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SUENAN TAMBORES DE GUERRA ANTE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES 29-N

 


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SABOTAJE ELECTORAL PARA NO PERDER LAS ELECCIONES?

Barcelona, Bilbao, menores de edad y disturbios callejeros. ¿Estamos ante protestas espontáneas o ante una peligrosa escalada de tensión política?

Por Juan Pardo Navarro — 28 de octubre de 2026


¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN ESPAÑA?

Hay algo que empieza a oler mal en el ambiente político español. Y no precisamente por los contenedores incendiados.

Manifestaciones, enfrentamientos, disturbios, convocatorias difundidas por las redes sociales y, lo que resulta todavía más preocupante, menores de edad involucrados en episodios de violencia callejera.

Barcelona y Bilbao han sido escenario de acontecimientos que merecen una reflexión.

Y uno, que ya lleva unos cuantos años observando cómo funciona este país, empieza a hacerse preguntas.

¿Estamos ante protestas espontáneas o hay quienes pretenden sacar provecho político del desorden?

Porque una cosa es manifestarse, algo absolutamente legítimo en democracia, y otra muy distinta convertir las calles en escenarios de violencia.

Lo primero es un derecho constitucional.

Lo segundo, sencillamente, no lo es.

Y convendría que algunos aprendieran a distinguirlo.

MENORES DE EDAD: ¿QUIÉN ESTÁ JUGANDO CON FUEGO?

Hay imágenes que deberían preocuparnos especialmente.

Adolescentes enfrentándose a las fuerzas de seguridad, jóvenes participando en altercados y menores que terminan detenidos mientras los adultos discuten sobre quién tiene la culpa.

¿Qué está ocurriendo?

¿Quién está influyendo sobre estos jóvenes?

¿Qué responsabilidad tienen las redes sociales, los grupos radicales y quienes presentan la violencia como una forma de reivindicación política?

No pretendo afirmar que exista una organización detrás de todos estos acontecimientos. Eso tendría que demostrarlo una investigación.

Pero tampoco pienso aceptar que todo se despache como simples travesuras juveniles.

Cuando un menor acaba participando en disturbios violentos, algo está fallando.

Y no solamente en su educación.

También puede estar fallando una sociedad que ha convertido el enfrentamiento político en un espectáculo permanente.

Porque es muy fácil encender la mecha cuando quien termina quemándose es otro.

BARCELONA Y BILBAO: ¿SIMPLES COINCIDENCIAS?

Lo sucedido en Barcelona y Bilbao merece una reflexión que vaya más allá de los habituales comunicados de condena.

Las informaciones sobre altercados y participación de menores obligan a preguntarse si estamos ante incidentes aislados o ante un fenómeno más amplio.

No todos los disturbios tienen las mismas causas, ni puede atribuirse su organización a los mismos responsables sin pruebas.

Pero sí existe una cuestión que merece atención.

¿Qué ocurriría si los enfrentamientos callejeros se multiplicaran precisamente durante una campaña electoral?

¿Y si las noticias sobre incendios, altercados y enfrentamientos terminaran desplazando los debates sobre sanidad, vivienda, empleo o pensiones?

¿A quién beneficiaría?

A lo mejor a nadie.

O a lo mejor alguien encontraría ventajas en semejante situación.

No lo sé.

Y como no lo sé, pregunto.

Porque todavía tenemos derecho a hacernos preguntas sin que nadie nos obligue a elegir previamente las respuestas.

EL 11-M: CUANDO UN PAÍS CAMBIÓ EN TRES DÍAS

Hay fechas que España nunca debería olvidar.

El 11 de marzo de 2004, tres días antes de las elecciones generales, Madrid sufrió los terribles atentados terroristas contra los trenes de cercanías.

193 personas fueron asesinadas y miles resultaron heridas.

España quedó conmocionada.

Aquellos atentados, junto con la controversia sobre la información facilitada por el Gobierno de José María Aznar, marcaron profundamente los días anteriores a las elecciones.

Aquella matanza de personas, el 14 de marzo, José Luis Rodríguez Zapatero, contra todo pronóstico ganó las elecciones generales....Aznar podría haberlas suspendido...

El resultado sorprendió respecto a las expectativas que habían generado numerosos sondeos anteriores.

¿Influyeron los atentados y su gestión política e informativa en el comportamiento electoral?

Es una cuestión ampliamente estudiada y debatida.

Pero quiero dejar algo perfectamente claro.

No estoy comparando los atentados terroristas del 11-M con los disturbios actuales. Tampoco estoy afirmando que exista relación alguna entre sus responsables.

Sería una irresponsabilidad.

Lo que pretendo recordar es algo mucho más sencillo: los acontecimientos extraordinarios pueden transformar el ambiente político de un país en cuestión de horas.

Y eso debería hacernos reflexionar.

Porque las elecciones no se celebran en una burbuja.

