Los campus universitarios son tiendas para comprar y vender títulos.


Nadie duda de que la universidad (en general) necesita reformas es indiscutible, como también que es necesario analizar cuidadosamente hacia dónde se debe reformar, no sea cosa que se deteriore en vez de mejorarla; por eso es una buena noticia que se haya abierto un vivo debate sobre ella en el espacio público. De entre la gran cantidad de temas que precisan reflexión, es urgente el que se refiere a la duración de las carreras, por razones obvias.

El RD, aprobado el 2 de febrero pasado, propone flexibilizar la oferta universitaria, con carreras más cortas y, por tanto, más baratas, para que los alumnos puedan entrar antes a ese mercado de trabajo que les está esperando como al agua de mayo. Todo ello se resume en esa fórmula, difundida desde los comienzos del Plan Bolonia, que no puede ser más falaz y que, sin embargo, la sociedad ha asumido sin más.

Las fórmulas “3+2” y “4+1” inducen a pensar que las carreras siguen durando 5 años, como antes, pero que desde el Plan Bolonia 4 de esos años se dedican al grado y 1 al postgrado, y que el decreto permite dedicar 3 al grado y 2 al postgrado. Pero no es así. Ahora las carreras duran 4 años y con el decreto podrán quedar en 3. Con esos tres años se obtendría el grado y, por tanto, la facultad de ejercer la profesión. La facultad, que no el ejercicio, porque para ejercerla es preciso encontrar un puesto de trabajo.

Los másteres, sean de uno o dos años, no forman parte de la carrera ni son necesarios para ejercer la profesión sino en muy pocos casos. Por ejemplo, en el caso del célebre “Máster de Secundaria”, que debe cursar cualquier graduado que desee dedicarse a la docencia en ese nivel, sea de Humanidades, de Sociales o de “Naturalidades”, por decirlo con Ortega. Se trata del antiguo Curso de Aptitud Pedagógica (CAP), que no complementa los contenidos de ninguna de las carreras, sino que tiene naturaleza pedagógica.

Los másteres no forman parte de la carrera ni son necesarios para ejercer la profesión sino en muy pocos casos
¿Ventajas de la nueva propuesta? Se dice que la nueva modalidad del grado resultaría más barata, lo cual es obvio, siempre que no suban las tasas, y todavía sería más económica si se redujera a dos años, a uno o a ninguno. Sólo que semejantes ahorros no redundan nunca en la calidad en un asunto tan serio como éste, que no puede quedar al cálculo monetario, porque no necesitamos mano de obra barata, sino profesionales bien formados, que se sepan a la vez ciudadanos de una sociedad de la que viven y para la que han de adquirir su saber.

Desde que en los siglos XII y XIII naciera la institución universitaria en ciudades como Salerno, Bolonia, París, Oxford o Salamanca ha ido proponiéndose unas metas que necesitan tiempo, estudio y debate sereno. La primera fue la formación de los profesionales indispensables para las necesidades de la época. Éste era el sentido de obtener una licenciatura, una licentia para ejercer la profesión, habiendo adquirido la facultas exigida para hacerlo. Ni la Academia de Platón ni el Liceo aristotélico, ni siquiera las Escuelas Palatinas creadas por Carlomagno, tuvieron el poder de decidir quién estaba facultado para ejercer la profesión. Un poder que ni puede ni debe ser político, ni puede ni debe ser económico. Las universidades son de la sociedad y están a su servicio, por eso necesitan ser autónomas y ejercer esta autonomía con responsabilidad y rendición de cuentas.

Con el tiempo a esta meta se sumaron otras. Las universidades han de transmitir conocimientos, espolear el afán investigador, cultivar la preocupación por descubrir qué es lo verdadero y lo justo a través del debate abierto, intentando con ello superar el fundamentalismo de quien se niega a argumentar. Han de esforzarse por formar ciudadanos responsables de su sociedad.

Las universidades han de transmitir conocimientos, espolear el afán investigador
Ciertamente, desde fines del siglo pasado se ha producido una revolución en las universidades que, junto con otras variables, introduce la necesaria atención al mercado productivo. Pero “junto con” no significa “reducirse a”. La universidad no puede ser una expendeduría de títulos orquestada desde el mercado, porque lleva en su ADN esas otras metas que está obligada a perseguir. Para hacerlo necesita tiempo y sosiego.

No es casualidad que carreras como la de Medicina no se vean afectadas por el decreto, además de prolongarse en ese excelente programa MIR, que todas la profesiones deberían imitar. Afortunadamente, aquellos a los que corresponde se percatan de que poner la salud en manos de graduados de tres años es suicida para una sociedad, y ojalá no se les ocurra cambiar de idea. Pero tan suicida es reducir a tres años la preparación de otros profesionales.


Se dirá que al fin y al cabo el decreto no hace sino una propuesta, pero lo cierto es que el final es fácil de adivinar. Las universidades con posibilidades acortarán el grado a tres años y propondrán másteres costosos y competitivos, financiados privadamente o por medio de su comunidad autónoma; las que no tengan esa posibilidad habrán de reducir el grado a tres años y apenas ofertarán másteres. Crecerá la desigualdad y el deterioro de la universidad será inevitable.

Las payasadas de las panzaburras de Podemos son cansinas y joden a España.

En un ambiente político crispado, sin apenas lugar para la risa, los nuevos equipos municipales de la llamada unidad popular (Madrid, Barcelona, las mareas gallegas) ponen, claro, una nota de color. Es verdad, ¡ay!, que, de momento, desconocemos totalmente qué piensan hacer con el poder alcaldes que lo alcanzaron convencidos de que con ellos todo iría mucho mejor que en el pasado, pero, aun admitiendo ese despiste sideral sobre la forma de gestionar los asuntos públicos locales, no cabe negar la contribución de esos munícipes a aquel Celtiberia Show que inventó el inolvidable Carandell.


Sus alcaldías son un concierto de tambor y cohetes.¿O no es un show digno de Cantinflas que una concejala coruñesa (Rocío Fraga, responsable, por más señas, de Igualdad y Diversidad) estuviera a punto de prohibir una carrera popular porque no le gustaba las camisetas rosas de las participantes? ¡Brillante forma de asegurar la diversidad y la igualdad!

Ada Colau, que reconocía a los pocos días de llegar a la alcaldía que el activismo social era una cosa y gobernar otra muy distinta (y mucho más difícil), no retiró por ello las durísimas críticas contra sus antecesores, pero se unió enseguida al espectáculo circense con su suspensión de las licencias turísticas y su expresión de desagrado hacia el turismo de cruceros en la ciudad que más visitantes recibe en toda España.

