The news Tuesday that Diablo Canyon nuclear power plant



Mariel Garza
The news Tuesday that Diablo Canyon nuclear power plant – the last nuke in the state -- will close for good in 2025 puts an ending on this short and contentious chapter of California’s history.
Pacific Gas & Electric Co. said Tuesday that it has worked out a deal with environmental groups to let the operating licenses for Diablo Canyon’s two units expire and decommission the plant just 40 years after it opened. The utility says it will start planning now to balance the lost power with other renewable sources, like solar and wind, and expand storage capacity.
It’s a significant moment for Californians of a certain age – cough, cough – brought up in the “No Nukes” culture of the 1970s and 1980. At the time, many people were deeply suspicious of nuclear power, and hating Diablo Canyon (what an appropriate name, right?) was a thing long before the plant actually opened. Especially in my house, down the highway from the San Onofre Nuclear Generating Station in San Diego County. As a kid I even spent some extremely dull days lounging in the Diablo Canyon blockade camp near San Luis Obispo while my activist mother and other adults did their blockading thing to try and stop the plant from opening. Obviously, it didn’t work.
That a terrible accident would happen seemed a given, what with all the earthquake faults running through the state. If not that, then surely someone would push the wrong button or fall asleep on the job.
These weren’t unfounded fears. The accident at Pennsylvania’s Three Mile Island in 1979 and another one at Chernobyl in 1986 provided real-life scenarios for disaster. And movies such as “Silkwood” and “The China Syndrome” didn’t help the collective distrust of nuclear power.
Imagine how terrifying it was for a kid already overly concerned with nuclear war to contemplate the possibility of a meltdown so severe it would burrow through the Earth’s core and come out the other side.
None of those things happened in about a half-century of using nuclear power, and for that we are most fortunate. Nevertheless, the tide of popular opinion never shifted in favor of nukes.  And after the unplanned 2013 shutdown of San Onofre, the decision in 2010 to end once-through cooling at coastal power plants, including Diablo Canyon, and the accident in Fukushima Daiichi plant after the 2011 earthquake and tsunami in Japan, it seemed inevitable this day would come.
So victory, right? It’s a little more complicated now that climate change is a bigger threat.


A contingent of the environmental advocates who support nuclear poweris protesting the shutdown of the Diablo Canyon. The advocates said Tuesday they will fight the closure at every step along the regulatory process because they believe that there’s no way PG&E can replace the power from nuclear without using fossil fuels. Diablo Canyon accounts for about 20% of PG&E’s power portfolio. If so, it would set the state way back on its climate change goals. A bigger worry is the message this would send to the nation’s remaining nuclear generating stations.
Are we letting our fears over nuclear power get in the way of the greater environmental good? That’s a valid question. It’s one that lawmakers and regulators must ponder as they contemplate the Diablo Canyon shutdown proposal, lest we trade abstract fear about nuclear winter for the clear and present danger of climate change.

Led Zeppelin singer Robert Plant recounts the creation of 'Stairway to Heaven'



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Argentina vs. Estados Unidos EN VIVO: por la Copa América
Argentina vs. Estados Unidos EN VIVO por las semifinales de la Copa América. 
Argentina vs. Estados Unidos EN VIVO: se miden por las semifinales de la Copa América 2016. El partido se juega en Houston desde las 8:00 p.m.
Así forman:
Argentina: Romero; Mercado, Otamendi, Funes Mori, Rojo; Augusto Fernández, Mascherano, Banega; Messi, Higuain, Lavezzi.
Estados Unidos: Guzan; Yedlin, Cameron, Brooks, Johnson; Zardes, Beckerman, Bradley, Zusi; Dempsey, Wondolowski.

