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Salvador Allende, la gran mentira del socialismo chileno.

Salvador Allende: la gran contradicción

«Es indudable que los intentos por subvertir las instituciones para arrinconar a una parte de la sociedad no tienen por qué salir bien»


Salvador Allende: la gran contradicción

El expresidente de Chile Salvador Allende da un discurso en 1971. | 

A las tres de la tarde del 11 de septiembre de 1973 se radia desde Santiago: «El orden reina en Chile». Si la alocución respondía a la verdad, era un verdadero ojo del huracán. Por detrás quedaba la trágica experiencia de Salvador Allende, y por delante la criminal dictadura de Pinochet. 

Pero a decir de las crónicas, en ese momento sí debió de producirse un gran alivio. El país había tenido pendiente a todo el mundo de la «vía chilena al socialismo», un audaz intento de llegar al total control de la economía y la sociedad por la vía democrática. 

Visto con perspectiva, el intento era absurdo. Nunca tuvo opciones de triunfar. Si era plenamente democrático, no podía llegar al socialismo. Si era plenamente socialista, nunca podría implantarse por métodos democráticos. 

Lo cierto es que Salvador Allende estuvo prácticamente solo en su intento. El Partido Socialista (una formación marxista desasida del yugo soviético) descartó la vía democrática ya en 1967. La mayor concesión que el PS le hizo a la democracia es la de mantenerla mientras no fuera estrictamente necesario el uso de la violencia: «Las formas pacíficas de lucha solo son aceptables como tácticas limitadas dentro de un curso que implica un creciente uso de la violencia por opresores y oprimidos». 

No es que cambiaran de parecer una vez en el gobierno. Carlos Altamirano, dirigente del PS, dijo en 1971 que ellos no habían llegado al poder para mantener «la rotación partidista del ejercicio del poder dentro de las reglas burguesas de la democracia representativa».

La posición del Partido Comunista, este sí una terminal de Moscú, era más estricta. Condenaba sin paliativos el aventurismo revolucionario, y animaba a ampliar la coalición con otros partidos de izquierda para ir avanzando en el programa de socialización desde las instituciones chilenas, que eran democráticas. Pero no se engañaban al respecto de lo que habría de pasar. En última instancia se habrá de producir un enfrentamiento a muerte entre la burguesía y la facción del pueblo que ellos representaban. Luis Altamirano, seis meses antes del golpe de Estado, lo dijo sin ambages: «Está claro que en el curso del proceso revolucionario puede volverse imperioso pasar de la vía pacífica a la vía armada (…) Jamás hemos considerado que la vía de la revolución chilena era una vía exclusivamente electoral».

Fidel Castro visitó el país durante 24 días, 24 tortuosos días para Salvador Allende, que era un don nadie en su propio país al lado del triunfante dictador cubano. Fidel profería arengas por todo el país, daba órdenes y organizaba a grupos que apoyaban la revolución en Chile. 

«¿Cómo podían encajar una democracia liberal con el poder sin oposición de un gestor socialista? La respuesta es fácil: no podían»

Castro se lo dijo a Allende: «¿Por qué esperar que los sectores dominantes cedan de buena gana su poder? ¿Qué clase de marxista se sienta a esperar que las clases explotadoras entreguen mansamente sus privilegios? ¿Dónde había ocurrido algo así?». En uno de sus múltiples discursos, precisó: «Elecciones… ¿para qué? No hemos venido a aprender cosas caducas y anacrónicas en la historia de la humanidad».

Salvador Allende llegó al poder con estas palabras: «Chile es hoy la primera nación de la Tierra llamada a conformar el segundo modelo de transición a la sociedad socialista». Pero él mismo sabía que debían producirse cambios fundamentales en el sistema político del país. Chile tenía una democracia convencional, con imperio de la ley y división de poderes, y el socialismo exigía lo contrario: unificar el poder bajo la batuta de un dictador, y que las normas no fueran un impedimento a la actuación arbitraria del líder socialista. 

