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Garzón, a través de su portavoz en el Gobierno, la Ministra, Lola Delgado confirma el golpe de Estado a la Constitución española.


Blog de Juan Pardo

Los animales marcan sus terrenos dominados meándose en puntos estratégicos. No con eso quiero decir que “Lola Delgado y Garzón” se vayan meando en las ruedas de todos los coches, postes de la luz…. Son millones de puntos –menuda meada-, pero sí que con su última fechoría anticonstitucional autorizan a sus socios de Gobierno a que vayan impregnando de orín los puntos delimitadores de sus territorios. Pautas e inflexiones, de momento las seguirá marcando Garzón y comunicadas por su amiguísima y portavoz “Lola, la ministra”.

Ayer se consumó el mayor ataque del Gobierno El Gobierno al Estado de derecho del régimen constitucional. Con las indicaciones políticas a la Abogacía del Estado para que cambiase su criterio en el escrito de acusación a los encausados en el procés -sustituyendo el grave delito de rebelión por el más leve de sedición-, el Gobierno de Pedro Sánchez ha dejado en suspenso, para regocijo de los golpistas y de sus apoyos fuera de España, el principio esencial de toda democracia: la separación de poderes.

Los representantes de los servicios jurídicos del Estado crean un disolvente conflicto institucional al poner en entredicho la rigurosa instrucción del juez Pablo Llarena -un magistrado acosado reiteradamente por el nacionalismo desde Cataluña y desde determinados tribunales de la Alemania de Merkel y Bélgica- y la posición firmemente defendida por los cuatro fiscales del Tribunal Supremo, que nunca dudaron de que los hechos de septiembre y octubre de 2017 eran constitutivos de un claro delito de rebelión. Así, además, lo justifican en el escrito de acusación que la Fiscalía presentó ayer ante el Supremo, en el que describen una acción "combinada y sincronizada" entre las instituciones catalanas -el Parlamento y el Gobierno de Cataluña, los partidos que las sostenían Junts pel Sí -coalición formada por la antigua Convergència y ERC- y la CUP) y las asociaciones soberanistas encargadas de movilizar a la calle (ANC, Òmnium y AMI), para consumar su objetivo de provocar una secesión territorial de Cataluña.

Para todo ello, fundamenta la Fiscalía, se valen "de la fuerza intimidatoria que representaban, por una parte, la actuación tumultuaria desplegada con las grandes movilizaciones ciudadanas instigadas y promovidas por ellos y, por otra parte, el uso de los Mossos como un cuerpo policial armado e integrado por unos 17.000 efectivos aproximadamente, que acataría exclusivamente sus instrucciones". No es casual que, en paralelo, también ayer la Fiscalía de la Audiencia Nacional, donde se instruye el caso contra Trapero, haya pedido para el entonces Mayor de los Mossos 11 años de prisión por un delito de rebelión. Y que la Fiscalía pida 25 años para el ex vicepresident, Oriol Junqueras, y 17 para Carme Forcadel y los Jordis, los cuatro máximos responsables de un golpe encaminado a subvertir el orden constitucional. A pesar del cinismo y el descaro mostrado ayer por la vicepresidenta del Gobierno, que sin rubor alguno intentó convencer a la ciudadanía de que Sánchez no había cambiado de criterio sobre los supuestos delitos cometidos por el Gobierno de Carles Puigdemont, lo cierto es que debido a la forma en que el líder socialista llegó a La Moncloa, le ha obligado a claudicar ante el Govern rebelde y a enviar un inequívoco mensaje político a Torra y sus aliados de ERC. Por eso, Carmen Calvo, cuya irresponsabilidad y arrogancia recuerdan cada vez más a las de cualquier líder populista, llegó a defender un posible indulto, si la sentencia fuese condenatoria, como única forma de compensar a sus aliados soberanistas. Justo el precio que han puesto para seguir sosteniendo a Sánchez en el poder, aun a costa de erosionar las instituciones democráticas del Estado, como recordó Pablo Iglesias tras su visita a Junqueras en la cárcel de Lledoners. Esa es la única razón por la que se forzó el cambio de criterio de la Abogacía del Estado, cuya intención fue siempre acusar por el delito de rebelión, como demuestra el hecho de que preguntasen por él durante la fase de instrucción. Tras las directrices políticas del Gobierno, sin embargo, del escrito de acusación se borró el concepto de violencia, palabra que no aparece en ningún momento, para reducir los hechos a meros "incidentes contra el orden público". Pero no solo eso. Para rebajar de manera más espectacular aún la petición de penas, los abogados del Estado han utilizado una argumentación conocida como "concurso medial" que, en este caso, consiste en considerar que el delito de malversación fue solo un medio para perpetrar el más grave de sedición, por lo que el cálculo de la condena es más favorable a los encausados que si se contabilizasen los dos delitos por separado. En base a este argumento, para Junqueras solo se piden 12 años de prisión, frente a los al menos 16 que le corresponderían sumando los dos delitos de manera individual. La grave crisis institucional abierta irresponsablemente por el Gobierno amenaza con socavar la credibilidad del Poder Judicial y debilitar la acción del Estado frente al más serio intento de destruir nuestra democracia, como anhelan populistas y nacionalistas. En solo cuatro meses, Sánchez ha perdido su legitimidad y debe convocar elecciones cuanto antes, para que sean los españoles los que decidan sobre su futuro.

