¿Sublime o bello?.

Atrévete a sentir

La búsqueda de lo sublime en tiempos de escepticismo e igualdad se difumina

La alternativa es el peligro de retroceder

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Ilustración de Fernando Vicente.
1. ¿Podemos sentir, pensar y representar lo sublime en la actual época de la cultura? La etimología latina de "sublime" (sublimis) señala lo muy alto y "sublimar" indicó al principio levantar o elevar. ¿Existe hoy una literatura de estilo elevado? ¿Sería imaginable algo semejante a la antigua epopeya homérica o a una tragedia griega protagonizadas por héroes míticos que, según la preceptiva aristotélica, se caracterizan por ser superiores a nosotros, las personas reales? Muchos tenderían a pensar que no. Vivimos una hora en la que la simple mención de lo sublime suscita en la mayoría un mohín de escepticismo, cuando no una palabra de sarcasmo. El cinismo ambiente ha desterrado del mundo contemporáneo la mera conjetura de lo grandioso, pues así precisamente se define lo sublime: como lo grande, eminente, excelso, de elevación extraordinaria. La presente etapa de la cultura, desertora del ideal, habría quedado inhabilitada para tan subido sentimiento porque el igualitarismo democrático impone una nivelación general que lo excluye. Al homo democraticus le sería dado disfrutar de las cosas sublimes producidas por los clásicos de nuestra gloriosa tradición cultural —en una relación arqueológica o anticuaria con ellas—, pero ya no crearlas. Eso ya no, salvo acaso una sublimidad rasamente cuantitativa, como esas colosales obras de la arquitectura moderna o la admiración ante las extensiones impensables del universo con sus millones de millones de estrellas y galaxias que estudia la astrofísica. Pero una cualitativa, concebida como grandeza moral y estética, se nos antoja hoy muy poco convincente.
Ahora bien, ¿y si la inveracidad de lo sublime a los oídos contemporáneos respondiera a causas accidentales, adventicias? Ojalá sea así porque sin ese anhelo de elevación hacia lo óptimo las culturas se empobrecen sin remedio. Cada época propone un ideal —griego, romano, medieval, renacentista, ilustrado, romántico— que, como expresión cimera de lo humano, seduce por su perfección, ilumina la experiencia individual y moviliza el entusiasmo latente haciendo avanzar al grupo en una dirección. Una sociedad sin ideal —y lo sublime es una forma de ideal— está condenada fatalmente a no progresar, a repetirse y a la postre a retroceder. Nada prueba la incompatibilidad esencial entre la democracia y un ideal sublime. Quizá sólo exista con la versión distorsionada que de ese ideal ha depositado a las orillas del presente las oleadas de la historia, de suerte que, restituido a su significado original, se hallaría en condiciones de fecundar nuestra cultura tanto como lo hizo en las anteriores y agitar positivamente las fuentes de un entusiasmo por ahora reprimido y a la espera de su momento propicio.
2. Durante la Antigüedad lo sublime es una variedad de lo bello. La belleza se asocia primeramente a las cosas dotadas de forma, justa medida y proporción. Pero también le son propios el éxtasis, el hechizo o el rapto que suscita lo sublime. En el diálogo platónico Ión, Sócrates contrapone la técnica y ese don inspirado por un dios que entra en el poeta, se apodera de él y le hace componer versos de alta belleza, presa de furor y divino delirio, sobre temas de los que carece de conocimiento empírico. Los poetas no son otra cosa que intérpretes de los dioses; cuando poetizan se hallan fuera de sí y el alma les desborda de entusiasmo. De donde se sigue que el concepto formal de lo bello debe completarse con esa otra belleza de calidad sentimental que se compendia en la palabra entusiasmo, cuya etimología (en-thousiasmos) evoca justamente esa posesión divina.
En los primeros siglos de nuestra era, un desconocido profesor griego escribió el tratado de retórica Sobre lo sublime, atribuido a un tal Longino. Lo sublime es como una elevación y una excelencia en el lenguaje, aquella grandeza que gana siempre nuestra admiración porque es digna de imitación y de perduración en las generaciones siguientes. “Es grande”, leemos en el tratado, “sólo aquello que proporciona material para nuevas reflexiones y hace difícil, más aún imposible, toda oposición y su recuerdo es duradero e indeleble. En una palabra, considera hermoso y verdaderamente sublime aquello que agrada siempre y a todos”. Este agradar universal (“siempre y a todos”) es obra de la naturaleza porque ella “hizo nacer en nuestras almas desde un principio un amor invencible por lo que es siempre grande”.
Durante la Antigüedad lo sublime es una variedad de lo bello. La belleza se asocia primeramente a las cosas dotadas de forma, justa medida y proporción
