La crisis de la izquierda ha hipotecado sus valores.

La crisis que más fuerte suena y que más preocupa en el corazón de Europa es la de la izquierda tradicional, la del sistema. El socialismo y el laborismo en todas sus vertientes y en los países en los que más fuerza ha tenido, como Francia, Reino Unido o Grecia.
El centroizquierda apenas gobierna en un tercio de la UE: República Checa, Francia, Eslovaquia, Suecia, Portugal e Italia. Eso significa que menos de un tercio de los más de 500 millones de europeos tienen un Ejecutivo de izquierdas. Una crisis que ha ido unida a una fuerte reconfiguración del mapa político en la izquierda, marcado, como en España, por los movimientos de protesta, indignación o rabia, que lejos de haber sido algo pasajero han provocado un cambio estructural, una nueva definición de los ejes, de las preferencias. Europa se ha movido y las fuerzas tradicionales, en muchos casos, se han quedado paralizadas.
La izquierda europea es consciente de su crisis, de la falta de un discurso ilusionante con el que contrarrestar la irrupción de nuevas fuerzas. Incapaz de capitalizar las oportunidades cuando se presentan y de aprovechar la crisis que la derecha sufre simultáneamente. Una impotencia que se transmite en sus congresos y en cada reunión de líderes y aspirantes antes de las cumbres europeas. Su gran problema es que, hasta ahora, no ha sabido reaccionar. Esperan, y eso ya no basta.
En el Reino Unido, el Partido Laborista quedó tocado tras la retirada sin honores de Tony Blair y, según muchos analistas, roza ahora el hundimiento. En medio del desafío más grande en varias generaciones, con la posibilidad de que este mes el país vote su salida de la Unión Europea, la voz del laborismo y de su débil líder, Jeremy Corbyn, apenas se escucha. Las encuestas nacionales no son dramáticas y queda mucho hasta las próximas elecciones, pero los laboristas, como el PSOE en España, están divididos, carecen de un liderazgo fuerte y padecen una lucha de sables entre sus bases y barones en medio de una transición cuyo destino no está claro. Las dudas van de la apuesta de Corbyn de girar a la izquierda a seguir en la senda de la última década y media, la tercera vía que los llevó y mantuvo en el poder.
Más llamativo es el caso francés. Los socialistas tienen al presidente, François Hollande, pero menos del 15% de los ciudadanos aprueban su gestión y apenas el 45% de los que votaron por él repetiría. La legislatura ha sido muy complicada para el líder socialista, con dos terribles ataques terroristas, huelgas masivas contra su reforma laboral, un fracaso épico en la reforma constitucional y el auge del Frente Nacional. El Partido Socialista tiene poder, pero no está nada claro que vaya a conseguir pasar a la segunda ronda en las presidenciales del año que viene, y el núcleo de sus propuestas, su liderazgo y sus feudos está completamente en el aire. Hasta el punto de que Hollande baraja un cambio de arriba abajo en el sistema del país, sin precedentes en la V República, para reformar las dos cámaras y el papel del primer ministro tras las elecciones de 2017.
Grecia es el extremo, el espejo anhelado por Podemos. Allí, tras décadas de alternancia en un sistema que recuerda en muchos puntos al español, el Partido Socialista ha desaparecido. El Pasok de los Papandreu, alternativa perpetua a Nueva Democracia, se ha extinguido, arrasado por la izquierda por Syriza, el partido de la izquierda radical.
La pasokización es una amenaza que pesa constantemente sobre la cabeza de los líderes del centroizquierda tradicional continental y que los críticos agitaron ante Pedro Sánchez. Fuerzas que llegan con más energía, sin el estigma de décadas en el poder, sin casos de corrupción. Que reivindican los valores propios de la izquierda, aunque luego los corsés del Ejecutivo, las instituciones europeas y las finanzas les frenen, como se ha demostrado en Grecia. La amenaza de que nadie quiera la copia pudiendo optar por el original. De que ante la perpetua alerta de nosotros o el caos, la sociedad decida finalmente jugársela a ver qué pasa.

Brexit es una palabrota con acento inglés. Su traducción al español de Venezuela sería Podemos.

