Albert Rivera, Cs, Virrey socialista de Andalucía, pronto será amanuense de Podemos.


En estos días en los que, por motivos profesionales me he visto alejada de nuestro panorama político actual y ávida de noticias al respecto, desayuno hace unos días, con la, para mí, impactante noticia del pacto, aunque lo quieran disfrazar, de Ciudadanos con los socialistas andaluces, pacto que, según ellos aseguraron durante su campaña, no se produciría en modo alguno y menos aún si se mantenía a Chaves y Griñán en el escaño. Aunque esto último sea lo de menos, Susana Díaz y los lacayos de  Albert Rivera harán lo que los corruptos "manden"
       
        Digo impactante, porque si bien es cierto que  tal apoyo era previsible y esperado por muchas de las personas que me rodean, sobre todo mi hermano, y con las cuales tengo el placer de entablar interminables charlas con el noble fin de pretender “arreglar el mundo”, no lo es menos el hecho de que para mí tal alianza resultaba a todas luces imposible.


        
     La explicación a tan racional incredulidad la comprenderán sin duda aquellas personas que, como yo, hace casi una década quedaron absolutamente “enamorados y seducidos” por un joven líder que irrumpió en el panorama político catalán entusiasmando con su discurso y con su crítica abierta, sin tabúes y, sobre todo, sin complejos al más que reprochable y persistente clientelismo que profesaban `y profesan, para nuestra desgracia,  los nacionalistas, ahora independentistas, catalanes.


        Por ello, con “este atragantado desayuno”, e intentando “digerir” la noticia que centra estas líneas que escribo, me pregunto:

¿Qué diferencias existen entre el tan justamente criticado establishment de la entonces política catalana con el existente  en la sociedad andaluza?, sin olvidar que  en ésta última no ha habido alternancia alguna, con independencia de que hayan ganado o perdido tras su paso por las urnas.

        En este sentido resulta paradójico, o tal vez no, las grandes similitudes que presentan las dos comunidades, andaluza y catalana, que, tan diferentes aparentan ser o, mejor dicho, intentan justificar ser, sobre todo por parte de los últimos y, sin embargo, tan intrínsecamente están ligadas, compartiendo, por cierto,  además,  embajadas en el exterior, tan justamente criticadas antaño por Albert Rivera, ¿qué ha pasado, hemos perdido la memoria?,  porque algunos la tenemos muy fresca, pero, bueno, tal análisis entiendo merece ser objeto de un debate extenso y  autónomo, dejándolo, tal vez, para otro “desayuno”.

        Y, volviendo a lo anterior, escribo primordialmente estas líneas a fin de expresar con meridiana claridad mi absoluta decepción con que sea la formación de Ciudadanos la que, finalmente, haga posible la continuidad del “reinado” socialista en el feudo andaluz, y es que entiendo y me gustaría recordarle al Sr.  Rivera que el actuar con coherencia y responsabilidad en estos momentos no resulta en absoluto una cuestión baladí, porque los votantes por “muy apegados” que nos encontremos a vosotros como partido regenerador, seremos implacables a la hora de juzgar vuestra tan decisiva actuación que culminará con las generales a finales de años y no podemos ni debemos olvidar el hecho de que, cada día sigue  habiendo oleadas de imputados provenientes de los ere cuando sus dos máximos responsables se encuentran aún en ese partido al que ahora prestáis vuestro apoyo, habiéndole prometido hasta la saciedad a vuestros votantes que eso nunca sería posible,  o mejor dicho, voy a personalizar y responsabilizar al Sr. Rivera de este apoyo toda vez que de sobras es conocido que pocos en Ciudadanos eran partidarios de este pacto, excepto Vd. que, como líder  nacional estas siendo omnipresente, lo cual no tiene porqué ser negativo, en absoluto, ahora bien, siempre y cuando no te conviertas, como parece está ocurriendo, en omnipotente.

Y esto, dicho sea de paso,  lo escribe y rubrica una  convencida  votante de ciudadanos ahora, que en sus inicios  fue militante activa desde dentro y que hubo de apartarse por motivos personales que ahora no vienen al caso pero que, desde luego, resultaron ser  ajenos al partido, tanto es así que, durante muchísimo tiempo me ha pesado el haber tomado esa decisión y que, esta mañana, por primera vez, en estos largos años de compromiso con el partido, he levantado, con gran pesar, mi humilde espada de Damocles hacia el mismo.


        Así que, para concluir estas líneas y, utilizando como símil  el argot propio de las crisis matrimoniales, ya que anteriormente he hablado  de “enamoramiento”, he de decir que en este momento mi relación con la nueva formación a nivel nacional, no tan joven a nivel regional, no se encuentra próxima a una petición de divorcio ni siquiera de un “cese temporal de la convivencia” pero sí expectante y crítica hacia este futuro incierto dónde los próximos pasos serán cruciales de cara al gran encuentro con las urnas cuando este 2015 toque su fin.

Lo que no es fácil de explicar ni de describir, no es incomunicable.


El misterio de la vida, y de cada existencia singular, puede resultar insuficiente para hacernos cargo de aquello que no acabamos de comprender y sin embargo nos constituye. Y no parece fácil ni explicarlo, ni describirlo. Decir que cada quien guarda su secreto no aclara demasiado. Entre otras razones, porque el asunto no es ahora lo que se oculta a los ojos y al sentir ajeno. La cuestión es no pocas veces lo que se hurta a nuestra propia consideración. Cuando no hay mucho que decir y todo parece estar dicho, sin embargo es como si algo bien decisivo quedara ausente de cualquier explicitación. No es que nos lo guardemos para nosotros. Es que ni siquiera propiamente lo poseemos. Es muy improbable, sin que sea necesariamente de modo sofisticado o grandilocuente, no haber sentido que estamos desbordados por lo que somos, y no sólo por lo que nos pasa, y es frecuente no saber apenas de uno mismo. Es como si sólo nos dijéramos cuando reconocemos que, puestos a sorprender, somos los primeros sorprendidos.

La falsa tendencia a considerar que esta experiencia es producto de una profunda elaboración teórica ignora que es de una contundencia y de una cotidianidad tan constante y radical que en muchos ámbitos ni siquiera es preciso argumentar para convencer. Nos ocurre. Y a quien le sucede no precisa demasiadas aclaraciones. Pero sí algunas. No es una extravagancia saber que no nos tenemos del todo y que quizá no nos tendremos nunca. Y ello no sólo constituye nuestra soledad, sino nuestra identidad y nuestra diferencia. Resulta tan trivial, que prácticamente tiene tendencia a desaparecer. Es lo que ocurre con algunas evidencias, que son todo un secreto.


