Puigdemont, dueño y amo de los catalanes, no cree en los partidos españoles.



Imagen de archivo del expresident Carles Puigdemont (d) junto con Antoni Comin (i) en la sede del Parlamento Europeo  

El dueño de la mitad de los catalanes y jefe único de  Junts per Catalunya, Carles Puigdemont, se ha pronunciado este miércoles sobre los posibles acuerdos entre su formación y el resto de partidos, en plena recta final para conformar mayorías en la votación sobre la presidencia y la Mesa del Congreso. “Hacen falta hechos comprobables antes de comprometer ningún voto”, ha advertido el eurodiputado, que ha dado a entender de esta forma que su partido sigue sin tener previsto sumar a ninguno de los bloques a menos de 24 horas para la votación.

“Los puntos cardinales de nuestra posición no han variado, por más presiones y carreras de última hora que haya, y algún insulto que se les descontrola. Es decir: no tenemos ninguna confianza en los partidos políticos españoles, toda precaución es poca y las promesas ni nos calientan ni nos enfrían”, ha asegurado Puigdemont desde su cuenta de X (antes Twitter).

El eurodiputado ha indicado además que su posición sobre la Mesa no tiene que ver con obtener algún cargo, pero también la desliga de la investidura. Además, el dirigente independentista ha abierto la puerta a que pueda alcanzarse un acuerdo, tanto para la mesa como la investidura, aunque ha asegurado que, en todo caso, ese entendimiento por sí solo no haría que se disipase la desconfianza que mantienen respecto a los grandes partidos.

Puigdemont ha asumido las riendas de la negociación de forma personal desde que el pasado 23 de julio las urnas colocaran a su formación como un actor clave de la investidura. En las últimas semanas, el eurodiputado ha impuesto un silencio casi absoluto en su formación, que sin embargo él mismo ha roto en unas pocas ocasiones. El mensaje de este miércoles es en el que más claramente se ha referido al contenido de la negociación sobre la Mesa.

La portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez contrato a su marido después de ser ministra.

Isabel Rodríguez, de alcaldesa de Puertollano y rival de Pedro Sánchez, a  ponerle voz | España
Isabel Rodríguez

Solaria contrató al marido de Isabel Rodríguez, mes y medio después de ser nombrada ministra, con un sueldo cinco veces superior al de Pedro Sánchez.

  • El Gobierno tramita una ayuda de 1.625 millones a la energética donde trabaja como directivo el marido de la ministra portavoz

La empresa de energía renovable Solaria fichó a Iván Molinero Camacho, marido de la ministra y portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, tan sólo un mes y medio después de que ésta llegara al Consejo de Ministros. En concreto, Molinero trabaja como uno de los responsables del departamento que se encarga de preservar la seguridad laboral de los trabajadores. Tal y como desveló este martes El Debate, el Ejecutivo está tramitando en estos momentos una ayuda de 1.625 millones de euros a Solaria.
Iván Molinero Camacho trabaja en Solaria desde septiembre de 2021. Es decir, lleva un año y once meses en la compañía. Comenzó trabajando en el área de Health, Safety & Environment (en español: Salud, Seguridad y Medio Ambiente) dirigiendo un equipo «de más de cien personas». En enero de este año también comenzó a trabajar en la sección de Human Resources Operations, donde se encargan de proporcionar ideas, soluciones y herramientas para aumentar la eficacia y la eficiencia de procesamiento de servicios de recursos humanos.
La contratación de Molinero en Solaria coincide en el tiempo con la renovación que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hizo en 2021, cuando cesaron algunos ministros y nombró a otros. Una de las caras nuevas fue la de Isabel Rodríguez, a quien nombró ministra de Política Territorial y portavoz del Ejecutivo. La designación de Rodríguez fue el 12 julio de 2021 y 51 días después su marido fue fichado por una importante energética que cotiza en el Ibex 35.

 

Yolanda Díaz, Sumar pide que se hable catalán, euskera y gallego en el congreso.

 

Sumar pide cambiar la norma y poder hablar en catalán, euskera o gallego en el Congreso

La líder de Sumar, Yolanda Díaz, ha anunciado este miércoles que quieren pedir una reforma del Reglamento del Congreso para que en el Congreso y el Senado se pueda hablar en las lenguas cooficiales. «Es un modelo que tiene encaje constitucional. Lo vamos a someter a debate», ha asegurado en una entrevista en TVE.

«Esto es un avance hacia un país que es plural y diverso y que gana derechos para las distintas identidades que tenemos. Es clave que todas las formaciones políticas estén a la altura de las necesidades del país», ha añadido la ministra de Trabajo en funciones.

En este sentido, se ha preguntado «por qué no vamos a poder expresarnos en estos idiomas» y ha recalcado que «la diversidad es nuestra mayor riqueza». Por ello, «lo vamos a llevar a debate con los grupos y en el reglamento de la Cámara», porque es una norma de la Cámara que «debemos cambiar”.

Díaz, que ha reconocido que están negociando con los grupos catalanes y con otros grupos «para facilitar la investidura» de Pedro Sánchez, ha informado de que desde Sumar están trabajando con el PSOE en la negociación de un acuerdo de Gobierno.«Para Sumar es muy importante los contenidos, queremos una España mejor, queremos más derechos laborales, más sanidad pública, más educación pública», ha señalado. En definitiva, ha remarcado, «queremos más financiación, que tiene que venir de la mano de una reforma profunda de los ingresos públicos».

Pedro Sánchez viaja a Marruecos buscando asilo político.


El vicesecretario de Organización del Partido Popular, Miguel Tellado. “Esperpéntico”. Así ha calificado el vicesecretario de Organización del Partido Popular, Miguel Tellado, el viaje de vacaciones a Marruecos del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. “Se ha ido del país desatendiendo sus obligaciones como presidente en funciones”, ha afirmado durante una entrevista esta mañana en Onda Cero. Para Tellado, se trata de “una clara provocación que responde a la soberbia del personaje”.

El dirigente popular considera que Sánchez "debería abandonar esta huida hacia adelante, asumir el resultado y sentarse a hablar. Ha intentado hacerle creer a la sociedad que ha ganado las elecciones, pero Pedro Sánchez ha perdido las elecciones. Debería asumir su derrota. Aferrarse al poder es un error no para el PSOE sino para nuestra democracia".

Según Tellado, cuando el líder socialista rechaza la propuesta de diálogo del PP "no le hace un feo a Feijóo sino a la mitad de la población de nuestro país", mientras "está dispuesto a gobernar con todos los que quieren debilitar España", a cualquier precio y atendiendo cualquiera de sus demandas, ya sea "referéndum, amnistía, o modificar el modelo de financiación de manera bilateral y al antojo de los nacionalistas".

Contra la negociación bilateral con Cataluña

El vicesecretario de Organización del PP cree que existe un problema con el sistema de financiación de las comunidades autónomas, pero que su solución no pasa por una quita de la deuda, y que la reforma del mismo debe tratarse al margen de la negociación para la investidura. "El sistema se debe modificar pero no de manera bilateral, al antojo y petición de un partido que quiere condicionar la investidura de PSOE. No está para financiar territorios sino servicios públicos para ciudadanos iguales ante las administraciones. La utilización partidista del sistema de financiación es un grave error que ningún gobierno debe cometer, y mucho menos como moneda de cambio de alguien que ha perdido las elecciones".

