La sociedad está harta de que el poder se enriquezca a costa del erario público

La sociedad ya se ha hartado de que el poder se enriquezca a costa del erario público

La pregunta del millón: ¿aceptará la clase política mexicana un sistema real y efectivo contra sus propios actos de corrupción? En los últimos meses el hartazgo de la opinión pública interna y externa ha castigado duramente a los políticos. Los resultados de los comicios de hace unos días lo evidencian, las encuestas lo reiteran, los empresarios lo exigen, los organismos internacionales y la prensa lo exhiben. Por donde se vea, el combate a la corrupción se ha convertido en la principal reivindicación ciudadana.
¿Qué van hacer los políticos frente a esta exigencia que confronta la esencia misma de su identidad como gremio (la corrupción se ha generalizado entre los servidores públicos sin importar ideologías ni partidos)? El enriquecimiento inexorable de todo aquel que tiene acceso al patrimonio público no sólo ha sido el incentivo para el que opta por esta carrera, sino el rasgo distintivo del oficio. “Un político pobre, es un pobre político”, es poco menos que un lema profesional. Se da por descontado que un diputado se hará de un rancho y un funcionario de una mansión, de la misma manera que se asume que el contable usa gafas y el médico se presenta con una bata blanca. 
El problema es que el resto de la sociedad ya se ha hartado del abuso y así lo ha hecho saber. Lo cual deja la pregunta en vilo: ¿aceptará el Gollum renunciar a su precious, al anillo dorado y adictivo, al enriquecimiento a costa del erario que formaba parte de sus atribuciones?
En 2012 Enrique Peña Nieto reconquistó el poder presidencial para los priistas. El votante no los reinstaló porque fuesen honestos sino porque se suponía que ellos sí tenían oficio, tras 12 años de gobiernos panistas inoperantes. Y en efecto, entre las banderas del presidente no había promesas de honestidad sino de efectividad contra la atonía económica y a favor del empleo, la educación, la seguridad pública y la infraestructura básica. Cuatro años después la opinión pública ha decidido que los escasos logros en estos frentes no justifican los escándalos y el incremento visible de la expoliación de los recursos públicos por parte de la clase política.
Los resultados de los comicios de hace unos días evidencian el hartazgo de la opinión pública
Los funcionarios primero optaron por ignorar la exigencia. Cuando advirtieron que no podían silenciarla, ofrecieron un par de medidas de control de daños; nombraron a un supuesto zar anticorrupción, que resultó un cortesano del poder. La medida fue gasolina sobre la hoguera. Cientos de miles de firmas demandaron una legislación radical en materia de transparencia y algunos círculos empresariales de peso confrontaron al poder ejecutivo. Finalmente, los votantes castigaron a los gobernadores más desaseados. 
La clase política ha resistido hasta el límite. A regañadientes dio entrada a los nuevos proyectos de ley pero ha intentado neutralizarlos o, al menos, desnatarlos. Con todo, esta semana han sido aprobados.
Los cambios no aseguran nada, desde luego (no hay espacio para abordarlos en detalle: leyes de transparencia y de responsabilidades públicas más severas, consejos ciudadanos con atribuciones para vigilar y castigar), pero permiten convertir en una arena de batalla lo que antes sucedía tras bambalinas. Es cierto que la justicia en México nunca ha sido un tema de precariedad de las leyes, sino de voluntad para cumplirlas. La legislación prevaleciente permitiría meter en la cárcel a la mitad de los gobernadores y a todos los líderes sindicales, pero sólo se ha aplicado a los enemigos políticos del soberano.
Con todo, las nuevas instituciones son herramientas poderosas a condición de que una opinión pública activa y participante las haga suyas de manera permanente. A fines de los noventa una presión similar provocó que los ciudadanos tomaran el control de las estructuras electorales. Con paciencia y oficio, la clase política acabó recuperando buena parte de ese control con el paso de los años.
En materia de corrupción la ciudadanía aún no consigue un triunfo cabal sobre la clase política, simplemente obtiene el derecho de disputarle al Gollum su preciada joya en la superficie y a la vista de todos. La batalla apenas comienza.

Messi jugará de partida. Gerardo Martino: "Necesitamos el título"

Messi jugará de partida.