Pero, puestos a premiar las payasadas, Manuela Carmena, que ha convertido el Ayuntamiento de Madrid en sede de La Codorniz, se lleva el Razzie. Y es que entre su primera gran humorada (que las mamás -¡ojo!, no los papás- limpiasen los colegios de Madrid) y la última -hacer a los estudiantes barrenderos voluntarios a la fuerza- (¡que obsesión purificadora!), la regidora de la capital de España es ya la gran dama del desatino y la ocurrencia.

¿Estudiantes barrenderos? Pues hombre, puestos ya a gestionar trabajo para nuestros universitarios, lo que estaría bien sería procurar que puedan hacer en España lo que en gran parte de los lugares que admiramos: tener un empleo a tiempo parcial por el que se saquen unas perras que les ayuden a sobrellevar los rigores de su vida económicamente dependiente. Así sucede en EE.?UU., por ejemplo, país de las mejores universidades del planeta, sin que se le haya ocurrido allí a ninguna alcaldesa iluminada que barran gratis las calles de Cambridge (donde está ubicada Harvard) o Georgetown (donde está la universidad del mismo nombre).


Lo dicho: en un ambiente dominado por un político trilero que lleva meses anunciando que va a pasarse la Constitución y las leyes por el arco del triunfo, las monadas de los nuevos alcaldes son a veces (¡solo a veces!) un desengrasante divertido, por más que prueben a las claras que estos supuestos salvadores de nuestro maltrecho trasatlántico local no tienen ni idea de por qué parte del cuerpo entra el flotador.

El maestro o el político, no te excluyen de la educación de tus hijos


Todos los informes que, indudablemente, pasan por la criba del Gobierno, no valen para nada. España está manipula por una banda de tiranos que se hacen llamar políticos. ¿Sabéis por qué a las suegras le llaman madres políticas? Preguntar y responder, no es ni patético. Últimamente aparecen informes que, en definitiva, solo tratan de desviar la atención del ciudadano para que sin pensar, menos meditar su voto, opte por la opción PPSOE  ¡¡¡TODOS SON IGUALES¡¡¡ No, no es correcto. 

El informe PISA solo sirve para recordar lo mal que se educa en este país, la cantidad de reformas educativas que llevamos, la ausencia de un pacto escolar que nunca hemos visto ni veremos y nos ofrece la oportunidad de desahogarnos contra el sistema, siempre perverso por definición. Es una mortificación colectiva, oscuramente agravada porque a todas las desgracias se añade que casi siempre nos gana Portugal. Y al Gobierno del PP le ofrece una ocasión magnífica para echar la culpa de todos los males a los Gobiernos socialistas. Si se le puede echar directamente a Zapatero, mejor todavía. Antes que gobernará Zapatero lo hizo Aznar y…… Si, todos igual, como que España va mal, nuestra obligación es buscar alternativas donde primero sea la persona y saben que un país sin jóvenes bien preparados, no tiene futuro.

El informe PISA es demoledor, humillante, bochornoso, ignominioso. No solo es que  nuestros hijos desistan en comprensión lectora y matemáticas. Es que no saben desenvolverse con soltura ante problemas de la vida diaria. No saben elegir el camino más corto, son torpes con el aire acondicionado, se lían al sacar un billete de metro y no sé cuántas carencias más. Ahora resulta que los niños más torpes para resolver problemas ordinarios son los hijos de padres con mejor formación. A la inversa, los que mejor superan el examen son los hijos de inmigrantes. Esto es para hacer un estudio sociológico. ¿Qué puede ocurrir para ese resultado? Algo muy sencillo: que los más pudientes sobreprotegen a sus hijos. Les dan todo hecho, con lo cual el niño no tiene de qué preocuparse. Les ocultan los problemas, porque quieren niños y niñas felices y no toleran que alguien amargue su delicada pubertad. En cambio, los hijos de los inmigrantes se las tienen que apañar, buscar soluciones por su cuenta y salir de las dificultades cada hora de su vida. Por eso las segundas generaciones de los pudientes tienen fama de destrozar el patrimonio heredado y los hijos de los pobres progresan en la escala social aunque no hereden bienes ni vayan a colegios de pago que, lógicamente, deben ser mejores.


De modo que no todos los fallos educativos se pueden atribuir al sistema, ni siquiera al torpe de Zapatero y mucho menos a las escuelas y a los maestros. El mal casi siempre está en casa. Por ejemplo, cuando gastamos fortunas en llevar a los niños a Londres a estudiar inglés y en casa no les enseñamos que son las gallinas las que ponen los huevos, no el MERCADONA.

El mayor logro para la humanidad tuvo lugar durante el siglo XVIII en la Francia "revolucionaria"

La revolución es un cambio radical respecto al pasado inmediato, que se puede producir simultáneamente en distintos ámbitos (social, económico, cultural, religioso,sociológico, etc.). Los cambios revolucionarios tienen consecuencias trascendentales y suelen percibirse como súbitos y violentos, ya que se trata de una ruptura del orden establecido. Las revoluciones nacen como consecuencia de procesos históricos y de construcciones colectivas.
Sin lugar a dudas, el mayor logro para la humanidad tuvo lugar durante el siglo XVIII en la Francia revolucionaria. Allí germinó el moderno Estado de Derecho que, en evolución constante, alcanzó su cénit en los albores del siglo XXI. En la Francia ilustrada nacieron ideas hoy consideradas irrenunciables como sustrato de la dignidad humana. Ideas como la libertad política, la igualdad o la separación de los poderes del Estado, las cuales fueron abrazadas por una pujante burguesía que ya había alcanzado un gran poder económico y que provocó el benéfico efecto de clausurar el Antiguo Régimen residenciado en una Monarquía decadente.

