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Zapatero y Sánchez son iguales: usan el dolor para ganar partidos en fuera de juego.

 Sánchez tira del 'candidato Zapatero' para animar la movilización el 9-J  frente a la "internacional ultra"

El PSOE de Zapatero y el de Sánchez son iguales: usan el dolor para ganar partidos en fuera de juego


Pedro Sánchez ha reivindicado la amnistía total, que incluye a delitos de terrorismo, malversación y traición, apelando nada menos que al 11-M, con un razonamiento demostrativo de su ausencia de escrúpulos y de su apuesta, ya definitiva, por el frentepopulismo y el choque de bloques previamente inducidos por él mismo.
 
Según el líder socialista, aquel atentado de hace 20 años fue culpa de Aznar, que tapó la autoría yihadista para vender la hipótesis de ETA con una «gran mentira» que hoy perdura y marca el discurso de la derecha española en los nuevos retos políticos que, como la «conciliación» con el separatismo, él afronta desinteresadamente entre la incomprensión y el desprecio de sus detractores.
Hay que tener valor para, con un currículo en el ámbito del terrorismo que incluye más preocupación por los etarras que por sus víctimas, más comprensión por Hamás que por Israel y más cercanía a los CDR que a los estudiantes, profesores, comerciantes o hasta niños perseguidos por el Ku Klus Klan con barretina; ponerse a pontificar sobre el asunto y presentarse como una especie de redentor total, capaz de rehabilitar a los peores criminales y, a la vez, honrar como nadie a sus damnificados.
 
La realidad es que, aquel 11M de 2004, se estrenó la deriva del PSOE hacia las posiciones que ha perfeccionado Sánchez y le permiten presentarse como jefe de la Policía mientras, en realidad, actúa como el líder de la banda de atracadores.
La misma tarde del atentado, el entonces ministro del Interior, Ángel Acebes, asumió en público la posibilidad de que la matanza de los trenes fuera obra del fundamentalismo. No descartó que la autoría fuera de ETA, como no lo hicimos ninguno, incluyendo a los principales medios de comunicación de referencia del PSOE y la práctica totalidad de la clase política vasca y española, incluidos el entonces presidente del País Vasco, Ibarretxe, y el candidato socialista, Zapatero.
Que al PP le preocupara el posible impacto de un atentado islámico en el resultado de las Elecciones convocadas para cuatro días después y que prefiriera insistir en la tesis de ETA no fue una gran idea, precisamente, pero nadie con un aprecio mínimo por la realidad puede desmentir dos cosas: que se habló de Al Qaeda desde el primer momento también y que, en un tiempo récord, se localizó a los responsables de la matanza, inmolados en un piso en Leganés, y se identificó o detuvo a quienes les ayudaron a cometerla.
 
Mucho más aparatoso que el empeño popular en priorizar la vía de ETA, que nunca puede ser descartada en un país con nuestro historial pero no podía ser única en un mundo ya asolado por Al Qaeda; fue el del PSOE en convertir el atentado y su origen en una excusa para dinamitar el tramo final de la campaña y tratar de invertir el resultado pronosticado por todos los sondeos, que apuntaban a una sonora derrota de Zapatero frente a Rajoy.
 
Por primera vez en la historia, un partido echó la culpa de un atentado al Gobierno; convirtió las inevitables dudas sobre los hechos en una prueba de la manipulación; justificó con ello el ataque a las sedes de su rival y generó un estado de ánimo de indignación y movilización capaz de provocar un vuelco en las urnas con una falsedad de la que luego se olvidó.
 
Porque Zapatero jamás se sintió orgulloso de que una Nación le mirara a él para gestionar los estragos de un ataque a su forma de vida, que sería lo lógico de no sentirse culpable, y optó por achacar a su desconocida propuesta social la clave de una victoria conseguida por sorpresa, en el último minuto y en fuera de juego.
Solo Sánchez, quién si no, se ha atrevido ahora a ponerse al frente de la lucha contra el horror y al lado de las víctimas, en otra prueba más de su sonrojante desfachatez, sostenida por un aparato mediático instalado confortablemente en el epígrafe laboral de las meretrices.
 
El 11M fue un desafío yihadista a la civilización occidental, con la complicidad siquiera anímica de ETA y la utilización local del PSOE, que inició así el camino de tropelías que hoy sigue manteniéndole en el poder.
Unas veces se aprovecha del martirio y de la sangre; y otras se alía con quienes los provocan para alcanzar o mantenerse en el poder, pero en ninguno de los casos se sitúa en el lugar correcto: las víctimas son una simple herramienta, a olvidar si se necesita a Bildu o a Puigdemont o a explotar si se puede ganar unas elecciones.