Con estas declaraciones de la innoble,  ministra de Justicia, Dolores Delgado, negando que haya habido “guiños”  a los independentistas en la decisión de la Abogacía del Estado al no calificar de rebelión los delitos para el vicepresidente catalán, Oriol Junqueras, nada ni nadie puede poner en duda que España está siendo gobernada por una banda dependiente del crimen organizado con una buena e imprescindible ayuda del sectarismo dominante en el mismo.

En la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, Delgado ha subrayado que la Abogacía del Estado ha actuado bajo criterios de "profesionalidad" basándose en "parámetros técnicos y jurídicos" y, por tanto, ha insistido, "no es una cuestión de gestos".

A la pregunta de si esta decisión podría afectar al apoyo de los independentistas a los presupuestos generales, Delgado se ha limitado a decir: "Sirva o no sirva, no tengo ni idea".

La demanda de Puigdemont a Pablo Llarena es una “artimaña” de Pedro Sánchez para agradar al independentismo catalán.




La demanda de Carles Puigdemont contra el juez Pablo Llarena ante la justicia belga no es en sentido estricto una iniciativa judicial, sino una artimaña política que pretende servirse de los tribunales de ese país para arrojar dudas sobre el carácter democrático del Estado español e intentar provocar enfrentamiento o desconfianza entre las fuerzas políticas.

A los efectos de Puigdemont y de sus abogados, poco importa que al final la justicia belga acepte o no la demanda, o el sentido de la sentencia que eventualmente pudiera dictar: de lo que se trata es de mantener bajo sospecha el sistema español durante el mayor tiempo posible y con la vista puesta en el proceso contra los dirigentes independentistas procesados. Para lograr este objetivo, no valía recusar al juez Llarena dentro del proceso de naturaleza penal que se está siguiendo en el seno de la justicia española, sino que era preferible emprender una aventura judicial de naturaleza civil ante una jurisdicción extranjera. Eso es exactamente lo que han hecho Puigdemont y sus abogados, confiando en convertir los pasos a los que está obligada cualquier justicia ante una demanda civil (como dar traslado automáticamente de esa reclamación a la persona afectada) en la materia de una nueva campaña de propaganda contra la democracia española.

De un prófugo de la justicia como Puigdemont era difícil esperar otro comportamiento; una conducta, por lo demás, cuya principal gravedad no reside en el desgaste que pueda provocar en la imagen exterior de las instituciones democráticas españolas, sino en su frívola disposición a profundizar la división entre catalanes, llevándola hasta extremos que, de no ser detenida de inmediato, podría acabar en fracturas y episodios difíciles de restañar.

Lo que, por el contrario, resulta incomprensible es que las fuerzas políticas españolas, e incluso algunas instituciones, como el Consejo General del Poder Judicial o la propia Abogacía del Estado, no hayan advertido desde el primer instante que el principal problema que plantea la demanda presentada en Bélgica no es de naturaleza jurídica, sino política. En concreto, la respuesta que urge, y que es la que se echa en falta, no es la que se refiere a la protección de la jurisdicción española, que ningún Gobierno dejará de asumir con todas sus consecuencias y todos los instrumentos legales internos e internacionales, sino la dirigida a desenmascarar la argucia política de Puigdemont y sus abogados. El abuso de derecho que están llevando a cabo.

En la república de fantasía desde la que el expresident se ha declarado en conflicto con la Constitución del 78, cualquier documento oficial de un tercer Estado, así sea la simple respuesta a una demanda civil, parece dotar a su estrategia de un componente de realidad del que carece. Pero lo que no es fantasía fue el intento de Puigdemont de imponer la independencia de Cataluña a una mayoría de catalanes que la rechaza. Puede echar cortinas de humo, pero no escapar a la gravísima responsabilidad por ese atropello.

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Juan Pardo. juanpardo15@gmail.com