El mayor aporte  histórico fue, a nivel jurídico y social, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, en la cual se inspirarían todas las venideras declaraciones y convenios internacionales sobre derechos humanos. En ella se establecieron una serie de derechos universales inherentes a la condición humana; derechos que no crearon los revolucionarios, sino que se limitaron a constatar. Todos ellos de tan hermosa factura como el contenido en el artículo 1: Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos. Se alude a la libertad como todo aquello que no perjudica a nadie y sólo la ley puede limitar; se habla de la presunción de inocencia y de la irretroactividad de la ley; de la libertad de opinión, de prensa y de conciencia; del principio de igualdad frente a la ley; de la igualdad para acceder a los cargos públicos solo con base en las capacidades individuales. Se refiere a la ley como expresión de la voluntad general y fuente de los poderes públicos; se recuerda que los agentes públicos son responsables de su gestión y la sociedad tiene el derecho de pedirles que rindan cuenta de ella. Constata cuales son los derechos naturales e imprescriptibles del hombre: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

¿Cuánto de esto está llamado a desaparecer en la España de hoy? ¿Cuánto ha desaparecido ya? Analicemos el art. 16: una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes definida, no tiene Constitución. Me pregunto si en el Ministerio de Justicia que impulsó la reforma de la LOPJ que acabó por convertir al órgano de gobierno de los jueces en una especie de subdirección general de aquel, y por elegir a sus integrantes "a dedo" entre los dos partidos mayoritarios y sin intervención efectiva por parte de sus gobernados, los jueces, son conscientes de lo que han hecho con la separación de poderes. Un Consejo con capacidad de sancionar disciplinariamente a los jueces incómodos con el verdadero -único, en realidad- poder, de elegir para los altos tribunales a los magistrados llamados a juzgar, en su caso, a ministros, diputados, senadores y miembros de los parlamentos autonómicos, de informar las leyes y de nombrar, si un nuevo atentado a la independencia judicial se consuma, a los presidentes de los tribunales de instancia que ejercerán un poder desconocido sobre los restantes jueces desapoderados también de la instrucción del procedimiento penal una vez que el nuevo Código procesal penal deje en manos de los fiscales (subordinados jerárquicamente al Fiscal General del Estado elegido por el gobierno) la investigación de los delitos bajo el inédito principio de oportunidad (a ti te investigo y a ti no).

Y si la separación de poderes peligra de tal manera, no digamos el aseguramiento de la garantía de los derechos. ¿Están garantizados esos derechos de los ciudadanos con una ley de tasas que obstaculiza a millones de ellos el acceso a la tutela judicial efectiva? ¿Sabían que los asuntos civiles han disminuido en un 25% desde la vigencia de dicha ley? Varios miles de injusticias y quejas no tienen acceso a los tribunales; solo las grandes empresas y los ricos acceden con normalidad a ellos; se ha favorecido la impunidad de las administraciones públicas (exentas de tasas); no se ha recaudado con ellas ni la tercera parte de lo previsto, la cual tampoco se ha destinado a financiar la justicia gratuita como se decía; y, sin duda, va a convertirse en caldo de cultivo del conflicto social.


¿Conflicto social? ¡Ah! Para resolverlo expeditivamente tenemos otro ministro a mano: el de interior. El mismo que afirma sin rubor que las cuchillas de la valla que nos separa de África solo producen erosiones superficiales a quienes entran en contacto con ellas tratando de escalar dicha valla, también bendice que el escalamiento de edificios públicos con fines reivindicativos sea severamente sancionado en su autoritaria ley de seguridad ciudadana, lo mismo que hacer botellón o sacarle fotos a la policía en las manifestaciones (por cierto, a agentes que van con una armadura integral que les hace irreconocibles). Dice el art. 12 de la declaración francesa de hace tres siglos que, siendo necesaria una fuerza pública para garantizar los derechos del hombre y del ciudadano, se constituirá esta fuerza en beneficio de la comunidad, y no para el provecho particular de las personas a las que ha sido confiada. ¿De verdad que esa fuerza, que ha dado muestras claras de su espíritu democrático desde la Transición no está empezando a ser utilizada no en beneficio de la comunidad, ni tampoco en provecho propio, sino para proteger a quienes mueven los hilos? ¿Cómo si no entender la sanción de los incómodos escraches que no han tenido la respuesta judicial que esperaba el gobierno? ¿Cómo si no entender las gravísimas sanciones económicas previstas para quienes se manifiesten ante el Congreso, Senado u otros organismos que tampoco han sido sancionados por el Poder Judicial? ¿También esta vuelta de tuerca es culpa de la crisis o en realidad es culpa de una ideología represora de las libertades? Por cierto, supongo que cuando gobiernen otros y se manifiesten los obispos y los pro vida contra la anunciada derogación de la Ley Wert, de la eventual ley de reforma del aborto y de otras futuras regresiones democráticas que nos dejen los dos años de gobierno que aún quedan, no se quejen entonces de que se les aplique esta ley de seguridad ciudadana al tomar las calles. ¿O acaso confían en que para entonces también la derogue el nuevo Gobierno?

El PSOE parte desde la hora cero con Pedro Sánchez y Meritxell Batet Eleciones 20-D)

Pedro Sánchez ya tiene a su número dos en la lista por Madrid en las próximas generales,  Meritxell Batet. Si  mediocre es Pedro Sánchez, no menos lo es, Batet. Además, Una mujer quizá de menor proyección pública pero sí fundamental en el equipo del secretario general, y cuya elección está dotada de enorme carga simbólica. Batet (Barcelona, 1973) es secretaria de Estudios y Programas del PSOE desde el verano de 2014, coordinadora del programa electoral. Diputada por Barcelona desde 2004. Miembro, claro está, del PSC. Es portavoz del PSOE en la Comisión Mixta para la Unión Europea, vocal de la Diputación Permanente y de la Comisión Constitucional. No apoyó la candidatura de Pedro Sánchez. Está casada con el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, del PP, con quien tiene dos hijas mellizas.

El PSOE tiene una oportunidad para ganar las elecciones de diciembre y situarse en condiciones de pactar con otras fuerzas de cara al próximo Gobierno. El futuro no está escrito, pero la evolución de las encuestas, los resultados del PSC en Cataluña y la consolidación de la unidad interna del partido son señales de que parece cercano el final de la travesía del desierto y de que Pedro Sánchez y los suyos cuentan con la posibilidad de jugar un papel destacado en la próxima legislatura.

No es probable que ningún partido obtenga la mayoría absoluta, de manera que generar un entorno que permita acuerdos futuros es una de las condiciones necesarias. A los españoles no les han convencido las mayorías absolutas y parecen partidarios de interpretaciones políticas más pragmáticas y eficientes que las vividas durante los tiempos crispados del primer decenio del siglo y el unilateralismo político que ha caracterizado la acción del PP.

Pero para que el PSOE tenga posibilidades es indispensable que se mantenga firmemente en el espacio del centroizquierda, que es el que, con matices, ha ocupado desde los tiempos de la Transición. La mayor zona de disputa de votos se encuentra en la frontera con Podemos —mientras que quienes están tentados de abandonar las filas del PP miran más bien hacia Ciudadanos—. El peligro es que los socialistas caigan en la tentación de acentuar el izquierdismo para no ceder terreno a la formación de Pablo Iglesias: se equivocarán si deciden caminar por la senda del radicalismo y abandonan o hacen dudar de su voluntad de representar políticamente al centroizquierda.