Gerardo Martino: "Necesitamos el título para que se reconozca que estos chicos hace dos años están en todas las definiciones"

El entrenador del seleccionado argentino mantiene su discurso que necesitan lograr el título y confirmó la presencia de Lionel Messi desde el arranque ante Venezuela
Foto: LA NACION / Aníbal Greco

FOXBOROUGH.- Sabe Gerardo Martin que no hay más espacio para el análisis y que llegó el momento de la definición. El cruce con Venezuela es el comienzo del camino hacia el único objetivo posible para el seleccionado argentino. Nadie le quita el cuerpo a las presiones y los mismos protagonistas las asumen. Por eso es que el entrenador, en la conferencia de prensa oficial, antes de los cuartos de final, en el Gillettte Stadium, dijo: "Necesitamos el título para que se reconozca que hace estos hace dos años están en todas las definiciones. Ahora hay que jugar para pasar, porque de lo contrario te volvés a casa".
Estaba relajado Martino, aunque con una barba que denotaba algo de cansancio. Quizá el viaje de más de una hora hasta aquí lo haya golpeado un poco al técnico argentino. Aunque en el momento de ofrecer algunas definiciones estuvo bien lúcido, como cuando no dudó en hablar de la presencia de Messi: "Leo está en buenas condiciones físicas, por lo tanto, entiendo que seguramente estará desde el arranque ante Venezuela. Sé que es un rival muy físico, pero no me preocupo por eso, porque siento que su recuperación fue en el tiempo correcto. Y la inclusión al equipo también fue buena. Me parece que eso lo hace estar en un buen nivel".
Entrenamiento de la Selección Argentina en la cancha auxiliar del Gillette Stadium. Foto: LA NACION / Aníbal Greco
Entrenamiento de la Selección Argentina en la cancha auxiliar del Gillette Stadium. Foto: LA NACION / Aníbal Greco

La Izquierda de México muy dividida.



Las elecciones del pasado 5 de junio cambiaron de manera radical el panorama electoral en el país. Hubo varios resultados interesantes en este proceso: la sorprendente cantidad de gubernaturas que ganó el PAN (7 de las 12 gubernaturas en juego, 3 de ellas en alianza con el PRD); el rápido ascenso de Morena a tercera fuerza política del país (desbancando al PRD); así como el elevado número de alternancias en los gobiernos estatales (8, de las cuales 3 pasaron del PRI al PAN, 3 que pasaron del PRI a la coalición PAN-PRD y 2 que pasaron de la coalición PAN-PRD al PRI). Esto último, por cierto, implicó que finalmente hubiera alternancia en 4 entidades en las que jamás había ocurrido esto: Quintana Roo, Durango, Tamaulipas y Veracruz.
Además de estos resultados, que ya han sido ampliamente comentados en los medios, quisiera enfatizar algunos resultados de las elecciones que me parecen relevantes y que considero que han sido parcialmente soslayados en la mayoría de los análisis postelectorales que he visto. En primer lugar, la enorme magnitud del retroceso del PRI y sus aliados en estas elecciones. En mi opinión, este retroceso no ha sido correctamente valorado, en buena medida porque ha quedado relativamente escondido detrás de su triunfo en cinco entidades. En realidad, cuando se revisan con cuidado las cifras de esta jornada electoral, nos encontramos con que el PRI y compañía perdieron intención de voto de manera generalizada, inclusive en aquellas entidades en las que ganaron la gubernatura. En Tlaxcala, por ejemplo, el PRI y sus aliados pasaron de tener una votación de 46.5% en la elección a gobernador de 2010, a tener únicamente el 32.5% de la votación en 2016, es decir, una pérdida de 14 puntos porcentuales. En Oaxaca, por citar otro caso en donde ganó el PRI, su pérdida de votación fue de casi 10 puntos porcentuales, ya que pasaron de tener el 41.9% en 2010 a sólo el 32% en este año. En promedio, en aquellas entidades en donde perdió el PRI, su votación se redujo en casi 14 puntos porcentuales entre 2010 y 2016, mientras que en aquellos estados en donde ganaron la gubernatura su pérdida promedio fue de poco más de 8 puntos porcentuales. En su conjunto, la pérdida de votos para el PRI fue cercana a 12 puntos porcentuales en estas elecciones con respecto a las elecciones de 2010. Este resultado, de repetirse y generalizarse en 2018, pondría al PRI fuera de cualquier posibilidad de competir por la Presidencia. Haciendo una extrapolación simple, si el PRI triunfó en 2012 con 38% de la votación emitida, en 2018 podría obtener apenas poco más del 26%, lo cual claramente sería insuficiente para ganar la Presidencia.
Ahora bien, ¿por qué pudo el PRI recuperar algunas gubernaturas a pesar de la disminución en su votación? La respuesta es muy simple: por la división de la izquierda. Así es, ya es bien sabido que si la izquierda hubiera presentado candidaturas comunes en estas elecciones, los resultados habrían sido muy distintos. En particular, la izquierda habría podido triunfar en cuatro entidades en donde la votación por partidos identificados con esta posición aumentó de manera significativa: Tlaxcala, Zacatecas, Oaxaca y Veracruz. Así, si la izquierda hubiese ido unida, la noticia al día siguiente de la elección no habrían sido los siete triunfos del PAN, sino la derrota del PRI en diez entidades, 6 de ellas frente al PAN (o quizá menos, porque no es obvio que habrían obtenido Quintana Roo en ausencia de la alianza con el PRD) y 4 de ellas frente a la izquierda. En ese escenario, los únicos estados en los que seguramente habría logrado ganar el PRI habrían sido Hidalgo y Sinaloa y sería mucho más evidente la magnitud del colapso del PRI. Sin embargo, el hubiera no existe y la izquierda, a pesar de haber logrado avances significativos en su votación en muchos estados, no pudo capitalizar esta situación en forma de gubernaturas. En cualquier caso, la lección de las elecciones de 2016 está allí para quien quiera verla: la izquierda unida no necesariamente habría sido vencida.

