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Otto von Bismark: "la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo".


Cervantes, el aventurero que creó el Quijote

Una de las cualidades que ha recibido más leyendas y páginas escritas en la sociedad española, es la del quijotismo. Nada hay más atrayente que esta idiosincrasia, reservada para ciertas personas, pueda influir en una buena parte de la colectividad.

Los Quijotes de España, Unamuno y Cervantes, como clásicamente se conocen, los Don Miguel, pasean su quijotismo por el mundo, defendiendo entuertos y malheridos, luchando con la penuria, la pobreza y la injusticia en aras de un mejor entendimiento entre las gentes. Hoy día no hay muchos soñadores, pero cuando aparece uno de ellos, es como la flor que brota en un campo yermo. Es una bocanada de aire limpio, un hálito de vida, un viento de libertad, unas opiniones emancipadas de lo que se ha dado en llamar pensamiento único y que, cuando surge, nos lleva a un plano superior, como si desde una atalaya estuviéramos oteando el paisaje y el paisanaje. Ponemos tierra por medio y vemos los problemas y sus soluciones bajo un prisma distinto.

Toda la obra escrita por nuestros literatos, los Don Miguel, lleva a defender los valores y la ética que hoy día está desterrada de la sociedad, de los ramplones de miras, de los estrechos de mentes, de los miserables de corazón y, en una palabra, de los cicateros de generosidad. «¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!» fueron las últimas palabras que Don Miguel de Unamuno pronunció poco tiempo antes de morir. En mi cabeza centellean de cuando en cuando, al recordar y ver como lo que está pasando, en la historiografía de España, se repitió hace años. Es un tema reiterativo que sucede en este país y es clásica la frase de Otto von Bismark de que «la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo». Pensar sobre el trasfondo de esta reflexión nos hace ver la miopía de las gentes, y de algunos políticos que toman decisiones que a todas luces están equivocadas y que, las personas normales ven como la honradez se va hundiendo en las aguas pantanosas, en la ciénaga e inmundicia de las resoluciones.

Pienso frecuentemente como un país que ha llevado la cultura, la religión, el idioma a tantos lugares, que se ha mezclado con personas con las que nada tenían que ver anteriormente, que ha creado universidades a lo largo de todo el mundo y, en fin, que ha sabido transmitir un pensamiento y una civilización diferente haciendo que fueran ciudadanos de igual nivel que los de España, está agostado y, por qué no decirlo, agotado también. Las primeras leyes aboliendo la esclavitud fueron decretadas en Sevilla por la Reina Isabel la Católica allá por el año 1500 y se añadía en el decreto que se devolvieran las tierras que tenían y que eran de su propiedad. Se consideraba que todos eran súbditos de la corona al mismo nivel. España fue una adelantada. No conozco otro imperio que haya sabido imprimir estas cualidades allá donde fueron y que al mismo tiempo estén tan poco orgullosos de su herencia. Muchos de nuestros habitantes compraron la leyenda negra y otros países, envidiosos de lo que fuimos, la extendieron por doquier. Nada más falso. No se puede juzgar, con los ojos del momento actual, la historia pasada hace más de 500 años. Si no fuéramos quijotes no habríamos hecho esta hazaña. No hace falta nada más que cruzar los Andes en avión y pensar como aquellos españoles olvidados, a caballo y con pertrechos, hicieron lo mismo. La envergadura de lo que se ha realizado deja pequeña cualquier otra proeza. Recorrer estos países, visitar sus palacios, iglesias, plazas, universidades empequeñece cualquier otra obra humana y si a esto le añadimos la cultura, las leyes, el idioma, la organización administrativa, el orgullo de lo que hicimos debería ser mucho. A los que critican esta obra les aconsejaría viajar por estos países, hablar con las gentes, imbuirse con su cultura para ver en su justa medida la realidad. En suma, para ver donde está el manido comentario sobre el oro que se robó. Se encuentra en las iglesias y en los palacios, en las universidades y en las casas solariegas.

Por eso, quiero desde estas breves líneas, defender el quijotismo español, su generosidad y abnegación, su capacidad de sacrificio y su solidaridad allá donde estemos, sea Hispanoamérica o cualquier otro proyecto de nuestras organizaciones, fuerzas de apoyo, profesores, médicos con vocación o jueces justos que ejercen sus trabajos con honradez y probidad. Si no se es quijote es imposible hacer lo que hicimos y lo que hacemos. Es necesario una vuelta a la ingenuidad, al idealismo, a la honradez y al orgullo de hacer las cosas, porque así lo aprendimos de nuestros antepasados, sería una buena actitud ante la vida y seríamos más felices.

Juan Pardo Navarro

Otto von Bismark de que «la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo»

 

Cervantes, el aventurero que creó el Quijote


Una de las cualidades que ha recibido más leyendas y páginas escritas en la sociedad española, es la del quijotismo. Nada hay más atrayente que esta idiosincrasia, reservada para ciertas personas, pueda influir en una buena parte de la colectividad.