La huelga general en Cataluña convocada por el triple y confeso asesino, Carlos Sastre no superó el millar de manifestantes.



Carlos Sastre, jefe sindical de Cataluña, asesino confeso de los alcaldes de Barcelona, José María Bultó, Joaquín Viola y su esposa Montserrat Tarragona, una vez cumplida la trigésima parte de su condena fue puesto en libertad y captado por la nueva Generalitat para alterar el orden de las cosas, o sea, encabezar manifestación, buscar dotación para “relleno” y amenazar que bien mata a políticos oponentes a la secesión catalana.
  
Algunos bandoleros, a la orden de Carlos Sastre –confeso de tres asesinatos- secesionista catalana, ayer y como cada vez que les sale de los huevos convocaron una huelga general intimidatoria con tan poco espíritu alborotador que según la policía local, la asistencia rondaba los mi manifestantes y entrevistado uno a uno se quedó en 651 –cifra de asistencia exacta-.

El objetivo de dicho “botellón”, en principio era reactivar la presión callejera y coaccionar a la Justicia en pleno desarrollo de la vista oral del juicio por el golpe del 1-O. La realidad es que el separatismo no logró ninguno de estos fines. Ni la movilización paralizó Cataluña -apenas se dejó sentir en el sector público debido al respaldo institucional del que gozó el sindicato secesionista convocante- ni tampoco cabe colegir que influirá lo más mínimo en la futura sentencia de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. 

La jornada derivó en cortes puntuales y estratégicos de vías de comunicación, lo que causó un quebranto a la movilidad de parte de la ciudadanía catalana, y en escenas pseudo revolucionarias amparadas en la violencia de los llamados Comités de Defensa de la República (CDR). Los mismos a los que Torra, con su mezcla habitual de irresponsabilidad y estulticia, exhortó a "apretar". Si los cachorros separatistas no pudieron apretar más fue porque los Mossos, ayer sí, actuaron con proporción pero también con determinación. Y sobre todo, porque la inmensa mayoría de la sociedad catalana dio la espalda a una huelga que en realidad solo fue institucional, dado el apoyo recibido por parte del Govern y de la alcaldesa de Barcelona, que nunca pierde una oportunidad de situarse al lado de los golpistas. 

La gran industria, los servicios y el pequeño comercio continuó con su actividad ordinaria. Sin embargo, la Generalitat suspendió toda su agenda oficial y se declaró en huelga, lo que tampoco se notó en exceso teniendo en cuenta que el Gobierno catalán lleva toda la legislatura abdicando de sus responsabilidades ejecutivas. 

Pese al fracaso de la convocatoria, cabe subrayar la extraordinaria gravedad que supone que el Govern preste cobertura a una movilización que, lejos de ser una reivindicación laboral, no fue más que un intento de motín alentado por Intersindical CSC, cuyo líder, Carlos Sastre, fue condenado por el asesinato del empresario José María Bultó. Las imágenes de ayer en la estación de Plaza Catalunya, con jóvenes dando vivas al extinto grupo terrorista Terra Lliure, es el resultado de la tóxica y temeraria estrategia independentista. Jordi Sànchez, ex líder de la ANC, aseguró ante el tribunal que preside Manuel Marchena que los cabecillas del procés se limitaron en otoño de 2017 a "defender las instituciones". En cambio, el ex conseller Santi Vila declaró que Puigdemont no resistió la "presión exterior" y forzó la declaración unilateral de secesión. De momento, la única conclusión que cabe extraer de esta deriva kamikaze del independentismo es la inquietante y peligrosa radicalización de sus bases.

Los CDR, los angelitos de Anna Gabriel y PIlar Rahola: "Un solo detenido más en Cataluña y convertiremos España en un infierno".


Pilar Rahola: "¿Kale borroka? Las CDR  (Comités de Defensa de la República Catalana)  es un movimiento cívico, transversal y con gente de buena fe". Unos angelitos.

La maldad que ha generado el independentismo catalán  es capaz de rebuscar en lo más recóondito hasta encontrar la más atroz figura de dolor a España y pobladores. .  El daño más aterrador lo llevan en el alma quienes creen que la mejor forma de dañar a otro es matar aquello que más quiere, ya sea una madre o un hijo. Cuando los rencores entre los hombres tenían cerca el campo, el que quería herir buscaba dónde estaba lo que más quería su enemigo, ya fuera un pajar, unas bestias, unos olivos, y allí se metía y destrozaba cuanto podía, porque así se aseguraba que su enemigo viviría para tragar el amargor del daño recibido, al tiempo que destrozaba lo que estaba tan ajeno a la disputa, el rencor, la venganza.

