Sánchez opta por morir matando.


No existe ninguna democracia occidental que haya soportado una situación jurídica y política tan grave como la que sufre esta España estancada desde hace años en una red de corrupción sistemática. Estancada por la decisión, dejación o inacción única, personal e intransferible del presidente Pedro Sánchez.

Habría que buscar en perfiles muy distintos al de un gobernante democrático para encontrar a alguno dispuesto a resistir hasta más allá de la razón y de la ética, aunque implicara un mal mayor para el futuro de los suyos. Esa resistencia, que ha tenido ya un coste político enorme para muchos de los suyos, va a seguir provocando un deterioro al Partido Socialista del que tardará años en recuperarse. Si es que no desaparece como ocurrió en Italia o Francia.

Pareciera que ese afán de Sánchez de intentar terminar la legislatura como sea se basara en su necesidad de poder dirigir hasta el final toda la maquinaria del Estado, aunque sea corrompiéndola también. Muy tocadas están ya instituciones como la Fiscalía General del Estado o la Dirección General de la Guardia Civil. Anticorrupción pidiendo que se investigue y averigüe quién dio vía libre a Leire para reunirse en la propia sede, con la siempre inquietante actividad del ex fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz.

O esa UCO que apunta directamente a su propia directora general, Mercedes González, como colaboradora de la trama de las cloacas de Leire, ordenando abrir investigaciones contra la propia UCO. Mercedes González compite ya con Luis Roldán por el puesto de peor director general de la historia de la Guardia Civil. Pese a todo, ella no dimite. Y Grande-Marlaska no la cesa. Estilo Sánchez.

A Sánchez le da igual ya todo. Va a morir matando. Sabe que muchas de las tramas avanzan sobre él. Cada nuevo informe de la UCO es más demoledor por lo que supone de cercanía a Sánchez. El PSOE pagó a la trama corrupta de Leire con fondos no registrados en su contabilidad oficial. Ahora, y de nuevo gracias a esa UCO independiente y rigurosa, hay ya evidencias de la existencia de correos de Santos Cerdán, del número tres del PSOE, dando instrucciones para cubrir los gastos de los viajes de Leire Díez. Ferraz no solo sabía la trama para entorpecer las acciones judiciales y policiales, sino que la dirigía y la pagaba. Moncloa también la sabía. Todos lo sabían. Hasta P. S.

Es todo tan evidente que ya no manifiestan la inocencia de los imputados. Han cambiado. Ahora sus manifestaciones buscan grietas técnicas que puedan invalidar pruebas, evidencias o testimonios. Ya no se manifiestan inocentes; ahora buscan que no se demuestre su culpabilidad. Olvidaron la ética, olvidaron la responsabilidad política y ahora buscan ya la salvación penal.

En este contexto de podredumbre, Sánchez se ata a su sillón en la Moncloa. Aforado y protegido por esa estructura del Estado conquistada para el sanchismo, intenta resistir en su búnker esperando un milagro que haga olvidar al electorado de izquierdas esos quince casos abiertos de corrupción y a esas decenas de cargos socialistas ya imputados. Vox parece que ya no funciona. Trump, tampoco.

Uno solo de los quince escándalos de corrupción que apuntan al Gobierno, al partido y al entorno familiar de Sánchez habría provocado la dimisión inmediata de sus responsables políticos. Es la práctica habitual democrática en otras naciones y lo era antes también en España. Había un sentido de la vergüenza política y moral. Y había un complejo de culpabilidad frente a la sociedad civil. No hace falta retroceder mucho en el tiempo. El Gobierno de Mariano Rajoy cayó por la corrupción y así fue entendido incluso por su propio electorado.

Todo cambió con Sánchez. Un político capaz de intentar un pucherazo con una urna escondida a sus propios compañeros y en la misma sede de Ferraz dejaba ya ver a un político capaz de todo. Sin límites éticos ni morales que pudieran limitar su adicción al poder. En torno a él creció la mayor red de corrupción vista en democracia en nuestro país.

Una red, esa es la cuestión clave. No son casos aislados de políticos que se quieren forrar con mordidas en mascarillas o en obras públicas. Es peor. Es una red cancerígena que se ha extendido por todas las administraciones y que afecta también al propio PSOE. Todas las tramas, como estamos viendo, están conectadas entre sí. Una SEPI cancerígena. Y eso es lo que sabemos de momento. Miles de millones de euros procedentes de fondos europeos nunca han sido controlados ni auditados. Tres años sin Presupuestos Generales han fulminado cualquier atisbo de transparencia y rigor.

Los escándalos se han sucedido a un ritmo imposible de aguantar para cualquier otro político o partido. Cada nuevo escándalo tapaba al anterior. Y pese a todo, nunca le ha importado a Sánchez el deterioro de la confianza de la ciudadanía en la clase política o el deterioro de las instituciones. La verdad es que nunca le ha importado nada a Pedro Sánchez más allá del poder de Pedro Sánchez.

Cualquier día de esta semana judicial sería letal para cualquier dirigente europeo con un mínimo de ética y vergüenza política. No es el caso. Sánchez está dispuesto a alargar la agonía de este Gobierno, que no gobierna, hasta 2027. Le da igual esconderse tras la sotana del papa, aunque lleve años alardeando de no pisar una iglesia, ni siquiera en los funerales de Estado. Será cuestión de días que intente vendernos que los esperados triunfos de nuestra selección en el Mundial de Fútbol son también obra suya.

Ha sacrificado a su propio partido en las últimas cuatro elecciones autonómicas con cuatro batacazos seguidos y hundimientos del voto socialista. Sánchez gobierna sin haber ganado las elecciones. Sus acuerdos y pagos a los socios independentistas ya le costaron al PSOE un gran número de gobiernos autonómicos y ayuntamientos en mayo del 23. Ahora, quince escándalos de corrupción socialista después, se dispone a repetir la jugada. Retrasar las generales hasta finalizar el mandato de cuatro años y dejar solos ante el paredón del voto ciudadano a los candidatos socialistas en las próximas autonómicas y municipales. Quiere que ellos se lleven el castigo destinado a él. Incluso los hay dentro del PSOE que aseguran que Sánchez no sufriría mucho si ese castigo supusiera la pérdida de la mayoría absoluta en Castilla-La Mancha de Emiliano García-Page, el único cargo socialista que de verdad se atreve a mostrar en público sus diferencias con Sánchez.

Los escándalos cada vez se acercan más al propio Sánchez. La posibilidad de nuevas revelaciones que pudieran suponer una imputación ya no parece tan descartable. La imputación de Zapatero con sus comisiones es gravísima. El descubrimiento de las joyas escondidas en una caja fuerte y sin declarar a Hacienda es letal de necesidad. Zapatero está muerto políticamente. Su declaración ante el juez esta semana parece tan compleja para su situación que hasta el juez le ha concedido dos días para que se explique. Pide más días, pero no tiene explicación fácil. Hasta su portavoz oficial, Luis Arroyo, ha tenido que recoger cable y hacerse el desaparecido.

Más letal todavía para Sánchez es la trama de las cloacas. Esas agendas de Leire son ya la Piedra Rosetta de la corrupción socialista. En ellas está la traducción de esa trama de corrupción generalizada, extensa y chusca. Son la visión corrompida del poder y de la política. Son las agendas de las cloacas.

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