2018.-The 50 Best Places to Travel in 2018

España necesita una enmienda en su totalidad

 Tenemos lo que nos merecemos
Que nuestro sistema electoral necesita una enmienda en su totalidad, no cabe la menor duda. Pero de las muchas teorías que se podrían adaptar, yo voy a exponer una de ellas.  La teoría se refiere al comportamiento de un colectivo y, por tanto, no admite interpretaciones en términos de comportamientos individuales. ¿Por qué una teoría? Por dos razones. En primer lugar porque una teoría, si es buena, permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables. Es decir, dar sentido a cosas que antes no lo tenían. Y, en segundo lugar, porque de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro. Empezando por lo primero, una buena teoría de la clase política española debería explicar, por lo menos, los siguientes puntos:
  1. ¿Cómo es posible que, tras cinco años de iniciada la crisis, ningún partido político tenga un diagnóstico coherente de lo que le está pasando a España?
  2. ¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar a España de la crisis? ¿Cómo es posible que la clase política española parezca genéticamente incapaz de planificar?
  3. ¿Cómo es posible que la clase política española sea incapaz de ser ejemplar? ¿Cómo es posible que nadie-salvo el Rey y por motivos propios- haya pedido disculpas?
  4. ¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia para España -la mejora de la educación, el fomento de la innovación, el desarrollo y el emprendimiento y el apoyo a la investigación- sea no ya ignorada, sino masacrada con recortes por los partidos políticos mayoritarios?
En lo que sigue, argumento que la clase política española ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación. En este sentido forma una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias. Estos procesos han llevado a España a los rescates europeos, resistidos de forma numantina por nuestra clase política porque obligan a hacer reformas que erosionan su interés particular. Una reforma legal que implantase un sistema electoral mayoritario provocaría que los cargos electos fuesen responsables ante sus votantes en vez de serlo ante la cúpula de su partido, daría un vuelco muy positivo a la democracia española y facilitaría el proceso de reforma estructural. Empezaré haciendo una breve historia de nuestra clase política. A continuación la caracterizaré como una generadora compulsiva de burbujas. En tercer lugar explicitaré una teoría de la clase política española. En cuarto lugar usaré esta teoría para predecir que nuestros políticos pueden preferir salir del euro antes que hacer las reformas necesarias para permanecer en él. Por último propondré cambiar nuestro sistema electoral proporcional por uno mayoritario, del tipo first-past-the-post, como medio de cambiar nuestra clase política.