Brexit es un palabro formado por British y Exit. Identifica la postura de aquellos ciudadanos británicos partidarios de que su país abandone la Unión Europea. Explico esto por un cierto resquemor pedagógico. En los últimos días la posibilidad del Brexit ha provocado pérdidas en la Bolsa de más de 37.000 millones de euros. Pero tengo dudas de que al menos cuatro españoles estén al corriente. La prueba es que ninguno de los cuatro mencionó el asunto en el debate electoral del lunes. De lo que hablaron fue del sms que el presidente del Gobierno, incauto pero no cómplice, le dirigió hace cien mil portadas de periódicos a un corrupto. Y de si el candidato Rivera había pagado o cobrado en negro de joven, cuando empezaba a leer los periódicos por las noticias de waterpolo. La indiferencia de los candidatos -y lo que es peor: la de los tres periodistas que condujeron el debate-, resulta más lacerante si se piensa que el resultado del referéndum británico puede afectar a las elecciones españolas. En el Brexit no se evalúa el estado de la melancolía imperial ni otras poesías victorianas, sino la potencia de la farsa populista. Y el estado de la frivolidad dominante. Hace décadas la opinión pública decía: "¡No queremos aventuras!". Ahora se pirra por ellas. A falta de guerras y con el estómago bien macerado, la opinión necesita emociones, como esos burgueses que contratan fines de semana para jugar a los soldaditos.
El triunfo del Brexit sería el triunfo del partido Podemos, como lo habría sido el de Hofer en Austria o puede serlo el de Trump en América. E Iglesias -por mucha cercanía ideológica con ese Corbyn que, arrastrando los pies, al fin se ha decidido a dar algún mitin pro europeo- proclamaría: "Yo ya lo dije: la vieja Europa ha fracasado".
No haré previsiones sobre el referéndum del 23, porque sólo soy especialista en deseos. Pero debe subrayarse el éxito adelantado del eutanásico Exit. La pregunta ya no es: "¿Debe continuar siendo el Reino Unido miembro de la Unión Europea o debe dejar la Unión Europea?". Se votará Brexit, sí o no. Bien lo saben los que a rebufo trataron de popularizar el Bremain (Quedarse) y hoy padecen la irrevocable sentencia del buscador: Brexit da 65 millones de googles (UK) y Bremain apenas sobrepasa los 343.000. Como tantas otras veces la frivolidad y la ignorancia fijan el frame, el marco, los límites de la discusión. El no británico, cursi, retro y harapiento, se ha apoderado del sí. Como si en el referéndum de 1976 por la reforma española el marco dominante, el imposible hashtag, hubiera sido reacción. Es decir... ruptura.

Las marsopas preguntan por Donald Trump.

