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Otto von Bismark: "la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo".


Cervantes, el aventurero que creó el Quijote

Una de las cualidades que ha recibido más leyendas y páginas escritas en la sociedad española, es la del quijotismo. Nada hay más atrayente que esta idiosincrasia, reservada para ciertas personas, pueda influir en una buena parte de la colectividad.

Los Quijotes de España, Unamuno y Cervantes, como clásicamente se conocen, los Don Miguel, pasean su quijotismo por el mundo, defendiendo entuertos y malheridos, luchando con la penuria, la pobreza y la injusticia en aras de un mejor entendimiento entre las gentes. Hoy día no hay muchos soñadores, pero cuando aparece uno de ellos, es como la flor que brota en un campo yermo. Es una bocanada de aire limpio, un hálito de vida, un viento de libertad, unas opiniones emancipadas de lo que se ha dado en llamar pensamiento único y que, cuando surge, nos lleva a un plano superior, como si desde una atalaya estuviéramos oteando el paisaje y el paisanaje. Ponemos tierra por medio y vemos los problemas y sus soluciones bajo un prisma distinto.

Toda la obra escrita por nuestros literatos, los Don Miguel, lleva a defender los valores y la ética que hoy día está desterrada de la sociedad, de los ramplones de miras, de los estrechos de mentes, de los miserables de corazón y, en una palabra, de los cicateros de generosidad. «¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!» fueron las últimas palabras que Don Miguel de Unamuno pronunció poco tiempo antes de morir. En mi cabeza centellean de cuando en cuando, al recordar y ver como lo que está pasando, en la historiografía de España, se repitió hace años. Es un tema reiterativo que sucede en este país y es clásica la frase de Otto von Bismark de que «la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo». Pensar sobre el trasfondo de esta reflexión nos hace ver la miopía de las gentes, y de algunos políticos que toman decisiones que a todas luces están equivocadas y que, las personas normales ven como la honradez se va hundiendo en las aguas pantanosas, en la ciénaga e inmundicia de las resoluciones.

Pienso frecuentemente como un país que ha llevado la cultura, la religión, el idioma a tantos lugares, que se ha mezclado con personas con las que nada tenían que ver anteriormente, que ha creado universidades a lo largo de todo el mundo y, en fin, que ha sabido transmitir un pensamiento y una civilización diferente haciendo que fueran ciudadanos de igual nivel que los de España, está agostado y, por qué no decirlo, agotado también. Las primeras leyes aboliendo la esclavitud fueron decretadas en Sevilla por la Reina Isabel la Católica allá por el año 1500 y se añadía en el decreto que se devolvieran las tierras que tenían y que eran de su propiedad. Se consideraba que todos eran súbditos de la corona al mismo nivel. España fue una adelantada. No conozco otro imperio que haya sabido imprimir estas cualidades allá donde fueron y que al mismo tiempo estén tan poco orgullosos de su herencia. Muchos de nuestros habitantes compraron la leyenda negra y otros países, envidiosos de lo que fuimos, la extendieron por doquier. Nada más falso. No se puede juzgar, con los ojos del momento actual, la historia pasada hace más de 500 años. Si no fuéramos quijotes no habríamos hecho esta hazaña. No hace falta nada más que cruzar los Andes en avión y pensar como aquellos españoles olvidados, a caballo y con pertrechos, hicieron lo mismo. La envergadura de lo que se ha realizado deja pequeña cualquier otra proeza. Recorrer estos países, visitar sus palacios, iglesias, plazas, universidades empequeñece cualquier otra obra humana y si a esto le añadimos la cultura, las leyes, el idioma, la organización administrativa, el orgullo de lo que hicimos debería ser mucho. A los que critican esta obra les aconsejaría viajar por estos países, hablar con las gentes, imbuirse con su cultura para ver en su justa medida la realidad. En suma, para ver donde está el manido comentario sobre el oro que se robó. Se encuentra en las iglesias y en los palacios, en las universidades y en las casas solariegas.

Por eso, quiero desde estas breves líneas, defender el quijotismo español, su generosidad y abnegación, su capacidad de sacrificio y su solidaridad allá donde estemos, sea Hispanoamérica o cualquier otro proyecto de nuestras organizaciones, fuerzas de apoyo, profesores, médicos con vocación o jueces justos que ejercen sus trabajos con honradez y probidad. Si no se es quijote es imposible hacer lo que hicimos y lo que hacemos. Es necesario una vuelta a la ingenuidad, al idealismo, a la honradez y al orgullo de hacer las cosas, porque así lo aprendimos de nuestros antepasados, sería una buena actitud ante la vida y seríamos más felices.

