BREXIT La UE forzará a que el Reino Unido se vaya cuanto antes.


Los presidentes de las principales instituciones comunitarias se han reunido en Bruselas para afrontar el nuevo escenario que abre el 'Brexit 

Lo inimaginable se hizo realidad: el Brexit condena a Europa a una era de incertidumbre. Más allá de las turbulencias financieras, Bruselas teme una sacudida política tras la salida de Reino Unido. “Esperamos empezar a negociar cuanto antes”, explicaron las instituciones europeas, que se toparon con la negativa del Ejecutivo británico, que no quiere apresurarse. Lo que viene es un largo adiós cargado de incógnitas: Londres quiere mantener el acceso al mercado único pero frenar la libre circulación de personas; Europa no está por la labor.
Juncker en la Comisión, esta mañana. QUALITY
Crash es una onomatopeya que procede de la física: del choque de un objeto de metal contra el hormigón. Lehman Brothers hizo crash en otoño de 2008 y provocó un huracán en el Atlántico Norte. Grecia hizo crash poco después y generó una crisis en la periferia del euro. La Gran Recesión acumula un buen número de sacudidas de ese calibre, pero ahora el principal riesgo en Europa es que el crash salpique a las procelosas aguas de la política. En todo el continente vienen asomando populismos extremistas que han trasladado la habitual lucha izquierda-derecha a una nueva dicotomía: partidarios contra detractores delestablishment.

Londres devuelve a Europa al primer plano de la crisis. Las turbulencias financieras fueron ayer sobresalientes, con la libra y la banca en el epicentro y todo quisque mirando de reojo las primas de riesgo. Pero en Bruselas se teme ahora tanto el contagio en los mercados como el contagio político si los partidos euroescépticos, al alza en varios países, copian el precedente británico. Tanto las instituciones europeas como los principales líderes del continente salieron como un vendaval para tratar de minimizar ese riesgo con un mensaje de unidad de los Veintisiete, que ya difícilmente volverán a ser Veintiocho tras el referéndum. Y con el deseo de negociar cuanto antes la salida del club del Reino Unido “para evitar alargar innecesariamente la incertidumbre”, explicó el jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.El temor en Bruselas, más allá de las turbulencias en los mercados, es que el Brexit abra una etapa de incertidumbre política con potenciales referéndums en los países en los que el populismo tiene más músculo. “Reino Unido ha elegido el camino de la inestabilidad; el resto de socios europeos no debería seguir esa senda”, acertó a decir a ese respecto el jefe del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem.

Esa premura es poco probable. David Cameron dimitió ayer con efectos retardados —seguirá hasta otoño—, pero anunció que no enviará la petición formal de negociación hasta octubre, pese a que había dado su palabra de hacerlo de inmediato. Ese retraso causó un formidable malestar en Bruselas. Londres quiere asegurarse el mejor acuerdo posible: mantener el acceso al libre mercado pero restringir la libre circulación de personas. París se niega a hacer la mínima concesión al respecto, pero incluso Berlín, con una aproximación más pragmática, se resiste a las peticiones de Cameron para evitar dar bazas a los Le Pen del continente.
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Retahíla de encuentros

Los próximos días habrá un reguero de reuniones previas a la cumbre de la semana que viene. Los ministros de Exteriores de los seis socios fundadores de la UE se verán las caras mañana en Berlín. La canciller Angela Merkel ha citado el lunes al francés François Hollande, al italiano Matteo Renzi y al presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. Los tres grandes socios de la Unión quieren presionar a Londres para que se avenga a negociar cuanto antes, pero buscan sobre todo dejar claro que el proyecto sigue en marcha, además de sentar las bases de cómo funcionará una UE a Veintisiete, sin Reino Unido.
Nada de eso va a ser fácil. Los efectos secundarios del Brexit son muy diversos: para empezar, la UE ya nunca jamás volverá a ser un proyecto irreversible. Europa pierde a la segunda economía del bloque, y esa salida deja enormes incertidumbres financieras y problemas económicos: peligra la frágil recuperación europea. Además, arroja tensión política a espuertas: Europa pierde un contrapeso de Alemania y Francia, y a esa salida le pueden seguir otras si los populistas, tal como avanzaron ayer, se empeñan en seguir la senda de los referéndos. La resistencia de Europa, en fin, se pondrá a prueba en las próximas semanas. Por enésima vez en esta interminable crisis.


