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Zapatero del circo de loros de Maduro pasa a dar sermones en el Ateneo de Madrid sobre “la democracia" en Venezuela.

 Abucheos y gritos contra Zapatero al llegar al Ateneo de Madrid por "apoyar  la dictadura de Maduro" - Vídeo Dailymotion

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero (c) participa en la presentación del libro 'La democracia y sus derechos' | EFE

Zapatero parecía un ave rara importada o trasplantada desde el chavismo aquí, un gran guacamayo cojo por la calle de Alcalá. Zapatero, de repente, había pasado del circo de loros de Maduro a dar sermones en el Ateneo de Madrid sobre “la democracia y sus derechos”, como si se pudiera hacer ese largo viaje sin perder una pluma y sin ningún tipo de jet lag moral. Yo creo que los periodistas que esperábamos allí para el canutazo o la crónica, como cazadores con cerbatana, más que enfrentar a Zapatero a sus contradicciones queríamos ver a ese animal increíble y fastuoso, que es a la vez demócrata de las altiplanicies y pájaro precolombino de las dictaduras. Porque Zapatero es eso, y ahí no hay contradicción sino exuberancia.

Zapatero, como Sánchez, ha sobrepasado ya las contradicciones para vivir en la simultaneidad y la concurrencia de lo bueno y lo malo, de la verdad y la mentira, de la realidad y la ficción, de lo público y lo privado, que confluyen por supuesto en los intereses o mitologías de su persona como en una hermosa cola emplumada, con cien argumentos para todo como cien ojos de Argos (Gide).

¿Quién puede estar con Maduro y con Sánchez y quedar como demócrata?

Zapatero venía adornado de ateneo como un poetastro o un estafador mesmeriano, y venía adornado de realidad por un grupo de venezolanos que lo había colmado de bendiciones en la puerta, así que llegó con su plumaje algo mojado a enfrentarse a esos socios de velador de mármol que tiene el Ateneo y a los periodistas que lo esperaban con red para pájaros. Como poetastro, iba a presentar un libro que era en realidad su vida o su ego (La democracia y sus derechos, escrito a coro como por señoras y señores de orfeón, va de la primera legislatura de Zapatero, milagrosa y fundante).

Como estafador, iba a explicarnos dulcemente lo que no tiene explicación más que aceptándolo como timo. Y como superviviente de las iras del pueblo venezolano, y un poco también del pueblo español, lo que parecía es que se iba a refugiar de la mojada allí en ese templo que tiene algo de paraninfo, algo de balneario decadente, algo de caserón húmedo y algo de trastero de ópera, con columnas mozartianas, pájaros de la Reina de la Noche y pianos difuntos. 

Zapatero, mojado y quizá un poco desplumado, pasó debajo de una copia cianótica de Dánae y la lluvia de oro y parecía que el oro lo bañaba a él, real y también alegóricamente, con esa cosa que tiene Zapatero de fauno inocente y perverso a la vez. Yo pensé que eso lo explicaba todo antes de que Zapatero explicara nada, que entre el oro y las alegorías él tiene todas las explicaciones que necesita. Zapatero no sorprendió a nadie, por supuesto, o a casi nadie, que a lo mejor el retrato de un Ramón y Cajal que parecía el de la tele, o sea Marsillach, tembló un poco, hasta apartarse de su microscopio galileano.

Cuando los chicos de la alcachofa y la cerbatana le preguntaron a Zapatero por el caso de Edmundo González, reconoció que había mediado, pero claro, qué de malo puede haber en mediar, en el diálogo y en el consenso. Lo que pasa es que el diálogo y el consenso con alguien como Maduro, que es como el diálogo y el consenso del pavo con el matarife, es indistinguible de la complicidad, o de la cobardía, o del celestineo, o de la estupidez. O todo a la vez, volviendo a recordar la simultaneidad y la concurrencia que yo decía antes, esa imposibilidad científica que llegó a sobresaltar al propio Ramón y Cajal en la escalera.

Zapatero tampoco interesa ya, o incluso da grima, que eso de convocar a Maduro al diálogo da bastante repelús

Zapatero hacía equilibrios sobre una ceja, allí bajo la escalera y la galería de notables con quevedos y lamparón de gloria, como queriendo tomarle el pelo a la misma historia, al tribunal de la historia como un tribunal de doctores de Rembrandt, pero a lo mejor eso ya no funciona también. ¿Quién puede estar con Maduro y con Sánchez y quedar como demócrata? Quizá eso vale para una pequeña parroquia de beatonas de besapié y ensaimada, una parroquia que ciertamente cada vez parece más pequeña, porque bajo los leones dorados, las vajillas de la abuela y la mirada de ilustres tuertos de medalla, la Cátedra Mayor del Ateneo estaba cruelmente calva, o medio vacía, con más plumillas con portátil y más invitados con estola que público. A mitad del acto, un hombre mayor se levantó y se fue arrastrándose entre el bastón, la acompañante y el enfado, y juraría que murmuró algo sobre “cómplice de un asesino”. O quizá no fue aquel hombre sino alguno de esos ilustres retratados en el salón, que había hablado o se había bajado, como un cristo enfadado o estafado en su propia iglesia.