Juan Pardo Navarro

Otto von Bismark de que «la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo»

 

Cervantes, el aventurero que creó el Quijote


Una de las cualidades que ha recibido más leyendas y páginas escritas en la sociedad española, es la del quijotismo. Nada hay más atrayente que esta idiosincrasia, reservada para ciertas personas, pueda influir en una buena parte de la colectividad.

Los Quijotes de España, Unamuno y Cervantes, como clásicamente se conocen, los Don Miguel, pasean su quijotismo por el mundo, defendiendo entuertos y malheridos, luchando con la penuria, la pobreza y la injusticia en aras de un mejor entendimiento entre las gentes. Hoy día no hay muchos soñadores, pero cuando aparece uno de ellos, es como la flor que brota en un campo yermo. Es una bocanada de aire limpio, un hálito de vida, un viento de libertad, unas opiniones emancipadas de lo que se ha dado en llamar pensamiento único y que, cuando surge, nos lleva a un plano superior, como si desde una atalaya estuviéramos oteando el paisaje y el paisanaje. Ponemos tierra por medio y vemos los problemas y sus soluciones bajo un prisma distinto.

Toda la obra escrita por nuestros literatos, los Don Miguel, lleva a defender los valores y la ética que hoy día está desterrada de la sociedad, de los ramplones de miras, de los estrechos de mentes, de los miserables de corazón y, en una palabra, de los cicateros de generosidad. «¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!» fueron las últimas palabras que Don Miguel de Unamuno pronunció poco tiempo antes de morir. En mi cabeza centellean de cuando en cuando, al recordar y ver como lo que está pasando, en la historiografía de España, se repitió hace años. Es un tema reiterativo que sucede en este país y es clásica la frase de Otto von Bismark de que «la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo». Pensar sobre el trasfondo de esta reflexión nos hace ver la miopía de las gentes, y de algunos políticos que toman decisiones que a todas luces están equivocadas y que, las personas normales ven como la honradez se va hundiendo en las aguas pantanosas, en la ciénaga e inmundicia de las resoluciones.

Pienso frecuentemente como un país que ha llevado la cultura, la religión, el idioma a tantos lugares, que se ha mezclado con personas con las que nada tenían que ver anteriormente, que ha creado universidades a lo largo de todo el mundo y, en fin, que ha sabido transmitir un pensamiento y una civilización diferente haciendo que fueran ciudadanos de igual nivel que los de España, está agostado y, por qué no decirlo, agotado también. Las primeras leyes aboliendo la esclavitud fueron decretadas en Sevilla por la Reina Isabel la Católica allá por el año 1500 y se añadía en el decreto que se devolvieran las tierras que tenían y que eran de su propiedad. Se consideraba que todos eran súbditos de la corona al mismo nivel. España fue una adelantada. No conozco otro imperio que haya sabido imprimir estas cualidades allá donde fueron y que al mismo tiempo estén tan poco orgullosos de su herencia. Muchos de nuestros habitantes compraron la leyenda negra y otros países, envidiosos de lo que fuimos, la extendieron por doquier. Nada más falso. No se puede juzgar, con los ojos del momento actual, la historia pasada hace más de 500 años. Si no fuéramos quijotes no habríamos hecho esta hazaña. No hace falta nada más que cruzar los Andes en avión y pensar como aquellos españoles olvidados, a caballo y con pertrechos, hicieron lo mismo. La envergadura de lo que se ha realizado deja pequeña cualquier otra proeza. Recorrer estos países, visitar sus palacios, iglesias, plazas, universidades empequeñece cualquier otra obra humana y si a esto le añadimos la cultura, las leyes, el idioma, la organización administrativa, el orgullo de lo que hicimos debería ser mucho. A los que critican esta obra les aconsejaría viajar por estos países, hablar con las gentes, imbuirse con su cultura para ver en su justa medida la realidad. En suma, para ver donde está el manido comentario sobre el oro que se robó. Se encuentra en las iglesias y en los palacios, en las universidades y en las casas solariegas.

Por eso, quiero desde estas breves líneas, defender el quijotismo español, su generosidad y abnegación, su capacidad de sacrificio y su solidaridad allá donde estemos, sea Hispanoamérica o cualquier otro proyecto de nuestras organizaciones, fuerzas de apoyo, profesores, médicos con vocación o jueces justos que ejercen sus trabajos con honradez y probidad. Si no se es quijote es imposible hacer lo que hicimos y lo que hacemos. Es necesario una vuelta a la ingenuidad, al idealismo, a la honradez y al orgullo de hacer las cosas, porque así lo aprendimos de nuestros antepasados, sería una buena actitud ante la vida y seríamos más felices.