Ludwig Josef  Wittge decía que pensamiento y mundo son lenguaje, porque el lenguaje representa al mundo y es figura del pensamiento que tiene sentido y no gira vacío sobre sí mismo Su reiterada cita acerca de lo que no se puede hablar, considerando que hay que callarlo. Que Hegel haya puesto, como suele, el asunto en un desafío absoluto, al subrayar que no hay lo inexpresable, no nos alivia ni nos evita ciertas cuestiones. Ni siquiera está claro que nosotros mismos no seamos en cierto modo de lo que no hay. Y ello es un estímulo. Entonces, lo determinante es el modo de respuesta, que siempre es un modo de decir. Ni lo sabemos ni lo podemos todo al respecto, pero precisamente esta escisión es la clave de cualquier comunicación.


Aunque contemos cuanto sabemos con todo tipo de detalles, sin pretender ocultar nada, a pesar de que, como suele decirse, nos sinceremos, por más que, entregados, no busquemos guardar ni lo más mínimo, no se expide lo que no resulta transmisible. Entre otras razones, porque ni siquiera es un contenido conformado y definido. Podría pensarse que, en cualquier caso, se desvela en cada palabra. Y no faltarán quienes buscan dilucidar en lo dicho un sentido que ni reside ni se agota en ello. Ni se limita a la relación o a la emoción, ni al sentimiento, ni a las impotencias del concepto, ni siquiera sólo a nuestra capacidad. Ni se resuelve con más sinceridad, ni se aclara con más detenimiento. No es cosa de una mayor competencia o voluntad. Sin duda influyen, pero no resuelven la cuestión. Ni siquiera la desplazan. Quizá precisamente lo incomunicable nos impulse una y otra vez a tratar de comunicarnos. Y no se diluye con que lo hagamos impecablemente. Más bien con ello se ratifica hasta qué punto el asunto parece no agotarse en la intención de quien considera que basta dar con la expresión adecuada. A veces tratamos de otorgar lo que ni siquiera poseemos, con la confianza de que al hacerlo se nos desvele o se nos presente a nosotros mismos.


Se insiste con razón en lo que un rostro revela. A su vez ofrece un silencio singular. Es una presencia que a la par desvela una peculiar ausencia. Suya, muy suya, sólo suya, y que curiosamente no le pertenece en absoluto. Es como si anunciara lo vivido y al mismo tiempo lo deseado, lo inviable, lo no sucedido, en un espacio inclasificable, como aquello que no se deja recoger en un relato, lo inenarrable, pero que lo perfila y lo concreta. No es preciso ni agudizar la vista ni la descripción tratando de captar lo que se impone sin requerir muchas explicaciones. Pero tal imposición tiene más que ver con un impacto que con una concepción. Nos comunica bien lo incomunicable como incomunicable.


No es que simplemente se sugiera, es que en ocasiones lo que se dice no se identifica sin más con lo que se comunica. Y no sólo porque ello implica al otro, a los otros, sino porque no se ajusta al control que el propio lenguaje trata de imponer. Sin embargo, se vislumbra de tal modo que no se reduce únicamente a lo que no se transmite, ni a lo que se acalla, sino que es tal su contundencia que constituye una nueva forma y figura. Cada quien es asimismo lo incomunicable en él y por él. No es idéntico en todos los casos y en cierto modo en ello reside no poco del atractivo individual. No lo que esconde o acalla, tantas veces inocuo  o, por muy decisivo que parezca, de poco interés. Se trata de lo que nunca podría decir, y en este sentido ni ocultar, aunque sólo se preserva con lo que singularmente es. Lo incomunicable forma parte de su insustituible palabra, de lo que nadie vivirá en su lugar. Y gracias a ella pervive. Y viceversa, por serlo, da permanentemente que decir.


El afán de desvelar lo que no está oculto y es palmaria superficie, como un enigma sin secreto, el ansia de entenderlo y de explicarlo todo, confirma una vez más la impotencia de un modo de proceder sensato pero insuficiente. Cada descubrimiento, cada invención, no sólo generan nuevas tareas, problematizan las labores y abren  nuevas posibilidades, confirman que lo que da que decir ni  se agota ni se clausura con lo dicho.


Atribuir a la falta de espontaneidad o de sinceridad el no exponer permanentemente todo no es una simple desconsideración para con la intimidad o la confidencialidad, es ignorar hasta qué punto no vivimos en la absoluta posesión del contenido y del sentido. Incluso hay quienes creen que sólo es real lo que ellos conocen de primera mano o cosas semejantes. Cualquier otra perspectiva, otro alcance u otra orientación les parecen no sólo improbables sino inviables, cuando no falsos. Ellos son la medida de todas las cosas, y más aún, de todo lo factible y de todo lo posible.

No se trata de encontrar en lo inabarcable o en lo inefable una coartada para silenciar o ignorar la verdad. Pero incluso en la más generosa entrega a ella, ha de reconocerse su resistencia a ser masticada y deglutida, ingerida como lo que sucede, hasta convertirlo todo en asumible para nuestro provecho. En la sociedad de la permanente transmisión nacen otras opacidades y otras soledades. La supuesta pura y absoluta transparencia y circulación se enfrenta con nuevos reductos, no pocos creados por ese afán, y se encuentra con la impenetrabilidad de lo que en cada quien y en cada vida no se deja atrapar por la entronización de lo comunicable.

Ucrania huele a guerra civil, la UE a chamusquina.


La UE está obligada a ofrecer a Ucrania ayuda real, tangible y sustancial. El ambiente cada vez está más caldeado y huele a Guerra Civil.  

¿Por qué, cuando parecía que las cosas iban a ir a mejor, que Ucrania estaba avanzando hacia un acercamiento a Europa que significara una mejor vida para el grueso de sus habitantes, todo se hunde? La respuesta es que quizá en realidad Ucrania no estaba avanzando. El fracaso del acuerdo con la UE no tiene sólo que ver con la presión rusa. El presidente Yanukóvich —como sus antecesores desde la independencia— no fue capaz de realizar las reformas necesarias para que el acuerdo no costara a los ucranianos la destrucción de su renqueante sistema económico. Las transformaciones estructurales que la apertura a Europa traía consigo habrían desintegrado por completo el sistema aún pos-soviético, basado en una agricultura aún casi koljosiana y una industria de bienes de equipo secuestrada por sus ventas a Rusia. Las altas cifras de crecimiento económico ucranio tenían mucho que ver con una moneda mantenida a niveles artificialmente altos por el banco central.

