El comunismo de Carrillo y el populismo de Maduro han acabado con la farsa de Pablo Iglesias (Dimisión en breve)


Por bigardo, bohemio, embrollador, desordenado, despreocupado, errante, fracasado, libre, pasota, abandonado, confuso,holgazán, vago y perturbado mental el portavoz de estos calificativos, Pablo Iglesias ha dimitido como político y como persona. Pero los pormenores de dicha dimisión los publicaré esta noche.



Las últimas elecciones, con la llegada parcial de los populismos al poder municipal y autonómico -y el esperpéntico desempeño con el que han iniciado su tarea en esas administraciones, para el regocijo, asombro e irritado debate de la mayoría de la población-, quizá nos ha hecho olvidar un peligro transitoriamente conjurado: la amenaza de una explosión social en nuestro país. En 2011 o 2012 no era difícil escuchar en las conversaciones privadas el miedo o la certeza de que esa explosión social habría de producirse de forma más o menos inmediata e irremediable, donde la ira popular se cobraría sus víctimas y el orden democrático nacido de la Transición quedaría herido de muerte.



Buena parte de la nueva generación de jóvenes políticos -con la inestimable ayuda de viejas glorias aisladas de la izquierda que nunca aceptaron el plan de reconciliación lanzado por el Partido Comunista de Santiago Carrillo-, trabajaron duro estos años pasados para lograr que esa explosión social fuera un hecho consumado. ¿Recuerdan a aquellos sindicatos de temporeros andaluces que escenificaron asaltos a supermercados? Creyeron encontrar el momento oportuno para servir de espoleta de ese estallido colectivo que tuviese como primeras dianas las cadenas de alimentación y las entidades bancarias, siguiendo el prototipo de la Argentina del “corralito”, y de ahí al asalto y colapso de las instituciones. ¿Se acuerdan de las convocatorias para el “asalto al Congreso” al socaire de las “mareas”?, ¿las algaradas nacidas en los centros educativos?, ¿los movimientos vecinales para aplastar violentamente proyectos urbanísticos? Un sinfín de espoletas calculadas con el objetivo de provocar la ansiada deflagración social aprovechando en su propio beneficio la tensión generalizada a raíz de la crisis. La concentración del 15-M había creado un alucinado espejismo que pudo haber logrado un estallido incivil más, en la larga lista de los que jalonan y abochornan nuestro pasado histórico.



La semblanza de los nuevos redentores, recién accedida a puertas institucionales, ha experimentado un imborrable garabato al fracasar sus esperanzas de insurrección y voladura social, pasando -por el momento-, de lo épico a lo grotesco en sus primeros pasos como políticos profesionales. Pero esa semblanza es mucho más amplia y posee raíces insospechadas en lo que llevamos de este siglo. Los dictámenes más apresurados vinculan la fisonomía de esta nueva clase política al paro y los recortes en los presupuestos tras la crisis. Mi experiencia apunta a épocas mucho más remotas, donde la circulación de un dinero fácil estaba bien asentada y la prosperidad indefinida no se ponía en tela de juicio. José María Aznar había vencido electoralmente a Felipe González, quien había instaurado en el PSOE un sentido patrimonial del poder, el cual aparentemente le pertenecía por una supuesta hegemonía moral autootorgada. En un escasísimo lapso de tiempo después, vi llegar a las aulas universitarias nuevos estudiantes que habían mutado como por arte de magia el perfil de la década anterior. En aquel entonces, con el paso de un siglo a otro, no podía salir de mi asombro ante el novedoso sesgo que tomaban en las aulas las tareas de debate sobre libros, pensamiento, teatro, literatura.



Aquellos nuevos alumnos poseían un indudable talento para la cultura del espectáculo. Un instinto certero, sin duda, para la cibercultura. Pero más aún para el giro que adoptaban los medios de comunicación, la profusión de pantallas que entonces comenzaban a proliferar –y muy especialmente el nuevo modelo de televisión-, desarrollada bajo el hechizo simbólico de un programa estrella: Gran Hermano. La pantalla se erigía como la realidad por antonomasia y la era Gutenberg se mostraba en patética agonía. Dejaba todo ello su impronta en un inusual afán de protagonismo. Pareciera que muchos de estos jóvenes, en vez de estar participando en un debate universitario, se viesen a sí mismos como actuando ante una cámara. Aquel viraje generacional, se acompañaba de otros muchos síntomas. De una nivelación de jerarquías, una simplificación demagógica de los contenidos intelectuales, una profunda erosión de la comprensión lectora, unida a una insolencia frente a la autoridad y un descaro contra todo lo prestigioso. De ahí que el significado de los textos debía desentrañarse no mediante un esfuerzo reflexivo a partir del conocimiento, sino a través… ¡de una negociación asamblearia! En términos políticos, esto se traducía en una negación radical del carácter democrático de los sistemas electorales -la asamblea era el ideal-, y una simultánea banalización de los regímenes criminales del siglo XX, que a sus ojos se veían equiparados con la democracia representativa como si se tratara de una misma cosa.



La primera vez que tuve que enfrentarme a una clase con estas características, donde se sostenía mayoritariamente que el régimen nazi alemán era, en lo sustancial, idéntico a la democracia estadounidense, a través del debate sobre textos de Berlolt Brecht y John Steinbeck, después de acaloradísimas disputas, solo pude exclamar para mí… ¡qué desafortunado grupo me ha tocado este año! Pero no: no era ese año. Era el comienzo de una larga serie de años ahondando en la misma dirección. Sin duda, la izquierda española estaba llevando a cabo una exitosa operación en la juventud casi adolescente de entonces, aprovechando las inmensas carencias educativas de la enseñanza preuniversitaria. Los Gobiernos de José María Aznar eran, así, indignos para ellos porque no encarnaban más que la dictadura franquista impuesta ahora por otros medios distintos al poder militar. Dictadura y democracia liberal eran lo mismo. Esta es la idea fija que desde el PSOE hasta la extrema izquierda grabaron en gran parte de esa juventud, de forma eficiente e indeleble, durante aquella época de derrota política socialista jamás aceptada.



Solo que aquella juventud globalizada rebasó muy pronto la escala nacional de estas ideas, para darle una dimensión internacional y considerar a las democracias occidentales en su conjunto similares a fascismos totalitarios encubiertos y aborrecibles, bajo el control del puño de hierro del gran capital que ejercería un supuesto poder en la sombra. Esta fantasmagoría paranoica se superpuso a los hechos reales en buena parte de esta generación, adquiriendo visos de una verdad fuera de discusión y pergeñando los primeros trazos inequívocos del semblante de esos políticos que se ofrecerían después como nuevos redentores.



