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Relación nominal de los 50 niños asesinados por Santiago Carrillo. Al parecer¿?, Franco se comerá las uvas en el valle de los Caídos.




Si el problema de los golpistas es Franco, este murió el 20-XI-75 y sus restos yacen en el Valle de los Caídos. 

Pedro Sánchez propuso a Rajoy limitar a dos decretazos como máximo durante cada legislatura.

Como líder de la oposición, el secretario general del PSOE se quejó en reiteradas ocasiones del "abuso" que el Ejecutivo de Mariano Rajoy hacía a su entender de este instrumento que faculta al Gobierno para aplicar leyes sin tener el aval previo de las Cortes. Ahora, como presidente del Gobierno, Pedro Sánchez gobierna a golpe de decretazo sin despeinarse ni sonrojarse. El de Franco ha sido el séptimo en apenas dos meses.

Los decretos ley, que la Constitución limita a casos de "extraordinaria y urgente necesidad", entran en vigor de manera inmediata una vez publicados en el Boletín Oficial del Estado y el Congreso sólo se pronuncia a posteriori.
En el caso de la exhumación de Franco no existe urgencia alguna, pero el Decreto-Ley es la fórmula más conveniente para sacar adelante el plan de un Ejecutivo que sólo tiene 84 diputados y que sufriría intentado legislar de manera ordinaria. De hecho, hasta el momento aún no han registrado ninguna ley fuera de este procedimiento extraordinario.


Es curioso, pero Santiago Carrillo acabó repudiado por el PCE y amparado en el PSOE cuando estaba a punto de dar con todo lujo de detalle la alícuota parte que, en su día, se llevaron los socialistas del oro de Moscú. Es un secreto a voces que la quinta parte del oro se quedó en Francia y por un fallo mecánico se los quedó la Internacional socialista, a cambio de protección y mamandurria de 4 tenedores a la cúpula que nombró Carrillo. Si ese que mató a tantos y tantos miles de personas e incluso niño que a continuación detallo con nombre y apellidos.  


Relación nominal de los 50 niños asesinados en  Paracuellos por Carrillo y cía.

Samuel Ruiz Navarro, 13 años.
Manuel Pedraza García, 15 años.
Francisco Rodríguez Álvarez, 15 años.
Francisco Martín Monterroso, 17 años.
Luis Romeu Cayuela, 17 años.
Luis Abía Melendra, 17 años.
Ramón Alcántara Alonso, 17 años.
Manuel Alonso Ruiz, 16 años.
Jaime Aranda de Lombera, 17 años; también asesinaron a su hermano Andrés, de 22 y su padre Salvador, de 50.
Carlos Arizcun Quereda, 17 años.
José A. Barreda Fernández Cerceda, 17 años.
Manuel Blanco Urbina, 17 años.
Vicente Caldón Gutiérrez, 17 años.
José María Casanova y González Mateo, 17 años.
Antonio Castillejos y Zard, 16 años.
Víctor Delgado Aranda, 17 años.
Vicente Galdón Jiménez, 17 años.
Manuel Garrido Jiménez, 17 años; también asesinaron a su hermano Enrique, de 21.
Aurelio González González, 17 años.
Rafael Gutiérrez López, 17 años.
Adolfo Hernández Vicente, 17 años.
Miguel Iturruran Laucirica, 17 años.
Ángel Marcos Puente, 17 años.
Emilio Morato Espliguero, 17 años.
Saturnino Martín Luga, 17 años.
Ramón Martín Mata, 17 años.
José María Miró Moya, 16 años.
Carlos Ortiz de Taranco Cerrada, 17 años.
Antonio Rodríguez de Ángel, 17 años.
José Luis Rodríguez de la Flor Torres, 17 años.
Epifanio Rodríguez García de la Rosa, 17 años.
José María Romanillos Hernando, 17 años.
Manuel Ruiz Gómez de Bonilla, 16 años.
Juan Carlos Sagastizabal Núñez, 17 años.
Alfonso Sánchez Rodríguez del Arco, 16 años.
Alfredo Santiago Lozano, 17 años y a su hermano Manuel, de 20.
Enrique Sicluna Rodríguez, 16 años.
Óscar Suárez Lorenzo, 17 años.
Guillermo Torres Muñoz de Barquín, 17 años.
Bernardino Trinidad Gil, 16 años.
Tarsilo de Ugarte Ruiz de Colunga, 17 años.
José Luis Vadillo y de Alcalde, 17 años  a su hermano Florencio, de 21.
Alejandro Villar Plasencia, 17 años.
Olegario Zorrella Muñoz, 17 años.
Alfredo Zugasti García de Paredes, 17 años.
Enrique Arregui Hidalgo, 17 años.
Rafael Arrizabalaga Español, 17 años.
Félix Berceruelo Martín, 17 años.
Jesús Calvo Quemada, 17 años.
José Luis Pérez Cremos, 16 años.

Ruego una oración por sus almas y por las de todos los asesinados.

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Juan Pardo. juanpardo15@gmail.com

Carrillo, nunca tuvo rabo ni cuernos.