Ya ha empezado la época de avistamientos de ballenas azules en Los Ángeles. Sí, en Los Ángeles. Suena increíble que Los Ángeles sea probablemente el mejor sitio del mundo (después de Sri Lanka) para ver ballenas azules. Y encima, las ballenas azules de Los Ángeles no llegan del Polo Norte, sino de Costa Rica. Son bichos con ganas de llevar la contraria.
La ballena -o rorcual- azul es el mayor vertebrado que existe. Encima, hemos estado a punto de extinguirlas (el país que siguió matando ballenas azules durante más tiempo, incluso más de una década después de que su captura estuviera prohibida en todo el mundo, fue España, a través de la empresa gallega Massó). Así que todas las empresas que llevan a los turistas a ver a las ballenas en California están informando en sus páginas web y en las redes sociales sobre los encuentros. Ver una ballena azul bien vale un post en Facebook.
La ballena azul es lo que se llama una especie carismática. O sea, famosa. Cuanto más grande o feroz, más carismático. Y, por tanto, más protección. Un estudio publicado hace un año que decía que la población de estos animales de California ha vuelto a los niveles previos a su explotación comercial fue noticia en todo EEUU. Igual que la muerte del león Cecil (otra especie carismática), pero a la inversa.
El problema para una especie es no ser carismática. En ese caso, puede darse por extinguida. A 500 kilómetros de las ballenas azules de Los Ángeles vive la especie de cetáceo en mayor peligro del mundo. Su único problema: es muy pequeña. Es una marsopa de un metro y medio llamada vaquita. Hay 50 ejemplares. Y le quedan dos o tres años en la faz de la Tierra. La medicina tradicional china usa las vejigas natatorias de unos peces que viven en esa región del Golfo de California, y las vaquitas se quedan atrapadas en las redes de los pescadores y se ahogan. Al paso al que vamos, China va a lograr ser la primera potencia mundial a base de comerse, literalmente, la Tierra. Pero ésa es otra historia.
¿Qué tienen que ver las ballenas azules y las vaquitas con la economía? Mucho. Porque usted y yo somos marsopas. O sea, clase media. Nos estamos extinguiendo sin ruido, porque no somos lo bastante grandes como para ser carismáticos.
Las estadísticas nos colocan en el lado de las marsopas. Hace 10 días, EL MUNDO publicaba un informe de la Fundación BBVA y del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie) que explicaba que tres millones de españoles han dejado de considerarse clase media. Eso significa que ese segmento de la población ha caído del 58,9% al 52,3%, mientras que las personas "en situación de vulnerabilidad" (antes llamadas pobres) ha subido del 31,2% al 38,5%.
En Estados Unidos, la clase media dejó de ser la mayoría de la población el año pasado, cuando un informe del Centro de Estudios Pew basado en estadísticas del Gobierno de ese país declaró a sólo el 49,9% de las familias como de clase media, frente al 29% de clase media-baja y baja, y al 21% de clase media-alta y alta. En 1971, la clase media era el 61%. Al menos, la dinámica en el mundo en desarrollo es la contraria, ya que allí la clase media pasó del 7% al 13% de la población entre 2001 y 2011.
Es un consuelo. Un magro consuelo, porque es desvestir un santo para vestir otro. Y eso, al que le toca quedarse en cueros, no le hace gracia.
Encima, la clase media es más pobre ahora. Según la Reserva Federal, la clase obrera estadounidense ha visto su riqueza neta real (descontada la inflación) caer en un alucinante 52,7% entre 1998 y 2013, mientras que los más pobres han sufrido un desplome del 26,5%, y la clase media del 19,1%. Pero la riqueza del 10% más rico ha subido en un 74,9%.
Así pues, hay menos clase media y más pobres, y la clase media es más pobre y los pobres son más pobres. No hace falta ser un genio para darse cuenta de lo que eso implica. "¿Por qué Sanders? ¿Por qué Trump? Ésta es una de las razones", colgó en Facebook el experto en riesgo político Ian Bremmer, fundador de la consultora Eurasia Group junto a las estadísticas de la Fed. En Europa y en Estados Unidos, las marsopas están votando por el Leviatán. El Leviatán de Melville en Moby Dick, y también el de Hobbes: un Estado poderoso y arbitrario que imponga la igualdad que ha desaparecido. Probablemente, no sea ésa la solución. Pero nadie con algo de honestidad intelectual deberá decir que no lo vio venir.

Los bancos arruinados son una rémora para la sociedad.

El mundo empresarial y financiero que está emergiendo de la profunda crisis económica iniciada en 2007 será muy diferente al que aún opera en los mercados internacionales. La revolución digital traerá consigo un cambio radical y aún inexplorado de los procesos que transformará la organización interna de las corporaciones y de la relación de éstas con los clientes. Desplazados de los ránkings de las mayores empresas del mundo por gigantes tecnológicos como Amazon, Apple, Google o Facebook, la banca lleva años sometida a un acelerado proceso de cambio obligado para ganar competitividad, tamaño y solvencia en la nueva economía de escala global.
Golpeado duramente por la recesión, por la política de tipos cero impuesta por los bancos centrales, que le ha condenado a trabajar prácticamente sin márgenes, y por su exposición al ladrillo, pese a la creación del banco malo, el sector bancario en España está en una vorágine imparable que ha provocado ya la desaparición de decenas de compañías. Si en 2007 existían, entre bancos y cajas de ahorro, 60 entidades, actualmente quedan sólo dos cajas de muy pequeño tamaño y 16 bancos. Y el proceso de concentración va a seguir de forma inevitable. Porque los rigurosos requisitos de provisión de capital que las autoridades reguladoras exigen a todos los bancos del mundo para incrementar la solvencia y prevenir posibles impagos provocarán que muchos de ellos se vean abocados a fusionarse o ser absorbidos. El pasado jueves, el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, fue muy claro: «Los bancos no rentables o con rentabilidad insuficiente para atraer capital son una rémora para la sociedad».
De esta forma, el Gobierno que salga de las urnas el próximo día 26 tendrá que continuar el esfuerzo de saneamiento del sistema financiero impulsado por el Ejecutivo de Rajoy en esta legislatura, que acabó con el modelo insostenible de las cajas de ahorros, convertidas en feudos de los partidos, los sindicatos y las organizaciones patronales. Porque la credibilidad de nuestro país pasa inevitablemente por la fortaleza de unos bancos que se han hecho cada vez más internacionales y tienen ya el 45% de sus activos en el extranjero.
Es cierto que al final de este proceso el mercado financiero se habrá reducido considerablemente y que las empresas tendrán un número cada vez menor de entidades a las que acudir en busca de crédito y a los particulares les será más difícil conseguir mejores condiciones para préstamos hipotecarios. También, quese cerrarán miles de oficinas en todo el territorio y se perderán miles de empleos, ya que además de las concentraciones, el sector está obligado a someterse a una transformación digital de tal calado que prácticamente todas las operaciones podrán hacerse desde un teléfono móvil. Pero si algo hemos aprendido de esta crisis ha sido que la insolvencia y la debilidad de la banca puede poner en riesgo la estabilidad de cualquier país que no someta a sus entidades a un sistema de vigilancia estricto.
Pero pese a las reformas aún pendientes, la banca española se mantiene entre las más sólidas en las clasificaciones internacionales y ha demostrado históricamente que tienen los recursos y la flexibilidad suficientes como para hacer frente a desafíos de esta envergadura. Aunque lleno de incertidumbres, el horizonte es esperanzador.