Uno escribe porque está desajustado con la vida


Los críticos de Babelia eligen 'Los diarios de Emilio Renzi' el libro del año. El autor, aquejado de ELA, confiesa: “La enfermedad es la injusticia en estado puro”

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Ricardo Piglia en una imagen de 2014. MARIANA ELIANO
"Muchas veces, a lo largo del tiempo, me he puesto a pasarlo a máquina; es un trabajo brutal. Pero yo creo que lo voy a tratar de publicar. No dejarlo como libro póstumo, ¿no?”. En ese momento de la grabación se escucha la risa de Ricardo Piglia, una risa seca y gozosa, moldeada al hábito recurrente de mofarse de sí mismo, como quien dice “no me tomen demasiado en serio”. Era el 11 de agosto de 2010 y Piglia acababa de publicar la novelaBlanco nocturno (Anagrama). En su estudio, un piso alto de Barrio Norte, a pesar de ser invierno, hacía calor y él había comprado uvas. De su diario se conocía, por entonces, poco. Grageas, pequeños trazos reproducidos en su libro Prisión perpetua que se expandieron con la publicación, a partir de 2011, de fragmentos más largos en Babelia. Se suponía que había comenzado a escribirlo en 1957, pero la pregunta por el diario persistía: ¿esos más de cincuenta años de escritura tenían existencia real, iban a publicarse alguna vez? Aquella tarde, casi a modo de prueba socarrona, Piglia metió la mano en una de las cajas de cartón que llenaban la sala (quizá por ser un zurdo a quien en el colegio obligaron a escribir con la derecha, las manos de Piglia siempre han tenido una gestualidad magnética, una mezcla de potencia y torpeza, como si fueran las de un boxeador que controla sus movimientos para no destrozar nada). De allí sacó, al azar, una libreta negra marca Congreso. La abrió y leyó algunas frases en voz alta, repitiendo: “¿Qué dice acá?”. Esas libretas se conseguían, según él, en una sola librería de Buenos Aires: “Cuando se terminen no escribo más, pero no el diario, nada más. Sería buenísimo, ¿no? Se terminan los cuadernos y se termina todo”, dijo.
Las libretas ya no se consiguen, pero, cinco años después de aquella tarde, Piglia sigue escribiendo y en septiembre de 2015 publicó el primer volumen —se esperan dos más— de ese diario de características legendarias. Se titula Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, abarca una década —desde 1957, cuando tenía 16 años, hasta 1967—, fue elegido por los colaboradores de Babeliacomo el mejor libro de 2015 y es un acercamiento salvaje al proceso por el cual alguien deviene escritor y cómo, para lograrlo, se transforma antes en un lector bestial, pasando por todas las instancias de perplejidad, duda, epifanía y desánimo que atraviesa cualquier artista joven.
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El nombre completo de Ricardo Piglia es Ricardo Emilio Piglia Renzi. Emilio Renzi, el personaje que aparece reiteradamente en sus libros, es su alter ego: un escritor y periodista al que le gustan las pelirrojas. El documental 327 cuadernos,dirigido por el argentino Andrés Di Tella, se estrenó este año, pero comenzó a rodarse en 2010. Ya allí Piglia expresaba su deseo de publicar el diario firmado por Emilio Renzi: “No sé si tendré el coraje”, decía. Finalmente, eso fue lo que hizo: atribuir el diario al personaje que también es él.
Sigo leyendo y escribiendo. Estoy de buen ánimo porque sigo dándole poca importancia a la realidad”
—Me pareció más verdadero y más sincero hacer ese desplazamiento, cambiar de lugar y evitar el peso de la escritura personal —responde Piglia por correo electrónico el 7 de diciembre de 2015—. Un nombre falso, siempre me gustó ese juego. No soy el que soy. ¿Quién enuncia? Ahí está el problema de la literatura. Todo el material es mío, se trata de mi vida, pero contada como si fuera la de otro. No me gustan las confesiones, hay que darles un giro irónico a las intimidades, creo.