En aquel entonces, espoleado por la curiosidad de aquel para mí raro fenómeno aún en sus albores, traté de indagar en el trasfondo personal de aquellos jovencísimos estudiantes universitarios que en otros muchos aspectos de su creatividad me despertaban una entrañable simpatía. Para explicar lo que percibí debería recurrir a conceptos elaborados brillantemente por el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Palpé en esta generación la carencia -y la búsqueda apasionada- de lo que el autor de Ira y tiempo ha sintetizado en el concepto griego de Thymós. Es decir, la autoestima, el orgullo legítimo, el afán lleno de ansia por ser protagonistas de la Historia. También percibí que, en la novela familiar de todos ellos, ese anhelo estaba pisoteado por lo que ellos entendían como “Mito de la Transición”. Sus padres habían protagonizado la Transición y en los relatos familiares de todos ellos se había exacerbado hasta el delirio ese protagonismo. A la vez, de forma ya sea implícita o explícita, esos progenitores asignaban a sus vástagos un papel subalterno y casi parasitario en los grandes beneficios que habían heredado sin esfuerzo alguno.



No era de extrañar que el “Mito familiar de la Transición” fuese instintivamente aborrecido y tomado como primer gran obstáculo para su propio protagonismo histórico, pues pisoteaba sus posibilidades de thymós, de orgullo legítimo de ser actores en primera línea del transcurso histórico. Se necesitaba un relato alternativo, crear una narrativa heroica que les proporcionase su autoestima generacional. La llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero destrozó de forma definitiva el espíritu de consenso de la Transición cimentando los primeros compases de ese anhelado contrarrelato épico frente a la épica de sus progenitores. Acabar con el régimen de la Transición representaba el primer paso para constituirse en héroes y protagonistas de primera mano de un nuevo Mito: la épica tarea de desenmascarar la dictadura embozada tras las urnas democráticas.



Esos jóvenes, formados en la cultura a lo Harry Potter de un euro que multiplicaba como por arte de magia los panes y los peces, y enfrentados después abruptamente tras sus estudios a una gravedad, una escasez o unos límites para los que jamás fueron preparados, su labor épica tomó un nuevo curso que les independizó de la izquierda institucional encarnada por el PSOE e Izquierda Unida que había encauzado sus primeros avances. Aquí la semblanza de los nuevos políticos surgidos de esta generación adquiere rasgos todavía más contundentes. En vez de apoyarse en el pensamiento occidental, el embrión de las nuevas clases dirigentes en proceso de emerger a la vida pública, se inspiró por el contrario en la épica política de la izquierda hispanoamericana. Y aquí se fraguó su profundo error que hoy cosecha situaciones tan excéntricas.



Se absorbió acríticamente la retórica de una izquierda tercermundista, tomada en su base del populismo peronista y su excrecencia caribeña en el chavismo venezolano. El pueblo contra la oligarquía propio de la izquierda hispanoamericana, fue reformulado con el lema de “el pueblo contra los mercados”, para que encajase en un ámbito europeo. No izquierda contra derecha, sino los de abajo contra los de arriba. El desprecio a las instituciones consustancial al populismo tercermundista, se adecúo convenientemente al desprecio y propósito de destrucción de las instituciones españolas surgidas de la Transición, y ya de paso, de las instituciones procedentes de la Unión Europea. ¡El thymós, el orgullo por el protagonismo histórico, ahora sí que estaba encaminado a un relato hegemónico, que dejase en ridículos pañales a los mitos de las generaciones precedentes! Fueron adoptados los escraches peronistas -sin cambiar ni la terminología originaria-, se imitaron los talantes, las balandronadas y las amenazas expropiatorias de Hugo Chávez, ensalzado como el máximo héroe político del siglo XXI. Sin duda, ese populismo tercermundista importado íntegramente de Hispanoamérica, estaba embebido de un caudillismo trasnochado y escasamente compatible con la realidad europea. La sublevación popular, la explosión social, la deflagración total de la masa, era así el trance definitivo de los que ya se veían a sí mismos como redentores del imaginario fascismo-democrático que nos afligía.



Con este semblante, han accedido a la vida pública unos nuevos políticos que llegaban para salvarnos de los viejos políticos corruptos. De estos dos males, ¿cuál es el mal menor? Sin duda, ninguno de los dos si no una tercera vía que está llamada a ser quizá el cauce de la solución: jóvenes políticos no redentores que hagan reformas lejos de la corrupción institucionalizada. ¿Y los mesías tercermundistas que tanta seducción ejercieron con su factor sorpresa? La inmensa mayoría de la población les ha dado la espalda en su propósito de una insurrección demoledora. Sin ella, se han visto obligados a participar, e incluso regir, instituciones por ellos antes despreciadas. Armados con sus decálogos tercermundistas han iniciado una andadura muy lejana de sus sueños épicos. Sus primeros frutos son hoy chapuzas, inoperancias, medidas grotescas, acciones esperpénticas. Lo que resulta perfectamente comprensible a consecuencia del choque entre una ideología caduca tomada del Tercer Mundo y su intento de aplicarla a una realidad europea, por completo ajena a tales entelequias. La semblanza de los nuevos políticos redentores, tras hacerse cargo de parcelas de poder, ha perdido su perfil mesiánico para adquirir cierto cariz bufonesco.



Algo que va a herir profundamente su thymós, su autoestima, su orgullo, y que provocará sin duda reacciones imprevisibles. Cabría soñar con una autocrítica que les permitiera desprenderse de su juvenil afán redentor tercermundista, pues despojados de mesianismo y populismo si tendrían una viable misión histórica de protagonizar una necesaria renovación. Sin embargo, este deseable giro en su semblanza último resulta hoy por hoy más una pretensión improbable que una realidad. Convertidos en comparsas de un posible Gobierno de coalición, es muy probable que su frustración por aquella fracasada explosión colectiva, se traduzca en una exacerbación del caudillismo importado de la izquierda tercermundista hispanoamericana.



No lo minusvaloremos. De tener éxito, sus efectos destructivos serán aún más demoledores que una puntual rebelión popular. Como afirmase recientemente el propio Peter Sloterdijk, “el populismo suministra hoy la prueba de que el cesarismo también funciona con comparsas”. Libré



mosnos democráticamente de esas comparsas caudillistas, pongámonos a salvo de los redentores.