Hay que valorar los resultados del PSC en Cataluña partiendo de lo obvio: no han sido los que corresponden a un partido ganador. Pero sí ha mostrado suficiente capacidad de resistencia como para que no sea descabellado pensar en una recuperación en las generales. Su líder, Miquel Iceta, ha conseguido sostener el voto con una eficacia de la que muchos dudaban durante el periodo de tensión sufrido a causa de las presiones soberanistas en Cataluña.

Un partido que aspire a gobernar necesita también comunicar claramente su programa económico, que debería ser capaz de consolidar la salida de la crisis y la reducción de las desigualdades. No menos importante es el cierre de filas de los dirigentes socialistas en torno a la reforma federal de la Constitución. La voluntad de reparar la arquitectura institucional y los comportamientos del pasado constituyen un verdadero programa en sí mismo. Además, implica dotar a España de un renovado proyecto de país. Hay que mantener la voluntad de reconstruir el Viejo Continente y hacerlo desde un país dotado de una ambición propia, capaz de fijarse metas y de confiar de nuevo en sus propias fuerzas.


Hacen falta inteligencia y cintura políticas en el manejo de tantas variables. Y para eso no basta con atacar constantemente al jefe del Gobierno, ni con proclamar que el proyecto socialista consiste en hacer lo contrario que Rajoy. Al PSOE le irá mejor si traslada a los electores un mensaje convincente de lo que pretende y la seguridad de que las heridas internas se han cerrado, en vez de insistir en la vía de la crítica fácil a un PP sobrado de problemas para volver a obtener la confianza mayoritaria.

La independencia de Cataluña puede que no sea tan anticonstitucional.



Debería estar bastante claro que lo  que afecta a España lo deciden todos los españoles. Porque España será lo que los españoles quieran que sea" un argumento nada claro que invalidaría la idea de consultar únicamente a los catalanes sobre una eventual independencia

Que nadie se sirva a engaño. Pero,  en la opinión pública, en las lecciones y artículos de los académicos e intelectuales, en las tertulias y en los editoriales de los grupos mediáticos más poderosos, se ha instalado el mantra –liberación de la mente- de que el independentismo catalán solo recibe respuestas de orden legal frente a lo que se considera un problema estrictamente político. El corolario es que la culpa de todo la tiene Rajoy, y que la solución solo puede venir de un cambalache abstracto cuyas cesiones nadie se atreve a concretar. La verdad, sin embargo, es que en la definición del modelo político catalán -en sus competencias y su cultura- solo ha jugado, durante 38 años, la política, y que solo en el 2014 empezó a hablarse de una respuesta jurídica elemental -«la ley está hecha para cumplirla»-, cuya primera materialización -la imputación de Mas- se produjo antes de ayer y con gran escándalo del respetable. La política, nunca debería utilizar a la justicia.

El título VIII de la Constitución quedó impreciso y con una dinámica expansiva ilimitada porque Cataluña lo exigió así. La Transitoria Segunda quiso establecer la descentralización asimétrica porque Cataluña lo impuso. La sentencia del Constitucional contra la Loapa, que bloqueó cualquier intento de armonización del proceso autonómico e hizo efectivo el café para todos, se dictó al gusto de Cataluña y en respuesta a su recurso. La inmunidad de CiU frente al caso brutal de Banca Catalana se logró mediante una criminal inhibición de los tribunales que fueron sensibles a la razón de Estado. Todas las transferencias de Cataluña se negociaron políticamente a impulsos de los pactos de gobernabilidad cerrados con UCD, PSOE y PP. La retirada del Estado de Cataluña, la creación de su costosísima policía total y los sucesivos rescates de una sanidad quebrada se hicieron también por debajo de la mesa. Y la tolerancia del incumplimiento de la normativa sobre símbolos del Estado y sobre los excesos de la inmersión lingüística también se hizo fuera de todo control jurídico.

¿Y qué decir del Estatuto avalado por Zapatero, que el Congreso tomó en consideración de forma irresponsable? ¿Y qué decir de las tragaderas del TC que solo lo peló en lo gordo sin atreverse a frenar la dinámica separatista que ya alentaba en su letra? ¿Puede haber más política que criminalizar un recurso al Constitucional que trataba de frenar una reforma encubierta de la Constitución hecha para un solo territorio?

En Cataluña solo se tomaron medidas políticas en respuesta a una presión nacionalista que, libre de marca legal, acabó generando el torbellino secesionista. Y solo una demencial dinámica colectiva puede explicar que hayamos llegado a creer que el Estado solo le dio a Cataluña respuestas legales para un problema político. Y es que al final va a ser cierto que, «a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco»

Nunca fue independentista Artur Mas que muy pronto vivirá de Grifols en Canadá.

Definitivamente ha perdido el escaño 63 (Última hora)
Por boca de las buenas lenguas se deja oír que cuando Artur Mas empezó a pisar el acelerador del proceso soberanista su mujer le dijo en una comida entre amigos: «Pero Arturo, nosotros no somos indepes, ¿verdad?». La evolución política del líder convergente ha sido vertiginosa. En el 2011 avisaba de la fractura que podrían generar las posturas secesionistas y aseguraba en un plató de televisión que no se podía avanzar «con una sociedad dividida». Sin embargo, en una de las entrevistas previas a las últimas elecciones catalanas, extraía una conclusión curiosa del referendo escocés: «Los escoceses perdieron». Ya no le preocupan las brechas. Es más, se presta sin complejos a ese juego perverso de tomar la parte por el todo. Puestos a consultar y a aplicar esta democracia radical de la revolución en las urnas, quizás los vecinos de lugares como Hospitalet, la segunda ciudad de Cataluña, o los de Salou, segunda población con más turismo de la comunidad, también deberían hacer sus propias consultas. Porque allí ganó Ciutadans. Como escribió un articulista catalán el lunes: «¡Visca Tarragona Lliure!» Pero seguro que algún pope defendería que aquella esquina es indivisible.


Es irónico que la CUP le recuerde los resultados de la votación al gran frente independentista. Es grave que Mas y Junqueras no tomen en consideración al 52,2 % de votantes que no apoyaron ni a Junts pel Sí ni a la CUP. Es absurdo que Rajoy actúe como si aquí no hubiera pasado nada. Y es increíble que los políticos no hayan hecho lo que se les supone, verdadera política. Discuten sobre los resultados como si una foto finish pudiera resolverlo todo. Como si los otros no importaran. Y los otros, de un lado o de otro, son la mitad.