La presentación del libro no interesaba demasiado, una vez que Zapatero dijo lo que se sabía y se disolvieron los círculos de periodistas como de ángeles. O Zapatero tampoco interesa ya, o incluso da grima, que eso de convocar a Maduro al diálogo da bastante repelús. De todas formas, el libro, libro de poetastro, libro de ego, libro de corazón apenas envuelto en una bufanda, fue presentado y aquella primera legislatura de Zapatero llevada en volandas como una virgen de ermita por varios de los escritores o admiradores, que hablaban más bien de lo suyo (la verdadera igualdad es más que nada hablar de lo de uno).

Aquellas leyes de Zapatero es cierto que fueron revolucionarias, y que hacían que se desmayaran los obispos como marquesonas (ahora los obispos importan menos que Zapatero). Pero esas leyes, esos nuevos derechos, no pueden sustituir a los fundamentos de la democracia, que son otros y ahora están en peligro, no por los obispos sino por Sánchez y sus socios. Pero si Zapatero no lo ve en Venezuela, lo va a ver en España… Marina Echevarría, encantadoramente, llegó a recordar como una brutal antigualla, como se recuerdan los optalidones, eso del “no sabe usted con quién está hablando”, como si no fuera lo que Sánchez hace cada día.

Parecía que la democracia se inventó en 2004, mientras Zapatero hablaba de sí mismo, de sus leyes y de su legislatura como obra pura de la Ilustración. En realidad sólo hablaban de moral y costumbres, como los curas. Y como un cura sigue hablando Zapatero, o sea con sonsonete, esa retranquilla moral y musical, usando crescendos y pianísimos, que hace tan aceitosillos y flamígeros a los curas. Nuestro curita de la mediación hasta tiraba de testimonios de santidad y agradecimiento de familias y creyentes, agudizando o ahuecando la voz para el perdón o para el infierno. Aunque yo no sé si está copiando esta manera de hablar de los curas o de Maduro, claro.

Zapatero, además de a la Ilustración, dio las gracias a mucha gente. Por ejemplo a María Teresa Fernández de la Vega, que ha devenido finalmente en transparente, y a Félix Bolaños, que estaba allí como un Richelieu vestido de monaguillo. Según Zapatero, Sánchez había continuado su legado, y sin duda Bolaños había continuado montando rifas para las beatas. Esa presencia de Bolaños, ese reconocimiento mutuo entre Zapatero y el sanchismo, me hizo pensar en que allí tendría que haber estado también Delcy Rodríguez, para hacer lo propio, y esa milagrosa o florida concurrencia hubiera estado colmada.

“El amor es lo único que sobrevive a la muerte”, remató beatíficamente Zapatero, citando a un juez del Supremo de Estados Unidos que además es Kennedy. A pesar de todo esto, cuando aquello terminó Venezuela seguía siendo una dictadura, Maduro no parecía interesado por el diálogo ni por el entendimiento, y Sánchez seguía considerando fango a los jueces y periodistas e intocables a él y a su mujer. Extrañamente también, los venezolanos de la puerta llamaban “cobarde” y “alimaña” a ese padre de nuestra democracia, hijo de la Ilustración y espíritu santo de la mediación.

España abandona la democracia y a ella misma.

 


Los únicos aliados firmemente asentados que le quedan a España en la región son Cuba, Nicaragua y Venezuela. Es decir, los que no tienen elecciones libres. Tiemblo pensando qué lecciones puede sacar Pedro Sánchez de ello

Es imposible sentarse con nadie que te diga que todo va bien y que no hay que preocuparse. Hasta los socialistas más acérrimos admiten que algunas cosas podrían hacerse mejor. Aunque al final hay que reconocer que los que conceden esas críticas menores siguen votando ciegamente al sanchismo porque si no sería imposible que Sánchez hubiera logrado siete millones largos de votos en las últimas elecciones generales.
 