Esto vale para amar lo grande, pero ¿cómo crearlo? ¿Cómo produce el poeta una obra literaria sublime? Longino cree que el artista, además de poseer una depurada técnica (para el uso de figuras, la elección de palabras justas y la composición), ha de reunir además disposiciones intelectuales y sentimentales innatas, toda vez que “lo sublime es el eco de un espíritu noble”. El célebre capítulo 9 del tratado se refiere a esa “natural grandeza de espíritu” de dichos poetas: “El verdadero orador no debe tener un espíritu mezquino e innoble. Pues no es posible que aquellos que han tenido toda su vida hábitos y pensamientos bajos y propios de esclavos realicen algo digno de admiración y de la estima de la posteridad. Grandiosas son las palabras de aquellos que tienen pensamientos profundos”. La segunda disposición innata es una pasión entusiasta y vehemente, una emoción “que respira entusiasmo como consecuencia de una locura y una inspiración especiales y que convierte las palabras en algo divino”.
En suma, grandes pensamientos (nobleza) y grandes sentimientos (entusiasmo).
Para la Antigüedad el mundo conforma un cosmos finito, cuya belleza reside en la limitación. Lo ilimitado, lo infinito son siempre sospechosos para el griego, porque remiten a una situación caótica, monstruosa, previa a la determinación de las leyes naturales. El arte no debe tratar de inventar nada, sino imitar la bella perfección de una naturaleza preexistente. Incluso para Longino lo sublime se integra en lo bello y se puede hablar con propiedad en él de una belleza sublime. Pero es cierto que en su tratado (capítulos 35 y 36) encontramos expresiones que parecen subvertir este orden clásico porque sugieren la insuficiencia de la naturaleza para un poeta inflamado que, “abandonando las fronteras del mundo”, alcanza una grandeza supranatural que, a pesar de su imperfección, es sublime. Aquí se apunta la posibilidad de una sublimidad antibella y antinatural, sin imitación, que la modernidad, leyendo a Longino a su conveniencia, convertirá en canónica.
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3. Longino llegó a la Europa moderna, tras siglos de olvido, por la traducción de su tratado que en 1674 hizo el académico francés Boileau-Despréaux. Pronto se apropió del concepto el pensamiento inglés, que lo trasplantó desde los dominios de la retórica, su lugar original, a los de la psicología de las artes visuales. Para Addison, en Los placeres de la imaginación (1712), estos placeres son de tres clases según los objetos que comparecen a la vista: lo bello, lo singular y lo grande (los dos últimos acabarán recibiendo el nombre de pintoresco y sublime, respectivamente). Ante lo grande, dice, “caemos en un asombro agradable y sentimos interiormente una deliciosa quietud (stillness) y espanto(amazement)”. Burke, autor de De lo bello y lo sublime (1757), el texto más influyente en la materia junto al de Longino, permutará la tríada de Addison por un dualismo insuperable, definitivo, entre sólo las dos categorías del título, cuyo antagonismo exaspera hasta el extremo. Lo bello es una sensación sociable, de placer o amor, que suscita la vista de determinados cuerpos pequeños, graciosos y delicados. Lo sublime, en cambio, es un deleite solitario. Y en su analítica de lo sublime Burke caracteriza esta categoría con propiedades romantizadas contrapuestas a su visión neoclásica o rococó, muy siglo XVIII, de la belleza. Produce asombro y admiración la contemplación de esos grandiosos fenómenos desatados en la naturaleza —tempestades, huracanes, terremotos, volcanes en erupción, la pavorosa majestad de la noche oscura— cuando observamos la proximidad del peligro que nos amenaza, pero al mismo tiempo nos sabemos a salvo de él. Y ninguna fuente mayor de lo sublime que el vislumbre de lo que, por no poder percibir sus límites, presentimos infinito. “La infinidad”, escribe Burke, “tiene una tendencia a llenar la mente con aquella especie de horror delicioso(pleasing horror) que es el efecto más genuino y la prueba más verdadera de lo sublime”.
Aquí se consuma el giro moderno de lo sublime. Por un lado, una belleza natural seca, simétrica y ornamental; por otro, una sublimidad infinita, en trance, sobrenatural y por eso mismo deforme o informe. El más consecuente corolario de este presupuesto lo hallamos, dentro de las artes visuales, en el expresionismo abstracto norteamericano. En un texto de 1947, The sublime is now, Barnet Newman escribió que “la única pregunta que se impone hoy es cómo crear un arte de lo sublime”, lo cual requiere, afirma con radicalidad, una previa destrucción de la belleza. Y ese designio lo creía cumplido en el arte abstracto de su país, sin imitación de bellas formas naturales, que “reafirma el deseo natural del hombre por lo exaltado y nuestra relación con las emociones absolutas”. Y el crítico Rosenblum en The abstract sublime (1961) conecta Luz y verde sobre azulde Rothko (1954) con Monje al borde del mar de Friedrich (1809) para argüir que las raíces comunes del expresionismo abstracto y la pintura de paisajes del romanticismo se hallan en el arte de lo sublime.