La historia

Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo. Muchos de ellos no se veían a sí mismos como políticos profesionales y, de hecho, muchos no lo fueron nunca. Estos políticos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. El objetivo era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado, adoptando la versión café para todos del Estado de las autonomías. Los peligros de una descentralización excesiva, que eran evidentes, se debían conjurar a partir del papel vertebrador que tendrían los grandes partidos políticos nacionales, cohesionados por el fuerte poder de sus cúpulas. El plan, por aquel entonces, parecía sensato.
Pero, tal y como le ocurrió al Dr. Frankenstein, lo que creó al monstruo no fue el plan, que no era malo, sino su implementación. Por una serie de infortunios, a la criatura de Frankenstein se le acabó implantando el cerebro equivocado. Por una serie de imponderables, a la joven democracia española se le acabó implantando una clase política profesional que rápidamente devino disfuncional y monstruosa. Matt Taibbi, en su célebre artículo de 2009 en Rolling Stone sobre Goldman Sachs La gran máquina americana de hacer burbujas comparaba al banco de inversión con un gran calamar vampiro abrazado a la cara de la humanidad que va creando una burbuja tras otra para succionar de ellas todo el dinero posible. Más adelante propondré un símil parecido para la actual clase política española, pero antes conviene analizar cuáles han sido los cuatro imponderables que han acabado generando a nuestro monstruo.
En primer lugar, el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.
En segundo lugar, la descentralización del Estado, que comenzó a principios de los 80, fue mucho más allá de lo que era imaginable cuando se aprobó la Constitución. El Estado de las autonomías inicialmente previsto, que presumía una descentralización controlada de “arriba a abajo”, se vio rápidamente desbordado por un movimiento de “abajo a arriba” liderado por élites locales que, al grito de “¡no vamos a ser menos!”, acabó imponiendo la versión de café para todos del Estado autonómico. ¿Quiénes eran y qué querían estas élites locales? A pesar de ser muy lampedusiano, Juliana se limita a señalar a “un democratismo pequeñoburgués que surge desde abajo”. Eso es, sin duda, verdad. Pero, adicionalmente, es fácil imaginar que los beneficiarios de los sistemas clientelares y caciquiles implantados en la España de provincias desde 1833, miraban al nuevo régimen democrático con preocupación e incertidumbre, lo que les pudo llevar, en muchos casos, a apuntarse a “cambiarlo todo para que todo siga igual” y a ponerse en cabeza de la manifestación descentralizadora. Como resultante de estas fuerzas, se produjo un crecimiento vertiginoso de las Administraciones Públicas: 17 administraciones y gobiernos autonómicos, 17 parlamentos y miles -literalmente miles- de nuevas empresas y organismos públicos territoriales cuyo objetivo último en muchos casos, era generar nóminas y dietas. En ausencia de procedimientos establecidos para seleccionar plantillas, los políticos colocaron en las nuevas administraciones y organismos a deudos, familiares, nepotes y camaradas, lo que llevó a una estructura clientelar y politizada de las administraciones territoriales que era inimaginable cuando se diseñó la Constitución. A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.
En tercer lugar, llegó la gran sorpresa. El poder dentro de los partidos políticos se descentralizó a un ritmo todavía más rápido que las Administraciones Públicas. La idea de que la España autonómica podía ser vertebrada por los dos grandes partidos mayoritarios saltó hecha añicos cuando los llamados barones territoriales adquirieron bases de poder de “abajo a arriba” y se convirtieron, en la mejor tradición del conde de Warwick, en los hacedores de reyes de sus respectivos partidos. En este imprevisto contexto, se aceleró la descentralización del control y la supervisión de las Cajas de Ahorro. Las comunidades autónomas se apresuraron a aprobar sus propias leyes de Cajas y, una vez asegurado su control, poblaron los consejos de administración y cargos directivos con políticos, sindicalistas, amigos y compinches. Por si esto fuera poco, las Cajas tuteladas por los gobiernos autonómicos hicieron proliferar empresas, organismos y fundaciones filiales, en muchas ocasiones sin objetivos claros aparte del de generar más dietas y más nóminas.
Y en cuarto lugar, aunque la lista podría prolongarse, la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político. Pero es que hay más. Al tiempo que invadía ámbitos ajenos, la política española abandonaba el ámbito que le es propio: el Parlamento. El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años. La quiebra de Bankia, escenificada en la pantomima grotesca de las comparecencias parlamentarias del pasado mes de julio, es sólo el último de una larga serie de casos que el Congreso de los Diputados ha decidido tratar como si fuesen catástrofes naturales, como un terremoto, por ejemplo, en el que aunque haya víctimas no hay responsables. No debería sorprender, desde esta perspectiva, que los diputados no frecuenten la Carrera de San Jerónimo: hay allí muy poco que hacer.