Tellado ha insistido en que el PP ha ganado las elecciones y que es su responsabilidad intentar formar un gobierno en minoría que busque la estabilidad parlamentaria hablando con todos. «Existe una posibilidad y hay que explorarla. Vamos a hablar con los partidos constitucionalistas que estén dispuestos a dar estabilidad a España. Tenemos que evitar el bloqueo político y la repetición electoral. Eso nos obliga a hablar con todos los partidos constitucionalistas y dentro del marco de la Constitución. Y nos gustaría que el PSOE estuviera también dispuesto hablar". 

 

Ya no me gustan las encuestas.

 
Sabemos lo que piensa Esperanza Aguirre (que quiere que el PP abrace a Vox); sabemos lo que piensa Juanma Moreno (que quiere que el PP se distancie lo más posible de ese partido). Pero no sabemos lo que opina Feijóo Ha pasado una semana desde el 23-J y el PP aún no ha salido del shock. Todavía no hay una explicación oficial de por qué los más de 150 escaños que se daban por seguros en Génova se quedaron en 137 (sumado el escaño que los residentes extranjeros le han dado al PP en Madrid), justo los que sacó Mariano Rajoy en 2016. Las encuestas, prácticamente todas, se equivocaron y llevaron al PP a insistir en sus errores porque, según los sondeos, las meteduras de pata apenas sí tenían coste electoral. Como ocurrió con el Titanic, al igual que sus pasajeros bailaban plácidamente mientras el buque iba derecho al iceberg que provocó su hundimiento, los dirigentes del PP pensaban ya en el baile del balcón de Génova en la noche del domingo, cuando en realidad se encaminaban al despeñadero. Sí, el radar nos confundió a muchos, pero eso no debe ser excusa para no averiguar por qué muchas decenas de miles de votantes dudosos finalmente se inclinaron hacia el PSOE (que ha obtenido 15 escaños más de los que le vaticinaban la mayoría de los sondeos). La respuesta está en que el miedo a Vox, eje central de la campaña de Pedro Sánchez, ha funcionado. El PSOE se presentó como el parapeto más eficaz frente a un gobierno PP/Vox, y eso explica la transferencia de votos de ERC al PSC en Cataluña, el buen resultado de los socialistas en Madrid o su notable resistencia en Andalucía. La primera equivocación de Feijóo fue permitir un gobierno de coalición en Valencia tras las elecciones del 28 de mayo. Rematado después por la rectificación obligada de la candidata popular en Extremadura, que pasó de demonizar a Vox a pactar con él. Así las cosas, Feijóo no podía refutar la acusación de Sánchez de que Abascal acabaría en su gobierno si el PP necesitaba a Vox. Ante la eventualidad de una cada vez más probable repetición electoral, Feijóo tiene que dejar clara su posición respecto a Vox La clave, por tanto, está en que hay muchos votantes de centro derecha que rechazan por principio a Vox, un partido que niega la violencia de género, el cambio climático, que quiere reformar la Constitución para eliminar las autonomías y que desprecia las instituciones europeas calificándolas como "burocráticas". Siendo esa la causa del fiasco del 23-J, en el PP no existe una hoja de ruta sobre lo que hacer con Vox. Sabemos lo que piensa Esperanza Aguirre (que quiere que el PP abrace a Vox); sabemos lo que piensa Juanma Moreno (que quiere que el PP se distancie lo más posible de ese partido). Pero no sabemos lo que opina Feijóo. El presidente del PP subestimó lo que los electores estaban demandando y apuntaron con claridad en las elecciones municipales y autonómicas del 28-M. El cambio no sólo consistía en echar a Sánchez de la Moncloa, sino en poner los principios por encima de las ecuaciones de poder. Al fin y al cabo, la esencia de lo que se ha dado en llamar sanchismo es esa: pactar con quien sea para lograr el poder. Pero lo que se vio durante el mes de junio es que el PP estaba dispuesto a tragarse los sapos que hicieran falta a cambio del poder autonómico y municipal. Con esas cesiones, Feijóo había perdido su baza fundamental para lograr una mayoría suficiente para gobernar en solitario. De hecho, los pactos frenaron la transferencia de votos. El efecto del voto útil se desactivó porque muchos votantes de Vox pensaron que daba lo mismo seguir votando a Abascal o cambiar al PP, ya que, al final, lo que valdría sería la suma de los dos. El panorama político está ahora incluso más abierto que antes del 23-J. Tras el escaño ganado en Madrid por el PP, gracias al voto de los residentes en el extranjero, el PSOE necesitará el voto afirmativo no sólo de ERC, Bildu, BNG y PNV, sino también el de Junts. El partido liderado por Puigdemont desde Waterloo no se ha visto en otra. Sus siete escaños son decisivos y, muy probablemente, esta será la última, sino la única, oportunidad de lograr sin violencia sus dos máximas reivindicaciones: la amnistía y el referéndum de autodeterminación. Si el líder del PP no se distancia de Abascal, quien podría lograr la mayoría en los próximos comicios sería el PSOE Sánchez, si quiere gobernar –y su Gobierno, en cualquier caso, será aún más complicado que el que ha presidido durante estos últimos cuatro años, ya que cada votación exigirá una sangría de cesiones a unos y a otros–, tendrá que ofrecerle a Puigdemont algo que éste pueda capitalizar en Cataluña, más allá de formar parte del grupo que quiere frenar a la derecha. Eso es difícil y en Moncloa lo saben, al igual que algunos dirigentes del PSOE, que dan ya por hecho que habrá repetición electoral, seguramente en enero. Esa es la opción más probable, aunque a Vox lo que le gustaría es un gobierno Frankenstein a lo bestia. Mirándolo objetivamente, las nuevas elecciones serían una oportunidad de oro para que el PP consiguiera lo que no logró el 23-J. El deseo de cambio sigue ahí y la izquierda ha sufrido una derrota evidente, por más que se intente disimular con sumas imposibles. Ahora bien, para lograr el triunfo que no se dio hace una semana, Feijóo tiene que marcar distancias claras con Vox. Comprometerse, como ya apunté en estas páginas, a no gobernar con Abascal en ningún caso. Ese es el auténtico dilema de Feijóo, una duda que tiene que resolver cuanto antes, porque si no lo hace, quien logrará la mayoría la próxima vez será el PSOE.