Igual piensa Rajoy que la resistencia a toda costa es el acto que más sentido tiene


 No puede decirse que el defecto de Mariano Rajoy sea precipitarse a la hora de adoptar decisiones o llevar a cabo sus intervenciones públicas. Por el contrario, lo que se le echa en cara con frecuencia es su imperturbable sosiego ante los problemas que nublan el horizonte político, sobre todo ante aquellos que son novedosos o inesperados. A diferencia de Manuel Fraga, Rajoy primero contempla la lluvia y luego espera a que escampe. Y si al cabo observa que aún no escampa, todavía se da una prórroga. Hasta que, cargado de razón (y de reproches ajenos) decide, por ejemplo, legislar contra la corrupción o ir a Cataluña a dar la cara y ofrecer un mensaje tardío pero contundente. «Es su forma de ser», dicen los suyos, que se apresuran a añadir que no siempre es bueno acudir a todos los frentes y quemarse en litigios estériles. Porque Rajoy no es Fraga, está claro. El de Vilalba estaría en Cataluña todo el tiempo necesario y desde luego no hubiera admitido una consulta participativa ni unas elecciones plebiscitarias. Pero, ¿esto hubiera sido mejor? Los tiempos de Rajoy están llenos de remansos que pretenden evitar rupturas, sin que ello suponga ceder en lo esencial. El actual presidente del Gobierno cree que la realidad conspira a favor del sentido común, al que cree tener de su parte. Por eso no se precipita: sabe que también el sentido común necesita tiempo para imponerse. (Felipe González obró así ocasionalmente y tuvo buenos resultados). Rajoy lo tiene claro: primero, hay que esperar a que cada problema revele su verdadera naturaleza. Segundo, hay que dejar que se resuelvan solos los conflictos que tienen vocación de solucionarse así. Y, tercero, si hay que echar mano del extintor, no debe ser siempre para apagar el fuego, sino para mostrar que se tiene con qué hacerlo. Es una pedagogía que no siempre cae en gracia, pero que tampoco concita la desgracia. ¿Es Rajoy el presidente adecuado para estos momentos de ruido y desconcierto? La respuesta la darán los electores cuando toque. Pero sus rivales no debieran confiarse. Rajoy ha acreditado ser un resistente. Y ya dijo el dramaturgo Friedrich Dürre que «la resistencia a toda costa es el acto que tiene más sentido».

Más que nunca antes había sido independentista debería hacerlo pensarlo mejor y a tiempo.

A Mas le hubiera gustado saber cuántas veces se desdijo el zar de haber firmado el reclutamiento para LA 1ª GUERRA MUNDIAL.

Somos sonámbulos en un mundo en el que se dirimen cosas extraordinarias de cuyas consecuencias no tenemos la culpa, aunque se hayan hecho en nuestro nombre.

Hay quienes tienen la pluma y el papel, y el poder de usar ambos elementos tan nobles para poner a los demás en el trance de dirimir el futuro sobre el barro de sus ocurrencias.

Eso pasa desde que el mundo es mundo, como decían las madres. Lo que ocurre es que no nos acordamos de santa Bárbara sino cuando truena. Ahora, por ejemplo, truena, y de nuevo suenan clarines de asombro que convocan palabras gruesas ante las que nos parapetamos como si cayeran bombas. Esto de las bombas es fácil de decir y difícil de tragar: hace nada vi en la web de este periódico a una joven independentista catalana señalar que a lo largo de la historia cayeron bombas, no dijo dónde, pero uno se imagina dónde caían, porque en efecto cayeron, y dijo también, ay, que esas bombas siguen cayendo. Como metáfora me pareció muy fuerte, pero como todo se puede decir en honor del presente memorial de agravios, pues uno se traga la palabra y se pasa al otro lado de las webs.


De todo lo que ocurre, algo ha llamado la atención en los tiempos más próximos: la escenografía, el tempo, conseguido por el presidente Artur Mas para firmar su convocatori. En el decreto había un subtexto que todo el mundo conocía, pero la hipocresía nacional (la de la nación catalana y la de la nación española) decidió decir lo que no era: que se estaban convocando, sin más, unas elecciones autonómicas. Vivimos con papeles de mentira, y somos capaces de tragarnos eso igual que nos tragamos que caen bombas donde hace rato que no se ve ni una, aunque ahora cualquier cosa, como diría Evelyn Waugh, es una noticia bomba.

De aquella escenografía llamaron la atención también la solemnidad, el gallardo porte del hombre ante el papel, el estilo de la pluma, que alguien habrá guardado como imborrable recuerdo; la mirada fija en un horizonte al que parte el individuo vestido de Moisés. Está en su derecho, pero uno está en su derecho también de pensar que quizá tendría que haber escuchado esa melodía tan bella de Pablo Milanés: “Muchas veces te dije que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien”. O habría tenido que leer un libro escalofriante, Sonámbulos, en el que Christopher Clark cuenta cómo fue Europa a la guerra del 14. Para muestra, a Mas le hubiera gustado saber cuántas veces se desdijo el zar de haber firmado el reclutamiento para la guerra. El hombre estaba indeciso, y sus ministros decidieron aislarlo para que no se arrepintiera más.

Luego se supo que fue un primo suyo, el emperador alemán, el que le había susurrado que antes de hacerlo había que pensarlo mejor. Pero ahora Mas no estará ni para estas lecturas ni para esas músicas; tiene la mirada allí donde tiene la frente, y no se aparta ni para oír, cómo va a tener tiempo para leer.

Reforma de pensiones 2015: Nuevos y equivocados requisitos

Nuevos cambios en los requisitos para acceder a la jubilación en cumplimiento de la reforma de pensiones. Desde 2013 esta norma está obligando a los españoles a trabajar más años y cobrar menos como fórmulas para sostener el sistema de Seguridad Social, zarandeado por una crisis que se ha llevado por delante a 3,7 millones de cotizantes.


Esta reforma retrasa progresivamente la edad de retiro de los trabajadores españoles hasta los 67 años en 2027. Así, quienes quieran jubilarse a lo largo del año próximo con el 100% de la pensión que les pudiera corresponder, deberán tener ya cumplidos los 65 años y tres meses. Hasta 2018, la edad de jubilación se incrementará un mes por cada ejercicio, para a partir de esa fecha aumentar en dos meses cada año hasta 2027.
Retrasar la jubilación tiene sus ventajas para el sistema. Por un lado, permite disponer de más población activa que, por un lado, financie las pensiones, y por otro, retrasar el cobro de la pensión, un alivio para las cuentas públicas. Es decir, si un trabajador sigue activo hasta los 67 años, son dos años más que sigue aportando, pero no consumiendo pensiones. Lo que evidentemente va a crear un para por “abajo” que nunca compensará el ahorro y el daño emergente. Pero el PP tiene como objetivo no acertar en ninguna de sus reformas y esta, no iba a ser menos.

Pero este retraso en el acceso a la jubilación tiene excepciones. Quienes ya acumulan una larga vida laboral podrán seguir retirándose con su pensión íntegra a los 65 años siempre y cuando tengan cotizados 35 años y nueve meses. Por cada ejercicio se aumenta ese periodo en tres meses hasta llegar a 2027, cuando quien desee retirarse a los 65 deberá contar con una cotización de, al menos, 38 años y seis meses. La generación que se está jubilando ahora comenzó a trabajar muy joven y, por tanto, acumula muchos años de aportaciones al sistema. Más problemas para saltar este listón tendrán los jóvenes actuales, que han empezado más tarde a cotizar, y las mujeres con lagunas en su cotización.
Con el nuevo año también cambiarán los años que se tienen en cuenta para calcular la pensión, que en 2015 quedará fijado en 18 años. Desde el 1 de enero de 2013 se ha abierto un periodo transitorio hasta el 1 de enero de 2022 en el que la cotización exigida para calcular la pensión pasará de forma progresiva desde los 15 años que había antes de entrar en vigor la reforma a 25 años. A cada ejercicio, que comenzó a contar desde el 1 de enero de 2013, se le irá sumando un año hasta completar los citados 25 años en 2022.