LA EUROPA DE LOS 27 ECHA A ANDAR

C. P, BRUSELAS
Aún conmocionados por la sacudida británica, los líderes europeos han decidido acostumbrarse cuanto antes a caminar sin Reino Unido. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha convocado para el próximo 29 de junio la primera cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que excluirá al mandatario británico, David Cameron. Aunque se trata de un encuentro informal, constituye la primera señal de que la UE proyecta ya su futuro sin la segunda economía del club comunitario.
Tusk envió ayer la carta de invitación para la cumbre del 28 y el 29 de junio y esbozó los detalles de ese encuentro singular. Se trata de discutir “las implicaciones políticas y prácticas del Brexit”, en primer lugar, “el llamado proceso de divorcio” previsto en el artículo 50 del tratado europeo. A partir de ahí, habrá “una discusión sobre el futuro de la UE con 27 Estados miembros”.
La cita se producirá un día después de que Cameron les explique a sus todavía socios el nuevo escenario. Previsiblemente, estos le urgirán a invocar el artículo 50, que permite empezar a negociar la salida y limitar la incertidumbre. Pese a prometer que lo haría, Cameron renuncia ahora a notificar formalmente el resultado del referéndum.

Otra vez más de lo mismo, nadie puede gobernar, nadie será presidente.

Un pacto entre las tres fuerzas inequívocamente democráticas, proeuropeas y modernas —PP, PSOE y Ciudadanos— exige realismo, generosidad y espíritu tolerante

FERNANDO VICENTE
Todo el mundo parece de acuerdo en que las elecciones en España acabaron y certifican el fin  del bipartidismo y una inequívoca mayoría parece celebrarlo. Yo no lo entiendo. La verdad es que ese período que ahora termina en el que el Partido Popular y el Partido Socialista se han alternado en el poder ha sido uno de los mejores de la historia española. La pacífica transición de la dictadura a la democracia, el amplio consenso entre todas las fuerzas políticas que lo hizo posible, la incorporación a Europa, al euro y a la OTAN y una política moderna, de economía de mercado, aliento a la inversión y a la empresa produjo lo que se llamó “el milagro español”, un crecimiento del producto interior bruto y de los niveles de vida sin precedentes que hizo de España una democracia funcional y próspera, un ejemplo para América Latina y demás países empeñados en salir del subdesarrollo y del autoritarismo.
Es verdad que la lacra de esos años fue la corrupción. Ella afectó tanto a populares como socialistas y ha sido el factor clave —acaso más que la crisis económica y el paro de los últimos años— del desencanto con el régimen democrático en las nuevas generaciones que ha hecho surgir esos movimientos nuevos, como Podemos y Ciudadanos, con los que a partir de ahora tendrán que contar los nuevos Gobiernos de España. En principio, la aparición de estas fuerzas nuevas no debilita, más bien refuerza la democracia, inyectándole un nuevo ímpetu y un espíritu moralizador. Acaso el fenómeno más interesante haya sido la discreta pero clarísima transformación de Podemos que, al irrumpir en el escenario político, parecía encarnar el espíritu revolucionario y antisistema, y que luego ha ido moderándose hasta proclamar, en boca de Pablo Iglesias, su líder, una vocación “centrista”. ¿Una mera táctica electoral? Tengo la impresión de que no: sus dirigentes parecen haber comprendido que el extremismo “chavista”, que alentaban muchos de ellos, les cerraba las puertas del poder, e iniciado una saludable rectificación. En todo caso, el mérito de Podemos es haber integrado al sistema a toda una masa enardecida de “indignados” con la corrupción y la crisis económica que hubieran podido derivar, como en Francia, hacia el extremismo fascista (o comunista).