Cataluña, hoy es un refugio de fracasados y soplagaitas; mañana, rebeldes sin causa..





Hay que deslindar el mapa político y recuperar el consenso constitucional
De la confusión no puede salir la luz. Las urnas siempre son útiles para aclarar cuáles son las auténticas opciones democráticas, pero de una convocatoria electoral confusa no podía salir un panorama claro. Los 62 escaños que ha obtenido Junts pel, Sí, a seis de la mayoría para gobernar con estabilidad y a uno de la mayoría presidencial para la investidura, serían suficientes en un Parlamento normal, donde siempre aparecerían los escaños complementarios del campo moderado para sostener al Ejecutivo. No es así en el Parlamento que ha salido de las elecciones del 27-S, en el que la fuerza que complementa de forma casi natural a esta mayoría insuficiente es nada menos que la CUP, a la que no le basta con romper con España sino que quiere extender la ruptura a la UE, la OTAN e incluso al sistema capitalista, inhabilitando así al alimón cualquier eventual comprensión del proceso soberanista desde la esfera internacional.


Cataluña se encuentra abocada desde el 27-S a la fragmentación, la inestabilidad y la ingobernabilidad. La tarea de demolición a la que se ha entregado Artur Mas alcanza ahora a su propia figura como timonel del proceso independentista, cuestionada por sus socios en la independencia, ya sea dentro de la coalición, ya sea en la fuerza complementaria más extremista que es la CUP. Si hasta ahora había compatibilizado todavía su escasa gestión de gobierno con la plena dedicación al proceso, a partir de ahora la incompatibilidad será manifiesta, pues es imposible gobernar y aplicar a la vez un calendario de ruptura constitucional.

El todavía presidente Mas era la última reminiscencia del nacionalismo moderado y posibilista que fue durante años la característica de CiU; pero su doble deriva hacia el secesionismo y el izquierdismo, expresada desde 2012 en sus adelantos electorales y en discursos cada vez más estridentes, le incapacitan para ofrecerse como interlocutor de cualquier tipo de diálogo. Esta es una posición que tiene su contrafigura simétrica en Mariano Rajoy: el inmovilismo hecho presidente, frente al frenesí secesionista de Mas.

Cataluña tiene un problema muy serio, que no se limita a la agenda de la secesión. No son los catalanes por sí solos quienes deben y pueden resolverlo, como a veces parece desprenderse de la inhibición sistemática practicada por el PP. Tampoco son Mas ni Rajoy los dirigentes capacitados para encabezar iniciativa alguna de diálogo. El problema de Cataluña es el problema de España, y su encauzamiento y resolución se sitúa en el centro de la agenda para las elecciones generales. Nada hubiera sido mejor que un adelanto electoral que cerrara el paso a la crisis a plazo organizada por Mas con su convocatoria seudoplebiscitaria.


Esa oportunidad, que este blog recomendó, se perdió por la terquedad del presidente en cumplir sus plazos electorales, como si eso fuese un éxito en sí mismo. Ahora hay que prepararse para estas elecciones, imprescindibles para aclarar el mapa político, y pedir que los partidos adelanten posiciones para revertir el actual proceso de ruptura catalana con España en un proceso de diálogo y negociación, teniendo muy en cuenta que no es una independencia indeseable lo que hay que discutir, sino la recuperación  -mediante un fuerte impulso reformista- del consenso constitucional.

Lo que se debería tener en cuenta antes de votar (Cataluña)

En la campaña de las elecciones catalanas no todo han sido bailes o chanzas en los mítines. También ha habido argumentos cruzados y debates sobre diez temas que serán claves para el votante catalán. La independencia ha monopolizado prácticamente todas las discusiones. Los esfuerzos del presidente de la Generalitat, Artur Mas, para configurar el carácter plebiscitario de las elecciones de mañana han contado con la ayuda de la batería de respuestas a la secesión que han llegado desde del Gobierno, la banca, las empresas los mandatarios internacionales, e incluso el fútbol.

La independencia. La secesión de Cataluña ha centrado la campaña. Junts pel Sí ha buscado la épica, empezado por lemas como "el voto de tu vida", que intenta recalcar que los comicios de este domingo son una ocasión histórica para lograr la independencia. La CUP ha combinado la defensa de la secesión con un discurso anticapitalista. En la contra se han situado Ciutadans y el PP, que sin hablar explícitamente de plebiscito, han tratado estos comicios como algo más que unas autonómicas. En el medio Catalunya Sí que es Pot, Unió, y en menor medida el PSC, que llaman a aparcar el debate secesionista para centrarse en las políticas sociales y económicas.
Mas soslaya los riesgos sobre las pensiones para atraer a los jubilados
La corrupción. La corrupción entró en campaña dos semanas antes de que arrancaran las caravanas electorales, cuando la Guardia Civil entró en la sede de Convergència para investigar presuntas comisiones del 3% en obra pública. Junts pel Sí, que el mismo día presentaba su lista, denunció que se trataba de un intento de influir en los comicios. Para el resto, la prueba de que Artur Mas no es trigo limpio. El actual presidente se ha librado de responder sobre los casos de corrupción en los debates -las sedes embargadas por el caso Palau, los escándalos de los Pujol- ya que el primer puesto de su lista es para Raül Romeva, aunque Mas sea el escogido para aspirar a la presidencia.

La banca. Las entidades bancarias entraron en la campaña con un comunicado en el que alertaban de las consecuencias de la secesión, incluido el riesgo de abandonar Cataluña en caso de independencia. Los partidos secesionistas se enardecieron y basaron su discurso en desprestigiar las entidades por la crisis. El resto lo vio como una evidencia de los riesgos de la independencia, excepto Catalunya Sí que es Pot, que pidió a los bancos que no se entrometiesen en los comicios.

El corralito. A las advertencias de la banca se sumó el gobernador del Banco de España, Luis María Linde, que avisó del riesgo de un "corralito" en Cataluña con la hipotética independencia. Un argumento de campaña del PP que según Mas era "imposible" que llegara a producirse. El propio Linde admitió, días más tarde, que se trataba de una posibilidad "altamente improbable"

Las pensiones. ¿Podría una Cataluña independiente pagar las pensiones? Como en todo, opiniones enfrentadas: los independentistas defienden que sí, y el resto que no. En la campaña, más allá de ser un arma electoral arrojadiza (el PP usaba datos de los dos últimos años para decir que habría déficit en las pensiones, y Junts pel Sí repasaba las cifras de una década para sostener que habría superávit) ha provocado una guerra de cartas a los jubilados con las dos tesis.