Más de un millón de votos NO rogados -sin control- vienen del extranjero. El pucherazo de Sánchez está servido

Pedro Sánchez, al más puro estilo del caudillismo convocó de forma deliberada la elecciones generales el mes más vacacional y más caluroso del año para crear la distorsión que necesitaba Pedro Sánchez, claro perdedor de las autonómicas y municipales del 28 de mayo. Los principales barones del PSOE decidieron aquel domingo que el presidente era seguro perdedor en las anunciadas elecciones generales del próximo otoño. Pedro Sánchez reaccionó como una pantera de Java. De forma muy hábil desbarató a los disidentes internos convocando elecciones generales anticipadas y estableció una fecha que significaba esa distorsión electoral capaz de embarrar lo que casi todas las encuestas anunciaban. Al escandaloso desconcierto de Correos, gestionado por un íntimo de Pedro Sánchez, se une ahora la incertidumbre del voto de los españoles residentes en el extranjero, más de un millón. Antes era un voto rogado y controlado. Ahora se ha convertido en un voto no rogado y sin controlar. Difícil augurar nada razonable ante tanto despropósito. Hay una cosa clara, sin embargo. Si Pedro Sánchez fuera derrotado de forma contundente no podría continuar como secretario general del PSOE. Tendría que buscar acomodo bien en un cargo europeo, bien en un puesto internacional, bien haciendo funcionar las puertas giratorias de alguna empresa pública poderosa. Los colaboradores de Pedro Sánchez creen que el presidente del Gobierno no se merece el hundimiento personal. Piensan que el naufragio sanchista debe quedar solucionado con un cargo de relieve y bien retribuido. Y tal vez no les falta razón. En la mayor parte de las naciones, la estabilidad política se consolida buscando un reposo adecuado para el guerrero derrotado. Algunos partidarios de Pedro Sánchez piensan que el presidente puede dar la sorpresa y salir vencedor de las zarandeadas urnas del próximo domingo. Y si no fuera así, opinan que el nuevo presidente del Gobierno no debe hacer leña del árbol caído sino facilitarle una salida digna.Pedro Sánchez, al más puro estilo del caudillismo convocó de forma deliberada la elecciones generales el mes más vacacional y más caluroso del año para crear la distorsión que necesitaba Pedro Sánchez, claro perdedor de las autonómicas y municipales del 28 de mayo. Los principales barones del PSOE decidieron aquel domingo que el presidente era seguro perdedor en las anunciadas elecciones generales del próximo otoño. Pedro Sánchez reaccionó como una pantera de Java. De forma muy hábil desbarató a los disidentes internos convocando elecciones generales anticipadas y estableció una fecha que significaba esa distorsión electoral capaz de embarrar lo que casi todas las encuestas anunciaban. Al escandaloso desconcierto de Correos, gestionado por un íntimo de Pedro Sánchez, se une ahora la incertidumbre del voto de los españoles residentes en el extranjero, más de un millón. Antes era un voto rogado y controlado. Ahora se ha convertido en un voto no rogado y sin controlar. Difícil augurar nada razonable ante tanto despropósito. Hay una cosa clara, sin embargo. Si Pedro Sánchez fuera derrotado de forma contundente no podría continuar como secretario general del PSOE. Tendría que buscar acomodo bien en un cargo europeo, bien en un puesto internacional, bien haciendo funcionar las puertas giratorias de alguna empresa pública poderosa. Los colaboradores de Pedro Sánchez creen que el presidente del Gobierno no se merece el hundimiento personal. Piensan que el naufragio sanchista debe quedar solucionado con un cargo de relieve y bien retribuido. Y tal vez no les falta razón. En la mayor parte de las naciones, la estabilidad política se consolida buscando un reposo adecuado para el guerrero derrotado. Algunos partidarios de Pedro Sánchez piensan que el presidente puede dar la sorpresa y salir vencedor de las zarandeadas urnas del próximo domingo. Y si no fuera así, opinan que el nuevo presidente del Gobierno no debe hacer leña del árbol caído sino facilitarle una salida digna.

El PSOE con menos de 100 escaños pide la eutanasia

El clima depresivo del partido choca con el barómetro del CIS, que es calificado de «broma» por los socialistas El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al líder del PSOE de Madrid, Juan Lobato, en un mitin en la capital el pasado 7 de julio. Hay un consenso demoscópico y político: nadie se cree ya las estimaciones del CIS de José Félix Tezanos. La victoria socialista que pronostica el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas no sólo no es objeto de las tradicionales convocatorias de los partidos para valorar los resultados, sino que estos apenas ocupan un hueco en las conversaciones que los socialistas tienen en privado, salvo para reconocer que son «de broma». Más allá de los titulares de periódicos y tertulias televisivas o radiofónicas, el barómetro del CIS no ocupa ya espacio en las conversaciones internas de los partidos políticos. Menos aún en el PSOE, donde el clima depresivo ha inundado a la organización, inmersa en una «campaña fúnebre» sin mítines ni militantes. Nadie contempla una victoria. Todos cuantifican la magnitud de la derrota y la opinión mayoritaria es que no se salvarán los muebles. La barrera psicológica de los 110 escaños que sacó Alfredo Pérez Rubalcaba en el 2011, en el ocaso del zapaterismo queda lejos del umbral aceptable para que el partido «no se abra en canal». La inmensa mayoría de los dirigentes, de distintos territorios y familias políticas, críticos con el sanchismo, partidarios y veteranos, coinciden en que si el PSOE no pasa del centenar de parlamentarios y el PP se corona por encima de 150, ésta vez no hay parapeto posible. Es más, la sospecha/temor/augurio ampliamente compartido es que «Feijóo no va a necesitar la abstención de Vox. Si saca 155-160, Pedro se tiene que ir la noche del 23-J». Pero es aquí donde se desdoblan los caminos en función de la afinidad con el todavía líder del partido. Los partidarios de Sánchez aceptan que s esto se cumple, el líder del PSOE no podrá recoger el escaño en el Congreso. «¿Tú le ves sentado en la oposición viendo cómo Feijóo se sienta en su sillón azul?». Otra cosa distinta es que lo que ocurra en el partido y lo que auguran los sanchistas ‘pata negra’ es que Ferraz volverá a ser una trinchera, como en octubre del 2016, cuando fue derrocado por el Comité federal del PSOE un famoso 1 de octubre. «Pedro no se va a ir». Como adelantaron fuentes socialistas a este periódico, «se va a atrincherar» en la secretaría general del partido, con la excusa de hacer un proceso tranquilo, sereno, dando tiempo a que se articulen los liderazgos y, sobre todo, manejando los tiempos y al aparato para garantizarse el control del partido y, en función de las circunstancias, incluso su permanencia. Aviso a los barones La gran paradoja se encuentra en su tabla de salvación: la debilidad actual de los barones tras el 28-M. Quienes podrían garantizar la permanencia de Pedro Sánchez podrían ser los presidentes autonómicos que han dejado de serlo, y cuya supervivencia política está únicamente sujeta al hilo de la secretaría general. Con la única excepción de Emiliano García-Page, los barones autonómicos empiezan a temer por sus territorios, donde el ruido interno de sus federaciones constatan los movimientos preparatorios de una eventual dimisión de Sánchez. Algo que conllevaría la constitución de una comisión gestora y la convocatoria de un congreso extraordinario que, según los estatutos del partido, abriría paso a los congresillos territoriales para renovar todos los liderazgos. En Aragón, el partido está «completamente partido», y Javier Lambán «ya no controla la federación» tras haber perdido todo en Huesca y haber dimitido sus candidatos por la imposición de Ferraz en las listas; en Valencia, la salida de Ximo Puig es altamente probable por la amenaza del tándem entre los secretarios provinciales de Valencia y Alicante, Carlos Mislata y Alejandro Soler, que «forzarán un congreso extraordinario y lo tienen ganado con el apoyo de una amplia mayoría de alcaldes; en Extremadura, «Guillermo Fernández Vara está fuera, deseando ejercer de médico forense y abandonar la política, en la que sólo sigue por la petición expresa de Pedro»; en Madrid, muchos opinan que el liderazgo de Juan Lobato «está consolidado» pero no sobre suelo firme, ya que el corte de entrada en el Congreso por Madrid puede limitarse a 7 escaños -justo el puesto que ocupa en la lista el jefe de gabinete de Pedro Sánchez, Óscar López-, dejando fuera a los simanquistas (Rafael Simancas va de número 9 y su pupila, Mercedes González, de 10), lo cual anticipa una dura batalla en un congreso regional con Félix Bolaños recién salido de Moncloa, sin más puesto que el de diputado raso y con aspiraciones aún de controlar Madrid. Con la pérdida de su feudo en Canarias, ahora en manos de CC y el PP, y Andalucía «a punto de saltar por los aires» para derrocar a Juan Espadas, serán clave las posiciones que fijen los barones afines que todavía lo seguirán siendo: el asturiano, Adrián Barbón, y la navarra, María Chivite, pero ambos contemplan la permanencia de Pedro Sánchez, aun siendo desterrado de la presidencia del Gobierno. Y en su caso, ambos le apoyarían. Es destacable en este sentido la recientemente recuperada actividad de la cabeza de lista por Asturias y ex vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra. Fue de las pocas que se apresuró el martes a defender «la solvencia» de Sánchez tras el debate del lunes con un «Feijóo mutado en una máquina de mentir», frente al silencio de otros muchos.  «Los Estatutos le permiten perpetuarse» Según fuentes socialistas, «ya no hay barones». Y el único liderazgo incontestable que queda, el de Page en Castilla-La Mancha, necesitará aliados para la revolución antisanchista. Una aspiración quizá demasiado alta con las armas disponibles porque «los estatutos están redactados para que él se perpetúe», tras los cambios efectuados por el propio Sánchez en el 39º Congreso del PSOE, después de su reconquista del PSOE en 2017. Los detractores de Sánchez vislumbran las maniobras y advierten de que, si los pronósticos se cumplen, «no se puede dimitir en diferido y Pedro tendrá que asumir su responsabilidad de una vez por todas». Y más después de una «campaña personalista en la que él lo ha centralizado todo». Pero vuelven los bandos y los más fervorosos pedristas dan señales de estar preparados para una nueva batalla, para volver a contar votos en un Comité Federal y para resistir la embestida de los críticos. Vuelven a sonar los tambores de guerra y afloran las evidencias de que «tendría que haber una profunda remodelación en el partido». Y las amenazas veladas: «Pedro llamará el 23 a los barones para preguntarles: ‘¿Cómo lo hacemos?’». Pero esa pregunta no va en son de paz ni pretende hacerles partícipes del proceso que sólo el jefe quiere tutelar. Lo que persigue es mandar un aviso a navegantes. Si caigo yo, caemos todos. Porque si se constituye la gestora y se convoca un congreso, caerá Pedro Sánchez y, con él, todos los antisanchistas derrotados en las urnas a los que ya les están moviendo la silla.