¿Puede España seguir ese buen ejemplo? Sin ninguna duda; el espíritu que hizo posible la Transición está todavía allí, latiendo debajo de todas las críticas y diatribas que se le infligen, como han demostrado la campaña electoral y las elecciones del domingo pasado que (salvo un mínimo incidente) no pudieron ser más civilizadas y pacíficas.
¿Y ahora qué? El resultado de las elecciones es meridianamente claro para quien no está ciego o cegado por el sectarismo: nadie puede formar Gobierno por sí solo y la única manera de asegurar la continuidad de la democracia y la recuperación económica es mediante pactos, es decir, una nueva Transición donde, en razón del bien común, los partidos acepten hacer concesiones respecto a sus programas a fin de establecer un denominador común. El ejemplo más cercano es el de Alemania, por supuesto. Ante un resultado electoral que no permitía un Gobierno unipartidista, conservadores y socialdemócratas, adversarios inveterados, se unieron en un proyecto común que ha apuntalado las instituciones y mantenido el progreso del país.
La aparición de Podemos y Ciudadanos no debilita la democracia sino que la refuerza
Sólo dos coaliciones son posibles dada la composición del futuro Parlamento, el PSOE, Podemos y Unidad Popular, que, como no alcanzan mayoría, tendría que incorporar además algunas fuerzas independentistas vascas y/o catalanas. Difícil imaginar semejante mescolanza en la que, como ha dicho de manera categórica Pablo Iglesias, el referéndum a favor de la independencia de Cataluña sería la condición imprescindible, algo a lo que la gran mayoría de socialistas y buen número de comunistas se oponen de manera tajante. Pese a ello, no es imposible que esta alianza contra natura, sustentada en un sentimiento compartido —el odio a la derecha y, en especial, a Rajoy— se realice. A mi juicio, sería catastrófica para España, pues probablemente las contradicciones y desavenencias internas la paralizaría como Gobierno, retraería la inversión y podría provocar un cataclismo económico para el país de tipo griego.
Por eso, creo que la alternativa es la única fórmula que puede funcionar si las tres fuerzas inequívocamente democráticas, proeuropeas y modernas —el Partido Popular, el Partido Socialista y Ciudadanos—, deponiendo sus diferencias y enemistades en aras del futuro de España, elaboran seriamente un programa común de mínimos que garantice la operatividad del próximo Gobierno y, en vez de debilitarlas, fortalezca las instituciones, dé una base popular sólida a las reformas necesarias y de este modo consiga los apoyos financieros, económicos y políticos internacionales que permitan a España salir cuanto antes de la crisis que todavía frena la creación de empleo y demora el crecimiento de la economía.
El espíritu que hizo posible la Transición late debajo de todas las críticas y diatribas
Esto es perfectamente posible con un poco de realismo, generosidad y espíritu tolerante de parte de las tres fuerzas políticas. Porque este es el mandato del pueblo que votó el domingo: nada de Gobiernos unipartidistas, ha llegado —como en la mayoría de países europeos— la hora de las alianzas y los pactos. Esto puede no gustarle a muchos, pero es la esencia misma de la democracia: la coexistencia en la diversidad. Esa coexistencia puede exigir sacrificios y renunciar a objetivos que se considera prioritarios. Pero si ese es el mandato que la mayoría de electores ha comunicado a través de las ánforas, hay que acatarlo y llevarlo a la práctica de la mejor manera posible. Es decir, mediante el diálogo racional y los acuerdos, con una visión no inmediatista sino de largo plazo. Y ver en ello no una derrota ni una concesión indigna, sino una manera de regenerar una democracia que ha comenzado a vacilar, a perder la fe en las instituciones, por la cólera que ha provocado en grandes sectores sociales el espectáculo de quienes aprovechaban el poder para llenarse los bolsillos y una justicia que, en vez de actuar pronto y con la severidad debida, arrastraba los pies y algunas veces hasta garantizaba la impunidad de los corruptos.
España está en uno de esos momentos límites en que a veces se encuentran los países, como haciendo equilibrio en una cuerda floja, una situación que puede precipitarlos en la ruina o, por el contrario, enderezarlos y lanzarlos en el camino de la recuperación. Así estaba hace unos 80 años cuando prevaleció la pasión y el sectarismo y sobrevino una guerra civil y una dictadura que dejó atroces heridas en casi todos los hogares españoles. Es verdad que la España de ahora es muy distinta de ese país subdesarrollado y sectarizado por los extremismos que se entremató en una guerra cainita. Y que la democracia es ahora una realidad que ha calado profundamente en la sociedad española, como quedó demostrado en aquella Transición tan injustamente vilipendiada en estos últimos tiempos. Ojalá que el espíritu que la hizo posible vuelva a prevalecer entre los dirigentes de los partidos políticos que tienen ahora en sus manos el porvenir de España.