Los requisitos para acceder a la jubilación anticipada voluntaria también tendrán modificaciones en 2015. La norma retrasa hasta los 63 años y tres meses la edad para acceder a este retiro, que paralelamente a la edad legal de jubilación podrá realizarse dos años antes también hasta 2027, cuando quedará establecida en el mínimo de 65 años.

Además, para acceder a esta modalidad son necesarios al menos 35 años de cotización, y por cada trimestre de adelanto respecto a la edad oficial de jubilación la pensión sufrirá una penalización progresiva que irá desde el 2% de la base reguladora, si se han cotizado menos de 38,5 años, hasta el 1,625% si se superan los 44,5 años cotizados.
En el caso de jubilación forzosa, podrá realizarse hasta cuatro años antes de la edad legal de retiro -en 2015, a los 61 años y tres meses- y son necesarios 33 años de cotización como mínimo, y la penalización irá desde el 1,875% por trimestre adelantado para menos de 38,5 años cotizados hasta el 1,5% para más de 44,5 años cotizados.

Ya se está aplicando el nuevo Índice de Revalorización que incluye la reforma, aunque ya este año, por decisión del Gobierno, las pensiones dejaron de actualizarse con el IPC, tal como ocurría desde comienzos de los años noventa, y subieron 0,25%. En años anteriores la inflación interanual registrada en noviembre servía para ajustar el alza aplicada en enero con el fin de que los pensionistas no perdieran poder adquisitivo. Desterrada definitivamente la referencia de la inflación para subir las pensiones, desde enero próximo se aplicará el citado Índice de Revalorización de las pensiones, un complejo indicador que tiene en cuenta factores como la cuantía de la pensión media por el efecto sustitución (la diferencia entre las pensiones que causan baja y las nuevas que entran en el sistema), el número de pensiones, los ingresos contributivos y el gasto en pensiones.


El objetivo es que la revalorización sea compatible con el equilibrio presupuestario a lo largo del ciclo. Es decir, que periodos de crisis se compensarían con periodos de expansión de la actividad económica. Esta fórmula tiene dos límites: esa revalorización mínima garantizada del 0,25% anual para evitar que en las malas épocas, como la actual, las pensiones bajen y una subida máxima del IPC más el 0,5% que se aplicará en épocas de bonanza económica.

Con Artur Mas, los catalanes, viajan a ninguna parte.

El 19 de mayo de 1991, el astronauta Serguéi Konstantínovich Krikaliov despegó desde el cosmódromo de Baikonur (Kazajistán) a bordo de la nave Soyuz TM-12 con destino a la estación espacial MIR. Krikaliov fue despedido aquel día como un héroe de su país, la Unión Soviética, pero los problemas de presupuesto le obligaron a permanecer en la MIR durante 311 días. Cuando el 25 de marzo de 1992 regresó a la Tierra, en las desoladas praderas kazajas en las que aterrizó no lo recibieron con honores, porque su país había desaparecido. Mientras permanecía en el espacio, la Unión Soviética se desintegró, desgajándose en patrias cada vez más pequeñas. Además del golpe moral, el asunto tuvo graves consecuencias para Krikaliov, que pasó de ser un privilegiado con ingresos muy superiores a los del ruso medio, a tener dificultades para llegar a fin de mes. Bastaron esos 311 días para acabar con 69 años de historia de la Unión Soviética.

Artur Mas i Gavarró pretende dejar en anécdota la extraordinaria aventura de Krikaliov, porque su objetivo declarado es acabar en solo 240 días -los que transcurrirían desde la firma del decreto de convocatoria de elecciones de ayer hasta que dentro de ocho meses se produjera la programada «desconexión»-, con 500 años ininterrumpidos de pertenencia de Cataluña a España. En el origen de la desintegración soviética, y a pesar de que algunas de sus antiguas repúblicas estén hoy igual o peor que entonces, estaba el anhelo de democracia, prosperidad económica y liberación de una dictadura opresora que las había unido por la fuerza. Por el contrario, lo que Mas se propone es poner fin al período de mayor libertad, prosperidad y autogobierno de la historia de Cataluña, y a siglos de vínculo y convivencia pacífica con el resto de España, aislándola además del paraguas democrático y económico de la UE.

Y si incluso en la desintegración de la dictadura soviética hubo una apariencia de legalidad, ya que fue la Cámara de las Repúblicas del Sóviet Supremo la que decretó el 26 de diciembre de 1991 su propia disolución, Mas quiere desintegrar España por las bravas, saltándose todas las leyes con un pronunciamiento unilateral de independencia impensable en cualquier país democrático. Con su decreto de ayer, obliga a los catalanes, los que le apoyan y los que no, a introducirse en una cápsula para emprender un viaje insensato. La propia convocatoria de elecciones, hecha con nocturnidad y secretismo, refleja ya la tramposa manera con la que pretende conducir este proceso.


Al Gobierno, a los tribunales y a la sensatez de los catalanes corresponde impedir que los ciudadanos de Cataluña se encuentren al regreso de ese viaje alucinante como Krikaliov. Es decir, no solo desgajados del país en el que nacieron y vivieron toda su vida, sino también divididos y despojados de su actual seguridad y bienestar económico. La Grecia que ayer se derrumbó en los mercados es un buen ejemplo de hacia dónde conduciría Mas a Cataluña.

Artur Mas y otros someten al pueblo catalán.

El 27-S no se pondrá a votar la secesión de Cataluña sino que se elegirá un Parlamento autonómico. El ciudadano medio no quiere confrontación; ve con preocupación el desprecio a la legalidad que propugna Junts per al sí
El 27-S no pone a votación la secesión de Cataluña. El 27-S elige un Parlamento autónomo. No es un referéndum para decidir qué vamos a hacer, sino unas elecciones parlamentarias para determinar quién nos gobernará en los próximos cuatro años. No elegimos entre opciones de acción, sino entre candidaturas formadas por personas, con nombre y apellidos. En un referéndum, lo importante es la acción sustantiva que se somete a votación; las personas que nos gobiernan ocupan un segundo plano porque quien sea que nos gobierne hará lo que salga del referéndum. Un referéndum es una forma poco operativa de tomar decisiones colectivas complejas por la dificultad de convertir esta complejidad en una disyuntiva entendible; más que para gobernar, se utiliza para sancionar lo ya gobernado.