Debate en A3, entre un mentiroso y una persona honesta.

Mintió, mintió y mintió, vaya si mintió. Mintió hasta no poder más. Mintió hasta el último segundo de su vida política. Y de dejarle en su puesto actual seguirá mintiéndonos. Cuando uno cambia de opinión debe explicárselo abiertamente y con toda claridad a los electores, sobre todo si el asunto es de la trascendencia de los que nos han ocupado en estos últimos cinco años. Cuando no es así, se interpreta por el cuerpo electoral como una mentira. Y éstas lo fueron, vaya si lo fueron, una mentira detrás de la otra. Con un único fin que fue el de mantenerse en el poder por encima de propios y extraños. Es verdad que ha aprobado una legislación social muy favorable para los intereses de las economías más frágiles, la subida de las pensiones de acuerdo con el IPC, el alza del Salario Mínimo Interprofesional, el reparto del Ingreso Mínimo Vital, aunque este capítulo únicamente cuenta con el 12% de beneficiarios sobre el 100% del censo total de personas merecedoras de esa ayuda. Eso se le tiene que reconocer. Es su baza principal. También que ha conseguido la mayor dotación de la Unión Europea para nuestro país. Este es uno de sus éxitos, del que se jactará en el debate de mañana. Y cuenta además con el apoyo impagable de Vox, que con su programa de máximos le puede hacer perder votos a Nuñez Feijóo o, por el contrario, le podría otorgar la mayoría absoluta. Dependerá del uso que Pedro Sánchez haga de esa baza en el cara a cara de mañana. Pero mintió cuando permitió que la ley de Memoria Democrática hablara de los años de la Guerra Civil y no dijera ni una palabra de los años de plomo que han segado la vida de más de 800 personas y han truncado las de unos cientos de miles de sus familiares y de sus amigos. Mintió cuando permitió que Bildu pusiera el límite en el año 1983 cuando gobernaba Felipe González, en plena democracia. Mintió, mintió y mintió, vaya si mintió. Mintió hasta no poder más. Mintió hasta el último segundo de su vida política. Y de dejarle en su puesto actual seguirá mintiéndonos Mintió cuando exigió al PP que no hubiera puertas giratorias y luego nombró Fiscal General del Estado a su propia ministra de Justicia, una señora que cuando era fiscal en ejercicio presenció el siguiente comentario de Baltasar Garzón sobre José Manuel Villarejo: “Tú eres un mal necesario”. Y cuando la fiscal en ejercicio, Dolores Delgado, entonces en la Audiencia Nacional, asistió a la descripción del policía más corrupto que han conocido los tiempos, sobre una reunión con magistrados y fiscales del Tribunal Supremo con menores de edad en un país centroamericano, según explicó con detalle el policía corrupto, tenía que haber pasado a la acción y haber dado cuenta inmediatamente a las instancias judiciales de ese delito, que en España lo es. No lo hizo. Pero todo eso no le impidió nombrarla Fiscal General del Estado, puesto del que se tuvo que dar de baja por un serio problema de salud.  Pero eso no le fue obstáculo para optar a la plaza, que se había estado trabajando intensamente, de Fiscal para la Memoria Democrática, de reciente creación. Mintió cuando dijo reiteradamente que existía un grupo de expertos que aconsejaba al ministro de Sanidad sobre los puntos más graves del Covid. Era mentira, esos expertos no existían y nunca existieron. Mintió cuando dijo que la retirada del delito de sedición era para armonizarla con otros delitos similares de los países de nuestro entorno. El Tribunal Supremo le desmontó esa mentira cuando explicó con detalle el tipo de delitos penados en esos países. Mintió cuando decidió rebajar las penas del delito de malversación para garantizar que Oriol Junqueras se pudiera presentar a unas elecciones en Cataluña, cosa que no pudo hacer porque el Supremo secundó la doctrina Llarena y no respaldó la tesis de la Fiscalía en favor de los condenados: "El lucro no sólo se produce cuando hay enriquecimiento personal", dejó sentado el Alto Tribunal. Mintió cuando aseguró que el Parlamento español estaba clausurado por la pandemia y que lo iba a sustituir por una serie interminable de decretos ley, mecanismo que luego tumbó el Tribunal Constitucional declarando que la fórmula de la aplicación de la pandemia se tenía que haber hecho conforme a otra norma, que no incluye el recurso al decreto. Mintió pero hizo caso omiso de esta advertencia del TC. Mintió cuando se inventó una treta para meter de rondón a Pablo Iglesias y a su jefe de gabinete de entonces, Iván Redondo, en la Comisión Nacional de Inteligencia por el procedimiento de “urgente necesidad” que acompaña a la aprobación de decretos, cosa que Vox llevó al TC. Feijóo es una persona moderada que no va a hacer ninguna barbaridad, que tiene el récord de cuatro mayorías absolutas en su Galicia natal y que gobernará como nos ha demostrado Mintió cuando llevó a Bildu a presentar junto con ERC la ley de vivienda que había presentado y defendido la ministra de Transportes Raquel Sánchez, acompañada de Ione Belarra, como si ellas hubieran estado ausentes de la elaboración de esa ley. Sencillamente le convenía políticamente hacer esa presentación. Mintió cuando elogió la ley conocida como ley del "sólo sí es sí" diciendo que “es un hito importantísimo. Tiene el único cometido de reforzar la seguridad de las mujeres y garantizar que ninguna víctima sea cuestionada". Quizá se le pueda conceder que estaba entonces equivocado. Luego, naturalmente, tuvo que rectificar, lo cual hizo con el apoyo del PP, que votó a favor de la reforma de una ley que ha sacado a la calle a más de 117 violadores y ha reducido las penas a otros 1.155. Eso que se sepa hasta ahora. Y miente cuando elabora un decreto de más de 220 páginas como cierre del año electoral como si tal cantidad abrumadora de acuerdos fueran de “urgente aplicación”. Ahora -cuando las elecciones se acercan- tenemos opción de darle el pase a este mentiroso incorregible que puso una urna detrás de una mampara en el Comité Federal del sábado 3 de octubre de 2016 sin control, sin censo y sin las más mínimas garantías con el propósito de que le volvieran a nombrar a él secretario general del PSOE. Hace trampas, lo cual equivale a mentir para beneficiarse uno mismo. Así hace las cosas Pedro Sánchez cuando le vienen mal  dadas. Y es el momento de recordar que él estará dispuesto a pactar con cualquiera que se sitúe a su izquierda porque no le importa que España se destruya en cuatro o cinco nacionalidades de difícil integración en Europa, por cierto. La opción europea es la única posibilidad de que España siga siendo lo que es desde hace siglos si es que Pedro Sánchez gana las elecciones. Pero ahora tenemos la oportunidad de elegir a otro presidente del gobierno. Un hombre que parece sincero, que nunca parece que haya mentido y que no nos consta que nos haya engañado salvo en las dudas a propósito de su intención de gobernar en solitario… a menos que lo tenga que hacer con Vox, acusación que aprovechará, y le dará juego en vista de los planteamientos máximos de Santiago Abascal, el presidente del Gobierno en ese debate. Una persona moderada que no va a hacer ninguna barbaridad, que tiene el récord de cuatro mayorías absolutas en su Galicia natal y que gobernará como nos ha dicho y como ha demostrado en tierras gallegas. Preparémonos para soportar las mentiras que Pedro Sánchez va a verter sobre la gestión de Alberto Núñez Feijóo en el debate que se va a celebrar mañana en Atresmedia. Es la oportunidad de deshacerse del mentiroso de una vez por todas a través del mandato de las urnas, que no suelen equivocarse. Aunque a veces sí que se equivocan, en el propio actual presidente del Gobierno tenemos la prueba. Lo comprobaremos en el debate de mañana lunes. Pero desgraciadamente no tendremos los datos a punto para comprobar en ese campo lo mucho que nos vuelve a mentir este presidente del Gobierno. Lo que sí tenemos es la convicción de que las urnas le han concedido al candidato a presidente por cuarta vez las mayorías absolutas que tan caras se han puesto en este pandemonium que padecemos ahora. Y eso nos debería valer como garantía.