La política de pactos del PSOE hace que Podemos se apodere del socialismo.

Los resultados de las generales de diciembre, que sellaron el acta de defunción del bipartidismo, y el mapa electoral que dibujan los últimos sondeos corroboran la necesidad de pactos entre las fuerzas políticas para formar Gobierno. De ahí que las posibles alianzas se hayan convertido en un asunto central de la campaña. Y de ahí las especulaciones sobre cuál será la posición del PSOE si de nuevo tiene la llave de la gobernabilidad.
El coordinador económico socialista, Jordi Sevilla, se convirtió ayer en el protagonista de la actualidad política, ya que, a través de su perfil de Twitter, el ex ministro de Administraciones Públicas, defendió que, 'para evitar terceras elecciones, si no hay mayorías, debería dejarse gobernar al candidato que consiga mayor apoyo parlamentario'. Fuentes cercanas a su persona precisaron que lo que Sevilla quiso decir es que el PSOE dejaría gobernar al PP si éste gana las elecciones y si las listas de Sánchez son superadas por Podemos.
Esto es lo que piensa un amplio sector del partido, en el que figuran dirigentes históricos como Felipe González y algunos barones con importante peso político. Pero, con independencia de cualquier hipótesis sobre lo que ocurrirá después del 26 de junio, lo cierto es que el debate suscitado por el comentario de Sevilla es consecuencia directa tanto de la ambigüedad mantenida por Pedro Sánchez sobre la política de alianzas como de las luchas internas que gangrenan la campaña socialista. Durante los últimos días se ha visualizado con claridad la sima que separa a la facción más moderada del PSOE, partidaria de enfatizar las diferencias con el populismo, con aquella que sí es partidaria de tender puentes con Podemos. Así, mientras Susana Díaz subrayó ayer que 'Iglesias y Podemos no son de fiar', la cabeza de lista de los socialistas por Barcelona, Meritxell Batet, invitó a la formación morada a 'olvidarse' del referéndum en Cataluña para desbloquear un futuro pacto.
Sánchez fue audaz aceptando el encargo del Rey para someterse a la investidura. El gesto le permitió liderar la agenda durante varias semanas, pero su empeño por forjar una triple entente imposible con Podemos y Ciudadanos ha generado una honda frustración entre las bases. El propio secretario general del PSOE admitió recientemente el 'desánimo' entre la militancia del partido, fruto de su investidura fallida y de la batalla entre Ferraz y los barones.
Si Unidos Podemos rubricara el sorpasso, el PSOE se vería abocado a una crisis sin precedentes que, con toda probabilidad, generaría una renovación generacional y una exigencia de refundación. Pero, más allá de cuestiones orgánicas, el riesgo de implosión en el PSOE acarrearía unas consecuencias nefastas para la gobernabilidad del país, teniendo en cuenta que significaría la confirmación de la izquierda radical como alternativa al centroderecha.
Desde Unidos Podemos no dudaron ayer en saltar a la yugular de los socialistas para volver a recordar que ahora el voto útil de la izquierda son ellos. Alberto Garzón aseguró que la propuesta de Sevilla le 'aterra' porque deja la puerta abierta a gobernar al PP si el PSOE pasa a ser la tercera fuerza política.
Todavía ello está por dilucidar porque existe una tercera parte de los votantes que no ha decidido la papeleta que va a introducir en las urnas y porque posiblemente existe un sufragio oculto que no aflora en las encuestas y que podría beneficiar al PSOE.
Sea la segunda o la tercera fuerza con más apoyo electoral, el dilema de Sánchez es diabólico porque tendrá que optar por dejar gobernar al PP mediante la abstención o buscar una alianza con Podemos. La tercera alternativa sería forzar unas terceras elecciones, lo que parece impensable por las nefastas consecuencias que tendría esa decisión para el país. A ello se suma que está por ver si los barones le dejarían gestionar los pactos en caso de unos resultados peores que los de diciembre.
Buena parte de estas incógnitas quedarán despejadas la noche del 26 de junio, en la que no sólo Pedro Sánchez se juega su futuro como líder del partido sino que además el PSOE arriesga su hegemonía durante 40 años como principal fuerza de la izquierda. Todo lo que suceda a partir de esa fecha dependerá de la respuesta a estas incertidumbres.

