El socialismo se opone al individualismo en todas sus ámbitos.






La ideología del socialismo, en cuanto socialdemocracia, se funda en una concepción de la Naturaleza viva y del Género humano enteramente metafísica, equiparable a la ideología de algunas escuelas del estoicismo en la antigüedad.

1. «Socialismo» se opone a «individualismo»
Socialismo es una palabra derivada del adjetivo «social», con el que designamos todo aquello que tiene que ver con las sociedades humanas, zoológicas o vegetales (al menos tal como las considera la Fitosociología). La derivación del adjetivo «social» de «socialismo» es una transformación de un adjetivo en un sustantivo abstracto («el socialismo»), mediante su composición con el sufijo hipostático -ismo, que convierte al adjetivo neutro («escalar», diríamos también) «social» en un valor positivo («vectorial») susceptible de asumir una intención normativa, es decir, la condición de una idea fuerza confrontada con los contravalores correspondientes.

Ahora bien, como el adjetivo neutro «social», en principio meramente descriptivo, se opone al adjetivo «individual», así también el sustantivo abstracto «socialismo» se definirá por oposición al sustantivo abstracto «individualismo». Según esto, diríamos, por ejemplo, que las abejas, en tanto necesitan convivir con otras de su misma especie, son «socialistas», en su sentido más genérico, mientras que los cangrejos ermitaños son «individualistas» (cuando se les contrapone a los cangrejos de su misma especie, aunque no lo sean en relación con los moluscos que tienen que albergar en sus conchas).

Supondremos, por tanto, que de los sustantivos abstractos «socialismo» o «individualismo» resultan los adjetivos (con valor normativo, positivo o negativo) «socialista» o «individualista», si bien estos adjetivos suelen quedar restringidos, por no decir secuestrados, al campo de las sociedades humanas, sin perjuicio de que las abejas, desde Aristóteles hasta Mandeville, desde Platón hasta Wiener, hayan sido utilizadas como modelos o contramodelos de las sociedades políticas.

2. El socialismo de los partidos políticos socialistas, como sinécdoque

Acaso la reducción, o el secuestro, del término «socialismo» al campo político, como cuando se interpreta el socialismo como denominación de un partido político parlamentario, frente a otros, no tiene más alcance que el de una sinécdoque gramatical (pars pro toto), debida al uso de la lengua. Y la razón es que la estructura lógica de los cuerpos sociales vivientes (sean plantas, sean animales, sean hombres) es similar, a saber, la estructura de las clases lógicas tal como la estudia la Lógica de clases.
Naville distinguió (en un conocido trabajo de gran interés político) las clases lógicas de las clases sociales (en el sentido marxista), como si las clases sociales no fueran también un caso particular de las clases lógicas. Naville no tuvo en cuenta que las clases lógicas podían ser distributivas (como es el caso de la clase, de extensión indefinida, de los triángulos equiláteros, cada uno de los cuales es, en el contexto, independiente de los demás), pero también atributivas (como es el caso de los conjuntos de los veinte triángulos equiláteros que componen un icosaedro).
En cualquier caso, los elementos de las clases lógicas (sean distributivas, sean atributivas) no tienen por qué ser considerados siempre como homogéneos o clónicos, puesto que hay también clases climacológicas. 

3. Variedad de acepciones de «socialismo»

La contracción de los términos socialismo o socialista a las sociedades políticas humanas alcanza su plenitud en la contracción, que hemos calificado de «secuestro», que tuvo lugar en el siglo XIX por obra de Pierre Lerroux, y que se mantiene en la actualidad. Pierre Lerroux sobreentendió, por sinécdoque, que socialismo había de circunscribirse no ya a las sociedades humanas, sino a algunos tipos de sociedades humanas tales como las que Marx llamó comunistas, o en vías de serlo; o bien como las que después de Marx formaron, en la Alemania de 1875 el Partido Obrero Socialdemócrata (Liebknecht, Bebel) y, unidos a los lassallianos, el Partido Socialista Obrero de Alemania, en el que militaría el «revisionista» Bernstein y el «renegado» Kautsky.

El «secuestro», por contracción interesada, del término socialismo (tanto por los comunistas partidarios de la dictadura del proletariado, como por los socialdemócratas partidarios de la vía democrática y pacífica hacia el socialismo), llegó hasta el extremo de considerar como no socialistas, por tanto, en el fondo, como no humanos, o como «hombres alienados», a los mismos adversarios «capitalistas», como si una sociedad anónima capitalista no fuera una «agencia de socialización», tanto o más efectiva de lo que pudiera serlo un sindicato obrero.

Sin embargo, fue el secuestro del término socialismo lo que transformó en una idea fuerza, en el terreno político, pero también en una idea fuerza moral o ética, al termino socialismo, y lo convirtió en una especie de concepción del mundo que comprendía una filosofía del hombre, una moral y una ética, como fue el caso de Engels o el de Kautsky.

Ahora bien: ¿quién comunicaba a esta acepción, resultante de un secuestro, su fuerza propia? No la idea del socialismo en general (porque tan «socialista» es una sociedad anónima capitalista como pueda serlo un partido socialdemócrata), sino la idea de un socialismo previamente contraído o secuestrado por la socialdemocracia (o en su caso, por el nacional socialismo), que se enfrentaba a otros socialismos, ya fuera el socialismo marxista leninista, ya fuera el socialismo anarquista del comunismo libertario, ya fuera el socialismo cristiano (el socialismo de los «cristianos para el socialismo»), ya fuera el socialismo capitalista liberal.