En el diario Piglia anota: “A veces pienso que tendría que publicar el libro con otro nombre, cortar así del todo los lazos con mi padre, contra el cual, de hecho, he escrito este libro y escribiré los que siguen. Dejar de lado su apellido sería la prueba más elocuente de mi distancia y mi rencor”; y “es mi abuelo Emilio quien va a pagarme la carrera porque rompí con mi padre, que me amenazó de un modo absurdo cuando supo que no pensaba estudiar medicina como él”. Cuando Piglia tenía 16 años, su padre, un médico peronista perseguido por el antiperonismo, decidió abandonar Adrogué, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y mudarse con la familia a Mar del Plata. El primer efecto que esa mudanza tuvo en Piglia (un adolescente que prefería frecuentar billares a ir al colegio y que había leído muy poco: apenas La peste, de Camus, para conquistar a una chica) fue el impulso de comenzar un diario. De hecho, la primera entrada, de 1957, es esta: “Nos vamos pasado mañana. Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver (…). Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez”. Los diarios de Emilio Renzi, sin embargo, no empieza con esa entrada, sino con una nota del autor en la que el autor del diario se refiere al autor del diario —que es, a su vez, el alter ego del autor del diario— en tercera persona, estableciendo un juego de espejos que recorrerá el libro en relatos o ensayos que se intercalan entre año y año. “Había empezado a escribir un diario a fines de 1957”, dice esa nota, “y todavía lo seguía escribiendo. Muchas cosas cambiaron desde entonces, pero se mantuvo fiel a esa manía (…)”. Muchas cosas cambiaron desde entonces, y una de las tantas es el hecho de que desde hace un tiempo Piglia está, usando sus palabras, “embromado de salud” (jamás dice “enfermo”), afectado por esclerosis lateral amiotrófica, y debe escribir con ayuda. Pero todo lo demás —la escritura, la lectura, él como frontón donde rebota el humor de una inteligencia escalofriante— se mantiene igual.
—¿La salud no interfiere en su ánimo para producir?
—He seguido trabajando, con ayuda. Hay muchas cosas que ya no puedo hacer, pero puedo seguir leyendo y escribiendo como siempre, sin que eso sea un juicio de valor. Estoy de buen ánimo porque sigo dándole poca importancia a la realidad.
Cuando en septiembre pasado le entregaron el Premio Formentor de las Letras, su editor, Jorge Herralde, leyó un texto que recordaba: “En octubre del año 2000 tuve físicamente en mis manos el primer libro que publicamos de Ricardo Piglia: Formas breves (…). Cuando ese inesperado aerolito aterrizó aquí, Ricardo Piglia era un escritor casi desconocido en España”. A principios de siglo, Piglia no era conocido en España, pero al otro lado del océano ya era un autor central. Después de dos libros de relatos (La invasión, Nombre falso), había publicado la novela Respiración artificial, de 1982, que lo puso en un lugar clave, y a eso siguieron los ensayos de Crítica y ficción (1986), lanouvelle Prisión perpetua (1988), la novela Plata quemada (1997), entre otros. Si desde Plata quemada y hasta Blanco nocturno pasó 13 años sin publicar una novela, apenas tres después de aquella última publicó otra: El camino de Ida. Desde entonces, su capacidad de producción se multiplicó: dio clases magistrales por televisión —Borges por Piglia, en 2013—, publicó dos libros —Antología personal (2014) y La forma inicial(2015)— y adaptó Los siete locos, de Roberto Arlt, a una versión televisiva. Ahora, además de seguir revisando los diarios, escribe relatos protagonizados por el comisario Croce, su personaje de Blanco nocturno.
—Ya he escrito varios y espero seguir con cinco o seis más hasta completar un volumen que incluya todos los casos de Croce.
—¿Seguís llevando el diario?
—Sí, pero con otra dinámica, ahora es un diario de trabajo, en el tercer tomo he llegado hasta el presente, pero con desvíos y elipsis. Un diario de madurez, digamos, con saltos y sobrentendidos.