El mundo de Sofía

Ese día sólo había una pequeña carta en el buzón, y era para Sofía. 'Sofía Amundsen', ponía en el pequeño sobre. 'Camino del Trébol 3'. Eso era todo. Ni siquiera tenía sello. En cuanto hubo cerrado la puerta de la verja, Sofía abrió el sobre. Lo único que encontró fue una notita, tan pequeña como el sobre que la contenía. En la notita ponía: '¿Quién eres?' No ponía nada más. Sólo esas dos palabras escritas a mano con grandes interrogaciones".
Así empieza una maravillosa novela, El mundo de Sofía, escrita por el noruego, Jostein Gaarder en 1991. A Sofía le siguieron llegando cartas con preguntas: "¿De dónde viene el mundo?", "¿Qué fue primero, la gallina o la idea de gallina?", "¿Nace el ser humano ya con alguna idea?"... Y en ese diálogo con la adolescente Sofía, Gaarder se adentra en un ameno curso de Historia de la Filosofía.
He recordado este libro al enterarme de que la Universidad Complutense va a subsumir la Facultad de Filosofía -esa en la que estudiaron y dieron clase OrtegaZubiriMarías García Morente, entre otros...- en la de Filología. Forma parte de un proceso de reestructuración para reducir costes y, como no hay alumnos suficientes, Filosofía pasa a ser secundaria.
Veamos un pequeño estudio de campo. En la Comunidad de Madrid hay erigidas 14 universidades, seis públicas y ocho privadas. Empecemos por las privadas. Sólo una de ellas, la de Comillas, tiene un grado -lo que antes de llamaba carrera- en Filosofía. La Universidad CEU San Pablo cuenta con un grado de Humanidades en el que hay cuatro asignaturas sobre materias filosóficas. En la Udima, existe otro similar con una sola asignatura sobre Filosofía. La otras seis, Alfonso X el Sabio, Camilo José Cela, Europea de Madrid, Antonio de Nebrija y Francisco de Vitoria no tienen ningún estudio de este tipo en sus planes académicos de grado.
En las públicas, la Universidad Carlos III imparte cuatro asignaturas en los cuatro años del grado de Filosofía, Política y Economía. En la de Alcalá hay tres asignaturas de contenido filosófico en su grado de Humanidades y en la Rey Juan Carlos, ninguna. Sólo la Complutense y la Autónoma cuentan con grados completos de Filosofía, aunque en ésta última el grado se llama Filosofía, Historia y Ciencias de la Música y Tecnología musical. Con el plan de la Complutense, pues, en Madrid deja de existir lo que siempre ha sido la carrera de Filosofía y Letras. Los signos de los tiempos.
La paulatina desaparición de los estudios filosóficos no es una cuestión secundaria. El desinterés en el grado educativo superior viene porque se ha perdido, quizá irremediablemente, el estudio de la Filosofía en los programas académicos de la enseñanza obligatoria.
Es un tremendo error porque la Filosofía -el amor a la sabiduría en su acepción etimológica- está en la base de todo. Las matemáticas, la física cuántica, la moral o el derecho no se explican en su integridad sin la Filosofía. Por ejemplo, dos y dos son cuatro porque, previamente, esos dos y dos existen y eso es pura Metafísica. Y la dignidad de la persona se basa precisamente en que es persona, un concepto también metafísico. Ni el Big Bang se puede explicar sin la Filosofía.
En esta etapa de la Sociedad del Conocimiento dominada por la tecnología hace más falta que nunca ese sustrato que nos obliga a preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, entre otras cuestiones radicales. Se llama conciencia de nosotros mismos... algo que siempre nos quedará cuando la inteligencia artificial se haya apoderado de casi todo. Aunque quizá ya no lo sepamos.

