y ahora, a menos de dos meses de unas elecciones trascendentales, todo movimiento político es interpretado en clave electoral, como lo han sido las inauguraciones de Rajoy, la llamada agenda social o la creación a última hora de una oficina para garantizar la recuperación de bienes de los condenados por delitos de corrupción. El electoralismo es la enfermedad de la clase política, también de la periodística, sobre todo en España, donde disfrutamos de la tensión de los votos durante los cuatro años de una legislatura.


Espero que ahora no sea el caso ante la cuestión catalana. Una respuesta marcada por el ansia de votos y el aprovechamiento electoral ciega las mentes, limita las medidas y no permite soluciones de futuro, sino el cortoplacismo habitual. Espero que Rajoy no llame a los políticos de otros partidos a la Moncloa solo porque está escarmentado del gran error de Aznar al no convocar al jefe de la oposición después de la matanza del 11M. Espero que las posiciones de esos partidos no sean tampoco un puro postureo ante las urnas, porque entonces no tendrán perspectiva de Estado. Y espero que el discurso de contundencia del presidente no esté escrito pensando en los votos que puede cosechar en el resto de España. Si así fuese, no haría otra cosa que fomentar el victimismo de los independentistas, como ocurrió cuando se instalaron mesas petitorias para recoger firmas contra el Estatut y al final resultaron ser firmas contra Cataluña por el arte de la manipulación política. De ahí provienen gran parte de los problemas actuales de entendimiento. Ese ha sido uno de los gérmenes de lo que Montilla, presidente de la Generalitat, llamó en su día el desapego y nadie lo supo escuchar.

El enigma y el misterio de la vida


Aducir el enigma y el misterio de la vida, y de cada existencia singular, puede resultar insuficiente para hacernos cargo de aquello que no acabamos de comprender y sin embargo nos constituye. Y no parece fácil ni explicarlo, ni describirlo. Decir que cada quien guarda su secreto no aclara demasiado. Entre otras razones, porque el asunto no es ahora lo que se oculta a los ojos y al sentir ajeno. La cuestión es no pocas veces lo que se hurta a nuestra propia consideración. Cuando no hay mucho que decir y todo parece estar dicho, sin embargo es como si algo bien decisivo quedara ausente de cualquier explicitación. No es que nos lo guardemos para nosotros. Es que ni siquiera propiamente lo poseemos. Es muy  improbable, sin que sea necesariamente de modo sofisticado o grandilocuente, no haber sentido que estamos desbordados por lo que somos, y no sólo por lo que nos pasa, y es frecuente no saber apenas de uno mismo. Es como si sólo nos dijéramos cuando reconocemos que, puestos a sorprender, somos los primeros sorprendidos.

La falsa tendencia a considerar que esta experiencia es producto de una profunda elaboración teórica ignora que es de una contundencia y de una cotidianidad tan constante y radical que en muchos ámbitos ni siquiera es preciso argumentar para convencer. Nos ocurre. Y a quien le sucede no precisa demasiadas aclaraciones. Pero sí algunas. No es una extravagancia saber que no nos tenemos del todo y que quizá no nos tendremos nunca. Y ello no sólo constituye nuestra soledad, sino nuestra identidad y nuestra diferencia. Resulta tan trivial, que prácticamente tiene tendencia a desaparecer. Es lo que ocurre con algunas evidencias, que son todo un secreto.

La reiterada cita de Wittgenstein acerca de lo que no se puede hablar, considerando que hay que callarlo, mientras Adorno insiste en que precisamente de ello ha de hablarse, encuentra interlocución en Eco, quien a su modo vendría a decir que de lo que no se puede hablar hay que narrarlo. La cosa es si cabe hacerse. Que Hegel haya puesto, como suele, el asunto en un desafío absoluto, al subrayar que no hay lo inexpresable, no nos alivia ni nos evita ciertas cuestiones. Ni siquiera está claro que nosotros mismos no seamos en cierto modo de lo que no hay. Y ello es un estímulo. Entonces, lo determinante es el modo de respuesta, que siempre es un modo de decir. Ni lo sabemos ni lo podemos todo al respecto, pero precisamente esta escisión es la clave de cualquier comunicación.