En su Crítica del juicio (1790) Kant confirma el antagonismo burkeano entre lo bello y lo sublime, así como la intimidad del segundo con la infinitud. Para Kant lo sublime —“aquello en comparación con lo cual toda otra cosa es pequeña”— es un sentimiento despertado por la idea de infinito, una idea que, por el mero hecho de poder ser pensada por la razón, demuestra la superioridad de nuestro espíritu sobre la precaria naturaleza. Si la naturaleza es bella por su forma y su limitación, lo sublime invierte los términos y participa de lo informe e ilimitado que la idea de infinitud lleva en su vientre. Sólo que ahora, a diferencia de lo que sucedía en la Antigüedad, esa idea de infinitud no denota carencia sino, al contrario, plenitud máxima. El hombre poscopernicano es un rey destronado que, al perder el centro del cosmos, compensa la herida en su narcisismo constituyéndose él mismo en una totalidad aún mayor. Y lo sublime es la categoría estético-moral que mejor se adapta a este segundo mundo espiritual: el de la subjetividad moderna de anhelos infinitos. “Lo sublime”, escribe Lyotard comentando el citado artículo de Newman, “es el modo de la sensibilidad artística que caracteriza la modernidad”. Lo sublime ya no es cuestión de elevación, como en Longino, sino de intensidad, de manera que puede incluir las supuestas imperfecciones, las infracciones al gusto, la fealdad, si son lo bastante intensas. “El arte no imita la naturaleza, crea un mundo paralelo, eine Zwischenwelt, dirá Paul Klee, donde lo monstruoso y lo informe tienen su derecho porque pueden ser sublimes”.
Se consuma el giro moderno de lo sublime. Por un lado, con una belleza natural seca, simétrica y ornamental; por otro, con una sublimidad infinita, en trance, sobrenatural
En lo sublime kantiano sorprende Eugenio Trías el origen de ese inquietante deslizamiento moderno de lo sublime hacia lo siniestro: sin límites de ninguna clase, informe y contrario a la belleza, se abre a lo abismal, terrorífico, espantable, mórbido y aun demoniaco. Así, sublime en el siglo XX serán, por ejemplo, los desfiles y concentraciones nazis filmados por una fascinada Leni Riefenstahl; y en el siglo XXI, nada más sublime, diría el compositor Stockhausen aún bajo los efectos de su impacto, que el choque televisado de los aviones terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York.
4. Longino ya se preguntaba por qué en su época escaseaban los poetas sublimes. Se daba dos razones. La primera, la ausencia durante el Imperio Romano de libertades democráticas: “La democracia es una excelente nodriza de genios y sólo con ella florecen los grandes hombres de letras”. La segunda, el desmedido afán de riquezas y de placeres de sus coetáneos, quienes, dominados por la indiferencia, ya no miraban hacia arriba ni emprendían jamás nada digno de emulación y honor. ¿Qué diríamos de nuestra época? En este comenzado siglo la democracia se halla sólidamente asentada en Occidente, pero reina por todas partes la indiferencia ante lo sublime. ¿Por qué? ¿Sólo por el afán de riqueza y placeres?
El anterior recorrido histórico —que va de lo elevado a lo siniestro— explica por qué esa sublimidad distorsionada que hemos heredado de la modernidad carece de persuasión como ideal movilizador para la época democrática. Se hallaría pendiente la tarea de restauración y civilización del concepto, que empezaría por recuperar la noción de sublimidad bella o belleza sublime, entendida como grandeza y ejemplaridad digna de imitación y perduración, como elevación y no sólo como intensidad. Una sublimidad no sólo cuantitativa —no sólo ese gigantismo de los grandes números al que es propensa nuestra cultura colosalista—, sino sobre todo cualitativa, que aspira a lo mejor en todo. En fin, una sublimidad de la finitud y amiga de los límites, urbana más que natural y dispuesta a absorber la vulgaridad para transformarla sin ignorarla desdeñosamente.
Sólo el entusiasmo nos peralta a lo sublime y hoy esta emoción divina parece que se nos niega, apagadas sus fuentes por el escepticismo y la resignación generales. El propio Longino alerta contra el falso entusiasmo, la vana hinchazón, la solemnidad que no conmueve, el patetismo inoportuno. Lord Shaftesbury dedicó la mayor parte de su Carta sobre el entusiasmo (1708) a denunciar sus modalidades corrompidas, que en su época habían tomado la forma de fanatismo religioso extático. El verdadero entusiasmo, dice, permanece poderoso ante la libertad de crítica y el sentido del humor.
Kant dio el lema a la modernidad, ese “atrévete a pensar” (sapere aude) que todavía nos guía. Ahora nos convendría una exhortación pareja a dejarnos conmover, con entusiasmo crítico y bienhumorado, por todo lo grande, noble y hermoso de este mundo. El nuevo lema saldría de una ligera modificación del anterior, que no deroga sino complementa