¡Ah, pero era eso!: PSOE y C's son pareja de hecho

Al final cantó la gallina: después de varios meses escondido tras una diarrea de palabras digna de Cantinflas, Sánchez se atrevió ayer a aclarar cómo piensa llegar a la Moncloa, aclaración que desvela inevitablemente la confusa posición de Ciudadanos respecto de los futuros pactos de Gobierno.
La duda se despejó en la gran entrevista que Enrique Clemente le hizo ayer en La Voz al líder del PSOE. ¿Cuál su secreto? ¡Acabáramos!: que Sánchez concurre a los comicios en una coalición de facto con Rivera (lo que explica su romance en el debate de este lunes) y que espera que la suma de escaños del PSOE y C’s supere tanto a los de Podemos como a los del Partido Popular. Por eso Sánchez insiste en la entrevista en que votar a Rajoy es inútil: porque nadie lo apoyará, «ni siquiera Ciudadanos», lo que indica que él se considera portavoz autorizado no solo de su partido, sino también del de Rivera.
De tal situación obtiene Sánchez dos conclusiones: por un lado, que tal pacto podría convertirlo en el candidato a la presidencia con más apoyo en el Congreso, lo que es cierto; por el otro, que en tal situación, Podemos y el PP deberían facilitarle, por acción (votándolo) o por omisión (absteniéndose), su llegada a la presidencia, lo que supone un auténtico dislate.
Sí, un dislate porque, aunque es una posibilidad que apuntan, pero no aseguran, las encuestas que sumando sus escaños a los de Ciudadanos Sánchez podría adelantar a los demás por separado, concluir de ahí que un PP ganador o un Podemos segunda fuerza estarían obligados por los principios democráticos a hacerlo presidente indica que o Sánchez es un ignorante que desconoce las reglas más elementales del régimen parlamentario o ha enloquecido por su obsesión de llegar a la Moncloa, posibilidades ambas que, claro, no resultan excluyentes.
En el sistema parlamentario, señor Sánchez, puede sin duda gobernar quien no ha ganado los comicios, pero con la condición de que consiga reunir, frente al ganador, una mayoría de Gobierno. Lo que no sucede en ningún país parlamentario del planeta es que la tercera fuerza en liza unida a la cuarta arrebaten la victoria al ganador y pretendan luego gobernar a base de que sea precisamente el ganador quien le facilite, por acción u omisión, el apoyo necesario para ello.
Para decirlo claro y pronto, Sánchez no se ha movido ni un milímetro de la disparatada posición que condujo, por su culpa y solo por su culpa, a la repetición de los comicios. Volver ahora a intentar gobernar con Ciudadanos con la abstención del PP constituye una locura; tratar de hacerlo además con entre 110 y 120 escaños supone una irresponsabilidad descomunal, que llevaría más pronto que tarde al desastre a este país.
Sea como fuere, y a menos que se produzca un rotundo desmentido por parte de Rivera, quienes voten a Ciudadanos deben saber que al hacerlo están apoyando el desesperado intento de Sánchez de llegar a la Moncloa. Si ese es su deseo, miel sobre hojuelas. Si no lo es, estarán siendo víctimas de un engaño tan formidable como democráticamente inadmisible.
Pedro Sánchez confiesa en La Voz de Galicia que «no habrá gran coalición», si Albert Rivera se suelta la melena y asegura que no dará su voto a Rajoy, y si Pablo Iglesias no parece que esté por tender puentes a la derecha, al señor Rajoy solo le quedan dos posibilidades teóricas: o retirarse o ganar el día 26 con mayoría absoluta. Retirarse no quiere, según manifiesta cada vez que se le pregunta. Que se lo imponga un partido de cuarenta diputados no le parece lógico ni democrático. Y en el Partido Popular no existe ningún clima de rebelión contra su presidente, al menos de forma visible, salvo que consideremos rebelión las críticas del señor Aznar y las punzadas de dirigentes aislados, como la señora Aguirre.
Descartada, pues, la vía de la renuncia o de la dimisión forzada, si el PP quiere mantener el Gobierno solo le queda la mayoría absoluta o un número tan alto de diputados que resulte innoble e indecente arrebatarle el poder. Y eso es lo que nadie acaba de ver. Las encuestas que hacen los partidos para su consumo interno siguen siendo machaconas en sus pronósticos de resultados: el PP no consigue rebasar el 30 por ciento de la intención de voto, Podemos continúa de segundo con un 25 por ciento, el PSOE sigue perdiendo diez escaños y Ciudadanos se mantiene. Esto parece una foto fija en la que solo cambian la hora del día y el día del mes.
Y expuestas estas cábalas, viene la gran pregunta: ¿de eso se habla en la campaña electoral? Sí, señores: de eso se habla. Solo el señor Rajoy ofrece alguna novedad programática en sus discursos, aunque sea para descubrir la emoción que le produce un campo de alcachofas. Solo Pablo Iglesias hace juegos malabares con la ideología, y lo último que hizo fue definir a Podemos como «la fuerza política de la ley y el orden», que es el emblema y lo que caracteriza a todas las derechas del mundo. Y Sánchez y Rivera están permanentemente en los juegos de coaliciones y pactos porque ahí es donde los hemos puesto los periodistas.
¡Qué poco me gusta este panorama! Estamos igual que antes de convocar las elecciones. ¿Qué digo igual? Estamos peor. Antes había, por lo menos, un pacto entre el PSOE y Ciudadanos, y ahora no tenemos ni eso. Como las encuestas acierten, el día 26 nos encontraremos ante un mapa político desolador, sin socios para hacer un Gobierno ni ideas sobre las que construir un programa común. Ese es el destino que anuncian las declaraciones que se repiten cada tarde en mítines y en conversaciones con los periodistas: mucho cálculo de efectos de las urnas, muchas especulaciones de pactos imposibles y poco más. A eso se está reduciendo la campaña. Nadie recuerda tanto vacío de ideas cuando está en juego el poder.