Aunque contemos cuanto sabemos con todo tipo de detalles, sin pretender ocultar nada, a pesar de que, como suele decirse, nos sinceremos, por más que, entregados, no busquemos guardar ni lo más mínimo, no se expide lo que no resulta transmisible. Entre otras razones, porque ni siquiera es un contenido conformado y definido. Podría pensarse que, en cualquier caso, se desvela en cada palabra. Y no faltarán quienes buscan dilucidar en lo dicho un sentido que ni reside ni se agota en ello. Ni se limita a la relación o a la emoción, ni al sentimiento, ni a las impotencias del concepto, ni siquiera sólo a nuestra capacidad. Ni se resuelve con más sinceridad, ni se aclara con más detenimiento. No es cosa de una mayor competencia o voluntad. Sin duda influyen, pero no resuelven la cuestión. Ni siquiera la desplazan. Quizá precisamente lo incomunicable nos impulse una y otra vez a tratar de comunicarnos. Y no se diluye con que lo hagamos impecablemente. Más bien con ello se ratifica hasta qué punto el asunto parece no agotarse en la intención de quien considera que basta dar con la expresión adecuada. A veces tratamos de otorgar lo que ni siquiera poseemos, con la confianza de que al hacerlo se nos desvele o se nos presente a nosotros mismos.


Se insiste con razón en lo que un rostro revela. A su vez ofrece un silencio singular. Es una presencia que a la par desvela una peculiar ausencia. Suya, muy suya, sólo suya, y que curiosamente no le pertenece en absoluto. Es como si anunciara lo vivido y al mismo tiempo lo deseado, lo inviable, lo no sucedido, en un espacio inclasificable, como aquello que no se deja recoger en un relato, lo inenarrable, pero que lo perfila y lo concreta. No es preciso ni agudizar la vista ni la descripción tratando de captar lo que se impone sin requerir muchas explicaciones. Pero tal imposición tiene más que ver con un impacto que con una concepción. Nos comunica bien lo incomunicable como incomunicable.

No es que simplemente se sugiera, es que en ocasiones lo que se dice no se identifica sin más con lo que se comunica. Y no sólo porque ello implica al otro, a los otros, sino porque no se ajusta al control que el propio lenguaje trata de imponer. Sin embargo, se vislumbra de tal modo que no se reduce únicamente a lo que no se transmite, ni a lo que se acalla, sino que es tal su contundencia que constituye una nueva forma y figura. Cada quien es asimismo lo incomunicable en él y por él. No es idéntico en todos los casos y en cierto modo en ello reside no poco del atractivo individual. No lo que esconde o acalla, tantas veces inocuo  o, por muy decisivo que parezca, de poco interés. Se trata de lo que nunca podría decir, y en este sentido ni ocultar, aunque sólo se preserva con lo que singularmente es. Lo incomunicable forma parte de su insustituible palabra, de lo que nadie vivirá en su lugar. Y gracias a ella pervive. Y viceversa, por serlo, da permanentemente que decir.

El afán de desvelar lo que no está oculto y es palmaria superficie, como un enigma sin secreto, el ansia de entenderlo y de explicarlo todo, confirma una vez más la impotencia de un modo de proceder sensato pero insuficiente. Cada descubrimiento, cada invención, no sólo generan nuevas tareas, problematizan las labores y abren  nuevas posibilidades, confirman que lo que da que decir ni  se agota ni se clausura con lo dicho.

Atribuir a la falta de espontaneidad o de sinceridad el no exponer permanentemente todo no es una simple desconsideración para con la intimidad o la confidencialidad, es ignorar hasta qué punto no vivimos en la absoluta posesión del contenido y del sentido. Incluso hay quienes creen que sólo es real lo que ellos conocen de primera mano o cosas semejantes. Cualquier otra perspectiva, otro alcance u otra orientación les parecen no sólo improbables sino inviables, cuando no falsos. Ellos son la medida de todas las cosas, y más aún, de todo lo factible y de todo lo posible.