Ayer conocíamos nombramientos como los de Susana Sumelzo como secretaria de Estado para Iberoamérica y el Calibre, asunto del que se le atribuyen aproximadamente los mismos conocimientos que a un servidor de ustedes sobre astrofísica; a Pekín se envía como embajadora a Marta Betanzos, que lleva años en Lisboa dedicada al dolce far niente –hasta los franceses nos han quitado los contratos de los trenes– y ahora podrá hacer engordar un poco su cuenta corriente en Pekín, donde el papel de España es absolutamente secundario. Pero si no ha sido capaz de gestionar el papel de país principal que tiene España en Lisboa ¿qué cabe esperar de su embajada en Pekín?
 
Del papel que ha tenido hasta ahora la secretaria de Estado de Asuntos Exteriores y Globales con José Manuel Albares Napoleonchu sólo cabe decir que ha estado a la altura del sectarismo que el ministro espera de todo lo que le rodea. Y como ha cumplido muy bien con la tarea encomendada, ahora se le envía a Washington. Y ésa sí que no es una embajada secundaria. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que España jugó un papel preeminente en la capital norteamericana. Hoy España ha perdido el norte allí y en todo ese hemisferio. Y eso que Sánchez se las prometía muy felices tras la caída de Trump y la llegada de Biden.
 
Pero el desnorte de España en las Américas queda más claro cuando se echa una rápida ojeada a la marcha del continente que nos ponen de manifiesto las citas con las urnas. Todos sabemos por quién apuesta España al otro lado del Atlántico desde que llegó Sánchez a la Moncloa. Y especialmente desde que Napoleonchu ocupó la cancillería. Nuestro alineamiento con los candidatos del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla ha dejado a España en compañía de los más radicales que quieren acabar con la democracia verdaderamente igualitaria e imponer una nueva versión del comunismo. Pero a este grupo bolivariano, con el que el Gobierno español parece encantado de entenderse, no le va tan bien. Un rápido repaso: Ecuador y Argentina han tenido elecciones presidenciales y se han impuesto los candidatos contrarios a la izquierda. Yo no diré que Milei es un candidato de derecha, pero sí digo, sin dudarlo, que Massa era candidato de la izquierda más intervencionista. En Chile la derrota del borrador de Constitución mayoritariamente apoyada por la derecha le sirve a la izquierda para volver a la denostada constitución nacida bajo Pinochet –y reformada posteriormente–. No tengo entendederas suficientes para comprender, si era tan inaceptable esa carta magna, que los chilenos hayan rechazado dos propuestas alternativas y radicalmente distintas entre sí. Y en las últimas elecciones locales y regionales en Colombia hemos visto la debacle de Petro y su entorno. Los únicos aliados firmemente asentados que le quedan a España en la región son Cuba, Nicaragua y Venezuela. Es decir, los que no tienen elecciones libres. Tiemblo pensando qué lecciones puede sacar Pedro Sánchez de ello. Definitivamente hemos perdido el norte.

España, políticamente, incorrecta. Las elecciones, en la mayor crisis democrática de la historia, nos hará perder todo tipo de esperanzas.



España está llena de estadistas a quienes la democracia ha degradado convirtiéndoles en políticos, para hacer lo posible imposible. En España, la nueva democracia necesita apoyo y el mejor apoyo democrático es no votar democracia. Que mi voto y el de Pedro Sánchez sumen lo mismo, no es que no sea democrático es inhumano. Aristóteles decía que la democracia sería el origen de la República y esta daría forma legal a la dictadura. Platón, le contestaba: Eso de que voten todos no es democrático, porque votan sin esperanzas…. 

Si alguien tiene en mente que las elecciones servirán para superar la situación esperpéntica que atraviesa España o para elevar en algo el ínfimo nivel del debate político, puede abandonar toda esperanza. Todavía no se han convocado siquiera oficialmente los comicios y asistimos ya a un guirigay de amenazas, insultos y discursos contradictorios en los que los problemas reales de los ciudadanos son la última de las preocupaciones. Todo es representación y tacticismo. Y ese derrotero, lejos de corregirse, aumentará a medida que se acerque la llegada de las urnas. 

Hay algo realmente absurdo, por ejemplo, en que los socialistas insistan, hasta por carta, como hemos sabido ayer, en reclamar a Ciudadanos que no rechace pactar con ellos. Mientras Sánchez casi suplica a Rivera que no le deje solo, el PSOE equipara a diario a Ciudadanos con Vox y asegura que ambos forman junto con el PP una ultraderecha tricéfala y hasta «trifálica». 