Las burbujas

Los cuatro procesos descritos en los párrafos anteriores han conformado un sistema político en el que las instituciones están, en el mal sentido de la palabra, excesivamente politizadas y en el que nadie acaba siendo responsable de sus actos porque nunca se exige en serio rendición de cuentas. Nadie dentro del sistema pone en cuestión los mecanismos de capturas de rentas que constituyen el interés particular de la clase política española. Este es el contexto en el que se desarrollaron no sólo la burbuja inmobiliaria y el saqueo y quiebra de la gran mayoría de las Cajas de Ahorro, sino también otras “catástrofes naturales”, otros “actos de Dios”, a cuya generación tan adictos son nuestros políticos. Porque, como el gran calamar de Taibbi, la clase política española genera burbujas de manera compulsiva. Y lo hace no tanto por ignorancia o por incompetencia como porque en todas ellas captura rentas. Hagamos, sin pretensión alguna de exhaustividad, un brevísimo repaso de las principales tropelías impunes de las últimas dos décadas: la burbuja inmobiliaria, las Cajas de Ahorro, las energías renovables y las nuevas autopistas de peaje.
La burbuja inmobiliaria española fue, en términos relativos, la mayor de las tres que estuvieron en el origen de la actual crisis global, siendo las otras dos la estadounidense y la irlandesa. No hay duda de que, como las demás, estuvo alimentada por los bajos tipos de interés y por los desequilibrios macroeconómicos a escala mundial. Pero, dicho esto, al contrario de lo que sucede en EE UU, las decisiones sobre qué se construye y dónde se construye en España se toman en el ámbito político. Aquí no se puede hablar de pecados por omisión, de olvido del principio de que los gestores públicos deben gestionar como diligentes padres de familia. No. En España la clase política ha inflado la burbuja inmobiliaria por acción directa, no por omisión ni por olvido. Los planes urbanísticos se fraguan en complejas y opacas negociaciones de las que, además de nuevas construcciones, surgen la financiación de los partidos políticos y numerosas fortunas personales, tanto entre los recalificados como entre los recalificadores. Por si el poder de los políticos –decidir el qué y el dónde- no fuese suficiente, la transmisión del control de las Cajas de Ahorro a las comunidades autónomas añadió a los dos anteriores el poder de decisión sobre el quién, es decir, el poder de decisión sobre quién tenía financiación de la Caja de turno para ponerse a construir. Esto supuso un salto cualitativo en la capacidad de captura de rentas de la clase política española, acercándola todavía más a la estrategia del calamar vampiro de Taibbi. Primero se infla la burbuja, a continuación se capturan todas las rentas posibles y, por último, a la que la burbuja pincha… ¡ahí queda eso! El panorama, cinco años después del pinchazo de la burbuja, no puede ser más desolador. La economía española no crecerá durante muchos años más. Y las Cajas de Ahorro han desaparecido, la gran mayoría por insolvencia o quiebra técnica. ¡Ahí queda eso!
Las otras dos burbujas que mencionaré son resultado de la peculiar simbiosis de nuestra clase política con el “capitalismo castizo”, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del BOE. En una reunión reciente, un conocido inversor extranjero lo llamó “relación incestuosa”; otro, nacional, habló de “colusión contra consumidores y contribuyentes”. Sea lo que sea, recordemos en primer lugar la burbuja de las energías renovables. España representa un 2% del PIB mundial y está pagando el 15% del total global de las primas a las energías renovables. Este dislate, presentado en su día como una apuesta por situarse en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático, es un sinsentido que España no se puede permitir. Pero estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política y, también hay que decirlo, mucho fraude y mucha corrupción a todos los niveles de la política y de la Administración. Para financiar las primas, las empresas y familias españolas pagan la electricidad más cara de Europa, lo que supone una grave merma de competitividad para nuestra economía. A pesar de esos precios exagerados, y de que la generación eléctrica tiene un exceso de capacidad de más del 30%, el sistema eléctrico español ostenta un déficit tarifario de varios miles de millones de euros al año y más de 24.000 millones de deuda acumulada que nadie sabe cómo pagar. La burbuja de las renovables ha pinchado y… ¡ahí queda eso!
La última burbuja que traeré a colación, aunque la lista es más larga (fútbol, televisiones…), es la formada por las innumerables infraestructuras innecesarias construidas en las últimas dos décadas a costes astronómicos para beneficio de constructores y perjuicio de contribuyentes. Uno de los casos más chirriantes es el de las autopistas radiales de Madrid, pero hay muchísimos más. Las radiales, que pretendían descongestionar los accesos a Madrid, se diseñaron y construyeron haciendo dejación de principios muy importantes de prudencia y buena administración. Para empezar, se hicieron unas previsiones temerarias del tráfico que dichas autopistas iban a tener. En la actualidad el tráfico no supera el 30% de lo previsto. Y no es por la crisis: en los años del boom tampoco había tráfico. A continuación ¿incomprensiblemente? el Gobierno permitió que los constructores y los concesionarios fuesen, esencialmente, los mismos. Esto es un disparate, porque al disfrazarse los constructores de concesionarios mediante unas sociedades con muy poco capital y mucha deuda, se facilitaba que pasara lo que acabó pasando: los constructores cobraron de las concesionarias por construir las autopistas y, al constatarse que no había tráfico, amenazaron con dejarlas quebrar. Los principales acreedores eran ¡oh sorpresa! las Cajas de Ahorro. Los más de 3.000 millones de deuda nadie sabe cómo pagarlos y acabarán recayendo sobre el contribuyente pero, en cualquier caso, ¡ahí queda eso!

La teoría

Termino aquí la parte descriptiva de este artículo en la que he resumido unos pocos “hechos estilizados” que considero representativos del comportamiento colectivo, no necesariamente individual, y esto es importante recordarlo, de los políticos españoles. Paso ahora a formular una teoría de la clase política española como grupo de interés.
El enunciado de la teoría es muy simple. La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:
"Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio".
"Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch".
"Abominar la 'destrucción creativa', que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter "la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo".  Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político".
Con la navaja de Occam en la mano, si esta sencilla teoría tiene poder explicativo, será imbatible. ¿Qué tiene que decir sobre las cuatro preguntas que se le han planteado al principio del artículo? Veamos:
  1. La clase política española, como élite extractiva, no puede tener un diagnóstico razonable de la crisis. Han sido sus mecanismos de captura de rentas los que la han provocado y eso, claro está, no lo pueden decir. Cierto, hay una crisis económica y financiera global, pero eso no explica seis millones de parados, un sistema financiero parcialmente quebrado y un sector público que no puede hacer frente a sus compromisos de pago. La clase política española tiene que defender, como está haciendo de manera unánime, que la crisis es un acto de Dios, algo que viene de fuera, imprevisible por naturaleza y ante lo cual sólo cabe la resignación.
  2. La clase política española, como élite extractiva, no puede tener otra estrategia de salida de la crisis distinta a la de esperar que escampe la tormenta. Cualquier plan a largo plazo, para ser creíble, tiene que incluir el desmantelamiento, por lo menos en parte, de los mecanismos de captura de rentas de los que se beneficia. Y eso, por supuesto, no se plantea.
  3. ¿Pidieron perdón los controladores aéreos por sus desmanes? No, porque consideran que defendían su interés particular. ¿Alguien ha oído alguna disculpa de algún político por la situación en la que está España? No, ni la oirá, por la misma razón que los controladores. ¿Cómo es que, como medida ejemplarizante, no se ha planteado en serio la abolición del Senado, de las diputaciones, la reducción del número de ayuntamientos…? Pues porque, caídas las Cajas de Ahorro -y ante las dificultades presentes para generar nuevas burbujas- la defensa de las rentas capturadas restantes se lleva a ultranza.
  4. Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.
La teoría de las élites extractivas, por lo visto hasta aquí, parece dar sentido a bastantes rasgos llamativos del comportamiento de la clase política española. Veamos qué nos dice sobre el futuro.