¿Cómo podían encajar una democracia liberal con el poder sin oposición de un gestor socialista? La respuesta es fácil: no podían. Salvador Allende, cuando apenas llevaba siete meses en el poder, amenazó al sistema político, haciéndole ver que tenía dos opciones: plegarse y facilitar la implantación del socialismo, o atenerse a las consecuencias; a la violencia política: «Nuestro sistema legal debe ser modificado. De ahí la gran responsabilidad de las Cámaras en la hora presente: contribuir a que no se bloquee la transformación de nuestro sistema jurídico. Del realismo del Congreso depende, en gran medida, que a la legalidad capitalista suceda la legalidad socialista conforme a las transformaciones socioeconómicas que estamos implantando, sin que una fractura violenta de la juridicidad abra las puertas a arbitrariedades y excesos que, responsablemente, queremos evitar».

Allende mantuvo esa ambivalencia entre el cascarón democrático y la realidad de la violencia política durante todo su mandato. La contradicción era insalvable, y Allende la resolvió ejerciendo la violencia contra sí mismo, cuando se suicidó pegándose un tiro bajo el mentón con fusil que llevaba la inscripción: «A Salvador Allende, de su compañero de armas Fidel». 

El presidente chileno, por ejemplo, nunca condenó el terrorismo. Lo ejercían sus socios de gobierno, y dependía de ellos. Pero tampoco jugó con la idea de mostrar una incomodidad ante el constante goteo de asesinatos por motivos políticos. Es más, en más de una ocasión mostró su cercanía con los asesinos. 

El 8 de junio, cuando no se había cumplido un año de su mandato, unos correligionarios mataron a tiros a Edmundo Pérez Zujovic, exvicepresidente de la República por la Democracia Cristiana. Allende indultó a estos militantes, a los que calificó de «jóvenes idealistas». 

En enero de 1972, la oposición acusó al ministro del Interior, José Tohá, de complicidad con los crímenes que ensangrentaban las calles de Chile. Tohá fue incapaz de dar una respuesta convincente ante la evidencia de que los grupos armados que mataban a quien se opusiera a la revolución formaban parte de las organizaciones que apoyaban al propio gobierno. Así, presentó la dimisión como ministro de Interior. Salvador Allende acto seguido lo nombró ministro de Defensa y dijo: «El Parlamento lo acusará y el pueblo lo absolverá». El MIR y el resto de organizaciones terroristas siguieron aplicándole el socialismo a balazos a periodistas, propietarios, políticos y todo el que se pusiera por delante. El número de muertos no dejó de crecer hasta el último día de Allende.

Formalismo democrático en una mano, sangre revolucionaria en la otra. Así es como se presentaba Allende ante el Parlamento, al cual iba a proponer una reforma política fundamental. El 4 de noviembre de 1971, con motivo del primer aniversario de su gobierno, dijo: «Debemos fijarnos nuevos objetivos para el año 1972. Transformar las instituciones, ajustándolas a la nueva realidad social que estamos construyendo. Por eso, el martes 10 de la próxima semana entregaré al Congreso Nacional el proyecto que establece la Cámara Única para reemplazar al Senado y a la Cámara de Diputados (…) Se podrá disolver el Congreso en un período presidencial». 

Su propuesta fue rechazada. Su conclusión parece certera, aunque nunca llegó a asumir su corolario: «El Estado burgués no sirve para construir el socialismo, y es necesaria su destrucción» (El Mercurio, 12 de marzo de 1972). Su ministro de Justicia fue igualmente claro: «La revolución se mantendrá dentro del derecho mientras el derecho no pretenda frenar la revolución».

El gobierno también le aplicó el socialismo a la prensa, que tuvo que elegir entre entregarse al poder o sucumbir ante él. Esto fue lo que ocurrió, en última instancia, a medida que pasaban los meses. Pero hubo una fuerza a la que el gobierno socialista no pudo sobreponerse: las consecuencias políticas de la grave crisis económica a la que condujo al país. 