¿Qué sentido tiene entonces ese empeño en reclamar el apoyo de un partido al que los propios socialistas tachan de falangista? Simplemente, es un intento de ocultar a los votantes un hecho irrefutable. Que la única oportunidad que tiene Pedro Sánchez de gobernar es la de pactar su investidura con unos independentistas que han protagonizado un golpe de Estado. Y que está dispuesto a hacerlo. Pero sin que se hayan convocado todavía los comicios, Ciudadanos está dando también unas muestras de nerviosismo e improvisación impropias de un partido que aspira a gobernar. Adelantar su política de pactos antes de las elecciones es un signo de debilidad que tiene el mismo objetivo que el del PSOE: hacer que los electores olviden que Rivera votó a favor de la investidura de Sánchez y sostuvo durante años el Gobierno socialista de Susana Díaz. 

Pero excusa no pedida, acusación manifiesta.Y también antes de que se convoquen las elecciones, el líder del PP, Pablo Casado, parece creer que la campaña no consiste en exponer proyectos sino en ver quién levanta más la voz y dedica más insultos al adversario, mostrando para ello una riqueza léxica en el manejo del dicterio a la altura de Camilo José Cela. En el otro extremo, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, a los que algunos presentaban como dos genios de la estrategia política, han dado toda una lección de cómo hundir un partido en cuatro años. Y, como gran novedad, llega ahora el líder de Vox, Santiago Abascal, cuya gran receta para solucionar los males del país es acabar con la España autonómica surgida la Transición.

Si hubiera un gramo de responsabilidad en nuestros líderes equiparable a la que hay en el resto de Europa, lo que debería haber es un solemne compromiso previo de que nadie pactará con un partido ultra como Vox, ni con unos partidos golpistas como los independentistas catalanes. Algo que obligaría al resto a hacer política con mayúsculas tras el 28A. Por desgracia, tal cosa no va a ocurrir, porque lo que sucede es que, en uno de los momentos más críticos de su historia, España cuenta sin duda con la peor generación de dirigentes políticos que ha parido

El dinero es el padre, la madre y el dueño de la democracia en España.

Cuando las transacciones mercantiles fluyen en el sector público, la democracia es un cuento chino. Es decir, cuando el dinero y los favores dominan la escena, son excesivos y generan hábito. Desde el nepotismo, más o menos descarado, hasta la subvención infinita y clientelar; desde los favores urbanísticos hasta el contrato amañado y recurrente; desde rescatar empresas concesionarias hasta multiplicar los beneficios tributarios crecientes. El resultado final de comportamientos tan extendidos y tolerados es lamentable. Los Gobiernos se instalan en el paternalismo, el clientelismo y la irresponsabilidad. La oposición redobla el insulto y la descalificación. Los ciudadanos contemplan el espectáculo, se enfadan y crece el desafecto.

¿Por qué es tan frágil y decadente nuestra democracia? ¿Por qué los partidos políticos no diagnostican y debaten con urgencia el problema para encontrar soluciones proporcionadas? ¿Por qué los ciudadanos votantes y contribuyentes no castigan con su voto estas injusticias? ¿Por qué la Justicia y los órganos de control son tan lentos en estas cuestiones? La respuesta no es sencilla porque afecta a valores y sentimientos marcados a fuego por nuestra historia y por nuestra incultura democrática. En los últimos doscientos años España fue un país enfangado en guerras civiles, turnismos y dictaduras. Un escoria que impregna también la transición y explica una parte de nuestro comportamiento. Por eso necesitamos con urgencia instituciones públicas robustas y agrandar con la educación democrática.

La operación Pokémon es un ejemplo ilustrativo que anuncia miserias diversas expresadas esta vez en el ámbito local. El hecho de que las compensaciones monetarias o la dimensión del regalo sean aquí modestas no altera o evita su gravedad. Detrás del dinero o de una caja de puros está el favor, el trato desigual, la infracción normativa. Por eso pensamos que el mejor agradecimiento de un ciudadano a su alcalde o concejal es premiarlo con su voto en las próximas elecciones, si se presentan, o bien expresándoles directamente o por escrito su gratitud por la gestión realizada. Todo lo demás sobra. Los Gobiernos están para desarrollar proyectos políticos avalados por las urnas, donde el interés general y el bienestar social son prioritarios. Agradecer un beneficio personal no debiera tener sentido, puesto que ese beneficio particular se presume integrado en el proyecto general cuyo fin es el sinfín. 

El gobierno municipal lo eligen los vecinos; gestiona nuestro dinero y el patrimonio común durante un tiempo. Esa gestión debe ser transparente, cumplir lo prometido, ayudar siempre al necesitado y rendir cuentas. En este contexto, cualquier regalo recibido debe ser devuelto con discreción y en silencio.

Los límites éticos y legales de los obsequios. El sumario de la operación Pokémon saca a la luz que la costumbre de hacer valiosos regalos a los responsables públicos sigue siendo una práctica habitual. ¿Dónde acaba la cortesía y empieza la compra de favores? Sin lugar a dudas, SI.