Palestina, no se entiende....

Muchos israelíes dedican sus esfuerzos a denunciar las injusticias que sufren los palestinos, sin importarles las amenazas, los insultos o las acusaciones de traición


Yehuda Shaul tiene 33 años pero parece de 50. Ha vivido y vive con tanta intensidad que devora los años, como los maratonistas los kilómetros. Nació en Jerusalén, en una familia muy religiosa y es uno de 10 hermanos. Cuando lo conocí, hace 11 años, todavía llevaba la kipá. Era un joven patriota, que debió destacar en el Ejército mientras hacía el servicio militar, pues, al cumplir los tres años obligatorios, el Tsahal le propuso seguir un curso de comandos y estuvo un año más en filas, como sargento. Al retornar a la vida civil, igual que muchos jóvenes israelíes, viajó a la India, a aclarar sus ideas. Allí reflexionó y pensó que sus compatriotas ignoraban las cosas feas que hacía el Ejército en los territorios ocupados y que su obligación moral era hacérselo saber.

Hasta hace relativamente poco tiempo, gracias a la democracia que reinaba en el país para los ciudadanos israelíes, Breaking the Silence podía operar sin problemas, aunque fuera muy criticada por los sectores nacionalistas y religiosos. Pero, desde que entró en funciones el Gobierno actual —el más reaccionario y ultra de la historia de Israel— se ha desatado una campaña durísima contra los dirigentes de la institución, acusándolos de traidores y pidiendo que sean puestos fuera de la ley, en el Parlamento, por boca de ministros y líderes políticos y en la prensa. Y abundan los insultos y amenazas en las redes sociales contra sus fundadores. Yehuda Shaul no se siente intimidado y no piensa hacer ninguna concesión. Dice ser un patriota y un sionista y estar empeñado en lo que hace no por razones políticas sino morales.Para ello, Yehuda y un fotógrafo, Miki Kratsman, fundaron el 1 de marzo de 2004 Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), una organización que se dedica a recoger testimonios de exsoldados y soldados (cuyas identidades mantienen en secreto). En exposiciones y publicaciones destinadas a informar al público, en Israel y en el extranjero, exhiben la verdad de lo que ocurre en todos los territorios palestinos que fueron ocupados luego de la guerra de 1967. (El próximo año se cumplirá medio siglo de la ocupación). Textos y vídeos pasan, antes de ser expuestos, por la censura militar, pues Yehuda y su medio centenar de colaboradores no quieren violar la ley. Los testimonios recogidos superan el millar.