Feijóo se acerca a la mayoría absoluta.

Encuestas electorales: Feijóo lograría casi 50 escaños más que Pedro Sánchez La encuesta de GAD3 para ABC refleja un trasvase de votos de Vox al PP por el efecto del voto útil. El PSOE se vería beneficiado por los pactos entre PP y Vox y podría superar los 100 diputados El Partido Popular lograría 154 escaños en las elecciones generales del 23 de julio, un dato que refleja un lento crecimiento y un trasvase de votos desde Vox, que obtendría 27, al PP por el efecto del voto útil. Es el resultado que arroja el tracking diario de GAD3 para el diario ABC que muestra que la suma de PP y Vox sería de 181 diputados, cinco más de los necesarios para la mayoría absoluta. La encuesta muestra que el partido de Santiago Abascal se quedaría con casi la mitad de diputados que hace cuatro años, al pasar de 52 a los 27 que lograría según este sondeo. Sánchez conseguiría 48 escaños menos que Feijóo El PSOE de Pedro Sánchez conseguiría 106 escaños, es decir 48 menos que Alberto Núñez Feijóo, lo que, según el análisis de este sondeo, deja al actual presidente del Gobierno sin opciones de ser el más votado. Los socialistas tampoco alcanzarían la mayoría con Sumar. La formación de Yolanda Díaz sería la tercera fuerza política con 32 escaños superando en casi cinco escaños a Vox. El PSOE se vería beneficiado por los pactos entre PP y Vox Las encuestas del pasado fin de semana reflejan que al PP le estaría pasando factura los pactos para gobernar con Vox en la Comunidad Valenciana o en Extremadura, aunque el bloque de la derecha lograría mantener la mayoría absoluta. El sondeo de NC Report para 'La Razón' apuntaba que el bloque de la derecha mantendría la mayoría absoluta tras las elecciones del 23J, pero sufriría el coste de los pactos postelectorales con menos apoyo tanto al Partido Popular como a Vox. Aunque el PP de Alberto Núñez Feijóo seguiría ganando las elecciones con 143-145 diputados. Según la encuesta de IMOP-Insights para 'El Confidencial', el Partido Popular de Feijóo también ganaría las elecciones quedándose entre 132-135 escaños. Es decir, lejos de la mayoría de 176, por lo que no podría gobernar en solitario y necesitaría pactar con Vox, que se quedaría entre 44 y 47 diputados. Por su parte, el PSOE perdería mínimo 20 escaños respecto a los anteriores comicios y no pasaría de los 100 diputados en el mejor de los casos. La encuesta de 40DB publicada en el diario 'El País' tampoco daba la victoria al bloque de la derecha. El PP se plantaría en los 125 diputados y Vox en 43, por lo que aglutinarían 168 escaños, a 8 de la mayoría necesaria para gobernar. En cuanto al bloque de izquierdas, Pedro Sánchez perdería escaños quedándose en los 111 y Sumar se quedaría con 35.

¡Francia arde! España quemada.