Sin un cambio fundamental en la política económica, sin una rotunda voluntad de transformar las estructuras del país, Ucrania no resistirá. Las tensiones identitarias sólo son peligrosas si la situación económica se degrada. Mientras el este y el sur de Ucrania podían crecer económicamente, vendiendo a Rusia y a Occidente, pero manteniendo las libertades ucranias, esa peculiar mezcla de tolerancia y corrupción, nadie pensaba en una separación del resto del Estado. El abismo económico al que se dirigía el país bajo la falta de dirección de Yanukóvich y su casta de magnates hizo reaccionar a las masas, pero las respuestas, habida cuenta de los resquemores étnicos y los intereses propios, han sido muy distintas en distintas regiones.


Y en distintas personas. La situación no es tan simple como la presentan muchos analistas. La división evidente entre los ucranios no es puramente lingüística, ni étnica, ni ideológica. Escucho en la televisión ucrania los discursos en directo desde el Maidán y me encuentro con lo que ya he visto muchas otras veces, en las ciudades y los pueblos: un político habla en ruso, el siguiente en ucranio, hay otro que comienza en ruso y termina diciendo frases en ucranio. Rusos y ucranianos —incluso los nacionalistas— se sienten parte de un mismo tronco étnico. Pero eso no implica que quieran lo mismo. Las divisiones cruzan las mismas familias, el puesto de trabajo marca también la conciencia: quienes dependen de que sus empresas vendan a Rusia no ven con buenos ojos a la UE, los estudiantes que han vivido y estudiado en Fráncfort del Oder, Berlín o París quieren disfrutar también en Kiev de las libertades ciudadanas que han disfrutado durante los meses o años pasados en la Europa comunitaria. Es cierto que ni la crisis del euro, ni las imposiciones alemanas a Grecia y los países deudores, ni la constante impotencia internacional de la UE han ayudado a incrementar la confianza en una organización que muchos —sobre todo los más ancianos— siguen percibiendo como un enemigo de tiempos de la Guerra Fría. La UE —y todas sus formas anteriores— fueron difamadas acerbamente por la propaganda oficial en la URSS y lo siguen siendo ahora en Rusia. Los nacionalistas ucranios —fuertes en el oeste del país— son temidos en el este y contemplados como fascistas y criminales. Es el resultado de la demonización del nacionalismo ucranio llevada a cabo por el régimen soviético, pero hunde sus raíces en un proceso histórico: el nacionalismo radical ucranio realizó una campaña de limpieza étnica durante la Segunda Guerra Mundial en la que murieron al menos 50.000 conciudadanos polacos (aunque las propias milicias polacas respondieran acabando con otros 15.000 ucranios). Con la ocupación de Ucrania Occidental por la URSS al término de la guerra, los radicales lanzaron una guerra de guerrillas de alta intensidad que les llevó a ser aniquilados por las fuerzas del Ministerio del Interior soviético. Es con estos nacionalistas, con su legado, con el que se identifican los ultras actuales. Su rechazo a todo lo que recuerde a Rusia —y Yanukóvich era para ellos un siervo ruso— les imposibilita para llegar a acuerdos. Ellos tienen una agenda propia, su objetivo no es la democracia, pero su lucha ha servido para quebrar el sistema.

Europa se ha convertido para muchos jóvenes ucranios en la imagen de un futuro que quisieran para sí y sus hijos. Resulta difícil para muchos occidentales acostumbrados al cinismo y el nihilismo con respecto a Europa comprender las emociones que la bandera azul con las doce estrellas despierta en ellos. Pero si Europa no reacciona el desastre será mucho mayor. Una Ucrania soberana, democrática, libre impulsará a una Rusia que avance por esa senda. Porque la Rusia de Putin no es, pese a todo, una dictadura, pero el cumplimiento de sus designios sobre Ucrania reforzaría en Rusia las tendencias aislacionistas, imperiales, contrarreformistas. Europa ni quiere, ni puede vivir al lado de un imperio. Y para ello Ucrania, el pueblo ucranio, es clave.
Tras los movimientos habidos en los últimos días, el gran peligro ahora sería la desmembración del territorio ucraniano. No se trata simplemente que las partes más industrializadas y ricas del país se fueran, se independizaran o se unieran a Rusia. Me llegan ciertamente voces de allá que dicen eso, que afirman que con “esa Ucrania”, la de los seguidores del nacionalismo de Stepan Bandera, ellos no tienen nada que ver. Pero no es así. Dada la interrelación de personas y territorios, la separación del este y el sur, del Dnieper y de Crimea, no sería en realidad un divorcio, sino una amputación. Y en una amputación los dos pierden: el miembro separado muere y el cuerpo queda herido y mutilado para siempre.

En una de mis estanterías esperan diez o doce libros de jóvenes poetisas ucranias. Teníamos la intención de hacer algún día una antología suya, mostrar en España de qué caldo de cultivo habían surgido movimientos como las Femen, esas mujeres capaces de luchar contra un patriarcado aún extremadamente brutal sin más arma que su propio cuerpo. Aunque pueda parecer anecdótico, estas mujeres son una muestra de lo mucho que Ucrania tiene que ofrecerle a Europa. Ellas, como muchos activistas del Maidán, luchan por cosas que todos damos aquí por sentadas —incluso aunque la crisis nos haya arrebatado alguna—. La Unión Europea tiene que moverse y ofrecerle a Ucrania ayuda real, tangible, sustancial.