Convertirse en un país colonial, que no escucha, hace que la nación pierda su aura prestigiosa
Hay en la milenaria historia judía una tradición que nunca se interrumpió: la de los justos. Esos hombres y mujeres que, de tanto en tanto, surgen en los momentos de transición o de crisis, y hacen oír su voz, enfrentados a la corriente, indiferentes a la impopularidad y a los peligros que corren actuando de ese modo, para exponer una verdad o defender una causa que la mayoría, cegada por la propaganda, la pasión o la ignorancia, se niega a aceptar. Yehuda Shaul es uno de ellos, en nuestros días. Y, por fortuna, no es el único.
Allí está todavía, impertérrita, la periodista Amira Hass, que se fue a vivir a Gaza para padecer en carne propia las miserias de los palestinos y documentarlas día a día en sus crónicas de Haaretz. A ella le debo haber pasado, hace unos años, en la asfixiante y atestada ratonera que es la Franja, una noche inolvidable en casa de una pareja de palestinos dedicada a la acción social. Y su colega Gideon Levy, incansable escribidor, a quien encuentro, luego de un buen tiempo, siempre batallando por la justicia con la pluma en la mano, aunque con el ánimo menos enhiesto que antaño porque a su alrededor se encoge cada día más el número de los defensores de la racionalidad, de la convivencia y de la paz y crecen sin tregua los fanáticos de las verdades únicas y del Gran Israel que tendría, nada menos, que el respaldo de Dios.
Pero en este viaje he conocido otros, no menos limpios y valientes. Como Hanna Barag, que, a las cinco de la madrugada, en el cruce de Qalandiya, lleno de rejas, cámaras y soldados, me fue mostrando la agonía de los trabajadores palestinos que, pese a tener permiso y trabajo en Jerusalén, deben esperar horas de horas antes de poder entrar a ganarse el sustento. Hanna y un grupo de mujeres israelíes se apostan cada madrugada, ante esas alambradas, para denunciar las demoras injustificadas y protestar por los abusos que se cometen. “Tratamos de llegar hasta los jefes”, me dice, señalando a los soldados, “porque estos ni siquiera nos escuchan”. Es una anciana menudita y llena de arrugas pero en sus ojos claros brillan una luz y una decencia cegadoras.
Y también es un justo, aunque ni siquiera lo sospeche, el joven Max Schindler, a quien conozco en Susiya, una aldea miserable de las montañas del sur de Hebrón; es muy tímido y tengo que sacarle con sacacorchos que me diga qué hace aquí, rodeado de niños famélicos, en este lugar fuera del mundo al que los colonos de la vecindad vienen a cortarle los árboles y a destruir sus cosechas, y a veces a apalear a los vecinos, y sobre cuyas escasas viviendas pesa una orden de demolición. Es un voluntario, que se ha venido a vivir a Susiya —a sobrevivir más bien— por unos meses y dedica su tiempo a enseñar a los aldeanos el inglés. “Quisiera que sepan que hay otro Israel”, me dice, señalando a los aldeanos.
Son miles de justos, pero no lo bastantes para rectificar ese movimiento que empuja a Israel hacia la intransigencia
Sí, lo hay, el de los justos, muchos, aunque no sean tantos como para ganar las elecciones. La verdad es que, desde hace años, las pierden, una tras otra. Pero no se dejan abatir por esas derrotas. Son médicos y abogados que van a trabajar a las poblaciones medio abandonadas y a defender en los tribunales a las víctimas de los abusos, o periodistas, o activistas de los derechos humanos que registran los atropellos y los crímenes y los sacan a la luz pública. Hay una asociación de fotógrafos por ejemplo, conformada por muchachas y muchachos muy jóvenes, que eternizan en imágenes todos los horrores de la ocupación. Me siguen a donde voy y no les importa caminar entre basuras malolientes y abrasarse de calor en el desierto, si pueden documentar con imágenes todo aquello que el Israel oficial oculta, y la gente bien pensante no quiere conocer. Pero, aunque la prensa oficial no publique sus fotos, ellos las exhiben en pequeñas galerías, en paneles callejeros, en publicaciones semiclandestinas. ¿Cuántos son? Miles, pero no lo bastantes para rectificar ese movimiento de opinión pública que va empujando cada vez más a Israel hacia la intransigencia, como si el ser la primera potencia militar del Oriente Próximo —y, al parecer, la sexta del mundo— fuera la mejor garantía de su seguridad.
Ellos saben que no es así, que, por el contrario, convertirse en un país colonial, que no escucha, que no quiere negociar ni hacer concesiones, que sólo cree en la fuerza, ha hecho que Israel pierda la aureola prestigiosa y honorable que tenía, y que el número de sus adversarios y sus críticos, en vez de disminuir, aumente cada día.
Dos días antes de partir, ceno con otros dos justos: Amos Oz y David Grossman. Son magníficos escritores, viejos amigos y, ambos, incansables defensores del diálogo y la paz con los palestinos. Los tiempos que enfrentan son difíciles, pero ellos no se dejan abatir. Bromean, discuten, cuentan anécdotas. Dicen que, hechas las sumas y las restas, ninguno podría vivir fuera de Israel. Gideon Levy y Yehuda Shaul, que están presentes, se declaran de acuerdo. Vaya, menos mal, en todos los días que llevo aquí es la primera vez que un grupo de israelíes se pone totalmente de acuerdo en algo.