El secuestro del término socialismo por un partido político en el terreno gramatical no dejaba de ser una sinécdoque; pero en el terreno político, ético o moral equivalía a la conformación de un modelo de humanismo basado en la identificación del propio partido con el hombre ideal, con el hombre nuevo, con el hombre del futuro. Desde este momento, un socialista convencido podría definir su condición de «socialista de toda la vida» como su título más sagrado, a la manera como un cristiano de las Cruzadas, pero también un musulmán yihadista, alegará su condición de cruzado o de yihadista como el título más sublime que acredita su condición de verdadero hombre. La diferencia acaso podría ponerse en que el cruzado o el yihadista se acoge si es preciso a la vía terrorista para la transformación del hombre actual en el hombre nuevo y estará dispuesto a morir por sus ideales; pero el socialista demócrata (el socialdemócrata) no necesitará comprometerse con semejante decisión, y no ya por la vía del escepticismo, sino porque confía que el progreso global de la evolución social humana conducirá al género humano a transformarse en el hombre nuevo, que el humanismo socialista propugna. De este modo, el socialista político viene a transformarse en una suerte de confucionismo práctico, que confía en que sus actos cotidianos más vulgares tienen consecuencias futuras sublimes.

4. El secuestro del término «socialismo» por los partidos «de izquierda»

Gracias a la ignorancia de la estructura polémica y aún trágica de las sociedades humanas, un socialista podrá alimentar durante toda su vida una especie de conciencia de superioridad sobre los demás partidos políticos y, sobre todo, sobre los partidos que él llama «de la derecha». La confianza en el progreso de la humanidad, en la paz perpetua, en la igualdad, la libertad y la solidaridad, en la alianza de las civilizaciones, en la abolición definitiva de la violencia de género, en el aborto libre, le permitirá mantener una especie de serenidad durante toda su vida, porque la «confianza cósmica» depositada en el progreso de la Naturaleza y del Género humano será capaz también de transformar sus actos más vulgares en actos sublimes. Pero esta confianza, que sólo puede mantenerse en sociedades en las cuales los trabajadores viven en posesión de un «estado de bienestar» y tienen acceso político o sindical a los aparatos de control del Estado, es solidaria de la ignorancia.
Si el socialismo ha logrado ser una idea fuerza, o lo sigue siendo, es debido no a la idea filosófica del socialismo genérico, sino a la idea política de un «socialismo aureolar», un socialismo que se sitúa en un futuro indefinido pero entendido como si este futuro tuviese ya una realidad presente y a la mano, tangible y con la cual hay que contar en cualquier decisión política, ética o moral. 

En conclusión, si el socialismo es una idea filosófica, sin necesidad de ser una idea fuerza, en el terreno de la política, es en la medida en que la entendemos como idea que se contrapone al individualismo, a la manera como desde Augusto Comte la sociología se contraponía a la psicología –a la psicología mentalista de la conciencia, colindante siempre con el idealismo. Quienes creen en el socialismo como si fuera una idea fuerza capaz de organizar la vida de los hombres sólo pueden alimentar esa creencia en el terreno de una ignorancia profunda, que confunde lo que es una idea aureolar, mitopoyética, con una idea positiva.

En realidad el socialismo político, como ideología política, ética o moral, es un humanismo confuso cuya fuerza, aún de carácter laico, es enteramente paralela a la de los no menos confusos humanismos cristianos o mahometanos, que por cierto reciben su alimento precisamente de fuentes no humanas sino pretendidamente divinas.


No dudamos que esta idea fuerza ofrece a sus creyentes una explicación de las «injusticias» de las diferencias de clase o de las maldades del capitalismo; pero esta idea ejerce su influjo animador. 

París bien vale una misa.


Tras infructuosos esfuerzos, Enrique IV no logró hacerse con París y, en un acto de realismo político y accediendo a las condiciones del rey de España, dio ese paso el 25 de julio de 1593 convirtiéndose al catolicismo, momento en que se le atribuye la célebre frase: 

«París bien vale una misa» (Paris vaut bien une messe).


He vivido en muchos lugares y con ningún otro me ocurre nada parecido. Tal vez porque con ninguna ciudad soñé tanto de niño, atizado por las lecturas de Julio Verne, de Alejandro Dumas y de Victor Hugo, y a ninguna otra quise tanto llegar y echar allí raíces, convencido como estaba, de adolescente, que solo viviendo en París llegaría a ser algún día escritor. Cada vez que voy a París siento una curiosa sensación, hecha de reminiscencias y nostalgia. Los recuerdos, que fluyen como una torrentera, van sustituyendo continuamente la ciudad real y actual por la que fue y solo existe ya en mi memoria, como mi juventud.


Por supuesto era una gran ingenuidad, sin embargo, de algún modo, resultó cierto. En una buhardilla del Wetter Hotel, en el Barrio Latino, terminé mi primera novela y en los casi siete años que viví en París publiqué mis primeros tres libros y empecé a sentirme y funcionar en la vida ni más ni menos que como un escribidor. En el París de fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta vivían todavía Sartre, Mauriac, Malraux, Camus, y un día descubrí a André Breton, de saco y corbata, comprando pescado en el mercadito de la rue de Buci. Una tarde, en la Biblioteca Nacional de entonces, junto a la Bolsa, tuve de vecina a una Simone de Beauvoir que no apartaba un instante la vista de la montaña de libros en la que estaba medio enterrada. Eran los años del teatro del absurdo, de Beckett, Ionesco y Adamov, y a éste y sus ojos enloquecidos se lo veía todas las tardes escribiendo furiosamente en la terraza del Mabillon.
La ducha en el hotel costaba 100 francos de entonces, uno de ahora, exactamente lo mismo que un almuerzo en el restaurante universitario y que una entrada a la Comédie-Française en las matinés de los jueves, dedicadas a los escolares. Los debates y mesas redondas de la Mutualité eran gratis y yo no me perdía ninguno. Allí vi una noche la más inteligente, elegante y hechicera confrontación política que he presenciado en mi vida, entre el primer ministro de De Gaulle, Michel Debré, y el líder de la oposición, Pierre Mendès-France. Me parecía imposible que quienes se movían con esa desenvoltura en el mundo de las ideas y de la cultura fueran solo políticos. Ahora las películas de la Nouvelle Vague no parecen tan importantes, pero en esos años teníamos la idea de que François Truffaut, Jean-Luc Godard, Alain Resnais y Louis Malle y su órgano teórico, Cahiers du Cinéma, estaban revolucionando el séptimo arte.
Los debates y mesas redondas de la Mutualité eran gratis y no me perdía ninguno

