Mientras Trump y Putin se reparten Europa o el mundo no en un vagón de tren, como en los armisticios de la Gran Guerra, sino en una cabaña de tramperos desolladores y despechugados, Macron ya ha convocado otra de sus reuniones que tienen algo de fiesta ibicenca y algo de fiesta de bebé sin bebé, porque nunca sale nada. Van a convertirse en una costumbre de fin de semana estas reuniones de gente guapa sólo para el petardeo y el escándalo, porque apenas sacan de ellas ese placer ridículo de sentirse superiores y escandalizados, como señoronas de soponcio o activistas de campus. El Nuevo Orden Mundial parece el Tratado de Tordesillas, con el que España y Portugal también se dividieron una vez el mundo entre pacíficas siestas de fraile y cantinelas lavanderas del Duero. Pero ahora, claro, los indígenas, los que no pintamos nada, somos nosotros, la orgullosa Europa, pomposa y hueca como un vals. Lo que viene no es una gran escalada hacia la guerra, sino una claudicación, y Europa parece que sólo está buscando el palacete para firmarla y el fraile para oficiar o para cocinar.