Democracy was the reason I had to back Leave campaign.’ Theresa Villiers

Leave supporters cheer EU referendum results.

 Leave supporters in London cheer results after polling stations closed in the EU referendum.

As I travelled from my constituency in Barnet to Westminster on Thursday evening, I was in a sombre mood. The ground campaign had gone well on polling day thanks to a determined team of volunteer helpers, but I felt almost certain that Leave had lost the referendum.
Throughout much of the campaign, it seemed impossible for Leave to win with the entire establishment lined up against us, along with the serried ranks of experts, economists and foreign leaders. Moreover, there is an established tendency in referendums for the “better the devil you know” option to gather support in the final stages, and we seemed to have lost momentum in the days immediately before 23 June.


So I felt a sense of grim disappointment that this once-in-a-lifetime opportunity appeared to be lost. I presented a downcast image as I negotiated my way through awkward interviews on Sky and CNN. Emerging from the LBC Iain Dale show at half past midnight, I was less certain about the outcome. By the end of an appearance on the BBC Referendum Night special at 3am it was getting harder and harder to resist the conclusion that an astonishing political insurrection was underway which was going to change the course of European history and take the UK out of a union of which it has been part for more than 40 years.
Any feeling of astonished elation was swiftly curtailed when I found myself reacting live on the Today programme to the resignation of the prime minister. David Cameron will go down in history as a great reforming prime minister. His legacy in rescuing the public finances, reviving the economy, reforming welfare, revolutionising our schools and so much more will stand the test of time. His groundbreaking response to the public inquiry report on the events of Bloody Sunday made a historic contribution to reconciliation in Northern Ireland. He is a huge loss to the Conservative party and to the country and I sincerely wish he had stayed on.
The decision to campaign to leave was not easy. I felt deeply uncomfortable taking the opposite side to a prime minister for whom I have the highest regard and to whom I owe so much for giving me the opportunity to serve in government. But when the question at stake is as fundamental as who governs this country, I felt that I had no choice. I had to campaign for the UK to become an independent self-governing democracy again, whatever the impact on my career prospects.
I did, however, try to walk the tightrope of making the case clearly and strongly for Leave, but doing so in a way which was measured and thoughtful in the face of sincerely held views of friends, colleagues and constituents on the other side.
For me, democracy was what the referendum was all about. I voted Leave to ensure that the people who make our laws are the ones we elect, the ones we can hold to account, and the ones we can kick out if they get it wrong. As part of the EU, no matter who we elect to Westminster, there are many things that we can never change. As commission president Jean-Claude Juncker put it: “There is no democratic choice against the European treaties.”