El ABC de la crisis.

"La más lamentable de las expresiones es la que se utiliza para resumirlo todo y

que corta cualquier atisbo de esperanza y no da derecho a réplica: “Es lo que hay”.

Crisis. Si tecleamos esta palabra en Google, obtenemos 560 millones de entradas. Mercados arroja 109 millones y recortes, más de 37 millones.






Nuestro vocabulario de uso diario se ha visto enriquecido con palabras, frases y expresiones que la mayoría de nosotros no utilizaba antes de que estallara la crisis. Las escuchamos primero en boca de políticos y de economistas, pero de un tiempo a esta parte las hemos hecho nuestras y, así, nos parece normal hablar de mercados, de agencias de calificación, de prima de riesgo, de rescates, de bancos malos, de recortes... Algunas de ellas las conocíamos, sí, pero en otros contextos, en otras circunstancias. Ahora hemos descubierto que la desaceleración no es lo que pensábamos, que la depresión nada tiene que ver con nuestra salud, que burbuja no es un “glóbulo de aire u otro gas que se forma en el interior de algún líquido y sale a la superficie”. El antiguo “hay que apretarse el cinturón” ha cobrado una nueva dimensión (parece que nadie escapa a la necesidad de, efectivamente, practicar un nuevo agujero en el cinto y ceñírselo cada día un poco más) porque ahora viene acompañado de un recorte, de manera que ya no podremos aflojarlo. Solo nos quedará comprar otro cinturón más largo. Si podemos.
Y junto a todo ello han proliferado también, además de las metáforas y los tecnicismos, los eufemismos, con los que los dirigentes intentan suavizar la cuestión. Se esfuerzan cada día por encontrar nuevos giros para disfrazar la realidad. Así, por ejemplo, no dicen bajada de sueldos, sino “devaluación competitiva de los salarios”. Y hablan de “crecimiento negativo”, que es un oxímoron, o una antífrasis.
Entre esas palabras, frases y expresiones que ahora se utilizan con tanta frecuencia destaca, por su versatilidad, la que nos previene ante “la que está cayendo”. Sirve para casi todo. Es una amenaza. Es un consejo. Es una amonestación. Con la que está cayendo, no podemos arriesgarnos; con la que está cayendo, no podemos estirar la cuerda; con la que está cayendo, debemos acceder a lo que se nos pide. En definitiva, que debemos someternos al dictado de quienes deciden qué es lo mejor para todos, esto es, los políticos, los empresarios..., los mercados. Lo preocupante es que esos dictados provienen de gente que no se ha caracterizado por su credibilidad. Como el entonces presidente del FMI, Rodrigo Rato, que a mediados de 2007, cuando ya se intuía la debacle, dijo que “la crisis de liquidez de los mercados podría quedar normalizada en las próximas semanas”. O como el expresidente Camps, que en 2009 aseguraba que la Comunidad Valenciana sería la primera en salir de la crisis. Grandes visionarios. Así nos va. Pero la más lamentable de las expresiones es la que se utiliza para resumirlo todo y que corta cualquier atisbo de esperanza y no da derecho a réplica: “Es lo que hay”.