¿Y España? ¿Pero, me dirán muchos, qué le importa a esta cansada España de la crisis lo que suceda al otro lado del continente? ¿No será mejor que nos dejen en paz, qué nos interesa a nosotros aquel lejano país? Yo, sin embargo, estoy hablando cada pocas horas con mi hermano, que está en el sur de Ucrania. Hace unos días se fue, como otras veces, a través de Odessa, para entregar unas máquinas de tecnología española, diseñadas y construidas por su empresa y que reportarán quizá nuevos contratos. Algunos familiares preocupados le han animado a volverse. Pero no se va a volver hasta que termine lo que ha ido a hacer allí. Porque ¿cómo les va a decir a sus empleados que deja escapar unos contratos que pueden significar la diferencia entre el desempleo y un trabajo digno? Aunque muchos no se den cuenta, nada de lo que pase en Europa nos es ya ajeno y todo nos afecta directamente a cada uno de nosotros

Del gran Pacto por México al triunfo de Peña Nieto (PRI)


El “Pacto por México” celebrado por las reformas que aprobó, los cambios que avaló, las transformaciones que encaminó. El gran triunfo político de la presidencia de Enrique Peña Nieto que lo consagró en la prensa internacional como un reformista comprometido, el salvador del país. El gran instrumento legislativo para remontar la parálisis que había impedido a sus predecesores mover a México. Pero como argumentan José Merino y José Merino en su magnífico estudio “Eficacia y democracia: la reconcentración del poder en México”, el Pacto no es como lo pintan. Tuvo y tiene su lado oscuro. Tuvo y tiene sus características contraproducentes. Significó priorizar la eficiencia sacrificando parte de la democracia. Implicó pactar con  Satanás.

Cada vez que las élites políticas del país llegan a acuerdos. Con objetivos que tienen poco que ver con los ciudadanos a los cuales representan. Con soluciones mexicanísimas que en este caso entrañaron compartir el poder de otra manera entre élites partidistas, pero no repartirlo de otra manera entre los electores. El Pacto por México generó mayorías legislativas pero no una mayor rendición de cuentas. Operó dentro del sistema polÌtico preexistente, pero no lo modificó para que funcionara mejor en nombre de la población. El Pacto ayudó al Presidente, pero no al Congreso; de hecho los legisladores en los dos años de la LXII Legislatura desaparecieron como actores legislativos. Los diputados no llevaron al recinto legislativo las preocupaciones de sus representados. Se limitaron a discutir y publicar la agenda de Enrique Peña Nieto. Se volvieron sus escribanos. El rendimiento de la LXII Legislatura llevó a 3% de iniciativas de ley publicadas, de las cuales más del 50% provinieron del Poder Ejecutivo. De las 92 iniciativas de ley publicadas en el Diario Oficial de la Federación, 50 las presentó el Ejecutivo federal. La agenda se concentró en sus iniciativas, en sus propuestas, en su visión. Y al margen quedaron los representantes electos que deberían haber planteado sus propias iniciativas y peleado por ellas. En lugar de ello simplemente avalaron las del Presidente, y dejaron morir las suyas. Basta con mirar su desempeño. En el segundo año de la Legislatura, del 100% de las iniciativas individuales presentadas por un diputado, no fueron publicadas 99% de las iniciativas del PAN, PVEM, MC, PANAL, PRD… 98% Así quedó anulado el trabajo legislativo de los diputados. Así acabó reconcentrada la agenda en el Ejecutivo. Así presenciamos tras bambalinas –o a base de “bonos”– una negociación que impidió analizar el proceso de construcción de esa agenda y asignar responsabilidades sobre cómo emergió. El Pacto por México deja tras de sí un Poder Legislativo atrofiado que no actúa como debería en la formulación de leyes. Deja como legado un electorado que, como no tiene acceso a mecanismos de rendición de cuentas por parte de la clase política, queda excluido de la discusión pública. Ni siquiera tiene forma de incidir en ella. La “solución” mexicana para “mover” al país sacrificó la representación. Minó el equilibrio de poderes. Afectó y para mal la deliberación y la salud de la democracia.

Y habrá quien diga que el fin justifica los medios. Que para forjar mayorías legislativas había que convertir a los diputados en marionetas.  

¿Por qué los políticos tienen poder para vender nuestros votos?

Su democracia es propia de origen. Nunca votan, pero colaboran
Hay mucho dilema y controversia sobre los resultados de las elecciones del 24M. Al final, todos han ganado y todos han perdido. Pero lo cierto y verdad es que casi nunca, nuestro voto, va a parar al partido que hemos elegido como más apto. Cada día día más divididos y más confundidos.  ¿Sigue teniendo sentido imaginar un funcionamiento de los partidos y de las instituciones que parta de la hipótesis que los de arriba saben más que los de abajo? ¿Podemos seguir dividiendo la esfera de la política entre los que la hacen dentro de las instituciones y aquellos que la practican fuera? Seguramente existen razones para mantener esas divisorias, pero podemos también argumentar que hoy esos espacios o posiciones son más objeto de tensión y de hibridación que de delimitaciones radicales.
No son demócratas, porque no les sale de los huevos.
La progresiva democratización de la sociedad, conjugada con los procesos de transformación tecnológica, de globalización económica y de heterogeneidad cultural y social, han ido haciendo más y más complejos los problemas a afrontar por las instancias de poder político. Nos encontramos a menudo con problemas que no son fáciles de diagnosticar y aún menos de relacionarlos con soluciones claras. La diversificación e individualización fragmenta intereses y por tanto convierte en más difícil el consenso social. Mientras que los avances científicos y técnicos, en vez de ayudarnos a resolver las dudas sobre qué hacer, más bien lo convierten en algo más complejo, dada la gran pluralidad de aproximaciones y de perspectivas que constituye hoy la sociedad del conocimiento. Podríamos prescindir de la política si estuviéramos muy de acuerdo tanto social como técnicamente sobre qué hacer, pero más bien estamos en una situación absolutamente opuesta. A más disenso social y menor acuerdo técnico o científico, más necesitamos la capacidad política de encontrar soluciones viables, socialmente aceptables. Y cuanto más abramos el debate, cuanto más logremos implicar en el diagnóstico y en la solución a ciudadanos y grupos e intereses, más fácilmente encontraremos vías de avance aceptables para todos. No es solo un problema técnico. No se trata de encontrar soluciones “populares”. Se trata de asumir la complejidad y entender que la construcción colectiva de conocimiento, mezclando “arriba” y “abajo”, es hoy la mejor vía para afrontar lo que nos viene encima.
¿Para qué ser popular?
La nueva cultura política  nace con los nuevos canales de comunicación. Utiliza a su favor la facilidad de acceso a las redes sociales, sin renunciar a los medios convencionales.
En estas elecciones, los nuevos actores políticos y las nuevas formaciones surgidas aquí o allí subrayan que lo que estaba en juego era la necesidad imperiosa de recuperar la capacidad de decidir sobre lo que nos afecta, ante un secuestro de las instituciones que había ido reduciendo enormemente sus márgenes de maniobra. Las experiencias de acción colectiva que se han ido sucediendo en los últimos años han tratado de generar nuevas formas de articulación y acción con las cuales comunicar y transmitir demandas, generar solidaridad e identidad entre sus miembros y, sobre todo, desafiar a sus adversarios. Estamos en una nueva cultura política que ha nacido y se ha desplegado desde y a partir de los nuevos canales de comunicación, entendiendo que podía utilizar a su favor la gran facilidad de acceso que permiten las redes sociales, sin renunciar a estar presentes en los medios más convencionales. Su hibridez y su heterodoxia les ha permitido llegar a grupos y personas muy distintas, sin dejar de usar la red en todas sus variantes. De esta manera, se ha ido consiguiendo generar un discurso alternativo al dominante que tendía a considerar como inevitable o imposible de modificar la realidad circundante.