No se trata sólo de enamorarse de la libertad, sino de hacer un uso inteligente, civilizado y virtuoso de ella


No se trata sólo de enamorarse de la libertad, ya descontada, sino de hacer un uso inteligente, civilizado y virtuoso de ella

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Presentación en Castellón de la maqueta del proyecto Marina D'Or Golf.
Lo primero, la propiedad; inmediatamente después, la libertad. Esta suele ser la secuencia en el proceso de modernización de los países. Primero, emerge una clase media que, de hecho, accede a la propiedad y luego hace la revolución para que un nuevo orden proteja sus derechos y garantice sus libertades. Establecido el nuevo orden, los propietarios renuncian al radicalismo.
Una secuencia como ésta también se verificó en España, con las peculiaridades propias de un país cuya clase media emergió comparativamente muy, muy tarde. En efecto, en los sesenta, el español ya pudo permitirse un seiscientos y algunos electrodomésticos; en los setenta, llevó a cabo la transición política a la democracia y la libertad. Cuando se pregunta por los valores ciudadanos en los últimos 40 años debe tenerse presente este dato: en algunos países occidentales en cuyo espejo tendemos a mirarnos, ese periodo de tiempo conforma una etapa más en una larga historia de libertad democrática, mientras que en España esos años son los de la fundación de dicha historia, los de la tardía y final modernización del país, los de la definitiva entrada de la clase media relativamente ilustrada en el protagonismo histórico del país, los de la superación del excepcionalismo español y su anhelada normalización europea. Y todo esto determina cómo fueron vivenciados esos valores por los españoles. Porque otros países que han disfrutado de dos o tres siglos de instituciones liberales, han tenido tiempo para poner a prueba la fortaleza de su libertad. En épocas de prosperidad, han sido testigo de excesos del sistema; en épocas de crisis, han tenido que sufrir la amenaza de radicalismos que quieren reventar ese mismo sistema. Pero han salido vencedores: en ellos el amor a libertad se ha demostrado resistente a los peligros que acechan los delicados equilibrios de las instituciones que la protegen. Mientras que aquí en 1975 estrenábamos libertad y lo hacíamos sin una previa educación sentimental. Libertad sin instrucciones de uso.
La grandeza de los momentos fundacionales se ha desvanecido y nos hemos acostumbrado a convivir con la inevitable rutinización de la política
Así que, de un lado, vivimos ese nuevo periodo de nuestra historia como un origen, algo que ha permanecido en nuestra memoria aureolado con la épica de los grandes acontecimientos y dotado de un simbolismo fundacional, como los estadounidenses recuerdan la declaración de la independencia, los franceses la toma de la Bastilla o los italianos su unificación. Pero, de otro, nada o poco instruidos en los usos y formas de la libertad y con el sentimiento de una antigua deuda con nosotros mismos ansiosos por pasar al cobro, nos abandonamos enseguida a una ebriedad de los espacios de libertad conquistados, lo que redundó, en nuestros ochenta, en un estallido jubiloso de creatividad pero también en una glorificación de la vulgaridad, la zafiedad y el mal gusto hecha programa cultural (la movida madrileña). Y, en los noventa, beneficiarios de fondos sociales y estructurales procedentes de nuestra nueva pertenencia a la Comunidad Económica Europea, los españoles se sorprendieron con dinero en sus manos, riqueza sólo aparente, pues no era del todo fruto de su trabajo y su ahorro y de las virtudes que éstos llevan aparejadas, sino de la solidaridad europea.
Fueron los finales de los noventa y principios del actual siglo tiempos de prosperidad para los españoles, en los que quienes habían sido precipitadamente libres, se vieron de pronto sobrevenidamente ricos. Y entonces emergió la figura que mejor ejemplifica los excesos del sistema: el nuevorrico. Y después, en la segunda década de este siglo, llegaron los tiempos sombríos de la crisis, que derraman dolor por todas partes y ponen a prueba la libertad por el otro lado: la crítica apocalíptica del sistema. Y, como era de esperar, han acudido oportunamente a la llamada del dolor, aprovechando el desgaste y el desprestigio que el sistema soporta en estas circunstancias penosas, los movimientos antisistema en sus dos modalidades conocidas: el radicalismo de extrema izquierda y el independentismo.
La calle Preciados, en Madrid, abarrotada de gente en Navidad.
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La calle Preciados, en Madrid, abarrotada de gente en Navidad. 
Ya no somos ese país que estrena su naciente democracia. 40 años más tarde, empezamos a tener veteranía. La grandeza de los momentos fundacionales se ha desvanecido y nos hemos acostumbrado a convivir con la inevitable –y en realidad deseable- rutinización de la política: de la épica de los setenta a la lírica de los ochenta y, después y quizá para siempre -¡ojalá!-, a la prosa democrática. Hemos conocido de primera mano los peligros que amenazan la libertad: los de los excesos (nuevorriquismo), los de las crisis (radicalismo, independentismo). Y hemos resistido. Y además hemos salido mejorados tras aprender una importante lección. Que la libertad, bien supremo, es condición de la moralidad, pero no la moralidad misma. O dicho de otra manera, que no se trata sólo de enamorarse de la libertad, ya descontada, sino de hacer un uso inteligente, civilizado y virtuoso de ella. Porque hemos comprendido también que, desde la perspectiva de la moralidad colectiva de los países y de las culturas, todavía nos queda mucho, mucho, por progresar.

¿Para qué sirve realmente la ética?

FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Francesc de Carreras y Adela Cortina, este sábado en Madrid.