Obesidad

Nunca me había puesto un bikini. 

Este es el gesto valiente de Lesley Miller, una joven de Texas que lleva toda su vida luchando contra la obesidad.

Lesley Miller tiene 21 años y nunca había usado bikini… hasta ahora. Y lo ha hecho ante más de 3.700.000 personas, la suma total de seguidores que tiene la página Love what matters(especializada en historias que inspiran o celebran el amor) en su grupo de Facebook. A lo grande. La joven texana ha enviado su foto en traje de baño (bajo estas líneas) a la publicación digital, junto a una carta que describe su terrible historia en lucha permanente contra el sobrepeso, la vergüenza y el miedo. "A los 11 me sometí a mi primera operación de estómago", lamenta. Sus palabras, convertidas ya en fenómeno viral, son una lección sobre autoaceptación y coraje. La obesidad infantil  es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI, según la OMS, pues es un trastorno que suele arrastrase hasta la edad adulta. 43 millones de infantes menores de cinco años en el mundo la padecen, con las consecuencias psicológicas y físicas que acarrea. Este es el luminoso discurso de Lesley Miller.

“Tengo 21 años y nunca antes me había puesto un bikini. Esta es mi foto”         He pasado los últimos 18 años de mi vida luchando.
He tapado y escondido mi cuerpo. Me decía a mí misma que llegaría el día en que me permitiría mostrarlo; llegaría el día en que podría hacer todo lo que había soñado, cuando fuera 'suficiente'. Suficientemente delgada, suficientemente feliz, suficientemente segura. Cuando mi cuerpo fuera como se suponía que debía ser.
He luchado contra mi cuerpo en cada paso del camino, con vergüenza y en silencio.
Cuando tenía 3 años, mis compañeras me preguntaban por qué era mucho más grande que ellas, por qué no usaba los mismos vestidos que ellas.
Cuando tenía 7, me pasaba el día en Weight Watchers [empresa especializada en procesos de adelgazamiento], desesperada por encontrarme entre mujeres de mediana edad ansiosas por perder unos kilos.
Cuando tenía 9, fui a un campamento de pérdida de peso e hice cola la primera semana para hacerme la foto del "antes".
Cuando tenía 11, el cirujano me redujo el estómago, y me dijo que al fin lograría ser feliz. Fui la persona más joven sometida a una cirugía de este tipo.
Cuando tenía 15, empecé a hacerme cortes en la piel. Pensé que lo merecía.
Cuando tenía 20, perdí la mitad de mi peso corporal en 9 meses, el valor de mis días solo lo determinaba la cantidad de peso bajado respecto al día anterior.
Y me cansé de esperar.
Ahora tengo 21 y me he comprado el primer bikini de mi vida.
Lo puedes ver todo. Bultos raros y rollos de grasa. Exceso de piel colgante, Estrías, celulitis y cicatrices quirúrgicas y de las autolesiones. Una incómoda protuberancia en mi abdomen fruto de la banda gástrica.
Quiero aprender a quererme a mí misma, no solo las partes que me han dicho que son "aceptables". Porque el secreto es que siempre fui suficiente. Y tú también.

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La Paz no debe ser un medio, sino un fin.