La predicción

La crisis ha acentuado el conflicto entre el interés particular de la clase política española y el interés general de España. Las reformas necesarias para permanecer en el euro chocan frontalmente con los mecanismos de captura de rentas que sostienen dicho interés particular. Por una parte, la estabilidad presupuestaria va a requerir una reducción estructural del gasto de las Administraciones públicas superior a los 50 millardos de euros, un 5% del PIB. Esto no puede conseguirse con más recortes coyunturales: hacen falta reformas en profundidad que, de momento, están inéditas. Se tiene que reducir drásticamente el sector público empresarial, esa zona gris entre la Administración y el sector privado, que, con sus muchos miles de empresas, organismos y fundaciones, constituye una de las principales fuentes de rentas capturadas por la clase política. Por otra parte, para volver a crecer, la economía española tiene que ganar competitividad. Para eso hacen falta muchas más reformas para abrir más sectores a la competencia, especialmente en el mencionado sector público empresarial y en sectores regulados. Esto debería hacer más difícil seguir creando burbujas en la economía española.
La infinita desgana con la que nuestra clase política está abordando el proceso reformista ilustra bien que, colectivamente al menos, barrunta las consecuencias que las reformas pueden tener sobre su interés particular. La única reforma llevada a término por iniciativa propia, la del mercado de trabajo, no afecta directamente a los mecanismos de captura de rentas. Las que sí lo hacen, exigidas por la UE como, por ejemplo, la consolidación fiscal, no se han aplicado. Deliberadamente, el Gobierno confunde reformas con recortes y subidas de impuestos y ofrece los segundos en vez de las primeras, con la esperanza de que la tempestad amaine por sí misma y, al final, no haya que cambiar nada esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política española se tendrá que plantear el dilema de aplicar las reformas en serio o abandonar el euro. Y esto, creo yo, ocurrirá más pronto que tarde.
La teoría de las élites extractivas predice que el interés particular tenderá a prevalecer sobre el interés general. Yo veo probable que en los dos partidos mayoritarios españoles crezca muy deprisa el sentimiento “pro peseta”. De hecho, ya hay en ambos partidos cabezas de fila visibles de esta corriente. La confusión inducida entre recortes y reformas tiene la consecuencia perversa de que la población no percibe las ventajas a largo plazo de las reformas y sí experimenta el dolor a corto plazo de los recortes que, invariablemente, se presentan como una imposición extranjera. De este modo se crea el caldo de cultivo necesario para, cuando las circunstancias sean propicias, presentar una salida del euro como una defensa de la soberanía nacional ante la agresión exterior que impone recortes insufribles al Estado de bienestar. También, por poner un ejemplo, los controladores aéreos presentaban la defensa de su interés particular como una defensa de la seguridad del tráfico aéreo. La situación actual recuerda mucho a lo ocurrido hace casi dos siglos cuando, en 1814, Fernando VII – El Deseado- aplastó la posibilidad de modernización de España surgida de la Constitución de 1812 mientras el pueblo español le jaleaba al grito de ¡vivan las “caenas”! Por supuesto que al Deseado actual –llámese Mariano, Alfredo u otra cosa- habría que jalearle incorporando la vigente sensibilidad autonómica, utilizando gritos del tipo ¡viva Gürtel! ¡vivan los ERE de Andalucía! ¡visca el Palau de la Música Catalana! Pero, en cualquier caso, las diferencias serían más de forma que de fondo.
Una salida del euro, tanto si es por iniciativa propia como si es porque los países del norte se hartan de convivir con los del sur, sería desastrosa para España. Implicaría, como acertadamente señalaron Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos, no sólo una vuelta a la España de los 50 en lo económico, sino un retorno al caciquismo y a la corrupción en lo político y en lo social que llevaría a fechas muy anteriores y que superaría con mucho a la situación actual, que ya es muy mala. El calamar vampiro, reducido a chipirón, sería cabeza de ratón en vez de cola de león, pero eso nuestra clase política lo ve como un mal menor frente a la alternativa del harakiri que suponen las reformas. Los liberales, como en 1814, serían masacrados –de hecho, en los dos partidos mayoritarios, ya se observan movimientos en esa dirección.
El peligro de que todo esto acabe ocurriendo en un plazo relativamente corto es, en mi opinión, muy significativo. ¿Se puede hacer algo por evitarlo? Lamentablemente, no mucho, aparte de seguir publicando artículos como éste. Como muestran todos los sondeos, el desprestigio de la clase política española es inmenso, pero no tiene alternativa a corto plazo. A más largo plazo, como explico a continuación, sí la tiene.