Los Quijotes de España, Unamuno y Cervantes, como clásicamente se conocen, los Don Miguel, pasean su quijotismo por el mundo, defendiendo entuertos y malheridos, luchando con la penuria, la pobreza y la injusticia en aras de un mejor entendimiento entre las gentes. Hoy día no hay muchos soñadores, pero cuando aparece uno de ellos, es como la flor que brota en un campo yermo. Es una bocanada de aire limpio, un hálito de vida, un viento de libertad, unas opiniones emancipadas de lo que se ha dado en llamar pensamiento único y que, cuando surge, nos lleva a un plano superior, como si desde una atalaya estuviéramos oteando el paisaje y el paisanaje. Ponemos tierra por medio y vemos los problemas y sus soluciones bajo un prisma distinto.

Toda la obra escrita por nuestros literatos, los Don Miguel, lleva a defender los valores y la ética que hoy día está desterrada de la sociedad, de los ramplones de miras, de los estrechos de mentes, de los miserables de corazón y, en una palabra, de los cicateros de generosidad. «¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!» fueron las últimas palabras que Don Miguel de Unamuno pronunció poco tiempo antes de morir. En mi cabeza centellean de cuando en cuando, al recordar y ver como lo que está pasando, en la historiografía de España, se repitió hace años. Es un tema reiterativo que sucede en este país y es clásica la frase de Otto von Bismark de que «la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo». Pensar sobre el trasfondo de esta reflexión nos hace ver la miopía de las gentes, y de algunos políticos que toman decisiones que a todas luces están equivocadas y que, las personas normales ven como la honradez se va hundiendo en las aguas pantanosas, en la ciénaga e inmundicia de las resoluciones.

Pienso frecuentemente como un país que ha llevado la cultura, la religión, el idioma a tantos lugares, que se ha mezclado con personas con las que nada tenían que ver anteriormente, que ha creado universidades a lo largo de todo el mundo y, en fin, que ha sabido transmitir un pensamiento y una civilización diferente haciendo que fueran ciudadanos de igual nivel que los de España, está agostado y, por qué no decirlo, agotado también. Las primeras leyes aboliendo la esclavitud fueron decretadas en Sevilla por la Reina Isabel la Católica allá por el año 1500 y se añadía en el decreto que se devolvieran las tierras que tenían y que eran de su propiedad. Se consideraba que todos eran súbditos de la corona al mismo nivel. España fue una adelantada. No conozco otro imperio que haya sabido imprimir estas cualidades allá donde fueron y que al mismo tiempo estén tan poco orgullosos de su herencia. Muchos de nuestros habitantes compraron la leyenda negra y otros países, envidiosos de lo que fuimos, la extendieron por doquier. Nada más falso. No se puede juzgar, con los ojos del momento actual, la historia pasada hace más de 500 años. Si no fuéramos quijotes no habríamos hecho esta hazaña. No hace falta nada más que cruzar los Andes en avión y pensar como aquellos españoles olvidados, a caballo y con pertrechos, hicieron lo mismo. La envergadura de lo que se ha realizado deja pequeña cualquier otra proeza. Recorrer estos países, visitar sus palacios, iglesias, plazas, universidades empequeñece cualquier otra obra humana y si a esto le añadimos la cultura, las leyes, el idioma, la organización administrativa, el orgullo de lo que hicimos debería ser mucho. A los que critican esta obra les aconsejaría viajar por estos países, hablar con las gentes, imbuirse con su cultura para ver en su justa medida la realidad. En suma, para ver donde está el manido comentario sobre el oro que se robó. Se encuentra en las iglesias y en los palacios, en las universidades y en las casas solariegas.

Por eso, quiero desde estas breves líneas, defender el quijotismo español, su generosidad y abnegación, su capacidad de sacrificio y su solidaridad allá donde estemos, sea Hispanoamérica o cualquier otro proyecto de nuestras organizaciones, fuerzas de apoyo, profesores, médicos con vocación o jueces justos que ejercen sus trabajos con honradez y probidad. Si no se es quijote es imposible hacer lo que hicimos y lo que hacemos. Es necesario una vuelta a la ingenuidad, al idealismo, a la honradez y al orgullo de hacer las cosas, porque así lo aprendimos de nuestros antepasados, sería una buena actitud ante la vida y seríamos más felices.

Filosofía de la realidad como teoría del arte.