La Unión Europea. La presencia o no de Cataluña en la Unión Europea es un aspecto clave en el debate secesionista, porque los sondeos muestran que el voto favorable a la independencia descendería en caso de exclusión comunitaria. La discusión ha sido constante en esta campaña, con un punto cumbre: el cara a cara entre el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, y el líder de ERC, Oriol Junqueras. El Gobierno ha contado con numerosos pronunciamientos internacionales contra la secesión, como el del premier británico David Cameron, la canciller Angela Merkel o el presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

La nacionalidad. El debate sobre la nacionalidad española en una Cataluña independiente entró en campaña de forma sorprendente, cuando Mariano Rajoy tuvo muchas dudas en la radio sobre qué decía la Constitución al respecto. Uno de los argumentos de Junts pel Sí es que los catalanes podrán seguir en la UE porque la nacionalidad española les da, automáticamente, la ciudadanía comunitaria. Las dudas de Rajoy han servido de arma en campaña, hasta el punto que la entrevista radiofónica se convirtió en anuncio electoral de la lista de Mas.

Las políticas sociales. Con el debate centrado en la independencia, las políticas sociales han brillado por su ausencia en los discursos de algunos partidos. Otros, como Catalunya Sí que es Pot o el PSC, las han convertido en eje de su campaña. La figura de Mas era otra vez el dardo de los ataques: los partidos denunciaban que si gana Junts pel Sí -como pronostican los sondeos- Mas volverá a ser el presidente, tras cuatro años de mandato caracterizados por los recortes y las privatizaciones.

La movilización. Todos los partidos dan por hecho que la participación subirá en estos comicios. Los partidos independentistas tienen al electorado muy movilizado, y más después de la multitudinaria Diada del 11 de septiembre, con una marcha multitudinaria por cuarto año consecutivo. El resto llama a una participación masiva para frenar la secesión en las urnas.


Las elecciones generales. Las elecciones de diciembre también han influido en la campaña, con los líderes de PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos volcados en hacer campaña para sus candidatos en Cataluña, y de paso empezar a sembrar para los siguientes comicios. Artur Mas ironizó sobre su presencia hablando de la misma manera que se caricaturiza los indios americanos: "Grandes jefes venir a la reserva catalana a decir indígenas qué conviene votar". Pablo Iglesias, líder de Podemos, le respondió de la misma manera: "Coleta morada no entender pequeño Pujol solo hablar bandera y no barracones."

No se si Cataluña es de España o viceversa, lo que está claro es esta situación empobrece a ambos dueños.


Domingo, día electoral en Cataluña. Estas  elecciones  cuyo carácter plebiscitario es ilegítimo, vienen precedidas por fenómenos distorsionadores, como ciertas advertencias dramáticas —unas, racionales; otras, exageradas— pero tardías, y los contrarios blindajes espurios denunciando sin fundamento un discurso del miedo. También hemos asistido estos días a la impostura intelectual de convertir la reivindicación probablemente mayoritaria de celebrar un referéndum —algo que acabará ocurriendo— en un sucedáneo del derecho de autodeterminación (aplicable solo en casos de países coloniales o sometidos a genocidio), el derecho a decidir (inexistente en Constituciones democráticas). La manipulación se ha extendido hasta convertir ese derecho inexistente en un clamor por la independencia. Este deslizamiento aparentemente ingenuo conlleva efectos perversos: la confusión de los ciudadanos, su abusivo recuento en beneficio del secesionismo, la exclusión de quienes no comparten ese supuesto “sueño”. Si a todo ello se le añade un calendario de separación exprés, estamos en presencia del famoso proceso, al que todo buen catalán debería presuntamente apuntarse.
Más allá de estos lamentables avatares, nos encontramos ante una votación que no será la estación final de este problema. Sea cual sea el resultado, la solución a la cuestión catalana solo puede obtenerse por aplicación de métodos estrictamente democráticos, sobre todo el diálogo y la negociación.

Puede entenderse el reparo de quienes observan en la apuesta por el diálogo un cierto voluntarismo ingenuo y se preguntan con razón: pero, negociar, ¿sobre qué? ¿sobre la independencia? No es desde luego la mejor opción, en términos democráticos, porque se trata de la fórmula más extrema y menos susceptible de cuajar amplias mayorías; y porque resultaría irreversible, pues es difícil recomponer aquello para cuya ruptura se sembraron semillas de disensión y recelo, cuando no de odio. Tampoco en términos económicos, por cuanto la sinergia de las dinámicas cohesionadoras añade mucho más al conjunto que la suma de sus elementos originarios.
Descartada esa salida maximalista y lesiva para los intereses de todos, la mejor opción sería abrir camino a una reforma del Estado, no solo para que los catalanes se sientan más cómodos en él (un objetivo sensato), sino para que beneficie a todos los españoles. Desde estas páginas hemos defendido una reforma constitucional en sentido federal, en la que se delimiten las competencias de cada nivel de gobernanza, se reconozcan los hechos singulares y se denomine a cada territorio según su peso y preferencias, manteniendo siempre la igualdad básica de derechos sociales para todos los ciudadanos; una reforma en la que se articulen sistemas de coordinación federales (Senado); en la que las altas instancias del Estado demuestren la riqueza del plurilingüismo incorporando progresivamente su práctica normal; y en la que se repartan elementos de capitalidad según el modelo alemán, más en sintonía con nuestro país que el francés.


Esta reforma es el objetivo en el que el desarrollo de Cataluña pueda encontrar el mejor acomodo. Pero las exigencias formales —consenso y calendario— dificultan tenerla disponible en un plazo deseable. Una de las posibilidades sería desarrollar con carácter previo un nuevo estatus —plasmable en un acuerdo entre los partidos o en una enmienda ad hoc de la Constitución— que permitiera a los ciudadanos de Cataluña ver reconocido su carácter nacional. Ese paso serviría para ratificar que las competencias del autogobierno de Cataluña no son invadidas, para cotejar que su contribución (justa) a la caja común y a la solidaridad interterritorial conlleva un retorno equitativo que no les haga perder posiciones en la clasificación de la financiación per capita, y para que su lengua sea asumida como parte del patrimonio común.



Todo esto puede caber en múltiples propuestas o fórmulas, y sería bueno que el referéndum pendiente (en todo el territorio: constitucional; o en parte de él: estatutario) acabe celebrándose sobre ellas. Pero todas esas fórmulas son contrarias a un escenario de ruptura. Prefiero invitar a los ciudadanos de Cataluña a impulsar y presionar para hacer posibles las reformas indicadas, en primer lugar, acudiendo a votar, y haciéndolo por las distintas formaciones que se declaran contra la ruptura. Porque los beneficios del ser más nos hace a todos más fuertes; y los de estar juntos nos hace mejores, no solo en términos económicos, políticos o estratégicos, sino también familiares, culturales y emocionales. Son valores tan potentes en sí mismos, tan superiores a su negación, que ni siquiera hace falta resaltar los inconvenientes que causaría su ausencia.