Los diarios de Emilio Renzi registran la minucia —“Recibí carta de José Antonio, desde Nueva York. No le gusta la comida, fascinado con la biblioteca”—, pero son, sobre todo, apuntes del incierto proceso de formación de un escritor: “Cuando releo lo que tengo escrito de la monografía me quiero morir. ¿De dónde saqué que yo soy un escritor?”. “Con cincuenta pesos en el bolsillo y sin comer, viajo en tren a La Plata (…) sin encontrar la calma que necesito para escribir. Una calma que se define para mí como ausencia de pensamientos. No pensar para poder escribir, o mejor, escribir para lograr pensamientos no del todo pensados que definen siempre el estilo de un escritor”.
—Uno escribe y elige lo imaginario porque está desajustado en relación con la vida —dice Piglia—. Esto no supone ningún privilegio ni garantiza una profundidad, es una grieta entre la experiencia y el sentido, no entiendo cómo se produce y de dónde viene ese pensar de más y esas leves alucinaciones y por eso tal vez escribo un diario, para mantener a raya esa extrañeza, pero no he logrado más que confusión. Es cómico, uno busca entender lo que le pasa y sólo logra estar más perplejo.
—El tono es muy homogéneo. ¿Estamos leyendo al Piglia que escribía a los 16 años o al que escribe ahora?
Mi relación con la escritura es la misma. Son horas de gran plenitud que están en el centro de mi vida”
—Lo esencial de un diario es que no se corrige, es lo más parecido a la noción surrealista de la escritura automática, uno escribe en el momento, se deja llevar por un impulso espontáneo casi demencial. Se registra lo que se vive sin distancia, lo que tiende al presente, pero al transcribir, uno ya es otro. Lo más difícil para mí fue entender mi letra, ¿qué dice acá?; entonces a veces tenía que inventar lo que me parecía, pero he sido fiel a lo que estaba escrito. Al principio uno escribe muy bien, luego se va arruinando.
Claro que si el diario refleja su formación como escritor, también refleja, inevitablemente, su formación como lector. Un lector que a los 16, 18, 20 años opina sobre las diferencias de estilo entre Salinger y Arlt y anota sus impresiones sobre Dostoievski, Faulkner, Pavese, Borges, pero también sobre los escritores de su generación como Miguel Briante o Juan José Saer.
–¿Su relación con la escritura ha cambiado? ¿Ocupa un lugar distinto?
—Sigue siendo lo mismo, son horas de gran plenitud que están en el centro de mi vida. Lo difícil es, como siempre, pasar del otro lado, entrar en la escritura y dejar en suspenso lo real.
—¿Hay algo de su reacción ante estos problemas de salud que le haya sorprendido?
Bueno, la experiencia de la enfermedad es la de la injusticia en estado puro: “¿Por qué a mí?”, se pregunta uno, y cualquier explicación es ridícula y no tiene sentido. La sensación de injusticia llama a la rebelión y a la lucha, entonces uno no se queja y eso es un alivio.
El libro se cierra con un texto, ‘Canto rodado’, donde el distanciamiento de sí mismo que Piglia se impuso alternando la primera y la tercera persona llega a su expresión máxima, con un despliegue emocionante de recursos y destreza narrativa. Escribe Piglia que dice Renzi: “(…) dijo Renzi, que parecía haber empezado a desvariar un poco, como le venía sucediendo cada vez con más frecuencia desde que estaba enfermo, no enfermo, él jamás usó esa palabra, estaba, para decirlo como él, ‘un poco embromado’, como decía loco de pánico, ‘no tengo dolores, sólo una pequeña perturbación en la mano izquierda, que es mi mano buena, o mejor dicho, fue mi mano buena porque soy zurdo (…)’. Por ese motivo tuvo que contratar a una asistente a la cual dictarle su diario (…). Por eso, continuó (…), trabajo ahora con mi musa mexicana (…), entiende a medias lo que yo le digo (…), así que cuando después de un rato le pido que me lea lo que hemos escrito, ella, con su español más nítido, me lee unas páginas en donde lo que yo he dicho es apenas una sombra turbia en medio de palabras puras y precisas con las que ella ha mejorado mi lectura de lo que está escrito a mano desde hace años en mis cuadernos”.