Venimos de una época en la que “hacer política” se limitaba a ocuparse de lo que hacían los partidos políticos, la actividad de las instituciones y las elecciones que permitían el acceso a las mismas. Pero estamos ahora en otro escenario. Sobre todo cuando ha ido extendiéndose la percepción de que crecía la distancia entre esa visión estrictamente profesional y corporativa del “hacer política” y lo que sucedía en el entramado social. En los últimos años, los ensayos, experiencias y prácticas que han ido surgiendo desde “abajo” y desde “fuera” apuntan hacia otra concepción de la política y de la democracia, basada en procesos de implicación colectiva y personal en los asuntos públicos. Esa apropiación de la política, implica superar la visión estrictamente electoral-institucional, y engarzar con mecanismos de control y orientación del poder que vayan más allá de la mera transmisión de mandato o delegación. Una democracia entendida como forma de vida. Menos jerárquica, menos formalizada y menos especializada.

Gadafi, no era la principal amenaza para Occidente.




La sangrante primavera árabe, solo ha empeorado las dificultades de sus pueblos. Muy o demasiado a la ligera  europeos y americanos acabaron con Gadafi y su régimen, sembraron el caos actual en un país que era la fuente de energía para los europeos y tenía una organización política y social controlada por un dictador, que arrepentido de sus aventuras terroristas, fue aceptado por la comunidad internacional. Pero llegó la llamada primavera árabe, y como los que se rebelaron contra el Gobierno de Gadafi no podían acabar con él, acudieron a los apoyos exteriores que, con la Francia de Sarkozy, pronto acabaron por derribarlo. Ahora sufren las consecuencias del desgobierno y el caos, de lo que se está aprovechando el Estado Islámico, que se ha apoderado de centros tan estratégicos como aeropuertos, estaciones de petróleo y nudos de comunicaciones.

Por otro lado, han surgido dos Gobiernos, uno en Tobruk y otro en Trípoli, cada uno con su Ejército y su Parlamento. Ahora parece que están negociando en Marruecos para ver cómo pueden repartirse el poder y llegar a la unidad nacional. Pero en Libia se ventilan otros problemas que afectan directamente a Europa, como el yihadismo, que está tomando fuerza y se quiere asentar, como lo intenta en Siria y en Irak. Además, en medio del caos libio y dado que es un enorme país desierto en el sur, las mafias se han organizado para impulsar la emigración africana hacia Europa.

Libia está pidiendo ayuda a la ONU, pero se la niegan alegando que primero tienen que estar de acuerdo los dos Gobiernos. Mientras tanto, los refugiados llegan masivamente y el Estado Islámico avanza peligrosamente para Europa.

Peña Nieto cede al chantaje de la CNTE


Un Gobierno puede ser deshonesto, pero nunca débil. Es una frase cínica pero de otra manera no se explica el afán de los italianos cuando votan a  Berlusconi o de los mexicanos para que vuelva el PRI al poder. No fueron elegidos por su trayectoria moral ni porque alguien hubiese creído que se habían enmendado. Lo fueron por la presunción de fuerza que emana de ellos, la sensación de que con buenos o malos oficios sabrán hacer la tarea.
Por ello es tan preocupante que el gobierno de México haya cedido al chantaje de la CNTE, la fracción radical del gremio de maestros, al suprimir las pruebas de evaluación del magisterio, columna vertebral de la reforma social más importante de Peña Nieto.
La reforma intentaba enmendar una de las trabas fundamentales para el desarrollo económico y social del país; esto es, la deplorable calidad en la educación, muy por debajo de la media de los países en vías de desarrollo. Los ingentes presupuestos que el país ha destinado a este propósito han desaparecido en el hoyo negro de un gremio secuestrado por la mafia sindical.
Tan grave como es, las consecuencias políticas son aun mayores. Al ceder al chantaje de los maestros, el gobierno de Peña Nieto pasa el mensaje a los distintos grupos de poder que con la debida presión pueden echar abajo las reformas que lesionen sus cotos de poder. Ello es alarmante porque las reformas fueron presentadas como algo necesario para modernizar al país, destrabándolo de los monopolios e intereses creados que paralizaban la vida social y económica.


La única posibilidad de llevar a cabo tales reforma residía en la presunción de que existía un árbitro con la fuerza suficiente para imponerse a los diversos jugadores en aras del interés común. Pero obligar al árbitro a que retire una tarjeta amarilla constituye el camino más rápido para que el resto de los protagonistas se subleve contra los fallos que les son adversos. En otras palabras, al recular en su reforma educativa por la presión gremial, el gobierno podría estar dando el tiro de gracia al resto de sus reformas.
Lo que los macheteros de Atenco le hicieron a Fox es justamente lo que la CNTE le ha hecho a Peña Nieto
Durante su administración Vicente Fox (2000-2006) se propuso dotar a la Ciudad de México de un nuevo y necesario aeropuerto en el ejido de San Salvador Atenco. Los estudios revelaron que el sitio era idóneo y la opinión pública aplaudió la iniciativa presidencial. Pero la torpeza política para negociar con algunos cientos de ejidatarios provocó movimientos de protesta que terminaron por dejar a una metrópoli de 18 millones sin el puerto aéreo que necesitaba. El incidente fue interpretado como una expresión de la falta de oficio de los nuevos gobernantes.
Se suponía que los priistas tenían en su ADN lo que los panistas nunca pudieron adquirir, y que los ciudadanos habían votado su regreso a Los Pinos para que ejercieran su oficio político. Pero lo que los macheteros de Atenco le hicieron a Fox es justamente lo que la CNTE le ha hecho a Peña Nieto.
Al señalar lo anterior no estoy abogando por una respuesta represiva. No se trata de ver quién es más macho ni que el asunto se resuelva a punta de machetes. Estoy apelando, más bien, al ejercicio de la política entendida como el arte de conciliar en aras del bien común los intereses contradictorios de la sociedad. Además de la ley, el Estado posee una batería de instrumentos que el político profesional puede y debe utilizar para buscar el beneficio de las mayorías sin pisar los derechos de las minorías.