Para la autora de Ética mínima y FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Los caballos en el motor y los burros al volante

Adela Cortina y Francesc de Carreras charlan sobre política, corrupción, ética y nuevas tecnologías en un acto de EL PAÍS en la Feria del Libro de Madrid

Un soleado sábado al mediodía en el parque del Retiro, a la sombra de la Feria del Libro de Madrid: confortable contexto para escuchar algunas andanadas de lucidez. Si por algo son necesarios algunos intelectuales es por su capacidad de resumir, criticar, demoler y tranquilizar al mismo tiempo en cuestión de segundos. Y estando como estamos necesitados de tranquilidad en tiempos convulsos, venía bien escuchar ayer a Adela Cortina y a Francesc de Carreras hablar de cómo nos va y, sobre todo, de cómo nos puede ir.
Política, corrupción, ética, medios de comunicación y nuevas tecnologías fueron las cuestiones que vertebraron la mesa redonda Los retos de la civilización contemporánea protagonizada ayer en la biblioteca Eugenio Trías por la filósofa y catedrática de Ética y el jurista y catedrático de Derecho Constitucional. El encuentro fue organizado  y moderado por el periodista de este diario José Andrés Rojo.
En un momento del debate, y cuando el moderador había puesto sobre la mesa el papel de los medios de comunicación en los tiempos de las nuevas tecnologías y la llamada crisis del mediador, Adela Cortina rescató de la noche de los tiempos aquella reflexión del inolvidable/imprescindible Perich en aquel librito de cachondeos filosóficos titulado Autopista editado en 1970, y en la que decía: “dicen que la velocidad de los vehículos es cuestión de caballos en el motor pero yo creo que es cuestión de burros al volante”.

Para la autora de
 Ética mínima y ¿Para qué sirve realmente la ética?, existe una “asimetría” esencial: la que consiste en que “la globalización tecnológica no se ha visto acompañada de una globalización moral ni política que nos permita responder a los problemas”. “Gracias a los avances en las tecnologías de la comunicación por fin se ha podido hacer realidad el mundo cosmopolita que soñaron los estoicos, pero el mal uso de ellas incrementa las desigualdades”, explicó Adela Cortina.Esto, retroactiva pero definitivamente, serviría para explicar muchas de las cosas que están pasando hoy. Bien lo sabe Adela Cortina: “Lo esencial en esta sociedad de conectividad es la formación del sujeto moral y el respeto a la dignidad humana”, dijo, y añadió: “La cuestión, en efecto, es quién lleva el volante. Si es alguien que domina perfectamente internet, el uso de los últimos móviles y de las últimas tecnologías pero es alguien absolutamente inmoral, pues hará toda suerte de barbaridades”. Y de ahí lo de los caballos y los burros.
Ambos coincidieron en señalar el deterioro del interés por las humanidades y el progresivo ninguneo administrativo y gubernamental de su enseñanza como una lacra. Así lo ve el catedrático de la Autónoma de Barcelona: “El conocimiento cultural va desapareciendo. Un ejemplo es que la filosofía se ha convertido en una materia optativa en la enseñanza secundaria, y eso es grave. Estamos en una crisis cultural en la que no hay respuesta alguna por parte de los intelectuales y de los universitarios”. Y Adela Cortina remachó: “Un país que quiere ser desarrollado tiene que cuidar las humanidades como a la niña de sus ojos, porque el desarrollo humano no es el PIB… también lo son la cultura y la dignidad”.
Otra coincidencia entre ambos: la ola social de indignación que cundió a raíz del 15-M no solo fue comprensible, sino que “tenía que haber llegado antes si uno se fija en los índices de paro juvenil que había, etcétera” (Cortina). Pero en contra de lo que opinan algunos, dijo De Carreras, “el parlamento español sí que está legitimado, porque fue elegido por todos nosotros, y la democracia es sobre todo controles, las elecciones son un control… lo que pasa es que los políticos han perdido credibilidad porque se ha generalizado el político corrupto”.




  • La causa de nuestro descontento, somos nosotros mismos con nuestra orgía de criticismo destructivo y errático

    Democracia sin ideal

    La vulgaridad estética y moral parece dar el tono a nuestra época. Impera una orgía de criticismo destructivo y errático