¡Francia arde! España quemada. «Por poca historia que conozcamos sabemos que cuando se empiezan a quemar libros hay riesgo de que arda todo» No imagino una vida sin devorar noticias de última hora, análisis mejores y peores… Y menos una en la que la política no marque el pulso diario. Este martes se cumplirá una semana desde que empezaron los violentos disturbios que han sembrado de fuego y destrucción demasiadas ciudades francesas. Durante el fin de semana supimos que ese patrón de incendios con violencia, a manos de adolescentes hijos o nietos de inmigrantes magrebíes, se había contagiado a Bruselas y seguía extendiéndose para alcanzar incluso la ciudad suiza de Lausana. Lo vemos tan lejos que no forma parte de nuestro debate de actualidad diario. Sorprende, cuando España está estrenando la presidencia de turno europea, con la inmigración -y el modelo para su integración- como uno de los asuntos clave. Sorprende también cuando hace pocos días se extendió por la Península la calima proveniente del humo de otro incendio muchísimo más lejano: el de los bosques de Quebec. No tenemos la masa forestal canadiense ni tampoco los banlieues franceses, pero, al igual que las campanas, este fuego crepita por ti. Por todos. Si la destrucción continúa, el debate llegará. Ojalá incluya el daño que la subvención con buenismo, en lugar de la integración con trabajo, ha causado a los hijos y nietos de inmigrantes en esos banlieues. La clave es la integración. Sin duda, integración con respeto a la diferencia, pero la palabra ‘respeto’ sólo merece tal nombre cuando es recíproco. Integración con oportunidades, desde luego, pero también con la exigencia del cumplimiento de la ley y las normas. No es un detalle menor que esos hijos y nietos que están incendiando las ciudades de Francia tienen, en su inmensa mayoría, nacionalidad francesa, y deben (¡deberían!) ser franceses, con todo lo que ese ‘deber ser’ implica.  «Vemos tan lejos los violentos disturbios en Francia que no forman parte de nuestro debate de actualidad diario. Sorprende. Este fuego crepita por ti. Por todos» El debate irrumpiría con toda su crudeza si alguno de esos contagios más allá de Francia afectara a alguna barriada en territorio español. No tenemos banlieues, pero… ojalá no. En todo caso, me interesa un detalle muy menor de ese probablemente próximo (y, sin duda, ineludible) debate: el temporal. La capacidad que tienen los sucesos inesperados (especialmente cuando son catastróficos) de dar la vuelta al rumbo de los días, de trocarlo todo. El presidente Macron, por ejemplo, no encontró motivo el miércoles para dejar de acudir a un concierto de su amigo Elton John, pero los motivos se le amontonaron para anunciar la suspensión del viaje oficial a Alemania que iba a empezar este domingo. La noche del miércoles fue la segunda de incendios y destrozos en Francia; fue ese el día en el que los vándalos prendieron fuego a la mayor biblioteca pública de Marsella… Por poca historia que conozcamos sabemos que cuando se empiezan a quemar libros hay riesgo de que arda todo.  Una digresión en clave preelectoral. En una de las primeras entrevistas que el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero concedió en el agotador roadshow mediático que está realizando como auténtico número dos de Pedro Sánchez, el periodista le preguntó si un mes es tiempo suficiente para que el PSOE, junto a sus socios, pueda dar la vuelta al revolcón electoral que los españoles le propinaron el 28 de mayo en las urnas municipales y autonómicas. Con la más mefistofélica de sus bondadosas sonrisas, Zapatero replicó: «¿Un mes? ¡Y una semana…!». Le faltó decir: ¡si lo sabré yo! (por si quieren comprobarlo, la entrevista fue a mediados de junio en la noche en 24 horas, de RTVE). Y lleva razón. Una semana puede cambiarlo todo. En señaladas ocasiones, con tres o cuatro días es suficiente. Menos mal que aquí, esta vez, todo irá bien.

Feijóo no debe caer en las redes de Sánchez y Abascal que lo tienen todo perdido.

 El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, y la presidenta del PP de las Islas Baleares, Marga Prohens, durante la Junta Directiva del Partido Popular de las Islas Baleares

Lo han vuelto a hacer. Han vuelto a colar la violencia intrafamiliar como compendio de otras violencias porque no están dispuestos a tragarse el concepto de violencia de género que es lo que está en la ley.

Y el PP vuelve a comerse ese marrón en los acuerdos firmados en Baleares en virtud de los cuales los de Vox se abstendrán en la presentación de la candidatura de Marga Prohens a cambio de una serie de pactos, algunos de los cuales son dignos de aplauso pero otros suponen que lo de Valencia no fue un error producto de la inexperiencia sino algo muy pensado por el ala dura de los de Vox y que el PP acepta, y ya van dos comunidades y algunos ayuntamientos menores.

Si ustedes quieren modificar la ley, adelante, propongan un cambio en el Código Penal con ese fin, pero mientras la ley diga lo que dice, no hay autoridad alguna que pueda modificar la norma a su antojo.

Los poderes públicos no pueden ser ajenos a la violencia de género, que constituye uno de los ataques más flagrantes a derechos fundamentales como la libertad, la igualdad, la vida, la seguridad y la no discriminación proclamados en nuestra Constitución”, se dice en el preámbulo de la ley.

Y dentro de la violencia intrafamiliar existe un subtipo que es precisamente el de la violencia de género, por el cual muchas mujeres son asesinadas por el mero hecho de ser mujeres. Ahí se incluyen las pulseras telemáticas o la retirada de la patria potestad que en la violencia intrafamiliar no se contemplan o se contemplan en mucha menor medida.

Así que lo de Valencia se ha vuelto a repetir y ya veremos si se repite también en Extremadura porque María Guardiola está ya a punto de caramelo para hacer lo que haya que hacer con Vox. Ya lo de los principios parece que no están en el frontispicio de la cartera de la señora Guardiola y mucho me temo que lo de Valencia y Baleares va a tener repetición en tierras extremeñas.

Este asunto de la violencia intrafamiliar es una reivindicación del ala dura de Vox con la que la izquierda se debe estar relamiendo de gusto

¿Es consciente Alberto Núñez Feijóo de la baza que le está ofreciendo gratis et amore a la  izquierda de nuestro país? Porque este asunto de la violencia intrafamiliar es una reivindicación del ala dura de Vox con la que la izquierda se debe estar relamiendo de gusto.

Un ala dura que se compone de ultracatólicos de Hazte Oír y del Yunque y que está dando las directrices en este campo no sólo a Vox, que sería algo muy respetable, sino que se lo están imponiendo al PP. 

Y por ahí ya le digo yo que va a perder muchos votos de las mujeres, que no distinguen entre violencia machista y violencia de género pero que sólo saben que se asesina a muchas de ellas por varias sinrazones entre ellas la posesión insana de la mujer, la posesión del ser inferior, sometida hasta el paroxismo al varón. Otra sinrazón es porque se las sabe más débiles que su agresor y por eso las matan. Si las mujeres tuvieran la fuerza de sus agresores, verías tú como más de uno y más de dos salían corriendo. 

Para eso está la regulación de la violencia de género, para castigar con mayor fuerza a quienes prevaliéndose de su superioridad física asesinan a las mujeres.

Eso no significa que no existan denuncias falsas por parte de mujeres sin escrúpulos, conocemos un conjunto de casos que realmente estremecen, pero esa es una responsabilidad de las autoridades judiciales y policiales: no se puede dar por buena la versión de una mujer por el simple hecho de serlo, y eso es algo que los jueces habrán de tener siempre muy presente.