Nadie suponía que los priistas se caracterizarían por su honestidad, pero sí por su oficio. Lo sucedido esta semana demuestra que no es así. Urge corregirlo.

España será un carril bici para la trinitaria descalza, Ada Colau.

Aunque casi todos los historiadores coincidan en que solo hubo dos revoluciones en Rusia para instaurar el soviet supremo, en realidad sobrepasaron las mil. Igual, parecido o tal a como está aconteciendo en España. En Rusia, el líder era Lenin –bastante poco inteligente- basado en las ideas de Marx –nunca fue comunista- En España, la revolución de los monjes cartujanos y de las trinitarias descalzas, es liderada por Pablo Iglesias con las ideas de Monedero que no se ha ido, solo está de suplente. Si en Rusia, jamás se supo la procedencia de las ayudas logísticas y financieras de la revolución, solo el agente Alexander Parvus –cuando murió Lenin, Stalin (Ramón Mercader) mató a todos los seguidores de Trotski y nunca más se supo de Parvus; en España más o menos estamos igual o de parecida forma, se entiende que “los Podemos” están divididos y sobre su financiación poco hay de cierto y probado, solo dos millones de euros de la Yihad –vía Bildu- y más o menos el mismo dinero por parte de los bolivarianos. Solo suscita especial interés cuando los gastos de la banda de Pablo Iglesias superan con creces los 10 millones de euros.
El espíritu de la revolución rusa debería estar muerto, pero vive. Solo el 1% de la población vive por encima del precario, el resto lo están pasando mal, muy mal, demasiado mal. El espíritu que pretende instaurar “el coletas” y sus monjas no es más alentador que el ruso.

Cuando los políticos españoles hablan o gruñen –no siempre en español- se  sobreentiende que todo es mentira, pero la Ada Colau, posiblemente la reencarnación de Ramón Mercader para dar un picotazo de muerte a Pablo Iglesias, además de mentirosa, desde su convento, lanza misiles con cabezas nucleares a propios y extraños. Un día  dice que va a dejar la Diagonal solo para carril bici, otro que va a dejar exentos de impuestos municipales y estatales a propios y a extraños, al siguiente que la Ley se la pasará más o menos por donde se juntan las dos piernas. No en vano hay que tener  en cuenta que para hacerse con la alcaldía necesita el apoyo de, al menos, otras tres fuerzas políticas. Asusta pensar qué despropósitos haría Ada Colau si tuviera mayoría absoluta.



Y yo que pensaba que las tonterías solo las decían los políticos en campaña electoral y luego, cuando terminaban las elecciones, descendían a la realidad. Pero, Ada Colau, parece querer demostrarnos que se guardó sus mejores perlas de estulticia para después de los comicios, cuando acaricia ya la alcaldía. Su coherencia política es tal, que asegura sin ruborizarse que ella no es independentista y ni siquiera nacionalista, pero que en el simulacro de referendo votó sí y sí. Es decir, que Cataluña debe ser un Estado, y que este Estado debe ser además independiente. A su lado, Pablo Iglesias es Inmaculado.

Los "neocomunistas" se están apropiando de nuestros valores morales y éticos

Dos "neocomunistas" que hubiesen justificado el aborto en su día
Los falsos políticos de izquierdas, los neocomunistas, están “lavando” mentes humanas hasta el punto de “o piensas como yo o de poco o nada vale lo que tu pienses”. Si al aborto, no a los toros, si a dejar libres a los presos, no rotundo a la iglesia, el dinero en “sus manos”, no a la propiedad privada, etc. Justo, justo esto pasó poco antes de la guerra civil española. Deja mis valores como la vida me los ha configurado o te dejo sin los tuyos con encefalograma plano, no hay valores.

Así, el ser humano se ha quedado desnudo de verdades de todo tipo, ignorando su ignorancia y pavoneándose en sus muchas o pocas riquezas, sin echar de menos la excelencia, la benevolencia, la solidaridad, la simpatía, el conocimiento de las cosas y de las causas y todos los elementos de una vida feliz.

En la sociedad actual hay que saber distinguir entre valores morales y éticos. Los valores morales, las normas morales proceden, generalmente, de las tradiciones, o son resultado de creencias políticas o religiosas.

En realidad, todos somos animales morales, pero dicho estado solo indica que necesitamos ser sociales en un sentido y otro, ya que las "normas" no vienen con nosotros al mundo. Aristóteles dijo, para ser justos es necesario practicar la justicia. O lo que es lo mismo, tiene que "enseñarse" o estimularse la justicia, como tiene que "enseñarse " y "estimularse" el habla, ya que, de lo contrario, permaneceríamos mudos; si hablamos castellano o inglés no es por algún tipo de transmisión genética o cuestión de raza o sangre. Hablamos la lengua en que hemos sido socializados, generalmente por puro azar.

Una lengua no tiene que ser mejor que otra y una norma moral en principio no tiene que ser superior a otra siempre que todas se ajusten a los códigos establecidos.
Sin embargo, no todos los códigos establecidos son buenos, los hay peores y malos. En atención a lo que es la condición humana, a sus aspiraciones y deseos ilustrados, desde la óptica de la imparcialidad.

Los códigos actuales y las normas morales que de ellos emanan han de ser medidos, justificados y juzgados desde las normas éticas que emanan de la ética, que es una disciplina del conocimiento consistente en la reflexión desinteresada y en el desarrollo de la empatía y la imparcialidad.

Desde la ética examinamos las leyes y normas morales vigentes y decidimos cuál merece calificarse como norma ética. Pero saber qué es la ética y las normas éticas es una cuestión muy compleja a la que no suele dedicarse el tiempo preciso.

Si de algo peca la sociedad actual es de ingenuidad al creer que la "libertad" "el pluralismo " y la "tolerancia " son los valores que hemos de respetar por encima de todo.

Hay muchas clases de "libertad", de "pluralismo" y de "tolerancia", y todas no son igualmente buenas desde un punto de vista ético. Hay que matizar una y otra vez, ver las cosas desde la distancia debida sin dejarse cegar por las más cercanas, como pedía Hume, para alcanzar ese sentimiento peculiar que denominamos sentimiento moral.