Cambiar el sistema electoral

La clase política española, como hemos visto en este artículo, es producto de varios factores entre los que destaca el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos. Este sistema da un poder inmenso a los dirigentes de los partidos y ha acabado produciendo una clase política disfuncional. No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas y eso, en España, es ahora una necesidad perentoria que compensa con creces los inconvenientes que el sistema pueda tener.
Un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una clase política diferente, más adecuada a las necesidades de España. En Italia es inminente una propuesta de ley para cambiar el actual sistema proporcional por uno mayoritario corregido: dos tercios de los escaños se votarían en colegios uninominales y el tercio restante en listas cerradas en las que los escaños se distribuirían proporcionalmente a los votos obtenidos. Parece ser que el Gobierno “técnico” de Monti ha llegado a conclusiones similares a las que defiendo yo aquí: sin cambiar a una clase política disfuncional no puede abordarse un programa reformista ambicioso. Y es que, como le oí decir una vez a Carlos Solchaga, un “técnico” es un político que, además, sabe de algo. ¿Para cuándo una reforma electoral en España? ¿Habrá que esperar a que lleguen los “técnicos”? Para ser político hay que tener demostrada profesionalidad, poder de gestión y nivel académico. 


OTROS ENLACES DE INTERÉS DEL BLOG DE JUAN PARDO









No seré yo quien diga que nuestros políticos son incultos por ignorantes.

NO SUMAN UN BACHILLER Y FUERON SUPERMINISTRAS
Hoy, por primera y única vez, solo voy a dar razones, cada uno que las sitúe en su entorno. De modo que no diré que los políticos españoles son unos analfabetos funcionales e incultos académicos, aunque lo SON, no se saben expresar, ignoran casi todo acerca de los asuntos que tienen entre manos, o sea, serían ignorantes. Aunque también los hay cultos, preparados y con buena dialéctica. Luego harán su trabajo mejor o peor, porque nadie está libre de errores y a veces hasta el azar juega un papel determinante en la gestión. Hace unos días leía una entrevista en la que Manuel Jiménez de Parga, que tiene un currículum de esos que parecen imposibles para alguien sin poderes sobrenaturales, asegura que la suerte es esencial en cualquier trayectoria. Si lo dice él, no seré yo quien sostenga lo contrario, por supuesto.

 Tampoco hay que confundir  que una cosa es tratar de evitar las generalizaciones y otra muy diferente no reconocer que tenemos una cuota de políticos bocazas que empieza a ser preocupante. Políticos que dicen las cosas sin pararse a reflexionar. Que lo mismo son capaces de asegurar que hay que subir los impuestos a quienes los pagan porque hay gente que no lo hace, que estamos en el momento de encontrar la solución final al problema vasco. Es decir, políticos que entienden que las injusticias.

Muchos políticos  aseguran que las plataformas contra los desahucios están vinculadas a ETA o que con menos recursos se consiguen mejores resultados. Otra que arremete con expresiones insultantes contra los parados cuando ella ha colocado a sus hijas y a su marido sin opositar . O que hablan de mamandurrias cuando se refieren a los demás, y nunca cuando las perciben los suyos.
Después, cuando se dan cuenta de que han metido la pata, se disculpan compungidos, no siempre,  o apelan a su derecho a la libertad de expresión. Y sí, lo tienen. Pero deben usarlo con exquisito respeto hacia el resto de los ciudadanos, que para eso ocupan un cargo público.

No creo que sea mucho pedir que los bocazas no estén en la vida pública. O que no ejerzan de tales. Bastante tenemos con la que está cayendo como para aguantar tonterías de personas a quienes pagamos el sueldo con nuestros impuestos. Ya que es así, al menos que no dejen en evidencia sus oceánicas carencias. 