Se celebran en una sociedad donde las emociones, el miedo, la incertidumbre y la información también influyen en las decisiones.

¿SABOTAJE ELECTORAL PARA NO PERDER LAS ELECCIONES?

Aquí llegamos a la cuestión que más me preocupa.

¿Podría una sucesión de disturbios alterar el clima político de unas elecciones?

Por supuesto.

¿Podría una situación de violencia continuada perjudicar a determinados partidos y favorecer indirectamente a otros?

También.

¿Significa eso que alguien esté organizando deliberadamente los disturbios para modificar los resultados electorales?

No necesariamente. Y no tenemos pruebas suficientes para afirmarlo.

Pero una cosa es no disponer de pruebas y otra renunciar a plantear preguntas legítimas.

Porque la democracia no consiste solamente en introducir una papeleta en una urna.

También consiste en garantizar que los ciudadanos puedan decidir libremente, sin intimidaciones y con información suficiente.

Y cuando la violencia se convierte en protagonista, esa normalidad democrática puede verse amenazada.

Por eso me pregunto:

¿Estamos asistiendo a una peligrosa escalada de crispación o podría alguien intentar utilizarla políticamente?

No acuso a nadie.

No atribuyo intenciones que desconozco.

Simplemente expreso una preocupación.

Y creo que merece ser escuchada.

LA EXTREMA DERECHA, LA EXTREMA IZQUIERDA Y LOS PROFESIONALES DE LA CRISPACIÓN

Hay algo que siempre me ha resultado curioso.

Cuando la violencia procede de sectores ideológicamente próximos, algunos encuentran rápidamente explicaciones, justificaciones y circunstancias atenuantes.

Cuando procede del extremo contrario, descubren de repente que el Estado de derecho debe actuar con toda su contundencia.

¡Qué casualidad!

Parece que determinados principios democráticos cambian de significado dependiendo de quién sostenga la pancarta.

Pues no.

Un contenedor incendiado sigue siendo un contenedor incendiado, independientemente de las ideas políticas de quien le prenda fuego.

Y un policía agredido, un comerciante perjudicado o un vecino atemorizado no deberían importar más o menos dependiendo de la ideología de los responsables.

La extrema derecha y la extrema izquierda pueden defender planteamientos radicalmente distintos.

Pero ninguna ideología debería servir para justificar la violencia.

Ni tampoco para utilizar a los jóvenes como instrumentos de enfrentamiento.

Si existen organizaciones o personas que promueven actos violentos, corresponde a las autoridades investigarlas y exigir las responsabilidades oportunas.

Sin excepciones.

¿Y SI LA VERDADERA VÍCTIMA TERMINA SIENDO LA DEMOCRACIA?

No quiero imaginar unas elecciones celebradas bajo un clima permanente de enfrentamientos.

No quiero ver a los ciudadanos preocupados por si podrán acudir tranquilamente a votar.

Ni quiero que la campaña electoral se convierta en una competición por ver quién consigue generar más miedo.

Porque entonces habremos perdido algo importante.

Y no me refiero a unas elecciones.

Me refiero a la normalidad democrática.

Los partidos están para presentar propuestas.

Los ciudadanos, para examinarlas y decidir.

Y las urnas, para recoger libremente esa decisión.

Todo lo demás debería quedar fuera del juego democrático.

QUE NADIE CONFUNDA LAS URNAS CON LAS BARRICADAS

Ojalá me equivoque.

Ojalá los disturbios no pasen de ser acontecimientos aislados y las próximas elecciones se celebren con absoluta normalidad.

Pero no podemos permitir que la violencia callejera se convierta en un elemento habitual de nuestra vida política.

Y mucho menos que los menores terminen pagando las consecuencias de enfrentamientos que quizá ni siquiera comprenden completamente.

España tiene suficientes problemas reales como para añadir otro.

Tenemos dificultades económicas, problemas de vivienda, listas de espera sanitarias, incertidumbre laboral y ciudadanos que esperan soluciones.

¿De verdad necesitamos que el debate político termine reducido a incendios, piedras y enfrentamientos?

Yo creo que no.

La democracia se defiende con argumentos, no con cócteles molotov.

Y las elecciones se ganan convenciendo a los ciudadanos, no sembrando el miedo.

Por eso, cuando observo lo que está sucediendo, no puedo evitar recordar cómo determinados acontecimientos han cambiado el rumbo político de España.

No digo que la historia vaya a repetirse.

Pero tampoco quiero cerrar los ojos ante los riesgos.

SUENAN TAMBORES DE GUERRA ANTE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES

Y espero sinceramente que solamente sean tambores.

Porque España necesita soluciones, no otra batalla.

Y si alguien piensa que puede ganar unas elecciones alimentando el caos, debería recordar que las urnas pertenecen a los ciudadanos, no a quienes más ruido hacen en las calles.