PSOE, una derecha con leche de izquierdas.

No hace mucho hemos conocido un comunicado de la plataforma Ganemos Madrid en el que critican la conformación -y algo más- de la comisión creada por la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, a propósito de la aplicación de la llamada ley de la memoria histórica. A juzgar por su contenido, parece que 40 años después de concluido el periodo ominoso de la dictadura de Franco, el antifranquismo se resiste a morir. Sigue siendo un ingrediente primordial en la movilización de sectores de la izquierda antiliberal y anticapitalista, ahora englobados en las nuevas plataformas ciudadanas. Pero, ¿también en el Partido Socialista?
El PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra lo mantuvo a buen recaudo, a sabiendas del peligro que entrañaba. Era un partido de mayorías que no podía perder el voto de los moderados. Puesto que los socialistas habían contribuido mucho a la fundación de la nueva democracia y al desmantelamiento pactado de las instituciones franquistas, cuanto más insistieran en que sus políticas y su reformismo habían enterrado la vieja España, menos coherente era sacar a pasear el antifranquismo. Ellos, además, no habían beatificado a sus antecesores socialistas de los años 30 y habían aprendido a rentabilizar una moderada autocrítica con la que abandonar el marxismo y defender la conciliación de monarquía, democracia y pluralismo, todo un hito en una formación con un pasado traumático. En fin, el partido de Largo Caballero en 1936 y el de Felipe González en 1982 eran completamente diferentes.
Sin embargo, tras 14 años en el Gobierno, el PSOE no remató su propia transición ideológica, temeroso de verse privado de una parte de su identidad histórica. Y, tras abandonar el poder, González no tardó mucho en mostrar cierto arrepentimiento por no haber sido más contundente en su antifranquismo, como si la victoria de la derecha en las urnas, a finales del siglo, fuera una aberración fruto de la pervivencia de la dictadura. Era un juego arriesgado porque si el PSOE aceptaba una parte de lo que las izquierdas marginales habían estado diciendo durante años sobre la Transición (esto es, que era una operación dirigida por franquistas para mantener las estructuras de poder de la dictadura, que no se había fundado una democracia completa y que no se había rendido honores a losvencidos de la Guerra Civil), era su propia trayectoria política, desde 1976 en adelante, lo que acabaría estando en entredicho.
Años después, el nuevo presidente socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, no lo entendió así. Se apresuró a redefinir el espacio ideológico del socialismo español pensando que podría abrir la puerta de las instituciones a los debates sobre el pasado sin que éste se convirtiera en un arma arrojadiza. Era una apuesta peligrosa para la identidad electoral del PSOE, que había sido hasta entonces un partido situado en la centralidad. Pero el nuevo secretario general de los socialistas coqueteó en los márgenes de su izquierda para apropiarse de un discurso que, sin embargo, los radicales enarbolaban con más convicción y firmeza: si la democracia española se enfrentaba cara a cara a las huellas del franquismo, seguiría siendo una democracia imperfecta en beneficio de la derecha. Zapatero no se fue hacia el centro sino todo lo contrario, como si quisiera suplir el agotamiento ideológico de la socialdemocracia con una dosis de identidad antifranquista. Pero lo hizo a costa de situar a su partido en contra de su propio pasado. Porque la postura de los socialistas durante la etapa constituyente y sus primeros años de gobierno no era compatible con un discurso que, se quisiera o no, terminaba dando la razón a los radicales que denunciaban la Transición como un pacto amnésico, injusto con los vencidos y responsable de un travestismo que había mantenido vivo el poder franquista. Pero lo peor es que desarmaba a los socialistas ante la contundencia de quienes querían demoler la herencia de la Transición, y no sólo por lo que aquella tuvo de reconciliación y pacto, sino básicamente porque permitió instaurar una democracia representativa y garantizó el pluralismo y la economía de mercado.