La paz no es un destino, sino el modo en como hacemos, todos los días, nuestro viaje vital junto a otros seres humanos. La paz no está en ninguna de nuestras metas, sino en la manera de perseguirlas. La paz no es un fin, sino el medio en el que la convivencia alcanza su más elevada dignidad. Además, cuando se consigue, la paz se convierte en una de las creaciones humanas de más alta cualificación, porque, a diferencia de la violencia, para la que una persona basta, la paz necesita la participación constante de todas para ser posible. En este sentido, asumir como propia la idea de Gandhi de que "no hay caminos para la paz, la paz es el camino" nos obliga a hacer un esfuerzo permanente por distinguir entre el ámbito de los medios que se utilizan y el de los fines que se persiguen. Desde este punto de vista, podríamos asegurar que, en nuestro entorno, la paz reside, exclusivamente, en la esfera de los medios, aunque, por desgracia, también es cierto que el ejercicio de la violencia conduce a la confusión entre ambos campos, medios y fines, y arrastra a los agentes políticos y sociales a posicionamientos tautológicos irreconciliables: unos justifican la violencia por la legitimidad de sus fines y otros deslegitiman los fines por la injusticia de sus medios.De esta manera, por una parte, resulta habitual encontrar a gente que explica la relación entre el conflicto político que vive Euskal Herria y su situación de violencia con la metáfora de la enfermedad. Según estas personas, la violencia no sería más que un síntoma (la fiebre), mientras que su verdadera causa (el virus) sería el conflicto político; por tanto, sólo mediante la curación de ese conflicto político se podría acabar con la enfermedad propiamente dicha y con todas sus consecuencias. Sin embargo, la única verdad que hay en esta teoría de la enfermedad es, precisamente, la de la existencia real de una enfermedad: la enfermedad moral de quienes comprenden la vinculación causal natural entre un conflicto -sea del carácter que sea- y el recurso a la violencia. De hecho, si aplicáramos esa lógica a todos los conflictos (políticos, sociales, religiosos, laborales, conyugales, vecinales, etcétera) estaríamos en guerra permanente de todos contra todos y no habría quien soportara tanta manifestación de fiebre virulenta. Pero no es así, porque la mayoría de las personas que mantienen ideas, creencias o sentimientos diferentes no recurre a la violencia para dirimirlos y hace prevalecer valores previos, sin cuyo respeto la construcción de cualquier proyecto se haría a costa del patrimonio de los derechos fundamentales que deben asistir a todos los seres humanos.
Es cierto que el conflicto político se ha convertido en la motivación que algunas personas aducen para ejercer la violencia, pero eso no se convierte en la prueba de la causalidad que envenena todos los debates, que debieran ser, sólo, políticos. Es más, la existencia, en nuestra sociedad compleja, de otros conflictos, tan importantes y legítimos como el político, donde no se recurre al uso de métodos violentos, y sobre todo la propia ausencia de actividad armada durante 14 meses son muestras fehacientes de que la violencia es un acto voluntario que requiere una decisión personal consciente por parte de quienes la ejercen, y de que no constituye un fenómeno inevitable que se manifiesta a través de esos seres elegidos o poseídos por una causa. Pensar de otra forma sería deshumanizar a las personas que practican la violencia, pues les estaríamos despojando de la facultad de la volición, que es una de las cualidades más importantes en la caracterización del ser humano.
Por otra parte, también hay quienes se escudan en la persistencia de la violencia para negarse a abordar cuestiones importantes para gran parte de la ciudadanía, de manera que, al contrario de lo que pretenden, se contaminan de la lógica que trata de imponernos el ejercicio violento y no sólo le conceden un significado político, sino también la potestad para marcar la agenda del futuro de nuestra sociedad. De la misma manera que sería impensable que los panaderos dejaran de hacer pan, los fontaneros de arreglar tuberías o las ingenieras de diseñar planos hasta que termine el fenómeno violento, resulta absurdo que algunos agentes políticos hagan dejación de la responsabilidad para la que han sido legítimamente elegidos, al abstraerse de solucionar un conflicto, anterior, posterior e independiente, del problema de la violencia. De esta forma, tanto los proyectos políticos que la utilizan como un plus de fuerza como los que parecen defenderse, más que por su valor en sí mismos, por su virtualidad para acabar con ella, como los que se amparan en su existencia para eludir el diálogo político son responsables de la instrumentalización de la violencia en provecho propio.
Por eso mismo, es urgente descartar el conflicto político como el generador de la fiebre del uso de la fuerza irracional. Para conseguir hacer un diagnóstico correcto de esta enfermedad moral que padece nuestra sociedad hay que apuntar, más bien, hacia los virus del odio, la intransigencia, el totalitarismo y la intolerancia. Experimentar cualquier dimensión humana (política, social, religiosa, sexual,...) a través de esos sentimientos sólo produce desprecio y, en última instancia, deseos de exclusión de todas aquellas personas que son, piensan o sienten diferente. Así pues, el único antídoto posible contra el mal que sufre parte de nuestra comunidad y que contagia, prácticamente, a la totalidad de los debates políticos es la erradicación de ese tipo de sentimientos en la vivencia de nuestro conflicto y su sustitución por otros valores que nos conduzcan a la asunción de la diversidad y a la conjunción sincera de nuestras disparidades en una sociedad que sepa hacer riqueza de su pluralidad. En este sentido, desde el convencimiento de que la diversidad otorga amplitud a nuestra libertad, es absolutamente imprescindible lograr un consenso básico en torno al cual establecer la paz como un medio de convivencia en el que todas las ideas puedan ser expresadas sin la coacción de las amenazas y, al mismo tiempo, en el que todas puedan ser planteadas y desarrolladas dentro del contexto democrático.

Populismo e inquisición.