OTROS ENLACES DE INTERÉS DEL BLOG DE JUAN PARDO











La tuitera oficial del PP, Carmen Amorós, comunica y le comunico.

La tuitera oficial del PP en las Cortes Valencianas.  María del Carmen Amorós Granell, con el único y firme propósito de volver a confundir a sus ya maltratados votantes, comunica: La diputada del Grupo Parlamentario Popular, Carmen Amorós, y ante la polémica suscitada hoy a raíz de un comentario en las redes sociales, quiere manifestar que:

  “En ningún momento ha sido mi intención ofender a ninguna persona, y mucho menos a quienes se encuentran en situación de desempleo”.
  “Desde mi escaño no se veía bien lo que mostraban los diputados de Compromís. No sabía a qué se referían los números”.

  “Mi mensaje sólo pretendía ser una crítica a la política espectáculo a la que la oposición nos tiene tristemente acostumbrados, en esta ocasión interfiriendo en la votación de una iniciativa relacionada con las señas de identidad”.
•“Después de publicar mi comentario, y atendiendo a la explicación de lo que significaban los números, he retirado el mensaje y he pedido disculpas por si alguien se sentía ofendido”.

No tiene ninguna veracidad puesto que se veía perfectamente, quedo claro a que se referían dichas pancartas, lo sabía antes de entrar en la sala y hay que ser bastante Carmen Amorós como para no saber que el número de parados es de 7 dígitos, en la comunidad valenciana y, de momento, 6; cuando la lotería nacional es de 5.  

Dice que en ningún momento ha sido su intención ofender  a los parados. Si,  Carmen hay ofensas activas y pasivas, en este caso lo has hecho por activa, pasiva y chulescamente. TU HAS COLOCADO A TUS HIJAS,  A TU MARIDO  Y AL SURSUM CORDA valiéndote de TU poder dominante y con la anuencia de Fabra. La primera de tus hijas como arquitecto sin tener terminada la carrera, la segunda de sicóloga y tu marido de aparejador -antes supervisor del "LOCO" aeropuerto de Castellón. Todos sabemos tu habilidad de mentirosa trolera, cuentista, artera, hipócrita, farisea, impostora, lianta, trapisondista y embustera.  Dices, al objeto de salir a tu aire que pusiste el twitter "in situ" Manda huevos ir a las cortes a tuitear. Aunque por otro lado es lo mejor que podrías hacer para el buen prospero desarrollo  de la humanidad.

Ya como despedida, dices que lo hiciste como critica a la política espectáculo de la oposición. Te recuerdo que sin ellos igual alguno de los tuyos no tendrían trabajo ya que no han superado el principio de igualdad, mérito y capacidad, o sea, unas oposiciones como las de siempre que vosotros y la oposición habéis pasado a mejor vida. Me pongo triste solo de pensar que una bestia como esta, nos tenga que sacar del pozo en el que estamos.  Si, si os dais cuenta  que con  vuestro nepotismo habéis destrozado la  ilusión del estudiante aplicado y meritorio, para premiar a los bigardos  "poco inteligentes". No está nada mal recordar que fuiste discípula del socialista, Joan Lerma y miembra de Unión Valenciana, antes de  desembarcar en el PP de Fabra.
, .  

 


 

Los liberales pensamos globalmente y actuamos localmente. Creemos en las persona. ¡VENTE¡



Hoy voy a comenzar con una aclaración. Liberal, no es lo que os intenta vender la corrupta e innecesaria izquierda;  ni mucho menos donde se quiere cobijar el PP, por cierto, ni se le admitión en el grupo liberal europeo. 
Tres parámetros determinan, hoy por hoy, la España cañí donde hasta los toros son corruptos. Un número, un clima y una palabra definen hoy el estado de la nación postrada. El número es el de seis millones de personas. El clima, el de la depresión, la estupefacción, el antagonismo y la rabia. Y la palabra, indescriptible, es paciencia y austeridad.
Nada más darse el pistoletazo de salida a la etapa de  destrucción social que se ha convenido en definir con el eufemismo de crisis, los españoles han dado exageradas muestras de resignación y de confianza, hasta de la furia española, indebidamente, se han apropiado los políticos. Desde ese preciso momento, se pusieron en manos de quienes prometieron atajar definitivamente la incompetencia de anteriores gobernantes y aceptaron sus fórmulas para sacar el país de la deriva. Pero todo lo que ha ocurrido desde entonces, por muy bien intencionado que fuese, no solo no ha servido para revitalizar la sociedad y la economía, sino que las ha condenado a una triple quiebra.