En unas elecciones parlamentarias, en cambio, los candidatos son la parte esencial; su actuación sustantiva una vez elegidos pasa a un segundo plano porque, queramos o no, para entonces ya les habremos dado el poder. Esta amplísima delegación, esta gran confianza, por sorprendente que pueda parecer, es la esencia de la democracia parlamentaria. Una forma de gobernar que ha funcionado bien y que todos los países civilizados siguen.
La candidatura Junts per al Sí (JS) pretende interpretar los resultados del 27-S como un referéndum. Según esta interpretación, la obtención de 68 escaños por parte de esta candidatura significaría que el electorado catalán quiere escindir Cataluña del resto de España y otorga el mandato a Artur Mas, el cuarto candidato, como presidente de la Generalitat. Una monumental burla a la ley que, sin embargo, tiene su lógica. JS está diciéndole al elector: si usted está a favor de la independencia de Cataluña, siendo el 27-S como es un referéndum, no se detenga demasiado en los candidatos que componen nuestra candidatura; concéntrese en lo esencial, en la independencia de Cataluña, y vótenos; si ganamos, le garantizamos que en nueve meses Cataluña será independiente.

Que la burla tenga su lógica no quiere decir que debamos aceptarla. JS está en su perfecto derecho de proponer la independencia de Cataluña y los electores, incluidos los independentistas, de examinar con especial atención el historial político de Mas. Su labor de gobierno no pasará a la historia como ejemplo de buena gestión. ¿Quién puede entender que frente a la mayor crisis económica jamás experimentada, las preocupaciones del Gobierno catalán, más que a paliar las graves consecuencias de la misma sobre los ciudadanos, se hayan dirigido casi de forma exclusiva a promover la independencia? El paro ha afectado a segmentos amplios de la población y ha expulsado del mundo laboral a la juventud. La pobreza ha llegado a la clase media y la volatilidad financiera e inmobiliaria ha generado más desigualdad. La sanidad pública se ha deteriorado y la educación no rinde lo que debiera ¿Por qué Cataluña es una de las comunidades más endeudadas, cuando recibe los mismos recursos por unidad de necesidad que la media? ¿Por qué la Generalitat lanzó un proyecto de la envergadura de la Línea 9, necesario pero que supera con mucho su capacidad financiera, sin recabar el apoyo financiero de otras Administraciones, y en particular del Estado, a diferencia de lo que en el pasado se hizo con los Juegos Olímpicos y con la desviación del delta del Llobregat? ¿Por qué cuando quiere negociar con el Gobierno central lo primero que hace es amenazar y demonizarlo? ¿Por qué socava la Constitución española, bajo la cual nuestro país —y Cataluña— ha experimentado su periodo más largo de prosperidad?

El Gobierno de Mas no se ha preocupado por los efectos de la crisis, sino solo por la independencia
No todo son pasivos. Entre los activos de Mas destaca su capacidad táctica. Prueba de ello es la relativa facilidad con que ha logrado enrolar en su proyecto, que no es otro que el de mantener el poder, a Esquerra Republicana de Catalunya. Si a pesar del deseo de disfrazarlo de referéndum, el 27-S acaba siendo visto por el electorado como una elección parlamentaria, el señor Junqueras habrá tomado un riesgo considerable porque el resultado vendrá determinado no tanto por la secesión de Cataluña como por el carácter de los políticos que se presentan. Junqueras, como líder de la oposición, en una rara combinación de papeles, ha sido el soporte fundamental de Mas en sus tareas de gobierno y es por tanto corresponsable de las mismas. A pesar de ello, inevitablemente, será Mas quien atraiga la mayor atención; la valoración que de él haga el electorado condicionará el destino de la candidatura JS.

Mas, hoy, no inspira la confianza que en el pasado le encumbró a la presidencia de la Generalitat. La crisis económica le ha pasado factura, como lo ha hecho con todos los gobernantes que han tenido que gestionarla. Sigue gobernando, pero a un coste cada vez más alto para él y la ciudadanía. El coste que aquí nos interesa es el segundo: el creciente desasosiego que las manifestaciones del independentismo provocan entre la población. Un coste social tan real como cualquier otro, y más cruel que muchos por su absurdidad; un coste que cercena nuestro bienestar y que ningún político nos puede exigir.

El ciudadano medio no quiere confrontación y ve con extrema preocupación el desprecio a la legalidad que esta candidatura propugna. Es nuestra legalidad, la que libremente nos hemos dado y la que nos permite vivir de forma civilizada. Una legalidad homologable con las más avanzadas de nuestro entorno y que incorpora los procedimientos necesarios para su propia reforma. Una legalidad que es la base de la democracia en la que vivimos. ¿Qué queda si prescindimos de ella? ¿Al arbitrio de quién vamos a ordenar nuestras vidas?

Las manifestaciones de soberanismo provocan un fuerte desasosiego entre la población
Así piensan los que no desean la independencia de Cataluña y quiero creer que también muchos que se sienten independentistas, pero no conciben una transición traumática y fuera de la ley. Tiene que haber ciudadanos de estas características entre la militancia y el entorno conservador de Convergència Democràtica de Catalunya, y entre quienes creyeron las antiguas manifestaciones de Mas de que la transición sería acordada y él en ningún caso actuaría de forma ilegal. La transición, si la hay, no será acordada porque así lo dice el Gobierno central, y el respeto a la legalidad que Mas aparentaba se ha desmoronado con estrépito ante los pronunciamientos de sus colaboradores más cercanos.

Con un Mas que no inspira confianza, la candidatura JS tiene por fuerza que acusar el desafecto de sus electores naturales en favor de Unió Democràtica de Catalunya, por la derecha, y de la CUP y Catalunya Sí que es Pot, por la izquierda. El 28 de septiembre tendremos un Parlamento del que saldrá un Gobierno autonómico. Pero el 27-S seremos contados y es importante que quienes defendemos la Constitución, quienes estamos en contra de la confrontación y quienes deseamos dejar atrás esta pesadilla acudamos a las urnas y manifestemos nuestra posición. Las acciones de los nuevos Parlamento y Gobierno dependerán de cómo salga esta cuenta.


Antoni Zabalza, catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Valencia y fue secretario de Estado de Hacienda.

Mujer más longeva del mundo (122 años) gracias a la fidelidad y amor a su marido.


La fidelidad y amor a su marido, la tranquilidad del hogar, los cultivos propios y los dulces de palma son algunos de los secretos de la vietnamita Nguyen Thi Tru, que a sus 122 años es la más longeva del mundo, según la Asociación Mundial de Récords.

Postrada en una hamaca de su casa en un suburbio rural de Ho Chi Minh (antigua Saigón), la anciana, de aspecto frágil, sonríe a los visitantes a su llegada pero ya no habla apenas, y hace cuatro años que empezó a perder la consciencia.

Las piernas débiles y finas como el alambre que asoman debajo de su pijama marrón ya no le sirven para sostenerse y necesita atención casi continua.

Es su nuera más joven, Nguyen Thi Ba, de 76 años, quien se ocupa de ella durante todo el día y duerme a su lado por la noche.

Ambas descansan sobre sendas camas sin colchón, en una choza de paredes de uralita y techo de lona que han habilitado en la parte trasera de la vivienda familiar.