Hay que aprender a ver a los demás, con sus necesidades, anhelos y aspiraciones. No bastan en absoluto los resultados de las votaciones, donde en general el porcentaje más alto de votantes está movido por el egoísmo, el prejuicio, la opinión pública, etc.
Por supuesto, tampoco vale el rey filósofo de Platón, sino que hemos de aspirar a una sociedad donde todos sean reyes filósofos, donde TODOS participen de la sabiduría, el poder, la benevolencia, la justicia y todas las cosas gratas de la existencia. Han de tomarse las decisiones sobre la base de la sabiduría de todos, no basándose en la opinión casi siempre equivocada de una mayoría. Vivimos en una sociedad contradictoria y confusa donde, "muerto" Dios, parece ser que todo está permitido. La libertad parece uno de los valores en alza, permitiéndole a cada uno que haga lo que quiera con su vida siempre que no perjudique a los demás, cuando la libertad profunda y bien entendida es aquélla en la que cada uno puede hacer lo que quiera con tal de que con ello beneficie a los demás.

Dos valores éticos parecen estar apagados o a punto de extinguirse: El cultivo de la excelencia propia y el amor benefactor hacia todos los seres vivos. Y estos valores éticos son deberes superrogatorios (excesivos), rechazados por el liberalismo contemporáneo, aunque representen, desde otra apariencia, el propio corazón de la ética.
Vivimos una moral individualista que justifican las mayorías ilustradas o no, generosas o míseras, pacifistas o terroristas.
Es cierto que se han perdido las "buenas formas" en una medida importante y que aparece un tanto de insolencia entre los más jóvenes, muchas veces engreídos, con una arrogante ignorancia e inexperiencia.

Sería injusto no indicar que esta característica de autosuficiencia define también a los no tan jóvenes y a los decididamente maduros.

Lo importante es que, de alguna manera, se ha superado la ingenuidad del pasado que tomaba las palabras del anti-ilustrado cura párroco, sus dogmas y sus verdades como la única verdad. Ahora los que no creen en una fe religiosa vuelven a ser tan ingenuos como para pensar que todo es relativo y no existe verdad axiológica ni de ningún otro tipo.

Estamos más cerca de una guerra civil que de posibles pactos de Gobierno.

Cuando un político se levanta, no siempre por las mañanas, lo primero que se pregunta es por qué no “robó” más el día anterior. ¿Sabéis por qué? Sencillamente, porque lo que “se dejó” bien sabe que ya lo ha robado otro. Me decía un excompañero funcionario, reconvertido a político –tres veces- no muy ladrón, Juan, ¿Qué va ser de mi, solo se meter la mano en cajas del Erario Público? Al poco, “””murió””” y enterrado está.
 Los políticos tienen que convencerse con una terapia de ética pura que les permita besar a su madre y confesar a sus hijos “robar”. Algo que les permita creer que, en el fondo, son personas normales y corrientes. Los funcionarios públicos están convencidos de que son más trabajadores que el común de los mortales y de que están sometidos a una presión desproporcionada en comparación con la remuneración que reciben oficialmente. Cargan sobre sus hombros responsabilidades que no guardan relación con el exiguo salario que devengan. Pero los más “borricos” proporcionan “”abren” la caja que ponen a disposición del político. Sin ellos, sin su colaboración, sería imposible saquear las arcas en cuestión.
Esto, Justamente, es el principio sobre el que se asienta la historia que justificaría la corrupción. Más aún, el empleado público asume que se trata de un valor entendido: su sueldo es bajo porque tiene acceso a otras compensaciones discrecionales que mejoran sus prestaciones. Compensaciones que no contempla la ley pero que el uso reiterado ha convertido en costumbre. En la mente del funcionario la lógica se invierte: no es que robe porque su sueldo es bajo sino al revés, su sueldo es bajo porque se asume que los ingresos están en otro lado. Algo así como el camarero con sueldo base minúsculo porque se da por descontado que vivirá de las propinas de los comensales.

Toda esta complicidad, también,  tiene que ver con la naturaleza de la política. Se trata, afirman ellos, de una carrera arriesgada, por no llamar traidora. El diputado, el senador, el alcalde,  o el responsable de un ente público, muchas veces termina con una jubilación prematura forzada por sus enemigos. En ocasiones, en el exilio. Y con mucha frecuencia, por motivos que ni siquiera tienen que ver con su desempeño sino con el de su jefe. Esto significa que el político debe acumular recursos hoy para prevenir las miserias de mañana. Aquello de “el político pobre es un pobre político”. El problema, claro, es que muchos se han tomado a pecho eso de acumular para las vacas flacas y ya han asegurado el patrimonio de su descendencia hasta la enésima generación.

Solo esto  y poco más ha sido la ruina económica de España,  por ende “la revuelta” electoral  y hasta la posibilidad de que sean alcaldes de las principales ciudades españolas comunista del Stalin iraní adiestrados por los bolivarianos.  Creo que estamos más cerca de una guerra civil como la del 36 que de posibles pactos entre corruptos votados cuando deberíamos haber botado. 

Atando cabos para pactar. Los votos del 24M eran demasiado baratos


Casi siempre a los partidos políticos se les vota por rutina o por utilidad. Cuando digo rutina me refiero al voto del forofo, del indolente; del que vota como lo hicieron sus padres y antes sus abuelos. En los países de larga tradición democrática termina siendo un voto conservador, aunque el ejemplo lo situemos en la izquierda. Y cuando hablo de la utilidad, quiero abarcar a los que votan por seguridad o miedo y a los que votan por expectativas futuras que en no pocas ocasiones terminan sin cumplirse.
En las elecciones municipales y autonómicas de este 24M hemos tenido un claro ejemplo de esta división. Está claro que a Podemos y Ciudadanos les han votado por utilidad. Ciertamente, es una utilidad proyectada hacia el futuro y vestida de ilusión, de ganas de cambio, de impugnación a lo existente, de rechazo a todo lo que hemos tenido hasta ahora; y poco importa en el momento de emitir ese voto que las expectativas creadas sean exageradas o imposibles, que el camino marcado nos lleve a situaciones desagradables o desastrosas para la mayoría. Han cumplido con lo que se pide a la política desde siempre: esperanza.
En ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, La Coruña y Bilbao el Partido Socialista no alcanza a ser ni siquiera la segunda fuerza política, se ha perdido respecto a las elecciones municipales anteriores, tenemos los peores resultados desde 1978; y sólo en Asturias y Extremadura somos el primer partido. Si alguien se atreve a decir que el PSOE ha tenido un gran resultado electoral en estas elecciones, o no se entera de nada, o tiene, por el motivo que sea, intención de engañar. Ha sido una derrota sin paliativos, de la que no se puede responsabilizar a los candidatos, sería sumar a la derrota, el error en el diagnóstico. Es cierto que puede obtener más poder del que ha tenido hasta ahora, pero una cosa es gobernar, que se puede hacer con pactos múltiples, y otra bien distinta que no ofrezca preocupación el «estado de salud» del Partido Socialista.