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Este escrito tiene como objetivo fundamental realizar una reflexión de carácter general, enfocada desde la filosofía, sobre los elementos fundamentales que componen el arte. De esta manera se analizará la dimensión subjetiva (el artista), la dimensión objetiva (la realidad), la conjunción entre ambas (la creación) y el resultado (la obra de arte). Pero antes de llevar a cabo esta labor será necesario que comencemos nuestra investigación con una breve reflexión sobre el arte entendido como actividad humana esencial. Debe quedar claro desde el principio que nuestra pretensión no es la de hacer una historia del concepto de arte, sino que el propósito principal de este estudio es el de interrogarnos sobre qué sea el arte tal y como hoy lo entendemos, algo que no se queda en una reducción del término sino que abarca la totalidad del mismo, ya que como se irá mostrando a lo largo del texto el concepto fundamental de arte no varía con el paso del tiempo. Este concepto general al que estamos aludiendo se manifiesta tan claramente en el Doríforo de Policleto, aunque los griegos no consideraran a la escultura arte en el mismo sentido que nosotros la consideramos hoy, como en Las majas de Goya o en El Guernica de Picasso. En cualquier caso, esto es algo que se podrá ir vislumbrando poco a poco a lo largo de este estudio. El arte es algo que no puede ser encerrado en una definición o abarcado desde una mirada global que pretenda explicar su totalidad; es por ello por lo que pienso que lo más adecuado para acercarnos a esta materia es llevar a cabo una descripción de sus elementos que nos sirva como puente para avistar una comprensión global suficiente. De esta manera profundizaremos más en el arte que si nos pusiéramos, cual investigadores positivistas, a intentar buscar una definición en la que se describiese su esencia. La esencia de cualquier ente es «inapresable» y más si tenemos entre manos algo tan complicado como es el arte. Para aproximarnos conceptualmente a nuestro objetivo utilizaremos una serie de «ideas-guías» que nos irán acercando lentamente a la aclaración intelectual que buscamos acerca de la idea de arte. Para ello acudiremos en primer lugar a Hegel, filósofo de grandísima lucidez que penetró como pocos en la espiritualidad de la realidad; y ya que el arte es una actividad espiritual, aunque finalmente para su realización tenga que ser plasmada en el material sensible, considero que es más que acertado para nuestra indagación poner los ojos en algunas de las apreciaciones de dicho pensador en torno al arte. Hegel sostiene: «El arte es una forma particular bajo la cual el espíritu se manifiesta». En esta afirmación encontramos la idea del arte como manifestación del espíritu; pero como una manifestación del espíritu que se produce de «una forma particular». Esta particularidad a la que alude Hegel no es ningún asunto menor, puesto que nos introduce en la complejidad del asunto. La mencionada cita no llega de por sí a la esencia del arte, pero sí nos adentra directamente en su problemática. Desde la interioridad del asunto a la que nos ha conducido la afirmación anterior, Hegel levanta otra tesis fundamental: «La tarea del arte consiste en hacer que la idea sea accesible a nuestra contemplación bajo una forma sensible». En esta otra idea de Hegel se muestra que el arte es expresión sensible de la idea, algo que ya nos acerca más directamente a la esencia de esta actividad humana. Recapitulando lo dicho, podemos decir que de la mano de Hegel hemos conseguido saber que el arte es una manifestación del espíritu que se produce de «una forma particular» y que es expresión sensible de la idea. Una vez que hemos partido de Hegel, pasaremos ahora al que quizás ha sido el último gran metafísico de occidente, Martin Heidegger, el cual dedicó toda su producción filosófica a esclarecer el sentido del ser, por lo que tuvo necesariamente que entrar en el terreno de la estética y con ello en el del arte. Heidegger afirma en una de sus conferencias: «La esencia del arte sería, pues, ésta: el ponerse en operación la verdad del ente.»Esta «descripción» heideggeriana puede ser enlazada con lo dicho anteriormente por Hegel, pero la verdad es que si nos fijamos bien en las palabras del autor de El ser y el tiempo nos damos cuenta que de ellas se puede inferir que el arte además de consistir en la manifestación de la verdad, es esa actividad humana que nos sitúa en el modo de la plenitud ante la mismidad de lo expresado o representado. «El ponerse en operación la verdad del ente», nos dice Heidegger. Con estas apreciaciones filosóficas acerca del arte, en cierto modo ya nos hemos adentrado en su esencia. Podría haber empezado este artículo aludiendo a típicas definiciones: «el arte es aquella actividad humana que produce belleza», «que representa o reproduce la realidad», «que crea formas», «que expresa», «que produce experiencia estética» o «que produce un choque», como dirían los teóricos de las vanguardias. Pero, sin embargo, he preferido empezar intentando llevar a cabo una dilucidación filosófica con la finalidad de profundizar en su concepto, ya que considero que esto es lo más adecuado de cara a la finalidad de esta investigación. Con esto, no se está afirmando que estas definiciones no sean válidas, todo lo contrario, incluso nos valdremos de ellas para nuestro estudio; lo que sí hay que dejar claro desde un principio es que este trabajo es un estudio de carácter filosófico y no de historiografía o teoría del arte.