And this has happened without real popular consent. When the UK joined in the 1970s, almost nobody would have been aware of the scale of the political project envisaged by the founding fathers of the EU. Significant transfers of power have been made via a series of incremental steps, deliberately disguised as technical changes unlikely to attract widespread attention. As Jeremy Paxman put it in his excellent documentary 
Paxman in Brussels, British national sovereignty has gradually slipped away over time, piece by piece.We fought a civil war in this country to defend the principle that no laws shall be passed nor taxes raised except by our own elected representatives. But our membership of the EU means that we have let supreme law-making power pass to people we do not elect and we cannot remove – people who in almost all cases we cannot name and have never even heard of.
During my six years as a member of the European parliament I came to the conclusion that the European Union is unreformable. It always has been and always will be primarily a political project. It is all about creating a country called Europe. However hard we work, whatever we do, whatever we say, that will never change.
Remain supporters criticised Leave for including immigration in the campaign. They sought to portray us as negative (or worse) for doing so. I fully recognise the positive benefits migration brings and I emphasised that many times during the campaign. It is neither xenophobic nor prejudiced to want to restore democratic control over our immigration policy and the overall numbers we accept.

As a country, we must now to try to bridge divisions by listening to both leave and remain voters. As a government, we need to come together to provide stability and steer a course through the process of carving out a new relationship with our European neighbours. There is no need to plunge into tabling article 50 now, whatever Mr Juncker may want. The period of informal negotiation prior to an article 50 process will be crucial and should not be rushed. We should engage widely as we take the negotiation forward. I am particularly conscious of the need to do that in Northern Ireland where a majority voted Remain.
At its simplest, the argument for Remain was the assertion that the UK is somehow too small and too weak to govern ourselves and decide our own destiny. In contrast, Leave emphasised that we are a great country, we can stand on our own two feet and we can thrive. This positive message was one of the reasons we won.
In his speech the prime minister emphasised the importance of working with the UK’s devolved administrations in this process. They will be the recipients of many of the powers we will now bring back from Europe, for example on agriculture. We also need to engage with the business community as part of our efforts to obtain the right trade deal with the rest of Europe to ensure that Northern Ireland and the rest of the UK retains its status as a hugely attractive destination for companies trading with the rest of Europe.
Ensuring that our one land border with the EU remains as open and free-flowing as it is today is also vital for Northern Ireland. So in the hours after the referendum result became clear, I discussed this issue with the Irish foreign minister, Charlie Flanagan, and with Northern Ireland’s first and deputy first ministers.
Lastly I want to reassure those who voted Remain that the people who have voted Leave are not Little Englanders who want to “pull up the drawbridge”. Brexit does not mean that we stop cooperating with our neighbours on matters of mutual concern, far from it.
We on the Leave side have a forward-looking vision of the UK engaging with the wider world as well as with Europe. The key point is that we do not need to be part of the EU – with its unelected commission, its majority votes, its predatory court, its eurozone debts, its anthem and its flag – to do this.

UK faces Brexit crisis after Europe’s leaders demand: ‘Get out now’ France and Germany urge swift action by Britain as Tory MPs say Boris Johnson is preparing leadership bid