No se trata de encontrar en lo inabarcable o en lo inefable una coartada para silenciar o ignorar la verdad. Pero incluso en la más generosa entrega a ella, ha de reconocerse su resistencia a ser masticada y deglutida, ingerida como lo que sucede, hasta convertirlo todo en asumible para nuestro provecho. En la sociedad de la permanente transmisión nacen otras opacidades y otras soledades. La supuesta pura y absoluta transparencia y circulación se enfrenta con nuevos reductos, no pocos creados por ese afán, y se encuentra con la impenetrabilidad de lo que en cada quien y en cada vida no se deja atrapar por la entronización de lo comunicable.

¿Por qué no hacen los campos de refugiados en Siria con vigilancia de la OTAN?

Se calcula que entre los refugiados de Siria, Sudán, Eritrea etc se han camuflado más de 150.000 yihadistas. Pero vamos a lo que vamos.   Puede ser un problema más grande del que ya lo es, los refugiados procedentes principalmente de Siria que huyen de la influencia y opresión del Estado Islámico y pretenden asentarse en Europa debe ser objeto de una serena reflexión que permita extraer las consecuencias justas y equitativas de la situación creada. Cierto es que no solo el terrorismo es causa de esta expansión inmigratoria, por cuanto también el hambre y las pésimas condiciones de vida en determinadas zonas de Oriente Medio y de África se erigen en razón de ser de estos desplazamientos masivos de masa.

Es incuestionable que, en modo alguno, se pueden cerrar las puertas a esta obligada inmigración masiva en el marco de la unidad política y económica europea, pero se impone necesariamente establecer unas reglas de juego que armonicen la justicia, la equidad y la solidaridad humana, mediante la implantación de unos criterios de ponderado equilibrio y proporcionalidad. Buena prueba de ello lo es, sin duda, la decisión adoptada por el Gobierno alemán que suspende temporalmente la vigencia del tratado de Schengen ante la avalancha de inmigrantes que buscan refugio en su territorio y a los que materialmente no puede absorber. Obviamente, es distinto el tratamiento jurídico y social de los refugiados que el de los inmigrantes voluntarios, pero las demagógicas respuestas a este problema suscitado a nivel internacional no lo van a resolver, antes al contrario, pueden llegar a complicarlo todavía más. En España, por ejemplo, al margen de la ayuda que va dispensar la Unión Europea, no ha de ignorarse que, a pesar del enorme avance conseguido en el terreno económico, sigue manteniéndose un elevado índice de paro laboral que se erige en uno de los factores -y no el menor, pues a los refugiados, al final, habrá de facilitárseles trabajo- a tener en cuenta a la hora del reparto proporcional de refugiados en trance de imprescindible acogida.

Parece inevitable no quedarse en la superficie del problema y ahondar en sus causas últimas entre las que alcanza una posición relevante la lucha de civilizaciones existente a nivel universal. Desde el sangriento atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, del que se ha conmemorado recientemente el décimo cuarto aniversario, persiste, con carácter mundial ya, una clara y soterrada guerra en la que pugnan por imponerse dos culturas opuestas y antagónicas: la occidental, de raíces cristianas, y la oriental, de inspiración islámica. Y a esta realidad innegable, que desgraciadamente no resolvió la pretendida primavera árabe, ha de enfrentarse la humanidad entera tratando de darle una respuesta global. Cualquier otro planteamiento parcial o localista no hace sino oscurecer la realidad del gravísimo problema existente a nivel universal y alargar, indebidamente, la solución del mismo.