Tras muchas negativas a declarar reside una abierta resistencia a dar cuenta de la gestión política, y una búsqueda de la impunidad a través del voto popular

En campaña electoral, los políticos son personajes de ficción que explican lo que dicen ser. Es la ejecución política lo que cuenta, porque somos nuestros actos, no nuestras palabras. Por eso es interesante fijarse en la actividad legislativa mientras dura el campanilleo de la feria electoral. Si han puesto oído estas semanas, la palabra mágica es Inquisición. Llamados a declarar en comisiones parlamentarias, en sesiones de control y en requerimientos informativos, muchos políticos se han negado a acudir alegando que no piensan someterse a procesos inquisitoriales. Bueno es que se reconozca a la Santa Inquisición como una vergüenza nacional, un episodio negro. Eso quiere decir que con retraso, quizá, veremos a los españoles avergonzarse de actitudes muy patrióticas y soliviantadas, de persecuciones y crímenes cometidos por una supuesta buena causa. Hay esperanza para el Valle de los Caídos, por ejemplo, de aquí a cuatrocientos años.
Pero detrás de esas negativas envueltas en vilezas históricas reside una abierta resistencia a dar cuenta de la gestión política y la búsqueda de la impunidad a través del voto popular. Una de las columnas vertebrales de la democracia es el control institucional. La victoria en la competición electoral no es una bendición con agua sagrada. Por eso, cuando los españoles votan no renuncian de manera automática a una auditoría solvente y cierta de sus representantes. Llamar a esa auditoría de la gestión proceso inquisitorial es un retruécano moral. Por ese camino podemos negarnos a una inspección de Hacienda alegando que es una invasión de nuestra privacidad. Ya muchos utilizan esta argumentación y así se niegan a hacer pública su declaración de bienes pese a ocupar cargos públicos o consideran la revelación de los papeles de Panamá, la lista Falciani o la nómina de los premiados con la amnistía fiscal como una intromisión en la intimidad.
La Inquisición, precedente religioso de las modernas purgas ideológicas, las confesiones forzadas y los campos de tortura justificados en aras de un bien supremo, ha sido arrinconada en el cajón de la infamia. Por eso, cada vez que vuelvan a escuchar a un político negarse a dar cuenta de su gestión económica aduciendo que no quiere someterse a un proceso inquisitorial, tengan claro que lo que pretende es eludir su responsabilidad y esquivar la obligación de rendir cuentas del uso que hace de lo público. Llamar inquisidores a los auditores, a los investigadores, a los inspectores o a los diputados es un insulto que tan solo pretende perpetuar la impunidad. Al día de hoy no buscamos herejes, solo ladrones, para así tratar de preservar la tambaleante fe en los servidores públicos.

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Democracia e ilegalización. Terrorismo y legitimación

Democracia e ilegalización

La ilegalización de un partido debería ser el último recurso para luchar contra el terrorismo y su legitimación.