Con mucha prudencia y muchos matices, ya que estamos aún en el inicio de la investigación, se podría decir que el arte es un «lenguaje» con el que el hombre expresa la realidad humana física y espiritual captando lo exterior e interiorizándolo, para luego devolverlo a la exterioridad desde la libertad creadora del artista. Lo que ha de quedar claro en estos primeros tanteos es que desde nuestro posicionamiento filosófico el arte es contemplado como una actividad humana que expresa el espíritu de la realidad misma a través de un material sensible, ya sea un lienzo, una catedral o una escultura; lo cual se produce a través de cuatro componentes sin los que no habría arte: «el artista», que es el creador; «la realidad», que es la objetividad que se expresa; «la conjunción», que es la creación artística y «el resultado», que es la obra de arte. El análisis más detallado de estos cuatro elementos es lo que pasaremos a estudiar en la parte central de nuestra investigación. De esta manera damos por terminada esta breve reflexión, que como se puede apreciar es ante todo una introducción que intenta servir de punto de lanzamiento y de apoyo al lector.


¿Es el arte una necesidad o un lujo? Esta cuestión es una de las interrogantes que más han sido destacadas en lo que respecta a las polémicas habituales acerca del arte. Verdaderamente ¿el arte se puede considerar una necesidad del ser humano o es simplemente un lujo con el que éste adorna su vida? De entrada hay que decir que parece claro que el arte es algo que pertenece a la esencia misma del hombre, ya que éste desde sus comienzos se ha visto «forzado» por su propia interioridad a representar o expresar algo, ya sea lo exterior que le rodea o ha rodeado o lo interior sentido en ciertos momentos concretos de la historia. Si por necesidad entendemos «algo» sin lo cual otro «algo» no sería posible; y por lujo entendemos «algo» que es superfluo y que sólo sirve para agradar más la realidad o la vida, queda claro que el arte es una necesidad del ser humano. ¿Qué sería el hombre sin el arte? Habría que plantearse seriamente esta cuestión y pensar si la humanidad sería la misma sin el arte. ¿Sería España la misma sin El Quijote?, ¿sería Italia, Italia sin Dante?, ¿qué sería de Inglaterra sin Shakespeare o de Grecia sin Homero? Esto es algo que habría que pensar muy seriamente; y no se trata de decir que hay que leer, ver u oír todas las obras que han hecho de la humanidad lo que hoy es, sino de comprender que la esencia, por ejemplo, de España y del español está planteada en esa grandísima obra de la literatura universal que es Don Quijote de la Mancha; que el siglo XVII se encuentra reflejado en Las Meninas o que el espíritu de la Europa de la época habita en Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano. ¿Acaso no es cierto que Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Velázquez, Goethe, Mozart, Beethoven... han sido los grandes creadores y los que mejor han sabido expresar la espiritualidad más propia de Europa?, ¿sería Europa lo que hoy es sin ellos? Es llevando hasta sus últimas consecuencias estas cuestiones como verdaderamente tomamos conciencia de la trascendentalidad e importancia del arte. El arte recoge el presente para el futuro y queda como pasado. Es obvio, pues, que el arte es una necesidad total y absoluta del ser humano. ¿Existe el arte desde que hay hombre?; o quizás sería mejor preguntarse: ¿existe el hombre desde que hay arte? Interroguémonos en serio sobre estas cuestiones.

El arte nos lleva a una dimensión de trascendencia que es necesaria para el ser humano y que no podemos alcanzar en esa modalidad de ninguna otra manera. Ya sea a través de la literatura en general, de la arquitectura, de la pintura, de la escultura o de la música el hombre desde que es hombre se ha visto forzado a crear artísticamente. Y algo que viene impuesto desde dentro como un mandato, tal y como diría Kant, es sin lugar a dudas una necesidad. Otra cosa es que el arte no tenga un sentido práctico tal y como nosotros, hombres del siglo XXI envueltos en un mundo casi plenamente tecnológico, entendemos ese concepto al igual que le sucede a otras actividades como por ejemplo la filosofía. Pero es eso precisamente lo que hace que estas creaciones del ser humano tengan más valor, porque eso quiere decir que existen porque valen por sí mismas, en ellas reside su valor y no necesitan de nada exterior a ellas o de una finalidad práctica que les otorgue un sentido. Para darle más consistencia intelectual a nuestras aportaciones acudiremos de nuevo a Hegel, el cual sostiene que «La obra de arte persigue un fin particular que es inmanente en ella.» El arte o, por ejemplo, la filosofía sí que son «algo» práctico, ya que sirven para conocer lo que es el hombre y lo que es y ha sido el mundo; lo que sucede es que para eso hay que elevarse a una categoría de comprensión a la que hoy día prácticamente nadie está dispuesto a remontarse. De ahí las famosas frases: «La filosofía, ¿y eso para qué sirve?». «¿Qué estudias, arte, y eso para qué?»; pero bueno, así están las cosas y adentrarnos ahora de lleno a desentrañar y esclarecer este problema sería pasarnos a otra cuestión distinta de la que nos ocupa en estos momentos. Por lo tanto, sólo nos queda a modo de conclusión señalar que el arte, como espero haya quedado claro después de lo dicho, es una necesidad ineludible del ser humano que pertenece a la esencia de éste y que le ayuda a comprender mejor la realidad.