En cierto modo la situación actual surge del inadecuado comportamiento de Siria, con Al Assad a la cabeza, que no fue objeto inicialmente de una respuesta contundente que evitara los desastrosos efectos que ahora se padecen, pero no cabe ignorar tampoco que la actuación del terrorismo yihadista propio del Estado Islámico se erige en una amenaza a nivel mundial que no parece llegue a neutralizarse con la ofensiva desplegada de momento por Occidente, con los Estados Unidos al frente. En este sentido resulta esclarecedor el criterio de politólogo italiano Giovanni Sartori, que asigna a esta guerra de civilizaciones las características de terrorista, global, tecnológica y religiosa.


Ante un panorama de claro belicismo como el de referencia parece que algo más decisivo que el asilo y acogimiento de refugiados debiera hacerse y, sin desconocer la enorme dificultad que entraña cualquier forma de diálogo basado en el Derecho que pudiera ahuyentar este riesgo que amenaza a la humanidad entera, se impone que desde el Occidente unido y a través de sus instituciones comunes se articulen políticas más decisivas y operativas que permitan a la comunidad internacional salir de la situación de incertidumbre y desasosiego en la que se halla inmersa. No es fácil, ciertamente, encontrar una solución al problema expuesto cuando en el mismo se entrecruza, como esencial, un factor religioso caracterizado por una marcada intransigencia; pero debiera intentarse, cuando menos en el marco del recíproco respeto de creencias con el proselitismo religioso incluido, hallar una vía que facilite una más serena convivencia mundial.

Hallowed es una fiesta cristiana que los ateos han demonizado.

Días atrás me  pregunté: ¿por qué puede llegar a fabricarse algo tan morboso para un niño? ¿Le gustará a alguno irse a dormir viendo la imagen de la muerte en su propia cama? Al comentar mis dudas me dijeron: ¡es que se viene la fiesta de Halloween!

 En efecto, durante la noche del 31 de octubre cada año se ha extendido con más fuerza, especialmente entre niños y adolescentes, el festejo de Halloween.

Cuando se acerca la fecha se escuchan todo tipo de opiniones acerca del tema. Desde quienes demonizan la fiesta, pensando que si sus hijos se disfrazan de vampiros, estarán rindiendo culto al mismo Lucifer, hasta quienes dicen: “es una fiesta inocente, burlesca y sin ninguna connotación religiosa o filosófica”. Por eso, muchas instituciones educativas las promueven “porque divierte mucho a los niños”. Ese parece ser el más fuerte argumento: ¡es divertido! Pero pocos parecen caer en la cuenta de que Halloween está suplantando, nada menos que a la Fiesta de Todos los Santos que la Iglesia celebra el 1º de noviembre.
El nombre Halloween es la deformación americana del término, en el inglés de Irlanda, «All Hollows´ Eve»: Vigilia de Todos los Santos. Debido a la costumbre inglesa de contraer los nombres para una pronunciación más rápida y directa, esto derivó en el definitivo "Halloween", aunque la fiesta religiosa original nada tiene que ver con la celebración del Halloween actual.

Esta antiquísima fiesta cristiana llegó a Estados Unidos junto con los emigrantes irlandeses, que tenían una profunda devoción por los santos. Y allí echó raíces para sufrir paulatinamente una radical transformación, perdiendo el sentido católico de esa noche y acentuando el aspecto lúgubre y morboso, lleno de terror y fantasmas, donde los muertos se alzan atormentando a los vivos.
Halloween no es más que la última versión, secularizada y repaganizada, de una fiesta católica, que se fue transformando en un carnaval del terror y en una gran oportunidad para el consumo. Actualmente muchos están buscando, en su versión “New Age”, sus raíces paganas, reorganizando un nuevo calendario esotérico.

La fiesta se remonta, en realidad, a tiempos anteriores al cristianismo. Hacia el siglo VI antes de Cristo, los antiguos celtas del norte de Europa celebraban el 1 de noviembre, como el primer día del año. La fiesta de Samhein, fiesta del sol, que comenzaba la noche del 31 de octubre, marcaba el fin del verano y de las cosechas. Los colores del campo y el calor del sol desaparecían ante la llegada de los días de frío y oscuridad. Creían que en aquella noche, el dios de la muerte permitía a los difuntos volver a la tierra, fomentando un ambiente de muerte y terror. La separación entre los vivos y los muertos se disolvía aquella noche, haciendo posible la comunicación entre unos y otros. Según la religión celta, las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas ofreciendo a los dioses sacrificios de toda índole, incluso sacrificios humanos.