El cineasta Trueba se pasa a la política




Fernando Rodríguez o el bizco Trueba ha conseguido la polémica que buscaba al afirmar: «Nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida», tras recibir el Premio Nacional de la Cinematografía 2015 de manos del ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, en un acto celebrado en el 63.º Festival Internacional de Cine de San Sebastián.

Él apátrida ha preferido embolsarse los 30.000 euros del galardón, antes que rechazarlos por no sentirse español y considerar que hay otros candidatos con iguales méritos profesionales y más autoestima patriótica.

El cineasta, que no se ha distinguido hasta ahora por ser un radical de la protesta, debería haber declinado el reconocimiento que lleva el adjetivo nacional como hizo Javier Marías con el de Narrativa del 2012 porque no acepta «galardones de carácter institucional otorgados por el Estado español», o restituir los cuatro millones de euros de subvenciones públicas recibidos para rodar sus películas. Pero se ve que la incoherencia no le importa y que lo que pretendía era meter cucharón en el plato del debate de la identidad nacional en el que estamos enfrascados con el precipitante de Mas.

Al modo de su amado Billy Wilder, su comedia irónica y corrosiva fue construida e interpretada delante de un micrófono con intención, en ambiente propicio y a pocos días de las elecciones a la presidencia de la Generalitat de Cataluña, porque Trueba forma parte de esa cierta izquierda española que se considera huérfana de un modelo de cohesión nacional y que, para diferenciarse de la derecha, que defiende la nación como proyecto de convivencia, juzga chic un místico escepticismo apátrida, un cierto desdén mundano.

Pero el director madrileño (¿se habrá sentido madrileño cinco minutos, o tampoco?) ha revelado también que tiene dos sueños: «un Instituto Nacional del Audiovisual [nótese que el subconsciente le ha traicionado y ha dicho Nacional] que no dependa de ministerios ni de gobiernos, sino de la profesión, y una televisión pública que sea de verdad libre e independiente al servicio de los ciudadanos. Y además -añadió- todo esto hay que pedirlo a cambio de nada, simplemente pagando nuestros impuestos».


Ambas quimeras las comparto, aunque me temo que seguirán siendo anhelos porque en el primero siempre habrá funcionarios e hilos que mueva el ministro y su partido, y la televisión pública -las televisiones públicas- es un instrumento de propaganda del Gobierno de turno, pagada con el dinero del contribuyente y para mayor gloria del jefe, aunque este se llame Mas y disponga que TV3 adoctrine a los espectadores en la secesión y haga campaña descarada contra la unidad de España, ciscándose en la mayoría de catalanes que además se sienten españoles. Misión en la que ha contribuido deliberadamente el señor Trueba dando munición a TV3 para que repitiese su frase hasta el hartazgo en cuantos espacios informativos y de opinión ha tenido a bien incluirla.

Fernando Trueba, ahora sirio, antes director de cine cojo y tuerto, debería haber rechazado los premios como español.


Desde un tiempo a esta parte,  los artistas, directores, productores y todo aquello que huela a cine se han vuelto rojo, rojo/república, cosa que por otro lado está bien,  si antes veíamos hasta mano derecha en la pantalla, ahora estamos viendo el morado/podemos, nuevo dueño de la república. Supongamos esta  escena: un director de cine, nacido en Madrid, conocido sobre todo por haber ganado un Óscar a la mejor película de habla no inglesa (concurso al que acudió tras ser elegida para hacerlo en representación de España) y que formó parte en su día de un movimiento cinematográfico netamente español -la llamada comedia madrileña-, es galardonado con el Premio Nacional de Cinematografía, dotado con 30.000 euros, y concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de España.


Fernando Trueba, director de cine cojo, acudió, en el marco del Festival de Cine de San Sebastián, al acto de entrega del premio concedido y allí, quizá excitado por la presencia del ministro portador del cheque sustancioso, se proclamó furibundo antiespañol: «Nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida», dijo Trueba, quien, con el objetivo de épater le bourgeois, añadió en la misma línea: «Siempre he pensado que en caso de guerra, yo iría con el enemigo» y, por si la cosa no quedaba clara, concluyó: «Qué pena que España ganara la Guerra de la Independencia. Me hubiera gustado que hubiese sido Francia».


Nada hay que oponer, ¡faltaría más!, al hecho de que un madrileño que lleva siendo español 60 años, y beneficiándose, en tal condición, de múltiples derechos y ventajas (de la sanidad y la educación públicas a las diferentes subvenciones oficiales recibidas por el cine), no se haya sentido, pese a todo, español ni cinco minutos de su vida, pues en cuestión de sentimientos cada uno sabe de lo suyo. La cosa, ciertamente pintoresca, les extrañará sin duda a italianos, franceses o alemanes, que, de forma natural, suelen sentirse del país en el que nacen, sin hacerse un lío de eso que ustedes ya han adivinado. Pero sea: Trueba no se siente español y punto en boca.


Más complejas son sus otras dos afirmaciones: una pasmosamente frívola (¿iría con el enemigo Trueba en un conflicto en que la democracia española se enfrentase al islamismo radical que vuela por los aires nuestros trenes, destruye maravillosos monumentos, obliga a las mujeres a cubrirse con un saco y permite la lapidación de las adúlteras?); y otra expresiva de una monumental ignorancia de la historia: en nuestra Guerra de la Independencia las guerrillas lucharon, con mucho más coraje que medios militares, contra el ejército más poderoso de la tierra en defensa de una población inerme sometida a atrocidades pavorosas.


En todo caso, Trueba tiene todo el derecho a no sentirse español ni en la guerra ni en la paz, pero, en plena coherencia con ese respetable sentimiento, no solo de ajenidad, sino de abierto rechazo a todo lo que huela a España, lo que pide el más mínimo decoro es el rechazo del premio pagado con los impuestos de todos los españoles. Ponerse estupendo mientras uno se mete la pasta en el bolsillo es de una inaudita desvergüenza.

Con ETA desmantelada, solo queda Kale Borroka (violencia callejera) que han pedido traslado a Cataluña.