Ahora pasaremos a analizar el primer punto nodal de este estudio: el artista. El artista es la subjetividad creadora que realiza la obra de arte. Intentar llegar a una comprensión profunda de este componente del arte supone el fijar la vista en muchos elementos decisivos que se dan en el artista y le conducen a la creación. El artista es esa subjetividad creadora que es capaz de crear (arte) desde sí mismo. Un primer elemento a destacar en el análisis del artista es «la inspiración», el cual es el estado en el que éste se encuentra cuando se siente empujado a crear. Hegel afirma al respecto: «La producción artística se convierte así en un estado al que se da el nombre de inspiración.» Por su parte Schopenhauer, que no se caracterizaba por ser un gran amigo de Hegel ni por compartir sus ideas, pensaba:

«La invención de la melodía, el descubrimiento de todos los más hondos secretos de la voluntad y de la sensibilidad humana, esto es obra del genio. La acción del genio...es una verdadera inspiración.»
De esta forma vemos que el auténtico artista es el genio, el cual cuando alcanza el estado de inspiración es capaz de expresar lo más esencial de las cosas.

«A partir de lo dicho podemos ahora entender lo que es el «Genio». No es otra cosa que lo que ya Platón denominó «demon», como la subjetividad ideal de todas las cosas que, más allá de su determinación y límite empírico, media entre ellas y su origen absoluto. (...) «El «genio» es esa característica absoluta de las cosas, lo que hay en ellas de definitivo y oculto, más allá de su forma empírica, porque está en el origen de todas ellas.»

Una vez aclarado qué es el genio y qué es la inspiración, pasamos ahora al fenómeno de «la necesidad interior», el cual se manifiesta a través de lo que Heidegger llamó en Sein und Zeit «la voz de la conciencia», que bien podría ser llamado por nosotros aquí «la voz de la creación». Todo artista siente a la hora de crear esa necesidad interior que le empuja a realizar la obra y le indica cómo ha de actuar. Oigamos al abanderado del movimiento pictórico abstracto, Vasili Kandinsky, el cual afirma lo siguiente: «La ineludible voluntad de expresión de lo objetivo es la fuerza que aquí llamamos necesidad interior y que hoy pide una forma general y mañana otra.» Con esta confesión de uno de los grandes artistas del siglo XX queda de manifiesto la presencia de esa necesidad interior en el genio a la hora de crear. Paul Valéry, por su parte, afirma:

«El artista vive en la intimidad de su arbitrariedad y en la espera de su necesidad.» (...) «... unas veces es una voluntad de expresión la que comienza la partida, una necesidad de traducir lo que se siente...»
Como ya se ha señalado antes esta «necesidad interior» se hace presente a través de una «misteriosa voz» que lleva a crear. Respecto a esta voz, Kandinsky apunta:

«El artista no trabaja para merecer elogios o admiración, o para evitar la censura y el odio, sino obedeciendo a la voz que le gobierna con autoridad, a la voz del maestro ante el cual debe inclinarse, y del cual es esclavo.»

Y no es sólo Kandinsky el que se refiere a esta experiencia primaria de todo artista, sino que esto es afirmado por muchos otros, como por ejemplo, el decisivo músico del siglo XX, Igor Strawinsky:
También el poeta y crítico de arte Paul Valéry, ya citado anteriormente, dice:

«...ese poeta que se limita a transmitir lo que recibe, a entregar a desconocidos lo que posee de lo desconocido, no tiene ninguna necesidad de comprender lo que escribe, dictado por una voz misteriosa.»

Para profundizar más en este fenómeno tan importante de la necesidad interior, tenemos que señalar que cuando creadores como Kandinsky realizan afirmaciones como las que serán citadas a continuación, se están refiriendo a un fenómeno ontológico que Martin Heidegger señaló y describió con gran exactitud en su obra cumbre

«Al hacer un cuadro el pintor «escucha» siempre una «voz» que le dice sencillamente: «!Exacto!» o «!Falso!» o «Los artistas conocen bien esta «voz misteriosa» que guía su pincel y «mide» el dibujo y el color.»

Heidegger afirma en la obra referida: «A la vocación no le es esencial la fonación», «la vocación alcanza al «ser ahí»«. Incluso Heidegger al igual que Kandinsky habla de «voz misteriosa». Aunque Martin Heidegger está apelando a la «voz de la conciencia» para un análisis muy distinto al nuestro, su análisis ontológico coincide en gran parte con lo que nosotros hemos denominado como la «voz misteriosa» que llama al artista a la creación. Tras este esbozo de la interioridad del artista en el que se ha hablado de la necesidad interior, de la voz misteriosa que empuja a crear o de la inspiración, pasamos ahora a señalar dos elementos que también influyen en el proceso de creación, aunque se den desde «fuera» de la subjetividad creadora. Uno de estos elementos decisivos es el de «la dimensión de trabajo». Indudablemente cuando hablamos del artista creador se está hablando de una subjetividad especial que es capaz de captar y expresar lo que el resto de las personas no son capaces ni tan siquiera de percibir —esto es debido también a la «intuición», otro elemento decisivo en nuestro tema—, pero esto no quiere decir que el artista sea una especie de figura privilegiada por un talento que le permita esperar a que llegue ese «gran momento» que le dicte al oído su obra; sino que detrás de todo proceso creativo hay muchas horas de trabajo que son las que hacen que el artista obtenga sus frutos. Así, sólo hay que recordar la frase de Pablo Picasso, uno sino el más grande de los genios artísticos del siglo XX, en la que decía: «Si la inspiración baja, que me coja trabajando».

