Sigue el blog por EMAIL. Seguir por EMAIL

martes, 17 de mayo de 2016

Todos somos víctimas y cómplices de la corrupción

La semana pasada se llevó a cabo en Londres una Cumbre Mundial Anticorrupción, que reunió a jefes de Estado y de Gobierno, a ministros, empresarios, ONG, académicos y líderes sociales que se han especializado o distinguido, estos últimos, por sus investigaciones y activismo en contra de uno de los mayores males que aquejan a la humanidad.
La Cumbre, que pasó relativamente desapercibida en nuestro país, produjo lo que las cumbres globales, regionales, binacionales e intergalácticas suelen: declaraciones, posicionamientos, análisis, compromisos, metas y retórica, mucha retórica.
De no haber sido por un par de deslices de los anfitriones británicos, la Cumbre habría sido aún menos llamativa. Pero salió al rescate el primer ministro David Cameron: creyendo que los micrófonos de las cámaras de televisión estaban apagados, le dijo nada menos que a la reina Isabel y al arzobispo de Canterbury, que lo miraban entre incrédulos y divertidos, que en la Cumbre recibirían a “los líderes de países fantásticamente corruptos… A los de Nigeria y Afganistán, posiblemente los dos países más corruptos del mundo…”
Cameron es experto en meter la pata en público y en privado, pero una cosa es decir algo fuera de lugar y otra ofender a dos de sus invitados, que además merecerían cierta cortesía: el nuevo presidente de Nigeria es reconocido no solo por su honestidad personal, sino por los esfuerzos que realiza para combatir la ciertamente endémica corrupción. Y Afganistán es un Estado semi fallido, gracias en parte a la miopía de dos de sus semiocupantes, EU y Gran Bretaña, que conforman el grueso de las fuerzas militares que dan soporte al gobierno afgano. Corresponsables del desastre, cuando menos.
La respuesta del mandatario nigeriano Muhammadu Buhari fue, esa sí, fantástica: sin mencionar a Cameron, señaló que la corrupción es como la Hidra (el monstruo mitológico de muchas cabezas, al que le crecen dos nuevas por cada una que se le corta), que no distingue entre naciones desarrolladas o en vías de desarrollo. Más lejos, propuso la creación de una infraestructura internacional que rastree el dinero robado de naciones saqueadas y proceda a su devolución.
Dio en el clavo: por supuesto que en muchos países subdesarrollados la corrupción es legendaria, asoladora. Pero con frecuencia los beneficiarios son los países más ricos: sus bancos, sus mercados inmobiliarios, sus bolsas de valores, sus comerciantes de artículos de lujo. Por no hablar de tantas empresas multinacionales que no tienen empacho en utilizar la corrupción para “aceitar” sus negocios. El continente africano es un laboratorio de cómo funciona todo esto, con mineras, petroleras, traficantes de armas y de diamantes que hacen su agosto al tiempo que llenan los bolsillos de los corruptos que, más pronto que tarde, se llevan sus dineros mal habidos justamente a esas naciones.
Buhari tiene razón cuando dice que la corrupción no es exclusiva de nadie, y que durante mucho tiempo su combate ha estado más marcado por la hipocresía y la doble moral que por la eficacia y el compromiso serio. Algunos de los acuerdos en Londres, como la obligación de hacer publico el verdadero nombre de los propietarios de compañías y de propiedades, fue asumido por 6 (¡!) países (GB, Francia, Holanda, Afganistán, Kenia y Nigeria). Solamente 40 aceptaron compartir entre sí dicha información, manteniéndola confidencial. Entre las naciones que se negaron a esto, notorios paraísos fiscales tales como las Islas Vírgenes Británicas y, agárrese, querido lector, Estados Unidos.
Ahora, debidamente irritados o escandalizados por todo lo anterior, echemos un vistazo a nuestro alrededor. ¿Usted cree que son solo los políticos los corruptos? ¿O solo los empresarios? ¿O los ricos? ¿O los priístas/panistas/perredistas/morenistas?
¿Estamos realmente tan limpios de culpa como para andar aventando piedras? Yo creo que mejor nos haría un vistazo al espejo.
Publicar un comentario