Pero, tal vez, si tengo que elegir el más vivo y fulgurante de mis recuerdos de esos años, sería el de los de los discursos de André Malraux. Siempre he creído que fue un grandísimo escritor y que La condición humana es una de las obras maestras del siglo veinte (el menosprecio literario de que ha sido víctima se debe exclusivamente a los prejuicios de una izquierda sectaria que nunca le perdonó su gaullismo). Era también un orador fuera de serie, capaz de inventar un país fabuloso en pocas frases, como lo vi hacer respondiendo, en una ceremonia callejera, al Presidente Prado, del Perú, en visita oficial a Francia: habló de un “país donde las princesas incas morían en las nieves de los Andes con sus papagayos bajo el brazo”. Nunca olvidaré la noche en que, en un Barrio Latino a oscuras, iluminado solo por las antorchas de los sobrevivientes de los campos nazis de exterminio, evocó al mítico Jean Moulin, cuyas cenizas se depositaban en el Panthéon. Entre los propios periodistas que me rodeaban había algunos que no podían contener las lágrimas. O su homenaje a Le Corbusier, con motivo de su fallecimiento, en el patio del Louvre, enumerando sus obras principales, de la India a Brasil, como si fueran un poema. Y el discurso con el que abrió la campaña electoral, luego de la renuncia de De Gaulle a la presidencia, con esa frase profética: “Qué extraña época, dirán de la nuestra, los historiadores del futuro, en que la derecha no era la derecha, la izquierda no era la izquierda, y el centro no estaba en el medio”.
Entonces, en aquel París, Un joven herido por las letras, insolvente podía vivir con muy poco dinero, disfrutar de una solidaridad amistosa y hospitalaria de la gente nativa, algo inconcebible en la Europa crispada, desconfiada y xenófoba de nuestros días. Había una picaresca de la supervivencia que, con la ayuda de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia, permitía a millares de jóvenes extranjeros comer por lo menos una vez al día y dormir bajo techo, recogiendo periódicos, descargando costales de verduras en Les Halles, cuidando inválidos, lavando y leyendo a ciegos o —los trabajitos mejor pagados— haciendo de extra en las películas que se rodaban en los estudios de Gennevilliers. En uno de los momentos más difíciles de mi primera época en París yo tuve la suerte de que el locutor que narraba en español Les Actualités Françaises perdiera la voz y me tocara reemplazarlo.
Vislumbrar Notre Dame me disipa malos humores y me devuelve el amor a las gentes y a los libros
París fue siempre una ciudad de librerías y, aunque las estadísticas digan lo contrario y aseguren que se cierran a la misma velocidad que se cierran los viejos bistrots, la verdad es que sigue siéndolo, por lo menos por los alrededores de la Place Saint Sulpice y el Luxemburgo, el barrio donde vivo y donde ayer, en un paseo de menos de una hora, conté, entre nuevas y viejas, más de una veintena. Claro que ninguna de ellas tiene, para mí, el atractivo sentimental de La Joie de Lire, de François Maspero, de la rue Saint Severin, donde, el mismo día que llegué a París, en el verano del año 58, compré el ejemplar de Madame Bovary que cambiaría mi vida. Esa librería, situada en el corazón del Barrio Latino, era la mejor provista de novedades culturales y políticas, la más actual y también la más militante en cuestiones revolucionarias y tercermundistas, razón por la cual los fascistas de la OAS le pusieron una bomba. Todavía recuerdo aquella vez, años más tarde de los que estoy evocando, en que llegué a París, corrí a la La Joie de Lire y descubrí que la había reemplazado una agencia de viajes. Probablemente fue allí cuando sentí por primera vez que el esplendoroso tiempo de mi juventud había comenzado a desaparecer. La muerte de esta maravillosa librería fue, me dicen, obra de los robos. Maspero había hecho saber que no denunciaría a los ladrones a la policía, a ver si con este argumento moral aquellos disminuían. Parece que más bien se multiplicaron, hasta quebrarla. Indicio claro de que París empezaba a modernizarse.

Algo no ha cambiado, sin embargo; sigue allí, intacta, idéntica a mis recuerdos de hace cincuenta y tantos años: Notre Dame. Yo vivía en París cuando, luego de tempestuosas discusiones, la idea de Malraux, ministro de Cultura, de “limpiar” los viejos monumentos prevaleció. Liberada de la mugre con que los siglos la habían ido recubriendo, apareció entonces, radiante, perfecta, milagrosa, eterna y nuevecita, con sus mil y una maravillas, refulgiendo en el sol, misteriosa entre la niebla, profunda en las noches, fresca y como recién bañada en las aguas del Sena en los amaneceres. Desde que era joven me hacía bien ir a dar un paseo alrededor de Notre Dame cuando tenía un amago de desmoralización, una parálisis en el trabajo, necesidad de una inyección de entusiasmo. Nunca me falló y la receta me sigue funcionando todavía. Contemplar Notre Dame, por dentro y por afuera, por delante, por detrás o por los costados, sigue siendo una experiencia exaltante, que me disipa los malos humores y me devuelve el amor a las gentes y a los libros, las ganas de ponerme a trabajar, y me recuerda que, pese a todo, París es todavía París.
Mario Vargas LLosa 

Reforma de pensiones 2015 (vigencia 2013): Nuevos y equivocados requisitos.