«...si el tiempo de composición de un poema incluso muy corto puede consumir años, la acción del poema sobre el lector se realizará en unos minutos. En unos minuto recibirá ese lector el choque de hallazgos, comparaciones, vislumbres de expresión acumulados durante meses de investigación, de espera, de paciencia y de impaciencia.»

Para que la obra surja hace falta mucho trabajo, y que nadie piense que el artista es un ser privilegiado al que todo le viene dado. El artista además de poseer un talento innato es alguien que dedica su vida por completo a su obra, pudiendo incluso esto llevarle a la locura. Dentro de las cualidades y características propias del artista también hay que señalar que éste refleja de una forma o de otra, ya sea directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, el espíritu de su época y esto es algo que se produce porque el artista al igual que todo hombre se encuentra determinado por su contexto histórico. Nadie puede saltar por encima del periodo temporal que le ha tocado vivir. Es por ello por lo que el artista se tiene necesariamente que nutrir del «mundo exterior» para plasmar éste en sus obras. El mismo Kandinsky, al que ya se ha aludido antes, sostiene esta idea:

«Todo artista, como hijo de su época, ha de expresar lo que le es propio a esa época»; «Toda la naturaleza, la vida y todo lo que rodea al artista, y la vida de su alma, son la única fuente de cada arte.»

Hemos aludido, pues, a lo que según nosotros son los elementos más destacados de la dimensión subjetiva del arte (el artista): el «genio» (ser especial que capta la esencia del mundo); la «inspiración» (estado ideal que conduce al genio a crear); la «necesidad interior» (fenómeno que va unido a la «voz misteriosa») que impulsa a crear; la «dimensión de trabajo» y la influencia del «mundo exterior». Soy consciente que con esta breve tipología no hemos hecho, ni mucho menos, una descripción totalmente completa del creador artístico, pero espero haber realizado con ello una labor bastante detallada en la que se ha intentado de una manera o de otra aludir a los componentes más importantes que se dan en todo artista. La literatura estética sobre este tema es tan extensa que aunque quisiéramos no tendríamos tiempo dentro de los límites impuestos a este escrito de aludir a todas las piezas necesarias, debido también en parte a la complejidad del tema.


Ahora analizaremos el otro polo de la creación artística: la realidad, lo objetivo. Aquí aparecen problemas fundamentales como el de la belleza y la captación de la misma o el de si el arte, en cuanto captación de esa belleza o realidad, es algo objetivo o simplemente depende de lo que el artista quiera, es decir, de su voluntad libre y caprichosa. Nosotros de entrada rechazamos esa típica definición de arte como «aquella actividad humana que trata de reflejar belleza», ya que consideramos que quedarnos en esa concepción tan simplista del término supone inculcarle al mismo una reducción brutal. Ésa no es la esencia del arte, es uno de sus aspectos La expresión de belleza en una creación artística es algo «secundario» que puede ir añadido a la obra. El arte no trata principalmente de reflejar belleza, sino de reflejar la esencia de la realidad misma, el misterio, a través del artista de forma que sea reconocida como propia por todos los receptores. Así, por ejemplo, hay creaciones que sin ser bellas son auténticas obras de arte. Bien es verdad que en gran parte de las verdaderas obras artísticas las cosas son reflejadas de tal forma que aunque lo que se muestre en ello sea feo, normalmente nos produce una impresión bella. El enfoque ontológico tradicional en lo que a nuestro posicionamiento respecto de la realidad se refiere consiste en pensar que nosotros somos un sujeto frente a un mundo que está «ahí» fuera, algo heredado de la modernidad y la filosofía cartesiana principalmente; lo que sucede es que si verdaderamente nos paramos a pensar ese enfoque nos damos cuenta de que no somos sencillamente unos sujetos enfrentados a la realidad, sino que nosotros mismos ya somos parte de esa realidad, somos si se quiere, los ojos con los que la realidad se mira a sí misma; pero somos ante todo, y eso que quede claro, realidad. Ahora bien, ¿cómo afrontar este problema desde la reflexión sobre el arte?, ¿qué es la realidad para el artista?, ¿es esa realidad una objetividad que quede como tal plasmada en la obra de arte, o por el contrario queda en ella deformada? La realidad para el artista es «eso» en que él está y le sirve para llenarse como condición previa a la expresión que será plasmada en la obra.

«...el pintor abstracto no recibe su «impulso» de un trozo cualquiera de naturaleza, sino de la totalidad de la naturaleza, en sus aspectos más diversos, que llegan a sumarse en él para conducirlo a crear una obra.»