Yolanda Díaz, una comunista de alta moda y buen paladar.

Imagen de MADRID, SPAIN - MARCH 04: The second vice-president and minister of Labour and Social Economy, Yolanda Diaz, during a conference on work and algorithms, at the Ministry's headquarters, on 4 March 2026, in Madrid, Spain. Entitled 'The power of work in times of algorithms', the two-day conference brings together specialists in the field from various fields to address the influence of new technologies on the world of work. (Photo By Jesus Hellin/Europa Press via Getty Images)
 
La izquierda, la extrema izquierda y aledaños anda dispersa, enfrentada y desorientada. Ha perdido fuelle y se muestra como, en realidad, siempre ha sido: retrógrada; por no decir prehistórica. Cuando apareció Pablo Iglesias con su coleta, sus mugrientos vaqueros, su cara de mala leche y gritando las vetustas proclamas comunistas, los que se autodenominan "progresistas" creyeron ver a un líder con cuajo y con posibilidades de asaltar el cielo y descerrajar los Bancos. 
 
Pero abandonó la batalla, se hundió Podemos y ha quedado la nadería de Errejón y la filosofía barata de Yolanda Díaz. Porque, hay que decirlo, Pedro Sánchez ni es de izquierdas, ni tiene otra ideología que la de alcanzar el poder y enrocarse con los aliados que puedan asegurarle el cargo. Ahora abraza a los separatistas y a los herederos de ETA. Pero conviene recordar que lo intentó con Albert Rivera, aunque el centro es tan vaporoso, melifluo e inexistente que el líder de Ciudadanos se quedó a las puertas de La Moncloa sin saber qué decir, ni qué hacer. Y salió como alma que lleva el diablo, que todavía no era Pedro Sánchez. Y, ahora, después del cómico espectáculo de Yolanda Díaz en el Matadero hay que concluir que, en efecto, la izquierda se ha despeñado. La vicepresidenta apareció en escena como si se tratara de una estrella de rock o una diva del cine rodeada de sus "amigas de toda la vida", impecables de peluquería y tiendas de moda, retorciéndose de la risa, aplaudiéndose a sí misma y besando al que se pusiera por delante. De esta guisa presentó en sociedad "Sumar", una plataforma transversal, según ella, que no es más que el embrión de un partido político para fagocitar a Podemos y competir con el PSOE en las próximas elecciones generales. 
 
Competir, pues, con los partidos con los que forma el Gobierno. Competir con el propio presidente que tanto confía en ella. Porque a pesar de ser comunista, de proceder de IU, aspira a crear un partido "transversal" para acaparar votos de todo el espectro político. Y es que, también como Pedro Sánchez, tiene los mismos principios que Groucho Marx. 
 Los fichajes de Yolanda Díaz para Sumar tensionan la relación con sus  socios | El Periódico de España
 
Pero lo que hizo y dijo Yolanda Díaz debería avergonzar a los viejos comunistas que todavía sueñan con asaltar los cielos. Sus proclamas ideológicas parecen un chiste malo; a saber, propagar la "inteligencia colectiva" o crear "un nuevo contrato social para ensanchar la democracia durante la próxima década". Unas frases que nada significan, aunque a los cursis les pueda sonar bien. Es verdad que apuntó al botín de los ricos para repartir sus dineros entre los pobres. Y también se le escapó alguna que otra idea de Podemos o de cualquier partido de la extrema izquierda, pero dichas con suavidad y sacudiendo la rubia melena. Una decepción. Porque los comunistas, como decía de Pablo Iglesias, tienen que gritar, intimidar, cabrearse con las injusticias del mundo y poner al público encrespado. Tienen que sacar de quicio a los dirigentes del PP, conseguir unos tuits incendiarios de Santiago Abascal y los más sonados insultos de los nostálgicos del franquismo, que aunque quedan cuatro son muy activos en las redes sociales. 

La izquierda, la extrema izquierda y aledaños anda dispersa, enfrentada y desorientada. Ha perdido fuelle y se muestra como, en realidad, siempre ha sido: retrógrada; por no decir prehistórica. Cuando apareció Pablo Iglesias con su coleta, sus mugrientos vaqueros, su cara de mala leche y gritando las vetustas proclamas comunistas, los que se autodenominan "progresistas" creyeron ver a un líder con cuajo y con posibilidades de asaltar el cielo y descerrajar los Bancos. Pero abandonó la batalla, se hundió Podemos y ha quedado la nadería de Errejón y la filosofía barata de Yolanda Díaz. Porque, hay que decirlo, Pedro Sánchez ni es de izquierdas, ni tiene otra ideología que la de alcanzar el poder y enrocarse con los aliados que puedan asegurarle el cargo. Ahora abraza a los separatistas y a los herederos de ETA. Pero conviene recordar que lo intentó con Albert Rivera, aunque el centro es tan vaporoso, melifluo e inexistente que el líder de Ciudadanos se quedó a las puertas de La Moncloa sin saber qué decir, ni qué hacer. Y salió como alma que lleva el diablo, que todavía no era Pedro Sánchez.


Y, ahora, después del cómico espectáculo de Yolanda Díaz en el Matadero hay que concluir que, en efecto, la izquierda se ha despeñado. La vicepresidenta apareció en escena como si se tratara de una estrella de rock o una diva del cine rodeada de sus "amigas de toda la vida", impecables de peluquería y tiendas de moda, retorciéndose de la risa, aplaudiéndose a sí misma y besando al que se pusiera por delante. De esta guisa presentó en sociedad "Sumar", una plataforma transversal, según ella, que no es más que el embrión de un partido político para fagocitar a Podemos y competir con el PSOE en las próximas elecciones generales. Competir, pues, con los partidos con los que forma el Gobierno. Competir con el propio presidente que tanto confía en ella. Porque a pesar de ser comunista, de proceder de IU, aspira a

  crear un partido "transversal" para acaparar votos de todo el espectro político. Y es que, también como Pedro Sánchez, tiene los mismos principios que Groucho Marx.


Pero lo que hizo y dijo Yolanda Díaz debería avergonzar a los viejos comunistas que todavía sueñan con asaltar los cielos. Sus proclamas ideológicas parecen un chiste malo; a saber, propagar la "inteligencia colectiva" o crear "un nuevo contrato social para ensanchar la democracia durante la próxima década". Unas frases que nada significan, aunque a los cursis les pueda sonar bien. Es verdad que apuntó al botín de los ricos para repartir sus dineros entre los pobres. Y también se le escapó alguna que otra idea de Podemos o de cualquier partido de la extrema izquierda, pero dichas con suavidad y sacudiendo la rubia melena. 

 

Una decepción. Porque los comunistas, como decía de Pablo Iglesias, tienen que gritar, intimidar, cabrearse con las injusticias del mundo y poner al público encrespado. Tienen que sacar de quicio a los dirigentes del PP, conseguir unos tuits incendiarios de Santiago Abascal y los más sonados insultos de los nostálgicos del franquismo, que aunque quedan cuatro son muy activos en las redes sociales.