Creían que esa noche los espíritus malignos, fantasmas y otros monstruos salían libremente para aterrorizar a los hombres. Para aplacarlos y protegerse se hacían grandes hogueras y, disfrazándose de maneras macabras, trataban de pasar desapercibidos a sus miradas amenazantes.
Cuando los pueblos celtas se convirtieron al cristianismo, no todos renunciaron a las costumbres paganas. En el siglo VIII, el cristianismo colocó la fiesta de Todos los Santos el 1º de Noviembre, quedando así la noche del 31 de octubre, como la Vigilia de esa gran fiesta. La coincidencia cronológica generó no pocas supersticiones sincretistas, que mezclaron la fiesta de los santos, con las antiguas creencias celtas. 
Sin embargo el “Halloween” que hoy se celebra muy poco tiene que ver con los celtas  y menos aún con la fe cristiana. Es un fenómeno completamente estadounidense.

Obviamente, ante una globalización cultural, Uruguay no podía pasar mucho tiempo sin adoptar los nuevos “cultos” de la sociedad de consumo, en una resignada digestión que asimila cuanta frivolidad venga de parte del dios mercado.
Asistimos en Halloween a una proliferación de artículos más o menos macabros, como calaveras, esqueletos, brujas, vampiros, tableros ouija, y un sinfín de productos en la línea del ocultismo.
Aparentemente no se presenta como una oferta religiosa, sino como una parodia de la religiosidad cristiana auténtica, con fines preferentemente consumistas: vender productos de carnaval, además de espacios publicitarios en las películas de terror y sitios en internet. Halloween se propone comercialmente como una fiesta joven, divertida, diferente, «transgresora». Y aquí, niños y adolescentes son los destinatarios privilegiados del nuevo producto...

Lo más preocupante y contradictorio es que los principales promotores y organizadores de estos festejos sean, en su mayoría, los propios padres y educadores. Y más preocupante para nosotros es que pasen olímpicamente en instituciones católicas con el argumento de: ¡es divertido! ¡Cómo si algo por ser divertido automáticamente fuera inofensivo y justificable!
¿Qué hacemos entonces con Halloween?

No pensamos que haya que condenar demonizando la fiesta, pero sí informar al menos sobre el origen y sentido del fenómeno, y ver que se da una excelente oportunidad para hablar de los santos, la muerte y la vida eterna (en vísperas del 1 y 2 de noviembre) anunciando la buena noticia del amor de Dios que nos salva, rescatándonos de toda forma de mal.

"Educadores y familias deberían movilizarse contra la falta de educación, de buen gusto, contra la profanación del misterio de la muerte y de la vida tras la muerte, pero no es fácil ir contra corriente, desafiar las modas imperantes.

Entonces se puede hacer fiesta en Halloween, recordando lo que este día ha significado durante siglos y lo que sigue testimoniando. Hay que salvar Halloween, dándole todo su antiguo significado, liberando esta fiesta de la dimensión puramente consumista y comercial y sobre todo extirpando la pátina de ocultismo sombrío del que ha sido revestida.

¿Alguien o quién nos devolverá lo que, los políticos, nos están robando?

Hay que buscar las razones de la degeneración intelectual de parte de la clase política. La defensa de lo público hace vivir la democracia. Hay que buscar las razones de la degeneración intelectual de parte de la clase política. Siempre hay algunas razones, opiniones en contra que parecen apoyarse en ese latiguillo de la libertad individual para fomentar la riqueza; de la libertad de emprender, de crear, que se oculta bajo la oscurecida palabra de liberalismo. No se puede negar la importancia de los llamados bienes de consumo que, al parecer, la economía y los economistas administran. Pero el verdadero sustento de la sociedad, de la vida colectiva tan importante como la vida de la naturaleza, es la educación, la cultura, la ética. Ellas son las verdaderas generadoras de riqueza ideal, moral, material.