La democracia es una delicada maquinaria de precisión que, como un reloj perfecto, basa su funcionamiento en un sinfín de complicados engranajes que marcan la medida del mejor de los sistemas posibles para la convivencia humana. Cada uno de esos mecanismos no sólo ha de ser impecable en sí mismo, sino que, además, debe mantener la cadencia de su movimiento en armónica consonancia con todos los demás, puesto que esa es la única manera de asegurar que las diferencias entre las personas se puedan conjugar en un sistema de igualdad de derechos. Este es el verdadero motor de la democracia: una igualdad inamovible de derechos que permite, a su alrededor, la rotación constante de todas las ideas diferentes.
En el sistema jurídico actual existen ya leyes para perseguir los delitos relacionados con el terrorismo
La ilegalización de un partido debe abordarse con gran cautela, pues plantea el serio riesgo de restringir la democracia
Es cierto que, muy a menudo, nos parece que la belleza inconmensurable de esta obra de ingeniería humana tiene, a su vez, el defecto de la fragilidad. El fallo de cualquiera de esos esmerados mecanismos puede producir el deterioro de todo el funcionamiento en su conjunto y es evidente que, en nuestra sociedad, hay una pieza suelta que se niega voluntariamente a engarzarse en ese eje fundamental que constituye el respeto a los derechos de quienes mantienen ideas diferentes. Los movimientos de esa pieza desencajada, que incluyen la legitimación del asesinato, la extorsión y la persecución, son ya en sí mismos un grave desperfecto que la maquinaria democrática debe esforzarse por recomponer. Ahora bien, Gesto por la Paz quiere llamar la atención sobre la delicadeza que se requiere para esa necesaria reparación, con el fin de que el pretendido arreglo no pueda llegar a suponer el deterioro de algún otro engranaje básico para el funcionamiento preciso del sistema democrático.
En este sentido, Gesto por la Paz siente cierta inquietud ante la inminente modificación de la Ley de Partidos Políticos, porque requiere intervenir sobre uno de los mecanismos de condición indispensable para cualquier democracia. La Ley de Partidos debe garantizar, en todo momento, el derecho de participación política, de manera que la realidad plural y los diferentes movimientos ideológicos de una sociedad compleja como la nuestra puedan tener reflejo en las instancias de representación pública. Así pues, la ilegalización de cualquier partido político supone una medida de gran relevancia que debiera estar perfectamente regulada, con el fin de que la persecución de los posibles delitos de algunos miembros de ese partido no suponga la pérdida del derecho de otra gran parte de la ciudadanía a que sus ideas estén representadas políticamente. En este orden de cosas, Gesto por la Paz observa que la reforma de la ley no debería fundamentarse, en ningún caso, en una supuesta eficacia en la lucha antiterrorista. Es decir, si la modificación de la ley contuviera algún elemento contrario a los principios democráticos, no habría justificación alguna para esa reforma por muy eficaz que resultara contra el terrorismo y, asimismo, si la modificación se considerase perfectamente legítima y necesaria, no se podría paralizar su aplicación, aunque se juzgase perniciosa para la lucha contra los delitos de terrorismo.
Gesto por la Paz considera que todo el proceso que va a desembocar en la modificación de la citada ley padece ya alguna merma cualitativa desde el punto de vista democrático. Para empezar, una medida de este tipo exige la búsqueda del mayor consenso posible. La ley vigente obtuvo un consenso prácticamente absoluto, puesto que formó parte de los acuerdos constitucionales. Por tanto, el enriquecimiento democrático requeriría que la propuesta de la reforma obtuviera, como mínimo, el mismo nivel de consenso, para lo cual sería necesario un mayor esfuerzo en la búsqueda de acuerdos que vayan más allá de la consecución de una mera mayoría cuantitativa. Por otra parte, desde el inicio de este proceso se ha cuestionado la constitucionalidad de algunos de los artículos del borrador de esta ley, sobre todo los que se refieren a su carácter retroactivo y a la ambigüedad e indefinición de las condiciones para la ilegalización de un partido. Parece que estos desvíos ya han sido subsanados, pero permanece la duda de cómo se van a aplicar cuando entre sus promotores se habla ya de supuestos plazos. Asimismo, es necesario recordar que el Estado de derecho exige la escrupulosa independencia entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Gesto por la Paz condena la actuación política de Batasuna, especialmente por las continuas agresiones que comete contra la dignidad de las víctimas mediante la legitimación política de la violencia que las ha agredido y el continuo ensalzamiento de quienes han sido sus verdugos. No obstante, Gesto por la Paz considera que esa condena ética debería tener cumplido reflejo en la actuación política de los partidos y en las relaciones entre ellos, así como en la reacción social. Antes de abrir la tapa que encierra ese delicado mecanismo donde se guardan los fundamentos de nuestro funcionamiento democrático, se deberían agotar todas las herramientas que pueden y deben ser utilizadas en la urgente lucha contra el terrorismo y su legitimación. En el sistema jurídico actual existen leyes para perseguir los delitos relacionados con el terrorismo, tanto los de ejecución como los de pertenencia a banda armada, colaboración o apología. El Código Penal vigente ya contempla las razones por las que una asociación o partido político pueden ser declarados ilícitos: comisión de delitos, empleo de medios violentos, constitución de organizaciones terroristas o paramilitares o promoción de la discriminación, el odio o la violencia contra personas o grupos. De esta forma, Gesto por la Paz no puede compartir el planteamiento que dibuja dos situaciones extremas: aprobar la modificación de la Ley de Partidos o permanecer en un estado de impunidad para quienes delinquen.
Por último, como movimiento social, Gesto por la Paz no puede dejar de insistir en que la implicación activa de toda la sociedad y la unidad de los partidos políticos son mecanismos que provocan la necesaria deslegitimación política y social de la violencia. La supuesta fragilidad de la maquinaria democrática se convierte en su fortaleza cuando responde a la violencia con instrumentos de superioridad ética y moral. Es decir, la democracia no es débil frente a los ataques externos, sino que sólo se debilita cuando se confina y se mutila a sí misma.
La ilegalización de cualquier partido político debe abordarse con gran cautela, puesto que plantea un serio riesgo de restringir la democracia y la libertad de expresión. Por eso, la decisión de entrar a manipular uno de los dispositivos más delicadas del engranaje democrático provoca, cuando menos, una honda preocupación por los desajustes en la conjunción de derechos a los que puede dar lugar, sobre todo si se tiene en cuenta que la solución de los problemas que persigue se podía implementar mediante el sencillo gesto de dar cuerda a nuestro reloj.