Nuevos cambios en los requisitos para acceder a la jubilación en cumplimiento de la reforma de pensiones. Desde 2013 esta norma está obligando a los españoles a trabajar más años y cobrar menos como fórmulas para sostener el sistema de Seguridad Social, zarandeado por una crisis que se ha llevado por delante a 3,7 millones de cotizantes.

Esta reforma retrasa progresivamente la edad de retiro de los trabajadores españoles hasta los 67 años en 2027. Así, quienes quieran jubilarse a lo largo del año próximo con el 100% de la pensión que les pudiera corresponder, deberán tener ya cumplidos los 65 años y tres meses. Hasta 2018, la edad de jubilación se incrementará un mes por cada ejercicio, para a partir de esa fecha aumentar en dos meses cada año hasta 2027.
Retrasar la jubilación tiene sus ventajas para el sistema. Por un lado, permite disponer de más población activa que, por un lado, financie las pensiones, y por otro, retrasar el cobro de la pensión, un alivio para las cuentas públicas. Es decir, si un trabajador sigue activo hasta los 67 años, son dos años más que sigue aportando, pero no consumiendo pensiones. Lo que evidentemente va a crear un para por “abajo” que nunca compensará el ahorro y el daño emergente. Pero el PP tiene como objetivo no acertar en ninguna de sus reformas y esta, no iba a ser menos.

Pero este retraso en el acceso a la jubilación tiene excepciones. Quienes ya acumulan una larga vida laboral podrán seguir retirándose con su pensión íntegra a los 65 años siempre y cuando tengan cotizados 35 años y nueve meses. Por cada ejercicio se aumenta ese periodo en tres meses hasta llegar a 2027, cuando quien desee retirarse a los 65 deberá contar con una cotización de, al menos, 38 años y seis meses. La generación que se está jubilando ahora comenzó a trabajar muy joven y, por tanto, acumula muchos años de aportaciones al sistema. Más problemas para saltar este listón tendrán los jóvenes actuales, que han empezado más tarde a cotizar, y las mujeres con lagunas en su cotización.
Con el nuevo año también cambiarán los años que se tienen en cuenta para calcular la pensión, que en 2015 quedará fijado en 18 años. Desde el 1 de enero de 2013 se ha abierto un periodo transitorio hasta el 1 de enero de 2022 en el que la cotización exigida para calcular la pensión pasará de forma progresiva desde los 15 años que había antes de entrar en vigor la reforma a 25 años. A cada ejercicio, que comenzó a contar desde el 1 de enero de 2013, se le irá sumando un año hasta completar los citados 25 años en 2022.

Los requisitos para acceder a la jubilación anticipada voluntaria también tendrán modificaciones en 2015. La norma retrasa hasta los 63 años y tres meses la edad para acceder a este retiro, que paralelamente a la edad legal de jubilación podrá realizarse dos años antes también hasta 2027, cuando quedará establecida en el mínimo de 65 años.

Además, para acceder a esta modalidad son necesarios al menos 35 años de cotización, y por cada trimestre de adelanto respecto a la edad oficial de jubilación la pensión sufrirá una penalización progresiva que irá desde el 2% de la base reguladora, si se han cotizado menos de 38,5 años, hasta el 1,625% si se superan los 44,5 años cotizados.
En el caso de jubilación forzosa, podrá realizarse hasta cuatro años antes de la edad legal de retiro -en 2015, a los 61 años y tres meses- y son necesarios 33 años de cotización como mínimo, y la penalización irá desde el 1,875% por trimestre adelantado para menos de 38,5 años cotizados hasta el 1,5% para más de 44,5 años cotizados.

Ya se está aplicando el nuevo Índice de Revalorización que incluye la reforma, aunque ya este año, por decisión del Gobierno, las pensiones dejaron de actualizarse con el IPC, tal como ocurría desde comienzos de los años noventa, y subieron 0,25%. En años anteriores la inflación interanual registrada en noviembre servía para ajustar el alza aplicada en enero con el fin de que los pensionistas no perdieran poder adquisitivo. Desterrada definitivamente la referencia de la inflación para subir las pensiones, desde enero próximo se aplicará el citado Índice de Revalorización de las pensiones, un complejo indicador que tiene en cuenta factores como la cuantía de la pensión media por el efecto sustitución (la diferencia entre las pensiones que causan baja y las nuevas que entran en el sistema), el número de pensiones, los ingresos contributivos y el gasto en pensiones.


El objetivo es que la revalorización sea compatible con el equilibrio presupuestario a lo largo del ciclo. Es decir, que periodos de crisis se compensarían con periodos de expansión de la actividad económica. Esta fórmula tiene dos límites: esa revalorización mínima garantizada del 0,25% anual para evitar que en las malas épocas, como la actual, las pensiones bajen y una subida máxima del IPC más el 0,5% que se aplicará en épocas de bonanza económica.

Pensar es un incordio porque el pensamiento es obligatorio.