    Cabina electoral en un colegio de Aravaca (Madrid) el pasado 20-D.
    Cabina electoral en un colegio de Aravaca (Madrid) el pasado 20-D. GORKA LEJARCEGI
    ¿La causa de nuestro actual descontento? El dolor que la crisis ha derramado por el reino, la corrupción que a nadie respeta, el desprestigio de los políticos y del sistema de partidos, el desgaste de las instituciones públicas, la desmoralización de la ciudadanía, la banalidad de los medios de comunicación. En suma, la vulgaridad estética y moral que parece dar el tono a nuestra época creando un malestar en la cultura española. Cierto que una democracia consolidada acaba perdiendo con el paso del tiempo la sublimidad de su momento fundacional (en nuestro caso, la Transición) y rutiniza su funcionamiento: madurar es reconciliarse con la imperfección propia y ajena y aprender a convivir con ella. Una porción de vulgaridad es, sin duda, consustancial a lo humano. Pero la que ahora nos rodea ha alcanzado, en el sentir de muchos, un término insoportable. El programa de reforma de la vulgaridad colectiva —que se ha constituido en la primera urgencia nacional— sólo puede llevarse a cabo mirando hacia un ideal compartido y transformador. Y España, que es una democracia consolidada, carece de un ideal cívico bien definido y, en consecuencia, corre el riesgo de sufrir los problemas propios de una democracia sin ideal.
    ¿Qué es un ideal? Una propuesta de perfección humana, que señala una dirección al ciudadano, ilumina su experiencia individual con una oferta de sentido y moviliza las energías latentes en una sociedad. También puede presentarse como la enunciación personalizada (prototipo) de los valores que se estiman deseables y excelentes en una cultura. El ideal no describe el presente estado de cosas sino prescribe otro de rango superior; no pertenece al orden del ser —el funcionamiento real de las instituciones, siempre bajo el signo de la imperfección— sino al del deber-ser. En el mundo de nuestra experiencia, ambos órdenes conviven: una realidad sin deber-ser está condenada a ser unidimensional, previsible, resignada; pero, por otro lado, el ideal no es, propiamente no existe con la realidad de una cosa, sino que se propone como innovación y apremio a dicha realidad, en permanente relación dialéctica con ella. El ciudadano culto no es tanto un idealista como un realista con ideal: sabe que la realidad es estructuralmente imperfecta y al mismo tiempo no se conforma con ese estado de cosas sino que aspira a reformarlo con arreglo a un ideal de perfección que moviliza pero que no se realiza históricamente y que, como el horizonte, se aleja a medida que uno avanza en el camino.
    La España de hoy, de tendencias escépticas y cínicas, descree de la posibilidad misma de un ideal. La complejidad de los intereses en juego, el especialismo científico y técnico, el multiculturalismo y la postmodernidad —que niega legitimidad a los grandes relatos— argumentarían contra la mera hipótesis de un ideal unitario. Y, sin embargo, todas las culturas dignas de ese nombre, a lo largo de la historia universal, proponen uno: el ideal grecorromano, el medieval, el renacentista, el ilustrado, el romántico… ¿Sólo la democracia liberal carecerá de él? Si fuera así, pasará a la historia como la época de la vulgaridad triunfante. Porque el ideal cumple dos funciones civilizatorias. La primera es servir de motor para el progreso moral de los pueblos, que seducidos por el ideal avanzan en pos de una perfección que los dinamiza. Y la segunda, es el fundamento de la crítica de las iniquidades del presente. Pues, en efecto, la crítica sólo puede practicarse cuando se observa la distancia que separa la realidad tal como la experimentamos —con sus dolorosas imperfecciones y corrupciones— y ese ideal de perfección vivo en nuestra conciencia. A veces se contrapone, como si fueran instancias antagónicas, el ideal y la crítica. Sucede al revés: sólo si contemplamos la realidad a la luz del ideal, sólo entonces podemos ejercer con fundamento una sana crítica sobre el presente. Que la democracia renunciara al ideal implicaría, por consiguiente, condenarla al conservadurismo moral y a la ausencia de crítica constructiva.
    El éxito relativo de los brotes antisistema denota que el sistema no logra definir un ideal alternativo movilizador
    “El hombre no puede resistir demasiada realidad”, reza el conocido verso deCuatro cuartetos de T. S. Eliot. Ante el exceso de realidad insoportable, han brotado últimamente en España movimientos antisistema con probada capacidad de suscitar entusiasmo: el populismo y el independentismo. Sus idearios no valen, sin embargo, como auténtico ideal. Porque no se presentan como universales sino como abiertamente minoritarios, excluyentes y confrontados a una mayoría social (ideológica, territorial). Con todo, el éxito relativo de los brotes antisistema denota que el sistema no logra de momento definir un ideal alternativo igualmente movilizador. Lo cual no es de extrañar porque, en ausencia de ideal regulativo, nos hemos abandonado a una orgía de criticismo destructivo y errático al sistema que ha conseguido desprestigiarlo a los ojos de todos y nos ha dejado un poso de indefensión, rabia y melancolía. Más que nunca necesitamos en España un ideal sistémico, que, como todo ideal a lo largo de la historia, sea prescriptivo, luminoso y movilizador, pero que, como ideal genuinamente contemporáneo, sincronizado al espíritu de su época, sea también igualitario, secularizado, persuasivo, cívico, colaborativo y cosmopolita, a la altura de esa ciudadanía que en democracia aspira a organizarse alguna vez como mayoría selecta.
    Para empezar a trabajar en la definición de ese ideal colectivo conviene practicar una gimnasia mental que nos cambie la perspectiva. Si acercamos mucho la vista a la piel de la persona amada, observaremos imperfecciones: manchas, arrugas, lunares. Si le aplicamos el microscopio, la cosa empeora: sobre la superficie escamosa de la epidermis abundan células muertas, bacterias, basura orgánica. Cuando, en cambio, nos separamos y contemplamos a esa persona con distancia, reconocemos en ella la figura que amamos.
    De igual manera, el hipercriticismo al sistema adopta un punto de vista microscópico, parcial, cortoplacista y distorsionado por el dolor subjetivo del observador y por el ritmo de una vulgaridad cotidiana hecha espectáculo. Pero si elevamos la mirada y nos hacemos cargo de la totalidad del sistema democrático español y analizamos su devenir a largo plazo, entonces, desde esta más amplia perspectiva, que hace justicia a la objetividad del conjunto, uno presiente un ideal, aún no definido pero latente, que confusamente lo anima y lo hace progresar.
    Javier Gomá es filósofo y autor de Filosofía mundana. Microensayos completos.
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    Sondeo Electoral 26J.- El PP barre en todas las encuestas (subiendo) y podría gobernar en solitario.