Triste y longeva la vida de Santiago Carrilllo, lo utilzó el franquismo, la transición, Suárez, Felipe González  y hasta Fraga Iribarne y sin lugar a dudas era el mejor estadista y menos corrupto de los políticos. No le imputan que mató a Manolete, porque está demostrado que fue un toro llamado Islero. Desde el que padeció en su juventud republicana “el izquierdismo, como enfermedad infantil del comunismo”, con un abrazo a la revolución proletaria, hasta el utilitario colaborador de la Transición protagonizada por la Monarquía; desde el hospedaje en dictaduras estalinistas, hasta su búsqueda de un lugar bajo el paraguas democrático del eurocomunismo; desde el liderazgo implacable en su organización, hasta el exilio interior por sus fracasos; desde su figura como símbolo de la crueldad de la Guerra hasta su presencia como invitado en los cócteles del sistema.
Cuantos Carrillos hay que dan para mucho. Sólo por quedarnos en los últimos tiempos, desde la legalización del Partido Comunista (1977) hasta nuestros días, Carrillo fue posibilita, pactista con la izquierda aunque siempre rechazado por el PSOE; quedó ausente desde que fue aplastado por el triunfo de Felipe González en 1982, y sólo emergió para enfrentarse visceralmente con la derecha tras el triunfo de Aznar. Pareció reactivarse con ilusión por Zapatero, quizá porque le producía nostalgia el infantilismo y, por supuesto, estaba fascinado con su memoria histórica. Y terminó como siempre había sido: antagonista de la derecha y de la Iglesia, socarrón, autoexculpado, lúcido y políticamente más sólo que la una, porque poco afecto quedaba de sus camaradas, y menos de los oponentes, salvo el de permitirle que participara en sus saraos y en sus homenajes como personaje que ya no era peligroso sino pieza de museo.
El problema de Santiago Carrillo, que utilizó a muchos muchas veces, es que también fue utilizado, se diese o no cuenta. Adolfo Suárez le usó al legalizar el Partido Comunista, lo que si bien causó numerosos problemas al primer presidente de la democracia, le aportó una ayuda inestimable al fragmentar el voto de la izquierda ante la pujanza del PSOE respaldado por poderosas fuerzas mundiales.
Si a este hecho se añade el antiguo anticomunismo de los socialistas, se entenderá por qué si de alguien habló siempre con ensañamiento Felipe González fue de Carrillo. Casi tan mal como de Tierno Galván. Por eso, el PSOE de González no paró hasta la destrucción de la alternativa comunista, como tampoco pararía un heredero de Carrillo, Julio Anguita, hasta la destrucción de Felipe González, muchos años después.
Santiago Carrillo fue una pieza clave de la reconciliación nacional, pero también porque era al primero que le convenía. Porque a la muerte de Franco, los franquistas que quedaron se reconvirtieron con relativa facilidad a la democracia, porque no eran coetáneos de la Guerra, sino apenas hijos de quienes la protagonizaron. Pero Carrillo (y Dolores Ibarruri) habían tenido un papel estelar. Y no es lo mismo la sangre en las manos, que una fotografía de tu padre con el fusil en bandolera.
Bastantes muchas veces fue útil, sin embargo. Porque al hacerse perdonar, también ayudó a que otros no quisieran cavar tumbas, hasta el momento estelar del inefable Zapatero. El más hábil Carrillo salió en aquellos momentos de la Transición. El dirigente republicano que aceptaba la Monarquía, el comunista que metía en el armario la bandera roja y exponía la rojigualda, el revolucionario que calmaba a las masas indignadas ante las agresiones anticomunistas de los últimos fascistas. El tipo que llegó a aguardar un destino fatal sentado en el escaño ante la pistola de Tejero.
Todo eso le dio un papel icónico, y le concedió algunos escaños significativos en las elecciones, en torno a la veintena en los primeros años de la Transición, y pudo explayarse con todo tipo de memorias que iban revisando paulatinamente su compleja biografía. Una biografía que bastantes nietos de la Guerra no han podido digerir, porque Carrillo salió impune de ella y de su parte alícuota de crímenes, pero que otros muchos han idealizado como paradigma de la reconciliación y del perdón.
No deja de ser anecdótico, porque Carrillo dio de sí en la política española lo que dio. Apenas cinco años reales a cara descubierta (1977 a 1982), o diez, si contamos el tiempo en el que maniobró en la heterogénea oposición clandestina al franquismo (Junta Democrática y Platajunta), con el indisimulado proyecto de lavar la cara comunista y controlar después esos movimientos. Lo que, evidentemente, no fue posible, porque nadie, ni dentro ni fuera tuvo el más mínimo interés en que en un país clave del flanco sur de la Otan tuvieran nada que hacer los comunistas, aunque se llamaran eurocomunistas.
De todo esto deducimos porque, Santiago Carrillo no ganó mucho dentro de España, ni siquiera dentro de su propio partido, pero por lo menos logró ser aceptado en su vida civil. Para los jóvenes de la Transición, su controvertida figura también es un recuerdo de la juventud perdida. Por eso escucharemos muchas elegías.
Inmensas toneladas de papel se le han dedicado, y él nos ha abrumado con no menos libros. Todos ellos narran una historia: la de una persona que perdió muy joven una guerra, y nunca ganó ninguna de mayor.
RIP, Carrillo. Rajoy mata a niños en la más triste y penosa hambruna con el respaldo de once millones de equivocados y hasta le aplauden.