Recién llegado al
Congreso de Diputados, Pablo Iglesias y ha hecho grandes aportaciones al parlamentarismo
español y a la dignificación de la política. En solo dos días, ha sido capaz de
llamar asesino a un expresidente del Gobierno; considerar al PSOE como «el
partido del crimen de Estado»; tachar de franquistas al PP y a Ciudadanos;
contar chistes desde la tribuna; dar un beso en la boca a otro diputado; vejar
a dos diputados convirtiéndolos en protagonistas de un zafio y machista
monólogo propio del club de la comedia; ensalzar a un miembro de ETA condenado
a diez años de prisión y citar como autoridad al líder de un grupo armado venezolano.
Pablo Iglesias ha
confundido el Congreso con un circo y el debate político con una tertulia de
telebasura. De sus propuestas políticas y su proyecto para España, poco ha
dicho por ahora en el Parlamento. Que Pedro Sánchez insista en reclamar el
apoyo de quien demuestra semejante grado de irresponsabilidad es un gravísimo
error. Pero que no exigiera una rectificación a quien llamó asesino a su
compañero de partido, dejando esa acusación grabada en el diario de sesiones,
es sencillamente una indignidad. Como lo es también que el presidente del
Congreso, Patxi López, que en solo dos sesiones ha dado ya también sobradas
muestras de su absoluta incompetencia para el cargo, ni siquiera llamara al
orden a Iglesias ni le exigiera retirar sus gravísimas acusaciones.
Bien diferente en las
formas es la actuación del otro apóstol de la nueva política, Albert Rivera,
aunque su aportación al juego parlamentario no sea precisamente revolucionaria.
Lo que hace el líder de Ciudadanos es ocupar el papel de bisagra y muleta del
bipartidismo que ha desempeñado históricamente el nacionalismo, pactando
alternativamente con PSOE o PP en cada momento y en cada territorio en función
de su interés político. Una estrategia hábil, sin duda, pero más antigua que el
hilo negro. Rivera dijo primero que no apoyaría nunca ni a Rajoy ni a Sánchez.
Luego, que se abstendría para dejar gobernar al más votado, fuera quien fuera.
Y termina votando a favor del que no ha ganado. Mentir en campaña es lo que
hicieron siempre los partidos de la vieja política. Y, para ese viaje, la
verdad, no hacían falta tantas alforjas.
El hombre que iba a dignificar la
política pierde además su dignidad y la de su partido cuando permite que
Sánchez se adjudique como propios a los diputados de Ciudadanos. «Yo tengo 131
escaños», dijo ayer sin matices el líder del PSOE. Rivera pierde también la
coherencia cuando, como hizo ayer, pidió a Podemos que se una a su pacto con el
PSOE o se abstenga para dejarles gobernar. El líder de Ciudadanos debe aclarar
a sus votantes si su discurso constitucional es compatible con gobernar gracias
al apoyo activo o pasivo de quien reclama el derecho de autodeterminación de
Cataluña y ensalza a Otegi.
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