    Podemos y su alianza con IU le impulsa a situarse como segunda fuerza política con el 23,7% de los sufragios y 80 diputados, después del escándalo de hoy se podría "caer" a donde le corresponde. 
    Los socialistas se desploman, logran sólo el 20,3% y se quedan en 77 parlamentarios y bajando
    El PP sube hasta el 31% y suma con C's 169 escaños, a nueve de la mayoría absoluta.
    Desbordar. Ese es el objetivo que persigue la nueva alianza de izquierdas Unidos Podemos y el que, a juzgar por las encuestas, lo tiene al alcance de la mano. El sondeo de Sigma Dos  realizado a una semana del inicio oficial de la campaña electoral el próximo viernes, confirma el pronóstico. El sorpasso al PSOE está aquí. La coalición que encabeza Pablo Iglesias, con el 23,7% de los sufragios, figura ya como segunda fuerza política a 7,3 puntos del PP que, con un 31% de los votos y 130 escaños, volvería a ser el partido ganador de los comicios.
    Los grandes damnificados del 26-J según estos resultados serán los socialistas. Su peor pesadilla adquiere tintes funestos porque, si bien su pérdida en porcentaje de votos respecto a las elecciones del 20-D es de 1,7 puntos, el descalabro en el número de diputados que se le atribuiría, y que a la postre es la clave para ejercer poder, sería imponente: el PSOE lograría 77 escaños, 13 menos que los que ha ocupado en la minilegislatura fallida y, sobre todo, tres menos que su rival en la izquierda: Unidos Podemos, la alianza del partido emergente de Pablo Iglesias y laIU de Alberto Garzón, que alcanzaría los 80 diputados, nueve más de los que sumaron ambas fuerzas el 20-D.
    Ciudadanos, el partido que lidera Albert Rivera, tampoco revalidaría su cuota en elCongreso. Si bien sus pérdidas parecen asumibles. De hecho, lograría una décima más en porcentaje de voto que el 20-D -14% frente a 13,9%-, pero en esta ocasión sólo lograría 37 escaños frente a los 40 que consiguió entonces.
    Son las cosas de la Ley D'Hondt y de la distribución del llamado último escaño en cada una de las circunscripciones. La fusión por absorción de Podemos e Izquierda Unida no alcanza en votos la suma que lograron cada uno de los dos partidos por separado, pero sí les impulsa lo suficiente como para rentabilizar un buen número de papeletas que en los pasados comicios resultaron inútiles para conseguir un diputado.
    Podemos y sus confluencias lograron el 20-D un 20,7% de los sufragios y eso les proporcionó 69 escaños en el Congreso. IU, por su parte, obtuvo el 3,7% de los votos y dos escaños. Juntarse tras las elecciones habría supuesto representar al 24,4% de los votantes con un total de 71 escaños. Ahora, con su alianza preelectoral, el porcentaje de votos que alcanzarían sería del 23,7%, pero sus puestos en la Cámara Baja saltarían hasta los 80. Con este rédito en diputados, Unidos Podemos se colocaría como segunda fuerza política robándole al PSOE la hegemonía de la izquierda.
    De cumplirse estos pronósticos, las consecuencias, de puertas adentro, en el Partido Socialista serán fulminantes. Baste recordar que el liderazgo de Pedro Sánchez siempre ha estado sometido a vaivenes y que el último aviso le llegó hace apenas unas semanas cuando la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, advirtió públicamente de que el único resultado aceptable sería ganar. Probablemente la baronesa del sur no se refería tanto a lograr la victoria absoluta batiendo al PP como a impedir el descenso a la segunda división cediendo el liderazgo de la izquierda a Pablo Iglesias. Y precisamente esto es lo que auguran en las últimas semanas los más variados sondeos. El de Sigma Dos para EL MUNDO pone al PSOE incluso al borde de bajar de la barrera psicológica del 20% de los votos.
    La encuesta viene a confirmar también el ascenso claro del Partido Popular, que revalidaría la primera plaza en el panorama político. Superaría la barrera del 30% por un punto -en las elecciones del pasado diciembre se quedó en el 28,7%- y ello le permitiría añadir a su grupo parlamentario siete escaños más, hasta los 130.
    Con este resultado seguiría situado a años luz de la mayoría absoluta (176 escaños), de manera que sólo llevando a término la gran coalición (PP más PSOE) acariciada por Rajoy sería posible formar un Gobierno sólido.
    La segunda opción que se abriría ante los populares pasaría por alcanzar un pacto con Ciudadanos, el partido de Albert Rivera, y añadir así 37 diputados a sus 130. La suma de ambos -167 diputados- no alcanzaría el listón necesario y se quedaría a nueve de la mayoría absoluta. Una cifra que habría que intentar mejorar mediante concesiones a partidos menores. Por ejemplo, el PNV y Coalición Canaria.
    Una vez alcanzada la cifra de 170 escaños resulta difícil imaginar que el PSOE llegara a tumbar la posibilidad de formar Gobierno votando no a la investidura del líder del PP. La responsabilidad que tendrían que asumir los socialistas bloqueando la gobernabilidad en esas circunstancias sería enorme.
    La vía para desembarrancar la situación por la izquierda se presenta, con los resultados que ofrece el sondeo, prácticamente imposible. Unidos Podemos y PSOE sumarían 157 escaños, a 19 de la mayoría absoluta y cuatro menos que en diciembre. Para llegar a la meta tendrían que conseguir el apoyo de todas las fuerzas independentistas y nacionalistas.
    La posibilidad de conformar un trío PSOE-Ciudadanos-Podemos, como intentó Pedro Sánchez tras el 20-D, no tiene ningún viso de hacerse realidad. Los partidos que encabezan Albert Rivera y el tándem Pablo Iglesias-Alberto Garzón son, y así se declaran ellos mismos, políticamente incompatibles.
    La fórmula Unidos Podemos se demuestra así como un experimento de éxito, sobre todo para la parte que lidera Iglesias, puesto que ha conseguido superar con creces el bache en el que tras las elecciones del 20-D se iba paulatinamente hundiendo.
    Si en el sondeo realizado  en febrero ya se apreciaba un descenso de dos puntos respecto al resultado que había obtenido en diciembre, y en la encuesta de abril la caída se acentuaba y llegaba a ser de cuatro puntos, a finales de ese mismo mes, cuando ya comenzaban los contactos con IU para consagrar el sumatorio, cambió de tendencia e inició un ascenso que en poco más de mes y medio le ha llevado a brillar en las proyecciones demoscópicas.
    El PSOE, por su parte, parece no haber sido capaz de atraer hacia sí a los votantes de IU a los que no convence la idea de enganchar su destino político al tren de Podemos. Y no sólo: comparando los resultados que ofrece el sondeo para el 26-J con los que consiguió el pasado 20-D, todo indica que el suelo histórico de votantes socialistas empieza a resquebrajarse.
    Esta impresión se confirma a la vista de las ganas que dicen tener los simpatizantes del PSOE por ir a votar. Un 51% asegura que su interés es menor que el que tenía ante la cita del 20-D. Los socialistas son los votantes que menos entusiasmo demuestran, seguidos de los de C's.
    En cuanto al partido de Albert Rivera cabe señalar, contemplando toda la serie de encuestas, su volatilidad. Probablemente fruto de sus escarceos pactistas con el socialismo. Su pico más alto en intención de voto lo logró a primeros de abril. A partir de ahí, cuando empezó a confirmarse que no había posibilidad de formar Gobierno, la formación naranja empezó a desinflarse. Ahora, cuando apenas faltan 20 días para la cita con las urnas, regresa a un nivel casi idéntico al que logró en diciembre.
    En general, el sondeo de Sigma Dos viene a confirmar la sensación de hartazgo de la ciudadanía ante un nuevo examen electoral. Casi la mitad de los votantes -un 42,6%- asegura tener menos interés en estos comicios que el que tuvo en los de diciembre. Sólo uno de cada cuatro -el 25,7%- afirma tener más ganas que entonces. Los simpatizantes de PP y Podemos son los que se muestran menos desmovilizados; quizá son los que sienten la sonrisa del destino.