Como normal general tendemos a pensar que el propio pensar es un cierto incordio. Y a recordar, como Foucault nos dice, que “ni consuela, ni hace feliz”. Tal parecería entonces que lo mejor sería desprenderse de tamaña incomodidad. Y no ya solo por insidiosa. Vendría a ser inoperante y paralizadora. Para quienes tienen una consideración instrumental del pensamiento, la cuestión sería acudir a él en caso de necesidad como medio para resolver situaciones que lo requirieran. Presuponiendo que se trata de una mera actividad mental, el asunto consistiría en activarlo en caso de necesidad.
Sin embargo, el pensamiento nos constituye y, como nuestro propio cuerpo, no acude o deja de hacerlo solo en caso de ser convocado. No es que lo tengamos siempre con nosotros, es que es nosotros. Otros asunto es que lo desconsideremos, lo que, como propio cuidado de un mismo, no deja de tener sus consecuencias.
Más aún, si bien la palabra felicidad parece excesiva, y Emilio Lledó ha hecho un espléndido “Elogio de la infelicidad”, bien es cierto que el fruto de la sabiduría es el gozo y la dicha de vivir, si hemos de atender a Descartes en “Las pasiones del alma”. Semejante sabiduría no es la del mero acopio de saber, sino una vinculación de este con la forma de vida, un proceder, que no sea un mero comportarse. Y en dicho proceder es decisivo el pensar. Incluso para estar en verdad contento, que es la relación adecuada en uno mismo entre el contenido y la forma. Pero no es cuestión simplemente de una actitud interior o de un estado de ánimo. El proceder es una acción, en todos los sentidos de esta palabra. Y pensar no es un acto, es efectivamente el obrar en el que consistimos.


Sin embargo, basta recordar con Hegel que “el verdadero ser del hombre es su obrar” para que destelle una íntima relación entre pensar y ser, que es la clave de lo que podría definir la filosofía, no ya la de los filósofos, sino la de toda una vida. No es que ambas resulten incompatibles, antes al contrario, aunque no siempre son necesariamente coincidentes. Precisamente por ello, el pensar no es patrimonio de disciplina alguna, lo que no impide que su determinación, su concepción, sus formas o su historia sean concretamente estudiadas por la filosofía. Del mismo modo, tampoco la acción se excluye de su modo de proceder. Toda una sabiduría práctica, la que comporta una verdadera determinación y prudencia, forman parte integral de su quehacer.
Ni el saber ni el pensar son, por tanto, exclusivos de ningún ser humano, ni es cosa de apropiárselos. Nadie puede pensar en nuestro lugar, ni decir nuestra propia palabra, ni vivir nuestra vida. Ello no impide que haya numerosos intentos por tratar de usurpar las de los demás. No es simplemente una cuestión defensiva, es un gesto de autonomía y de emancipación, una verdadera libertad.

Precisamente, la desconsideración de los derechos y la desatención a esta esencial equidad, que no deja de ser a la par una labor abierta y requiere un intenso trabajo por lograrla, es un impulso a hacer del pensar una permanente tarea: la de configurar la ciudad de los hombres y mujeres en efectiva igualdad, la comunidad justa. Y esto no parece estar finiquitado.

En alguna ocasión hemos citado la convulsiva sentencia que Cioran nos envió de que “la lucidez absoluta es incompatible con la respiración”. Sería pretencioso asentirlo, como si hubiéramos alcanzado alguna vez semejante clarividencia, pero cada quien a nuestro modo lo hemos presentido. Y precisamente por ello y para ello, también el pensar es la tarea de encontrar la distancia adecuada, la mesura y el decoro, no para dejar de ser decididos o de ir a las raíces, sino para no ser exagerados. La etimología de esta palabra la vincula a quien hace crecer, y aumentar, a autor. Y Ricoeur nos previene. Tal vez en exceso: “no somos autores, sino narradores de nuestra historia.” En cierto modo, ni siquiera “de nuestra vida”. Esto no es una razón para el desentendimiento, sino para una mayor implicación.
Tantas veces encontramos en los demás las palabras que nos faltan. Nos hacen pensar. No son recursos fáciles para evitarlo. Son la constatación de las propias fragilidades. Por ello pensar está vinculado a escuchar y a leer. Es más un decir que un mero hablar. Y por eso concretamente es tan decisivo crear las condiciones para la palabra de todos y de cada uno, de todas y de cada una. Este dejar hablar, que es también un dejarnos decir, no es un simple acto de permisividad, sino un acto de reconocimiento.












No es cuestión, por tanto, de detener el pensar cuando se trata de actuar. Nadie ha de hacerlo. Lo constatamos a diario. No es el abandono de la tarea, es una forma de afrontarla. Desde las propias posibilidades, para no pocos cercenadas por diversas formas de imposición o de silenciamiento, por carencia de las condiciones mínimas, es imprescindible reivindicar la tarea de pensar. Para transformar, para mejorar. En las tesituras complejas de un mundo incierto, los espacios de decisión compartida y la necesidad de tejer ciudad nos convocan, más aún, a cada cual a nuestro modo a impulsar y proseguir en esta labor. Si no fuera por la grandeza de estas palabras que no hemos de mancillar, diríamos que es una tarea de justicia y de libertad.

Ángel Gabilondo, catedrático de Metafisica y candidato independiente en la lista del PSOE a la Presidencia de la Madrid. 

La falta de transparencia y corrupción del Gobierno es culpa del pueblo.