En primer lugar, una quiebra económica. Con la capacidad de financiación eliminada de cuajo y el consumo reducido casi a términos de supervivencia, la mayor parte de las empresas españolas, desde las pequeñas y medianas a las que en otro tiempo fueron sólidos imperios, luchan denodadamente por no cruzar las líneas rojas que llevan a la debacle. Muchas las han sobrepasado ya.

La consecuencia más visible y más sangrante para el país  es esa inasumible cifra de seis millones de personas que no tienen posibilidad de hacerse cargo de su propia vida, porque su único capital -preparación, capacidad de esfuerzo, talento- es hoy inaccesible para las empresas, diezmadas por la abrupta caída de los ingresos.

Otra de las crisis que padecemos es la de ideas. O si se quiere expresar más rotundamente, una crisis de valentía. Tanto este Gobierno como el anterior han aceptado obedientemente el dogma impuesto por la dictadura del euro,  o sea, de Merkel que consiste, sencillamente, en empobrecer más y más al pueblo para financiar la usura internacional y adorar el tótem de la reducción del déficit. Ni un solo estímulo, ni una sola disensión en la línea marcada por quienes viven ajenos a los problemas reales de la gente real.

Y a consecuencia de la quiebra económica y de la quiebra de ideas, llama a las puertas la peor de todas: la quiebra social.

La falta absoluta de perspectivas, unida a algunos errores inaceptables -como el fraude de las preferentes- y muchos comportamientos punibles -como las conductas corruptas de tantos políticos-, está haciendo fecundar el huevo de la serpiente. Tras la desafección que trajo consigo el inicio de la crisis, está ya amenazando el presente la ruptura de la cohesión social, como revelan cada día los enfrentamientos callejeros y la virulencia que empieza a reinar en los ámbitos públicos. Y eso, pese a que nuestra historia nos demuestra que la senda de la rabia y el odio es el peor camino que puede tomar una sociedad civilizada. Y el más rápido para dejar de ser lo que pretendía.

Luchar contra esa ruptura y remontar la triple quiebra debiera ser la prioridad nacional. Para ello se requieren muchas virtudes, pero entre ellas, aunque esto disguste al presidente del Gobierno, no está la paciencia.

Paciencia ya han tenido los ciudadanos viendo cómo se hunden sus expectativas, cómo crece el desempleo, cómo se cierran comercios y empresas, cómo desaparecen sectores enteros, cómo se ejecutan desahucios, cómo emigran los jóvenes incluso muy preparados, cómo se recortan los sueldos, cómo se reducen las prestaciones, cómo se agotan las reservas en los bancos de alimentos.

Paciencia ya han tenido también viendo cómo se quedan sin discurso ni respuestas ni liderazgo los partidos políticos, cómo crecen los comportamientos intolerables alrededor del presupuesto público, cómo se cruzan los sobres y se usan las influencias, cómo se aprovechan los sindicatos y los que viven solapadamente del erario, cómo se protegen y se benefician los poderosos.

No es paciencia lo que se le puede pedir hoy a España, sino inconformismo. No es cobardía ni pereza lo que se debe esperar del Gobierno, sino diligencia.

Diligencia para hacer aflorar el crédito, el consumo y la producción. Diligencia para responder a las demandas de los españoles. Diligencia para cumplir el programa electoral, en lugar de traicionarlo con más subidas de impuestos y cerrojazos a la iniciativa privada. Diligencia para ahorrar de una vez reformando la aparatosa Administración, que se ha multiplicado por diecisiete y continúa creciendo hasta la deformidad, al tiempo que se enflaquece el servicio público.

Pero, en lugar de afrontar estos retos, tantas veces demandados desde esta tribuna, el presidente del Gobierno, sus pacientes ministros y no pocos Ejecutivos autonómicos prefieren contemplar solazadamente el huracán, mientras toman decisiones en la dirección contraria: engordan las diputaciones, mantienen el imposible mapa de ayuntamientos, toleran televisiones propagandísticas, engrosan las nóminas de asesores, rebajan servicios útiles como el malogrado de la dependencia y, entre una decisión y otra, continúan incrementando la sangría al ciudadano.

Si el Gobierno y la desnortada y descabezada oposición se planteasen un compromiso real con España, deberían dejar de obsesionarse con sus verticales caídas en la intención de voto. Porque no resulta difícil descubrir por qué cada vez más votantes les huyen.

Los abandonan porque no aportan soluciones. E incluso muchos los identifican con el problema. Y lo hacen porque no los ven capaces de fraguar lo que todos demandan: un gran pacto para superar la situación de emergencia nacional. Un pacto de Estado que cohesione y redirija la acción política a un solo fin: volver al crecimiento.