    El Bayern ni escucha las ofertas del Real Madrid por Lewandowski

    • Después de dejarlo claro Rummenigge, ahora lo ha hecho Reschke, director técnico del club bávaro, que cierra definitivamente la puerta a la salida del delantero
    Lewandowski, durante el entrenamiento con la selección polaca
    Lewandowski, durante el entrenamiento con la selección polaca (Adam Warzawa - Adam Warzawa / EFE)
    Primero fue Karl-Heinz Rummenigge, director general del Bayern de Munich, quien dejó claro a los pretendientes de Lewandowski que no insistieran en tratar de ficharle. Y ahora ha sido el director técnico del club bábaro, Michael Reschke, quien vuelve a cerra la puerta a la salida del delantero de origen polaco.
    Las palabras de ambos van dirigidas, entre otros, al Real Madrid, que días atrás se puso en contacto con ‘Lewa’ para sondearle. Reschke, que también sabe que va tras él el PSG para suplir a Ibrahimovic, fue categórico: “El año que viene jugará con el Bayern Lewandowski, no hay duda”. El caso es que el contrato de Lewandowski expira en 2019 y aún no ha alcanzado un acuerdo con el Bayern, que ya ha ampliado a casi todos sus jugadores más importantes. “Robert tiene tres años más de contrato con nosotros. Sabemos que tenemos al mejor delantero centro del mundo. Por eso, no hay posibilidad de que se vaya cedido”, ha dicho Raschke a Radio Crc.