“Tuvimos que trasladarla aquí porque se hace sus necesidades encima y dentro era más difícil limpiarlo. Aquí se siente mejor porque no hace tanto calor”, explica la nuera.

La tranquilidad de esta familia se vio alterada de manera repentina el pasado 15 de abril, cuando la Asociación Mundial de los Récords la declaró la más anciana del mundo y comenzaron a llamar periodistas a su puerta.

“No sabemos bien cómo ocurrió, nosotros no reclamamos nada, alguien de la Administración debió de darse cuenta de que había nacido en 1893 y avisó a la asociación”, dice la cuidadora.

Si bien es la mujer más anciana del planeta según la Asociación Mundial de los Récords, con sede en Hong Kong, la organización Guinness sólo reconoce a la neoyorquina Susannah Mushatt Jones, de 116 años.

Los documentos del registro civil vietnamita que indican que Tru nació el 5 de mayo de 1893 aún no han sido validados por Guinness.

El marido de Tru falleció en 1975 a los 85 años de edad (ella tenía 82) y de los diez hijos que tuvieron, sólo viven dos.

El menor, marido de la cuidadora, murió el pasado marzo a los 85 años. Tiene ya dos tataranietos, pero nos resulta muy difícil hacer cuentas del número de nietos y bisnietos, son muchos, comenta Ba.

La centenaria mira con ojos curiosos cómo su nuera va dando detalles de la existencia apacible que ha llevado a caballo entre tres siglos.

“Ella siempre se ha quedado en casa, ni siquiera iba al mercado, siempre ha comido las verduras, el arroz, las frutas, la carne y el pescado de nuestra granja. La familia tenía muchas tierras”, dice.

Uno de los pocos vicios de esta mujer que nunca probó el alcohol son los dulces de azúcar de palma y de plátano, que todavía toma de vez en cuando.
Sólo sufrió sobresaltos durante la Guerra de Vietnam, cuando los terrenos cercanos a su casa se convirtieron en campos de batalla y tuvo que mudarse, pero ni ella ni sus familiares resultaron heridos.

“Mi suegra nunca ha estado en un hospital. Ahora viene un médico a verla a veces porque tiene flemas y no sabe expulsarlas”, comenta Ba.

Entre sus rasgos más característicos, la nuera destaca su generosidad, siempre dispuesta a echar una mano.

“Recuerdo que incluso en tiempos difíciles para nosotros, nunca se negaba cuando los vecinos le pedían algo de comida. Siempre ha tenido muy buen carácter, dicen que las suegras y las nueras no se llevan bien en Vietnam, pero no es mi caso”, cuenta.

Durante la conversación, la centenaria sigue intercambiando sonrisas con los visitantes y de vez en cuando extiende la palma de la mano como si pidiera limosna. “Siempre espera que todo el mundo le dé comida”, se disculpa Ba.


La centenaria permanece en silencio y solo cuando su nuera termina de hablar señala el foco de neón que ilumina la choza y pronuncia sus únicas palabras de la conversación: “Apaga la luz”.

Pensar filosofando no es un incordio.

Tendemos a pensar que el propio pensar y filosofar es un cierto incordio. Y a recordar, como Foucault nos dice, que “ni consuela, ni hace feliz”. Tal parecería entonces que lo mejor sería desprenderse de tamaña incomodidad. Y no ya solo por insidiosa. Vendría a ser inoperante y paralizadora. Para quienes tienen una consideración instrumental del pensamiento, la cuestión sería acudir a él en caso de necesidad como medio para resolver situaciones que lo requirieran. Presuponiendo que se trata de una mera actividad mental, el asunto consistiría en activarlo en caso de necesidad.

Sin embargo, el pensamiento nos constituye y, como nuestro propio cuerpo, no acude o deja de hacerlo solo en caso de ser convocado. No es que lo tengamos siempre con nosotros, es que es nosotros. Otros asunto es que lo desconsideremos, lo que, como propio cuidado de un mismo, no deja de tener sus consecuencias.
Más aún, si bien la palabra felicidad parece excesiva, y Emilio Lledó ha hecho un espléndido “Elogio de la infelicidad”, bien es cierto que el fruto de la sabiduría es el gozo y la dicha de vivir, si hemos de atender a Descartes en “Las pasiones del alma”. Semejante sabiduría no es la del mero acopio de saber, sino una vinculación de este con la forma de vida, un proceder, que no sea un mero comportarse. Y en dicho proceder es decisivo el pensar. Incluso para estar en verdad contento, que es la relación adecuada en uno mismo entre el contenido y la forma. Pero no es cuestión simplemente de una actitud interior o de un estado de ánimo. El proceder es una acción, en todos los sentidos de esta palabra. Y pensar no es un acto, es efectivamente el obrar en el que consistimos.

Ahora bien, basta recordar con Hegel que “el verdadero ser del hombre es su obrar” para que destelle una íntima relación entre pensar y ser, que es la clave de lo que podría definir la filosofía, no ya la de los filósofos, sino la de toda una vida. No es que ambas resulten incompatibles, antes al contrario, aunque no siempre son necesariamente coincidentes. Precisamente por ello, el pensar no es patrimonio de disciplina alguna, lo que no impide que su determinación, su concepción, sus formas o su historia sean concretamente estudiadas por la filosofía. Del mismo modo, tampoco la acción se excluye de su modo de proceder. Toda una sabiduría práctica, la que comporta una verdadera determinación y prudencia, forman parte integral de su quehacer.

Ni el saber ni el pensar son, por tanto, exclusivos de ningún ser humano, ni es cosa de apropiárselos. Nadie puede pensar en nuestro lugar, ni decir nuestra propia palabra, ni vivir nuestra vida. Ello no impide que haya numerosos intentos por tratar de usurpar las de los demás. No es simplemente una cuestión defensiva, es un gesto de autonomía y de emancipación, una verdadera libertad.

Precisamente, la desconsideración de los derechos y la desatención a esta esencial equidad, que no deja de ser a la par una labor abierta y requiere un intenso trabajo por lograrla, es un impulso a hacer del pensar una permanente tarea: la de configurar la ciudad de los hombres y mujeres en efectiva igualdad, la comunidad justa. Y esto no parece estar finiquitado.
En alguna ocasión hemos citado la convulsiva sentencia que Cioran nos envió de que “la lucidez absoluta es incompatible con la respiración”. Sería pretencioso asentirlo, como si hubiéramos alcanzado alguna vez semejante clarividencia, pero cada quien a nuestro modo lo hemos presentido. Y precisamente por ello y para ello, también el pensar es la tarea de encontrar la distancia adecuada, la mesura y el decoro, no para dejar de ser decididos o de ir a las raíces, sino para no serexagerados. La etimología de esta palabra la vincula a quien hace crecer, y aumentar, a autor. Y Ricoeur nos previene. Tal vez en exceso: “no somos autores, sino narradores de nuestra historia.” En cierto modo, ni siquiera “de nuestra vida”. Esto no es una razón para el desentendimiento, sino para una mayor implicación.