Para ello se necesita diseñar una política común que favorezca la inversión y la contratación, con la vuelta del crédito, el ajuste de la fiscalidad y el estímulo al mercado interno y a la exportación. Se precisa también reformar a fondo la Administración para que deje de ser la pesada e ineficiente losa que los españoles soportan como contribuyentes y padecen como ciudadanos. Y repensar las leyes laborales para incentivar la contratación en lugar del subsidio. Pero no temáis, no harán ni lo uno, ni lo otro.

Pero antes de las medidas concretas que desgranan a diario los expertos, el cambio más radical debe darse en la actitud de los agentes políticos. No es con puñetazos en el escaño ni con voceo triunfalista ni con anemia en la oposición como se contribuye a superar el desastre. Es necesario comprometerse a aunar las voluntades y trabajar el consenso. Dejar de medir la acción política con la moneda de la rentabilidad electoral y centrarla, por una vez, en el servicio al país.

Porque con cada empresa que cae, con cada trabajador que va al paro, la enfermedad de España se agrava y ¡YA¡ de qué manera.

Andalucía, en concreto, lo vive cada día, con suspensiones de pagos que parecían impensables, sectores estratégicos agonizando en el mar, el campo y la industria, cierres masivos en el sector servicios y pérdida de poder adquisitivo en cada casa. Pero, en este caso los andaluces lo han diseñado, es su gusto, su aspiración que como Madrid, solo pretenden vivir del cuentoTambién Galicia lo tiene, sacan un paro biológico antes que una meiga. Se me olvidaba Asturias que es la comunidad del mundo con más subvenciones por habitante con el cuento de los negros mineros .el 90% no han bajado ni una sola vez en su vida a la mina, por tanto, no pueden decir que fueron picadores allá en la mina. Ahhhhhhhhhh, perdón, lo de los Vascos es para llorar se tiran todo el año para conseguir la mayor cuota de Atún Rojo y bacalao, una vez conseguida, los señoritos de chapela, no pescan -tiene gracia- no pescan, directamente, vente su parte de la cuota a armadores noruegos con la única clausula que el 100% del atún rojo ha de ser vendida a Japón. Ellos a beber chikitos y dando por culo con ETA y la extorsión. Baleares y Valencia  a generar corrupción. Cataluña tiene demasiado trabajo con la inmersión lingüística -creo que ni ellos saben su significado. Castilla La Mancha demasiado tiene con el expolio de Cospedal y su marido. En definitiva, si descontamos el sector terciario, en España, no trabaja ni Jesucristo en Semana Santa.

Los ciudadanos no pueden esperar más. Y el Gobierno y los demás agentes políticos deberían ser los primeros en entenderlo. Porque ellos son los primeros responsables del desastre.

Si aún no viven en la enajenación, deberían actuar. Ya. Urgentemente. Es imposible esperar más. Por eso es inaceptable la paciencia con austeridad. ¡váyanse a cagar, políticos asesinos/corruptos.

Rosario Rodríguez, esposa “del Chicle”, José Enrique Abuín Gey, le visita en la cárcel con el mismo coche que asesinó a Diana Quer.




Rosario Rodríguez asegura a su entorno desde hace semanas que necesita pasar página, dejar atrás su pasado separándose para siempre de su todavía marido, José Enrique Abuín Gey, el Chicle. Pero la hija que ambos tienen es el principal nexo que la mantiene, de una u otra manera, cerca del asesino confeso de Diana Quer.

El mismo al que ella encubrió ante la Guardia Civil durante 16 meses para evitar su detención. El otro nexo entre el asesino confeso y su todavía esposa es el coche Alfa Romeo de color gris que el Chicle utilizó para trasladar a Diana Quer de A Pobra a Rianxo el día del crimen (22 de agosto del 2016). El turismo está en poder de Rosario Rodríguez desde hace unos dos meses. Solo hay que asomarse a la casa de ambos para verlo tras el cierre metálico.
El martes, la hija cumplió 14 años y, con el tiempo necesario, solicitó pasar un rato con el progenitor para festejarlo. A la celebración se unió la madre del Chicle, Margarita Gey, que acompañó a su nieta y todavía nuera al penal de A Lama para hacer el encuentro lo más amable posible para su nieta, según exponen en el entorno familiar.

Las tres se desplazaron en el citado Alfa Romeo, el coche que escondió el cuerpo de la joven madrileña durante unos 20 minutos. El mismo turismo en el que el Chicle, el pasado 25 de agosto, intentó encerrar a la fuerza a una joven en Boiro para que, presuntamente, corriese la misma suerte que Diana Quer.
Pero más allá del viaje puntual a la cárcel de A Lama, lo cierto es que la hija de Rosario Rodríguez y el Chicle sigue conviviendo y usando, como vehículo habitual para desplazarse, el mismo turismo del que su padre se valió para matar a una joven e intentarlo con otra un año y medio después.