Los datos electorales auguran debates sobre cuestiones políticas que creímos solucionadas definitivamente


Desde hace tiempo vengo diciendo que el PSOE está siendo incapaz de adaptarse a la sociedad que contribuyó a cambiar; que de un tiempo a esta parte se nos revela como un partido viejo, al que se vota por rutina. Esa realidad que es apreciada por los propios dirigentes socialistas, han intentado cambiarla estos últimos años con soluciones procesales: las elecciones primarias y un continuo cambio de rostros; buscando siempre al más joven, al que menos pasado tenga. Muchas palabras, muchas historias del pasado, pero poca credibilidad y ninguna idea realmente nueva desde hace más de 10 años. Sin embargo, hoy los resultados les dan a los socialistas una nueva oportunidad, la posibilidad de hacer pactos -que en las municipales no deja de ser habitual-, permitiéndoles gobernar algunas Comunidades Autónomas donde no han ganado y algunas ciudades en las que tampoco son la primera fuerza. Pero estos resultados les presenta a pocos meses de las elecciones generales una encrucijada diabólica: si se conforman con obtener poder con los apoyos de Podemos, que ha demostrado que no tiene las limitaciones de IU, se irán diluyendo poco a poco, como ha sucedido en otros países de nuestro entorno; si por el contrario se refunda convirtiéndose en un partido reformista de centro izquierda, entendiendo que a su izquierda existe otra izquierda hoy pletórica por los resultados de las elecciones municipales, podrá recuperar una posición privilegiada en la política española. Hoy el PSOE es un partido sostenido por la costumbre, sin nuevos apoyos y perdiendo los sectores más dinámicos de la sociedad; depende de ellos que mañana vuelva a ser un partido útil. Se mueven entre la borrachera que provoca el poder a su disposición y unos resultados electorales que les muestran insistentemente que no son tan necesarios como lo fueron anteriormente para una sociedad que ellos mismos ayudaron a transformar.
El PP ha ganado las elecciones y sin embargo su derrota es inapelable. Durante meses y años se les ha venido diciendo que los números no son suficientes para ilusionar a los ciudadanos, que es necesaria la política y en nuestra situación una política con mayúsculas. Nunca será más oportuna la exclamación contraria a la que Clinton espetó a Bush padre: «¡Es la economía imbécil, es la economía!»; aquí, como cualquiera que sepa las diferencias entre nosotros y los estadounidenses, se les podría decir: «¡Es la política, es la política!», dejemos los calificativos a gusto del lector. La repugnancia hacia la política, la incapacidad para salir de los límites del partido, mucho mayor de la que tuvo Aznar que se abrió a sectores moderados en su primera legislatura, la aparición de casos de corrupción que afectan a las estructuras del partido con más responsabilidad política, la desaparición de ETA como enemigo aglutinante y sobre todo como barrera para encarar determinadas cuestiones políticas, ha llevado al PP a esta amarga victoria, -dejemos para otro artículo la importancia que para mí tiene la derrota de ETA en la ampliación del debate político español, la desaparición de la banda terrorista ha influido más en la política española que en el País Vasco.

En el último momento, con la nominación de Esperanza Aguirre, los populares creyeron recuperar las características que hicieron al PP de Aznar un partido ganador, pero ese retroceso, ese reconocimiento implícito de sus errores, no ha servido. Ya puse en duda en uno de mis últimos artículos que Aguirre pudiera asegurar a Rajoy el mejor resultado posible; pues bien, Cifuentes, con menos seguridad en un recetario liberal que la presidenta del PP de Madrid, no sólo ha ganado con holgura la Comunidad, sino que también ha obtenido un mejor resultado en la capital de España. Sinceramente creo que el PP tiene por delante un calvario electoral, pero estoy seguro que en la derecha con vocación de gobernar ha desaparecido la oportunidad para una alternativa peculiar en la que se mezclan unas gotas de casticismo, un ideario liberal de libro sin atender a la realidad social, y unos chorrillos de heroísmo épico que en el pasado ofrecía la lucha contra el terrorismo etarra, y que hoy los españoles lo han situado donde debe estar: en la historia. El centro derecha si quiere revitalizarse debe ser distinto a esta mezcla de ideas trasnochadas y sentimentalismo glorioso. Pueden pensar de cara a las elecciones generales que el miedo a Podemos les convertirá en un partido útil para los que necesitan seguridad. Si esta es la única base de su comportamiento político hasta noviembre no dudo de su victoria, pero tengo mis dudas de que lleguen al gobierno, y si lo consiguen, de que sea una legislatura estable y dure los cuatro años preceptivos.

Por último, todo el mundo habla de los pactos municipales y autonómicos porque es más fácil hablar de lo evidente que trascender a lo inevitable y arriesgarse a sondear las claves políticas del futuro próximo. Este resultado nos dice que todo está abierto, como lo estuvo en 1978, y no me refiero a los acuerdos, hago mención a cuestiones políticas vetadas hasta ahora y a otras que creímos solucionadas definitivamente. No tengo voluntad de convertirme en un Jeremías de saldo, aprovechando los resultados o conmocionado por ellos, ¡quién sabe! Creo que la deslegitimación institucional, el descrédito de la política oficial, la falta de resultados prácticos de la política económica, el debilitamiento de los dos grandes partidos -base indiscutible de nuestro sistema político-, y el auge del «autodeterminismo» en las comunidades autónomas vasca, catalana y navarra auguran un tiempo de debates encendidos sobre todo lo demás, también sobre lo más importante. Debemos tener en cuenta que no somos Grecia, pero ellos tienen algunas cuestiones mejor solucionadas que nosotros y no son las menos importantes. No soy pesimista, ahora se necesita inteligencia, moderación, propuestas para las reformas inevitables y política, sobre todo, mucha política.

Nicolás Redondo Terreros, presidente de la Fundación para la Libertad