La puesta en escena de Yolanda Díaz en el Matadero de Madrid, sin embargo, se quedó en un espectáculo de autobombo de una dirigente política que ha llegado más lejos de lo que nunca había soñado, mucho más lejos de lo que se merecía: a ser vicepresidenta del Gobierno y adquirir un protagonismo y una imagen que lo único que ha ensanchado es su ego. Que se cree una estadista que va a arreglar el mundo con su palabrería hueca. El acto de presentación del nuevo partido dejó en evidencia que la aparición de "Sumar" en la política española no moverá una papeleta en las urnas, pero desquiciará aún más a esa izquierda desolada y huérfana.


Por eso, Núñez Feijóo se frota las manos y vaticina que más que sumar va a restar a la izquierda. El presidente del Gobierno debería espabilar y dejar de confiar en quien traicionó a Podemos y, ahora, va a por él. Y aunque todavía no lo sepa, puede estar tranquilo. Con ese estilo de diva vacía, Yolanda Díaz va a lograr los mismos escaños que Ciudadanos. No ganará al PSOE, pero tampoco sumará para formar otro gobierno de coalición. Si Pedro Sánchez quiere movilizar el voto de la extrema izquierda, que llame a Pablo Iglesias.

 

La puesta en escena de Yolanda Díaz en el Matadero de Madrid, sin embargo, se quedó en un espectáculo de autobombo de una dirigente política que ha llegado más lejos de lo que nunca había soñado, mucho más lejos de lo que se merecía: a ser vicepresidenta del Gobierno y adquirir un protagonismo y una imagen que lo único que ha ensanchado es su ego. Que se cree una estadista que va a arreglar el mundo con su palabrería hueca. 
 
 
El acto de presentación del nuevo partido dejó en evidencia que la aparición de "Sumar" en la política española no moverá una papeleta en las urnas, pero desquiciará aún más a esa izquierda desolada y huérfana. Por eso, Núñez Feijóo se frota las manos y vaticina que más que sumar va a restar a la izquierda. El presidente del Gobierno debería espabilar y dejar de confiar en quien traicionó a Podemos y, ahora, va a por él. Y aunque todavía no lo sepa, puede estar tranquilo. Con ese estilo de diva vacía, Yolanda Díaz va a lograr los mismos escaños que Ciudadanos.
 
 No ganará al PSOE, pero tampoco sumará para formar otro gobierno de coalición. Si Pedro Sánchez quiere movilizar el voto de la extrema izquierda, que llame a Pablo Iglesias.

El fracaso de Putín sin precesedentes.

 Vladimir Putin, en Moscú.

Rusia Vladimir Putin Vladimir Putin, en Moscú. Vladimir Putin, en Moscú. EFE Rusia sigue siendo «un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma», como atinadamente describió al régimen de Stalin el primer ministro británico Winston Churchill. Lo que ocurrió el pasado fin de semana es una prueba de ello. Para empezar, cómo llamar a la exhibición de fuerza del grupo Wagner, ¿rebelión, golpe, motín…? Para rebajar la gravedad de su acción, el propio líder del grupo, Yeugueni Prigozhin, ha declarado que su objetivo no era derribar a Putin. Prigozhin quiere limitar lo sucedido a un intento para no perder el control absoluto sobre sus tropas, que el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, quería integrar en el Ejército regular. Pero, aunque eso fuera así, la decisión de marchar sobre Moscú con una columna de tanques no es un tema menor. De hecho, el alcalde de la ciudad puso a la población en alerta por una amenaza terrorista, declaró festivo el lunes y el propio Vladimir Putin abandonó la capital y durante horas estuvo en paradero desconocido. La debilidad del régimen es más que evidente: el servicio de inteligencia del Ejército ruso (GRU) no detectó el movimiento de Wagner. O, lo que es peor, lo hizo y no transmitió la información al Kremlin Hay un primer dato que llama poderosamente la atención. Miles de soldados se trasladaron desde la frontera de Ucrania hasta Rostov del Don, ciudad en la que se encuentra el comando sur de las tropas rusas, para hacerse con su control sin resistencia. Y después, continuaron hacia el norte por una de las principales autovías del país hasta llegar a 200 kilómetros de Moscú. ¿Qué información tenía de una marcha de miles de hombres y material, que lógicamente no pudo ser improvisada, el servicio secreto (GRU) del Ejército ruso? No olvidemos que Putin fue miembro del KGB y que da una importancia extrema al espionaje. La información es la base de su poder. La información y el secretismo sobre todo lo que pasa en el interior del Kremlin. Hasta los servicios norteamericanos (la CIA) han reconocido que percibieron cosas raras en Wagner en las 48 horas previas al sábado 24 de julio. ¿Es tan malo el GRU como para no haber detectado el movimiento que estaba preparando Prigozhin? O, como apuntan algunos analistas, había otras personas en la sombra esperando a ver si ese era el principio del fin de Putin. Desde luego, la asonada de Wagner no tiene nada que ver con la oposición en Rusia (Jodorkovski o Navalni), que siguió los acontecimientos desde la barrera, con la misma sorpresa que la mayoría de los mortales. La invasión de Ucrania, una operación planificada casi como un desfile militar para reforzar la imagen imperial del presidente ruso, está siendo un fracaso. Tras casi año y medio, las tropas de Volodímir Zelenski, bien entrenadas y con armas modernas suministradas por los países de la OTAN, están demostrando que el Ejército ruso es un gigante con los pies de barro. De hecho, el recurso a un grupo mercenario como Wagner lo que demuestra es la incapacidad para lograr el objetivo de derrotar a un país mucho más débil y con una inferioridad militar evidente. La guerra -a la que aún llama Putin ‘operación especial’- está suponiendo un algo coste en vidas y recursos. Ayer mismo, el presidente ruso reconoció que el Estado ruso ha pagado 1.000 millones de dólares en un año a Wagner por participar en la guerra. Las sanciones económicas están haciendo daño no sólo al Gobierno, y a los jerarcas, sino a la población. El aislamiento internacional es ahora incluso mayor que en la época de la URSS. Es evidente que la prolongación de la guerra va en detrimento de la fortaleza de Rusia y sólo beneficia las ensoñaciones imperialistas de su presidente. En ese contexto, no es extraño que la solidez del círculo íntimo del poder se esté resquebrajando. Unos, porque consideran a Putin un loco iluminado que lleva al país al desastre. Otros, porque le consideran débil y creen que debería haber recurrido ya a armas mucho más letales. Como ocurría en época de Stalin, las intrigas son concomitantes al poder absoluto. Entonces, la solución eran las purgas en las que eran eliminados los enemigos políticos y todo aquel que no mostrase fidelidad total al líder. Ahora, tal vez no con aquella ferocidad, es probable que también se produzcan en las próxima semanas o meses cazas de brujas en el entorno del Kremlin. En todo caso, la exhibición de fuerza de Wagner -su líder se ha retirado a la capital de Bielorrusia y los soldados que lo deseen podrán integrarse en el Ejército ruso- lo que sí ha puesto de manifiesto es la debilidad de Putin. Lo que suceda en el próximo futuro será consecuencia de esa debilidad, aunque sea en forma de brutalidad, porque, como afirma hoy en El Independiente Carmen Claudin, «la crisis se ha cerrado en falso».