Tantas veces encontramos en los demás las palabras que nos faltan. Nos hacen pensar. No son recursos fáciles para evitarlo. Son la constatación de las propias fragilidades. Por ello pensar está vinculado a escuchar y a leer. Es más un decir que un mero hablar. Y por eso concretamente es tan decisivo crear las condiciones para la palabra de todos y de cada uno, de todas y de cada una. Este dejar hablar, que es también un dejarnos decir, no es un simple acto de permisividad, sino un acto de reconocimiento.


No es cuestión, por tanto, de detener el pensar cuando se trata de actuar. Nadie ha de hacerlo. Lo constatamos a diario. No es el abandono de la tarea, es una forma de afrontarla. Desde las propias posibilidades, para no pocos cercenadas por diversas formas de imposición o de silenciamiento, por carencia de las condiciones mínimas, es imprescindible reivindicar la tarea de pensar. Para transformar, para mejorar. En las tesituras complejas de un mundo incierto, los espacios de decisión compartida y la necesidad de tejer ciudad nos convocan, más aún, a cada cual a nuestro modo a impulsar y proseguir en esta labor. Si no fuera por la grandeza de estas palabras que no hemos de mancillar, diríamos que es una tarea de justicia y de libertad.

Ángel Gabilondo, catedrático de metafísica, para blog de Juan Pàrdo

Eléctricas: A menor consumo de energía mayor incremento del recibo de la luz.


Las eléctricas recuperan a través del término de potencia los costes de inversión en generación que no pueden recuperar por el precio de mercado de la electricidad

Cualquiera puede observar que en los últimos dos años el precio de la energía utilizada para producir electricidad ha bajado, pero el recibo de la luz ha subido. Un elixir mágico, llamado regulación a la carta (de las compañías eléctricas, por supuesto), ha conseguido que el consumidor que menos energía eléctrica gasta sea el que pague más en términos relativos; y viceversa. Una política racional de precios procuraría que pagasen más (en términos relativos) los que más gastan, porque eso es lo que dicen los manuales de economía y porque de esa manera podría buscarse una disuasión del consumo. Pero en España sucede al revés. ¿Por qué?

Pues porque el regulador —el Gobierno— decidió en 2013 que era necesario, mejor dicho, imperativo, aumentar lo que paga el cliente en concepto de potencia contratada, que es la parte fija del recibo, para garantizar (parece la única explicación económica) los ingresos de las eléctricas. El balance desde agosto de 2013 es arrasador: para el consumidor doméstico ha supuesto una subida del 92% de la parte fija del recibo (término de potencia contratada) y del 145% para el consumidor industrial. La decisión ataca directamente los bolsillos de los clientes con menos capacidad económica y liquida cualquier política de ahorro; se haga lo que se haga con el consumo en los hogares, el peso principal del recibo sigue siendo inmune a la austeridad.

Cuando se calcula el ingreso que se garantizan las eléctricas por esa política tarifaria (penosa para el consumidor), aparecen nuevas distorsiones graves. Resulta que el sistema eléctrico factura a los clientes el equivalente a 175 gigavatios (Gw) de potencia contratada; pero, como es sabido, el sistema tiene una potencia instalada de 108 Gw; y la punta máxima que utilizan los clientes es de 39 Gw. Una sencilla cuenta demostraría, para pasmo de economistas y teóricos de los mercados, que pagamos a las eléctricas 136 Gw que no utilizamos, simplemente porque los tenemos contratados. Esos 136 Gw regalados con el consentimiento del regulador equivalen a 10.000 millones anuales. ¿No sería más lógico sustituir el sistema de tarificación contratada por uno de tarificación por potencia demandada? Pues sí; pero se acabaría la sobrefacturación de 10.000 millones consentida a las eléctricas.


No obstante, descártese provisionalmente la tesis del semifraude y acéptese la de incompetencia regulatoria. Las eléctricas recuperan manu militari a través del término de potencia los costes de inversión en generación que no pueden recuperar por el precio de mercado de la electricidad (la parte variable del recibo). ¿Que este esquema perjudica a los clientes más débiles, aumenta la desigualdad y penaliza el ahorro? Pues Industria no lo ha visto o le parece un daño irrelevante. Pero resulta que la generación eléctrica está liberalizada por ley y, por lo tanto, las empresas toman las decisiones de inversión a su propio riesgo. Es decir, esta estructura de recibo de la luz vulneraría la legislación vigente. Salvo mejor opinión del regulador, rebosante de abogados del Estado, claro.

¿Plebiscitarias? Con solo mecionar el término independencia en campaña electoral, las elecciones se podría impugnar ..con éxito garantizado.


Artur Mas es un catalán frustrado políticamente, rígido mental e insolidario con su propio pueblo. Ante este benévolo análisis, no le queda otro remedio que oscurecer sus mermas y, mira por donde, la ha tomado con jugar al despistes semántico, aunque con un solo propósito, JODER AL PUEBLO¡ Poco a poco, el presidente de la Generalitad ha ido buscando como encajar apellido de “plebiscitarias”. Y así, “plebiscitarias”, las llama el Consejo Asesor para la Transición Nacional creado por el Gobierno catalán con el encargo de buscar cauces para las anticipadas elecciones en Cataluña.

Consultados seis catedráticos de Derecho Constitucional para tratar de explicar qué son las elecciones plebiscitarias y qué efectos tendrían. Todos coinciden en que no existen y no tendrían ningún efecto.

No es la primera vez que el presidente de CiU y de Cataluña utiliza esa figura plebiscitaria para presentarla como alternativa al referéndum: lo hizo, por ejemplo, hace un año en una rueda de prensa en Bruselas. Después de que le preguntaran varias veces por su plan B en el caso de que el Gobierno vetara la consulta, Mas dijo: “Incluso en el último momento, si no hay más remedio, se puede transformar una convocatoria electoral en un referéndum”.

No, no se puede transformar una convocatoria electoral en un referéndum, según los seis expertos consultados. En la ley Electoral no aparece la vía de las “elecciones plebiscitarias”. “O hay elecciones o hay referéndum. Y plebiscito es sinónimo de referéndum”, señala Teresa Freixes, catedrática de Derecho Constitucional en la Universitat Autònoma de Barcelona, que se declara “dolida” ante la posibilidad de que se convoque en Cataluña una modalidad de votación vinculada en el pasado a “regímenes populistas y a menudo dictatoriales, donde las elecciones se centraban en el apoyo a un líder”.

Las elecciones son a todos los efectos, elecciones autonómicas, insiste Xavier Arbós, catedrático de Derecho Constitucional en Girona. Otra cosa es que algunos partidos concurran a esos comicios comprometidos con la independencia, o incluso con un programa en el que solo haya un punto: la independencia. Eso lo asemejaría, en la práctica, a un referéndum. “Podrían hacerlo, porque en los programas se puede poner lo que se quiera. Pero luego no podrían utilizar el resultado para declarar la independencia: eso sería una ilegalidad clamorosa”, subraya Arbós. Él, que sí ve “espacio jurídico” para una consulta en Cataluña si se pacta con el Gobierno central, rechaza por engañosa la fórmula de las elecciones plebiscitarias.