Bilbao, 31 de julio de 1959. Un grupo de estudiantes radicales disidentes del colectivo EKIN –nacido en 1952 para reaccionar contra la pasividad y el acomodo que en su opinión padecía el PNV– funda Euskadi Ta Askatasuna (Euskadi y Libertad). Es el nacimiento de ETA (Hoy desaparecida), una alternativa ideológica a los postulados del PNV con cuatro pilares básicos: la defensa del euskara, el etnicismo (como fase superadora del racismo), el antiespañolismo y la independencia de los territorios que, según reivindican, pertenecen a Euskadi: Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, Navarra (en España), Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa (en Francia).

Su primera acción violenta se produce el 18 de julio de 1961: el intento fallido de descarrilamiento de un tren ocupado por voluntarios franquistas que se dirigían a San Sebastián para celebrar el Alzamiento.

Caen los encapuchados que han mantenido las siglas desde 2011
La mayoría de los miembros de ETA están en la cárcel en prisiones españolas o francesas. En total, 437 reclusos sin incluir a los cuatro detenidos ayer en el País Vasco francés, entre ellos sus cabecillas políticos, David Pla e Iratxe Sorzabal, y el exjefe del aparato internacional Ramón Sagarzazu. Fuentes policiales dieron también por detenido en la misma operación a Josu Ternera, el miembro de la banda con más años (47) de militancia ininterrumpida, pero la novedad fue luego desmentida.

El informe de la Fiscalía General del Estado presentado a comienzos de mes considera que no hay indicios de riesgo de retorno de la actividad armada, interrumpida de hecho en territorio español desde julio de 2009 y suspendida formalmente en octubre de 2011. Esa suspensión fue gestionada por una troika integrada por Pla y Sorzabal más una tercera persona, Izaskun Lesaka, detenida en 2012. Según la policía, ese trío es el que compareció encapuchado para anunciar el 20 de octubre de 2011 el cese de la violencia y ha sido el que ha venido tomando las decisiones (sobre sellado de zulos, por ejemplo) que aparecían firmadas por la banda. Ellos eran prácticamente lo que quedaba de ETA.

La fiscalía también reconoce que la banda pretende perpetuarse como un agente político con capacidad para intervenir en el “proceso de liberación”. En un documento de agosto de 2009, ETA advertía de que no entregaría nunca las armas, sino que las guardaría, y que no desaparecería, sino que seguiría “como organización política dentro de la izquierda abertzale hasta que otro tipo de situación y debates digan lo contrario”. Posteriormente ha admitido su disposición a entregar las armas, pero en el marco de una negociación que incluiría la retirada de las Fuerzas de Seguridad de territorio vasco. Según la fiscalía, el año pasado se registraron diez actuaciones de kale borroka (violencia callejera) y se produjeron 31 detenciones por vinculaciones con ETA y 48 por enaltecimiento del terrorismo. El documento también advierte de que la banda mantiene sus estructuras clandestinas en Francia, más o menos adaptadas a la situación de cese del terrorismo, lo que implica el desmantelamiento de algunas estructuras.


Las detenciones de ayer pueden considerarse como la clausura de la existencia de la organización fundada en 1958. El peligro no vendría tanto de una posible vuelta a las armas, algo que la izquierda abertzale sería la más interesada en impedir, como de la posible aparición de sectores dispuestos a empezar de nuevo con otras siglas. Hay algún síntoma de ello, como la presencia de dos o tres grupúsculos que se han manifestado este verano con matices diferentes entre sí, pero con el denominador común de poner en el centro la causa de los presos y de reprochar a la izquierda abertzale oficial tibieza en su defensa. Uno de esos grupos reivindicó el año pasado la quema de varios autobuses en solidaridad con los presos enfermos, pero tras las advertencias de Sortu no han insistido.

Los últimos de ETA,

Caen los encapuchados que han mantenido las siglas desde 2011

La mayoría de los miembros de ETA están en la cárcel en prisiones españolas o francesas. En total, 437 reclusos sin incluir a los cuatro detenidos ayer en el País Vasco francés, entre ellos sus cabecillas políticos, David Pla e Iratxe Sorzabal, y el exjefe del aparato internacional Ramón Sagarzazu. Fuentes policiales dieron también por detenido en la misma operación a Josu Ternera, el miembro de la banda con más años (47) de militancia ininterrumpida, pero la novedad fue luego desmentida.

El informe de la Fiscalía General del Estado presentado a comienzos de mes considera que no hay indicios de riesgo de retorno de la actividad armada, interrumpida de hecho en territorio español desde julio de 2009 y suspendida formalmente en octubre de 2011. Esa suspensión fue gestionada por una troika integrada por Pla y Sorzabal más una tercera persona, Izaskun Lesaka, detenida en 2012. Según la policía, ese trío es el que compareció encapuchado para anunciar el 20 de octubre de 2011 el cese de la violencia y ha sido el que ha venido tomando las decisiones (sobre sellado de zulos, por ejemplo) que aparecían firmadas por la banda. Ellos eran prácticamente lo que quedaba de
La fiscalía también reconoce que la banda pretende perpetuarse como un agente político con capacidad para intervenir en el “proceso de liberación”. En un documento de agosto de 2009, ETA advertía de que no entregaría nunca las armas, sino que las guardaría, y que no desaparecería, sino que seguiría “como organización política dentro de la izquierda abertzale hasta que otro tipo de situación y debates digan lo contrario”. Posteriormente ha admitido su disposición a entregar las armas, pero en el marco de una negociación que incluiría la retirada de las Fuerzas de Seguridad de territorio vasco. Según la fiscalía, el año pasado se registraron diez actuaciones de kale borroka (violencia callejera) y se produjeron 31 detenciones por vinculaciones con ETA y 48 por enaltecimiento del terrorismo. El documento también advierte de que la banda mantiene sus estructuras clandestinas en Francia, más o menos adaptadas a la situación de cese del terrorismo, lo que implica el desmantelamiento de algunas estructuras.


Las detenciones de ayer pueden considerarse como la clausura de la existencia de la organización fundada en 1958. El peligro no vendría tanto de una posible vuelta a las armas, algo que la izquierda abertzale sería la más interesada en impedir, como de la posible aparición de sectores dispuestos a empezar de nuevo con otras siglas. Hay algún síntoma de ello, como la presencia de dos o tres grupúsculos que se han manifestado este verano con matices diferentes entre sí, pero con el denominador común de poner en el centro la causa de los presos y de reprochar a la izquierda abertzale oficial tibieza en su defensa. Uno de esos grupos reivindicó el año pasado la quema de varios autobuses en solidaridad con los presos enfermos, pero tras las advertencias de Sortu no han insistido.