Blog de Juan Pardo

Cualquier noticia sobre corrupción o mala gestión de los recursos propios hace que los latinos en general veamos más cerca el horizonte oscuro con nubarrones cargados de miseria y compañía que se nos avecina.  En realidad no solo es propio de agorero ver la verdad.  Al final, el pueblo, impondrá el Ministerio de la verdad, algo parecido al de George Orwell. Pero ¿Quién sería el primer Ministro?
Atravesamos, posiblemente, la peor época de la realidad, de la verdad, en torno a la economía de la que aun siendo escépticos, también dependemos. Todos sospechamos de todos y nadie sospecha de la raíz del mal.  Y eso tiene el peligro de tornarse asfixiante para quien tiene la obligación no solo de cumplir la ley, sino también de prestar servicios, de hacer que las cosas funcionen. En este sentido, me llegan constantes quejas de parte de los gestores de centros públicos, de políticos y decisores de cualquier esfera institucional, aludiendo al clima enrarecido en el que se ven obligados a actuar. Se parte de la sospecha. Uno es presuntamente culpable y tiene que escalar la montaña de la desconfianza antes que nada. Es como si el ambiente flotase constantemente la palabra “prevaricación”, y obviamente, cualquiera que rodea a los decisores trata de blindarse de una posible contaminación. No hay que olvidar que  tras los escándalos de Roldán y los hermanos de Alfonso Guerra (1993), se modificó la Ley de Contratos del Estado en un sentido más restrictivo. No es que no haya motivos para que la gente esté escarmentada, pero hemos de reconocer que por muchos que sean los casos detectados y puestos al descubierto, sigue siendo cierto que una inmensa mayoría de políticos y gestores públicos no están sujetos a escrutinio procesal alguno. ¿O miento?
No solo el problema radica en la concatenación de actos delictivos que  han coincidido en el tiempo. Lo que, realmente,  ha enardecido al pueblo  es la convicción de que se había creado un verdadero sistema de captura de las instituciones y de los recursos públicos en beneficio de unos pocos. De unos pocos que, además, amparándose en el ejercicio de la política, los intereses de partido y las razones de Estado, se forraban y se siguen forrando impunemente. ¿Cómo logramos acabar con ese saqueo de lo público sin convertir la gestión de los asuntos públicos en una selva de procedimientos, garantías y cautelas que al final conviertan en maquinal lo que necesariamente ha de gozar de una cierta capacidad de elección y de discrecionalidad? Es evidente que si a un gestor le dices que ha de hacer, con qué dinero cuenta para hacerlo, le exiges autorización cada vez que quiera mover un euro, y además le dices exactamente porque vía ha de gastarlo, la función de gestión queda reducida a la de tramitador de papeles. Y al final todos salimos perdiendo de una labor más segura, pero probablemente menos eficaz y eficiente. Tradicionalmente se consideraba que era imposible descentralizar la capacidad de decisión y controlar su cometido al mismo tiempo. Hoy sabemos que eso es posible si se utilizan convenientemente circuitos compartidos de información, protocolos de actuación que marquen campos propios de decisión y responsabilidad, y si además se parte de la exigencia de transparencia hacia todas las partes interesadas en la gestión de los asuntos públicos.


Los formatos actuales de poder han de situarse en un nuevo escenario de información y transparencia, argumentando con evidencias, y abriendo puertas y ventanas para que la labor de gestión sea al mismo tiempo eficaz y democrática (en el sentido de compartida). Necesitamos generar instancias de acompañamiento ciudadano a la labor de los gestores públicos, que compensen las rigideces de la burocracia administrativa con los estímulos de las necesidades colectivas. Transparencia y vigilancia compartida, evaluación de políticas en la que intervengan expertos y ciudadanos organizados, y la posibilidad de que en última instancia los tribunales puedan ser vías para que la necesaria autonomía en la gestión pública, su imprescindible margen de acción, quede compensado por la voluntad de coproducir buen gobierno por parte de todos. Lo importante es evitar que resurja ese entramado de intereses y posiciones de poder que encontraban los resquicios para saquear lo público. Pero si algo tenemos claro es que la democracia en su ámbito latino no nos hará libres

Los conservadores españoles son radicales

La Constitución dice muchas cosas una de ellas en su artículo 1.2 rechaza la idea de un poder único, instituyendo la división de poderes, característica del Estado Democrático. Fruto de esta separación ilustrada de la antigua unidad representada en el modelo monárquico absolutista, resulta un poder financiero establecido, al que a su vez afecta la existencia individual de esos poderes de la siguiente manera: si es el poder legislativo el que elabora las leyes que lo regulan esencialmente, al poder ejecutivo le corresponde la aplicación de dichas normas.

Las estructuras de poder financiero y económico configuran, a través de los medios de información y persuasión que influencian (y que en muchas ocasiones controlan), la sabiduría convencional del país, que define cuáles son los términos y conceptos en el discurso político-mediático que deben considerarse aceptables, y cuáles no. En esta sabiduría convencional, el abanico de lo que es aceptable es bastante reducido, reciclándose siempre en una narrativa sesgada y manipulada a su favor. Un ejemplo de ello es la redefinición del abanico político, en el que la derecha, e incluso la ultraderecha, se presentan como centro, y la izquierda como extremista y radical.

España no parecen existir partidos ni de derecha ni de ultraderecha. En realidad, a los partidos conservadores (PP) o liberales (Ciudadanos) se los presenta como partidos de centro, o como máximo de centro-derecha, acentuando más el centro que la derecha. Y a los partidos que son de izquierda, como Podemos e Izquierda Unida, se los presenta como radicales o extremistas, cuyas propuestas son a todas luces irrealizables por su clara inoperancia. Este sesgo es incluso más acentuado en los medios de información económica, que en España alcanzan unos niveles exagerados de sesgo y discriminación.

Otro tanto ocurre con la cobertura que los medios hacen sobre las alternativas políticas a nivel internacional. Así, hemos visto un consenso entre los mayores medios de información y persuasión españoles en su presentación del líder del Partido Laborista, el Sr. Jeremy Corbyn, como un personaje radical, claramente inelegible debido a que sus propuestas están excesivamente alejadas de lo que las estructuras del poder económico y financiero consideran aceptable. Con ello se le intenta marginar, atribuyendo esta marginación a que sus propuestas son tan lejanas del sentir popular del país que hacen imposible que pueda salir elegido en el Reino Unido.

En vista de esta situación, es interesante analizar la propuestas del Sr. Corbyn una por una, y ver si son tan exageradas e impopulares a nivel de calle como indican los establishments financieros-económicos-mediáticos-políticos que ejercen una enorme influencia tanto en el Reino Unido como en España.

