María Jesús Montero
con pompones de serpentina, como una colegiala borracha de chicles de
fresa, pachuli de guapo y lejía de vestuario. María Jesús Montero con
palmadas palmípedas, como una mascota de parque de atracciones, como un
muñeco con platillos, como la que hace albondiguillas de política como
de las sobras. María Jesús Montero con herencia andaluza de corrupción,
harapos, arabescos y moscas, como el pozo de un cortijo lorquiano, con
el pobre siempre en la boca como una colilla pero siempre fabricando más
pobres como si hiciera obleas de cura y vino de consagrar. María Jesús
Montero con mojiganga y orzuelo, con aire en la boca y mal de ojo bizco,
con retruécano y solecismo, con las haciendas y los millones públicos
como si fueran perdigonazos de saliva. María Jesús Montero es el
sanchismo, ese PSOE que fue antes cualquier cosa, chavismo con zahón,
susanismo con peineta, morería del poder, chinche del pobre, y ahora
sólo es la secta de colchoneta de Sánchez.
María Jesús Montero está consagrada a Sánchez como
una vestal vieja, como la vieja aya de la casa, entre leches y
cataplasmas, con las manos enharinadas de muchos rezos, muchos
destripamientos y muchas albondiguillas, ya digo, que por eso se les han
quedado tiesas y agrietadas, panificadas ya en moho. Montero ha salido
ahora a dar ánimos y a inflar falacias para Sánchez, antes de que los
soplones, los hampones, los gorrones y los empresarios y empresarias de
éxito que le brotan al presidente igual que un acné de guapo vuelvan a
cantar o a callar ante los jueces. Lo de Montero es normal y a la vez
extraordinario. Aunque todo el PSOE sea ahora esa corte de abanicadores,
peinadores y croqueteros alrededor de un Sánchez de culo bailón y
asultanado, Montero es especial. Montero no viene de ese seminario de
sanchistas con tonsura, hilillo de voz y kárate blando de hisopo, como Félix Bolaños,
ésos que salen vírgenes y empollados a hacer apostolado. Montero ha
atravesado todos los socialismos eternos o nuevos, del aciago socialismo
andaluz, ese orgulloso imperio de la pobreza, al inexistente socialismo
de Sánchez, esa secta de ambiciosos y cagones, y lo ha hecho siempre
con la misma devoción y la misma actitud.
Yo diría que sólo
queda María Jesús Montero sirviendo en la casa de esta manera, como una
institutriz o una envenenadora. Y quizá Patxi López,
aunque él ha ido cambiando, decayendo, eclipsándose hasta parecer el
convaleciente de socialismo que parece ahora, como el convaleciente de
una enfermedad coronaria, de alguna algia política y sentimental. Zapatero, por supuesto, está fuera de las escalas,
él ya no hace política de partido sino que se limita a orbitar el
infinito encendiendo incienso sobre su cinismo como el que enciende
incienso en el retrete. Montero no es que sea la más creyente, ni la más
fiel, ni la más exaltada, ni la que toma más cafeína o más anís con los
migotes, ahí como en esa mecedora con motor fueraborda que ella parece
tener en el escaño, en los atriles o atornillada al coxis. Montero,
simplemente, es la que tiene más oficio fingiendo entusiasmo, política,
gobernanza y dulcería para pobres, y eso es como los oficios que se
notan en las varices o en el lumbago, un saber práctico inocultable y
casi nobiliario que conviene aprovechar.
Tenía
que ser alguien del socialismo andaluz, con el mismo oficio como desde
el antiguo Egipto, quien le llevara a Sánchez igual las palmas que la
lágrima, igual el camelo que la estafa
María Jesús Montero no hace con Sánchez nada muy diferente a lo que hacía con Chaves, con Griñán o con Susana,
o sea lo que haría con cualquiera que la pusiera ahí como a la máquina
de coser socialismo orgánico y partitocracia de puntada gorda y cucharón
en la olla pública. Sánchez la ha llevado a lo más alto porque ha
encontrado como a una maestra churrera de la política churrera, o sea la
que sirve para el andalucismo de la lagrimita igual que para el
andalucismo de las palmas, para el sanchismo de la lagrimita igual que
para el sanchismo de las palmas, y para Begoña Gómez
igual que para los ERE. Montero sacará el argumentario que toque como el
pan o el churro del día, viejo y nuevo a la vez, lo pasará un poco por
un trabalenguas o un robo de jamones de Lola Flores, lo
vestirá de pobre como se viste a un pastorcito para el belén viviente, y
lo dejará ahí, achorizándose en el aire como se achorizan un poco los
churros en el café frío. Lleva haciéndolo toda la vida, o sea que no es
como un churro o un bizcocho que te hiciera cualquiera, sino uno que te
hace la abuela. A lo mejor Montero le hizo hasta la magdalena a Proust y por eso el escritor recordó su infancia como un andaluz recuerda el paro al tomar pan con fuagrás.
María Jesús Montero
con gritito o braga sanchista al aire como un diábolo, con alta peineta
de moño o de dedo como una Torre del Oro de la soberbia y del oficio.
Cuando Sánchez vuelve a estar más pendiente de los jueces
que de los espejos, Montero lo defiende y saca el churro frío del “van a
por ti”, que vale de nuevo para todos, para Chaves, para Griñán, para
Susana y hasta para Sandokán, de antiguo que es el
churro acimitarrado que saca. Pero a Sánchez sólo lo persigue la ley, y
antes el sentido común y nuestros propios ojos, atónitos ante el descaro
de este ser increíble, el mitómano que cree que sus trolas hipnotizan y
su tipito y su colchón son intocables. Sí, como si hiciera falta un
complot, como si no hubiéramos visto antes al enchufado con carroza, al
comisionista con político y al partido como un pozo de moscas.
Declararse inocente es normal, explicarse es conveniente, limitarse a
señalar una conspiración es sospechoso y ya afirmarse inviolable es
acojonante. Tenía que ser alguien del socialismo andaluz, con el mismo
oficio como desde el antiguo Egipto, quien le llevara a Sánchez igual
las palmas que la lágrima, igual el camelo que la estafa.