Boris Johnson leaves his home in Oxfordshire
Britain was heading into a period of unprecedented political, constitutional and economic crisis on Saturday night as European leaders stepped up demands for it to quit the EU as soon as possible.
However, prominent Leave campaigner and cabinet minister Theresa Villiers, writing in the Observer, dismissed the calls. “There is no need to plunge into tabling article 50 now, whatever [European commission president] Mr Juncker may want,” she writes, referring to the trigger for formal Brexit negotiations. “The period of informal negotiation prior to an article 50 process will be crucial and should not be rushed.”
The growing clamour from European capitals for the UK to act quickly to sever its ties, after Thursday’s dramatic 52% to 48% vote for Brexit, came as both the Tories and Labour faced divisive, destabilising and possibly prolonged leadership battles.
Tory MPs said they expected Boris Johnson, the leading Brexit campaigner, to throw his hat into the ring early this week in the race to succeed David Cameron as leader – a move that would trigger months of internal party strife. Leading Remain campaigners Theresa May and George Osborne may stand as “stop Boris” candidates.
The Labour leader, Jeremy Corbyn, faces a full-blown coup attempt by members of his shadow cabinet and a mutinous parliamentary Labour party. Many of his own MPs are furious at Corbyn’s inability to swing more Labour voters behind the Remain cause, and believe the party faces disaster under him.
A Labour MP who is thinking of standing against Corbyn following a likely confidence vote this week said: “It is slipping away fast from Jeremy.”
Corbyn was heckled while appearing at London’s Pride festival on Saturday. He was accused by a Labour activist, who posted a video of the exchange on Twitter, of failing to get enough traditional Labour voters to polling stations on Thursday. “I did all I could,” he responded.
Adding to the sense of instability in Westminster and Brussels, the credit rating agency Moody’s cut the UK’s rating to “negative” and warned of a “prolonged period of uncertainty”.
Its gloomy assessment came as the White House renewed a statement – delivered during the referendum campaign by President Barack Obama – that the UK would go to the “back of the queue” of countries wanting to negotiate new trade deals with Washington.
When Cameron announced on Friday morning that he would resign as prime minister by the autumn, he said it would be up to his successor to trigger the formal process of talks on the terms of the UK’s exit from the EU.
Johnson, the favourite to succeed Cameron, has also said there is no need to hurry triggering the formal process, a move he believes would limit the UK’s room for manoeuvre.
But after an emergency meeting of ministers from the bloc’s six founder members, Germany’s foreign minister, Frank-Walter Steinmeier, said negotiations should begin “as soon as possible” and that Britain had a responsibility to work with the EU on exit terms.
His French counterpart, Jean-Marc Ayrault, suggested that unless the UK acted fast, the sense of crisis could spread. He said there was “a certain urgency … so that we don’t have a period of uncertainty, with financial consequences, political consequences”. The president of the European commission, Jean-Claude Juncker, reinforced the message, saying the split with the UK was “not an amicable divorce” after what was not “a tight love affair, anyway”. Talks to end membership should begin immediately.
The UK’s European commissioner in Brussels, Lord (Jonathan) Hill, announced he was resigning, saying he no longer had a job to do.
Scottish first minister Nicola Sturgeon at an emergency cabinet meeting
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 Scottish first minister Nicola Sturgeon at an emergency cabinet meeting to discuss the Brexit vote. Photograph: Jane Barlow/PA
After an emergency cabinet meeting, the Scottish government formally agreed to press ahead with legislation to pave the way for a second independence referendum. Nicola Sturgeon said her administration was also entering “immediate discussions” with EU institutions to “explore possible options to protect Scotland’s place in the EU”.

The French president, François Hollande, said the Brexit vote had implications far beyond the UK. After a meeting with the UN secretary general, Ban Ki-moon, in Paris, Hollande said: “It is true that for the whole world there is a question mark as to what will happen. I very much regret the vote of the UK, but I respect it.”Tim Farron has pledged to fight the next general election on a platform of taking the UK back into Europe. The Liberal Democrat leader said: “The British people deserve the chance not to be stuck with the appalling consequences of a Leave campaign that stoked that anger with the lies of [Nigel] Farage, Johnson and [Michael] Gove.”

Tory MEP Daniel Hannan appeared to backtrack on Saturday from previous pledges by the Leave campaign to quit the EU single market, and its rules on free moment of labour. Hannan claimed this was not a shift of position as the Leave side had promised to “control” immigration, not end it.
A former Tory minister, Sir Alan Duncan, challenged the idea that Johnson was the hot favourite to succeed Cameron. “Do not necessarily assume that he is the darling of the Conservative party activists,” Duncan said. “A lot of them have loved the notoriety and the excitement. But … a lot of them don’t want a permanent ride on the big dipper.”
Cameron spent the weekend with his family at their Oxfordshire home. On Tuesday, he will attend a Brussels summit, where he will explain to EU leaders his decision to stand down.
A source close to Johnson said he had not made a decision on the leadership race but was focusing more on reassuring the country after the Brexit vote.