Si hacemos una lista de las propuestas supuestamente extremistas de tal político, político que, por cierto, fue elegido como líder del Partido Laborista por nada menos que el 60% de sus bases, muy por encima de los otros candidatos considerados más razonableS, moderados o realistas (y un largo etcétera de adjetivos usados en los medios para definirlos), que alcanzaron unos porcentajes muy inferiores: Burnham 19%, Cooper 17% y Kendall 4,5% (todos ellos discípulos de Tony Blair —fundador del socioliberalismo—, uno de los políticos menos populares hoy en el Reino Unido).

1. Propuesta de no renovar y modernizar los submarinos nucleares armados con el sistema Trident (que ha creado un gran revuelo en el establishment político del Reino Unido, incluyendo un revuelo en el mismo grupo parlamentario laborista británico). En el Parlamento británico solo el Partido Nacional Escocés (independentista escocés) apoya la propuesta. Este partido consiguió una gran popularidad en Escocia, consecuencia de que estaba más a la izquierda que el Partido Laborista (hasta que se eligió al Sr. Corbyn).

Esta oferta intolerable para el establishment financiero, económico, mediático y político del país, ha sido, sin embargo, apoyada por expertos militares, e incluso generales en la reserva, por considerarse tal renovación excesivamente costosa y de escaso valor militar. Por lo visto, algunos de los expertos y generales en la reserva eran, en realidad, “extremistas radicales camuflados”. La mayoría de la población británica, por cierto, parece también estar bajo la influencia de “súper extremistas radicales”, pues también está de acuerdo en no realizar tal inversión militar.

2. Propuesta de no bombardear al ISIS, subrayando que tales bombardeos no conseguirán los objetivos que se quieren alcanzar, señalando que en Irak consiguieron lo contrario de lo que se deseaba, expandiendo considerablemente el fundamentalismo islámico.

El establishment político-mediático británico, sin embargo, ha presentado tal oposición como consecuencia de un pacifismo alarmante del Sr. Corbyn. Es interesante que el desacuerdo de tal establishment con la propuesta de no bombardear los territorios ocupados por el ISIS ha inducido a una persona del propio grupo parlamentario laborista, Ministro de Asuntos Exteriores en la sombra, el Sr. Hilary Benn, presentado por el corresponsal de La Vanguardia en Londres, el Sr. Rafael Ramos, como la “nueva estrella laborista” (La Vanguardia, 12.12.15, p. 15), la esperanza para el deseado relevo al Sr. Corbyn. Tal señor es nada menos que el hijo de Tony Benn, que fue uno de los dirigentes más a la izquierda que haya tenido el Partido Laborista y al que, por lo visto, el hijo le ha salido rana. Por cierto, algo parecido ocurrió con los hijos de mi buen amigo Ralph Miliband, uno de los politólogos más críticos con el laborismo británico, cuyos hijos, Edward y David, fueron los herederos políticos de Tony Blair. El Sr. Benn hijo también había apoyado la invasión de Irak, que el mismo Blair ha indicado recientemente que fue un error.

El Sr. Benn hijo no ha dicho que lo fuera. Y ahora se lo está promoviendo como la gran esperanza del Partido Laborista, sustituyendo al muy odiado (por el establishment) Sr. Corbyn. La mayoría de la población británica, por cierto, está también en contra de los bombardeos, supuestamente influenciados por “extremistas camuflados en las redes sociales”.

3. Propuesta de poner fin a todos los recortes en los servicios públicos del Estado del Bienestar, oponiéndose también a las reformas de los servicios de asistencia a las poblaciones vulnerables, que el gobierno conservador quiere eliminar, afectando a veinte millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza en el Reino Unido. Por lo visto, la mayoría de la población británica ha sucumbido también a las voces supuestamente extremistas que se oponen a tales recortes y tales reformas.

4. Propuesta de deshacer la reforma laboral impuesta por el gobierno conservador, que está dañando enormemente el bienestar de la clase trabajadora británica.

5. Propuesta de defender a los sindicatos frente a los ataques del gobierno Cameron, que quiere destruirlos. La mayoría de la población no favorece las reformas laborales del gobierno Cameron.

6. Propuesta de reintroducir políticas fiscales progresivas que disminuyan las desigualdades de renta tan acentuadas que se han registrado durante los últimos años. El nivel de renta del 0,01% de la población en el Reino Unido ha pasado de ser equivalente a 28 veces el salario promedio nacional en 1975, a 70 veces en 1990 y 120 veces en 2014. Los salarios han bajado durante el periodo conservador, mientras que los ingresos de los dirigentes empresariales han crecido un 151%. La mayoría de la población británica desaprueba el enorme crecimiento de las desigualdades en el Reino Unido.

7. Propuesta de renacionalizar el Servicio Nacional de Salud, las compañías energéticas, de transporte ferroviario y la compañía de correos (que fueron privatizados por los gobiernos conservadores y laboristas anteriores, y que, cada uno de ellos, ha significado un gran deterioro de tales servicios). El 84% de la población está a favor de renacionalizar el Servicio Nacional de Salud, y el 68%, el 67% y el 66% están a favor, respectivamente, de renacionalizar las compañías energéticas, la de correos y la del transporte ferroviario.

Ni que decir tiene que los medios de información y persuasión españoles han reproducido las mismas acusaciones de extremismo hacia el nuevo dirigente del Partido Laborista. Estos son los mismos medios que señalan las propuestas de Podemos e IU como extremistas. ¿Se dan cuenta de quiénes son los actuales extremistas? Estos medios fueron los mismos que apoyaron las políticas neoliberales que han causado un enorme daño a las clases populares, políticas que han sido un desastre.