El 21 de agosto de 1972 se inició una huelga de los camioneros. Era un sector atomizado y competitivo, con 56.000 camiones en manos de unos 40.000 propietarios. El Gobierno les amenazó con crear una empresa pública para acaparar el mercado, y ante la perspectiva de perder su medio de vida, paralizaron el país. El Gobierno decretó el estado de sitio en 18 provincias, y anunció que requisaría los camiones de los propietarios en huelga, sin posibilidad de devolverlos. Pero la protesta se extendió por muchos otros sectores (cientos de miles de campesinos y de comerciantes), y pasado un mes el gobierno tuvo que ceder ante los manifestantes. 

«Hay varios paralelismos de la experiencia del socialismo chileno con la España del Frente Popular, cuatro décadas antes»

Al año siguiente, una revuelta en la mina de El Teniente se extendió también por otros sectores. Tras tres meses de enfrentamientos violentos, los manifestantes decidieron marchar de Rancagua a Santiago. No pararon ni ante la actividad terrorista de la coalición de gobierno. Allende tuvo que ceder de nuevo. 

En 1973, las elecciones legislativas le dieron un pequeño respiro a la coalición UP, ya que mejoró su presencia en la Cámara, pero certificaron que Allende representaba una minoría (el 43%) frente a una oposición que acudió unida por pura supervivencia. Entonces, el Gobierno propuso una reforma educativa de carácter socialista con «la urgencia de crear un nombre nuevo», pero fue rechazada.

Entre el desprecio, los ataques verbales y de nuevo el terrorismo, el enfrentamiento del Gobierno con el poder judicial fue total. Una de las manifestaciones de esta actitud del gobierno fue que el ministro Carlos Prats firmó una circular secreta (enero de 1973) en la que ordenaba no conceder fuerza pública al cumplimiento de las sentencias. El Tribunal Supremo acabaría diciendo: «Tomamos acta de lo que Su Excelencia entiende al someter el libre criterio del Poder Judicial a las necesidades políticas del gobierno. Sepan que este poder no será excluido del marco político y que jamás será revocada su independencia». 

De nuevo, Salvador Allende puso su indudable capacidad retórica al servicio de una lógica implacable, y brutal: «En un período de revolución, el poder político tiene derecho a decidir en el último recurso si las decisiones judiciales se corresponden o no con las necesidades históricas de transformación de la sociedad, las que deben tomar absoluta procedencia sobre cualquier otra consideración; en consecuencia, el Ejecutivo tiene derecho a decidir si lleva a cabo o no los fallos de la justicia». 

El 22 de agosto de 1973, la Cámara de Diputados aprobó una declaración en la que hacía una prolija exposición de todos los atentados de Allende contra la Democracia. Al día siguiente, el Senado se sumaba a esa declaración. Prácticamente, era una llamada a la intervención por parte del Ejército. 

Hay varios paralelismos de la experiencia del socialismo chileno con la España del Frente Popular, cuatro décadas antes. En España, la izquierda quiso rebasar la legalidad, y no temía un enfrentamiento violento con la derecha; una parte lo esperaba, de hecho, para firmar con sangre ajena una revolución apenas empezada. 

El paralelismo con la España actual es más inseguro. Pero lo que es indudable es que los intentos por subvertir las instituciones para arrinconar a una parte de la sociedad no tienen por qué salir bien.

 

Cuando la democracia provoca miseria, la dictadura se justifica.

 



Por desgracia para la humanidad hay hechos políticos que debieran de ser incluidos en las páginas de humor de los diarios, pero que en su dramática realidad no hacen sino refrendar el absurdo cotidiano.

 

Le llaman Cumbre por la Democracia y la inicia el presidente Biden hace dos semanas podría ser considerada una expresión del humor involuntario de la realidad del poder. Sin embargo, todos los indicios indican que la Casa Blanca sí está tomando en serio su liderazgo galáctico a favor de la democracia.