La democracia que nació como lucha hacia la igualdad por medio de la reflexión sobre las palabras y por el establecimiento de unos ideales de justicia y verdad, no puede rendirse a las “privatizaciones” mentales de paradójicos libertadores. Sin embargo, apenas se insiste en el hecho de que la crisis que padecemos es una crisis que tantos “competentes” expertos, siguiendo el principio de la libertad y la competitividad, no han sabido evitar, ni tampoco las diversas burbujas —sobre todo las propias burbujas mentales— que inflaban y aireaban. Burbujas que, parece ser, les han permitido construir sin que nadie les pida responsabilidades, sus “liberadas” y productivas ganancias.

No es, sin embargo, una discusión sobre problemas económicos cuyos entresijos y burbujeos desconocemos, a los que voy a referirme, aunque haya siempre un principio de honradez y verdad en el que, seguro, todos nos entenderíamos. Aludiré únicamente a una de esas frases vacías que hincha las palabras de ciertas oligarquías. Desde hace años, de nuevo en estos días, como manifestación del menosprecio por la enseñanza pública y por sus profesores, se habla de la libertad de los padres para elegir el centro en el que educar a sus hijos. Esa defensa “libertaria”, no tiene que ver con el deseo de que se practique en la educación una verdadera libertad: la libertad de entender, de pensar, de interpretar, de desfanatizar, de sentir. Libertad que, por encima de todas las sectas, debería fomentar la combatida Educación para la Ciudadanía y la “identidad democrática”. Una libertad que enseñase algo más que la obsesión por el dinero y por el solapado cultivo de la avaricia. A lo mejor, esa educación les obligaba a dimitir a algunos personajes de la vida pública, por vergüenza del engaño que arrastran y contaminan. Mejor dicho: haría imposible que se dieran semejantes individuos.

Aquí tendríamos que preguntarnos: ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Qué palabras huecas, convertidas en grumos pegajosos aplastan los cerebros de los que van a administrar lo público, o sea lo de todos, si la corrupción mental ha comenzado por deteriorar esas neuronas que fluyen siempre hacia la ganancia privada? No se entiende bien cómo a esos destructores de la idea de lo público les votan aquellos que perderían lo poco que tienen en manos de tales personajes. A no ser que la mente de esos súbditos haya sido manipulada y, en la miserable sordidez de la propia ignorancia, esperen alguna migaja, algún botón del traje que viste el supuesto partido político que les arrastra.

Un pueblo “maravillosamente dotado para la sabiduría” como decía Machado y al que hay que dar ejemplo para que no pierda el sentido de la justicia, de la honradez. Es importante conocer en los defensores de la libre empresa, en los apóstoles de la privatización, qué empresa, ideología, fanatismo, les ha privatizado a ellos. Porque se trata de evitar que la patología individual de esos sujetos, se convierta en patología, donde se hunde la vida colectiva.

La sociedad tiene que investigar y descubrir las razones ocultas de las privatizaciones. Parece que la raíz de todas ellas, con independencia de determinadas claves genéticas, brota también de la educación, de los ideales que, al abrirnos al mundo del saber y la cultura, hayan acertado a enseñarnos aquellos en cuyas manos está alumbrar la inteligencia y la sensibilidad. Las opiniones que se clavan en las neuronas y que determinan la forma de actuar sobre las palabras y sobre aquello a que esas palabras nos empujan, proviene de esos reflejos condicionados que, desde la infancia, han aprisionado nuestra manera de ver e interpretar el mundo


Podemos intuir que la degeneración intelectual de buena parte de la clase política, y de los llamados emprendedores —los que, por ejemplo, “emprendieron” la destrucción de nuestras costas—, procede de esos conglomerados ideológicos en los que se mezclan, con la indecencia, alguno de los males a que se ha aludido. ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Quién nos devolverá, en el futuro, la vida pública, los bienes públicos, que nos están robando?