Estas políticas (impuestas, pues no estaban en las ofertas electorales de los supuestos partidos de centro) han causado el mayor daño conocido durante el periodo democrático al bienestar de estas clases, sin que ninguno de los grandes medios de información y persuasión considerados como moderados y razonables (donde la sabiduría convencional se reproduce) dijera nada. ¿Quiénes son, pues, los extremistas?

Una última nota. Es más que preocupante que la dirección del PSOE, bajo el liderazgo del Sr. Pedro Sánchez, haya caído también en la reproducción de la sabiduría convencional sobre el Sr. Corbyn, indicando que no es el tipo de socialdemocracia que favorecen, identificándose más con Hollande, el Presidente socialista francés. Esta postura es  preocupante, pero predecible. No se dan cuenta —pues nunca han hecho una autocrítica— de lo que está ocurriendo, ni en España ni en Europa. Hollande ha sido una enorme decepción. Y hoy, en Francia, la juventud y la clase obrera están votando a Le Pen. Pero la imposibilidad de la dirección del PSOE de entender lo que está pasando en España es un componente muy negativo, no solo para tal partido (que hizo mucho en el pasado), sino para todo el país.

Vicenç Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

La "farsa" de Podemos o la gran oportunidad de Ciudadanos.

Blog de Juan Pardo
Si bien nunca he intentado comprar la moto que vendía Podemos, si es cierto que en algunos momentos llegué a pensar que podría ser la alternativa de izquierdas que necesita España. El pacto para que el PSOE forme Gobierno en Andalucía ha sido una puñalada trapera a sus votantes. Podemos, políticamente, está agonizando. Las dos estrategias de Podemos tenían posibilidades de evolución, pero el dinero, esa ansia de poder y dinero rápido, les ha matado.
Perfectamente podría haber sido fiel a la necesidad por la que irrumpieron en política, es decir, a convertirse en un movimiento popular que represente a los de “abajo” frente a las élites políticas que han gobernado este país en los últimos 35 años (“la casta”). El objetivo de la llamada “nueva política” sería canalizar la ira contra los partidos tradicionales, grandes o pequeños, lograr representar a todos aquellos indignados con la corrupción y la desigualdad, acabar con el bipartidismo y, de paso, con el llamado “régimen del 78”.

Pero, esa estrategia, Radical/maximalista, exige un perfil ideológico bajo, es decir, desmarcarse de las etiquetas clásicas y, como ha señaló Pablo Iglesias más de una vez, lograr “ocupar la centralidad del tablero político”. Se trataría, en definitiva, de construir un partido de corte centrista que pudiera atraer tanto votantes del PP como del PSOE u otros. Podemos aspiraría a convertirse en un partido mayoritario en tanto en cuanto fuera capaz de representar y aglutinar los anhelos de un pueblo mayoritariamente harto de la política tradicional para el cual las etiquetas izquierda-derecha habrían dejado de funcionar o serían secundarias dado la profundidad de la crisis. En conclusión, ese Podemos aspiraría a ganar por “abajo” y eso hubiese necesitado otra configuración.

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Otra estrategia de Podemos consistiría en, fructificar los errores del PSOE y de Izquierda Unida, para convertirse en el partido hegemónico de la izquierda española para, desde ahí, plantar cara al Partido Popular y, aprovechando su agotamiento, lograr ganar las elecciones generales con una cómoda mayoría absoluta. No se trataría tanto de renunciar a la dimensión “popular” sino a compaginarla con una dimensión de izquierdas. Como hizo el PSOE de 1982, el objetivo sería conectar con el amplísimo número de españoles que se sitúan ideológicamente en el centro-izquierda y cuyas aspiraciones políticas son moderadas y fácilmente representables para un partido político que supiera jugar sus bazas con inteligencia. Desde este punto de vista, la combinación de la crisis económica y el rechazo al Partido Popular habrían abierto una oportunidad única para que la izquierda llegara al poder. Para ello sólo tendría que prometer un Estado interventor y redistribuidor que corrigiera las desigualdades, combatiera eficazmente la corrupción y garantizar una educación y sanidad públicas y universales. Se trataría, en definitiva, de aspirar a ganar por la izquierda, su posición natural.

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Con estas dos estrategias radicales o cuando menos maximalistas, obligarían a concentrar todos los recursos de Podemos en superar al PSOE: una vez convertido éste en tercera fuerza política, sus opciones serían tan pésimas (ser socio menor del PP o de Podemos) que hiciera lo que hiciera acabaría desapareciendo. Podemos aspiraría pues a hundir al PSOE y a IU y recoger los restos de sus respectivos naufragios. Sí, el bipartidismo no fenecería, y el régimen del 78 tampoco, pues Podemos tendría que moderarse bastante para lograr llegar hasta el centro y convertirse en un partido mayoritario. ¿Pero a qué partido le amarga el bipartidismo si consigue ser uno de los partidos?


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Pero es que, además,  la irrupción de Ciudadanos, pone en cuestión la capacidad de Podemos de hegemonizar las aspiraciones de ese gran número de españoles indignados con la vieja política y partidarios de una nueva política que represente mejor a los de abajo y ponga en su sitio a los grandes. Precisamente porque Ciudadanos nace en el centro, ha necesitado muy poco tiempo para instalarse en ese espacio político y hacer una oferta atractiva para los que, desde abajo, quieren acabar con el bipartidismo. Así, Podemos podría muy bien encontrarse con la sorpresa de que para cuando lograra llegar al centro y representar a los de “abajo”, ese espacio ya estuviera ocupado. Podemos se encuentra ante un dilema muy agudo que mucho me llevo quede reducido a humo con olor a corrupción salvaje, aun más nauseabundo. Me pregunto: ¿Sabrán los de Ciudadanos que tienen el poder en sus manos? Pienso que con solo vetar a corruptos en sus filas, tienen Los Gobiernos de España y Cataluña en sus manos.