La victoria del Fiscal General, Álvaro García Ortiz en la junta de fiscales, con sabor a derrota y dimisión.


El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz.
El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz. | EUROPA PRESS

Álvaro García Ortiz echó ayer toda la carne en el asador para ganar la votación de la Junta de fiscales de Sala sobre la amnistía. Ganó, sí. Pero por sólo dos votos, el suyo y el de su anterior superior jerárquica, Dolores Delgado, que, en puridad, debería haberse ausentado de la reunión.

De hecho, el Fiscal General del Estado hubiera perdido si no se hubiesen admitido los votos telemáticos, que, finalmente, inclinaron la balanza a favor de conceder la amnistía total a Carles Puigdemont y el resto de los implicados en el procés.

Con esa pírrica victoria (19 votos contra 17) García Ortiz no puede sacar pecho, pero la votación le sirve para legitimar una decisión que ya estaba tomada: sustituir a Javier Zaragoza, Consuelo Madrigal, Fidel Cadena y Jaime Moreno, los ficales que ejercieron durante el juicio del procés y que piensan que la malversación no es amnistiable, por otros que seguirán al pie de la letra la posición de su jefe. Se trata de la teniente fiscal del Supremo, Ángeles Sánchez Conde, y el fiscal de Sala de lo Penal, Joaquín Sánchez Covisa.

Queda así dividida en dos la cúpula fiscal y no precisamente por su adscripción ideológica, ya que hubo fiscales considerados progresistas que votaron contra el Fiscal General y conservadores que le respaldaron, sino por diferencia de criterio jurídico. Ese hecho pone de manifiesto que en la Fiscalía no hay disciplina de voto, como tampoco lo hay entre los jueces del Supremo, por más que algunos quieran trasladar su estrechez mental a la judicatura.

García Ortiz ha hecho buena la tesis del presidente del Gobierno: ¿De quién depende la Fiscalía?

Hace ya unos meses, cuando se puso a rodar la ley de amnistía, recordamos en esta columna que la amnistía de ahora, la que se concede a cambio de siete votos de Junts para la investidura de Pedro Sánchez, y la de 1977, se diferencian sustancialmente en dos cosas. Por un lado, la amnistía del 77 tenía toda la lógica ya que con ella se quería poner fin a un régimen de dictadura y comenzar una nueva etapa bajo la idea de la reconciliación, mientras que esta se da en plenitud democrática. Por otro, la ley del 77 concitó el apoyo de la inmensa mayoría del Congreso. Fue una ley que unió a los grupos políticos en una idea común: superar el pasado, mientras que esta ha roto en dos al Congreso y cuenta con el rechazo mayoritario del Senado.

La ley de amnistía a Puigdemont (se la puede apellidar así porque así es como se ha diseñado) ha tenido la gran virtud de dividir al país. Lo que sucedió ayer en la cúpula fiscal es un reflejo de lo que ha supuesto este cambalache para España. Con la diferencia de que, entre los españoles, la gran mayoría está en contra.

Dentro de unos días, la Sala Segunda del Tribunal Supremo tendrá que emitir su veredicto sobre la aplicación de la ley de amnistía a los condenados y procesados por el intento de separar a Cataluña de España vulnerando la legalidad. Por mucho que la Abogacía del Estado y la Fiscalía den su opinión favorable a borrar los delitos como si nunca se hubieran cometido, es la Sala Segunda del Supremo la que tiene la última palabra.

El Gobierno no puede utilizar su fuerza, como sí ha hecho a través del Fiscal General en la cúpula de la carrera, para que la Sala Segunda le dé la razón y, de esa forma, Puigdemont pueda volver a España sin miedo a ser detenido. Pero, eso sí, preventivamente, ha hecho todo lo posible para desacreditar a los magistrados que la componen. Sánchez se olvida que dio su visto bueno a que Manuel Marchena, presidente de la Sala Segunda, fuera elegido presidente del alto tribunal y del Consejo General del Poder Judicial. Eso ahora ya no importa.

"Venceréis, pero no convenceréis", decía Unamuno. La de ayer fue una jornada triste para la Fiscalía porque se impuso la fuerza de la disciplina a la razón de los argumentos.