¿A quién perdona la humanidad?

Este artículo de Hemingway describe los horrores de los ataques de la aviación y artillería fascistas en la Guerra Civil y fue publicado por Pravda el 1 de abril de 1938.

En el curso de los últimos quince meses he visto los crímenes que se cometen en España por los intervencionistas fascistas. El crimen y la guerra son dos cuestiones diferentes. Se puede odiar la guerra, estar en contra, pero puedes acostumbrarte a ella cuando luchas en defensa de la patria, contra la invasión del enemigo y por el derecho a vivir y trabajar en libertad. En este caso, el hombre no da ninguna importancia a su propia vida, ya que está en juego algo más importante que eso.

El hombre que observa y describe una guerra semejante no teme por su vida si cree en la necesidad de lo que está haciendo. Sólo se preocupa de decir la verdad.

El avión se lanza en picado, se nivela y arroja varias bombas pequeñas, semejantes a granadas de mano, formando racimos. Resplandecen las llamas, se oye el estallido, luego se levanta una nube de polvo gris. Pero tú aún estás vivo y el Messerschmidt se alejó. El rugido de su motor hace recordar el sonido de la sierra circular de una serrería. Intentas escupir porque sabes por experiencia que no lo puedes hacer si estás realmente asustado. Resulta que tienes la boca tan reseca que no puedes escupir, y te ríes de nuevo. Y esto es todo.
Por eso cuando el Messerschmidt alemán sobrevuela tu automóvil y abre fuego con sus cuatro ametralladoras, te sales de la carretera y saltas del automóvil. Te tiras bajo un árbol si es que hay uno, o en una zanja si es que hay una, o simplemente en un campo abierto. Cuando el avión vuelve para intentar otra vez matarte y sus balas levantan polvo a tus espaldas, te quedas tirado con la garganta reseca... Pero te ríes del avión porque estás vivo.
No te pones furioso cuando los fascistas intentan matarte, pero te inundas de cólera y odio, cuando ves cómo matan. Y esto lo ves casi todos los días. Ves cómo lo hacen en Barcelona, donde bombardean los barrios obreros desde una altura tan grande que sólo pueden ver barrios completos y no blancos concretos. Ves a niños muertos con las piernas entrelazadas y los brazos extrañamente extendidos y con las caritas cubiertas de estuco. Ves a mujeres muertas a causa de las contusiones. Ves a muertos que parecen un montón de andrajos. Ves trozos de carne humana de formas tan extrañas que te hacen pensar en un carnicero demente. Y odias a los asesinos italianos y alemanes corno a nadie en el mundo.
Durante varios meses vives en Madrid bajo los bombardeos. En el hotel donde te hospedas, 53 veces han hecho blanco los proyectiles de artillería. Desde tu ventana ves muchos crímenes, porque al otro lado de la calle hay un cine y los fascistas comienzan los bombardeos precisamente cuando el público sale del local. Saben que habrá víctimas antes de que la gente logre llegar a los refugios.
Cuando los fascistas abren fuego de artillería sobre la Telefónica de Madrid esto se comprende, pues es un blanco militar. Si bombardean las posiciones de artillería y puntos de Observación, es la guerra. Si los proyectiles no llegan al blanco o los sobrepasan, es la guerra. Pero cuando por la noche abren fuego sobre una ciudad con el único fin de matar a gente dormida, es un asesinato.
¡Cuando ametrallan masas de gente que se concentran a las seis de la tarde junto al cine o en las plazas, es un asesinato!
Un proyectil hizo blanco en un grupo de mujeres que guardaban cola para comprar jabón. Cuatro mujeres muertas. Su sangre fue literalmente absorbida por la piedra, las manchas ni siquiera se quitaban con la arena. Los cadáveres quedaron esparcidos.
Un proyectil de artillería cayó sobre un tranvía repleto de trabajadores. Llamas, estallido. El humo desapareció; el vagón, volcado. Sólo dos personas quedaron vivas, aunque hubiera sido mejor que muriesen. De los escombros sacan a dos heridos terriblemente mutilados. Se oye el estallido de un segundo proyectil. Y así interminablemente...
Durante toda la primavera, otoño e invierno pasados hemos visto cómo la artillería fascista cometía crímenes en Madrid. No se podía ver todo aquello sin ira y sin odio.
Luego comenzaron las batallas de Teruel. Íbamos al ataque junto con la infantería. Entramos en la ciudad con los primeros destacados del Ejército republicano. Durante las batallas en la ciudad hemos visto con qué cariño el Ejército del Gobierno trataba a los niños y ayudaba a las mujeres y ancianos en la evacuación. No hemos visto ni un caso de crueldad.
Pero antes de Teruel hubo un bombardeo devastador de Lérida. Luego comenzaron los terrores barceloneses y los ataques diarios de la aviación fascista a las ciudades costeras entre Valencia y Tarragona. Luego los fascistas bombardearon no el puerto, sino la ciudad de Alicante, y mataron a más de trescientas personas. Después lanzaron bombas sobre la plaza del Mercado en la pacífica ciudad de Granollers y mataron a centenares de personas.
Los fascistas tienen dos motivos para matar: para doblegar al pueblo español y para probar en acción las diversas bombas con vistas a la preparación de la guerra en la que piensan Italia y Alemania.
En cuanto a sus intenciones de doblegar al pueblo español, la heroica resistencia contra los fascistas que ahora avanzan hacia Valencia se explica con el mismo grado de odio que los intervencionistas fascistas provocaron con sus feroces bombardeos, al igual que con otras causas.
Los fascistas tendrán éxito mientras puedan chantajear a los países que les tienen miedo. Pero los hermanos y padres de sus víctimas jamás les perdonarán y jamás lo olvidarán. Los crímenes que se cometen por el fascismo sublevarán en su contra al mundo entero.