Más duro es Pablo Oñate, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid: “Si un partido quiere proponer la independencia en su programa, que lo haga. Yo recuerdo una campaña electoral en la que había un partido cuyo compromiso electoral era establecer conexión con vida extraterrestre. Pero lo que tiene que estar claro es que elecciones y plebiscito son dos cosas distintas. Se está intentando confundir el debate y al ciudadano mezclando churras con merinas. Eso solo consigue aumentar la confusión”, dice. Roberto Blanco lo tacha también de “fraude político” y “engaño a los electores”.

En 2008, el Tribunal Constitucional prohibió la consulta soberanista anunciada por el lehendakari Juan José Ibarretxe en el País Vasco; entre otros argumentos, el alto tribunal determinó que una pregunta que afecta a la “redefinición” del Estado solo puede hacerse a todos los españoles, no a una parte. Si las elecciones catalanas se convirtieran en un referéndum encubierto sobre la independencia, ¿podría impugnarlas el Gobierno, apoyándose en aquella sentencia? Xavier Arbós, Ricardo Blanco y Pablo Oñate creen que, en principio, no. “Impugnables no son mientras no generen efectos jurídicos. Sí podrían serlo si, por ejemplo, el decreto de convocatoria hiciera referencia expresa a que se trata de un plebiscito”, apunta Blanco.

María Luisa Balaguer, catedrática de Derecho Constitucional en la Universidad de Málaga, es más tajante: “Si esa convocatoria es un referéndum encubierto, se convertiría en sí misma en un fraude de ley y el Gobierno podría plantearse impugnarla”, afirma. Teresa Freixes se sitúa en un punto medio: cree que no se puede impedir que los partidos concurran a unas elecciones con los programas que quieran, pero sí ve el riesgo del “referéndum encubierto”. “Lo que ocurre es que eso es muy difícil de perseguir. En derecho se llama levantar el velo: probar el fraude jurídico, demostrar que algo es realmente una cosa distinta a la que pretende ser”, explica.
Artemi Rallo, catedrático de Derecho Constitucional en la Universitat Jaume I de Castellón, tampoco ve una vía genérica de impugnación, aunque sí una “remota”: “La ley Electoral solo permite hacer campaña a los partidos. Si en esa campaña participaran, por ejemplo, organizaciones o plataformas por la independencia, eso sí podría denunciarse”.
¿Quién y cómo interpretaría el resultado?

Xavier Arbós señala que “nadie ha explicado cómo se contarían los votos” en esas elecciones. “Al no ser un voto directo en una consulta, podría ocurrir que quien ganase en votos no ganase en escaños. ¿Qué pasaría entonces?”, se pregunta. Roberto Blanco añade que “el efecto plebiscito exige un consenso en la lectura del plebiscito”, y augura que “eso no va a ocurrir aquí”. “Unos partidos leerían el resultado de una manera y otros de otra, sobre todo porque hay varios partidos que no van a aceptar haber participado en un plebiscito cuando lo que ha habido son unas elecciones autonómicas”, remarca.


Nunca se han convocado unas elecciones plebiscitarias en España, aunque el propio Artur Mas ya les dio un carácter muy similar a las autonómicas de 2012. La referencia que en los últimos días se ha hecho en algunos foros a las municipales de 1931 que se convirtieron en un plebiscito sobre la monarquía —y derivaron en una proclamación de la República por la vía de los hechos— es rechazada por los constitucionalistas. No es comparable, dicen, porque entonces España salía de una dictadura y no existía una “legalidad constitucional democrática”.

El radicalismo/populismo de Podemos cae en picado; Ciudadanos, emerge con garantías.


En las elecciones europeas del 25M aparecieron dos nuevas fuerzas políticas con resultados importantes en toda España, Podemos y Ciudadanos. Los posibilistas se dimensionaron enseguida para alcanzar registros históricos en el mes de diciembre. Por esas fechas, le disputaban las elecciones al PP con seis millones de votos, pero en el mes de febrero de este año se dimensionó Ciudadanos y el PSOE recuperó la segunda posición. Desde entonces, los electores de más edad, menos urbanos, más dependientes y peor formados, votan significativamente más por el PP o el PSOE, mientras que los más jóvenes, mejor formados y urbanos, lo hacen por Podemos y Ciudadanos. Finalizando el mes de febrero mandaban el PP y el PSOE, aunque eran demasiado pequeños y sumaban unos 220 escaños, mientras que se posicionaban Podemos y Ciudadanos reuniendo cerca de 100 actas donde antes no había nada.

El nuevo escenario cuatripartito se materializó en Andalucía, pero Podemos no supo explicar su resultado, el sistema lo tradujo en derrota y los aplastó. Ciudadanos, por el contrario, supo arrastrar a Susana Díaz durante un mes, para llegar al momento en el que en su misma situación se encontraba media España. Todo el episodio nos sirvió para visualizar la incompetencia electoral del sistema político-mediático de los dos lados, que supuso durante este tiempo que no había pasado nada; se votó en mayo y los ciudadanos más jóvenes lideraron a sus mayores y le arrebataron al viejo bipartito las grandes capitales y municipios metropolitanos.


Podemos y el PSOE pactaron gobiernos contra el PP, pero en Grecia cundió el pánico financiero y hubo que cerrar los bancos. Pablo Iglesias, que llama Alexis a Tsipras porque comparte proyecto en el sur de Europa, quedó atado al digno no del referendo griego. Pero no saben identificar la conquista y asumen el corralito como pasivo, alejándose así del mandato. ¿Por qué los pitufos de IU son gruñones, pero no los de Esquerra Unida i Alternativa, que hace cremallera en ICV y es lo mismo que el PCE pero en catalán? ¿Por qué en la Comunidad Valenciana Podemos cede el liderazgo a Compromís, que es otro aparato con cuotas, declarando incluso que su líder es Mónica Oltra, la vicepresidenta de Ximo Puig, que es del PSOE? ¿No es esto quererlo todo y además suponer que la gente es idiota? Podemos es un fenómeno electoral equivalente al que protagoniza Syriza en Grecia y el M5E en Italia, y si no le viene bien a Pablo Iglesias, aparecerá otro en su lugar, podría pensarse, porque su sitio no es al lado del PSOE, es enfrente.

Sin embargo, todo el mundo sabe que el día 27 de septiembre se votará en Cataluña y el artefacto Podemos-ICV/EUiA vapuleará al PSC, mientras que Ciudadanos hará lo propio con el PP y Artur Mas conseguirá los 68 que necesita, aunque con CUP. Esto es lo que tiene que suceder en vísperas de unas elecciones generales que hoy gana el PP, pero por debajo del 30 % de los votos válidos y muy alejado de los 140 escaños que dicen tener