
Coronación de S.S. Juan XXIII
La Coronación papal es
la ceremonia en la que un nuevo Papa es coronado con la Tiara como líder de la
Iglesia Católica en la Tierra y soberano del Estado de Ciudad del Vaticano
(antes de 1870, también de los Estados Pontificios).

La primera coronación
papal recordada fue la de Celestino II en 1143. Ochocientos años más tarde,
luego de su coronación en 1963, el Papa Pablo VI abandonó la práctica de usar
la Tiara. Ninguno de sus sucesores ha elegido regresar a la práctica y no ha habido
una coronación papal como tal
Ritual
Cuando un cónclave
elige un nuevo Papa, el Pontífice asume todos los derechos y la autoridad del
papado inmediatamente después de su aceptación de la elección; sin embargo,
tradicionalmente nombran sus años de reinado a partir de la fecha de su
coronación. Desde el pontificado de Juan XXIII, todos los cardenales deben ser
obispos y por centurias los cardenales han elegido uno de ellos para ser Papa.
Si un Papa recientemente elegido no es obispo, debe ser consagrado como tal.

De acuerdo a la
tradición, el derecho de consagración pertenece al Decano del Colegio de
Cardenales, en su ausencia al Subdecano y en la ausencia de ambos, al más
antiguo Cardenal Obispo. Si el nuevo Papa ya es obispo, su elección es
anunciada inmediatamente a la multitud reunida en la Plaza de San Pedro, a los
que les da su bendición.

La entronización
episcopal del Papa tiene lugar en su catedral, la Basílica de San Juan de
Letrán, una ceremonia que estaba combinada con la coronación. Durante el papado
de Aviñón, el Papa no podía ser entronizado en su catedral en Roma así que las
coronaciones continuaron mientras que las entronizaciones debieron esperar un
retorno a la Ciudad Eterna. Cuando regresó Gregorio XI, el Palacio de Letrán
tenía necesidad de reparaciones, por lo que los papas hicieron del Vaticano su
residencia y transfirieron las coronaciones a la Basílica de San Pedro. La
Basílica de San Juan de Letrán sigue siendo la catedral de Roma y la
entronización ocurre allí. Durante el período en que el Papa se declaró
“prisionero en el Vaticano” (1870-1929), la entronización no tuvo lugar.
La Misa Solemne
La coronación se
realizaba el primer domingo luego de la elección. Comenzaba con una solemne
Misa Papal. Durante el canto de las Terceras, el pontífice se sentaba en su
trono y todos los cardenales realizaban el “primer saludo de obediencia”,
acercándose uno a uno para besar su mano. Luego arzobispos y obispos besaban su
pie.

Acto seguido, el nuevo
Papa era portado a través de la Basílica de San Pedro en la sedia gestatoria,
bajo un baldaquín blanco, flanqueado a su izquierda y a su derecha por las
flabellas papales (abanicos ceremoniales). En lugar de la tiara papal, usaba
una mitra enjoyada (la mitra pretiosa episcopal).

La procesión se detenía
tres veces y un manojo de lino atado a un báculo dorado era quemado ante el
Papa recién elegido, mientras el maestro de ceremonias declamaba: Pater Sancte,
sic transit gloria mundi (Santo Padre, así pasa la gloria del mundo), como una
advertencia simbólica a dejar de lado el materialismo y la vanidad. (en el
video minuto 37:05)

Una vez frente al altar
mayor, celebraría la Solemne Misa Papal con todo el ceremonial pontificio.
Luego del Confiteor -conocido por su traducción al español "yo
confieso" o "yo pecador”, donde se realiza el acto de confesión de
los pecados-, el Papa se sentaba en su trono y los tres cardenales más
antiguos, de mitra, se aproximaban a él; uno por vez ponían sus manos sobre el
Santo Padre y rezaban la plegaria Super electum Pontificem (sobre el papa
electo). Entonces el Cardenal decano colocaba el palio sobre sus hombros,
diciendo:

Acepta el pallium, que
representa la plenitud del oficio pontifical, para honor de Dios Todopoderoso,
y la muy gloriosa Virgen María, Su Madre, y los Benditos Apóstoles Pedro y
Pablo, y la Santa Iglesia Romana.

En los siglos XI y XII
la immantatio, o concesión del mantum (una vestidura papal consistente en una
larga capa roja sujeta con una elaborada hebilla), en el recién elegido Papa
era considerado como especialmente simbólico de la investidura de la autoridad
papal. Era conferido con las palabras: “Te invisto así con el papado romano,
que domina sobre la ciudad y el mundo”.

Luego de la investidura
(ya fuere con el pallium o el mantum) el papa recibía nuevamente la obediencia
de cardenales, arzobispos y obispos mientras la Misa continuaba y se cantaba la
Letanía de los Santos.
La Coronación
Luego de la Misa, el
nuevo Papa era coronado con la tiara papal. Esto frecuentemente tenía lugar en
el balcón de la Basílica de San Pedro, de frente a las multitudes reunidas en
la Piazza. El Papa era sentado en un trono con las flabellas a cada lado; se le
quitaba la mitra y el Cardenal decano le presentaba la tiara, con las palabras:

ACCIPE TIARAM TRIBVS
CORONIS ORNATAM ET SCIAS TE ESSE PATREM PRINCIPVM, RECTOREM ORBIS IN TERRA,
VICARIVM SALVATORIS NOSTRI IESV CHRISTI, CVI EST HONOR ET GLORIA IN SAECVLA
SAECVLORVM (“Recibe la tiara adornada con tres coronas y sabe que tú eres el
Padre de Príncipes y Reyes, Gobernador del Mundo, Vicario de nuestro Salvador
Jesucristo sobre la tierra, a quien debemos honor y gloria por los siglos de
los siglos”)
Entonces solemnemente
colocaba la tiara sobre la cabeza del Sumo Pontífice y arreglaba las ínfulas
(dos piezas de tela que parten de la parte trasera de la tiara) detrás de su
cuello.

Luego, el Papa ya
coronado pronunciaba la solemne bendición pontifical, Urbi et Orbi.
Juan Pablo II y Juan
XXIII: vida y milagros
La Iglesia Católica se
viste de gala, ya que el papa Francisco canoniza a dos de sus predecesores:
Juan XXIII y Juan Pablo II. La ciudad de Roma acoge a los cientos de miles de
peregrinos que quieren estar presentes en un acontecimiento histórico, con un dispositivo
de seguridad y logística acorde a la importancia del evento.
Canonizar significa
nombrar santo a una persona fallecida. El proceso no tiene una duración
prefijada: en algunos casos ha durado menos de un año desde el fallecimiento
del candidato, y en otros, casi ocho siglos. En todo caso, requiere que se le
acrediten al interesado al menos dos milagros. La autenticidad de los mismos,
como todo en materia religiosa, es cuestión de fe.
Pero ¿quiénes eran Juan
Pablo II y Juan XXIII? ¿Por qué despiertan tanto fervor e interés del público?
Repasamos las vidas y obras de dos hombres que inscriben sus nombres en el
santoral católico.




No hay comentarios:
Publicar un comentario