El mundo es un teatro tragicómico.

Todo está en Shakespeare, su época y la nuestra, la grandeza de la literatura

y los milagros que el arte realiza en la vida de las gentes


El gran teatro del mundo
El teatro es, como los toros, un arte extremista, en el que una obra es muy buena o muy mala, pero no hay nada intermedio. Madrid, por apenas cuatro días, ha tenido la oportunidad de ver un montaje fuera de lo común, concebido por un director genial, el irlandés/inglés Declan Donnellan, de una tragicomedia de Shakespeare: Cuento de invierno.
Hace buen tiempo que no veía un espectáculo que me tuviera poco menos que en estado de trance a lo largo de las casi tres horas que dura. Ni siquiera otro montaje del mismo director, Medida por medida, de Shakespeare, que era también notable y que interpretaba una compañía de actores rusos, me dio esa sensación de belleza y originalidad, de destreza y perfección absoluta que, estoy seguro, todos los que asistieron a esta representación en el teatro María Guerrero nunca olvidarán. (Diré, de paso, la alegría que me dio comprobar, la noche en que yo asistí, el gran número de jóvenes y adolescentes que llenaban los palcos, galerías y la platea).
Pese a que Donnellan se toma muchas libertades con el texto original, apuesto lo que sea que si el gran Bardo inglés hubiera visto lo que hacía el irlandés/inglés con su Cuento de invierno se hubiera sentido tan feliz como nosotros, los espectadores. Porque la recreación de esta obra que ha ideado Donnellan no hace más que revelar las potencialidades ocultas en sus versos y en su melodramática historia, lo que hay en ella de universal y de actual. Nada más verla, reconstruida en un escenario por la sabiduría del teatrista, corrí a leerla de nuevo y fue toda una revelación advertir que, en efecto, con su fantasía desmelenada y sus delirantes coincidencias y retruécanos, con sus personajes estrafalarios y hasta su geografía fantástica (en la que Bohemia tiene un puerto marino), el Cuento de invierno es ni más ni menos que un testimonio sobre nuestro tiempo, nuestros conflictos, una obra que delata la absurdidad y las bellaquerías en que se mueve nuestra vida política, los trastornos sociales que provocan las injusticias cometidas por un poderoso más o menos imbécil, y, pese a todo ello, lo hermosa que puede ser la vida por momentos, para todos, los ricos y los pobres, las víctimas y los victimarios, cuando se ama, se danza, se canta, y un grupo de amigos y parejas jóvenes se reúnen para, por unas horas, en la embriaguez y el goce de la fiesta, huir de la rutina, las servidumbres y miserias cotidianas.