 

La realidad latinoamericana tiene todavía como herida abierta muchos de los abusos de poder estadounidense para defender sus intereses. Aquí se recuerda solo uno: en 1970 el doctor en medicina Salvador Allende Gossens ganó la presidencia de la República por la vía electoral como candidato de la alianza entre su partido socialista y el partido comunista. La victoria fue democrática en grado absoluto y cumplió con todos los requisitos procedimentales de las leyes chilenas.

 

En 1973 y luego del programa socialista de nacionalización de los recursos naturales, sobre todo el cobre, el gobierno del presidente Richard Nixon ordenó a su secretario de Estado Henry Kissinger la realización de operaciones clandestinas para derrocar al presidente constitucional de Chile. La Casa Blanca financió a la derecha y sobre todo manipuló a los militares para el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 que rompió la institucionalidad chilena y tiene el país hasta la fecha atado a la doctrina de seguridad nacional de los militares chilenos proestadunidenses.

 

Cada nueva administración presidencial norteamericana libera documentos sobre el caso chileno y todos confirman la brutal decisión de Nixon que condujo a la muerte por asesinato o por suicidio del presidente Allende, pero sobre todo a la ruptura de la democracia constitucional.

 

Ahora, y sin haber aplicado leyes democráticas contra la Casa Blanca, el gobierno de Nixon, el golpista Kissinger y los gobiernos estadounidenses que han avalado la política de democracia estadounidense impuesta a Iberoamérica a través de corrupciones, golpes de Estado y gobiernos proclives a Washington, el presidente Biden aparece como el defensor de la democracia galáctica.

 

En este contexto, bien se le pueden aplicar a Biden y a Estados Unidos las últimas palabras de madame Marie-Jeanne Roland de la Platiere, revolucionaria francesa, al pie de la guillotina de Robespierre: “oh libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”. El gobierno de Estados Unidos, no solo el presidente Biden, carece de autoridad moral, política e histórica para asumirse en el abanderado de la democracia, aunque ha cometido muchos crímenes en su nombre.

 

La estructura de poder de Estados Unidos que opera la Casa Blanca como eje de dominación imperial no se basa en la democracia procedimental y de herencia griega y francesa, sino que ejerce el dominio político a partir de los verdaderos hilos de poder que toman las decisiones en Washington.

 

Entre muchas investigaciones, aquí recomendamos solo seis sobre el poder imperial y no democrático de EU:

 

1.- La arrogancia del poder, del político J. William Fulbright, que revela la existencia de un águila imperial de dos cabezas: la de dominación por la fuerza y la democrática.

 

2.- La república imperial, de Raymond Aron, que convierte dos modelos excluyentes ---el democrático y el imperial-- en un oxímoron que al final de cuentas se sintetiza en un imperio dominante.

 

3.- ¿Quién gobierna Estados Unidos?, de G. William Domhoff, en circulación desde 1969, en plena euforia de las tropas estadunidenses en Vietnam, con su tesis de que la democracia estadunidense es la de las bayonetas militares.

 

4.- El poder en la sombra. La globalización y muerte de la democracia, de Noreena Hertz, y su propuesta de dominación del poder en Washington de corporaciones de influencia mundial. Los políticos son meros instrumentos de los intereses de las grandes empresas capitalistas.

 

5.- La élite del poder, de C. Wright Mills, un clásico de la sociología estadounidense y su categorización de los pilares del gobierno y de sus decisiones: económico, político y militar.

 

6.- Los límites de la legitimidad. Contradicciones políticas y capitalismo contemporáneo, de Alan Wolfe, quien plantea la realidad de que los valores de acumulación y codicia del capitalismo son en esencia contrarios a los objetivos de equidad y justicia democrática.

 

El fracaso de EEUU como modelo de democracia se aprecia en tres temas donde el poder real es extrademocrático: el lobby de los fabricantes de armas que ha mantenido las prohibiciones constitucionales, la segregación racial que mantiene el enfoque sociológico de la degradación por enfoque de raza superior y la política de seguridad nacional que define la centralidad mundial alrededor del american way of life o modo de vida estadounidense o, de manera sencilla, el sueño americano basado en la codicia y la riqueza monetaria.