Cuando estudiamos un caso de  violencia familiar en que el violento mata los aledaños de su enemigo, para hacerle pasar el doble infierno de ver cómo mueren sus hijos y tener que aguantarlo. Y el supuesto homicida, cobarde maldad, indeseable humano, se quita la vida para dejar dos territorios perfectamente definidos, el de la muerte, donde también está él, y el de la vida, donde deja, sola y con todas las penas, a quien quería herir y ha herido hasta el infinito. Esa mujer, ahora, irá como Hernández, «umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla…» Tremendo error, matar a quienes no tienen culpa de nada para que sufra quien posiblemente tampoco tenía ninguna culpa, más que la de haberse equivocado al elegir pareja. La maldad viene de lejos, desde el origen del hombre. 

El hombre ha sabido siempre dónde golpear para que duela más y lo sufra la víctima que se busca, aunque no reciba el golpe en su propia carne. «Dale donde más le duela…», decimos, y el dolor puede estar en un hijo, en un bien material, en unos padres, en unos hermanos. La maldad no sólo disfruta con el daño ajeno, disfruta viendo cómo el enemigo sufre al ver ese sufrimiento. Variante de tortura, al fin. Pero con muchos cobardes en juego. Y como matarte no te va a dar suficiente dolor, mato a tus hijos —que son los míos; qué horror— para que sufras ese golpe, y después me quito la vida, para que no puedas vengarte en mí. Estamos locos, Dios mío. Estamos recorriendo una locura. Incapaces de levantar el mundo con gestos de amor, lo rompemos y lo hundimos para que todo sea el reino de la maldad. a maldad es capaz de rebuscar en sus forros hasta encontrar las más atrabiliarias formas de sufrimiento ajeno. 

El daño más atroz lo llevan en el alma los que creen que la mejor forma de hacer daño  a otro persona es matar a  lo que más quiere, ya sea una madre o un hijo. Cuando los rencores entre los hombres tenían cerca el campo, el que quería herir buscaba dónde estaba lo que más quería su enemigo, ya fuera un pajar, unas bestias, unos olivos, y allí se metía y destrozaba cuanto podía, porque así se aseguraba que su enemigo viviría para tragar el amargor del daño recibido, al tiempo que destrozaba lo que estaba tan ajeno a la disputa, el rencor, la venganza.

Otro caso de posible violencia familiar en la que el violento mata los alrededores de su enemigo —su mujer, qué triste— para hacerle pasar el doble infierno de ver cómo mueren sus hijos y tener que aguantarlo. Y el supuesto homicida, cobarde maldad, indeseable humano, se quita la vida para dejar dos territorios perfectamente definidos, el de la muerte, donde también está él, y el de la vida, donde deja, sola y con todas las penas, a quien quería herir y ha herido hasta el infinito. Esa mujer, ahora, irá como Hernández, «umbrío por la pena, casi bruno, / porque la pena tizna cuando estalla…» Tremendo error, matar a quienes no tienen culpa de nada para que sufra quien posiblemente tampoco tenía ninguna culpa, más que la de haberse equivocado al elegir pareja. La maldad viene de lejos, desde el origen del hombre. 

El hombre ha sabido siempre dónde golpear para que más dolor cause y lo sufra la víctima que se busca, aunque no reciba el golpe en su propia carne. «Dale donde más le duela…», decimos, y el dolor puede estar en un hijo, en un bien material, en unos padres, en unos hermanos. La maldad no sólo disfruta con el daño ajeno, disfruta viendo cómo el enemigo sufre al ver ese sufrimiento. Variante de tortura, al fin. Pero con muchos cobardes en juego. Y como matarte no te va a dar suficiente dolor, mato a tus hijos —que son los míos; qué horror— para que sufras ese golpe, y después me quito la vida, para que no puedas vengarte en mí. 

Estamos locos, Dios mío. Estamos recorriendo una locura. Incapaces de levantar el mundo con gestos de amor, lo rompemos y lo hundimos para que todo sea el reino de la maldad. No hace falta esperar ningún infierno: lo estamos construyendo aquí, día a día. Y no queremos verlo, y no queremos verlo. aquí, día a día. Y no queremos verlo, y no queremos verlo.

Juanpardo15@gmail.com