Y los mismos elogios podrían hacerse de la iluminación, de la música, del vestuario. Unos cuantos cubos de madera le sirven a Nick Ormerod, el escenógrafo, para armar y desarmar unos escenarios que, pese a toda la sencillez de su estructura, nos hacen recorrer suntuosos palacios, páramos, campiñas donde pastorean los rebaños, aldeas campesinas, fiestas comunales.
Todos los actores son tan buenos, cumplen tan rigurosamente su función específica, encarnan con tanta eficacia a sus personajes, que parece injusto tener que destacar la formidable interpretación de Guy Hughes como el paranoico Leontes, rey de Sicilia, sobre el que reposa buena parte de la obra. Lo hace magníficamente, con una versatilidad que le permite pasar de lo cómico a lo trágico, de lo sentimental a lo épico, con la misma desenvoltura con que llora, gime, se desmelena o carcajea. Parece mentira que un actor pueda metamorfosearse de tal manera y tantas veces en el curso de la obra. Los celos exacerbados de este demente, el rey Leontes, ponen en movimiento una historia que, arrancando de la candente tierra siciliana, recorrerá media Europa, provocando desgarramientos y catástrofes múltiples y mostrando una variopinta humanidad de pastores, pícaros, domésticos, nobles, señores, cómicos y troveros ambulantes, muchos de ellos con nombres y reminiscencias de mitos griegos. El embrujo es tal que, en un momento dado, nos da la impresión de ver al mundo entero al alcance de nuestros ojos, un pequeño universo en que, como enEl Aleph de Borges, toda la humanidad viviente se pone a nuestro alcance.
'Cuento de invierno' delata la absurdidad y las bellaquerías en que se mueve la vida política
Este año se celebran los 400 años de las muertes de Shakespeare y de Cervantes. Ojalá el autor del Quijote, el libro emblemático de nuestra cultura y nuestra lengua, ese hombre sencillo, bueno y trágico al que sus contemporáneos ignoraron o maltrataron, recibiera un homenaje semejante al que ha rendido Declan Donnellan al autor de Hamlet, Macbeth, Romeo y Julieta y tantas otras obras maestras. Porque un montaje como el que ha llevado a cabo con Cuento de invierno nos muestra, de una manera vívida e inmediata, apelando directamente a nuestra sensibilidad y fantasía, la increíble riqueza y variedad de la imaginación con que aquel oscuro comediante (del que no sabemos casi nada, fuera de que escribió un sinnúmero de obras maestras absolutas, y se retiró de los escenarios y la literatura cuando ganó bastante dinero como para vivir como un burgués y rentista) creó un mundo tan rico y diverso como aquel en que vivimos, sólo que siempre bello, pese a la violencia que lo recorre y las tragedias que padece, siempre bellísimo, gracias a la música y la magia de las palabras que lo constituyen, esa taumaturgia que troca la tristeza en alegría, el odio en goce, la brutalidad y lo terrible en generosidad y grandeza. Todo está en Shakespeare, su época y la nuestra, lo que hay en ellas de idéntico y de diferente, la grandeza de la literatura y los milagros que el arte realiza en la vida de las gentes, así como la manera en que la vida de los humanos destila al mismo tiempo felicidad y desgracia, dolor y alegría, pasión, traición, heroísmo y vileza. Toda la inconmensurable riqueza del mundo fantaseado por Shakespeare sale a la luz de manera cegadora y espléndida en este Cuento de invierno concebido por Declan Donnellan.
Una última apostilla. Esta obra, representada por la compañía Cheek by Jowl, que dirige Donnellan, ha contado con la colaboración de varios teatros europeos, de Francia, Italia, Luxemburgo y España, y se ha presentado en Madrid, en lengua inglesa, con una traducción en español para quienes no podían seguir el texto en su lengua original. Y esto no ha sido un obstáculo para que el público gozara fascinado de lo que ocurría en el escenario y premiara a los actores con una impresionante ovación. ¿Qué se puede concluir de todo ello? Que lo que se creyó siempre un impedimento mayor para que las compañías de teatro se movieran por el ancho mundo —los diferentes idiomas— ya no lo es, no sólo porque la vida moderna ha convertido en una exigencia inevitable el aprender idiomas sino, sobre todo, porque hay hoy día una tecnología que permite que los espectáculos puedan ser seguidos en traducción casi tan perfectamente como en su lengua original. Ojalá los ejemplos de Declan Donnellan y su compañía Cheek by Jowl sean seguidos por muchos otros y (lo que, ay, no será fácil) de la misma calidad.