 

. Gobierno y oposición KO

En España ya solo se habla de corrupción y los hay que piensan que es un mal menor; pero padre y madre  de los mayores. Siendo cierto y verdad que la sociedad española es presa de una correlación  de escándalos y operaciones espectáculo generalizadas.  No tuvo más remedio el PP que ofrecer un debate aclaratorio de la situación. Como siempre no sacamos nada claro y si, como siempre, un compradeo PPSOE junto a una veintena de vividores políticos. De modo que bien habría podido se un recorte más en el gasto de Rajoy.  
La banda rajoyana, como siempre, basó toda su defensa en el "antes lo hiciste vovotros" "vosotros habéis robado más quenostros " etc  cantinela de la que estamos hasto los mismísimos cojones aquellos que  tribitamos para que nis trituren.
OTRO DIGO SI. La contabilidad personal del tesorero Bárcenas recoge pagos hasta a J. M. (Por descontado, José María Aznar), Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal. A continuación una retaila de celebres y notables peperos. Cuando el coordinador de Izquierda Unida tomó la palabra para pedir explicaciones parlamentarias –sin tapujos ni cadenas en sus palabras-, el Presidente se limitó a rogarle que callara y que colaborase con la gran farsa, puesto que si algo tenemos claro en esyte pais es la irregular financión de IU que debe a bancos y cajas más de 25 millones de euros. hay que mantenerlos por si fuese la bisagra del poder hy como todos sabemos ayuda al mejor postor.
España respira con el alma en los pies, descubriéndose a sí mismo como una gran mentira porque la vida cotidiana, la existencia de la gente, tiene muy poco que ver con sus gobernantes, sus políticos, sus instituciones. Más allá del PP y del PSOE, los escándalos envenenan también las manos del nacionalismo catalán y de la casa real. Ya no es posible ni siquiera ese silencio pactado e “inocente” sobre la monarquía que fundo en falso la democracia española a la muerte del Generalísimo.
sigue una inmensa lista con la mayoría de los notables del partido.
Los españoles llevan años convocados a las urnas gracias al rencor. El mío roba, pero el tuyo más. No voto por fe en Mariano Rajoy, sino por odio a Zapatero. No me ofrece mucha confianza Rubalcaba, pero es que la derecha bárbara da miedo. Ha sido el rencor hacia los otros el mejor sostén de una dinámica bipartidista basada en una ley electoral manipuladora y condenada a crear insatisfacciones, pactos de silencio, debates huecos y sentimientos de despego a la democracia y la política.
 
Pero ha llegado la hora y el rencor fomentado en los ciudadanos se ha quedado suelto, flecha sin blanco, malestar sin destino establecido. Las encuestas confirman una y otra vez que la caída del PP no supone un apoyo al PSOE. Los dos partidos se hunden de la mano. La realidad de la gente es tan dura, el empobrecimiento de la población es tan evidente, los casos de corrupción hacen tanto daño, el impudor de la banca para la que trabajan los partidos mayoritarios resulta tan manifiesto, que la experiencia individual ha roto la gran mentira colectiva del enfrentamiento bipartidista. La perpetuación de su ciclo sólo es posible con el desgraciado acartonamiento o la congelación total de la democracia.
 
 
Esta clarto que hay rabia  de la población contra los políticos en general, no solo contra el PSOE o el PP,  y esto puede ser el caldo de cultivo de opciones populistas de carácter totalitario. Ya empiezan a oírse voces que piden una mano fuerte que acabe con el desmadre y ya hay en Cataluña y en la Comunidad de Madrid opciones políticas parlamentarias que pueden jugar ese papel con eficacia.
Hay otra opción, desde luego. Es posible la reivindicación de la política y la democracia a través de una alternativa cívica que asegure la transparencia, la independencia, la libertad y el protagonismo del tejido social ante el asalto de los poderes financieros y de las élites económicas.
 
Soi damos un paseo por la historia y nos detenemos en la España de Alfonso XIII, Unamuno. antes de caer por unos días en la tentación de la mano de hierro, escribió que ninguna nación puede fundarse en la mentira. Los acontecimientos actuales, en el fondo, vienen a demostrar que el Reino democrático de España se fundó en grandes mentiras. Políticos y periodistas convertidos en cortesanos, han contribuido a esta farsa del rey castizo. Desmantelar la mentira es hoy un afán patriótico y democrático. Patriótico, porque debemos dar una respuesta política al abatimiento económico y moral de la nación. Democrático, porque no podemos dejarle espacio una vez más a la mano de hierro, al salvador o a la salvadora de la patria. El coraje cívico en el periodismo, la política, el sindicalismo, la sociedad… – es ya una urgencia tan necesaria como el comer.