 

En este sentido, la democracia estadounidense se define con precisión en las estrategias de seguridad nacional que han definido los presidentes de Nixon a Biden y que se basan en la dominación de los intereses económicos de acumulación de capital de los grupos corporativos estadounidenses.

 

Lo malo, sin embargo, ha sido la falta de enfoques críticos a la Cumbre por la Democracia de Biden, pero no debe sorprender porque los países desarrollados y subdesarrollados dependientes del capitalismo estadounidense carecen de enfoques y autorizaciones militares locales para confrontar la disputa ideológica vigente con el socialismo y se cobijan bajo el paraguas militar antidemocrático de la Casa Blanca.

Paulo Guedes, ministro de Economía de Brasil y hombre clave de Bolsonaro prepara una perestroika de libre mercado.

JP Logística

Paulo Guedes se toca la sien con un dedo. "La gente de la izquierda tiene mentes ingenuas y buenos corazones", afirma. "La gente de la derecha tiene cabezas frías, y..." Busca la frase adecuada. "No tan buenos corazones". Es un acto de sinceridad para el "superministro de Economía" de Brasil, dado que el presidente para el que trabaja, Jair Bolsonaro, es un ex capitán del Ejército de derechas considerado en la escena internacional como una especie de protofascista que siente debilidad por la dictadura militar.
También es indicativo de la amplitud de miras de Guedes, y de su creencia en que Bolsonaro no es el extremista que a menudo se le considera en el extranjero. "Estamos creando una sociedad abierta popperiana", afirma, en una de las diversas veces que recuerda al filósofo austriaco Karl Popper -que defendía una democracia liberal dinámica- durante una conversación con Financial Times en su despacho de Brasilia.
  