La realidad es la fuente de donde bebe el artista para poder posteriormente hacer su obra. La realidad es algo objetivo, es lo que está de por sí y no depende de una subjetividad para ser, y ahí es donde reside la «sustancia» de la que el artista se nutre para su creación. Pero ¿cómo acceder a ella? El artista accede a la «sustancia» de la realidad mediante la intuición y la refleja a través de la creación artística. Que la realidad es objetiva es evidente, lo que no parece tan claro es si el arte es o no objetivo, gran debate de la estética del siglo XX. Nosotros sostenemos que el arte es objetivo, prueba evidente de ello es que toda actividad realizada por un artista no tiene porqué responder al concepto de arte, problema fundamental de las vanguardias. Esta idea queda precisada con la distinción categorial entre «obras maestras» y «obras de arte», lo cual hace ver que ambos modos de creación pertenecen a categorías distintas. No tiene el mismo valor una «obra maestra» que una «obra de arte», ya que una «obra de arte» puede ser cualquier obra de un creador poético que se ajuste a los cánones de un determinado arte; mientras que una «obra maestra» es una obra artística de tales dimensiones que supera en demasía al conjunto de obras artísticas en general, debido a una serie de elementos constitutivos propios de la obra que sólo residen en ella y precisamente por ello dicha creación pasa a ser catalogada como «obra maestra», motivado por sus dimensiones de expresión y captación de lo real. Así, La Gioconda de Leonardo da Vinci o Los Girasoles de Van Gogh están consideradas como obras muy superiores a otras creaciones de dichos artistas.

«Se llama «obra maestra», estrictamente hablando a «todo lo perfecto dentro de su género.»» (...) «... las obras maestras son «los guardianes silenciosos del misterio del arte». No se puede decir nada; son pasmosas.»

La objetividad del arte reside en la presencia «real», en la proximidad con el ser, que se consiga en los resultados de las creaciones de los artistas; así, por ejemplo, El entierro del Conde de Orgaz del Greco es una «obra maestra» porque en ella se produce la manifestación del ser, o lo que es lo mismo, una expresión plena de realidad que expresa en perfecta armonía la conjunción entre un hombre y su mundo. Retomando el tema específico de este apartado podemos decir, pues, que la realidad para el sujeto creador artístico es «eso» que le rodea y que le sirve de fuente de conocimientos, experiencias, sentimientos... para luego a través de su talento innato poder producir arte. En cierto modo la realidad es para el artista aquello que le inspira y le sirve de manantial de experiencias para la creación. Es tanto «el camino» como la base o fuente de todo crear. Por lo tanto, la realidad es un aspecto decisivo para el artista, puesto que la esencia de la auténtica obra de arte reside en la capacidad de su creador para captar lo más íntimo de la realidad y expresarlo desde su interioridad en la obra. Así, por ejemplo, Goya expresa magníficamente en sus cuadros los desastres y sufrimientos de la guerra; Shakespeare expresa como nadie a través de la tragedia los sentimientos universales del ser humano, algo que hace también en su género Miguel Ángel con la escultura; o qué decir de los versos de Bécquer, en donde la experiencia del amor se siente de una manera tan primaria que llega a lo más profundo del ser, por no hablar de la pasión con que Beethoven manifestó su época en sus sinfonías. En definitiva, queda claro que toda gran obra de arte es un cúmulo de circunstancias en donde resaltan el alma del artista y el mundo que le rodea, el cual le hace sentir experiencias que le llevan a dicha obra. Otra cuestión es cómo sea después plasmado «eso» en la creación poiética. En las esculturas de los antiguos griegos hay una gran idealización del cuerpo humano, idealización que muestra por otro lado el poder de los dioses; en las catedrales góticas hay una exaltación vertical que marcha hacia el cielo para buscar la unión con Dios; en los cuadros de Velázquez se ve una realidad fielmente retratada, que si bien después es analizada se puede comprobar que no es tan «realista» como parece, ya que el impresionante pintor sevillano hace bello lo que «realmente» no lo es (cuadros de bufones, retratos, etc.)... así podríamos seguir enumerando artistas y obras que muestran que la realidad prácticamente nunca es reflejada tal cual. ¿Y esto a qué se debe? Pues la causa es que el artista siempre reproduce desde su libertad personal y creadora lo que la naturaleza hace por necesidad, llegando de esta forma a mejorar lo que se ha sacado de la misma naturaleza. «La naturaleza imita al arte», decía Oscar Wilde. Según lo dicho, podemos pensar que el arte existe debido a la fuerte impresión que lo real, lo objetivo, produce en el artista, ya que la tarea de éste no es otra que la de llevar a cabo una obra en la que se muestre a través de su perspectiva artística la intimidad más plena de las cosas. De esta manera el arte aparece como algo objetivo que se muestra de «una forma particular», tal y como decía la cita de Hegel empleada al principio del trabajo. La realidad es lo objetivo que el artista plasma «subjetivamente» y luego refleja «objetivamente» para el receptor. En el arte el «subjeto» se objetiviza y la objetividad se subjetiviza. De ahí que todo el mundo sienta la experiencia de la tristeza al escuchar el adagio de Albinoni o Barber; el dolor de la guerra al ver ciertos cuadros de Goya o la experiencia primigenia del amor al leer los versos de G Adolfo Bécquer.

