Los Estados Unidos de América llevan toda la vida de guerra contra el mundo, no han ganado ni una e insisten en el empeño. No solo no han ganado ninguna, es más han dejado al país “bombardeado” en otra guerra de la anterior guerra, dividido y arruinado. Ahora parece que estaban sentando la cabeza por su precariedad económica y, posiblemente, la única justificada nos va a joder a propios y a extraños. De las dos tradiciones antagónicas que ilustran la política exterior norteamericana. La primera es el aislacionismo edénico que se remonta hasta los primeros colonos de la nación. La segunda está embebida de un internacionalismo de rostro moral: el deber de transferir los valores de la democracia estadounidense al resto del mundo. Ambas tradiciones condicionan -en uno u otro sentido - las necesidades reales de la diplomacia que sin duda están contra el negro Obama.
Hay
un pretexto valioso para los defensores del aislacionismo, los Estados Unidos
se edificaron como un baluarte de libertad frente a las persecuciones
religiosas que asolaban Europa. Su interés se centra en la fortaleza interior,
la prosperidad industrial y el mantenerse alejados de las corrientes de
pensamiento foráneas que puedan adulterar la pureza de los orígenes. Creen que
América es una singularidad cuyo tamaño, casi continental, unido a la riqueza
de sus tierras y de sus gentes hacen posible que permanezca inalterada.
Obviamente, se trata de una ficción como cualquier otra. Un mito que reniega de
la verdad fundamental de Occidente, a saber: que el contacto con el exterior
fecunda y enriquece a las sociedades abiertas.
En
cambio, los internacionalistas sostienen la tesis contraria, aunque las bases
sean las mismas. De este modo, extender las libertades democráticas constituye
el deber asumido por los Estados Unidos con el resto del mundo. Sus fuentes
políticas proceden de uno de los padres fundadores del país, el presidente
Jefferson, además del frustrado proyecto de la Sociedad de Naciones del también
presidente W. Wilson. El ámbito de influencia sería universal, porque la acción
de gobierno se moviliza de acuerdo con los altos ideales que marca la moral.
Así, resulta legítimo intervenir en Irak o en Afganistán, en Libia o en Bosnia,
en Somalia o en Siria, no solo porque entren en juego valores importantes para
la seguridad nacional, sino, sobre todo, porque la dictadura, las guerras
civiles o la matanza de inocentes resultan intolerables. De nuevo se cae en una
especie de idealismo desconectado de las capacidades reales de la política, por
poderoso que sea un imperio. Es el mismo error que cometen quienes confían exclusivamente
en las instituciones, obviando el peso de la Historia y de los rasgos
culturales que conforman el carácter de los pueblos. Los grandes fracasos en
política exterior se deben a esta especie de cuadrícula kantiana, como se
evidencia en los difíciles procesos de transición que se están viviendo en
Trípoli, Kabul o El Cairo. En ese inmenso fresco sobre la decadencia que firmó
Gibbon, se nos advierte que ensanchar el espacio de actuación de los imperios
trae consigo la semilla del desastre. Los ejemplos serían innumerables.
Las
abstracciones acaban siendo un mal negocio, ya que al final los escenarios se
imponen a los apriorismos. Más vale ceñirse con fuerza a los principios, a los
procedimientos, a las formas que modulan las utopías de la razón. Hace poco más
de un año, Occidente aplaudió sin reservas las "primaveras árabes"
que se sucedieron en la cuenca sur del Mediterráneo. Y había motivos para ello.
Pero no sabemos exactamente qué se ha ganado con el cambio. Quiero decir que
los procesos revolucionarios -por legítimos que sean- difícilmente se dejan
regular por el patrón de las instituciones impuestas.
Tras
la barbarie cometida por el bestia Sirio y después de las matanzas de niños
acaecidas recientemente, Obama ha ordenado al Pentágono que analice las
posibilidades militares de una actuación en la zona. Sin embargo, quedan
abiertos muchos interrogantes: ¿tiene Occidente la capacidad para inmiscuirse
en todos los conflictos? ¿Cómo interpretarían en Oriente Próximo una
intervención militar a gran escala de los Estados Unidos? ¿Qué papel desempeñaría
Israel? ¿Y de qué modo afectaría a países como Irak, Irán, el Líbano o incluso
Turquía, además de Egipto? ¿Se trata de enfrentamientos internos que deben
solucionar, en primera instancia, los países árabes? ¿La alternativa a las
corruptas dictaduras de la región son los populismos de inspiración islamista?
¿Y con qué otras opciones contamos? Honestamente no creo que nadie tenga
respuestas para todas estas preguntas. Aunque pienso, eso sí, que no hay
soluciones prefijadas a los problemas de la política y que los fines deben
estar subordinados a los medios. Y que el realismo, cuando no responde a
intereses inmorales, constituye el primer punto de equilibrio. Aunque en este
caso la inmoralidad es la moral de occidente.

2 comentarios:
Gracias, Juan
iliana Elisabet Scavo A MI TAMBIÉN, ME ENCANTA BUESA, LA VERDAD QUE HISPANA HA DADO BUENÍSIMOS POETAS Y ESCRITORES
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