"Aunque las maneras de Bolsonaro parezcan bruscas, es sólo fachada. Será duro únicamente con los criminales", añade, mencionando los 64.000 asesinatos que sufrió Brasil en 2017. El hecho de que Popper sea también uno de los héroes de George Soros, el filántropo liberal odiado por algunos de los etnonacionalistas que forman parte del séquito de Bolsonaro, resulta una ironía que parece escapársele a Guedes.
"La ideología es el verdadero enemigo", sostiene. "Yo, no soy más que un científico que hace su trabajo. Todo el mundo tiene su función". Puede decirse que Guedes, un economista formado en la Universidad de Chicago que desarrolló una exitosa carrera como gestor de fondos en Río de Janeiro, es el segundo hombre más poderoso del Gobierno brasileño, al llevar la cartera de cinco ministerios: Economía, Comercio, Trabajo, Industria y Desarrollo. No cabe duda de que es el más activo.
Mientras Bolsonaro se recupera de una intervención quirúrgica, las luchas internas han perseguido a la nueva administración: el último episodio lo ha protagonizado el ministro conservador de Exteriores, Ernesto Araújo, que adoptó una postura más dura sobre Venezuela frente a la posición más cauta defendida por el vicepresidente Gen Hamilton Mourão.
En cambio, el equipo económico de Guedes ha arrancado con fuerza con ambiciosas propuestas de reforma. "Brasil es la octava economía del mundo, pero ocupa el puesto 130 en aperturismo, cerca de Sudán. También está en el 128 en lo que respecta a la facilidad para hacer negocios. ¡Jesús!" exclama, dando un salto de la silla. Guedes, profundo en su conversación, explica que quiere reducir esas clasificaciones a la mitad en sólo cuatro años recortando el gasto, reformando el código fiscal bizantino de Brasil, reduciendo los trámites burocráticos, y privatizando activos públicos.
Nacido en una familia de clase media-baja, Guedes estudió con la ayuda de becas y se doctoró en Economía por la Universidad de Chicago. Posteriormente, trabajó en Chile durante la dictadura de Pinochet, y dejó Santiago con su mujer cuando se encontró a la policía secreta registrando su apartamento.
"Vi un Chile más pobre que Cuba y Venezuela en la actualidad, y los chicos de Chicago lo solucionaron. Chile es en la actualidad como Suiza", señala, haciendo caso omiso de costes sociales como la tasa de desempleo del 21% en 1983. "Eso es basura", sentencia. "El desempleo ya existía. Sólo estaba oculto dentro de una economía destruida". Es una opinión no exenta de polémica.
De vuelta en Brasil, se convirtió en gestor de fondos, en operador ocasional y en un prolífico columnista en la prensa. Explica que conoció a Bolsonaro hace justo un año y un mes" y, pese ha haber rechazado varias ofertas anteriores para trabajar en el Gobierno, utiliza jerga de operador para justificar su decisión ahora. "Pasé toda mi vida generando alfa y viendo a los sucesivos gobiernos destruir beta", explica. "Ahora quiero mejorar el beta de Brasil", utilizando la letra griega que describe el comportamiento subyacente del mercado.
Tras 20 años de dictadura y 30 de de democracia social, el giro de Brasil a la derecha es saludable, asegura. "La llegada de los liberales supone una buena noticia, no una mala".
Sin embargo, sigue habiendo dudas. ¿Qué ocurre con la política social, teniendo en cuenta la enorme desigualdad en Brasil? ¿Y es compatible su magia del libre mercado con el liberalismo político, dada la vena aparentemente autoritaria de Bolsonaro?
"Cierto. Rusia y Brasil tuvieron la glásnost antes de la perestroika," señala, haciendo referencia a las políticas de apertura política y económica y de liberalización. "Se necesitan ambas. Entonces llega el crecimiento, y una clase media que trae estabilidad". El camino alternativo tomado por Brasil lleva a un estado rentista caracterizado por la corrupción.
"Éramos una democracia con una sola pierna", señala. "El sistema está corrupto. ¿Por qué recibió Lula, el político más popular de Brasil, una condena de casi 13 años de prisión por corrupción?"
Señala a un televisor, donde un programa de noticias acaba de informar del último juicio contra el ex presidente. Luiz Inácio Lula da Silva ha sido condenado a 12 años de prisión. Los críticos sostienen que la sentencia fue el resultado de una judicatura contaminada por la política que quería excluir al líder de la izquierda de la carrera electoral, abriendo así el camino a la victoria de Bolsonaro.
Guedes sugiere en cambio que el sistema de clientelismo arraigado en Brasil lo atrapó. La receta correcta frente a esto es "una economía basada en el mercado y no la economía dirigista fallida que corrompió el orden político". Pocos brasileños discreparían de su diagnóstico dado que el país aún sufre las secuelas de la recesión más profunda de su historia y de su mayor escándalo de corrupción.
Su visión económica se aproxima más a Ronald Reagan que a Donald Trump, y parece ser realista con respecto a sus limitaciones políticas. "El presidente [siempre puede decir] no, yo tengo los votos". Pese a fijarse como objetivo las estrellas, este economista teórico parece contentarse con alcanzar la Luna, y admite que será un camino lleno de baches. "Sí, la economía crecerá más deprisa. Pero no podemos pecar de ingenuos. Hay mucho daño por reparar".

La reforma de las pensiones.

El ministro de Economía de Brasil ha prometido poner fin a años de intervenciones estatales fallidas, y asegura que "en cinco meses" se aprobará una reforma de las pensiones que ahorrará un billón de reales brasileños (unos 235.000 millones de euros). Esta iría seguida de una reforma fiscal y de un programa de privatización radical sin intocables.

Guedes explicó que el paquete de pensiones generaría ahorros de entre 700 millones y 1,3 billones de real, y que se presentaría en el Congreso tan pronto como el presidente abandone el hospital. "El gasto es clave. De ahí la lógica de abordar primero su principal elemento con la reforma de las pensiones", indicó. Para ello, el Gobierno cuenta con 302 votos de los 513 escaños del Congreso, cerca de la "supermayoría" en 308 asientos