¿Qué es poesía?—dices mientras clavas En mi pupila tu pupila azul—. ¿Qué es poesía?¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.

No se trata entonces de reflejar las cosas tal como son, sino de hacerlo de una manera que nos hagan sentir las experiencias primarias universales. Así, aunque la realidad no esté plasmada tal cual en El Guernica de Picasso, al contemplarlo todo el mundo siente el horror y la dureza de la guerra en esa construcción deformadora y a la vez real del mundo en un estado semejante. Como decíamos al principio, con Hegel, «El arte es una forma particular bajo la cual el espíritu se manifiesta», eso sí, desde una experiencia personal con la realidad que a través de la creación llega a la obra de arte en expresión universal. Por lo tanto, podemos decir a modo de resumen, que la realidad es el marco en donde se produce la existencia del hombre y en la cual el artista debe bañarse para acumular una serie de experiencias que le conduzcan posteriormente a la creación, consiguiendo con ello «personalizar» la realidad y «objetivar» el sujeto. La realidad es, pues, lo que le da al artista los materiales para crear y lo que a la postre se representa o expresa como resultado de toda una ejecución artística. Tan sólo hay que ver un cuadro, escuchar una obra musical, contemplar una escultura y leer un poema o una novela para alcanzar un grado de comprensión más alto de la realidad.

El SMS que cambiará el rumbo de España



Mariano Rajoy es, genuinamente, político y español de Galiica;  por mediocre, por poco inteligente, por odiar a la clase obrera y por obstruir la subida del bienestar. Un nene al que criaron con pelargon y engordaron con filetes de ternera y petit suite. Nunca diré que haya robado, porque pondría la mano en el fuego  y seguro que no me la quemaría, el gallego es de los 5 ó 6 políticos de clase que no ha robado. Por otro lado diré en su contra que es el político más dañino de la historia de España, aun más que Zapatero al que pensábamos insuperable.. A Rajoy le gusta el poder  a cualquier precio de ahí que se haya rodeado de mediocres ladronzuelos  y ladronzuelas, estas  profesionales. De momento, solo le interesa ganar tiempo y sabe que el barco se está hundiendo. Decía Cervantes: Dejad el cuidado al tiempo, que es gran maestro de dar y hallar remedio en los casos desesperados. Todos sabéis su fin.
Si cito los SMSs de Rajoy/Bárcenas, sé que me acerco más a lo genuino de Rajoy que a mi propia idiosincrasia. Pero es inevitable para llegar al fin.  Su SMS, fecha 18 de enero, dos días después de conocerse la existencia de una cuenta millonaria en Suiza a nombre de Bárcenas, y no declarada a la Hacienda pública, es motivo más que suficiente para que el presidente del Gobierno sea cuestionado ¿verdad? Coño si da ánimos a una persona que ya había evadido 23 millones de euros puffffffffff. El mensaje en cuestión mostraba su  apoyo total al extesorero del PP. “Luis. Lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamo. Un abrazo”. Ahora, ahora. El juez Ruz ya tiene un informe de otros 18, 14 y 11 millones de euros más.  El juez Ruz tiene sobre la mesa otros 17 millones que han aparecido a nombre de un testaferro de Nacho del Hierro. El juez Ruz sobre la mesa varias cuentas numeradas cuyo ingreso se ha efectuado por el testaferro de Aznar, Juan Villalonga y con donaciones de Endesa, Telefónica, Sacyr, trasmediterránea, Ibredrola, Mercadona- Esta no paga IBI en 1400 almacenes o supermercados- ¿Qué méritos ha hecho el marido de Soraya Sáenz de Santamaría para ser asesor económico de Iberdola/telefónica/Endesa, si de esta materia sabe lo justo o nada?
En definitiva, Bárcenas va a declarar y con todo crédito de veracidad que el dinero era y es del PP y que él solo hacía de puente o porteador. Automáticamente, el juez Ruz tiene que dejarlo en libertad, porque es la versión que más se aproxima a la realidad. Torres Dulce, fiscal general, en Septiembre, sino antes abandonará la fiscalía, ya se lo ha comunicado a Rajoy y todo, TODO POR UN PUTO SMS.
 La gente vulgar solo piensa en que el tiempo pase; el que tiene talento... en aprovecharlo. Mariano, el tiempo no te salva, ¡VETE¡ Eras el Zapatero del PP y ahora el Rubalcaba del PSOE cuántico. Pero vete con todo el séquito de lacayos mediocres con  crespones de sufridos. Sufridos, ladrones. España necesita jóvenes bien preparados, sabios honrados y ciudadanos laboriosos. Saldremos, seguro, no te preocupes por nosotros.