Si se estaba contra el franquismo es porque éste último seguía vivo, lo que quería decir que alguien tenía que encarnarlo. Por consiguiente, 30 años después de aprobada la Constitución, el antifranquismo era una buena arma para atacar al PP. Sin embargo, lo que no entendió bien la dirección del PSOE, de nuevo en el gobierno desde 2004, es que si el franquismo no había muerto todavía, el problema no podía estar sólo en la derecha sino en ellos mismos, esto es, el centroizquierda que lo había consentido. ¿Acaso el PSOE no había gobernado durante muchos años una economía de mercado, había sido un firme defensor de la institución monárquica, había respetado los acuerdos Iglesia-Estado y había cumplido con los pactos suscritos con sus socios europeos en materias como la legislación comercial e industrial? El PP, por heredero de AP y por ser la derecha, encarnaba en sí mismo y sin necesidad de demostración empírica, el franquismo. Pero a los ojos de la izquierda situada en los extramuros de la democracia constitucional del 78, el PSOE no sólo era un cómplice sino también quien había acabado mimetizándose con las estructuras del poder posfranquistas, haciendo lo mismo que la derecha. Así pues, sólo era cuestión de tiempo y oportunidad (la movilización del 15-M, el despliegue de populismo a través de la telepolítica y, sobre todo, las contradicciones de la política económica entre 2007 y 2011) que los socialistas se vieran desbordados por su izquierda y atrapados en su propia paradoja: protagonistas felices de la Transición y cómplices vergonzantes de sus críticos antiliberales.
En estos términos, era perfectamente predecible lo que esperaba al grupo de trabajo que el Ayuntamiento de Madrid ha elegido para resolver el asunto de la memoria histórica. El hecho de que su presidenta sea socialista y la comisión tenga una composición variada no la ha protegido de una dura crítica por parte de aquellos a quienes el Partido Socialista apoyó para presidir el Gobierno de la ciudad.
El comunicado de Ganemos Madrid ha devuelto a los socialistas a la realidad de sus contradicciones: les "alarma", han dicho, que la presidenta de la citada comisión, Francisca Sauquillo, haya dicho que la "Memoria Histórica se recupera por consenso", puesto que, para ellos, lo que está en juego es la "justicia" que debe hacerse a las víctimas de un "golpe militar contra un gobierno democrático". Enunciado este diagnóstico sobre el pasado de forma tan categórica y simplista, es evidente que para los ciudadanos de Ganemos no cabe consensuar nada. A un integrante de la comisión, un académico próximo a los socialistas, le han reprochado su "oposición a la nulidad de los juicios del franquismo". También han puesto el grito en el cielo por el mero hecho de que otro de los miembros (uno entre seis) haya sido propuesto por el PP. Y han dejado claro que no hay antifranquismo que se precie sin una referencia a la Iglesia: ésta, en tanto que antigua aliada del franquismo, no debería tener voz ni voto en la citada comisión.
Seguro que la toma de postura de la gente de Ganemos ha extrañado a algunos socialistas, que quizá habían esperado más comprensión por parte de quienes les deben la alcaldía, a sabiendas de que ellos, desde una posición de respetable centroizquierda, serían capaces de dar por cerrado el asunto con una combinación adecuada de prudencia y respaldo académico. Pero no hay nada de extraño en la recriminación ideológica que les han hecho los de la sucursal de Podemos. Porque o el franquismo está muerto y no cabe deslegitimar la Transición por esa vía, ni por lo tanto a quienes han gobernado el país en estos 30 años; o si aquella fue imperfecta y la dictadura sigue vigente por otros medios, el PSOE no puede apelar al consenso, puesto que eso le conduce directamente a la derecha y a quienes encarnan el franquismo redivivo. Probablemente, al PSOE de los años 80 no le habría llevado un minuto decidir en esta disyuntiva: seguir o no de comparsa de quienes utilizan el antifranquismo para disimular una concepción perversa de la ciudadanía.
Manuel Álvarez Tardío es profesor de Historia del Pensamiento Político de la Universidad Rey Juan Carlos.